Garúa, solo y triste por la acera…

(Crónica sobre un tango de Troilo y Cadícamo, con recuerdos del barrio Antioquia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Una noche de hace mucho tiempo, sin música de alas, pero sí de copas aguardenteras, el escultor Gabriel Restrepo y yo entramos, quizá tambaleando, al Cuartito Azul, en la segunda planta, más íntima y tanguera, del Patio del Tango, del gordo Aníbal Moncada, en el barrio Antioquia. Nos sentamos sin protocolos y pedimos más bebidas espiritosas. Y, de pronto, en medio de una concurrencia que parecía asombrada, Gabriel comenzó a entonar Garúa, de Enrique Cadícamo y Aníbal Troilo.

 

Este tango, que, como muchos otros, tiene la lluvia como gran metáfora, presenta un tejido sutil de palabras que crean un paisaje nocturno, con fríos espectrales, gotitas casi incorpóreas, olvidos y lágrimas celestiales. Es una letra, o, si se quiere, un poema, de alta concepción sobre el estado del tiempo y su influjo en la animosidad.

 

Garúa, grabado el 4 agosto de 1943 por la orquesta de Aníbal Troilo con la voz de Francisco Fiorentino, tuvo primero música que letra. En la calle Corrientes, entre Libertad y Talcahuano, quedaba el cabaret Tibidabo, donde la estrella era el joven Pichuco. Una noche, tras un toque, el bandoneonista y director de orquesta vio entre el público a Cadícamo, ya célebre autor de tangos que, entre otros, interpretó Carlos Gardel. En el altillo del café le hizo escuchar una melodía a ver si el autor de Niebla del Riachuelo le ponía letra.

 

Cuando Cadícamo caminaba de regreso a su casa, en la madrugada, había una llovizna leve, sutil y delgada. Y el mundo era frío, con sensaciones de desolación. Y ahí —se cuenta— ocurrieron los primeros versos: “¡Qué noche llena de hastío y de frío! / El viento trae un extraño lamento. / ¡Parece un pozo de sombras la noche / y yo en la sombra camino muy lento!”.

 

Ese tango memorable, que entraña espíritu de barriada y amores y olvidos, se iba formando con un mensaje categórico, claro, sin retruécanos ni rebusques. La garúa, que es lluvia fina y persistente, es asimilada por el poeta como púas, lo que da a entender un dolor, un sinsabor: “Mientras tanto la garúa / se acentúa / con sus púas / en mi corazón…”. Cadícamo con esta creación pone como trasfondo “la demolición de viejos sueños compartidos por varias generaciones de porteños”, al decir de Jorge Göttling en su libro Tango, melancólico testigo.

 

A la noche siguiente, Cadícamo tornó al cabaret con la letra lista y entonces comenzó el ensayo de Troilo con el cantor Fiorentino. “En esta noche tan fría y tan mía / pensando siempre en lo mismo me abismo / y aunque quiera arrancarla, / desecharla / y olvidarla / la recuerdo más”. Estaba en gestación, o, mejor, en marcha, uno de los tangos más representativos de la década dorada del cuarenta. Después de la grabación mencionada, de la RCA Víctor, llegó la de Pedro Laurenz con Alberto Podestá, de Odeón, y en ese mismo año se llevaron al vinilo versiones de Mercedes Simone y de Alberto Gómez.

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¡Garúa! / Solo y triste por la acera / va este corazón transido / con tristeza de tapera. / Sintiendo tu hielo, / porque aquella, con su olvido, / hoy le ha abierto una gotera”. Hay una vinculación de lo urbano, de lo arquitectónico en estos versos sentidos, que tienen un hondo dejo de melancolía, de tristura agridulce: “¡Perdido! / Como un duende que en la sombra / más la busca y más la nombra… / Garúa… tristeza… / ¡Hasta el cielo se ha puesto a llorar!”.

 

De múltiples versiones que existen de Garúa, tal vez, y para gusto personal, la más entrañable y de fraseo exquisito, con una dramatización sin sobreactuaciones, es la de Roberto Goyeneche con Aníbal Troilo, de 1962. El Polaco muestra y demuestra en este corte su talento de cantor, su interpretación cabal de la letra, de lo que quiso decir el autor, dándole el sentido poético a cada verso: ¡Qué noche llena de hastío y de frío! / No se ve a nadie cruzar por la esquina. / Sobre la calle, la hilera de focos / lustra el asfalto con luz mortecina”.

 

Es un tango de soledades, de desgarramientos dolorosos, de una situación en la que el barrio, la ciudad, el estado del tiempo, como trasfondo, afectan las manifestaciones del corazón y los sentimientos. “Qué noche llena de hastío y de frío / hasta el botón se piantó de la esquina…”. Sí, ahí está la urbe, la barriada, el policía (el botón, o tombo como lo adaptamos al vesre en Medellín) y unos bombillitos débiles que transmiten, en la solitaria noche, el vacío, la ausencia.

 

El tango llega a su cúspide sentimental, a su próxima caída de telón, en un momento en que el protagonista, el narrador, se siente como “un descarte”, solo y aparte, abrumado por el recuerdo y la pena. “Las gotas caen en el charco de mi alma / hasta los huesos calados y helado / y humillando este tormento / todavía pasa el viento / empujándome”.

