Pelota de trapo, pelota de carey

(Crónica con fútbol callejero, cacharrerías y evocación de un filme argentino)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Muy de vez en cuando se apelaba al expediente, quizá más práctico que imaginativo, aunque se tornó en otras partes lugar común, de hacer pelotas de medias de mujer rellenas de retazos. Era un recurso de afán que resolvía una necesidad: tener un balón o cosa que se le pareciera para jugar un partido en el baldío, en la calle o donde fuera posible ejercer las maravillas del fútbol.

 

La pelota de trapo, que más en geografías fuera de Antioquia tuvo una particular atracción entre la muchachada, por estas coordenadas se convirtió en un modo del “desvare”. Había, claro, materia prima al uso. Desperdicios de las textileras y las ya “despistadas” medias de mamá, la tía o alguna monja de familia. Me parece que no era masiva. Por otra razón: abundaban las cacharrerías y era posible, en ellas, tan variopintas, conseguir las ya famosas “pelotas de carey”, que hasta tenían una vieja canción que las ensalzaba: “Las pelotas, las pelotas, las pelotas de carey / son las mismas en La Habana, en Japón o Camagüey”.

 

Como paréntesis, podría anotarse que en Bello, Antioquia, los muchachos de los cincuentas o tal vez de antes, diseñaron una “imaginativa” parodia de aquella guaracha cubana que tenía variaciones sobre el mismo tema (“Las pelotas, las pelotas, las pelotas de carey / a treinta las del perro y a cincuenta las del buey…”) y entonces se la aplicaron a Gardel, muerto en Medellín el 24 de junio de 1935: “Las pelotas, las pelotas, las pelotas de Gardel / las dejaron en Antioquia pa´tener recuerdos de él”.

 

Esta digresión sirve para agregar que la pelota de trapo tuvo una sucedánea en Medellín y alrededores con las de carey, más duras que adobe, que atiborraron de emociones a granel las calles y mangas, porque, como es de suponer, no era fácil conseguir un balón de cuero, con vejiga y todo. No estaba—como se advertía por ciertas escaseces—, el palo pa’ cucharas. Y había que ser recursivos o, al menos, conseguir menos dinero del que costaba un balón inflable, de aquellos que había que meterle a la fuerza la “tripa” y ponerles “ruana”. Una odisea.

 

Y más que las medias rellenas, la pelota de carey se volvió símbolo de congregación, de disputa futbolera, de acontecimiento urbano dichoso. Estrella de la cuadra y de los muchachos que la pateaban, o, mejor dicho, algunos con clase infinita, la acariciaban. Así que tantas veces había que “hacer vaca” para comprarla en el almacén de doña Rocío, en la cacharrería de don Pedro o ir hasta las muy bien surtidas cacharrerías de Guayaquil.

 

El infinito mundo callejero se agrandaba con los “picados” que se jugaban con una pelota amarilla, roja o verde, que rodaba, pegaba contra puertas y paredes, golpeaba ventanas y estremecía de rabia a las señoras. sí, cómo no, las mismas que llamaban a la “bola”, “la patrulla”, la “chota”, para que la policía apareciera de súbito y las decomisara. Por eso era preferible, ir hasta los retirados potreros a jugar los cotejos eternos, que a veces había que terminarlos con la inequitativa ley de “el que haga el último gol, gana”. Hubiera sido más gozoso haber dicho: “el penúltimo gol”.

 

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Cartel del filme argentino Pelota de trapo, con Armando Bo.

 

Una historia que circuló en la ciudad, hace muchos años, y que a mí me la contó el finado Felipe Mora, decía que en el Teatro Laika, de Aranjuez, los muchachos esperaron casi una eternidad para poder ver la famosa película Pelota de trapo, con Armando Bo, y el guion del muy reconocido periodista uruguayo Borocotó, estrella de la revista El Gráfico, de Argentina. Un domingo, con una fila infinita, la expectativa creció. Los que pudieron entrar temblaban de la emoción. Comenzó el filme, pero, de pronto, algo falló. “Operador, soltá al pelado”, se gritó en colectivo. Y nada.

 

Se prendieron las luces, se volvieron a apagar, pero la película no rodaba, no se proyectaba. Había inquietud general. Y entonces se inició el corito celestial de los hijueputazos. Sobre la pantalla cayeron frutas de mango y hasta empanadas a medio morder. La bombardearon con cuzcas de cigarrillo. Y se armó una asonada. Se quebró la silletería. Y aquellos concurrentes, frustrados, no pudieron ver Pelota de trapo, sobre un niño apodado el Comeuñas, que quería convertirse en una rutilante estrella de fútbol.

 

Y aunque a veces uno rellenaba medias, ya no de mujer sino de hombre, con periódicos y pedazos de camisas viejas, lo más recursivo era que, entre varios, compraran la pelota de carey, que, de no sufrir persecuciones y caídas accidentales en casas del vecindario, duraba mucho tiempo y resistía maltratos y otros abusos. Y de tal modo, en días en que un balón era objeto de lujo, la descastada pelota satisfacía las ganas de jugar un partido.

 

Se recuerda que, ya en la vejez dolorosa de una pelota de carey, no faltaba, cuando ya estaba rajada, que se rellenara de piedras y se hiciera la simulación de estar jugando. Se dejaba de pronto, como al desgaire, en algún lugar de la calle y se le gritaba a algún desprevenido transeúnte que la chutara. El resultado era de risotada general y, en ocasiones, de tener que salir corriendo ante la ira del que caía en la treta de la muchachería.

 

Hubo un tiempo feliz en que las calles y las mangas, como estadios, se animaron hasta el éxtasis con los encuentros futboleros que tenían a la pelota de carey como su más exquisita invitada. Después, el balón de aguja, la reemplazó, hasta producir, no se sabe cuándo, su extinción en el paisaje citadino. En la memoria de viejas generaciones, la pelota de carey se quedó como una suerte de musa, que inspiró a miles de muchachos en la práctica colectiva y solidaria de un partido de fútbol y en la maravillosa celebración de un gol.

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La pelota, el potrero, el fútbol…

 

 

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Aquel fútbol-arte del Mundial 70

(Crónica con Pelé, muchachos en una sala de barrio y un hechizado televisor)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un remoto recuerdo de adolescencia me lleva a vislumbrar unas imágenes en blanco y negro de un partido entre Brasil y Uruguay, en el Mundial México 70, entre una muchachería que, reunida en torno a un televisor, no dejaba de gritar con asombro ante las jugadas de maravilla del rey Pelé. En una casa de la carrera 50, en el barrio El Congolo, cuando terminaba cada faena del scratch, nos íbamos a jugar en la plazoleta del bar Florida y a revivir las jugadas de aquellos cracks de entonces.

 

Una de las jugadas más espectaculares de Pelé fue una en que, tras un inteligente amague al arquero uruguayo Ladislao Mazurkiewicz, sin tocar la esférica, amenazó con irse por un lado y tomó por el otro. El cancerbero quedó regado, desconcertado, y el número 10 de Brasil pateó al arco. Salió desviado por milímetros. Quizá hubiera sido uno de los goles más bellos de la historia.

 

En la sala de una casa de sastres, que por cortesía nos dejaban entrar a ver los partidos en un receptor en blanco y negro, cada encuentro era una perplejidad. Vimos una tarde a Brasil contra Perú, dos equipos que tenían un poder ofensivo demoledor, además de una exquisita técnica. Eran los cuartos de final de la Copa del Mundo que llegó a ser la más vistosa, la del fútbol-arte, la de las jugadas de ensueño, una fantasía que para los muchachos de entonces se erigía como paradigma de la llamada “inteligencia en movimiento”, como denominó al fútbol un académico francés.

 

Y de pronto, en ese cotejo de toma y dame, un avance de Pelé, por la derecha, eludiendo rivales y luego disparando al arco. El palo le negó la anotación. Después, una devolución a Rivelino: empalma desde la raya de las dieciocho un tiro con el borde externo, que pega en el paral y se convierte en un golazo. Varias llegadas de Perú fueron sofocadas por el Gato Félix, portero brasileño, hasta cuando Tostao, en un avance por la izquierda, pateó y metió la bola por un ángulo imposible. Después, un golazo peruano, y la riposta brasileña con Pelé, Jairzinho, Tostao, Rivelino, Gerson, una corte de malabaristas y cerebros del fútbol.

 

Gol de Teófilo Cubillas y el marcador se apretó a 3-2, con una antesala de exquisiteces de ambos bandos. Y llegó la puntilla con un soberbio gol de Jairzinho, tras varios toques entre Tostao, Pelé y luego un pase al vacío por la izquierda que el número 7, tras una finta de antología sobre el arquero, anota el cuarto gol de Brasil. Era una locura. La muchachada creía estar dentro de la cancha y había abrazos y muchos signos de admiración flotando en aquella sala de barrio.

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Pelé le amaga a Mazurkiewickz en el que pudo ser un gol histórico.

Aquel Mundial, con solo dieciséis equipos en contienda, era una sensación inédita para los pelados de entonces, o, mejor dicho, para los de ese barrio de calles destapadas y algunas casas sin repellar, con solares y baldíos, con mangas muy cerca y con las calles convertidas en estadios. Cada uno, tras ver las gestas de aquellos oncenos formidables, quería imitarlas en el fútbol callejero o en los picados que se realizaban en desniveladas canchas muy cercanas a la quebrada La García. Se aprendían malabares, se aplicaban distintos regates, cada uno creía ser Pelé o Rivelino o Cubillas o Gigi Riva, en fin, que abundaron los talentos en aquella asamblea de deidades del fútbol.

 

En la agitada salita, por otro lado, que convocó a casi toda la gallada de aquella cuadra, en la que estaba la tienda de doña Marta y habitaban muchachas bellas como las Flórez, las Sánchez, las hijas de don Fabio, en fin, las miradas de asombro ante una pantalla eran como del otro mundo. Sentados en el piso encementado, mientras los adultos lo hacían en taburetes, no había posibilidad para el aquietamiento. Se brincaba, se alzaban los brazos, se pronunciaban palabras de júbilo por tantas jugadas geniales de los bandos en disputa.

 

Claro que la selección de nuestros amores era la de Brasil, la más completa, la del rey y su corte de estrellas que hacían del fútbol una obra plástica, de tremendas pinceladas, de imposibles gambetas y entendimientos inauditos entre todos. Jugaban de memoria. Cuando recibía alguno el balón ya sabía dónde ponerlo, incluso sin mirar. Era un mecanismo de relojería, de sutilezas, de imaginación desbordada.

 

Y en ese mismo espacio, cuyos asistentes aumentaron, se vio la gran final, la contienda entre Brasil e Italia, cuyo marcador se abrió por un cabezazo celestial del rey Pelé ante un pase de Rivelino. Era como si cada uno de los televidentes hubiera hecho el gol. La locura. Pelé había realizado un movimiento en sostenido y durante fracciones de segundo se suspendió en el aire para, después, sacar una descarga incontenible. Al rato, empató Italia, tras un error en la mitad del campo de Brasil y Roberto Boninsegna anotó.

 

Llegó un golazo de Gerson, con un tiro cruzado desde fuera del área. La apoteosis en la sala de los sastres era incontenible. Y después, Jairzinho hizo el tercero, tras habilitación de Pelé. Pero faltaba una joya del juego colectivo. Desde su campo partió Brasil, con toques y gambetas, hasta llegar la bola a Pelé que, en una maniobra cerebral, dejó dispuesto a Carlos Alberto para el 4-1. Una demostración de sapiencia, habilidad y genio era aquel Brasil.

 

El recuerdo luminoso de aquellas jornadas en que a través de un televisor un grupo de muchachos alimentó sus ganas de jugar, de intentar practicar lo visto en aquel fascinante Mundial de Fútbol, llega ahora, muchos años después, cuando ya los partidos de barrio quedaron muy lejos. Tras las peripecias del partido televisado siempre aparecía un balón o una pelota de “carey” para ir a patear ilusiones en los estadios de la imaginación.

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El arquero de Inglaterra, Gordon Banks, le tapa a Pelé un cabezazo.

Domingo con color de fútbol

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Por Reinaldo Spitaletta

 

¿Sabe por qué el domingo es el día más bello de la semana? No, no señor, no es por el vuelo de las campanas, ni porque las muchachas, como Lucía y Susana, salgan a montar en bicicleta, ni siquiera por esa música que anda suelta por las calles. No. Es porque lo adornan los colores del fútbol.

 

El domingo amanece más temprano, murmullo de pájaros, canción de hojas, lejanos voceadores de prensa… Se anuncia con olor a café caliente, con buenos días que suenan distinto, con voz reposada y sonriente. La luz matinal del domingo es otra, diríase más luminosa, y tiene que ser así porque es un día dedicado al sol, para honrarlo, para festejarlo. Para hacer un cambio de ritmo.

