La flor tristeza y otras flores

(Crónica con plantas ornamentales y un libro de Mercè Rodoreda)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Hace tiempos, tal vez antes de los 90, sobre un antejardín de una casa situada en la esquina de la carrera Francia (la 28) con la 51 (que más abajo se llama la Canguereja, citada incluso por Carrasquilla en alguna crónica y, todavía más hacia el centro era Ricaurte cuya prolongación es La Playa o viceversa), comenzó a crecer, sin saberse quién la sembró, una planta de francesino. Estaba junto a un guanábano y a una palma de corozo.

 

Aquella esquina, con un caserón pintado de verde, de tres plantas, estaba muy cerca al Puente de los Pérez, sobre la quebrada Santa Elena y a un pequeño sector de casas, donde mucho tiempo antes había habitado la barra o banda o combo de Los Chicos Malos. Que llegó a tener leyendas urbanas y que, poco o casi nada, sobrevivió de ellos en la memoria de la vecindad. Los borró el pasado. La historia también tiene sus basureros ad hoc. Por lo demás, ese sector desapareció con la construcción de la estación Miraflores, del tranvía de Medellín.

 

Y volviendo al arbusto, que con los meses ya tenía buena presencia, llamaba la atención de varias señoras que, sin falta, por las mañanas, se detenían a observarlo, murmuraban y se referían a su contextura con apariencia de afecto. Seguro (no las podía escuchar por la ventana) les atraía que, por fin, por aquellos parajes, en los que no había ningún árbol grande, aunque sí antejardines con yerba y una que otra palmita sin carácter, se regaría muy pronto el perfume seductor del francesino.

 

Y, sí. La floración comenzó un día, con unas bellas flores de cinco pétalos, moradas. “Ah, pronto cambiarán al azul”, se le oyó decir a una de las damas. Tal vez ese día mi escucha estaba más finita. El cuento es que, en efecto, la coloración fue mutando hasta llegar a pasar del azul claro al blanco. Por las tardes, y cuando el sol formaba arreboles, se esparcía un perfume penetrador. Los viandantes suspiraban. Las señoras de marras mostraban la dicha por el agradable olor.

 

Supe por esos días, y todo porque otra señora que vivía sobre la carrera 50 (Colombia) lo mencionó una vez, que esa mata tan bonita, de hojas verdeoscuras, también se llama jazmín del Paraguay. Después de varios meses, tal vez años, el francesino, con una altura de unos dos metros, se empezó a secar. “Lo apestaron”, se escuchó. “No faltan los envidiosos”, se dijo. No le valió ningún remedio. El perfume embriagador se esfumó. Y después, pasó al olvido.

 

Hace poco, en un recorrido por Prado y Sevilla, dos barrios vecinos, de buena floresta y ambiente fresco, el perfume de los francesinos atardecía en varios antejardines. Aromas morados y blancos, porque, como se sabe, las fragancias también tienen color, según el de las flores que las producen, se extendían al vuelo por la calle y la acera. Y aunque en el primero de los barrios mencionados —el de los guayacanes y los casco’evacas, el de mangos y laurel de la India— hay también el seductor galán de la noche o jazmín de noche, el francesino, tal vez sin el abolengo de aquellos, aporta sus efluvios en los crepúsculos.

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Y en la caminada, en la que recordé a las señoras de hace años en un sector entre Miraflores y La Toma, vino a la memoria la vieja lectura de un libro de la escritora catalana Mercè Rodoreda: Viajes y flores. En él se narran, además de los viajes a pueblos inesperados, las peripecias y características de unas flores increíbles, como la Flor mala y la Flor celosa. El perfumar de las francesinas me despertó las ganas de volver al texto de la autora de la novela La plaza del diamante.

 

Tras el paseo urbano, busqué el libro, que parecía haberse escondido entre otros. Y, ¡eureka!, lo hallé emboscado entre revistas, documentos diversos y papeles apolillados. Y por si se quieren enamorar de esa obra, trascribiré la Flor golosa: “Te come vivo. Te atrapa, te dobla, se te mete dentro y escupe los botones. Te asimila muy lentamente porque tiene la digestión difícil. Mejor así”.