 

Goyeneche, que luego grabó otras versiones (por ejemplo, con la Orquesta Típica Porteña, de Raúl Garello), aparece cantando Garúa en la película El derecho a la felicidad, de 1968, acompañado por Ernesto Baffa. Adriana Varela, por otra parte, tiene una interpretación digna de este tango, acompañada por la Orquesta Filarmónica de Montevideo, parte del álbum Cuando el río suena.

 

Esta joya tanguística de Troilo y Cadícamo fue la que, una noche de bohemia, en el Cuartito Azul del gordo Aníbal, un escultor cantó con una emoción tan intensa, que el resto del auditorio, seguro pasado de tragos, les pareció una interpretación bonita y entonces aplaudieron y brindaron en colectivo. Después, buscaron la versión de Goyeneche y la noche se llenó de duendes y de dolientes sombras.

 

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¡Qué noche llena  de hastío y de frío….

 

 

 

 

 

 

 

Adiós con ebriedades para Gabriel

Por Reinaldo Spitaletta

La vida es una herida absurda, sí, hermano, que vos, con tu barba de profeta extemporáneo, con tus manos de escultor capaces de transformaciones de yeso en bronce, vos, metamorfoseado con el fraseo sin par de Goyeneche, tristón en una silla de soledades, cantando, susurrando, diciéndote para vos, muy hacia adentro, no sé hasta qué abismos de tu alma de tango, “garúa, solo y triste en esta noche, va mi corazón transido…”, y así sucedió una noche, en un café de arrabal, vos, en un Cuartito azul, te sometías a la audiencia de beodos, con tu voz maleducada, pero con un sentimiento de última canción de recital, te ibas entreverado por los versos de Cadícamo “¡qué noche llena de hastío y de frío!”, pero no había ni lo uno ni lo otro, estábamos en un ámbito de embriagueces y bandoneones tristes, en un rincón de Medellín.

Tu última curda ya pasó, tu penúltimo whisky se quedó sin beber, che, Gabriel, que vos eras tan-goyeneche, “¡pónganme a Goyeneche!”, decías en cafés en las que las turbulencias éramos vos y yo. No había remedio. El cantor de Buenos Aires aparecía entre las brumas de la borrachera y ahí, entre distancias y recuerdos, el mundo se volvía un poquito de nostalgia y un tanto de poesía flotando entre una lluvia seca.

Chau, no va más, compañero del alma, compañero. No sé qué tanto te apetecían las tristezas de un español, de elegías y nanas cebolludas, el mismo que en una película sobre Goya, de aquellas de cine-foro, de cine-club de los setentas, decía con voz en off que “vientos del pueblo me llevan”. Vos llevabas un pueblo en la garganta y en la copiosa barba, en tus brazos que pudieron ser un día (y el día ya está lejano) de Miguel Ángel, aquel que vos aprendiste en La Agonía y el Éxtasis, cuando la vida, la tuya, la mía, estaba en flor (ah, Naranjo en flor).

No sé ya qué tanto de tus ganas escultóricas se quedaron en el monumento de Ciénaga, levantado en diciembre seis de 1978, homenaje a los obreros bananeros asesinados cincuenta años atrás; no sé cuántas fundiciones de tristezas y alegrías se hospedaron en una obra tuya, la pátina verdosa sigue envejeciéndola, Homenaje a la Vida, en una plazuela de Bello, Antioquia, junto a un bar de miniatura, con nombre porteño: Café de Los Angelitos.

Vos eras un escultor con pinta de retrato renacentista. Cuántas creaciones se esfumaron con tus sueños; cuántas se quedaron, aguardando un golpe de gracia, escondidas en tus intenciones. Vos, que eras un tango andante, ya no estarás más en las noches de vino, ni en las madrugadas con promesas de soles ebrios. Sos un fantasma de aquello tan inasible, que ya no se puede recuperar.

Vos, que quemaste banderas yanquis en manifestaciones estudiantiles, en desfiles del Primero de Mayo, en demostraciones de desobediencia civil; que a punta de “screen” llenaste paredes con gritos antiimperialistas, con consignas rojiamarillas contra la tiranía y el despotismo. A vos, que un día, en un campus universitario, te puso a cantar con ella una diva de tango, Adriana Varela, que al verte entre el público, dijo, “vení, vos, sí, vos”, que no te creías el llamado, “sí, vos, vení a cantar conmigo” y entraste a destiempo, sin compás, pero con la gracia de decir “cada vez que me recuerdes / la noche amiga me lo dirá…”. Y ella te despidió con un beso acompasado.

Con vos, tipo guapo si los hubo, sin miedos ni recatos, una madrugada joven de Maracaibo, Junín y La Playa, en una fugaz Medellín que ya no existe, caminamos (tal vez éramos pasajeros de un barco ebrio) cantando, bueno, es tal vez un decir, mejor dicho: gritando “¡loco, loco, loco!, cuando anochezca en tu porteña soledad, por la ribera de tu sábana vendré con un poema y un trombón a desvelarte el corazón…”, y desvelábamos a los habitantes de calle, a los que en su despertar imprevisto, les tirábamos luces celestes y banderitas de taxi libre.

Vos, viejo Gabriel, ya sos polvo de estrellas, aunque, como decía otro viejo que tampoco está, seguís vivo, porque todavía no sos olvido. Vivís en las luces de un Wurlitzer de medianoche, dormido sobre una mesa de café (de aquellas que nunca preguntan). Seguís caminando por la memoria de una canción de ayer, mientras la herida absurda que abriste con tu fuga sigue sangrando soledades.

(N.B. Gabriel Restrepo González murió el 25 de agosto de 2015)