 

Cuando el domingo avanza en la ciudad, hay voces de niños en las aceras y comienza a percibirse el rodar de la pelota, su rebotar-correr en el asfalto, y en algunas canchas ya hay pelados con uniformes, están vestidos de ilusión, de pasión. De ganas de jugar. Acarician el esférico, hacen piruetas, ríen, gritan. También hay, en baldíos y otras mangas sin abolengo, adultos, sí, señor, hombres viejos que no quieren dejar atrás su juventud y buscan en el balón sus años de antes. Son hombres-memoria que vuelven a ser niños ante el conjuro redondo del balón. Es lindo mirarlos porque uno sabe que es domingo y que, en ellos, en esos veteranos panzudos, rodillones, el fútbol es fraternidad, es recobrar el aliento perdido, es, incluso, el intento para transpirar alcoholes acumulados. La promesa de un infarto.

 

Uno pudiera decir que el domingo es un color. Sí, suena bien: color domingo, con el que se pintan las calles en las que ya están puestas las porterías. A veces, son dos piedras y el resto, imaginación pura. En otras, son de metal con redes de costal, y listo. Es una manera rápida, práctica, de construir un estadio. El domingo lo tienen puesto los que ahora están en el pavimento moviendo un balón. Oiga nomás sus gritos de alegría, la algarabía, observe que tienen la risa en todo el cuerpo, ya sudan, ya sienten la intensidad del “picadito”. Hay señoras en las ventanas, una que otra hace un gesto de fastidio. Las más, se resignan a ver como el domingo se derrama por su calle.

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El domingo, que para algunos es la recuperación de la infancia, es la posibilidad de ir a un muy escaso potrero urbano (antes eran legión) a recordar los días en que el fútbol abundaba en las barriadas. Las mañanas dominicales de antes (¿se acuerda?) eran para cerrar calles y congregar la muchachada, combinada, claro, con los más veteranos. Una proeza en el asfalto. Había el pelado de las florituras con la pelota. Y al que ponían en los arcos pequeños, casi siempre era un torpe para las gambetas y las paredes, y entonces se elegía para salvaguardar la pequeña portería, con redes de costal o sin nada. Casi siempre, este cancerbero sin talento era la víctima de los fusilamientos, de los taponazos. Había que intimidarlo para que, asustado, dejara pasar el balón en cualquier momento.

 

Hoy, pese a la cada vez más escasa presencia del fútbol callejero, el domingo es una posibilidad para la ensoñación de marcar un gol de taquito; de imaginar en pequeñas espacialidades cómo eludir un “bosque de piernas”, alzar la cabeza para buscar un compañero bien ubicado, ese que te devuelva el balón con calidad y te pueda dejar de frente a la gloria efímera de una anotación bien concebida y mejor celebrada por todo el equipo.

 

El domingo, día de campanas y empanadas parroquiales, está hecho para el encuentro en la cancha. Sí, puede ser en una de grama artificial, en la de arenilla, en la desnivelada de un barrio alto, en la de cemento, o, como pasaba en otros tiempos de modo abundante, en la calle. Sí, el domingo es para transmutar la calle en estadio.

 

¿De qué color es el domingo? Tiene, a veces, el de los tenis gastados en faenas futboleras. O el de camisetas desteñidas por tantos soles. O puede ser el de la alegría que da el ir en gavilla, tecniqueando la pelota, rumbo a una unidad deportiva. En cualquier caso, el domingo está diseñado para la fraternidad del fútbol como diversión singular, como un ejercicio de la amistad y los afectos. Como una posibilidad del encuentro y el intercambio de emociones.

 

Qué curioso. En las viejas barriadas, también en las ciudadelas y unidades cerradas, el domingo huele a estadio. Y a algodón de azúcar. Pero, más que todo, a papel picado, a bandera recién desempacada, a camiseta de hincha. El atardecer tiene el color del fútbol, en los buses, en los viandantes, en las palabras del revendedor de boletos. La ciudad se pinta de rojo y azul, también de verde y blanco. Y el domingo entonces se arrellana porque él también quiere estar en las tribunas para hacerse querer de los espectadores. Todos saben que él es el obrador del milagro: el fútbol tiene el color del domingo.

 

¿Sí será el día más bonito de la semana? El domingo se inventó para que viejos y jóvenes se encontraran en los estadios a desgañitarse en gritos y a esperar para darlo todo en el instante cumbre: el éxtasis de un gol.

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Los que no llegaron al partido

                                       Para recordar a un equipo de fútbol que cayó del cielo

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

¡Qué nada ni qué diablos, carajo!, no nos iban a ganar de camiseta, de que algunos jugaban con tenis-guayos, que nosotros, sin tanta pompa ni vanidades, teníamos los mejores en cada puesto aunque no hubiese ni para la gaseosa del final de juego, ni siquiera para el Pielroja que nos sabía a gloria cuando terminábamos un cotejo en días en que algunos guardaban la mesada de domingo, sin ir a cine, solo para que en el partido, o, mejor dicho, cuando este finalizara, y si había victoria mejor todavía, nos fuéramos en patota a la tienda de don Juan a comprar leche condensada, paletas y el infaltable “peche” de tabaco negro.

 

Qué va, mano, nos querían intimidar porque éramos los del Congolo apenas unos atarugados, puro alfeñique, pobretones, así supe que nos calificaron, y comenzaron a enviar avanzadas de provocadores por la cuadra, que agitaban palabrería de que les van a dar una paliza, que ustedes no pueden con La Cumbre que son tecniquiadores, que llevan mucho tiempo jugando juntos, que les mandan a decir que lo mejor es que, para que conserven cierto orgullo, no se pongan de braveros en la cancha y permitan que les pasen por encima.

 

No, mijitos, ni riesgos que nos íbamos a poner con tembleques, o a desvelarnos porque nos tocaba jugar para definir quién pasaría a la ronda final con los duros de un barrio al que ya lo habíamos derrotado no solo en fútbol sino a punta de piedra, en días en que se acostumbraba a corretear pelaos de otras galladas, y nosotros ya habíamos establecido quiénes éramos los que mejor tirábamos pedruscos, con puntería pura, y con destacamentos como de aquellos que a veces se veían en películas, con combates entre indios y vaqueros, soldados e indios, o cuando las de capa y espada, pero todo era puro pedregal, a veces con rotura de bezaca, o con quebrada de vidrios del vecindario, que siempre llamaba la policía, para nada, porque cuando aparecía la Chota ya todo había terminado.

 

Así que no había tutía, bacán: ganaríamos la lid futbolera, por lo dicho, no había quién nos derrotara, y cuando más, los rivales sacaban empate, íbamos derechito a ser campeones, todos pensábamos en esa meta, porque éramos buenos, sí, de verdad. Un equipazo. El arquero, Avendaño, volaba de palo a palo y tenía unos reflejos que en menos de una espabilada les quitaba de los pies la pelota a los contrarios, y además poseía una virtud, que para los rivales era defecto: hacía atajadas de taponazos con una sola mano, malabarista del balón, cuando le tiraban algún chutecito para el papayazo, para la exhibición, entonces ponía la esférica a dar vueltas en sus dedos, con efecto, como si fuera un mapamundi al que él le imprimía movimientos como cuando se patea un balón con chanfle, que los del otro equipo quedaban babeando de la rabia y la impotencia. Era un poquito humillador, pero así es el fútbol, hay que sacar de casillas al rival, ¿cierto?

 

Teníamos un crack, al motorcito, el Califa, que no sé quién lo apodó así, porque yo era el mejor para bautizar a los otros con sobrenombres, pero me parece que fue Colombina, el entrenador, que por esos días había leído unos relatos de Las mil y una noches, según nos dijo, con su pose de chicanero, que igual así lo queríamos porque nos enseñaba a pararnos en la cancha, a observar los movimientos del contrario, a ser vivos, a no dejarnos intimidar con nada. Sí, me parece que fue él quien le puso la chapa al que antes se llamaba Alejandro, un gambeteador endemoniado, que cuando menos uno pensaba ponía un pase inesperado y te dejaba en posición de anotar.

 

Califa era un jugador de los que uno no quería tener como rival y, sí, era uno de los que nos iba a procurar la victoria contra La Cumbre, que además teníamos a Chucho Palotes, el centro delantero que sacaba como de un sombrero de mago, o no sé qué, unos cañonazos cruzados que ningún arquero podía atrapar. Bueno, y yo, te lo digo, yo no estaba para acobardarme por los codazos de los marcadores, que aprendí a esquivarlos y provocarlos diciéndoles maricones, así no se juega, que por la punta derecha era un volador, un driblador, gana-raya, con pases atrás, descolocadores de defensas,  y cuando me daban ocasión me les colaba hacia adentro y lleve pues, que el arquerito quedaba regado.

 

Rendón era patadura y Herrera el zarco un mediocampista con clase y fuerza, un ocho de calidad. Mejor equipo no podía haber, así que los pretenciosos de La Cumbre tendrían que chupar por bobos, por creídos, por sobradorcitos, que con nosotros no había caso, pelao.

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El domingo estaba próximo pero nos parecía lejano, qué bueno que fuera ya, decíamos en la manga de La Selva, donde entrenábamos con los chistes de Colombina incluidos, que nos desternillaba de la risotada, cuando decía que los del otro equipo eran eso, del otro equipo, mariquitas sin remedio. El partido iba a ser en la cancha de Santa Ana, porque no prestaban para esa fecha la muy profesional de Fabricato, en la que a veces entrenaban los de Medellín y las tribunas con techo de asbesto se repletaban.

 

Cómo era posible que se les ocurriera a los rivales, mariconcitos sin talento, que podían vencernos, cuando todos nosotros nos entendíamos de tal modo que hasta podríamos jugar con los ojos cerrados, uno sabía dónde poner el pase, cómo acelerar, cuándo pausar, estábamos sincronizados, y la voz recia de Colombina, sus instrucciones a veces de puro grito las teníamos estudiadas, incorporadas, que mirá que parecíamos, sin pendejadas, Brasil 70, con qué clase, sí, sin vanidosidades, sin babosadas, solo que lo que se hereda no se hurta, decía mamá a veces, y en el fútbol le entendí su dicho. Nosotros podríamos llamarnos, según decía un vecino que no se perdía compromiso, Once Toques, pero ¡qué va!, si toques eran los que sobraban en un partido, abundaban, Chucho para allá, el Gordo para acá, el motorcito para todos lados y así, que por la derecha los ponía a los defensas a penar porque mi velocidad y gambeta sacaba de quicio a cualquiera. No abusés de la finta, decía Colombina, que me enseñó a jugar con la cabeza en alto, difícil faena para desplazarse tan rápido pegado a la banda, todo se aprende a punta de jugar y jugar, y por eso nuestra confianza, ¡cómo se les iba a pasar por la cabeza a los de La Cumbre que podrían ganarnos!, jamás de los jamases, se oyó decir a doña Peregrina, que a veces nos llevaba a la cancha un botellón con fresco.

 

No nos ganarían de camiseta, que las de ellos eran finas, compradas en almacén deportivo, en cambio las nuestras, amarillas con franjas negras, las confeccionaban las mamás, sí, las de nosotros, con retazos de fábrica y, en serio, quedaban hasta bonitas y la sentíamos parte nuestra, pegada a la piel, sudadas, que las de ellos eran verdes, de popelina, y casi todos tenían medias de fútbol, porque nosotros a veces, no todos, jugábamos con calcetines de colegial.

 

Todos queríamos con ansias que nos hacían sentir cosquilleo en el estómago que el domingo llegara rápido. Era, decía Colombina, la ocasión para darle más gloria al barrio, para que nos fajáramos un partido como de Mundial. Teníamos muy planchaditos los uniformes, lavados los tenis, el balón de vejiga estaba impecable porque le habíamos sobado con sebo y ya la cuota para pagar al árbitro la habíamos aportado. Los carnés de cartulina estaban en orden. Solo faltaba jugar. Hora del encuentro: diez de la mañana.

 

El sábado, cuando algunos estábamos en la esquina del bar Florida, que siempre estaba soltando tangos, incluido El Sueño del Pibe, a Humberto, back central, le dio por invitar a Chucho y al motorcito de arabescos con la pelota a una caminada nocturna por Prado y Manchester, que así se prepararían mejor para la contienda, dijo uno. Yo no quise ir y más bien pasé a la tienda de don Juan a decirle que mañana le traeríamos buenas noticias para que nos hiciera alguna rebaja en las lecheritas. Colombina había advertido que nos acostáramos temprano, que él también iba a hacer lo mismo. Sí, eso dijo.

