La soledad de Eleanor Rigby

(Una crónica con los Beatles, García Márquez y la nostalgia)

 

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En 1966, Eleanor Rigby se convirtió en otro éxito de los Beatles

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La nostalgia es una construcción interior, con memoria parcializada, en la que se despoja el pasado de sus aristas cortantes, de sus afilados cuchillos descuartizadores y se deja en el recuerdo solo aquello que no ha producido dolor ni resentimientos. Es una bonita manera de reconciliarse con la dulzura, sin acritudes, de lo que se ha ido. Y vuelve con lagrimones secretos y ansias de revivir emociones perdidas.

 

A diferencia quizá de muchos miembros de mi generación, no tengo nostalgia de los Beatles, porque, cuando este cuarteto de Liverpool estaba ya en la cumbre de los gustos juveniles, a inicios de los sesenta, no lo escuché entonces. Y, bueno, me llegaron más bien algunas de sus canciones por las interpretaciones de otros, y aun por traducciones que de algunas piezas, se hicieron, por ejemplo, en España. Una muy célebre fue aquella del Submarino amarillo (también una clásica película psicodélica), interpretada por Los Mustang.

 

En Colombia, por ejemplo, Harold Orozco cantó en español varios temas de la banda inglesa, como Michelle.

 

En 1965, cuando los Beatles eran ya una especie de bomba atómica entre las juventudes universales, Paul McCartney, una especie de iluminado, había tenido un sueño con una melodía lenta y dulzarrona, cuando visitaba en Londres a su novia Jane Asher. Y de aquella conexión con lo onírico nació Yesterday, uno de los temas más versionados en la historia de las canciones. Esta historia la cuento en un apartado del libro Tiovivo de tenis y bluyín (Editorial UPB), relacionada con otro hecho, nada musical, sucedido en Bello por aquel tiempo.

 

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En una columna de prensa de 1980, García Márquez dice que la “única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles”. Quizá puede ser válido el aserto para miembros de otras generaciones, hasta la de los ochentas. Insisto, no es mi caso. El escrito, de una vibrante belleza periodístico-literaria, y que en otros días ponía (con otras columnas del aracateño) en mis cursos de Periodismo de Opinión, dice que la nostalgia es una trampa “que quita de su lugar a los momentos amargos y los pinta de otro color, y los vuelve a poner donde ya no duelen”.

 

En el artículo se menciona la pieza Eleanor Rigby, de Paul McCartney y John Lennon, una composición que incluye chelos, violas y violines en su acompañamiento musical, y que plantea en su letra un rictus doloroso acerca de la soledad y la gente que pasa sin que de ella quede una huella muy visible. Como todos saben, es la historia de una sirvienta que recoge el arroz de una iglesia donde ha habido una boda y que parece vivir en un sueño. Es (y tampoco la escuché en aquellos tiempos sino muchos años después de su salida al mercado disquero) una canción tristona.

 

Eleanor es, como el padre McKenzie, parte clave de la historia de esta composición, una mujer que “vive en un sueño y espera en una ventana con la cara que guarda en un frasco, junto a la puerta”. Y Eleanor pasa; tal vez su vida es una espera, una sucesión de deseos truncos, una soledad sin aspavientos. Y muere en la iglesia donde trabajaba, y la entierran, sin velorios ni funerales masivos, salvo la presencia de gente solitaria.

 

En 1966, cuando salió la canción (del álbum Revolver, con contenidos existencialistas y de denuncia) y escrita y compuesta en esencia por McCartney con la participación de Lennon, yo vivía en el barrio Andalucía, de Bello, en una casa esquinera frente a un parque redondo. Eran días de los fines de primaria y quizá en el radio casero se escuchaban algunas baladas de la Nueva Ola, folletines de amores y aventuras, ritmos de las Antillas y tal vez canciones de Margarita Cueto. De los Beatles, ni idea. Nada.

 

El nombre de la protagonista lo tomó, según McCartney, de la actriz Eleanor Bron (actuó en la película Help!, con los Beatles) y el apellido de una tienda de víveres de la ciudad de Bristol. Lennon y Paul se conocieron en la iglesia de St. Peter. Y después de que la canción ya era famosa, alguien vio en el patio-cementerio del templo una tumba con el nombre de Eleanor Rigby y lo conectó con la canción. “El patio de la iglesia St. Peter era un lugar que John y yo frecuentábamos regularmente, es posible que haya visto la tumba con el nombre y quizás inconscientemente lo haya recordado o relacionado”, dijo McCartney.

 

Esta canción sobre la soledad y, si se quiere, acerca del anonimato en el que viven muchos trabajadores, muchos que buscan un destino mejor y que nunca lo encuentran, es una muestra de aquellos años en los que el celebérrimo cuarteto se zambullía en las filosofías existencialistas, que en los sesentas tornaron a la palestra de las reflexiones y los debates. Se nota, por ejemplo, en el Hombre de ninguna parte (Nowhere Man): “Él es un hombre de ninguna parte, / sentado en su tierra de ninguna parte, / haciendo todos sus planes de ninguna parte, / para nadie”.

 

Eleanor Rigby muestra la imagen de una muchacha desolada, de una que solo tiene como rol, además del trabajo, una espera infinita plena de incertidumbres. “¿De dónde vienen los solitarios?”. Y adónde irán. A qué mundo pertenecen. Eleanor, como en un tango, se maquilla el dolor y está “lista para el viaje / que desciende hasta el color final”. No es tarde para tener una nostalgia sobre esta bella canción de los Beatles.

 

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Llueven flores amarillas

(En el cincuentenario de la publicación de Cien años de soledad)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La novela total, el alfa y el omega, el génesis y el apocalipsis, la saga de los Buendía, se publicó hace cincuenta años en Buenos Aires y desde entonces la literatura de América Latina tiene una obra que pertenece al mito y a la historia. Cien años de soledad, la del comienzo alucinante y la del final cataclísmico, es una suerte de epopeya sobre los pueblos azotados por la peste del olvido y por otras desventuras.

 

En veinte capítulos no numerados la obra cumbre (y esto es un lugar común) de Gabriel García Márquez canta desde las maravillas de los alquimistas hasta los ardores de urgencia de Pilar Ternera, la dama de las iniciaciones púbicas y los amores no correspondidos. Hay ecos homéricos y voces dantescas, tiempos del mito y tiempos de la historia. Y, claro, en modos de la narración se puede adivinar a Cervantes y su descomunal Quijote o a los juglares costeños, como Francisco el Hombre, capaces de derrotar las sapiencias y astucias del diablo.

 

En Cien años de soledad, la de múltiples homenajes, la que evoca a Gargantúa y Pantagruel, y tiene aires de Rulfo (pongamos por caso, el personaje de Prudencio Aguilar), es la posibilidad de degustar un lenguaje de exotismo, alta precisión en las palabras y meterse en una máquina de la memoria. Alguien decía que los vencedores escriben la historia y a los vencidos les queda el arte de la novela para no desaparecer del mundo de las palabras y las cosas.

 

Se pudiera aseverar que Cien años de soledad es la voz de los borrados por historias oficiales, como los tres mil muertos de las bananeras (el Pentágono reconoció al menos mil), y de los fundadores de pueblos perdidos, donde la ciencia y el vasto conocimiento los divulgan los gitanos. Macondo es un espacio de deslumbramientos en los que puede sonar la música de Pietro Crespi o el pito melancólico de un tren amarillo.

 

Macondo, donde confluyen galeones españoles y las profecías de Nostradamus, es la aldea y el universo. Son los laboratorios de la imaginación, del huevo filosofal, de los imanes y los circos y las maravillas transoceánicas y las babélicas lenguas, los que discurren en un tiempo sin tiempo, con un destino fatal: la desaparición de todo lo que fue. Allí, en esa ficción de ensueños, los espejos (y espejismos) de la memoria y el olvido se juntan en una perpetua orgía de palabras y personajes.