 

En su jardín, doña Mercè incluye la Flor fósil, “muerta de miedo”, y la Flor fantasma, llena de finuras y que solo se puede ver la última noche del año, cuando suenan las doce campanadas; y la Flor caballero, “que no es una flor: es un flor”. Y así una variedad insólita de flores, como la Flor enferma, que “esconde la boquita”, y la Flor loca, “muy pegajosa y peligrosa”.

 

Flanear la ciudad, por puro vagabundeo y ganas de sorpresas, tiene su sazón. A veces, despierta recuerdos y abre las compuertas de la memoria, por una hoja que cae, un pájaro en el follaje, una reja oxidada, un farol de viejo tango o el perfume de unas flores moradas y blancas, que tuvieron un intermedio azuloso. Y así, por asociación, vuelven las voces de señoras de esquina que se enamoraban de una planta ornamental y, lo mejor, los ecos de flores extrañas en los que uno se puede topar otra vez con pétalos tristes o con la Flor felicidad, que, como las sirenas de Ulises, enloquece a quien escucha su canto.

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Francesino o jazmín del Paraguay

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Orquídea mariposa

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Por Reinaldo Spitaletta

La mariposa, para vivir más tiempo, le pidió a la luna que la convirtiera en flor. La luna le dijo: “Si estás hecha para la fugacidad, ¿por qué quieres cambiar tu condición?”. El vuelo tembloroso de la mariposa, plateado y sutil, enamoró a la luna y, convencida por la súplica, dijo: “una belleza como la tuya merece durar más de un instante”, y la luna, lanzando un rayo blanco, la transmutó en orquídea. En una orquídea mariposa, de flores dulces, con perfumes que evocan selvas húmedas. Para recordar el favor de la luna, la mariposa da flores blancas. También, según su estado de ánimo (porque habrán de saber que estas orquídeas mariposa sienten y uno puede comunicarse con ellas), aparecen flores amarillas y rojas y lilas. Lo más bello, es que en noches de luna, algunas mariposas se acercan a la orquídea para besarla. Ella recuerda que en otra vida fue mariposa y les sonríe. Entonces vuelan hacia la luna y le renuevan su petición. Mañana habrá nuevas orquídeas mariposa.

Fiesta de flores

 

Fiesta con flores de antiguas servidumbres

El sol agobia a los caminantes de asfalto

Con espaldas viejas de cargaderas humanas

La tarde sin arreboles dice con nubes tristes

Que la vida poco florece en el valle de tinieblas

Donde la muerte acecha y cobra su cuota fatal

Alguien arroja una flor a una tumba sin nombre.

 

(Reinaldo Spitaletta)

 

 

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Patio de las dichas perdidas

(Visión de un espacio familiar que cosechó pájaros y libélulas)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Había un patio en el que una pelota de niñeces golpeaba las paredes para que él y yo creyéramos que asistíamos como héroes de estadio a una partida multitudinaria de fútbol. Y en ese mismo espacio —o quizá en otro, ya el tiempo se ha encargado de revolver el ayer y el todavía—  había bifloras y azaleas en materas de barro con tierra negra. Y ladrillos a la vista con empates grises que formaban figuras de fantasmas celestes, como los de las nubes. Y las nubes se agazapaban para meterse de a poco entre las tejas y bajar a decirnos que el día era el ahora, sin futuro, sin mañanas.

 

El patio es el lugar, o tal vez era, porque muchos de ellos han muerto ante las novísimas casas unas sobre otras que no dejan luz ni vista al arriba azulado, digo que es el ámbito por donde —ya lo meditó un poeta— “el cielo se derrama en la casa”, se riega por el piso y no se escapa por el sumidero, porque lo que hace es poner la cara al sol, patas arriba, para que el pedacito de cielo que no puede entrar sienta ganas de ir a buscar otros patios.

