Los colores de la Dolores

Por Reinaldo Spitaletta

Ella, que tenía el sol en los cabellos, pintaba girasoles color Van Gogh, había realizado réplicas de los Arcángeles de Sopó y en su casa, de diez piezas, patio central con fuente, solar sembrado de mangos y naranjos, tenía su propio museo. De joven, después de estudiar con grandes maestros del óleo y la acuarela, pintó una Tongolele criolla, de enormes caderas y pechos codiciados. El escándalo se armó en la parroquia, con pulpitazos incluidos.

Ella, dama católica, respetuosa de las buenas costumbres, lamentó no su cuadro sino haberlo mostrado. Lo encerró en el cuarto de los olvidos y siguió pintando flores y señoras que realizaban destinos domésticos. En su casa, de altas tapias y puertas de cedro, había un perpetuo canto de sinsontes y canarios. En las columnas de los corredores se abrazaban enredaderas florecidas. Hace muchos años, frente al caserón, una volqueta destripó a un muchacho. “Es el hijo de Cándida”, dijo alguien, al ver al muerto en el suelo.

Dolores, tal era su nombre en honor a una advocación virginal, era mona (en Venezuela le hubieran dicho catira, y en México, como la llamó un muralista, güera) y en sus ojos había la bondad de los que solo piensan en el arte. Un día decidió pintar payasos tristes. Eran caras blancas, narices rosadas, cejas violeta y con muchos destellos dorados en los cabellos. En cierto modo, eran como autorretratos de sus sentimientos, ella poco reía y tenía un aire melancólico, que daba la impresión de siempre estar enferma.

En una pared plasmó un fresco. Representaba unas campesinas de faldas largas en medio de plataneras. Para no sentirse muy sola, abrió clases de pintura en su casa y las señoras de sociedad la visitaban, no tanto por la ambición de aprender, sino para pasar un rato entre tantos cuadros y pájaros. Era el reino del color. Los colores de Dolores eran contentos, brillantes. Amarillos subidos, rojos encarnados, verdes inconcebibles.

Dolores, que de joven intentó la irreverencia, se tornó mujer de iglesia. Ayudaba en las semanas santas a la decoración de altares y a diseñar cortinas moradas para tapar las imágenes en viernes santo. Nunca se puso trajes oscuros, pese a los lutos que la acompañaban. Eran de tonos fuertes, como las flores que ella imaginaba.

Murió, precisamente, una Semana Santa; dicen que sus pájaros lloraron; sus arcángeles volaron en señal de duelo, y la iglesia se llenó de lágrimas y cantos funerarios. En el altar pusieron sus girasoles y los feligreses, admiradores de ella, llevaban todos flores amarillas en sus manos.

Pintura de Lola Vélez

Anuncios