 

Es una metáfora del principio y el fin. De las ideas de progreso, de la creación y la destrucción. En esta ópera magna, que García Márquez vislumbra desde La Hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Los funerales de la mamá grande, está la formación de un país, sus guerras civiles, sus disputas por el poder y la visión de un mundo en el que la magia, los augurios, los sortilegios y las profecías son parte de lo cotidiano.

 

Macondo, la del “concierto de tantos pájaros”, es la presencia de “cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer”, combinada con guerras, huelgas, expediciones y gente que “continúa viviendo en el tiempo estático y marginal de los recuerdos”. Es la vida y la muerte reunidos en un lugar (que se transmutará en un no-lugar) en el que tal vez lo único que no causa conmociones ni alelamientos es el cine.

 

En Macondo (como en el Quijote, la Biblia, las cosmogonías) está todo lo posible y lo imposible. Y la poesía salta aquí y allá, como en una lluvia de minúsculas flores amarillas y en las brisas que llegan de más allá del mar. Y están el incesto, los patriarcados, la ciencia, las supersticiones, los descubrimientos tardíos, los amores frustrados y las presagiadoras imágenes que se forman frente a un pelotón de fusilamiento.

 

Hace cincuenta años, cuando la primera edición de esta novela fundacional comenzó a circular en los kioscos y librerías de Buenos Aires, cuando su lenguaje de fosforescencias obnubilaba a miles de lectores, el mundo era el de la Guerra Fría, el de los Beatles, el del Che Guevara y Violeta Parra, y el de jóvenes multitudinarios que querían ser protagonistas de su destino y de la historia. Era, además, el de una América Latina que se hacía visible con su literatura de prodigio.

 

Y hoy, cuando una novela cincuentenaria convoca otra vez a tantos lectores, Macondo goza, más allá de la ficción y de los pergaminos de Melquíades, de un privilegio: no ser desterrado jamás de la memoria de los hombres. Honor que le cabe también a su creador.

 

(Columna publicada en El Espectador, mayo 30 de 2017)

 

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Portada de la primera edición de Cien años de soledad.

Una misteriosa entrevista a García Márquez

 

(Historia de la primera visita de Gabo a Medellín en 1954)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La primera entrevista a Gabriel García Márquez se la hicieron, en Medellín, dos redactores del diario El Colombiano, en julio de 1954, fascinados por los cuentos que hasta ese momento el joven escritor había publicado en periódicos y suplementos literarios. Hasta ahí no habría nada de raro sino fuera porque la entrevista, por razones aún desconocidas, jamás se publicó, pero él la recuerda con nitidez en su libro de memorias Vivir para contarla.

 

García Márquez llegó por primera vez a Medellín en ese mes a reconstruir la tragedia de Media Luna, en la carretera a Rionegro, ocurrida el 12 de julio, en la que perecieron la madre del ciclista Ramón Hoyos Vallejo y 74 personas más.

 

El reportero de El Espectador, de 27 años, arribó a esta ciudad dos semanas después del mortal alud. “Se sabía que el 12 de julio en la mañana había habido un derrumbe de tierras en La Media Luna, un lugar abrupto al norte de Medellín, pero el escándalo de la prensa, el desorden de las autoridades y el pánico de los damnificados habían causado unos embrollos administrativos y humanitarios que no dejaban ver la realidad”, recuerda García Márquez en sus memorias (pág. 526), con un notorio error de punto cardinal. Media Luna todavía está al oriente.

 

Se hospedó en el hotel Nutibara “con ropa para dos días y una corbata de emergencia”. Hasta entonces —dice él— lo único que el “mundo entero sabía de Medellín era que allí había muerto Carlos Gardel, carbonizado en una catástrofe aérea”.

 

A la segunda noche de su estada en Medellín lo esperaban en el hotel dos redactores de El Colombiano, “tan jóvenes que lo eran más que yo”, evoca el Nobel, “con el ánimo resuelto de hacerme una entrevista por mis cuentos publicados hasta entonces” (pag. 531).

 

El caso es que a ambos les costó trabajo convencerlo, “porque desde entonces tenía y sigo teniendo un prejuicio tal vez injusto contra las entrevistas…”. Al fin de cuentas, sin embargo, concedió aquella primera entrevista, que fue, según él, “de una sinceridad suicida”.

 

El memorioso García Márquez añade que hasta hoy han sido incontables las entrevistas “de que he sido víctima a lo largo de cincuenta años y en medio mundo, y todavía no he logrado convencerme de la eficacia del género, ni de ida ni de vuelta”.

 

Pero, a su vez, considera que la mayoría de las que no ha podido evitar sobre cualquier tema “deberán considerarse como parte importante de mis obras de ficción, porque sólo son eso: fantasías sobre mi vida”. Las memorias, de 580 páginas, tienen el epígrafe “La vida no es lo que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

 

Casi un año después, en junio de 1955, García Márquez retornó a Medellín, otra vez como reportero de El Espectador, con una diferencia: ya brillaba nacionalmente por su célebre reportaje al marino Luis Alejandro Velasco, publicado por entregas en ese diario, y por su primera novela, La Hojarasca. Llegó para escribir un reportaje seriado con el campeón ciclístico Ramón Hoyos.

 

El 26 de junio de 1955 apareció en El Colombiano Literario una extensa entrevista a Gabo, realizada por Alonso Ángel Restrepo, en Medellín, en la que se mezclan ambientes y declaraciones, resumen de dos horas de conversación en el Nutibara.

 

Y mientras García Márquez se tomaba una Coca-Cola, le dijo al entrevistador: “Yo no tomo licor sino cada siete años”, sentencia que podría considerarse una de las tantas fantasías del inventivo escritor de Aracataca.

 

En la nota habló de la creación y peripecias de La Hojarasca. La había enviado a la Editorial Losada, de Buenos Aires, y ocho meses después se la devolvieron con una misiva “en la que se me comunicaba que mi obra exigía un gran esfuerzo de los lectores para comprenderla y que ese esfuerzo no se compadecía con la calidad literaria de la novela”. En sus memorias, sin embargo, García Márquez dice que jamás le devolvieron el original, porque esa no era política de la citada editorial.

 

“¿Cuál es el novelista de su predilección?”, le preguntó Alonso Ángel a Gabo: “Sófocles, bien pueda anotarlo. Y algo más: Edipo Rey es, a mi juicio, la mejor novela policial de todos los tiempos”, contestó García Márquez, al agregar que el de este diario era el mejor suplemento literario que había entonces en Colombia. Lo dirigía Eddy Torres.

 

Tras una minuciosa pesquisa en los archivos de El Colombiano, no se encontró la primera entrevista que Gabo dice le hicieron en su vida, y que él registra en sus memorias, evocando avalanchas y sinceridades suicidas. Ah, tampoco se supo quiénes fueron los dos jóvenes reporteros. Se los tragó la dantesca selva del olvido.

 

(Nota publicada en octubre 4 de 2002 con motivo de la aparición de las memorias de García Márquez)

 

Cuando Macondo era una fiesta

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hace muchos años, en 1971, un profesor de un colegio sin licencia, nos recitó de memoria el primer capítulo de Cien años de soledad. Bello era entonces una aldea fabril, con obreros que viajaban a los telares montados en pesadas bicicletas y desde sus verdes colinas se escuchaba ya la estentórea voz del despunte del movimiento estudiantil más vigoroso que tuvo Colombia. Era una lucha, entre otras reivindicaciones, “por una educación nacional, científica y de masas”.

 

El profesor nos envolvió en la divina magia de sus palabras prestadas, en medio de un silencio de muchachos asombrados, seducidos por ciénagas misteriosas y galeones enmohecidos. Aquel fue nuestro “ábrete sésamo” para entrar en la saga de los Buendía y quedar atados a un mundo en el cual el olvido ya no era posible.

 

Hacía cuatro años que García Márquez había publicado en Buenos Aires su novela de gloria. Y, claro, tenía que ser aquella ciudad inevitable, de ombúes y quejas de bandoneón, la del privilegio de ser la primera en conocer los avatares del realismo mágico tropical. Buenos Aires, metrópoli de lectores y escritores, consagró en el “subte” y en los parques al fabulador de Aracataca.

