Garúa, solo y triste por la acera…

(Crónica sobre un tango de Troilo y Cadícamo, con recuerdos del barrio Antioquia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Una noche de hace mucho tiempo, sin música de alas, pero sí de copas aguardenteras, el escultor Gabriel Restrepo y yo entramos, quizá tambaleando, al Cuartito Azul, en la segunda planta, más íntima y tanguera, del Patio del Tango, del gordo Aníbal Moncada, en el barrio Antioquia. Nos sentamos sin protocolos y pedimos más bebidas espiritosas. Y, de pronto, en medio de una concurrencia que parecía asombrada, Gabriel comenzó a entonar Garúa, de Enrique Cadícamo y Aníbal Troilo.

 

Este tango, que, como muchos otros, tiene la lluvia como gran metáfora, presenta un tejido sutil de palabras que crean un paisaje nocturno, con fríos espectrales, gotitas casi incorpóreas, olvidos y lágrimas celestiales. Es una letra, o, si se quiere, un poema, de alta concepción sobre el estado del tiempo y su influjo en la animosidad.

 

Garúa, grabado el 4 agosto de 1943 por la orquesta de Aníbal Troilo con la voz de Francisco Fiorentino, tuvo primero música que letra. En la calle Corrientes, entre Libertad y Talcahuano, quedaba el cabaret Tibidabo, donde la estrella era el joven Pichuco. Una noche, tras un toque, el bandoneonista y director de orquesta vio entre el público a Cadícamo, ya célebre autor de tangos que, entre otros, interpretó Carlos Gardel. En el altillo del café le hizo escuchar una melodía a ver si el autor de Niebla del Riachuelo le ponía letra.

 

Cuando Cadícamo caminaba de regreso a su casa, en la madrugada, había una llovizna leve, sutil y delgada. Y el mundo era frío, con sensaciones de desolación. Y ahí —se cuenta— ocurrieron los primeros versos: “¡Qué noche llena de hastío y de frío! / El viento trae un extraño lamento. / ¡Parece un pozo de sombras la noche / y yo en la sombra camino muy lento!”.

 

Ese tango memorable, que entraña espíritu de barriada y amores y olvidos, se iba formando con un mensaje categórico, claro, sin retruécanos ni rebusques. La garúa, que es lluvia fina y persistente, es asimilada por el poeta como púas, lo que da a entender un dolor, un sinsabor: “Mientras tanto la garúa / se acentúa / con sus púas / en mi corazón…”. Cadícamo con esta creación pone como trasfondo “la demolición de viejos sueños compartidos por varias generaciones de porteños”, al decir de Jorge Göttling en su libro Tango, melancólico testigo.

 

A la noche siguiente, Cadícamo tornó al cabaret con la letra lista y entonces comenzó el ensayo de Troilo con el cantor Fiorentino. “En esta noche tan fría y tan mía / pensando siempre en lo mismo me abismo / y aunque quiera arrancarla, / desecharla / y olvidarla / la recuerdo más”. Estaba en gestación, o, mejor, en marcha, uno de los tangos más representativos de la década dorada del cuarenta. Después de la grabación mencionada, de la RCA Víctor, llegó la de Pedro Laurenz con Alberto Podestá, de Odeón, y en ese mismo año se llevaron al vinilo versiones de Mercedes Simone y de Alberto Gómez.

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¡Garúa! / Solo y triste por la acera / va este corazón transido / con tristeza de tapera. / Sintiendo tu hielo, / porque aquella, con su olvido, / hoy le ha abierto una gotera”. Hay una vinculación de lo urbano, de lo arquitectónico en estos versos sentidos, que tienen un hondo dejo de melancolía, de tristura agridulce: “¡Perdido! / Como un duende que en la sombra / más la busca y más la nombra… / Garúa… tristeza… / ¡Hasta el cielo se ha puesto a llorar!”.

 

De múltiples versiones que existen de Garúa, tal vez, y para gusto personal, la más entrañable y de fraseo exquisito, con una dramatización sin sobreactuaciones, es la de Roberto Goyeneche con Aníbal Troilo, de 1962. El Polaco muestra y demuestra en este corte su talento de cantor, su interpretación cabal de la letra, de lo que quiso decir el autor, dándole el sentido poético a cada verso: ¡Qué noche llena de hastío y de frío! / No se ve a nadie cruzar por la esquina. / Sobre la calle, la hilera de focos / lustra el asfalto con luz mortecina”.

 

Es un tango de soledades, de desgarramientos dolorosos, de una situación en la que el barrio, la ciudad, el estado del tiempo, como trasfondo, afectan las manifestaciones del corazón y los sentimientos. “Qué noche llena de hastío y de frío / hasta el botón se piantó de la esquina…”. Sí, ahí está la urbe, la barriada, el policía (el botón, o tombo como lo adaptamos al vesre en Medellín) y unos bombillitos débiles que transmiten, en la solitaria noche, el vacío, la ausencia.

 

El tango llega a su cúspide sentimental, a su próxima caída de telón, en un momento en que el protagonista, el narrador, se siente como “un descarte”, solo y aparte, abrumado por el recuerdo y la pena. “Las gotas caen en el charco de mi alma / hasta los huesos calados y helado / y humillando este tormento / todavía pasa el viento / empujándome”.

 

Goyeneche, que luego grabó otras versiones (por ejemplo, con la Orquesta Típica Porteña, de Raúl Garello), aparece cantando Garúa en la película El derecho a la felicidad, de 1968, acompañado por Ernesto Baffa. Adriana Varela, por otra parte, tiene una interpretación digna de este tango, acompañada por la Orquesta Filarmónica de Montevideo, parte del álbum Cuando el río suena.