 

No sé qué pasó, pero por la noche, los de La Cumbre mandaron a varios azuzadores a gritar en el barrio: los van a quebrar, los van a matar, los van a dejar vueltos papilla, malparidos, y yo que ya estaba en casa, salí a contestar las ofensas, pero ya los carechimbas iban lejos, y me quedé con las ganas de irme detrás de ellos pero los gritos de mamá interrumpieron mis intenciones.

 

Cómo así que nos iban a ganar de pataduras, de cuento, de güevonada, que a nosotros nadie nos metía miedo, cómo así, ni más faltaba. Y el domingo llegó. Y yo, que siempre esperaba a otros para irme a la cancha, me adelanté. Ya iban a ser las diez y apenas estábamos cinco, lo que nunca. Ni siquiera Colombina había llegado. Los contrarios ya estaban completos, tecniquiando, trotando, pateando. Y los cinco de nuestro equipazo, el de los toques embobadores, apenas mirábamos, eso sí, con el uniforme puesto. El árbitro comenzó a dar pitazos, a llamar a los equipos. En esas, apareció Avendaño, y ya éramos seis. ¿Y Ochoa y el Motorcito y Chucho y los otros? ¿Y Colombina? ¿Dónde estaban? ¿Qué les pasaría? Que nos iban a ganar de bulla y camiseta de tela fina, ¡qué va! Que nos iban a pasar por encima, menos. Que nos bailarían y goleaban, no, ¡qué va!… Nos ganaron por Doble U, sí, por W, que mucho tiempo después, cuando ya el fútbol de competencia poco me interesaba, supe qué significaba esa convención que nació con carreras de caballos en Inglaterra. Lo que nunca supe a ciencia cierta, y creo que nadie se enteró con exactitud, era qué le había pasado a más de la mitad del equipo de la camiseta amarilla con listas negras, al onceno que más fútbol jugaba en los días en que todavía éramos muy felices y ricos en ensoñaciones.

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Una sensación de soledad y derrota. Los jugadores no aparecieron y perdimos por W.

 

 

Las gracias del fútbol de potrero

(Encuentro con Borocotó, literatura de gambetas y el sueño del pibe)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

“No jugó pelota”, le dice la señora que, desde el segundo piso, le ha tirado una bolsita al celador, que no la atrapa y cae sobre la acera. Es posible que algunas estrellas del fútbol de hoy, a veces más dedicadas al lucimiento personal, a los peinados y tatuajes, a las poses de modelo, no hayan tenido la experiencia sinigual de jugar en un potrero (o mangas, que llaman por estas geografías arriscadas). No hayan “jugado pelota”.

 

—Parece un equipo de barrio — se oye decir, en ciertas transmisiones de partidos de fútbol, en forma despectiva, y quizá sin saber cómo los partidos de barrio tenían (quizá, ahora ya no tanto, porque los barrios también se están acabando) ingredientes líricos, de poesía sin pretensiones, de fantasías y creatividad, pero, sobre todo, de pundonor y abundantes ganas de jugar.

 

En las canchas de viejos barrios tal vez no faltaba el futbolista perezoso, holgazán, desganado. Pero un “picado” futbolero tenía elementos de fascinación. Más allá del grito y del despliegue físico, estaban las jugadas de maravilla, las que hacían rabiar al rival (o provocar un patadón o un codazo) y suspirar de emoción a los coequiperos. Quién que sea romántico y haya disputado cotejos en las desaparecidas “mangas” urbanas o suburbanas no sabrá del encanto que propiciaba un partido, cuyas aspiraciones máximas eran las de la diversión y las demostraciones de técnica y talento.

 

La sazón —o el picante— comenzaba desde el desplazamiento al potrero. Un grupo de muchachos, balón en mano, o pasándolo de un lado a otro, con maniobras de “tecniqueo” y florituras, gozaba antes de llegar a la sagrada manga con porterías improvisadas, a veces de caña o guadua, o de piedras delimitadoras, un estadio de imaginaciones y venturosas jugadas. Sí, claro, no faltaba el “güevero”, aquel que, “solo en grima”, se quedaba a la espera, frente al arquero contrario, a ver si pescaba una ocasión de gol. Y había el que daba espectáculo, el que quebraba la cintura a los rivales, gambeta por aquí, regate por allá. Y el fútbol se sentía, se vivía como una experiencia mística, o como una suerte de nirvana, con éxtasis y otras dichas.

 

Sí, es cierto. No todos eran buenos en la faena. Estaba el gordito lento. Y aquel que recibía la pelota y no sabía qué hacer con ella. Se deshacía rápido, como si estuviera encartado. Pero, para matizar, o equilibrar, estaban los inspirados, los creadores y artistas, los que amasaban el cuero y lo ponían a circular. Y los que, con una clase sin par, hacían goles imposibles. El fútbol de barrio era la práctica de una poética. O, si se mira de otra manera, de una filosofía urbana, en la que había pensadores de potrero, con boñiga incluida.

 

El fútbol, que, como lo dijo Dante Panzeri, es la “dinámica de lo impensado” (así se titula su célebre libro), tiene o tenía en la barriada, la esencia de lo que se hace con pasión, sin esperar retribuciones distintas a la satisfacción de estar en una especie de cielo durante el tiempo mítico de un partido. El futbol de potrero es el ejercicio de las invenciones, del deleite sin límites, en el que, como advertían con cierta inocencia los niños de Calella de la Costa, que le sirven de epígrafe al libro El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano: “ganamos, perdimos, igual nos divertimos”.

 

Pero el fútbol de barrio, el de las mangas (algunas tenían nombre: la del Mosco, la Manga Elena, la Amarilla, la del Ahorcado…), no es tan ingenuo. En su práctica también se aprenden las malicias, las astucias para dar con sutileza una “caricia” al contrincante, y se va creciendo en la dimensión del carácter. Sí, el barrio y su futbolería contribuyen a la formación de personalidad. Y a sentir con énfasis las explosiones de adrenalina y las ganas de sudar y entregarlo todo por una disputa (y una divisa cuasi irreal) que todavía está libre de otras contaminaciones.

 

Tal vez, hoy, algunos jugadores profesionales a los que se les califica de “pechifríos”, carezcan en su currículum de las maravillas de las confrontaciones en canchas de barrio. En las que, además, se aprenden regates, ciertas picardías, la magia de aquello que, en los cincuentas y sesentas, un argentino que se inició en el Boca Juniors, puso en boga: “la toco y me voy”, como si se tratara de una pilatuna callejera. Se llama Luis Pentrelli y ya debe frisar por los ochenta y cinco abriles.

 

En esa práctica de lo impensado en la barriada, se puede aprender, como bien lo diría Albert Camus, acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres. “Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”, dijo el autor de La peste y La caída.

 

En las extinguidas mangas de ciudad, cuando la pelota echaba a rodar, el mundo se llenaba de luces celestiales y de alegrías sin límite. Era el auténtico ejercicio de la libertad. Así que el mirado y calificado por algunos “periodistas” deportivos, con cierto desdén, el “fútbol de barrio”, tiene (o tenía) exuberantes gracias y faenas de júbilo. Era parte de la denominada educación sentimental y de la sociabilidad.

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El célebre cronista uruguayo (pero cuyo ejercicio lo hizo todo en la Argentina) Ricardo Lorenzo (1902-1964), más conocido como Borocotó, decía en alguno de sus escritos, la mayoría de ellos para la famosa revista El Gráfico: “En Inglaterra los pibes aprenden a jugar al fútbol cuando van al colegio; acá, cuando no van”. Sí, la calle, el potrero, la manga, como un escenario de pedagogías, de aprendizajes para la vida y, claro, para la “futboliada”.

 

Borocotó (cuyo sobrenombre onomatopéyico procedía de los toques de tambor de las murgas de su natal Montevideo: “boro-cotó-chas-chás), un narrador de infancias marginales y sencillas, escribió, entre otros (además era guionista cinematográfico y escritor), el libro En el área del potrero, con las vivencias del fútbol de muchachitos sin fortuna, inventores de jugadas, imaginadores de ficción callejera con una pelota de trapo y unas ansias inmensas de paradas ingeniosas. Y, como lo harían después en el tango, no faltaron en sus notas las ensoñaciones de los pibes que aspiraban a llegar a la primera. “Gambeteando a todos se enfrentó al arquero y con fuerte tiro quebró el marcador”.

 

El barrio tiene, desde luego, asuntos censurables, en el fútbol y en otros ámbitos, como bien lo dijo el escritor y periodista Osvaldo Soriano, pero es una escuela, como bien podría serlo el café (¡oh, Discépolo!) o la esquina. Y en sus encuentros o “picados” había una manera de ser, de vivir, de sentir, de soñar. Ahí, con improvisaciones como de jazz, salía el muchacho de la jugada imprevista y el del que nadie sabía por cuál lado se iba a escurrir, mientras el balón andaba por otro.

 

En aquellos “mangones”, en los que, a veces, había que alternar con vacas y caballos, hubo despliegues de sabiondeces, de provocaciones, de ganas de jugar bien. Y más, por ejemplo, si estaba en juego la dignidad del barrio, en partidazos que exponían más allá de los cánones del bien jugar, los amores por lo que en rigor es una de las patrias (con la casa, con la infancia) del hombre urbano. Un barrio contra otro sí era una variante de la epopeya.

 

El potrero graduaba en sentimientos, en artes de gambeta, en solidaridades. Te la doy, me la das. Y solo allí era posible la reencarnación de paradigmas, de figuras que ya habían alcanzado la gloria de la “primera”, de imitar un amague, de patear a lo Mario Boyé (ídolo del Boca) y “tener más tiro que el gran Bernabé” (otra vez el tango).

 

Así que hay una desproporción cuando algún comentarista, sin mucho fondo, dice que “parece un equipo de barrio” para referirse de modo peyorativo a oncenos que están jugando mal o con abulia. Al contrario, lo que se ve en muchos casos es que esos futbolistas aburguesados carecieron de la escuela infinita en enseñanzas que es la barriada, con sus mangas y sorpresas en las improvisadas canchas.

 

En el barrio se aprende (o se aprendía), como lo dijo Roberto Fontanarrosa, a saber que “hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar”. En la manga, en el potrero, se alcanzan, a lo kínder, las primeras y definitivas letras del fútbol como un tejido de dichas (ah, sí, de desdichas también) que dejan una impronta en la existencia.

 

Sucede que hay futbolistas profesionales (e incluso comentaristas deportivos) que quizá, como el celador del principio, no “jugaron pelota”. Y esa carencia deja un vacío imposible de llenar.

 

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Borges el antifútbol

“El fútbol es popular porque la estupidez es popular”, dijo el escritor argentino.

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El día en que Maradona marcó dos goles legendarios (uno con la “mano de Dios” y el otro el Gol del Siglo), ya Jorge Luis Borges se hallaba en la eternidad. Era el 22 de junio de 1986, y el escritor y poeta argentino había muerto una semana antes, tras haber odiado el fútbol y diciendo, por los días previos a su fallecimiento en Ginebra, que no sabía quién diablos era Maradona.

 

Durante su vida, de erudiciones e intelectualidades de alto coturno, el autor de El Aleph condenó un deporte que él calificó de estúpido y no acorde con la inteligencia inglesa, a la que se debe, en una suerte de descalabro (según la mirada de Borges), la invención del fútbol moderno. “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”, declaró el escritor.

 

Borges no entendía cómo un deporte “innoble, desagradable, agresivo y meramente comercial” había llegado a ser una disciplina con tantos adeptos en el orbe. Tal vez no aspiraba a apreciar en esa práctica una demostración de esteticismo, de “buenas maneras”, de racionalidad, pero tampoco creía que fuese de seres inteligentes volverse fanáticos.

 

Es posible que su animadversión se fundamentara en el excesivo paroxismo que el fútbol causaba (todavía es así) en su país, en una mixtura de nacionalismo y religiosidad. En la Argentina, la pasión y la naturaleza irracional del hincha, puede provocar catástrofes y enceguecimientos colectivos. Para él, fútbol y nacionalismo eran la cara de una misma historia: “El nacionalismo sólo permite afirmaciones y toda doctrina que descarte la duda, la negación, es una forma de fanatismo y estupidez”, escribió alguna vez.

 

A diferencia del ensayista y poeta, hubo otros intelectuales, no solo en su país, sino en el resto del mundo, a los que el fútbol les causaba una gran emoción e, incluso, veían en él, cuando había en el juego demostraciones de belleza, una manifestación del arte. Como sucedió, por ejemplo, con el Brasil del Mundial del 70, en México, luminosa constelación que asombró a los aficionados de todas partes. André Maurois, en un discurso pronunciado en 1949 en gracia de un aniversario del fútbol en Francia, dijo, entre otros tópicos, que “¡cuántas faltas comete la inteligencia porque el cuerpo no está bien enseñado!”, en una cita socrática, para rematar con su célebre frase: “el fútbol es la inteligencia en movimiento”.