 

Cuatro años después del génesis, un profesor de parroquia dejaba perplejo a un curso de estudiantes de español, en un pueblo, cuna de un gramático y perverso presidente, Marco Fidel Suárez, el cual nos hacía roncar con sus impotables Sueños de Luciano Pulgar.

 

Dicen que García Márquez es el único inmortal que tiene Colombia, cantada por el nicaragüense Rubén Darío como una “tierra de leones”. Más que de reyes de la selva, hoy es una tierra de paramilitares, políticos corruptos, guerrilla que perdió hace tiempos sus ideales libertarios y un presidente que cada vez empeña más al país a su patrón gringo.

 

No sé si será el espléndido creador de Macondo el único inmortal. Tal vez, en ese mismo tabernáculo, estén Barba Jacob y Silva y Jorge Isaacs y José Eustasio Rivera. Es posible que Carrasquilla también habite en el escaso Olimpo de colombianos inmortales. Ah, y Fernando Botero y Pedro Nel Gómez.

 

Es alentador tener por lo menos un paradigma positivo. Y, en tratándose de un artista, mejor. No es edificante estar, como estamos casi siempre los colombianos, quemándonos en la caldera de las estigmatizaciones. Porque los modelos negativos, muy abundantes, por lo demás, así lo han impuesto. Pablo Escobar, Tirofijo, los hermanos Castaño y otra horda de mafiosos, asesinos y políticos putrefactos y desvergonzados.

 

De ese modo, la balanza no siempre favorecía. “¿Colombiano?, ah, sí, coca, mafia, corrupción, sicarios…”. De pronto, alguno, menos ofensivo, decía: “¿Colombiano?, qué bueno. Paisano de García Márquez”. Ah, o de algún futbolista, como el Pibe Valderrama.

 

Por estos días (marzo de 2007), en este país de desamparos, las noticias, siempre plenas de acontecimientos trágicos, o de superficialidades y amarillismo, o de loas al uribismo, han sido distintas. Especiales y separatas sobre un escritor, que acaba de cumplir ochenta años, cuarenta de haber publicado su obra cumbre y 25 de obtener el Nobel de Literatura.

 

No está mal. Y aunque, en su parte política el galardonado escritor se ha caracterizado por ser una veleta, y, peor aún, un cortesano, una suerte de abanicador del poder, un lambón palaciego (Fidel Castro, César Gaviria, Andrés Pastrana, Bill Clinton están entre sus sujetos de adulación), su literatura ha alimentado imaginaciones y exorcizado demonios.

 

Tal vez sus últimas obras, como decir sus putas tristes, sus memorias, su Del amor y otros demonios, sus Doce cuentos peregrinos, denoten cansancio creativo y sean inferiores a portentos como Cien años de soledad, El otoño del patriarca o El coronel no tiene quien le escriba. Ya es posible perdonarle sus desaciertos. La inmortalidad admite imperfecciones.

 

Recientemente, una encuesta entre intelectuales del mundo escogió las 20 mejores obras de la literatura universal. En español, solo hay dos: el Quijote y Cien años de soledad. Un reto para los escritores de hoy en lengua castellana.

 

Tiempo después de que aquel profesor inteligente y memorioso recitó el primer capítulo ante un auditorio embelesado, volví a escuchar a un universitario, en las treguas de las pedreas entre policías y estudiantes, recitar ya no uno, sino dos y tres y cuatro capítulos de la novela de García Márquez.

 

Era como una reencarnación de antiguos rapsodas, cantando las peripecias de Odiseo y los fragores de la guerra de Troya. Era como una reedición de aquel profesor, creo se llamaba Francisco Córdoba, que nos hizo conocer a un escritor que ya se leía en todo el mundo y nos llegó a nosotros entre chimeneas fabriles y las primeras lluvias de guijarros contra bandadas de policías que sabían mucho de balas y bolillos pero poco de gitanos que traían inventos del otro lado de la Tierra.

 

N.B. Artículo a propósito de los ochenta años de García Márquez, marzo 2007

Portada de la primera edición de Cien años de soledad

Boronía, Fermina Daza y la cara de mamá

(Un recorrido por berenjenas, sabores caribe y plátanos maduros)

Por Reinaldo Spitaletta

 

La berenjena, que tiene color de luto y suena a arabidades, ha tenido mala prensa. Se dice que el amargor no se lo saca nadie, que es venenosa, que puede dar dolor de cabeza, que eso no es comida. Y así. En Antioquia, por ejemplo, nunca gozó de atractivos culinarios ni siquiera como un fruto con posibilidades de llegar a la buena mesa, ni a ninguna. En ocasiones, y solo porque se escuchó decir, se utilizó como adelgazante y se le negó su facultad de exquisitez y de aportadora a la nutrición personal.

 

Pero más allá de sus propiedades medicinales, la berenjena es una invitada gastronómica de lujo, pero, a su vez, de la cocina popular, más que todo en el Caribe, y, desde luego, en países asiáticos, de donde parece ser originaria. Se le atribuye su cuna a la India, aunque el nombre es árabe y a través de esta cultura penetró en España, y para completar el ciclo, los españoles la introdujeron, en tiempos de conquistas y colonias, a América.

 

Con la berenjena se pueden preparar tortillas, escabeches, tartas, salteados, rellenos, empanadas, conservas, milanesas, hamburguesas, lasañas, pero, sobre todo, y de ahí mi interés por esta nota sobre el magnífico fruto, la boronía, una mixtura caribeña, más que todo cartagenera, y que en casa, donde hubo dos culturas: la costeña y la paisa, se convirtió en un plato no solo de sabrosura, sino de emergencia.

 

Mamá, una señora del oriente antioqueño que vivió varios años en La Heroica, que trabajó en el Hospital Santa Clara (antes monasterio y ahora hotel), que se casó con un cartagenero de ley, aprendió a preparar dulces y platos diversos. Sopas a granel. Arroz con coco. Con frijolitos cabeza negra. Con fríjoles morados. Arroz marinero. Mote de queso. Y otras delicias. La berenjena siempre estuvo en casa, y aunque no había preparaciones diversas, la más frecuente (mejor dicho, la única) era cuando se mezclaba con plátano maduro, ajo y mantequilla, en un plato que, como dije, era más una salida de emergencia que una receta de alta cocina.

 

Plátano muy maduro, sancochado, y berenjena machacada tras hacerle un proceso inteligente de extracción de las amarguras, en una combinación que pasó a la historia familiar como un emblema de tiempos en los que había escasez y lo más accesible eran, en las plazas de mercado, los plátanos y las despreciadas berenjenas. Cuando mamá las iba a cocinar, anunciaba desde la víspera: “mañana habrá boronía”. Y como con tantas repetideras e insistencias ya no había emoción ni sorpresa, entonces ella, como parte de los adobos, nos contaba historias en la mesa.

 

Eran relatos que ella se inventaba, tras haber leído en su juventud, los cuentos de Las mil y una noches, y escuchado en su casa paterna historias del Tío Conejo, Sebastián de las gracias y consejas de arrieros y otros peregrinos. Una mezcla explosiva, que nos mantenía en vilo mientras comíamos la boronía dulzona y amable. A veces, por no dejar, advertía que eso era lo que comía el genio de la lámpara de Aladino, y que en alguna isla perdida sirvió de alimento distinguido al gran Simbad el marino.

 

La berenjena, en todo caso, estuvo presente en la infancia y adolescencia, en su única versión a la cartagenera, porque, que recuerde, mamá no la preparó de otras maneras. Siempre acompañada del “maduro” y a veces con cebolla y pimienta. O, por darle otra presencia y gusto, con trocitos de carne de cerdo o entrañas de gallina. Hoy, cuando se ha descubierto de las propiedades antioxidantes y del retraso del envejecimiento que puede proporcionar el consumo de esta solanácea, la berenjena ha penetrado en muchas partes, con su moradez exterior y sus claridades internas.