 

Esta joya tanguística de Troilo y Cadícamo fue la que, una noche de bohemia, en el Cuartito Azul del gordo Aníbal, un escultor cantó con una emoción tan intensa, que el resto del auditorio, seguro pasado de tragos, les pareció una interpretación bonita y entonces aplaudieron y brindaron en colectivo. Después, buscaron la versión de Goyeneche y la noche se llenó de duendes y de dolientes sombras.

 

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¡Qué noche llena  de hastío y de frío….

 

 

 

 

 

 

 

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Nada, un tango del amor perdido

(Hay extraordinarias versiones de Julio Sosa, Roberto Goyeneche y Roberto Rufino)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Se dirá que hay un hondo desgarramiento, una ausencia que duele, un retorno desesperanzado al notar que la que se quería ya no está. Se advertirá que en ese volver de un hombre a buscar lo que es improbable que esté, hay una tragedia existencial. El tango es, ante todo, un examen del ser desde todas las perspectivas de la vida. Y en el titulado Nada (un vacío absoluto o quizá relativo) hay una desesperación sin límites.

 

Producto quizá de las desazones de tiempos de guerra, este tango del bandoneonista y compositor argentino José Dames y de Horacio Sanguinetti, letrista uruguayo, estrenado en 1944 por la orquesta de Carlos Di Sarli con la voz de Alberto Podestá, es una pieza maestra de la angustia por una ausencia, por la desaparición del sujeto amado y, al fin de cuentas, plantea la expresión de una culpa, de un error del que ya no puede haber reivindicación ni resarcimiento. De pronto, es demasiado tarde para cualquier reparación. El tiempo ha cobrado su cuota de ruptura de un romance que jamás se podrá rehacer.

 

Nada es un tango narrado en primera persona. Es una suerte de vuelta a un lugar, a una casa vacía, a una morada sin la presencia de la que un día pudo ser el centro de la vida de alguien que ejerció el abandono. “He llegado hasta tu casa / ¡yo no sé cómo he podido! / Si me han dicho que no estás, / que ya nunca volverás… ¡si me han dicho que te has ido!”. En su primera estrofa está enmarcada la situación trágica, la fuerza del destino ineludible. Y una convicción: la que se ha ido no volverá.

 

Después, ante una soledad que pesa y lastima, el narrador pinta el frío, los años, lo que ha transcurrido, y sugiere un doloroso sinsabor. Pone en evidencia que ya nada podrá ser como antes. Es lo que se extravía sin posibilidad de recuperación: “¡Cuánta nieve hay en mi alma! / ¡Qué silencio hay en tu puerta! / Al llegar hasta el umbral / un candado de dolor / me detuvo el corazón”.

 

Y el panorama que se abre, la melancólica visión de un vacío infinito, es un estrujamiento de alma. ¿Qué hacer ante lo que ya no está?, ¿ante las cosas y evidencias que se fueron? No hay esperanza, como les pasa a los que van camino del infierno dantesco. Es la conciencia de la extinción de un mundo: “Nada, nada queda en tu casa natal… / solo telarañas que teje el yuyal. / El rosal tampoco existe / y es seguro que se ha muerto al irte tú… ¡Todo es una cruz!”.

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Confieso que cuando escuchaba este tango en las pianolas de barrio o tal vez en alguna radio, había una sensación de pérdida, de desmoronamiento interior. Era como asistir a una ruina. La versión que más se escuchaba en las esquinas, es decir, en los bares, era la de Julio Sosa con la orquesta de Leopoldo Federico (grabación de 1963), aunque, claro, había otras más antiguas, como la de Raúl Iriarte con la orquesta de Miguel Caló y la de Rodolfo Biagi con la vocalización de Alberto Amor, de los años cuarenta.

 

Nada es un tango que puede llevar a una especie de derrumbe sentimental. O, desde otro ángulo, a reflexiones acerca del paso del tiempo y de lo que se ha llevado. “Nada, nada más que tristeza y quietud. / Nadie que me diga si vives aún… / ¿Dónde estás para decirte / que hoy he vuelto arrepentido a buscar tu amor?”.

 

Hay, asimismo, la presencia de una inutilidad, de un esfuerzo vano, de un intento frustrado. Ya es tarde para el regreso, para el encuentro. Y después de presenciar un paisaje de carencias, de cosas que ya no están, de una especie de bancarrota del corazón, no queda otra que devolverse. Algunos vocalistas, como Sosa, entran con un recitativo: “Ya me alejo de tu casa / y me voy ya ni sé dónde… / sin querer te digo adiós / y hasta el eco de tu voz / de la nada me responde”. Otros lo hacen cantando hasta el final.

 

En esa recta última, en el desenlace, aparece un arrepentimiento, una penitencia, un dolor sin nombre. Y no puede faltar la lágrima “hecha flor de mi pobre corazón”. Y así, Nada ganó la luz, que es la posibilidad de estar en la memoria de la gente, de hacer revivir aquello que Fernando Pessoa decía de la melancolía: “una nada que duele”.

 

Nada tiene más de trescientas versiones. Una de las más bellas es la del Polaco Roberto Goyeneche con la orquesta de Osvaldo Berlingieri. Creo, y debe ser discutible, que la mejor interpretación de este tango la hizo Roberto Rufino, en 1973, con la orquesta de Osvaldo Requena, en la que el cantor hace gala de un despliegue vocal con “lalalás” llenos de color y dramatismo.