 

Entre la pléyade de escritores y poetas que han apreciado al fútbol están Rafael Alberti, Miguel Hernández, Eduardo Galeano, Albert Camus, Osvaldo Soriano, Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti, Camilo José Cela, con un adjunto de decenas de intelectuales, entre cineastas, filósofos, artistas plásticos e historiadores.

 

Volviendo a Borges, el mismo que el día del partido inaugural del Mundial de Fútbol de 1978, en Argentina, programó una conferencia sobre la inmortalidad, a él le parecía el fútbol una variante del tedio. Jamás practicó este deporte ni ningún otro (solo le gustaba el ajedrez). “Detesto el fútbol, es un juego brutal que no requiere un coraje especial porque nadie se juega la vida…”. Y así como el estadio Monumental se llenó en el partido inaugural entre Argentina y Hungría, la biblioteca que albergó a Borges en su conferencia también se atiborró de concurrentes.

 

César Luis Menotti, el técnico de la Argentina campeona del Mundial del 78, entrevistó a Borges para una revista literaria, poco tiempo después de haber conseguido el palmarés con el elenco gaucho. El escritor era una de las figuras admiradas por el entrenador. Cuando el autor de Ficciones estaba frente a Menotti, le espetó estas palabras: “Usted debe de ser muy famoso…”. El otro no sabía qué decir. Quiso articular algunas palabras. No le salieron. Y Borges finalizó la jugada: “Porque mi empleada me pidió un autógrafo suyo”.

 

Enrique Amorim, escritor uruguayo, autor, por ejemplo, de una novela alucinante como La Carreta, casado con una prima de Borges, fue con este a un partido entre Uruguay y Argentina. A ninguno de los dos les interesaba el fútbol. Durante el encuentro, ambos hablaban de literatura y otros temas. Al terminar el primer tiempo, salieron (creían que ya había finalizado el cotejo). “Bueno, le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay –le dijo Borges— para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz”. Y Amorim respondió: “Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para quedar, también, bien con usted”. No se enteraron del resultado y ambos trascendieron el apasionamiento y las rivalidades de un partido.

 

Como se sabe, con su amigo Adolfo Bioy Casares Borges escribió el libro Cuentos de H. Bustos Domecq, en el que al alimón crearon personajes como Isidro Parodi y el prologuista Gervasio Montenegro, el de la “fatigada elegancia”. Uno de los relatos, con el título Esse est percipi (“ser es ser percibido”, que sintetiza la filosofía de Georges Berkeley) es sobre fútbol. Es todo un cuestionamiento a ese deporte, a su parafernalia efectista, a sus complots y engañifas. Es un precursor de la realidad de corrupciones que luego se volverán paisaje con la FIFA.

 

En el cuento (con estructura de crónica), Honorio Bustos Domecq asiste con asombro a las revelaciones sobre partidos arreglados y otras patrañas, con la complicidad de la publicidad y los medios de comunicación. En la brevedad del relato hay una suerte de drama acerca de las puestas en escena sobre las triquiñuelas y el apoderamiento del mundo por un deporte como el fútbol.

 

En el Mundial del 86, hubo un partido adobado por asuntos históricos. La Guerra de las Malvinas, entre Argentina e Inglaterra, ocurrida cuatro años antes, fue un suceso que hirió el orgullo y patriotismo de los argentinos. Y aquel encuentro estaba lleno de expectativas y se respiraba un ambiente de vindicta. El 22 de junio, en el Estadio Azteca, hubo dos hechos descomunales: uno, el primer gol de la selección gaucha, anotado por el genio Maradona, con la mano; y el otro, pocos minutos después, el mismo número diez, desde la mitad de la cancha dejó regados ingleses, abatidos por la inteligencia y habilidad de uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol. Y marcó el segundo: el Gol del Siglo.

 

Ocho días antes, en Ginebra, Suiza, había muerto Jorge Luis Borges, a quien semanas antes muchos periodistas le preguntaban por Maradona. Y él, siempre dueño de un extraordinario humor negro, les contestaba que no tenía ni idea de quién se trataba. Prefería el gran escritor el juego de soñar infinitos mundos, de poetizarlos y alcanzar con las palabras el grado de divinidad que, a veces, algún futbolista también logra.

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“La lectura debe ser una de las formas de felicidad, ¡Sigan buscando la suya!”: Borges

Fútbol y ciudad: o un modo de romper el tedio

(Conferencia con goles de domingo y ficciones de igualdad social)*

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Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Obertura con empate heroico

Muchos de ustedes, amables concurrentes, de seguro habrán leído el libro de Eduardo Galeano El fútbol a sol y sombra, que es un homenaje al fútbol como fiesta colectiva, como música del cuerpo y que a su vez denuncia las estructuras de poder que se han tomado a este deporte, que es hoy por hoy uno de los negocios más lucrativos de la tierra. Vean ustedes, por ejemplo, que Joao Havelange, durante 24 años presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociado, era como una suerte de presidente del mundo, un magnate todopoderoso, un príncipe intocable. Entre un jefe de estado de una superpotencia y el presidente de la FIFA no hay mucha diferencia. Es decir, el fútbol es otra manera de ejercer el poder, y es toda una multinacional. Estos temas los desarrollaremos en otra conferencia, pero me parece importante enunciarlos desde ahora, para que veamos que el fútbol, con toda su estética, sus pasiones, su melodía, sus atractivos y su gran afición, no es un juego inocente.

Bueno, he mencionado este libro de Galeano sobre todo porque el epígrafe es muy hermoso, es una dedicatoria a unos niños que según el escritor se encontraron con él o él se encontró con ellos, cuando los pelados de una población llamada Calella de la Costa, venían de jugar un partidito, un picado, y en su discurrir cantaban con entusiasmo esta tonadita: “Ganamos, perdimos / igual nos divertimos”.

Me parece que ahí, en esas palabras cantadas de aquellos chicos, hay una clave muy importante, en la que el fútbol se muestra como lo que siempre debió haber sido, un juego, una diversión, otra manera del esparcimiento. Cuando el fútbol, debido a la introducción de procesos económicos, cuando ese deporte maravilloso se volvió un ingente negocio, una enorme empresa universal, entonces lo de la diversión va a pasar a ser apenas un recuerdo, una nostalgia. Es como una expulsión del paraíso. Pero fíjense ustedes que esos muchachos reivindican, tal vez sin saberlo, al fútbol como un juego, un divertimento, para ellos no importaba ni perder ni ganar, sino jugar y recrearse.

Aquí, en este punto, me acuerdo precisamente de una anécdota, muy conocida, muy bella. En ese partido famoso entre la Unión Soviética y Colombia, en el Mundial de Chile, en 1962, pues ustedes saben que en ese momento la URSS tenía una poderosa escuadra y al mejor arquero del mundo, a la Araña Negra, Lev Yashin. El caso es que Colombia iba perdiendo en el primer tiempo tres por cero. En el entretiempo el entrenador de Colombia, que era el argentino Adolfo Pedernera, les dijo a sus jugadores: “bueno, muchachos, salgan a divertirse”. Cómo les parece la propuesta. Uno perdiendo tres a cero y entonces salir a divertirse. Sin embargo, esa pareció haber sido la clave del éxito y de cómo una derrota aplastante casi se convirtió en una victoria; en realidad fue una victoria moral, de la cual los colombianos vivimos durante muchos años. Y esos muchachos de Pedernera, Klínger, Maravilla Gamboa, Toño Rada, Marcos Coll, el Cobo Zuluaga, en fin, salieron a divertirse. Iban perdiendo y todo, pero salieron a jugar, el fútbol como una de las diversiones más gratas. Esos colombianos, sin saberlo, también encarnaban a los muchachos de Calella de la Costa. Y poco a poco se iban animando con sabrosura, pese a ir perdiendo. Y marcaron el primer gol, y después les anotaron otro, pero siguieron divirtiéndose, jugando, gambeteando, y consiguieron otro gol, y después otro, incluso un gol olímpico al mejor arquero del mundo, y empataron el partido a cuatro goles. Mejor dicho no ganaron porque ahí sí la Araña Negra se les creció y les tapó de todo. Me parece aquella faena una bella lección de pundonor y amor al juego.

Bueno, decir ahora que el fútbol es parte de la cultura de nuestro tiempo es un lugar común, es decir, algo requetesabido. Hoy el fútbol está presente en todas partes, es como un nuevo dios, con el don de la ubicuidad. Lo que pasa es que ahora, como se trata de un negocio de millones y millones de dólares, como el fútbol es una profesión, entonces ha desaparecido aquello de la diversión, de jugar sólo por pura pasión, sin ánimo de lucro. Primero debe estar la ganancia, la plusvalía, el rédito, antes que la belleza, antes que la estética, y muy por encima del solaz del que juega. No importa que el futbolista esté aburrido, deprimido, lo que interesa es que con su concurso no se vaya a caer la estantería del negocio.

Esto no sucede, como es evidente, cuando el fútbol es un juego sin pretensiones monetarias, cuando se practica en las calles, en los barrios, en las mangas, como una simple y muy gozosa actividad de la muchachada, cuando se hace no sólo como un ejercicio del cuerpo sino también de la imaginación. Es ahí cuando el fútbol y la vida urbana se van a hermanar, y cuando verdaderamente el fútbol tiene un sentido unificador, un sentido de fiesta, un sentido de comunidad, es decir, es en ese momento cuando el fútbol va a tener un carácter cultural importante, y cuando lo principal va a ser aquello de los muchachos citados por Galeano: “Ganamos, perdimos / igual nos divertimos”.

Bueno, después de esta introducción, o de este cotejo preliminar, vamos ahora sí a comenzar el partido de fondo.

  1. De la dicha en los estadios

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Vamos a usar algunas metáforas, prestadas de la religión, vamos todos a suponer que si a Dios, después de inventar al hombre, se le hubiera ocurrido inventar el fútbol, el mundo podría ser hoy un paraíso con la forma de un estadio, en el cual seguramente el Creador oficiaría de número diez. O veámoslo de otro modo: el fruto de la sabiduría en aquel remoto edén bíblico pudo haber sido el fútbol pero a los hombres de entonces, que sólo eran dos, Adán y Eva, no les fue dado conocerlo porque se dejaron seducir por una tentación que, sin duda es mejor y más placentera, más divertida si se quiere, que el balompié: la atracción inevitable de la carne.

Pero aun sin ser el fútbol una creación divina, nada en el mundo se parece más al paraíso que un estadio lleno. Claro que hay estadios que se han convertido en verdaderos infiernos… El hombre desde siempre ha buscado modos de ser feliz. En general, para un aficionado de fútbol una manera de encontrar la dicha es estar en un estadio. Durante noventa minutos en una cancha de fútbol, como por arte de birlibirloque, desaparecen las inequidades sociales, las injusticias, los dolores del alma. Y entonces en un estadio el obrero se torna igual al burgués, y el industrial se abraza con el desempleado, y todos se unifican en torno a esa fervorosa pasión colectiva, se dejan calentar por esa fiebre a cuarenta grados, que los lleva al delirio y a la apoteosis masiva, y los puede conducir a la utopía fugaz. Y ustedes saben que utopía significa “un lugar inexistente”. Allí, en el estadio, la concurrencia pierde la individualidad. No hay un sujeto, hay una masa.

Podríamos decir, metafóricamente también, que en un estadio se acaban las diferencias sociales, y me parece que esas, precisamente, son las funciones de lo edénico, de lo paradisíaco. Crear una suerte de ficción imposible, pero verosímil.

Sin embargo, al final, como en el despertar de un hermoso sueño, todos vuelven a la realidad, que puede ser amarga para unos, dulce para otros, pero que en todo caso es imposible exorcizar con un partido de fútbol. Es como en la fiesta, durante ella todos se parecen, todos se igualan, tal como lo canta Serrat, o como lo expresan los analistas de las carnestolendas. Después de la celebración, vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza, y el señor cura a sus misas.

Y ahora que estamos hablando de fiesta, nada más festivo que un estadio lleno. Ese lugar es una especie de templo en el cual se oficia el ritual contemporáneo de esa nueva religión que es el fútbol; sin embargo, en esa iglesia con tribunas todo es profano, todo es bulloso. No hay lugar para el silencio y la meditación, pero sí para los cantos, muy distintos, por supuesto, al gregoriano que es para adorar a la divinidad. Sucede que precisamente no es Dios el que ha inventado el fútbol sino el fútbol el que ha inventado un dios, o a numerosos dioses. Y es a tales dioses a los que la gente, la muchedumbre que asiste al rito dominical, o de miércoles, o de sábado, les reza con sus estribillos y coros.