 

La literatura le ha abierto espacios. Y, para no ir muy lejos, García Márquez, que por lo demás era un degustador de la boronía, la introdujo en El amor en los tiempos del cólera. A Fermina Daza le chocaban las berenjenas desde niña y antes de probarlas, “porque siempre le pareció que tenían color de veneno” y porque, además, cuando tenía seis años, su padre la obligó a comerse una cazuela que estaba prevista para seis personas. Jamás olvidó los vómitos ni el sabor de la berenjena molida.

 

Mamá, que tenía imaginación para preparar muchos platos, con ingredientes fáciles de conseguir y con visitas permanentes a la plaza de mercado de Bello o a la de Cisneros, en el viejo Guayaquil, no le echó mucho cacumen a la berenjena: no las hizo rellenas (que se pueden rellenar de carne, verduras, pollo, mariscos, arroz, gambas, langostinos y un largo etcétera) ni a la napolitana ni a la boloñesa ni a la egipcia. No. Solo con plátano maduro y así la boronía pasó a ser parte de la historia culinaria del núcleo familiar.

 

A veces, cuando siento el olor del plátano maduro hervido, en el aire flotan berenjenas que bajan a la mesa y se mezclan con la dulzura amarilla y los aromas del ajo y entonces la cara de mamá, muy sonriente, reaparece en la memoria.

Las tripas agoreras de Santiago Nasar

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Soñar con árboles, con bosques de higuerones y almendros,  y además con cagadas de pájaro, puede ser un signo aciago de una tragedia. Puede ser, también, que vestir un traje de lino blanco, en vez de uno caqui, y tener una pistola Magnum 357, con balas blindadas, sean otros síntomas augurales de un desenlace fatal. El destino, como en las tragedias de Sófocles, es ineludible, y por más vericuetos y atajos que tomes, por más intentos que hagas por no toparte con lo fatídico en una esquina, en un altozano, en la incertidumbre de una puerta cerrada, todo es inútil. Nadie podrá salvarte de lo escrito en el ininteligible libro del sino humano, solo comprensible a los dioses y a los iniciados en la interpretación y lectura de presagios.

 

Los sueños que tuvo Santiago Nasar, protagonista de la novela de Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, en los días y momentos previos a su sacrificio, a una muerte de cordero pascual o de cerdo de navidades, no le sirvieron ni siquiera a su madre, Plácida Linero, experta en lecturas oníricas, “siempre y cuando (los sueños) se los contaran en ayunas”, para detectar lo inevitable. La suerte estaba echada. Y en aquel pueblo ribereño, tropical, con un río mítico por el que todavía navegaban barcos de vapor y pasaban obispos indiferentes, hieráticos y fatuos frente a los que se agolpaban para que les echara la bendición, un desastre de sangre marcaría la historia de sus moradores y de las familias implicadas en un asesinato de honor. Un ajuste de cuentas por una afrenta de piel y cama.

 

En un pueblo en el que todo el mundo sabía que a Santiago Nasar lo iban a matar los gemelos Pedro y Pablo Vicario, matarifes de oficio, y antiguos amigos de su víctima, todo conspiró para que el crimen se llevara a efecto, sin que ni el cura, ni el alcalde, ni la madre del descendiente de árabes, ni la tendera, ni la prostituta matrona, ni nadie pudiera impedirlo. Entre complicidades e incredulidades el desenlace se vuelve inexorable.

 

El crimen de Nasar sucede un lunes de desgracia tras la fiesta más estrepitosa, costosa y desproporcionada jamás vista por esos andurriales, y unas pocas horas después de que Bayardo San Román, un galán forastero y dueño de sonora fortuna, se entera de que su recién desposada Ángela Vicario no era virgen y entonces la devuelve a su familia. En Crónica de una muerte anunciada, escrita con técnicas del reportaje y basada en un hecho real que el novelista ficciona y con su prosa de alucinación torna en “realismo mágico”, desde el principio se notan los amarres y símbolos de la tragedia.

 

Estos comienzan a aparecer cuando la cocinera de los Nasar, Victoria Guzmán, que además tiene una hija adolescente a la que Santiago acosa con la lujuria alborotada, está descuartizando tres conejos para el almuerzo, mientras varios “perros acezantes” esperan el tripitorio, o cuando ella misma, tras decirle al joven que se dejara de estar persiguiendo a la niña, le muestra el cuchillo untado de sangre de conejo, porque “de esa agua no beberás”. Y continúan surgiendo durante las peripecias de esta novela corta, que mantiene, con control absoluto del narrador, la intensidad y la tensión hasta el final.

 

La gracia de la narración radica, no en saber desde el principio que al protagonista lo van a matar (reto que el novelista propone al lector), sino, al contrario, en una estructura que permite  ir montando un rompecabezas, con planos temporales diferentes, todos en círculo, y que, a través de voces, las voces del pueblo, se van juntado las piezas de la tragedia. En contravía de las novelas policíacas, aquí se sabe quiénes son los asesinos casi desde el principio de la obra. Y estos, los hermanitos Vicario, uno seis minutos mayor que el otro, intentan por todos los medios de que el asesinato no se lleve a cabo, pero, a su vez, saben que es la única manera de vengar una deuda de honor. O tal vez, si se mira desde otro minarete, de vengar una humillación no de la hermana de ellos, sino de haber dilapidado la oportunidad de que los Vicario salieran de su crisis económica, con un cuñado y yerno rico.

 

El rompecabezas, que se ayuda y complementa con partes del expediente del crimen, tiene un efecto de alta tensión en la novela y muestras las distintas fases y facetas no solo de un pueblo perdido en la costa Caribe, sino de sus habitantes. Y aunque en general no se puede afirmar que los personajes de esta “crónica” sean inolvidables por su caracterización sicológica, sí lo son, en parte, por la selección sonora de los nombres de casi todos, que se hacen difíciles de borrar, como si fuera la aplicación de una nemotecnia. Así que Plácida Linero, Divina Flor, Bayardo San Román, Clotilde Armenta, Ibrahim Nasar, Carmen Amador, Lázaro Aponte, entre otros, tienen música en sus nominaciones, en las que se pueden encontrar similitudes con las de los personajes de Juan Rulfo (los buscaba en lápidas de cementerio), de larga recordación.

 

A diferencia, por ejemplo, de A sangre fría, de Truman Capote, que con técnicas literarias fabrica un gran reportaje sobre un hecho aparentemente anodino para muchos periodistas, García Márquez, con técnicas del periodismo, crea una ficción en la que él mismo (en la novela coinciden autor y narrador) sin nombrarse se convierte en el narrador, con personajes reales, como su madre Luisa Santiaga, sus hermanos Luis Enrique y Margot, aparte de la que sería su esposa, Mercedes Barcha. Como si fuera un reportero, el narrador, veintisiete años después del crimen de Nasar, reconstruye los detalles, peripecias, indicios, causas y efectos del acontecimiento desgraciado. Con vestuario de periodismo se escribe una novela.

 

Mientras el norteamericano, que en 1960 atravesaba por una crisis creativa, y de pronto, en las páginas de un diario lee una corta noticia de un crimen en el pueblo de Holcomb, en Kansas, Estados Unidos, y durante seis intensos años reportea, investiga, va y viene, ayuda a prolongar la ejecución de los convictos, en fin, para producir al fin de cuentas una “novela de no ficción”, que no es otra cosa que un reportaje de gran calado, García Márquez, que para el año en que publica su Crónica (1981) ya es un reconocido escritor mundial, aprovecha sus dotes de reportero para subir su creatividad e imaginación de novelista.

 

La novela, que tiene una composición en tiempo circular, que se cierra con el destazamiento de Santiago Nasar contra una de las puertas de su caserón, permite, sin embargo, especulaciones al lector sobre si, en efecto, fue él el autor del desfloramiento de Ángela, o tal vez esta, no se sabe por qué ignotas razones, lo acusó a él en la posibilidad de encubrir al “autor”. En tan pocas páginas, el escritor incluye mentalidades sobre el machismo, comportamientos femeninos, religiosidad popular, rituales, con un destacado manejo de las arquitecturas de las casas, del clima, de la flora y de creencias y supersticiones agoreras.