 

Esta composición de Dames y Sanguinetti, es una poetización del amor perdido, de aquello que por mucho que se quiera, es imposible recuperar. Después de los arrepentimientos, de la ida y la vuelta, en esencia no queda nada. O sí, una lágrima hecha flor. Una pena larga.

 

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La espina de la espera de un tango

(¡Qué falta que me hacés! o cómo lagrimear en una mesa de cantina)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Hay canciones (como poemas y otras formas literarias) que, siendo toda su concepción, estructura y diseño, una breve obra de arte, tienen un verso demoledor, o más hondo que el resto, o tal vez único por su claridad conceptual. Mejor dicho, por su belleza que, ante el resto de la composición, lo ilumina todo. En el tango-canción, género poético por “naturaleza”, hay ejemplos a granel del aserto anterior. Uno puede ser Naranjo en flor, obra maestra de las letras tanguísticas.

 

“Y al fin andar sin pensamiento”, lo expresa el poema de Homero Expósito como colofón de una parábola vital en la que se sufre, se ama y se parte hacia la nada, hacia la imprescindible soledad. Andar sin pensamiento. Una renuncia filosófica. O como aquella belleza que alumbra en las noches de luna: “Ya el cielo ha encendido su faro mejor”. O como este otro: “Fuimos abrazados a la angustia de un presagio”, de la pluma de Homero Manzi. Y así puede el catálogo de versos aspirar al infinito.

 

En un tango del letrista uruguayo Federico Silva, ¡Qué falta que me hacés!, hay una perla engarzada en una cadena de versos bien lograda: “Espina de la espera que lastima más y más…”. Porque puede ser que la espera sea como un dolor, como una punzada, como una suerte de encarcelamiento con condena casi a perpetuidad y es, claro está, como una ausencia. Esperar puede ser otra de las maneras de la tortura.

 

Pues bien. Esta pieza, con música de Miguel Caló y Armando Pontier, es parte del extenso repertorio de tangos sobre el amor (o el desamor), como otro del mismo autor: Hasta siempre, amor. Tal vez la primera versión que se escuchó en cafetines y bares de barriada, y es probable que también en las emisoras de Medellín, haya sido la de Julio Sosa con la orquesta de Leopoldo Federico. En ciertas cantinas de Bello, en los sesenta, circuló en las pianolas con la interpretación de Alberto Podestá, respaldado por Miguel Caló, y, con el mismo acompañamiento, la de Ranko Fujisawa. También hay una versión de Jorge Maciel con Pugliese, más escasa en los traganíqueles.

 

El tango en mención comienza con una declaración contundente, un descubrimiento de angustia y dolor: “¡No estás!”. Y una consecuencia, una constatación desoladora: “Te busco y ya no estás”. Y, a continuación, como coronando una situación de vacío existencial adviene aquello de la espina de la espera. Y después se caracteriza un auténtico paisaje interior de desconsuelos: “Gritar / tu nombre enamorado. / Desear / tus labios despintados, / como luego de besarlos…”.

 

Y vuelve entonces a aquella verificación de una realidad que hiere y hace sangrar: “¡No estás!” Y aparece el tiempo, una eternidad, una forma de la flagelación: “¡Qué largas son las horas / ahora que no estás!”. Todo como un lacerante despojo.

 

El amante está frente a una prolongada situación de expectativa, que lo puede conducir a la desesperación y lo obliga a la búsqueda tras tantas noches de sufrir una especie de desaparición lastimosa de aquella a la que ama, a la que quiere abrazar; y, como secuela de una soledad que chuza y muerde, solo es posible un corolario: “¡qué falta que me hacés!”.

 

Estas demostraciones amatorias son como un remordimiento, como la expresión de un pesar por lo que no se hizo a tiempo. La tuvo cerca, ahí no más, y quizá no fueron suficientes las caricias, las palabras de amor, los abrazos. Y por eso, ante una intempestiva marcha, ante un esfumarse del objeto (o sujeto) amoroso, vienen las promesas, lo que se hará en caso de una vuelta, del retorno ansiado.

 

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“Si vieras que ternura
que tengo para darte,
capaz de hacer un mundo
y dártelo después”.

 

Hay una promesa. Es casi como prender velitas a algún santo, al patrón de los acongojados de amor. Y esto lo interpreta a cabalidad Silva en este tango que tiene versiones preciosas de Roberto Rufino con Troilo, pero, a la vez, a guisa de bolero, de dos venezolanos, cada uno por aparte, con la Billo’s Caracas Boys: Felipe Pirela y el Puma José Luis Rodríguez.

 

Alguna vez en un bar bellanita, vi a un hombre en pena, la cabeza contra la mesita metálica, la botella de licor a un lado y en el piano el tango espinoso: “Y entonces, si te encuentro, / seremos nuevamente, / desesperadamente, / los dos para los dos”.

 

Todas las versiones referenciadas tienen su valía y dimensión estética. Quizá la que más me ha gustado es la de Roberto Goyeneche, con el trío de Luis Stazo (bandoneón) Armando Cupo (piano) y Mario Monteleone (contrabajo) en el disco “La máxima expresión del tango”. Por supuesto, no era común en ninguna cantina de estas tierras. Es más, no recuerdo haberla escuchado entonces en ninguno de aquellos bares, en los que, entre los variopintos paisajes, no faltaban los de hombres que lloraban sobre las mesas porque tenían clavada en sus corazones “la espina de la espera”.

 

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Richard Tuschman recrea escenas del pintor Edward Hopper.