En un estadio se reviven las formas del ceremonial religioso, pero de una manera más extrovertida, o más pagana. En las tribunas están recogidos los feligreses con su incienso de gritos y vivas y cánticos; abajo, en la grama, están los sacerdotes, los oficiadores del culto. Ese culto que hoy precisamente mantiene en vilo, entre la agonía y el éxtasis, a todo el orbe.

Insisto en que el fútbol hubiera podido ser inventado por Dios, que es un amante de los juegos creativos. Ya ven ustedes que se puso a jugar y creó al hombre y otras desventuras. Pero parece que Él prefirió dejar el privilegio del invento del fútbol a los hombres, que con el tiempo lo volvieron una fuente de ganancias. Se podría decir hoy que el fútbol es oro.

  1. Una quimérica equidad social

 

Hay tantas preguntas que se pueden formular sobre el fútbol y tal vez muchas de ellas no tengan respuesta. Por ejemplo, ¿por qué el futbol tiene tantos adeptos en el mundo, como ninguna religión, como ningún credo político, como ningún otro deporte? ¿Qué es lo que tiene el fútbol que hace estallar de goce al poeta, al albañil, al filósofo, al estadista, al vagabundo, al destechado? Y otra más: ¿En qué consiste el embrujo del fútbol, de ese deporte que bien jugado puede llegar a ser arte? ¿Por qué un partido de fútbol puede paralizar una ciudad, un país?

El futbol puede convertirse en estupefaciente, en la dosis personal, en una especie de anestésico, o quizá de bálsamo. Es una combinación de asombros que ha interesado desde su origen a todas las capas de la sociedad. Este deporte es, como lo decía Benedetti, el único nivel de vida ciudadana en el que el bramido del presidente de la república o del ministro o del gobernador no tiene a mal hermanarse con el alarido del paria social.

Decíamos hace un ratico que un estadio lleno o semipleno es capaz de igualar a la sociedad. Se crea allí un iluso comunismo, una quimérica equidad de clases sociales. En apariencia cuando se desarrolla un partido no hay en las tribunas privilegios económicos, aunque unas localidades sean más caras o más baratas que otras, ni tampoco hay privilegios políticos ni de rangos burocráticos, aunque eventualmente haya palcos destinados para las personalidades. No obstante, todos, el cura, el alcalde, el raponero, el embolador, el chofer de bus, el candidato, el médico, el rector universitario, el estudiante, todos posan sus traseros en las gradas de cemento (bueno se sabe que unos llevan almohadillas y cojines). Es decir, el fútbol los pone en la misma escala a todos.

Fíjense y verán que todos aúllan con el gol, todos se enfurecen con el árbitro cuando considera que pita mal, todos le mientan la madre, todos vociferan, todos son expertos en tácticas y estrategias, todos son comentaristas. Todos gozan cuando gana su escuadra o se entristecen cuando pierde. El fútbol es una gran fábrica de emociones.

Pero tras el pitazo final la realidad vuelve con todas sus asperezas, vuelve a distanciar a los hombres, torna a ser una balanza desequilibrada. El desempleado vuelve a su sufrimiento de no encontrar trabajo; el obrero a sus labores de seguir enriqueciendo al patrón y el patrón a continuar la explotación del obrero, y el magnate a sus comodidades y lujos y el pobre a sus carencias. Bueno, cada uno puede hacer un listado de estas situaciones.

Vean que mientras unos salen del estadio en un lujoso carro, otros lo hacen en buses, o en taxi, o a pie. A veces, después de comprar la boleta, ni siquiera queda para el pasaje. Bueno, pero tras esa efímera igualdad, tras la asistencia al culto, todo vuelve a ser lo mismo que antes del partido, o tal vez peor. Aunque de cualquier modo todos se han desahogado, todos se han vuelto afónicos por la gritería. Han realizado una catarsis. Quizá mientras se suceden las emociones futboleras el desposeído no piensa en las masacres, no piensa en la situación de su país, o en la situación de su barrio, ni en la seguridad social, ni en los problemas de inseguridad, no se preocupa por si hay que cambiar el régimen, y a lo mejor cuando el partido termina tampoco esas sean sus preocupaciones. Porque en el estadio, en la cancha, deja todas sus impotencias, y se descarga contra el árbitro o contra un jugador del equipo contrario. O del propio. En todo caso, allí, en ese lugar sagrado, su desfogue no será contra el presidente de la república, ni contra su patrón, ni contra un sistema político.

En ese sentido podríamos decir que el fútbol es un muy extraño símbolo de pasajeras igualdades, pero también un estupefaciente, una droga adormecedora de las angustias generadas por los desajustes sociales y económicos, o por el caos de una ciudad.

Tal vez el fútbol no fue creado para eso, para que fuese un nuevo opio del pueblo, pero se podría decir, según la historia, que sí ha sido aprovechado por ciertas clases en el poder para desviar la atención o para conjurar determinadas situaciones. Este aspecto lo ampliaremos en otra charla de este ciclo sobre fútbol.

Aquí vuelvo a citar a Mario Benedetti cuando dice que es mejor para los que detentan el poder que la gente odie al árbitro y no al oligarca o al magnate financiero. Así pues que el fútbol también actúa como un narcótico y es ahí cuando pierde también su aparente inocencia.

Claro que como lo se ha dicho tantas veces todo ese repertorio de emociones que hay en el futbol, y que puede como espectáculo ser un factor de alienación, no va a detener ningún movimiento social. Así como tampoco un gol, una chilena, una jugada hermosa pueden cambiar a un gobierno o derrocarlo, porque es que el fútbol y los procesos sociales tienen sus propias leyes y dinámicas, muy distintas en ambos casos.

  1. El barrio, la calle, la esquina

Poco a poco iremos entrando al mundo del barrio, donde la cultura del fútbol ocupa un importante sitial en la vida cotidiana. Digamos que este deporte ha penetrado en el gusto de todos los estamentos sociales, pero, principalmente, en el de las clases medias y capas pobres de la población. Estas son las que más han sido permeables al embrujo del fútbol, que a su vez se ha vuelto un sueño de la muchachada, y en un sedante de las dificultades de los mayores. El fútbol es una presencia permanente en el barrio, no se escapa a la conversación de granero, ni al corrillo de la esquina, ni a la tertulia del cafetín. Está en la escuela, en el colegio, en la universidad. Cualquier pelado es capaz de hablar de alineaciones y estrategias, de controvertir sobre aspectos futbolísticos. Y es que el fútbol se ha convertido en un pan de cada día, como en una necesidad de la gente. Se han transformado incluso los espacios urbanos para su práctica. Una acera puede convertirse en una cancha, en un estadio a escala, con tribunas que pueden ser los balcones y las ventanas de las casas. Muchos chicos de antes comenzaron a fascinarse por el fútbol debido a sus prácticas sobre la acera, dado que esta parte es una frontera entre la casa y la calle. Cuando se está en una acera se está sin estarlo en la calle, y se está sin estarlo en la casa. Vean ustedes que una acera es algo bien complejo.

Hubo un tiempo en que en las calles, algunas de ellas sin asfaltar y que eran muy aptas para juegos como el trompo, las canicas y otras fascinaciones ya desaparecidas, digo que hubo un tiempo en que las calles eran un inmenso campo para el ejercicio de muchos juegos, como los de la guerra libertada, las rondas y materiles, la rayuela o golosa, el salto de la cuerda, en fin, y en esas mismas calles no se podía jugar fútbol libremente, es decir, era una herejía, una subversión del orden barrial, un atentado contra la tranquilidad del vecindario, jugar al fútbol en la calle. Esto ahora puede parecer cómico, o increíble, pero así era. Cuando la muchachada jugaba un picadito en la calle se exponía a varios riesgos. Uno era que apareciera una patrulla y entonces los policías decomisaban el balón, en el supuesto caso de que los muchachos no alcanzaran a volarse con pelota y todo. Otro era que el balón se fuera a una casa de una señora energúmena y ahí sí no había nada que hacer. Esa dama lo devolvía vuelto añicos, o, en el mejor de los casos, lo decomisaba y lo dejaba preso un tiempo.

Así pues que la futbolería urbana también vivió sus odiseas. Sin embargo, ni las señoras ofuscadas ni los tombos de entonces pudieron evitar el auge del futbolito callejero, que, por lo demás, aumentaba día a día debido a que se fueron acabando los solares, las mangas, los lotes urbanos. Y para la práctica de fútbol en la calle no importaba mucho si la calle era muy empinada, como en tantos barrios de Medellín, o si muy cerca había una quebrada, un abismo, o muchos vitrales sin rejas. Lo que importaba era jugar, divertirse, ganar o perder, pero divirtiéndose. No importaban ni las patrullas ni las señoras rabiosas. El fútbol en la calle era una transgresión, una alteración del orden público. Pero a su vez era un gesto romántico, una aventura de galladas barriales, que lograron colonizar la calle, o, mejor dicho, la convirtieron en estadio.

Desde hace muchos años el fútbol es parte de la diversión del barrio. Es el plato fuerte en las cenas de esquina. Está en todos los inventarios de emociones, en todos los diccionarios del alma urbana. Es un factor unificador, que le ha otorgado identidad, carácter, a nuestras calles. Y también si se quiere es una muestra de vitalidad de la urbe. En una calle de domingo siempre habrá un balón y un grito de gol.

Bueno, todo esto nos puede servir para decir que es en el barrio donde todavía se juega el auténtico fútbol, aquel que todavía no está contaminado por el dinero, aquel que todavía no ha sido ensuciado por el mercantilismo y la usura. El de la calle, o el de la canchita de barrio, es un futbol sin pretensiones de mercado, idealista. Claro que, como lo decía hace poco el exjugador Alexis García, ya hay muchas madres que en embarazo piensan cuánto podrá valer su hijo si llega a ser futbolista profesional. El capitalismo acaba con cualquier ingenuidad y es el fin de la inocencia.

  1. El sueño del pibe

Uno ve aquí, en la ciudad, barrios que transpiran fútbol, barrios que son un homenaje al gol. Incluso en los más pobres el fútbol se ha erigido como un arma, o como un modo de exorcizar al demonio de la miseria. Porque como la mercantilización del juego, la creación de fulgurantes estrellas que ganan millonadas en Europa, el surgimiento de figuras que se cotizan en oro, todo ese proceso globalizador del fútbol como mercancía, se refleja en la mentalidad de los pelados de barrio. Y así el fútbol, que nació como puro juego, se vuelve esperanza para salir de la pobreza, se vuelve el puente que llevará a muchos de la escasez a la abundancia. Eso se cree.

Hay un tango muy famoso, y es un tango muy sonado en traganíqueles de esquina, que se llama El sueño del pibe (de Juan Puey y Reinaldo Yiso). Resulta que en esa canción el chico busca la consagración, que es llegar a la primera, estar en un estadio lleno y ganar dinero. Ese es su sueño. De alguna manera ese tango hoy se baila en muchos barrios. Muchos pelados no solo juegan por placer, sino que además lo hacen para tener la posibilidad de llegar a ser estrellas. Y en ese sueño meten ya el capital, o al contrario, el capital es el que se ha metido en los sueños de todos.

Volvamos a la calle. Resulta que el muchacho de las barriadas es capaz, por su actividad cotidiana, por jugar a veces en callejones inverosímiles, en espacios muy estrechos, es capaz digo de desarrollar muchas destrezas, es capaz de moverse con agilidad dentro de unos límites reducidos, es capaz de hacer paredes cortas, esguinces, gambetas, y aprende a patear con precisión. Aprende también a driblar rivales y carros. Se vuelve repentizador. Así es como la calle se transforma en maestra, como la vida misma.

Algunos entrenadores de fútbol profesional han dicho, o decían en otro tiempo, que el buen jugador es aquel que pasó su infancia en un medio donde la picaresca y la trapacería son necesidad. Se podría especular acerca de que ciertas dotes, como la picardía y la capacidad de no arrugarse en la contienda, de no renunciar jamás a la lucha, se logran desarrollar en medios hostiles, en los cuales para sobrevivir no sólo hay que tener ganas sino mucha viveza. Esto podría verlo uno muy claramente en novelas de la picaresca española, como El Lazarillo de Tormes o La vida del Buscón, de Francisco de Quevedo.

Bueno, ya no recuerdo cuál era el técnico que decía que en situaciones y lugares adversos es “donde se aprendería como ineludible apoyo de supervivencia, la rapidez de improvisación y los reflejos para sacar ventajas en la lucha”. Creo que era Helenio Herrera.