 

También da cuenta, sin ser explícito, de la migración árabe, de aquella ola que, tras la Primera Guerra Mundial, llegó al Caribe colombiano, y se instaló en distintas ciudades y pueblos de la costa, desde Maicao hasta Lorica. Los denominados genéricamente turcos, procedían del Líbano y Siria, y el apelativo se lo ganaron porque, en aquellos días del imperio otomano, diluido en la Gran Guerra, los pasaportes eran turcos. Y hasta la segunda generación hablan en árabe entre ellos, como sucede con Ibrahim Nasar y su hijo Santiago, de 21 años.

 

Mentalidades e imaginarios machistas se pueden percibir y encontrar en la obra, en la que, por lo demás, los personajes femeninos están muy bien confeccionados. Tal vez hoy, en los albores del siglo XXI, parezca inverosímil que una moza recién casada sea devuelta por su marido debido a que ha perdido la virginidad, y más aún que sus hermanos asuman una vindicta contra el presunto desvirgador. Sin embargo, en la temporalidad en que está inscrita la obra todo esto era posible, y más aún en el Caribe. En aquel pueblo (como sucedió en muchos otros de Colombia) las mujeres eran educadas para el casamiento, para la reproducción y los oficios caseros. La mamá de los Vicario, por ejemplo, que de soltera había sido maestra de escuela, se dedicó a la crianza de sus hijos y a la atención al esposo. Mientras a los muchachos se los levantaba “para ser hombres”, a las hijas se les enseñaba a bordar, coser a máquina, cocinar, tejer encajes, lavar, planchar, barrer, confeccionar florecitas y algunas veces a escribir “esquelas de compromiso”.

 

Con aquellas muchachas, como las de la novela, y tal como lo declara un personaje de la obra, cualquier hombre podría ser feliz con ellas, que habían sido criadas para el sufrimiento. Así, y durante muchos años, el rol de las mujeres se limitó a lo hogareño, sin presencia en lo público, con una vida interior, de puertas para adentro. Y una de las conductas que debían asumir era la de llegar vírgenes al matrimonio. Era una manera de la dote. Un tesoro que se reservaba al “príncipe azul”. Y en los pretendientes esa mentalidad caló, como sucedió con Bayardo San Román, un tipo de “cintura angosta de novillero” y ojos dorados, que seis meses antes de la cataclísmica tragedia, llegó al pueblo, porque, según lo dijo después, andaba buscando con quien casarse.

 

En la novela que parece un reportaje hay putas y serenatas y se sienten las calenturas climáticas. Y de pronto, todo el pueblo está, cuando apenas la mañana despuntaba, pendiente del desenlace desventurado, sin poder —o no querer— evitarlo, porque, además, hay asuntos que solo el azar determina, y este está muy bien delineado en la obra como un elemento contra el cual no opera ni la voluntad ni la razón. Una de estas situaciones aleatorias puede ser la entrada de Nasar a casa de su novia Flora Miguel, que, conmocionada, lo esperaba para devolverle sus cartas y decirle en tono perentorio: “¡Ojalá te maten!”.

 

Las últimas páginas de esta Crónica son deslumbradoras, porque la tensión alcanza su cumbre y parece haber una música de fondo, con suspense, que le provocan al lector ganas de meterse en aquella realidad ficticia y salvar al pobre Santiago que parecía “un pajarito mojado” buscando un refugio para eludir los cuchillos de los hermanos Vicario. Los mismos con los que le sacarán sus entrañas, que se diluyen con el último símbolo mortuorio de la novela: el sábalo que Wenefrida Márquez estaba desescamando en el patio de su casa, al otro lado del río.

 

 

 

 

Literatura y política: ¿incompatibilidad de caracteres?

(Un ensayo sobre la inteligencia, la creatividad y la mentira)

Por Reinaldo Spitaletta

Desde la epopeya sumeria de Gilgamés, pasando por la Ilíada, la Anábasis (o La retirada de los diez mil), el Satiricón, la Divina Comedia y el Quijote, por sólo citar algunos hitos, la política ha estado presente en la literatura, como una manera de leer e interpretar los mitos y las realidades, y de dar cuenta de la condición humana, que se ha expresado, también, en lo político, como bien lo atisbó Aristóteles. Uno pudiera decir, sin temor a fallar en el aserto, que son más los escritores que han desarrollado temas políticos en su literatura, que políticos que hayan sido grandes creadores literarios. Porque, si bien recordamos, el estratega Winston Churchill, en una jugada incomprensible de la Academia sueca (como también fue incomprensible que jamás hubieran premiado a Borges) recibió el Nobel de Literatura, más por sus libros de historia narrativa y biográfica, que por trabajos de poesía o ficción. Quizá hacer la guerra pudiera ser parte de una creación literaria.

La política y la literatura, que cuando se reúnen en un solo ser parecen incompatibles, han ido de la mano en tantas obras que uno pudiera aventurar alguna hipótesis, como la que ha habido escritores, enormes creadores, que se han vengado de sus enemigos políticos o de otra índole, escribiendo ficciones, poetizando la realidad, como puede ser el caso de Dante y su Comedia. En ese mismo sentido, se pudiera hablar de casos ejemplares como el del Arcipreste de Hita y su Libro de Buen Amor, Francisco de Quevedo, Jonathan Swift, Shakespeare y Víctor Hugo.

Quién que haya visitado las novelas de guerra no puede asegurar que en esas obras no hay una visión política del mundo, en la que además el lector puede comprobar el aserto de un antiguo tratadista del arte de la guerra, que observó que ésta —la guerra— es la continuación de la política por otros medios. Una de las novelas más impactantes del siglo XX ha sido Vida y destino, del periodista y escritor ruso Vasili Grossman, en la que pinta un enorme fresco sobre la segunda guerra mundial, y en la que, además de la política, que es el telón de fondo, se involucran las ciencias, la educación y la cultura. Es una muestra de dos sistemas, de dos visiones del mundo, que a veces se confunden. Así se muestra con todo el rigor la invasión alemana a la URSS, en especial a Stalingrado, al tiempo que se da en otro plano una muestra de lo que pasa en Alemania bajo el régimen de Hitler. O qué tal obras como Cristo se detuvo en Éboli, de Carlo Levi, o las muy venturosas y a la vez desventuradas obras de otro italiano, el sobreviviente de Auschwitz, el químico y escritor  Primo Levi. Sería largo el catálogo o el muestrario de lo que ha sido la literatura de guerra y en la que uno puede ver las diversas posiciones políticas, no sólo del escritor, sino, y principalmente, de los protagonistas y demás personajes de las mismas. A quién que ha sido lector de estas ficciones no le ha acontecido sumarse a las filas republicanas al leer Por quién doblan las campanas, de Hemingway, o ponerse del lado de Robert Jordan, María y el viejo Anselmo.

Cómo no decir, de otra parte, que hay una visión política del lado de los que han sufrido los desastres de la depresión económica del capitalismo, en novelas como Las uvas de la ira, de Steinbeck, o El camino del tabaco, de Caldwell;  y si nos ponemos a caminar por las calles polvorientas del condado de Yoknapatawapha  nos  encontraremos con una apreciación política, con la misma que William Faulkner lee e interpreta el sur de los Estados Unidos. La literatura también está hecha para dar cuenta y razón de los marginales, de los que padecen las opresiones del poder, de las víctimas de la economía, o de aquellos que se encuentran en medio de la guerra y no saben en un momento dado si convertirse en desertores o en héroes, como sería el drama que narra Stephen Crane en La roja insignia del valor.

La literatura, entonces, también se ha nutrido de la política, aunque a la mayoría de los políticos poco les ha interesado la literatura, como puede ser el caso de Colombia, con contadas excepciones, entre las que podrían señalarse unas pocas, como la de Jorge Isaacs, escritor, soldado, político y explorador, hasta la de José Eustasio Rivera, uno de los que inicia en el país la novela social, con denuncia incluida, sin perjuicio de la estética literaria. Hace algún tiempo, un escritor argentino, Mempo Giardinelli, autor de una maravillosa novela, que también tiene mucho de política, Santo oficio de la memoria, advertía que en su país, caracterizado por ser un país de lectores, ya nadie leía. “Ni los docentes, ni los gobernantes, ni los economistas, ni los sindicalistas, ni los empresarios”, y recordaba con el Talmud que solo se puede construir la paz a partir de la justicia. Y aquí en este punto huelga recordar una de las más grandes novelas de todos los tiempos y que, según algunos escritores, como el mismo García Márquez, es la novela más importante de la historia: Guerra y paz, de Tolstói.