 

 

 

 

 

 

 

 

Desencuentro con amargo desenlace

(Un tango existencialista de Cátulo Castillo y Aníbal Troilo)

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                                                                                                                                                                 Cátulo Castillo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

A Cátulo (Catulo Ovidio) Castillo, al que le tuvieron que “esdrujulizar” el nombre para que los compañeros de escuela no lo molestaran, le cabe el honor de muchas letras de tango, y músicas, también de haber boxeado en la categoría pluma hasta ser preseleccionado para los Olímpicos de Amsterdam en 1924. Su trayectoria en el tango es de fina estampa, con una poética en la que la nostalgia y lo perdido (y no recuperado) están presentes.

 

Quizá por estos contornos y ambientes de cafés (incluido El último café) su tango Tinta roja (con música de Sebastián Piana) es el estandarte de este director musical, de ideas de izquierda (su padre, el dramaturgo José González Castillo, con el que también compuso tangos, era anarquista). En la periferia y el centro siempre sonó aquello de “Paredón, tinta roja en el gris del ayer…”.

 

Cátulo, nacido en Buenos Aires el 6 de agosto de 1906, un día de lluvia y frío, iba a llamarse en realidad Descanso Dominical (González Castillo), debido a que, por esas calendas se había logrado una reivindicación libertaria: la de no trabajar los domingos. El empleado de registros se negó a ponerle tal nombre y su padre se decidió por el de dos poetas latinos. Sus primeras influencias literarias estuvieron bajo el estro de Rubén Darío.

 

Sus letras, casi todas con el dolor de un pretérito imperfecto, le dieron al tango una estatura monumental, que alcanza cielos existenciales con La última curda, van a tener, en 1962, una creación dura, áspera, que puede clasificarse en los catálogos del pesimismo, o, desde otro ángulo, en una suerte de desazón ante los golpes de la vida. La versión que más se oyó en Colombia fue la muy dramática y bien interpretada de Roberto Goyeneche, con la orquesta de Baffa-Berlingieri. Y de ese tema, Desencuentro, con música de Aníbal Troilo, es del que quiero conversar.

 

Tal vez no tenga las alturas poéticas de otras de sus creaciones (como Una canción, Caserón de tejas y María, por ejemplo), pero sí hay en ella una fuerza ineludible contra la cual, como la del destino, no se puede pelear. Es la situación de alguien al que todo le sale mal y que puede estar caminando en la cuerda floja de la existencia: “Estás desorientado y no sabés / qué “trole” hay que tomar para seguir. / Y en este desencuentro con la fe / querés cruzar el mar y no podés”.

 

Es un tango amargo sobre la vida y la sociedad vista a través de lo que le sucede a un individuo, al que lo pica la araña que salvó, y el hombre al que ayudó le hace mal. “¡Qué desencuentro! / ¡Si hasta Dios está lejano! Sangrás por dentro, / todo es cuento, todo es vil”.

 

Tal vez la versión más impactante de este tango (que tiene aires de Discépolo) sea la de Rubén Juárez, cuando, ya entrado en años, la interpretó en el programa Encuentro en el estudio, de Buenos Aires, con una intensidad y una descomunal fuerza que dejó perplejos a los que lo escuchaban.

 

En el corso a contramano / un grupí trampeó a Jesús… / No te fíes ni de tu hermano, / se te cuelgan de la cruz…”. Es una especie de radiografía de una sociedad en la que reinan el engaño, las simulaciones y la trampa. Y entonces, Castillo va desgranando unos versos que aumentan la tensión del tema y de la crítica: “Creíste en la honradez y en la moral… ¡qué estupidez!”.

 

Cátulo, compositor de Silbando, y autor de Patio de la morocha y El último farol, era un gran amigo de Homero Manzi, otro de los grandes poetas del tango, con quien hizo, por ejemplo, Viejo ciego (la interpretación de Goyeneche es sublime), como un homenaje al poeta de barrio Evaristo Carriego. El tango Desencuentro tiene una particularidad: como en un cuento de Poe o de Quiroga, la tensión va en aumento hasta lograr un clímax. Es el hombre derrotado, el que no tiene salidas, el que parece estar acorralado sin remedio.

 

“Por eso en tu total / fracaso de vivir, / ni el tiro del final / te va a salir”.

 

Después de ese golpe certero, ese recto a la mandíbula, el oyente queda petrificado. Lleno de temores, tembloroso, ante la evidencia del fracaso. No hay lugar a la dulzura en esta pieza de desenfadada angustia existencial.

 

En 1974, al ser declarado Ciudadano Ilustre de Buenos Aires, Cátulo Castillo pronunció esta fabulilla: “El águila y el gusano llegaron a la cima de una montaña. El gusano se ufanaba de ello. El águila aclaró: ‘Vos llegaste trepando, yo volando’. ¿Pájaros o gusanos? — se interrogaba Cátulo — he aquí una pregunta clave”. También escribió el guion de la película Esta es mi argentina, en la que los protagonistas son Aníbal Troilo y el bailarín de tango Juan Carlos Copes. Murió en su tierra natal el 19 de octubre de 1975.

 

(Escrito en Medellín, cuando diciembre de 2017 ya es azul)

 

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Álbum tanguero para un escritor

(Entre Nada, Ninguna y La última se fue formando una crónica)

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era la directora ejecutiva de una empresa de salud de Bogotá. Comenzó a escribirme porque le parecía que algunas de mis columnas de prensa tenían sabor y color local. Resultó que, después de variados intercambios epistolares, me dijo que le celebraría en su casa los cincuenta años al escritor William Ospina y el homenaje consistiría en un regalo de dos discos con una selección de tangos.