  1. La gracia del domingo

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¿Quién de nosotros no se ha despertado alguna vez una mañana de domingo con las ganas incontenibles de jugar un partidito de fútbol? El domingo tiene su cuento. Para algunos es un día de tedio, pero para muchos es una jornada llena de sorpresas, de alegrías, porque el balón está presente en la cuadra, porque es la ocasión para reeditar encuentros con los amigos en torno a la magia de una pelota. Es allí, y en ese día, cuando el futbol vuelve a ser placer, a ser diversión pura. Aparecen las pequeñas porterías de metal, algunas con redes metálicas o con costales que hacen las veces de red, y entonces el asfalto sonríe porque la muchachada va a pisar el cuero, porque va empezar un ritual gozoso, algo que romperá la rutina del barrio.

Las tardes dominicales, en cambio, son otra cosa, porque en ellas incide el otro fútbol, el profesional. Que ya es oficio, o trabajo. Que es como la misa. Los aficionados se preparan para entrar en contacto con la divinidad, unos mediante la radio o la tv, otros con su presencia en el estadio. El fútbol ahí se vuelve hábito, costumbre, y a veces pasa a ser una rutina más. En el estadio ya no está el protagonista de las jugadas de cancha de barrio, sino el espectador (o el oyente, o el televidente). Ya no es un ser activo. Se aquieta, como el feligrés en la iglesia. Es un receptor. Se vuelve grey, rebaño. Y allí en ese lugar sacro y profano que es el estadio, el espectador puede pasar del éxtasis, de la apoteosis, a la tragedia y la angustia. El espectador es un ser que goza, pero, a su vez, sufre. Es el depositario de lo que en la cancha realizan los sacerdotes. El aficionado se incorpora al ritual para salvar su alma o para perderla. Pero todo esto, sea negativo o positivo, es posible gracias a ese fenómeno mundial llamado fútbol.

  1. Los afectos tristes

Ya estamos a punto del pitazo final, que es cuando el espectador se reencuentra con los desamparos de la vida cotidiana, de su rutina envolvente. Quisiera citar al filósofo francés Gilles Deleuze: “Vivimos en un mundo más bien desagradable en el que no solamente las gentes, sino los poderes establecidos, tienen interés en comunicarnos afectos tristes. Los afectos tristes son todos aquellos que disminuyen nuestra potencia para actuar y los poderes establecidos tienen necesidad de nuestras tristezas para hacernos esclavos. El tirano, el sacerdote, los secuestradores de almas, tienen necesidad de persuadirnos de que la vida es dura y pesada. Los poderes tienen así menos necesidad de reprimirnos que de angustiarnos, o de administrar nuestros pequeños terrores íntimos”.

Se ha dicho que el fútbol es sospechoso de hacer evadir de la realidad a la gente, de desviarla de sus calamidades diarias, de apartarlas de la desdicha. El fútbol es anestesia, es pasión desbordada, es un enamoramiento, o una traga (un metejón). Puede llegar a ser un remedio contra el aburrimiento. Si uno quiere y lo mira con otros ojos, puede encontrar en él la poesía de la vida corriente, esa que habla de gambetear la pobreza, de sacarle el cuerpo al infortunio. El fútbol tiene una estética, y hasta una lujuria. El gol se puede comparar con un orgasmo. Un orgasmo universal.

Creo que todos somos penitentes, adeptos, exégetas, apóstoles, víctimas propiciatorias y puede que hasta seamos esclavos del fútbol. Puede ser que un gol no nos redima de los desamparos y desasosiegos, pero por lo menos nos hace saber que estamos vivos, ¡vivos!, que era lo que querían decir aquellos muchachos de Calella de la Costa, cuando venían de jugar al fútbol y cantaban: “ganamos, perdimos, / igual nos divertimos”. Muchas gracias.

Medellín, junio 10 de 1998

*(Primera conferencia del ciclo Fútbol, Historia y Literatura, a propósito del Mundial de Francia)

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“Ganamos, perdimos; igual nos divertimos”.

Fútbol y Política

(Conferencia que recorre la utilización oportunista del fútbol por el poder)

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Mussolini y Hitler

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Apertura con peones de guayos

 

Hoy vamos a hablar del fútbol y sus relaciones con la política y el poder.

A veces resulta inconcebible que un juego, en apariencia inocente, como el fútbol, sea manipulado por los distintos poderes para beneficio particular de un gobierno, de un sistema político o de una bandería doctrinaria. A veces la gente, el aficionado, no alcanza a imaginarse cómo un deporte puede servir de plataforma política, o de mampara para ocultar determinados intereses, o, simplemente, como un distractor, como una cortina de humo. Claro que hay unos deportes que se prestan más que otros para tales manoseos, por su aceptación masiva, porque despiertan mayores pasiones en las multitudes. Pero aun sin que sea el deporte en cuestión un asunto de mayorías, se han dado casos históricos que nos muestran cómo determinados juegos pueden ser utilizados por uno u otro bando en confrontación. Así, durante la llamada Guerra Fría, que enfrentó al bloque socialista con el capitalismo, o, en otros términos, a la Unión Soviética y Estados Unidos, se utilizó el deporte como un elemento de la política, para intentar demostrar cuál sistema era mejor. Recuerden, por ejemplo, cuando Bobby Fischer, el notable ajedrecista norteamericano, derrotó en el denominado “Match del Siglo” a Boris Spasski en el Campeonato Mundial de Ajedrez, y entonces muchos áulicos de Estados Unidos salieron a decir que, en efecto, Fischer había triunfado porque vivía en el “paraíso americano”, y todo ello como parte de esos discursos flojos que se estilaban en los setentas para tratar de favorecer a uno u otro sistema.

 

Fischer nunca quiso poner en juego su título. Y fue despojado. Además, como ustedes saben, después renegó de los Estados Unidos y ahora vive en algún país de los que antes giraba en torno a la órbita soviética.

 

Los griegos, que lo inventaron casi todo, y que desarrollaron casi todo, suspendían sus guerras para realizar sus juegos olímpicos, que eran como una muy respetable tregua. Pues bien, muchos siglos después, los juegos olímpicos del mundo moderno se han visto, en distintas ocasiones, saboteados por intereses políticos, de una u otra superpotencia. Unas veces los boicoteaban los Estados Unidos y, otras, la Unión Soviética. En 1972, en Múnich, Alemania, se presentó una de las más sangrientas protestas políticas del siglo durante la realización de los Juegos Olímpicos. La delegación de Israel fue víctima de un ataque terrorista de parte de una agrupación, Septiembre Negro, que luchaba por la liberación de Palestina. En la operación, llamada por los atacantes Ikrit y Biram, perecieron once atletas israelíes.

 

Bueno, son muchos los casos que ilustran cómo el deporte es utilizado por la política, y aquí, esta noche, vamos a mirar específicamente al fútbol, cómo ha sido intervenido, invadido por otros intereses, y cómo ha sido usado por dictaduras, regímenes de izquierda y de derecha, por las ideologías y los ismos de nuevo y viejo cuño, para lograr determinados fines.

 

Precisamente, el deporte, y en este caso el fútbol, ha sido una especie de exorcismo contra la guerra, un modo de llegar a la catarsis, para desfogar en él otras emociones, para compensar en él o con él ciertas frustraciones colectivas. Resulta, sin embargo, como ya lo hemos visto en pasadas charlas, que el fútbol que es el más popular de los deportes también se ha convertido en una fuente importantísima de réditos, de ganancias astronómicas, debido a su profesionalización. A su erección como negocio muy fructífero. El fútbol, como empresa, mueve millones de dólares que se disparan cada cuatro años con la realización del Mundial. Por eso, la FIFA es como otro Fondo Monetario Internacional. Y por eso, el presidente de la FIFA se puede comparar con el jefe de Estado de una superpotencia, o con el secretario general de la Organización de Naciones Unidas. Y a veces, inclusive, parece tener más poder que uno de estos personajes y dignatarios.

 

El mundo está lleno de contaminaciones, de innumerables problemas de toda índole, y eso hace que el fútbol también sea penetrado por esos problemas y contaminaciones, y entonces así su aparente inocencia, su objetivo de recrear, de regocijar a la gente, de ser una fiesta, una celebración colectiva, pues todo eso tan hermoso se pervierte por la injerencia de poderes económicos y políticos.

 

Quisiera precisamente ahora recordar al poeta Jean Giraudoux (Sigfrido y la Loca de Chaillot), cuando decía en 1933, lo siguiente: “En nuestro mundo, donde cada país se ha vuelto nacionalista y observa con desprecio a los demás desde los muros de las obligaciones o el odio, hay sólo dos organizaciones internacionales por naturaleza: la de las guerras y la de los juegos. Esta última influye sobre la juventud del mundo; la guerra, por su parte, demuestra preferencia por los hombres. Una viste a la gente con el menos notorio de los uniformes, la otra con colores brillantes; una los acoraza, la otra los desviste, pero —a través de un proceso paralelo que no puede negarse— sucede que cada país posee ahora un ejército o una milicia cuya fuerza precisamente iguala aquella de la multitud movilizada por el más vastamente difundido de todos los deportes, el fútbol”.

 

Estas palabras del poeta francés revelan muchas cosas, como por ejemplo que las fuerzas del juego pueden equilibrar las fuerzas del combate en la humanidad. Es decir que son los medios por los cuales las naciones se pueden medir a sí mismas. Las naciones pueden ser juzgadas sobre todo en este siglo que ya se acaba por su habilidad física como por su fuerza armada. Decía también Giraudoux: “Hoy una nación es un organismo cuya salud moral se expresa por sí misma, como ya solía hacerlo a través de sus artes y actividades, pero cuya salud física se expresa por primera vez no a través de su ejército sino a través de sus deportes. El estadista no arroja más a la balanza una espada sino un hombre desnudo, y el efecto es el mismo”.

 

Podría decirse en ese sentido que algunas naciones, desprovistas por ejemplo de grandes ejércitos, han obtenido glorias inmarcesibles gracias a la pelota, gracias al fútbol. Recordemos, a guisa también de ejemplo, a Uruguay en 1930. Uruguay era y es todavía una muy pequeña nación, que llegó a figurar en el mundo debido más que todo a la obtención del primer campeonato mundial de fútbol. Con el Maracanazo, en 1950, aumentó su fama, sin necesidad de otro tipo de propaganda. Por supuesto, su gloria universal también se la han dado algunos escritores y poetas, como Benedetti, Onetti, Felisberto Hernández, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou…

 

  1. De igualdades y anestesias

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Decíamos en la primera charla de este ciclo (Fútbol y Ciudad) que el fútbol es capaz, debido a sus prodigios, de crear una especie de iluso comunismo, de igualdad pasajera, de equidad ficticia. Y ese milagro de la equidad social de noventa minutos se da en un estadio, aunque la posible fraternidad puede ser rota por la injerencia de las barras bravas y otras manifestaciones de violencia e intolerancia, que son las que vamos a analizar en la próxima conferencia.

 

Digamos otra vez que el fútbol es un “ambiguo símbolo de gloriosas igualdades”, pero también tiene el poder de ser una anestesia colectiva. Es probable que no haya premeditación de que sea así, no haya ninguna alevosía, pero sí es verdad que los poderosos aprovechan ese frenesí popular que suscita el fútbol para usarlo unas veces como un barbitúrico social, y otras como un velo o una máscara para tapar determinadas actuaciones. Así el fútbol puede servir para que la gente, los aficionados, olviden las incumplidas promesas de un gobernante o de un candidato a gobernante y olviden las injusticias sociales. Esto ha sido demasiado obvio en muchas partes, tanto en la España franquista, como en la Argentina de la dictadura militar, o en el Chile de Pinochet.

 

A las dictaduras, por ejemplo, les sirve el fútbol solo cuando se gana, cuando se tiene un equipazo, ya sea una selección o un club. Por eso, como veremos más adelante, a Francisco Franco le venían muy bien los triunfos del Real Madrid,y al general Jorge Rafael Videla (ahora otra vez preso) los triunfos de la selección argentina, en el Mundial del 78.

 

Podríamos anotar por otra parte, que el fútbol, que es una representación del goce y la fiesta, ha sido tocado por la violencia, por la política y agredido por el dinero, por las mafias de apostadores, por los hinchas brutales como los hooligans.

 

Pero con todos esos lastres y enfermedades, el fútbol no ha perdido, en general, su gracia de ser un juego estético, un juego que a veces se vuelve poesía, un deporte capaz de movilizar a grandes masas mundiales. Y aunque el dinero haya tocado su corazón, y los futbolistas se hayan convertido en una mercancía, en una máquina, todavía quedan jugadores que juegan por diversión, porque les gusta sentir una camiseta y sudarla, porque ven en el fútbol otra manera de la libertad y la imaginación.