 

Había un patio de mosaicos de granito rojo y amarillo, con antiguas huellas de pasos perdidos en la casa vieja, de aleros y tejas españolas, con envigados y alambres de electricidad de los que colgaban, como en un trapecio, los bombillos. Y en aquel espacio a veces se sentaban los taburetes para que el cielo los bañara con su luz celeste y alguien tocaba una guitarra. El patio conversaba y el olor caliente del café se volvía música en medio de tapias agrietadas y encaladas.

 

Había un patio, patio mío, como en un tango, en el que la luna se colaba a mitades para alumbrar una y otra ventana que con sus alas batientes se refrescaban y dejaban pasar las estrellas de reverberos, de fuegos helados. Ladrillos viejos recibían brisas y lluvias y retazos de cielo y también la luz temblorosa de las luciérnagas urbanas, cuando se turnaban con las volátiles diurnidades de una libélula, helicóptero de la infancia perdida. Ni las unas ni la otra se volvieron a ver y solo quedaron intermitentes recuerdos y la esbelta transparencia de unos élitros de celofán.

 

Había un patio con columnas redondeadas sobre bases rectangulares y capiteles con volutas. Y había humo de cigarrillos con figuritas nubosas y palabras de mamás y tías y de señoras del vecindario. En la noche clara, del cielo bajaban luces y las matas se iluminaban como si estuvieran en navidad. Era la posibilidad de unión-comunión de la casa con el universo.

 

El patio es la comunicación con el vuelo de los pájaros y la algarabía de los loros que vuelan al atardecer en busca de casco’evacas y otras casas de verdes frondosidades. Es una conexión con el infinito que en otros lados es finito ante las carencias de ese espacio que con la lluvia suena a cristal y a cielo desleído. Cada patio tiene luna y soles propios. Están hechos para hospedar canciones emplumadas y pequeños otoños de jardines parcos.

 

Patio de ropas con alambres destemplados, olorosos a jabón y humedades, en los que, en otros días, uno sentía las manos de mamá. Instalación de recuerdos y de otras cosas entrañables que se han ido, porque el patio ya no está. El viento de otras tardes se llevó las blancuras con detergente de sábanas y pañuelos del adiós. Y los vientos también se fueron.

 

Patio de carritos de juguete y de luces decembrinas que bajaban desde el cielo como un milagro de la noche. Patio de lunas tristes que lagrimeaban porque estaba próxima la aurora. Patio de las voces perdidas, de abrazos de fin de año, de elevada de un globo que imploraba alturas y recibía vivas a su vuelo de candela. Y candileja. Patio de silla mecedora y abuela de cuentos dichosos con palabras que amamantaban la imaginación.

 

Patio que las modernas cárceles han encerrado en la nada, abatido por los espacios de calabozo, por las ausencias de luz y alegría, por una arquitectura macabra que deshumaniza al habitante y lo convierte en presidiario. Patio que se murió en los planos y en la construcción de celdas. Lejos quedaron los versos de Atahualpa Yupanqui: “quiero llegar a mi patio / y ver la planta crecer, / jugar con su primavera, / quedarme quiero, después”.

 

En los tórridos patios de la casa había flores y abejas, y hasta ellos llegaban los ecos de canciones contentas que salían de la cocina, de algún cuarto, de la sala o de los entejados de tres aguas. O caían del ático y se volvían sol, o luna, o estrellas. Anochecían con el cielo que se acostaba a su lado y despertaban con serenatas de pájaros.

 

¿Dónde están aquellos patios de enredaderas y hormigas de azúcar? ¿Adónde se marcharon con las rosas amarillas y los aromas de bebidas de yerbabuena? El claro de luna que dormía en su suelo familiar parece llorar ahora tantas ausencias y la fuga de cielos extraviados.

 

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Las flores del guayacán

Por Reinaldo Spitaletta

Tienen sus flores una suerte de belleza dolorosa, no solo por el color intenso, luminoso, sino por su condición efímera. De lento crecimiento, el guayacán amarillo (que también hay lila) es un espectáculo cromático dos o tres veces al año. Me he quedado absorto mirando hacia arriba ese inicial atiborramiento, que se va desprendiendo como una lluvia fragante, a veces lenta, en otras con más velocidad, tal vez según el viento o la falta de él.