 

Se llamaba Victoria Eugenia Zuluaga, una señora antioqueña, culta y de buen trato. “Ve, a vos que te gusta el tango”, me dijo un día, “por qué no me ayudás a seleccionar unos para William (Ospina)”. Tenía la idea de los dos discos, con cancionero y diccionario de lunfardo incluidos. Yo le mandaba, a veces, escritos de tango, como un artículo de la uruguaya Rosalba Oxandabarat sobre los hinchas de Gardel y los antigardelianos. “Hola, mi Rei: qué tan posta el texto de la Rosalba, te cuento que uno de los tangos que más me gusta es La última. La letra es de Julio Camilloni y la música de Antonio Blanco, tango de 1957”, me contestó en un correo electrónico el 2 de febrero de 2004. Y se dejó venir con toda la letra: “No me importa tu pasado ni soy quién para juzgarte porque anduve a sopapos con la vida yo también”. Y así. Esa vez, aprovechando la ocasión, me dijo que ya tenía muy adelantada la selección para los “50 de William”.

 

Me anunció en la misiva virtual que incluiría los que, de Roberto Goyeneche, yo le había insinuado: Gricel, Naranjo en flor, Canción desesperada y Cada día te extraño más. Valga decir que en la escogencia también participaban el tiplista David Puerta y el poeta Darío Jaramillo Agudelo. A propósito de La última, le escribí una nota a la señora que, por lo demás, había tenido la idea original y la producción ejecutiva del homenaje tanguero al autor de Es tarde para el hombre.

 

El martes 3 de febrero de 2004, le envié este correo: “Mirá pebeta de mi cuadra que eso de la fiesta conmemorativa, con tangos y cancionero, sí que está bacana. Ve, tengo un hermano que una vez se fue a un bar de tango y pidió Uno, y, claro, le pusieron cualquiera. Y luego, un poco desconcertado, dijo que quería oír Nada, y el cantinero, tan literal, nada le puso. Entonces si no es Nada, Ninguna. Que tampoco sonó. Y ya, en medio de la verraquera, solicitó La última, y se le dejaron venir con otra vaina. Total, no pudo escuchar lo que quería”.

 

Después, en el mismo mensaje, le conté una breve historia: “En Bello, tierra de mis pasiones altas y bajas, hay o había un señor gustador de tangos. Y creía que cantaba. Se sabía, para la interpretación, La última. Tenía un barcito y una noche le dijimos que nos la cantara. Empezó y el tipo se veía mal. Hacía grandes esfuerzos en las subidas y se puso morado. Creímos que el infarto estaba cerca. Bueno, en medio de las risas, lo bautizamos El Morado. Y así se le conoce en Bello entre los amantes del gotán…”.

 

La correspondencia continuó, casi toda referida al tango, a sus armonías, composiciones, letras… El 18 de febrero de 2004, cuando ya se acercaba el cumpleaños de Ospina (nació el 2 de marzo de 1954), y los discos estaban en producción, recibí un correo de David Puerta: “Siempre soy más inteligente diez minutos o diez días después de lo necesario. Me quedé pensando que, para un literato como William Ospina, hubiera sido apropiado el disco con los cincuenta tangos que se mencionan de manera explícita e implícita en Aire de tango, de Mejía Vallejo. Ya no me atrevo a proponer el cambio porque mi prima Vicky, que ya tiene hasta el cancionero con el primer listado que hice, me convertiría en ‘amurado sexual…”.

 

El intercambio prosiguió, con referencia al tango, a novelas y cuentos en los que este género aparece, pasando por Cortázar, Benedetti, Borges, Onetti, en fin. Para Victoria Eugenia, Homero Expósito era autor de “los tangos más tristes del mundo —como Percal y Yuyo verde— (…) Ellos (los tangos) nos traen a la vez datos de nuestras propias zonas oscuras: las tristes, que se aceptan fácilmente, y las sensibleras, que casi nunca se aceptan para uno mismo. Pero ahí están. El que esté libre de pecado, que vaya a escuchar a Schönberg”.

 

A William Ospina, en sus cincuenta años, Victoria Eugenia, alias Vicky, le hizo una fiesta de no olvidar, con una asistencia de caricaturistas, pintores, escritores, músicos, poetas… No pude asistir y entonces hubo que contentarse con las fotos del festejo. El álbum de los “50 de William”, con 52 tangos, dos más de la cuenta, es una joya. Aparte de fotografías, cancionero y diccionario, la introducción, pensada por Vicky, tiene el siguiente título: “Entre e-milio y e-milio se fue formando el tango”, en la que incluye algunos correos de aquellos intercambios que siempre tenían, como trasfondo, la inevitable poesía del tango.

 

Entre los seleccionados, están La última grela, La última curda y, claro, La última: “Sos la última que llega a perfumar mi rincón / y esas gotas de rocío que no te dejan mirarme / me están diciendo a las claras que alcancé tu corazón”. Poco tiempo después, Victoria Eugenia Zuluaga se murió en Bogotá, quizá rememorando melancólicas melodías o imaginando saltos en una rayuela lejana, con cielos de un tango surreal.

 

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Palabras para un teatrero muerto

A Rodrigo Saldarriaga, In Memoriam

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Por Reinaldo Spitaletta

 

De pequeño, a Rodrigo Saldarriaga lo “prestaban” sus padres para que hiciera de niño Jesús en los pesebres de los vecinos. Parecía un vikingo extraviado en el trópico, rubio y ojiazul. De cuna conservadora, se convirtió en un líder revolucionario y en uno de los principales directores teatrales colombianos. Fundador hace 39 años de Pequeño Teatro de Medellín, el artista que estuvo a punto de un infarto mientras representaba a Heisenberg, en la obra Copenhague, de Michael Frayn, murió el domingo 22 de junio.