Si la literatura, como afirma, por ejemplo, Vargas Llosa, es la verdad de las mentiras, la política sólo sería la utilización de la mentira con fines de poder. Si se separan las dos disciplinas, se verá que la literatura, que ha tratado temas eternos como la soledad, el desamor, la muerte, el desarraigo, en fin, siempre dará cuenta de la condición humana, incluida la condición política. En cambio, la política, se ha acostumbrado a mentir, a utilizar estratagemas, a violar la ética. Hace algún tiempo un candidato a la alcaldía de Medellín declaró que la ética era solo para los filósofos. Decía el gran Enrique Jardiel Poncela que el “que no se atreve a ser inteligente, se hace político”. Y a su vez, el dramaturgo irlandés George Bernard Shaw afirmaba que “A los políticos y a los pañales hay que cambiarlos seguido… y por las mismas razones”.

Cómo no decir, por otro lado, que en ese monumento de la literatura francesa, que Víctor Hugo comparaba con una suerte de Biblia moderna, Los Miserables, no se encuentre una concepción política y que sea todo un fresco de los tiempos y las guerras napoleónicos, la restauración monárquica, la justicia, la religión, la sociedad, la arquitectura, el urbanismo,  las luchas sociales, las barricadas, la presencia de los niños en la sociedad, y, claro, el amor. En ella, el escritor da cuenta de las profundas contradicciones de una sociedad que viene de hacer tal vez la revolución más importante en la historia política, para seguir siendo una sociedad de exclusiones y desafueros.

El tema de la relación literatura y política es tan vasto, como amplias son cada una de esas disciplinas por separado. Pero, me parece, que la literatura lleva ventajas a la otra, porque no está concebida ni hecha para manejar al hombre, volverlo autómata, o siervo, obrero, esclavo, partidario, militante, miembro de la grey, sino, al revés, convertirlo en ser pensante, reflexivo, deliberante, conocedor a fondo de lo que se ha llamado la condición humana. Leer es un acto de inteligencia y, en el caso de la literatura, también un acontecimiento de la imaginación. Y del conocimiento.

Volviendo al mapa de la Argentina, uno no deja de sorprenderse con novelistas como Roberto Arlt y Leopoldo Marechal. El primero da cuenta de ciertos sectores de la sociedad, que a veces lindan con lo lumpesco, pero siempre con una visión política de sus universos. Esto se puede notar en obras como El juguete rabioso, Los siete locos y Los lanzallamas. Al tiempo que Marechal, poco leído en los tiempos de Perón, mezcla en su Adán Buenosayres lo alto y lo bajo, lo culto y lo popular, el boxeo y el fútbol, lo cómico y lo serio, la utilización de la parodia y la polifonía. Y digo, además, que en ese país van a aparecer novelistas que le van a conceder importancia suma al tema político, porque, además, es una nación en la que lo político aparece hasta en la sopa. Hay dos casos, entre muchos, que sería interesante mencionar: uno, el del escritor Manuel Puig, que aprendió primero en el cine lo que serían las técnicas literarias que iba a usar en sus novelas: planos secuencia, primeros planos, pero, además, la utilización de espacios en blanco, silencios, los diálogos, que le otorgaron a su literatura el marbete de ser una de las más novedosas de América Latina. Otra de sus características es la inmersión en la cultura popular, sobre todo en la música, y una más, incluir lo político, como sucede, por ejemplo, en El beso de la mujer araña, una obra que conecta a un preso político de izquierda con un homosexual en una cárcel porteña. El casi perpetuo diálogo entre Valentín y Molina es una de las experimentaciones literarias más tremendas de la literatura latinoamericana y una muestra estética de la relación entre literatura y política.

Otros botones de muestra podrían ser dos libros de Tomás Eloy Martínez, como son Santa Evita y La novela de Perón. Los dos pueden ser considerados mezcla de historia, periodismo y literatura, con un trasfondo esencial: la política. En Santa Evita la ficción se torna realidad e historia, al tiempo que en la de Perón, se vuelve documento ficticio y memoria. Esta última obra tiene como fundamento —y antecedente— un extenso reportaje que el periodista y escritor le hizo al dirigente político (Las memorias del general) y que luego va a convertir en literatura. Estas pueden ser, también, expresiones interesantes y contundentes de la relación entre política y literatura.

La literatura, asimismo, ha generado la posibilidad de hacer visibles a los dictadores, en tanto los representa, los simboliza, los desmitifica y les da dimensión terrenal, con toda esa carga de humanidad, llena de despotismo y arrogancia, pero también de abundantes soledades. Sucede, por ejemplo, con Gaspar Rodríguez de Francia, el paraguayo que se volvió leyenda, pero que Roa Bastos aterriza en Yo el supremo, en la que no sólo el lenguaje se convierte en protagonista, sino también los métodos para hacer literatura histórica, la investigación, los archivos. Es una narración que asume los veintiséis años de dictadura del personaje, al que se le da una perspectiva relatada también por las víctimas de su régimen, y es una novela en la que se aprecian críticas al poder y a la represión.

Las novelas de dictadores son, en América Latina, una manifestación de que la literatura es clave para los procesos de toma de conciencia, de tener noción del territorio, de la historia, de la identidad. ¿Qué hemos sido, quiénes nos han expoliado y mantenido en una larga noche de horrores y oscuridades? Así florecerán obras como las de García Márquez, Vargas Llosa, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y Eduardo Zalamea, que tuvieron su arqueología o ancestros en las novelas sobre caudillos del siglo XIX.

La literatura en este continente ha sido la mejor expresión de lo político, de aquello que nos ha hecho tener un territorio, la búsqueda de una identidad, el proceso de construcción de una cultura. Los panfletos de Vargas Vila, las reflexiones de Fernando González, el gran tratado mítico sobre lo que es América Latina que García Márquez volvió universal, tantas obras, poemas, relatos, novelas, ensayos,  nos han proporcionado una manera de leernos, de ser distintos, de tener un lugar en la tierra. Incluso muchos escritores nos han proporcionado métodos de cómo no hacer caso a los políticos y más bien dedicarnos a leer a aquellos que nos siguen dando claves para entender el tremendo despelote  del trópico y también la manera de escapar del olvido y ubicarnos en las intrincadas tramas de la memoria. La literatura, a diferencia de la política, siempre ha sido la mejor forma de entender los infiernos (casi siempre creados por los políticos) y de elevar alguna escalera al utópico paraíso. Sin embargo, aquí, para que caiga el telón, habría que recordar a Mark Twain: “Al paraíso lo prefiero por el clima y al infierno, por la compañía”.

Putas de literatura

Por Reinaldo Spitaletta

Hay literatura de putas y putas de literatura. El oficio más viejo del mundo (eso dicen, y aunque no sea el más antiguo, sí es, sin duda, un oficio, y bien difícil de ejercer, según parece) se ha colado en diversas obras hasta plasmar caracterizaciones que, por su hondura y diseño, casi nadie olvida. La prostitución, que en sus principios fue sacrosanta, sagrada, en la antigüedad de la Astarté babilónica,  y hospitalaria en la Media Luna de las Tierras Fértiles, hasta derivar en las muchachas milesias, en las cultas hetairas (¡oh, Friné; oh, Aspasia!), en las delicias de las lobas o lupas romanas, y así, pasando por María de Magdala, o devolviéndonos hasta Rajab, prostituta amiga del bíblico Josué, las madamas han consentido el “perro mundo”.

La literatura les ha dado carácter y un puesto de alcurnia, como pudo ser el caso de Cervantes, cuando en su creación máxima, don Quijote de La Mancha, hace que el caballero de todos los ensueños vea a unas damiselas del partido como doncellas muy virtuosas.  Y desde la epopeya de Gilgamés, la más antigua de todas, hasta las que aparecen en las perversiones del marqués de Sade, las putas tienen ganado un lugar en la historia y en las ficciones.