A veces me he puesto debajo del árbol para sentir de cerca el estrellamiento de las flores contra el asfalto, la acera, el antejardín. Vuelan con levedad, a veces girando sobre sí mismas, y de pronto ya están tapizando el piso, los vehículos pasan sobre ellas, sin consideración, las aplastan, aunque algunas se salvan al principio de la masacre.

He visto niños que esperan su caída, siguen la trayectoria y luego recogen una, dos o tres flores, las huelen, las acarician y alguno, más osado, las prueba. La flor del guayacán es suave al tacto, como la piel de ciertas mascotas, o como la de un osito de felpa, que antes eran el deslumbramiento de chicos imaginativos. Su textura es grata a las manos y uno quisiera guardar alguna de ellas en el bolsillo, o llevársela a casa para introducirla en las páginas de un libro.

Tienen una ventaja: no son para exhibir en floreros. En rigor, la calle es su lugar de exposición. La floración del guayacán dura diez o doce días. Al principio, el amontonamiento tiene mucho de musicalidad. Se arruman y se van desprendiendo con armonía. No hay atropellamiento. Hay una especie de orden, o de misteriosa disposición para arrojarse al vacío. Una tras otra, con libertad, buscan el piso, tal vez como si fuera un suicidio colectivo, pero con estética.

Hay días, en enero, en julio, en agosto, que camino por algunas calles de la ciudad para apreciar la llovizna amarilla. Me gustaría más si las flores se demoraran meses aferradas al árbol, pero qué va. Están hechas para la belleza rápida. Para que el espectador ansíe la próxima floración y se tenga que llenar de paciencia en la espera.

Hace poco, en la carrera Chile, entre Echeverri y Cuba, límites entre los barrios Prado y Los Ángeles, me detuve debajo de un guayacán, mientras en otro árbol (no he averiguado su nombre) había un concierto (o desconcierto) de loros urbanos. El cielo del atardecer estaba azul, sin nubes. Y las flores caían plenas de destellos. Recogí algunas y me pareció que sonreían (¿cómo sonríe una flor que ya pasa a ser parte de lo fúnebre?). Me metí una al bolsillo de la camisa. Antes la olí, pero no detecté ningún aroma en particular. Pudo haber sido por la contaminación ambiental. O porque el guayacán no perfuma, como sí lo hacen, por ejemplo, el cadmio, el jazmín de noche y hasta ese arbustito de antejardín, de flor violeta, que es el francesino.

El guayacán, que es un árbol de buena altura (veinte, veinticinco metros), generador de frescuras, adorna en Medellín los antejardines de algunos barrios. Prado, claro, pudiera ser el barrio de los guayacanes; también hay notorios en Manrique y Laureles, aunque en Boston y Los Ángeles no se privan de su belleza y umbrosidad. Recuerdo haber escuchado alguna vez una propuesta de que al morro de El Volador lo sembraran de guayacanes, lo mismo que al Quitasol, en Bello. La vista de su floración (ensueño fugaz) sería una sinfonía amarilla. Eso dijeron.

Hace unos meses, presencié la muerte de un guayacán, en la carrera San Martín, entre Moore y Urabá. Estaba anciano y ya, según advirtieron, era un peligro público. Llegaron los cortadores con su equipamiento. Lo fueron desmembrado por partes hasta dejarlo reducido a una miniatura de tronco, en el cual hoy se sientan algunos taxistas a esperar turno en su acopio. Y aunque en la cuadra hay dos más, me hacen falta sus hojas y sus flores periódicas, imprescindibles. Inevitables.

Llevo más de seiscientas palabras sobre el guayacán y sus flores, y creo que todavía no doy con la esencia. Por eso, terminaré con un poema de una brevedad (como las flores del guayacán) también dolorosa y maestra. Guayacán, del poeta antioqueño José Manuel Arango:
“El guayacán / de copa / ahusada / vencido / de racimos de flores / amarillas / qué llamarada”.

(Escrito en Medellín cuando todavía caían del cielo flores amarillas)

Foto tomada de internet