 

Saldarriaga, perteneciente a una familia confesional antioqueña, de aquellas de misa y comunión diarias, comenzó a conocer la realidad real cuando entró a estudiar Arquitectura en la Universidad Nacional. Era la convulsionada década de los sesentas, en la que, por primera vez, los jóvenes comenzaron a ser protagonistas de su historia. “Urgidos de vida y libertad”, como recordaría en su libro de memorias Tercer Timbre, esos días fueron el contacto con nuevos discursos, distintos a los que dominaban la cotidianidad de la muy goda Medellín.

 

Con sus amigos de universidad se iban al café Versalles y al Festín a hablar de todo, menos de arquitectura. Eran los días de la educación sentimental, con Bergman, Visconti, la Nueva Ola francesa, el Manifiesto Comunista y las historias de la revolución bolchevique. A veces se creían la reencarnación criolla de Daniel el Rojo, en pleno mayo del 68, cuando la imaginación se tomó las calles no solo de París sino del mundo.

 

Uno de sus “bautismos” revolucionarios los asumió cuando, en los bajos del consulado americano en la Avenida Primero de Mayo, en Medellín, junto a otros muchachos, coreaba “Ho-Ho-Ho Chi Minh-Yanquis go home, fuera de Vietnam”, mientras sostenían centenares de efigies del Che Guevara. Pero su bautismo teatral lo recibió de Jairo Aníbal Niño, sí, el de El Monte Calvo y el de Las bodas de lata o el baile del arzobispo. En 1968, Niño fundó la Brigada de Teatro, de la que el joven Saldarriaga hizo parte, entre otros con los montajes de La madre, de Gorki, y de La masacre de Santa Bárbara.

 

Este último montaje le costó que su familia lo pusiera en una situación límite: o abandonaba el teatro (que solo sirve para entretener negros, así le dijeron) o se iba de la casa. Prefirió lo último y se fue de arrimado a un inquilinato de universitarios en el barrio Sevilla, de Medellín, muy cerca de la Universidad de Antioquia.

 

En 1975 fundó, con otros compañeros, Pequeño Teatro, cuyo nombre fue un homenaje a Stanislavski, que tenía en el Teatro del Arte de Moscú un Pequeño Teatro (el drama) para diferenciarlo del Gran Teatro (la ópera). Y a partir de ahí sus montajes teatrales, en cuyo repertorio siempre estuvieron los clásicos, tenían la concepción de servir al pueblo. Sus obras de iniciación se presentaron en carpas huelguísticas, escenarios estudiantiles, pueblos y caseríos de Colombia. Después, los griegos y Shakespeare fueron parte sustancial de los montajes dirigidos por Saldarriaga.

 

El autor de Todo fue, Los chorros de Tapartó y El ejército de los guerreros, un amante de Piazzolla y de Roberto Goyeneche, dijo alguna vez que hubiera querido tener al cantor argentino en su elenco para representar al Rey Lear. Era un ser que rezumaba teatro día y noche, con sus cigarrillos y cervezas al clima. Decía que el mejor director de teatro era Giorgio Strehler, del Piccolo Teatro de Milán, al que una vez le vio en París la obra Arlequín, servidor de dos señores. “Se me reventaron las manos de aplaudir”, contó alguna vez.

 

Estudioso de Shakespeare, Brecht y otros dramaturgos, Saldarriaga montó con éxito taquillero la obra En la diestra de Dios Padre, de Tomás Carrasquilla, con dramaturgia de Enrique Buenaventura. Y se quedó pendiente el montaje de El jardín de los cerezos, de Chejov, otro autor de sus amores. Y, claro, como hubiera querido, y como utopía personal, se quedaron por montar todos los griegos, todos los latinos, la Comedia del Arte, todo Shakespeare, todo Brecht. Los que dirigió, más de sesenta montajes, los hizo con pasión y sapiencia.

 

Su libro de memorias, termina con un tremendo colofón: “Los nietos de mi nieto disfrutarán nuevamente con Esquilo, con Shakespeare, con Strindberg y con Brecht y el teatro volverá a ser el listón más alto del pensamiento como lo ha sido siempre. Habrán pasado los oscuros días de la ignorancia, de los pretenciosos necromantes de la “carne de perro” y de los desesperados desencantados del pensamiento. Y yo estaré ahí, porque al cerrar los ojos el mundo no desaparecerá”.

 

(Medellín, junio 23 de 2014)

 

 

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Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014)

Dos viejos en la oscuridad

(Crónica con guitarrista y violinista ciegos para recordar a Picasso y un tango)

 

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                                                                                       “Que me ha dejado acobardado como un pájaro sin luz”
                                                                                             Naranjo en flor

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Puede ser uno de los miedos más inveterados en el hombre: quedarse ciego. Los antiguos humanos es probable que temieran a la oscuridad (“La oscuridad que ven los ciegos”, según Shakespeare), una aprehensión que se desvaneció en la modernidad, en parte gracias a la luz eléctrica, como pudo pasar, por ejemplo, con el fantasma de sir Simon Canterville, de más de trescientos años, que no resistió la atrevida burla de dos muchachitos gringos que le hicieron “bullying” hasta aburrir al desasosegado espectro inglés.

 

La ceguera, tan literaria y homérica, es una limitación que en una obra como la de H.G. Wells, El país de los ciegos, es toda una cualidad, una facultad natural en un ámbito en el que el inválido sería el vidente, al que los ojos no le sirven para nada, porque ven. Estos preliminares tenebrosos me llevan a un tango y a una obra de Picasso. Podría conducirnos, por qué no, hacia narraciones de Saramago, o a poemas de John Milton. O a uno de Borges.