 

  1. Del calcio italiano al fútbol de hoy

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Quería decir ahora que esto del deporte como un anestésico, como un sedante para las masas, no es un producto del Siglo Veinte. Es en realidad algo muy viejo. Aquello del pan y circo de Roma, que se usaba para despolitizar a la gente, para mantenerla alejada de los cuestionamientos al Estado, ya es una muestra de cuán antiguo es el uso del deporte y de los espectáculos públicos por parte de los gobernantes. En el siglo XV, en Florencia ya existía el calcio, que es un antecedente del fútbol de hoy. Con la llegada de los Medici al poder, ese deporte pudo tomar cierto arraigo. Pietro Medici reunió en su ciudad a los más destacados practicantes del calcio, concebido como un espectáculo y un ejercicio público. Ya los políticos florentinos, tan inteligentes como Maquiavelo, habían concluido que el juego del calcio tenía una virtud que estaba por encima de cualquier cosa: constituía una válvula de escape para el muy agitado ciudadano de Florencia, acosado por necesidades económicas.

 

El calcio se practicaba en las plazas florentinas, con un equipo estándar de 15 delanteros, 5 medios, otros cuatro entre el medio y la defensa, y tres atrás. Había seis árbitros. Era un juego de tumulto y tenía a veces el carácter de una batalla campal, con agarrones, revolcones, patadas, golpes y otras tretas. Los partidos eran una fiesta popular, amenizada por orquesticas. La nobleza urbana de otras ciudades de Italia adoptó ese juego, que casi siempre lo programaban para ceremonias políticas, recibimiento de embajadores, bodas de gente de alcurnia y otras fiestas. Ese tipo de juego de plaza pública desapareció hacia el siglo pasado. Pero ustedes saben que al fútbol en Italia se le sigue denominando con el nombre florentino de calcio (que significa patada).

 

De los tiempos del Renacimiento vamos a trasladarnos a la modernidad, para mirar algunos aspectos de la política y el fútbol.

 

No salgamos todavía de Italia, porque precisamente vamos a referirnos al fascismo y su relación con el fútbol. En 1934, fecha en la que se iba a realizar el segundo campeonato mundial de futbol, la escuadra de ese país se preparaba con intensidad, con una intensidad que estaba dirigida por Benito Mussolini. Mussolini también era partidario de aquella idea de que Italia formaba parte de la raza superior, tal como lo proclamaba Hitler de los alemanes, y que según esa idea llevaría a Europa con un destino inmortal hacia la gloria. El estado italiano dedicó enormes cantidades de dinero a los dirigentes político-deportivos y a su vez empezó a poner en funcionamiento un aparato propagandístico con miras a hacer del equipo italiano una escuadra invencible. Pero vean ustedes como es la vida, tan nacionalista Mussolini y tuvieron que contratar como refuerzos a dos argentinos (Orsi y Monti) que aparecían como oriundos de italia, y todo con el fin de triunfar. Mussolini buscaba la victoria de su equipo a cualquier precio, con el fin de demostrar la superioridad italiana. En ese momento lo deportivo estuvo subordinado a lo político.

 

En los cuartos de final jugaron Italia y España, en la que el árbitro metió mano para favorecer al equipo del Duce. Ese encuentro terminó empatado a un gol, pero la selección española quedó con la mayoría de sus jugadores lesionados por la brutalidad de los italianos, y ante la permisividad del juez central. Al día siguiente se jugó el desempate. En España ya no estaba el arquero Zamora (apodado el Divino), que fue lesionado, ni otras estrellas. Ganó Italia. En la final se enfrentaron Italia y Checoeslovaquia. Mussolini estaba en un palco y la gente gritaba ¡Duce, Italia!, ¡Duce, Italia!, mientras el Duce extendía su brazo para saludar. Italia ganó dos a uno. Un grupo de camisas negras le llevó la copa a Mussolini, en cuya base se leía Copa del Duce. Desde el principio sabían que Italia tenía que ser el ganador. Y así ocurrió.

 

  1. El fútbol y los intelectuales

 

Preguntaba Eduardo Galeano que en qué se parecen el fútbol y Dios. En la devoción que les tienen muchos creyentes y en la desconfianza que les tienen muchos intelectuales, se respondía. Ya vimos en la pasada charla (Fútbol y Literatura) que el fútbol no ha inspirado grandes novelas, aunque sí relatos, cuentos y poemas. Veíamos también que los intelectuales, bueno, no todos, por supuesto, se burlan de ese deporte. Así ocurrió el siglo pasado con Rudyard Kipling, que atacó “las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Muchos años después, con esa sutileza que lo caracterizó siempre, Jorge Luis Borges dictó una conferencia sobre el tema de la inmortalidad en el mismo momento en que la selección de Argentina disputaba su primer partido del Mundial del 78. Borges declaró que ese juego era una verdadera estupidez. Y lo dijo en un país donde el fútbol es una religión. Esa manera despectiva de mirar el fútbol también ha tocado a intelectuales de izquierda, que son los que más declaran que ese deporte es parte del pan y circo con el cual los obreros atrofian su conciencia y pierden su noción de clase.

 

Tal vez las únicas líneas que escribió el autor de El Aleph sobre el fútbol, deporte al que despreció, no sobra leerlas en una conferencia sobre fútbol y política: “El fútbol despierta las peores pasiones, despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte. Porque la gente cree que va a ver un espectáculo, pero no es así. La gente va a ver quién va a ganar. Porque si les interesara el fútbol, el hecho de ganar o perder sería irrelevante, no importaría el resultado, sino que el partido en sí fuera interesante”.

 

Sin embargo, veamos cómo cuando el fútbol moderno —nacido en Inglaterra, en colegios de la clase alta, de la aristocracia— dejó de ser cosa de ingleses y de ricos, en el río de la Plata nacieron los primeros clubes populares organizados por obreros, en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. Unos dirigentes de los obreros, muy perspicaces, decían que aquello era una maniobra de la burguesía para evitar las huelgas y enmascarar las contradicciones sociales.

 

Pero vean ustedes lo que es la vida. El club Argentino Juniors nació con el nombre de Los Mártires de Chicago, para recordar a aquellos dirigentes obreros que lucharon por las tres ochos, ocho horas de trabajo, ocho de estudio y ocho de descanso, y que fueron ahorcados el primero de mayo de 1886, en Estados Unidos. Y el equipo de Chacarita fue bautizado justamente en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. Y en el Barcelona de España muchos de sus simpatizantes eran socialistas y anarquistas, lo mismo que en el Atlético de Bilbao. Así que de todas las tendencias se ha visto en los equipos de fútbol. Antonio Gramsci, intelectual italiano, decía hermosamente que el fútbol era el “reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”.

 

 

  1. El franquismo y el fútbol español

 

Bueno, vamos a irnos ahora para España, en la época del Generalísimo Franco. Allí la relación entre fútbol y política fue muy evidente desde la caída de la República y el comienzo de la dictadura franquista. Vamos a ilustrar este aspecto inicialmente con tres imágenes, sacadas del libro del historiador inglés Duncan Shaw, Fútbol y franquismo.

 

En la tarde del 25 de junio de 1939, el Sevilla y el Racing de El Ferrol disputaron la primera final de la Copa del Generalísimo en el estadio Montjuich de Barcelona. Habían pasado menos de tres meses desde la conclusión de la guerra civil y menos de cinco desde la rendición de la ciudad de Barcelona al general Yagüe. Los dos equipos se alinearon antes del comienzo del partido y elevaron el brazo derecho para hacer el saludo fascista. Pocos segundos más tarde, por los altavoces del estadio irrumpió el himno de batalla falangista Cara al sol. Los jugadores empezaron a cantar con mucho entusiasmo, y la multitud que llenaba el estadio, en el cual también había muchos militares, pronto les siguió, de pie, con los brazos en alto.

 

Esa es una imagen. Otra es la siguiente: el Real Madrid siempre ofreció una pródiga cena a sus adversarios después de derrotarlos en el estadio Bernabéu. El 21 de octubre de 1959, los invitados eran los jugadores y funcionarios de un club de Luxemburgo, que acababan de ser goleados por 5-0. El representante del régimen era José Solís. Se puso de pie y les dijo a los jugadores del Real Madrid:

 

“Vosotros habéis hecho mucho más que muchas embajadas desperdigadas por esos pueblos de Dios. Gente que nos odiaba ahora nos comprende, gracias a vosotros, porque rompisteis muchas murallas… Vuestras victorias constituyen un legítimo orgullo para todos los españoles, dentro y fuera de nuestra patria. Cuando os retiráis a los vestuarios, al final de cada encuentro, sabed que todos los españoles están con vosotros y os acompañan, orgullosos de vuestros triunfos, que tan alto dejan el pabellón español”.

 

Otra imagen es cuando Barcelona, el 18 de febrero de 1974, derrotó 5-0 a sus enemigos del Real Madrid, en Madrid, y toda la gente de la capital de Cataluña salió a celebrarlo, con las banderas rojas y amarillas de los catalanes más que con las azulgrana del equipo de fútbol, y cantaban entonces el himno catalán que estaba prohibido por el franquismo.  “Catalunya trionfant! /  tornará a ésser rica i plena, / endarrera aquesta gent / tant ufana i tant superba”.

 

Vamos a mirar rápidamente algunos aspectos de la politización del fútbol en España durante el franquismo. En España el fascismo se instauró en 1933, cuando José Antonio Primo de Rivera fundó la Falange, que se inspiraba ideológicamente en muchos conceptos de la Italia de Mussolini, tales como la defensa de los valores cristianos ante la amenaza comunista, la creación de un estado totalitario, en fin. La Falange también consideraba al deporte como una excelente oportunidad para movilizar a las masas bajo su bandera, y para mostrar al mundo el poder de la llamada nueva España. Sin embargo, Franco no invirtió grandes sumas en el deporte como sí lo hicieron Mussolini y Hitler, porque, además, la guerra civil había dejado al país, entre 1936 y 1939, en un estado lamentable de miseria y hambrunas.

 

Sin embargo, es interesante saber que esa escuadra de España que ahora en el Mundial sale con su casaca roja, en el período azul de Franco llegó a proscribirse porque todo lo rojo estaba prohibido, porque lo rojo era asimilado a lo comunista. También fue muy común que en los partidos de la liga española los jugadores se alineaban antes de cada partido y gritaban “¡arriba España, viva Franco!”, y de alguna manera el fútbol fue utilizado por el régimen del Generalísimo para mostrar, en el exterior, otra cara distinta a la que se tenía internamente. El Real Madrid llegó a ser el club más poderoso del mundo.

 

El fútbol fue utilizado durante el gobierno franquista como una droga social para mantener a la gente despolitizada. Cada primero de mayo, por ejemplo, se realizaban los juegos sindicales en los estadios, para mantener así a los obreros alejados de cualquier manifestación política reivindicativa. Cabe recordar que a los trabajadores, como a los futbolistas, se les prohibía pertenecer a sindicatos libres e independientes. Todos debían estar en los sindicatos del Estado. Sindicalismo oficial.

 

Ustedes saben que en España había y hay todavía una serie de rivalidades regionales históricas. Pues bien, Franco trató de borrarlas, excepto en el fútbol, para que así las regiones se descargaran de tensiones en los partidos. Sin embargo, con el Barça el asunto fue a otro precio. Como los catalanes no tenían partidos políticos ni derecho alguno a usar su propia lengua, ni su himno, en cada partido del Barcelona la gente podía gritar y cantar en catalán, pero eso no podía hacerlo en otro lugar distinto al estadio. Por eso, en 1974, en aquella imagen que describíamos hace un rato, la gente salió a las calles a cantar y gritar en su idioma natal, en un abierto desafío a la dictadura franquista.

 

  1. Los desaparecidos del Mundial

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Esta última parte de la charla la dedicaré a hablar del Mundial del 78, en Argentina. Pero antes creo que habría que recordar cómo otras dictaduras de América Latina se aprovecharon del fútbol para sus intereses. En el 70, cuando la flamante escuadra brasileña deslumbró a todos los habitantes de la tierra con su fútbol de poesía, uno de los que más se benefició en cuanto a imagen fue precisamente la dictadura del general Medici, que regaló dinero a los jugadores, posó para los fotógrafos con la copa mundial en sus manos y cabeceó un balón ante las cámaras. Todo eso sirvió además para ocultar las persecuciones a dirigentes populares y los asesinatos contra militantes de izquierda realizados por un grupo denominado la Mano Negra.