Hace poco, en una publicación periódica en Facebook, vi un catálogo que hablaba de “las diez prostitutas más emblemáticas de la literatura”, en la que incluían a Delgadina, la pobre muchachita de la novela Memoria de mis putas tristes, de García Márquez, que, como se recordará, es una suerte de palimpsesto de La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata. Y el seleccionador, del que no aparecía nombre alguno, le dio por meter a Catalina, una putica de catorce años que aparece en la obra Sin tetas no hay paraíso.

También estaban Anne Copeau, de la novela Nana, de Emilio Zola, y Olga Arellano, La brasileña, que está en Pantaleón y las visitadoras, de Vargas Llosa. La chica que enloquece al muy cuadriculado y disciplinado Pantaleón Pantoja era peruana, pero había ejercido la prostitución en Manaos, y de ahí el apelativo. Y no podían faltar dos de Álvaro Mutis, que ya había creado una mujer sensacional, ninfómana y de armas tomar, como La Machiche, en La mansión de Araucaima: Larissa e Illona (de Illona llega con la lluvia).

Tampoco olvidó a una muy atractiva, flor de lujuria, creada por Alberto Moravia: Adriana, de la novela La romana, una meretriz que se enamora de varios de sus amantes, y que tiene un alto sentido de la dignidad y el orgullo. Incluyó a Louise, una prostituta diseñada por el francés Marcel Schwob en El libro de Monelle, y no descartó a Sayuri, protagonista de Memorias de una Geisha. Por lo demás, en el décimo lugar puso a Hester Prynne, de la novela La letra escarlata, del norteamericano Hawthorne, que en rigor no era una guaricha o cosa similar, sino una mujer adúltera.

Y como suele pasar,  ese tipo de listados siempre será limitado, y en el mismo quedan faltando. O a veces, como en este caso, sobrando. Porque el catalogador olvidó putas de obras maestras, como Margarita Gautier,  en La dama de las camelias, y a una que aparece como protagonista en una joya de la literatura, como la gordinflona Bola de Sebo, del inquieto Maupassant, un cuento ambientado en la guerra franco-prusiana de 1870. ¿Y qué tal Madame Hortense, la Bubulina, de Zorba el griego, o Alexis Zorba, en la obra de Nikos Kazantzakis?

Un gran creador de estas muchachas fue el bahiano Jorge Amado. Con Teresa Batista, la que se cansó de tantas guerras, bastaría. En la clasificación puede estar un personaje como Sonia, de Crimen y castigo,  y también Pilar Ternera, la macondiana prostituta de Cien años de soledad, y eso por no contar con una a la que su desalmada abuela prostituyó: la Cándida Eréndira. Y podrían caber las prostitutas de Juntacadáveres, de Onetti, y alguna creada por Cabrera Infante.

Tal vez (para completar el catálogo) haya que volver al Satiricón, detenernos unos días en la apestada Florencia del Decamerón, ir de peregrinos por los Cuentos de Canterbury, asomarnos a La celestina y habitar al final de la jornada una pensión del viejo sector de Guayaquil, en Medellín, para observar cómo una de las puticas del barrio fue vestida de virgen de La Dolorosa por un fotógrafo célebre y otra, con menos ropa, sirvió de modelo para que un cacharrero con buen tino de negociante creara un novenario con una imagen tremendista en la portada: la del Ánima Sola.

Masacre en la escuela

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

N.B. No sé quién, hace poco, me envió un enlace con la versión completa de la Cantata Santa María de Iquique, del conjunto Quilapayún, de Chile. Y entonces, después de mucho tiempo, la escuché completa. Era una versión en vivo de 2006 cuando ya los integrantes del elenco estaban viejos, pero seguían cantándola con fuerza y emoción, con sus trajes negros y sus voces con carácter. Recordé los setentas, con Violetas y Jaras, con carlospueblas y soledadesbravos, y con Joan Báez y alguna canción de Paco Ibáñez. Y rescaté las siguientes notas, mientras iba escuchando la cantata, que años ha tuve en long-play, perdido para siempre en la brumosa noche de las agitaciones y los gritos juveniles de revolución.

 

El capitalismo nació chorreando sangre y lodo por todos los poros. Lo escribió Marx, en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Y, en efecto, la historia lo sigue demostrando. En procura de las ganancias sin límites se sacrifican obreros, se explotan trabajadores, se lleva al cadalso a quienes se oponen al desafuero y exigen sus derechos. Recuerdo que en los albores de la década del setenta comenzó a sonar casi sotto voce una creación del chileno Luis Advis, con la interpretación de un grupo devenido emblema de las luchas del pueblo chileno: Quilapayún. Se trataba de la Cantata Santa María de Iquique, inspirada en la masacre de obreros salitreros, acaecida el 21 de diciembre de 1907.

 

La canción se extendió por América y encendió la chispa de la indignación, en particular entre el estudiantado de entonces. Se cantaba en manifestaciones y se escuchaba en reuniones conspirativas. El pregón comenzaba así: “Señoras y señores venimos a contar/ aquello que la historia no quiere recordar. / Pasó en el Norte Grande, fue Iquique la ciudad. / Mil novecientos siete marcó fatalidad. / Allí al pampino pobre mataron por matar”.

 

A más de cien años de aquella matanza de obreros en Chile habría que recordarla también con la evocación de otros desafueros cometidos por el capitalismo. Apenas 21 años después de sucedidos los hechos sangrientos en Iquique, en Ciénaga, Magdalena, Colombia (también en un diciembre), caían acribillados cientos de trabajadores de la United Fruit Company, cuya historia ha estado ligada a la sangre y al despojo. El gobierno colombiano, presidido por el conservador Miguel Abadía Méndez, suscribía su peonaje a las trasnacionales y al imperialismo estadounidense.

 

El general Cortés Vargas pasaba a la historia de la infamia cuando ordenó la masacre de los trabajadores bananeros. Su papel de ignominia era la defensa del capital frente a las reclamaciones justas de la obrería y, más aún, la de acallar a bala la protesta de los explotados. Aquí, por ejemplo, la literatura -más que la historia- dio testimonio de aquellos sucesos en novelas como Cien años de Soledad, de García Márquez, y La Casa Grande, de Álvaro Cepeda Samudio, y cuentos como Si no fuera por la Zona, caramba, de Ramón Illán Bacca.

 

En Chile, durante el gobierno de Pedro Montt, se ejecutaron decenas de trabajadores del salitre que estaban en huelga en Iquique. También un general (Roberto Silva Renard) fue el encargado de conducir las tropas para exterminar a los obreros y reprimir con saña a los sobrevivientes de la matanza. Muchos años después de la masacre, la Cantata seguía denunciando la vejación: “Murieron tres mil seiscientos uno tras otro. / Tres mil seiscientos mataron uno tras otro. / La Escuela Santa María vio sangre obrera, / La sangre que conocía solo miseria”.

 

En América Latina la historia de los trabajadores está signada por la represión y los crímenes del capital. Para recordar otra muestra de la inhumanidad de este sistema de oprobio, vuelven a la memoria episodios de otra masacre, la de los cementeros de Santa Bárbara, Antioquia, el 23 de febrero de 1963, cuando eran ministro del Trabajo Belisario Betancur y gobernador del departamento Fernando Gómez Martínez. La orden era la de pasar el clinker y el cemento por encima de los huelguistas. Y así ocurrió. Una descripción de los acontecimientos la hizo el dirigente sindical Emilio Ospina: “Los soldados que en la tarde del 23 de febrero de 1963 la emprendieron contra los huelguistas de Cementos El Cairo tenían una orden: ¡matar! Descargaron los golpes en los cuerpos inermes y en las puertas y ventanas desguarnecidas. Vaciaron los proveedores de sus armas sobre los hombres, mujeres y niños caídos en la carretera. Dejaron el campo cubierto de muertos y heridos y del dolor y la ira de la clase obrera”.