 

El caso es que Viejo ciego, con música de Sebastián Piana, Cátulo Castillo y letra de Homero Manzi, más que todo en la versión de Roberto Goyeneche, aparte de sus virtudes poético-musicales, es una obra maestra de la interpretación, en tiempos en que el Polaco ya había perdido buena parte de su poder vocal. “Con un lazarillo llegás por las noches / trayendo las quejas del viejo violín, / y en medio del humo parece un fantoche / tu rara silueta de flaco rocín”.

 

Como muchos otros, claro, es un tango con tristuras, con elementos de drama y que puede acercar al oyente al llanto. Es una pintura con pocas pinceladas, que son suficientes para crear un ambiente, un personaje, una situación en la que se puede ir del esplín a la pena. “Puntual parroquiano tan viejo y tan ciego, / al ir destrenzando tu eterna canción, / ponés en las almas recuerdos añejos / y un poco de pena mezclás al alcohol”.

 

Es posible ver al viejo ciego, su violín, sus tangos quejumbrosos e imaginar a los “bardos jubilados” que, cuando el músico sin luz deje “sus huesos debajo de un portal”, con una ‘canzonetta’ le harán el funeral. Qué acopio de melancolías. Imágenes con crespones de nocturnidad. Una invitación a la congoja, dulce y atroz a la vez. “A ver, viejo ciego, tocá un tango lerdo, muy lerdo y muy triste que quiero llorar”.

 

Y a todas estas, ¿dónde está Picasso? Tal vez, en la penumbra, escuchando ese tango argentino, o recordando una pintura de 1903, un óleo sobre lienzo que, (como la Lujanera de Borges: “verla, no daba sueño”) es un golpe visual al alma. Deja noqueado al observador. Se llama El viejo guitarrista ciego, uno de los cuadros más representativos del denominado Periodo Azul del maestro malagueño.

 

Picasso (y es probable que le ocurra a cualquier pintor) tenía un miedo enorme a perder la vista. Su padre, José Ruiz y Blasco, también pintor, se fue quedando sin visión. La etapa azul del artista que revolucionó la pintura del siglo XX se enfocó en cuadros sobre la bohemia, la calle, los mendigos, las prostitutas, la miseria humana. El viejo guitarrista, como el viejo violinista ciego del tango, tiene una presencia lánguida y sufriente. Es una figura que transmite dolores y desencantos.

 

Así, sentado, con sus piernas cruzadas, la guitarra parada, la cabeza inclinada a la derecha, en un ángulo cuasi acrobático de noventa grados, es el emblema de una desdicha sin nombre, de una miseria que duele. Y, aparte de todo, ciego y viejo, que ya es el súmmum de una tragedia, de la expresión máxima de la desventura. Sí, también es como “un flaco rocín”. Desvencijado.

 

¿A qué suena la guitarra de este viejo ciego? ¿Cuáles son los sonidos de su deplorable situación? ¿A quién le cantará con su voz débil, de hambre, de carencias? ¿Quién quiere escuchar la guitarra de este hombre desalado y sin fortuna? Pues me gustaría oírlo. Y pedirle que sus arpegios asciendan al cielo y convoquen pájaros para el recital. Tal vez su voz, gangosa, sin educación, sea una puerta que abra la imaginación a los que pasan junto a él, sobre la acera, en una ciudad innombrada.

 

Sí se le observa con cuidado, el viejo ciego parece tocar para él mismo. Su guitarra es la compañera, la musa, el hada madrina de la pobreza. Amante y razón de vivir. El viejo y su instrumento son una sola entidad. No podría existir el uno sin la otra. Sangra ella, sangra él. Canta ella, canta él. Un binomio de la soledad y la amargura.

 

Qué tal, por ejemplo, que los dos viejos ciegos, el del violín y el de la guitarra, se toparan. Se juntaran. El infortunio de no ver se podría disminuir con la solidaridad instrumental. El uno como lazarillo del otro, unidos en la música de la oscuridad, en una tiniebla sonora que todos los ciegos querrán ver y todo el mundo querrá escuchar. ¿Un ciego puede guiar a otro al abismo? Puede que en este caso no.

 

Ambos parroquianos, tan viejos y tan ciegos, se podrían ir cantando por las calles del adiós, como una manera de dar un poco de luz a las almas simples, que, de ese modo, podrán tener una dosis de emoción. ¿Quién querrá llorar con la música triste de estos dos viejos ciegos?

 

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Guitarrista ciego, Pablo Picasso.

La Boa que yo conocí

(Un bar de bohemias ochenteras y un tanguero señor de la noche)

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Iván Zuluaga, dueño de la vieja Boa

 

Por Reinaldo Spitaletta

A principios de la década del ochenta, cuando frecuentaba más que todo La Arteria, un bar de la avenida La Playa de Medellín, conocí La Boa, de Iván Zuluaga, en la calle Maracaibo, entre El Palo y Girardot. Había en la pared una foto-afiche de una mujer añosa tocada con un pañuelo rojo, medio sonriente ella y creo tener la imagen de que le faltaban dientes. En una mesa estaba el poeta Alberto Escobar, el de Los sinónimos de la angustia, con otros contertulios, entre ellos Aldemar Betancur, jefe de relaciones públicas del Colombo Americano.

 

Yo era un reportero incipiente, que además escribía crónicas urbanas en un suplemento literario. Me parece que fui a dar a aquel lugar, no de noche, sino al atardecer, porque debía hablar con Betancur no sé sobre qué tema cultural del Colombo. Y esa, La Boa, era parte de su oficina. El dueño era un señor narigón, a veces seriote, pero, en otras, según las circunstancias, simpático. Lo primero que me dijo, tras saludar y presentarnos, fue que en aquel bar el escritor Manuel Mejía Vallejo, años atrás, había escrito parte de su novela Aire de tango.