 

En 1986, el general Alfredo Stroessner invirtió millonadas en la preparación de la selección paraguaya de fútbol, que participó en el Mundial de México, mientras Augusto Pinochet se hacía presidente del club Colo-Colo, el más popular de ese país; pero nada de tales fenómenos es comparable con todo el dineral que metió la dictadura militar argentina en 1978.

 

Tal vez una de las dictaduras más sanguinarias que ha habido en la América Latina fue la de Argentina. Ya en 1978, el general Videla llevaba dos años en el poder y su régimen de terror, que allá se conoció como el Proceso (Proceso de Reconstrucción Nacional), ya había hecho desaparecer a miles de opositores al gobierno de facto. En la ceremonia de inauguración del campeonato mundial, en el estadio Monumental de Núñez, Videla, al son de una marcha militar, condecoró al presidente de la FIFA, Joao Havelange. Muy cerca de allí, estaba uno de los campos de concentración más infames de la historia, un centro de tormentos y exterminios, la Escuela de Mecánica de la Armada. Mucho más allá del estadio, sobre el río o en el mar, desde los aviones oficiales los militares arrojaban vivos a los prisioneros. Entre tanto, los gritos de protesta de las  Madres de la Plaza de Mayo eran ahogados por los de los fanáticos al fútbol.

 

El entrenador de Argentina, César Luis Menotti, dijo: “Si Argentina, aparte de organizar el campeonato, consigue además una buena clasificación, muchos de los problemas del pueblo argentino quedarán resueltos”. Bueno, ustedes saben que Argentina ganó el mundial. La dictadura se prolongó hasta 1983 y se dice que durante su mandato de horror hubo treinta mil desaparecidos. Por lo demás, los problemas del pueblo argentino no quedaron resueltos. Muchas gracias.

 

Medellín, junio 23 de 1998.

(3ª. Conferencia del ciclo Fútbol, Literatura e Historia, a propósito del Mundial de Francia)

 

 

 

El balón náufrago y otras futbolerías

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Por Reinaldo Spitaletta

El balón tiene el poder intrínseco de la seducción. Y cuando es acariciado por un pie artístico; cuando se vuelve el corazón de los que disputarán con él un cotejo; cuando es parte de la imaginación de un colectivo que —insisto— no lo patea sino que le declara su amor, entonces no hay nada más arrebatador sobre la tierra que un partido de fútbol en el que estás involucrado como ser activo (como espectador es menos interesante), como elemento protagónico de los que se divierten y juegan solo por eso: sin otro aliciente que el júbilo y la efervescencia de adrenalina. Por acrecentar las emociones. Se gana, se pierde, pero en un partido de calle o manga o potrero barrial nadie estará derrotado.

El balón, suprema deidad de los que ofician el ritual de los pases y las gambetas, de las atajadas y los goles, es el único imprescindible en la lid futbolera. Y por ello, su falta, un accidente (cuando lo estalla un carro, por ejemplo), una herida, un despojo, puede causar la más honda de las tristezas entre los contrincantes, sobre todo si no hay uno que lo releve, otro que, ante la ausencia forzada, mantenga la posibilidad de la alegría plural.

Aquellos partidos de hace tiempos en la calle, cuando el mundo era todavía un paisaje de sueños y vivencias sin preocupaciones, tenían la “dinámica de lo impensado”, pero, a su vez, de la alegría en los pies y la cabeza. Era una hermandad que rivalizaba de buenos modos —aunque no siempre— y se proponía exponer lo mejor del juego en equipo, de la clase y la técnica, de la dignidad de ir por el triunfo, de manera leal, y con las ganas siempre vivas de hacer piruetas, malabares, fintas, paredes, y, claro, goles.

A los que nos tocó el momento de las prohibiciones del fútbol callejero, de la estigmatización de parte de señoras muy enojadas y policías muy perseguidores, los partidos de calle siempre tuvieron el aire de la clandestinidad y el atractivo de lo no permitido. Las damas —pobrecillas ellas, jamás jugaron al fútbol— porque les chocaba (con razón) los pelotazos contra puertas y ventanas y, quizá, la algarabía de la muchachada. Y los tombos porque estaban tal vez cumpliendo alguna absurda proscripción leguleya.

Y nada ni nadie pudo evitar los partidazos en el asfalto, con porterías de piedras, en los que siempre había discusiones sobre si fue o no fue gol, y se armaban tremendos alegatos que le ponían pimienta al “picado”. Desde unas cuadras se escuchaban los gritos de “¡zonas, llegó la chota!”, que en buen romance significaba que los agentes estaban arribando en una patrulla, casi siempre una camioneta destartalada. A veces, nos correteaban, sin alcanzarnos jamás. Y no faltaba la pifia. Alguien olvidaba el balón y, sin remedio, los tombos lo decomisaban. Entonces, nos contaban después, las señoras salían a celebrar con aplausos y risotadas. Poco les duraba el festejo.

Había otros encuentros en mangas, que eran, en la imaginación de todos, una suerte de Maracaná. Lo que quiero narrar es que en ciertos potreros había muy cerca, como decir casi en la raya final, una quebrada caudalosa. Y era toda una epopeya mantener con vida el balón (¿sabían que el balón tiene vida propia?). Cuando caía al agua, había carrerones por la orilla esperando que se posara en algún remanso o que la corriente lo condujera hacia la ribera. No faltaba el osado que se metiera a salvar de las aguas la pelota, que revivía la leyenda de Moisés.

No poder recuperar un balón del naufragio era de las tristezas más hondas que nos invadía. No era que sobraran los balones entre los jugadores. A veces, había que recoger monedas entre todos para ajustar la plata para comprar otro. Y los tiempos no eran de abundancia. Una vez, en una manga adyacente a la quebrada La García, disputábamos un desafío (o “selección”) entre los del Congolo y una patota de La Cumbre. El partido, tras dos horas de juego, iba empatado. Y no sé quién hizo un chute fenomenal que el balón se fue aguas abajo y nadie pudo alcanzarlo. Aunque el honor quedó intacto, sí queríamos doblegar a los contrarios (y seguro, ellos a nosotros).

Mucho tiempo después, cuando ya éramos “rodillones”, jugábamos en una canchita que daba a la calle de Barranquilla, cerca de la Universidad de Antioquia. El día que estrenábamos un balón de marca, una belleza, alguien sacó un taponazo que lo mandó hasta la otra calzada. Cuando íbamos a buscarlo, un camión se detuvo, se bajó un sujeto que recogió la pelota y se montó de nuevo al carro con nuestro tesoro. No teníamos repuesto. Quedamos iniciados.

Hubo en una plazoleta en el barrio el Congolo, de Bello, que usábamos como “estadio”, con picados que se prolongaban horas eternas, sin cansancio, sin aburrición. Se jugaba con pelotas de plástico (que también se les decía de “carey”). Una noche, en un compromiso de alta temperatura y ardentía, el balón se entró a la casa de doña Lola, rompió un florero y no sé qué otros estrago hizo. La señora, con calma y sin vacilación, lo tomó entre sus manos y lo fue “pedaciando” a punta de cuchillo. Nos tiró los restos y cerró la puerta con satisfacción del “deber cumplido”. Nadie se atrevió a apedrear la casa.

Hace poco, mi hijo me puso un mensaje, en el que contaba que el río Medellín estaba crecido, con sus turbulencias color pantano y lo único que se veía en la corriente feroz era un balón verde fosforescente, que viajaba sin control en las tormentosas aguas. ¿A quién se le había ido? ¿Qué partido quedó inconcluso? ¿Qué niño todavía estaría llorando la terrible pérdida? Quizá por esa misiva de whatsapp, estoy ahora escribiendo estas líneas.

Perder un balón en aquellos días felices era tan trágico como cuando a un chico se le caía la crema del cono y, ante la mirada de los espectadores, algunos a punto de reír, el pelao se quebraba en llanto, mientras la mamá le decía que no llorés, mijito, vení vamos a comprar otro. A veces, no teníamos en caso de desaparición de la maravillosa pelota, con qué conseguir otra de manera inmediata. Y, en serio, no faltaba el nudo en la garganta y una frustración parecida a la de la derrota.

En aquellos días, creo, un balón era la más alta forma de la felicidad. Y su pérdida, una desgracia que, mínimo, nos hacía soltar, más que un lagrimón, un doloroso hijueputazo.

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El equipo que cayó del cielo

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Fue un cuento de hadas con final trágico, una “fiesta que no hubo”, un acceso infeliz a la gloria cuando ya los protagonistas de una gesta deportiva que no sucedió estaban muertos. El fútbol, el mismo al que Albert Camus le debió lo que supo sobre moral y obligaciones humanas, trascendió por estas fechas las canchas para estar en una conexión masiva con la muerte y la aflicción.

 

Los muchachos de Chapecó, los que todavía no estaban contaminados por el oro, los que todavía sentían en sus corazones las promesas del barrio, los sueños del pibe, los anhelos de no seguir en el anonimato, estrellaron sus aspiraciones de victoria. La copa, con la que podrían brindar en lo más alto del pódium, se quedó sin beber.

 

Los muchachos de Chapecó, a diferencia de los de Callela de la Costa, que narra Eduardo Galeano, no perdieron, no ganaron, no se divirtieron. Murieron. La tragedia a veces tiene rumores de estadio, fragores de combates jamás realizados, de voces que lloran en las tribunas. E imágenes de dolor y soledad, como la de un pequeño hincha brasileño, con la camiseta de su equipo amado, solo y triste en las graderías desiertas del Arena Condá.

 

Tal vez desde el asesinato de Andrés Escobar, Medellín no expresaba dolores en masa como los de aquella manifestación limpia de un estadio lleno, con lleno también en sus afueras, en la que cantaban el luto, recordaban a los que se fueron y apoyaban a sus familias y amigos, y a una pequeña ciudad brasileña, a sus moradores, a toda una nación.

 

Ni en los choques de dos trimotores Ford, cuando murió Gardel (1935), en una ciudad todavía con aires bucólicos mezclados con chimeneas fabriles, se notó una efervescencia con tantas tristuras juntas como la vivida en Medellín por estos días. La ciudad asumió los muertos como suyos. Y tal vez, sin saberlo, repitió los versos de John Donne: “ningún hombre es una isla en sí mismo… la muerte de cualquier hombre me afecta porque me encuentro unido a toda la humanidad”.

 

La ciudad se aglutinó para llorar. Para corear el nombre de un equipo del que pocos conocían y del que ya nadie se olvidará. El día de la ceremonia de los adioses en el Atanasio Girardot, la voz entrecortada de José Serra, ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, quedó como un hito de palabras precisas, sin aspavientos, medidas en toda la dimensión del dolor y las ausencias:Los brasileños no olvidaremos jamás, la forma como los colombianos sintieron como suyo el terrible desastre que interrumpió el sueño de ese heroico equipo de Chapecoense”.

 

Para el dignatario fue un “grado de consuelo inmenso” la increíble lluvia de flores y palomas, las velas encendidas, los globos blancos, las lágrimas colectivas de un estadio que, en efecto, sentía como suyos a los muertos. Serra, según dijo, jamás había sentido una emoción semejante. Y, a lo mejor, muchos de los presentes y de los que siguieron sus palabras por otros medios, tampoco.

 

Tal vez una de las demostraciones de más hondura humana que se ha dado tras el desastre aéreo, haya sido la de la mamá de Danilo, portero del equipo, que pereció en el suceso. La estaba entrevistando un reportero de Bandeirantes, y ella, de pronto, se trastocó en interrogadora: “¿Cómo se sienten después de haber perdido a tantos amigos? ¿Usted me puede responder?”. El periodista, en medio del abatimiento, se quedó perplejo, sin respuesta. Y ella continuó: “¿Puedo darle un abrazo que represente a toda la prensa?”. Quizá sea uno de los abrazos más sentidos y bellos de la historia.

 

El pasado 30 de noviembre, Medellín fue otra. Una ciudad que transmitió solidaridades, que se apropió del luto y lo sintió y vivió con honestidad, sin simulaciones. Y, como si lo del estadio hubiera sido poco, a la medianoche la ciudad guardó silencio en una jornada en que estaba previsto desencadenar la explosiva “alborada”, una nefasta herencia paramilitar y mafiosa.

 

Los muchachos del Chapecoense eran todavía la esencia del fútbol, sin ostentaciones, con la memoria de la barriada, del potrero, de las cosas que se hacen por amor al oficio. Eran, creo, los del eterno partido, de aquel cotejo que uno quiere que jamás termine porque en él confluye la poesía de la simplicidad y de lo impredecible. Chapecoense, con palabras de Barba Jacob, era una llama al viento. Y el viento la apagó.

 

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En el estadio Arena Condá, en Chapecó, la soledad y tristeza de un pequeño hincha.