 

Entre los muertos estaba la niña de 10 años María Edilma Zapata, convertida en símbolo de la lucha de los trabajadores cementeros de Colombia durante muchos años, y ahora tal vez olvidada, porque estos acontecimientos la historia oficial intenta siempre borrarlos, con el desvergonzado concurso de los medios de comunicación.

 

Las masacres de Iquique, Ciénaga, Santa Bárbara, entre tantas otras, dan fe del comportamiento del capitalismo frente a los trabajadores. Unas veces se acude a la fuerza; en otras, a la ley. Se modifican constituciones, se legisla contra el asalariado, se realizan reformas antipopulares, como ha sucedido en Colombia desde hace años. En diversas partes del mundo se siguen recordando los hechos de la escuela Santa María y se rinden homenajes a las víctimas de hace más de una centuria, enterradas en una fosa común por los militares chilenos. Sobre la cifra de muertos, así como sucedería con la de Ciénaga, no hay exactitud. Pero lo real es que en una y otra hubo una matanza de proporciones enormes. Las cifras de la de Chile oscilan entre 2.200 y 3.600 obreros asesinados.

 

La sonata vuelve a sonar. No como un asunto de nostalgia, sino de aporte a la historia de la clase obrera. Y como dice su canción final, la historia puede repetirse si no hay una actitud de lucha frente al atropello. Los héroes de Iquique vigilan. “Ustedes que ya escucharon / la historia que se contó / no sigan allí sentados / pensando que ya pasó…”.

 

http://www.youtube.com/watch?v=wd62_8xAHf4

Cuando fumar era un placer cuasi erótico

Por Reinaldo Spitaletta

 

Se debe a la actitud misionera de Vargas Llosa que García Márquez hubiera dejado de fumar. Una noche, en Barcelona, en un bar de la calle Tuset, el peruano que, como todo converso, se torna absolutamente intolerante con los practicantes de su antiguo credo, o, al contrario, se vuelve un apóstol audaz y hasta cansón del nuevo, una noche, digo, llena de murmullos (¿y de música de alas?), se puso a vociferar contra su antiguo vicio, y sus historias sobre los estragos de la nicotina pusieron morado del horror al colombiano, que arrojó a la pista la cajetilla de cigarrillos con el juramento de que jamás volvería a fumar. Y parece que lo cumplió.

 

En los tiempos del tango aquel de “fumar es un placer, genial, sensual…” quizá el mundo estaba pletórico de humos y boquillas. Y todavía faltaban muchos años para que comenzaran las campañas universales contra el cigarrillo. Ya Antón Chejov había escrito su humorístico monólogo Sobre el daño que causa el tabaco, y Luis Tejada compuesto un bello elogio al cigarrillo, y la gente fumaba en los cines, mientras veía, por ejemplo, a la seductora Marlene Dietrich en poses electrizantes con el pucho entre los dedos. O en su boquita pintada. Todo se iba en bocanadas. El cine, desde comienzos del siglo XX, era un vehículo publicitario para los “peches” y le otorgaba al hábito un carácter de glamour y elegancia. Fumar era un ejercicio casi erótico y así lo hacían ver numerosas estrellas cinematográficas, como Gary Cooper, Humphrey Bogart, Mae West, Cary Grant, Montgomery Clift, James Dean, Randolph Scott, Liv Ullman. Cuentan que a muchos artistas las tabacaleras les pagaban para que aparecieran en las películas con el cigarrillo en los labios.

 

En otro tiempo, fumar daba caché. Era normal tener el cigarrillo como una especie de ingenua transgresión en la edad escolar. Empecé a aspirar President en tercero de primaria. Se los compraba a un “chacero” que se instalaba junto al Teatro Bello y de cuyo nombre ya no me acuerdo. A la salida de clases, y si no había una pelea que mereciera atención y careos, o si uno no era el protagonista de ella, nos agazapábamos en alguna esquina a jugar con el humo, a crear volutas en espiral o figuras de fantasía. Había muchachos expertos en dibujar en el aire diferentes monstruos. Y la imaginación ayudaba. Fumar, como, más tarde, poder entrar a un bar, “graduaba de hombre”.

Dentro de aquella serie de candideces estaba la de coleccionar cajetillas de cigarrillos, y era un lujo tener las de Mapleton y Viceroy, por ejemplo. Las de Lucky Strike eran más comunes y sobre este cigarrillo, el “cinco letras”, de agradable olor y sabor, pesaba el estigma de que solo lo consumían los marihuaneros. Por lo cual, fumarlo, era un modo de ir en contravía.

 

Fumar, como alguna vez dijo Vargas Llosa, “constituye un cataclismo sin remedio para cualquier organismo, y más hoy día cuando se conocen todos los daños que causa”. Hoy, en países como Estados Unidos que, paradójicamente, es el que más compañías tabacaleras tiene, el fumador es visto como un ser extemporáneo, alguien que no se quiere a sí mismo y pretende dañar a otros. Ya no existe, por supuesto, la imagen romántica del fumador, ni mucho menos la creencia de que quien fumaba tenía aires intelectuales. Ya quien fuma no luce interesante, ¿o sí? Y menos en Nueva York, donde ahora, se prohíbe fumar en todos los lugares públicos. Lo que en cierto sentido es una coerción a la libertad individual.

 

Hace algún tiempo me encontré a un amigo que, en otros tiempos, se fumaba hasta tres paquetes al día. Aunque luce una barriga de obispo opulento, se nota más saludable. Me dijo que había recuperado los olores de la vida y no se asfixiaba subiendo escaleras. Lo único que atiné a decirle que, como tantos “arrepentidos”, no fuera a dedicarse a rezar, ni volverse paranoico con los fumadores. De igual modo, me acordé de Mark Twain cuando decía que dejar de fumar es muy fácil; él lo había dejado más de dos mil veces. Y también de Mercedes Sosa que alguna vez declaró que lo mejor para no sentirse solo eran un libro y un cigarrillo. Y ya que andamos tan metidos en este “humero”, creo que la más placentera bocanada que haya visto jamás es la del actor Danny DeVito, en La guerra de los Roses. Está realizada con tantas ganas, con tanto placer, que no es apta para quienes hayan dejado de fumar recientemente o hace años. Es irresistible.

 

Estamos en la era antitabaco, en los días de adoración al cuerpo, de las comidas y noticias light y de buscar una salud adecuada. Cada vez hay más gente con aparatos de gimnasia en la casa (algunos se oxidan por falta de uso) y son más los que madrugan a trotar y caminar, y los que fuman son vistos como engendros diabólicos, como solitarios que ya no pueden practicar su adicción en cualquier parte y que a veces son tratados como los leprosos medievales. “Es mejor morirme sano”, dice un bioenergético. Fumar, según parece, ya pasó a la historia. La escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, desertora del cigarrillo, publicó un libro titulado Cuando fumar era un placer. “En la época del culto a la salud, al cuerpo, a la belleza, a los refrescos light y a la dieta mediterránea, fumarse un cigarrillo después de una comida compuesta por lechuga, tomates, zanahorias, espárragos, pechuga de pollo asada y fruta fresca es algo así como una herejía”, dice.

 

En La conciencia de Zeno, de Italo Zvevo, un hombre de cincuenta y siete años, fumador empedernido, se somete a sesiones de psicoanálisis para tratar de saber de dónde le viene su adicción al tabaco. No se las recomiendo a quienes hayan dejado de fumar hace poco. Bueno, como sea, hubo tiempos en que fumar representó un ejercicio de la soledad y de la compañía, en que el cafetín nos dio el asombro y el cigarrillo, como en un tango de Discépolo. No sé qué tan válido sea hoy entonar aquello de “es mi fumar un edén” y pedir el humo de tu boca, que en mí, pasión provoca, para que, al final de cuentas, el calor del humo embriagador acabe “por prender la llama ardiente del amor”. Quizá ya sea parte de una arqueología. Pero no se puede negar: escuchando ese tango de 1922 (de Juan Viladomat y Félix Garzo), dan enormes ganas de fumar.

 

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