 

No recuerdo qué era lo que Aldemar, un tipo de voz abaritonada, que escribía poemas y leía entonces libros de Cesare Pavese, como el de Lavorare Stanca (Aldemar lo pronunció en italiano) quería promover. No sé quién recitó entonces unos pocos versos de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos / esta muerte que nos acompaña / desde el alba a la noche, insomne, /sorda, como un viejo remordimiento / o un absurdo defecto…”.

 

En todo caso, días después, Aldemar me regaló un libro de Pavese, La playa, y tengo un confuso recuerdo en el aquel me está hablando de gaviotas ciegas. El asunto es que me comenzó a gustar La Boa, porque sentía un aire distinto, una especie de hermandad, conectada con las palabras y, como lo supe después, con el tango. Seguí yendo, a veces solo a tomar café en la tarde. Y de a poco su dueño y yo nos bordamos una amistad en la que, de por medio, estaba la voz de Roberto Goyeneche. Con Gabriel Restrepo, un escultor con el que solíamos practicar la bohemia en distintos bares de Medellín, nos volvimos asiduos de La Boa. Yo le llevaba, a veces, casetes con grabaciones del Polaco. En muchas ocasiones, encontré a Iván, la cabeza contra el mostrador, escuchando en un acto reverencial Naranjo en flor, La última curda o Niebla del Riachuelo. Creo que lloraba.

 

Por esos días, el mostrador estaba junto a la única ventana, que daba a la calle, y que era parte del bar. Después, Iván lo trasladó a la parte de atrás, cerca del único orinal, cubierto por una celosía de colgaduras cafés y negras. A veces, Gabriel y yo, junto con otros “patos” del Centro, íbamos primero a La Arteria, de Guillermo Suárez, y más tarde visitábamos La Boa, en la que muchas veces encontrábamos ebrio o a punto de una magnífica borrachera a su dueño, que era por lo demás un conversador agradable.

 

No sé cuándo, en una noche aguardentera, me habló de que, cuando estuvo de aventura en el Bajo Cauca, había fundado un pueblo, un caserío, y ponía voz de importancia y no sé si evocaba a viejos colonos de Antioquia o a antiguos conquistadores. “Lo bauticé Muribá”, me dijo y agregó que teníamos que ir por allá, donde además había dejado amores. Era, según sus coordenadas, cerca de Puerto Bélgica. Nunca fuimos.

 

Las noches de la Boa estaban atiborradas de Goyeneche y conversación. El paisaje de sus mesas, con sillas rústicas de madera gruesa, albergaba poetas y vagabundos. Que, en esencia, puede ser lo mismo. Iban escritores y tipos que posaban de saberlo todo. Sin embargo, que me haya tocado, nunca hubo un malentendido que hubiera terminado a puñetazos. Porque creo que a taburetazos, por lo pesado de ellos, era un imposible. Ah, claro, también iba uno que otro plomo. O tipo “pesado”. Gajes de bar. Y de la bohemia.

 

No era un bar de atracciones locativas. Paredes con uno que otro cuadro (por aquellos días no estaban ni Gardel ni Goyeneche; después, aparecieron en su decoración), y a veces algunos artistas colgaban allí muestras. Cuando yo iba solo, me sentaba al mostrador a conversar con Iván, y ahí iba armándose un círculo en torno a literaturas y la ciudad. Pasaba como en La Arteria: los circunstantes eran su mejor adorno, porque había palabras de un lado a otro. Y de vez en cuando, alguien tocaba la guitarra.

 

En aquellos ochentas, en que todavía no se había instaurado a fondo el terror mafioso en la ciudad, La Boa era una sede de poetas, de algunos nadaístas extemporáneos, de conversadores profesionales y por allí, claro, pasaba a cantarnos sus Spirituals el Negro Billy. Aldemar Betancur, que tuvo fama de tacañerías para el licor, a veces leía en su mesa poemas suyos o a recordar los tiempos en que iba a Lovaina, ya en decadencia, a buscar muchachas para que le oyeran su parla de voz de locutor.

 

Iván, en todo caso, era el alma de La Boa, con sus tangos e historias de desamores familiares y noviecitas adolescentes. Una de ellas, según nos contó cuando ya el hombre no podía con el alcohol ni con la vida, lo había “tumbado” no recuerdo ya en qué pueblo, dónde él le puso un almacén. Al final de sus días, dormía en el café, en el que armaba un cambuche junto al orinal.

 

En otras jornadas, iban ajedrecistas, como Fernando López, con el que, en ocasiones, a medianoche, él en la esquina de Girardot y yo enfrente de La Boa, nos desafiábamos: cada uno cantaba (gritaba) un tango, en turnos ininterrumpidos. Casi siempre, terminábamos a dúo con el vals Bajo un cielo de estrellas. Iván solo se reía, pensando quizá que estaba en presencia de dos orates.

 

Durante espaciados meses y años, me alejé de La Boa, pero cuando aparecía, Iván siempre tenía listo un abrazo y un trago de bienvenida. Y, por supuesto, los tangos de Goyeneche. A veces recordábamos los días de antes y su voz se entrecortaba con sollozos. Iván había envejecido, como la calle Maracaibo, como todos los que por allí fuimos asiduos. Y llegó la muerte y tuvo sus ojos, los ojos tristes del dueño de La Boa. Murió en septiembre de 2011.

 

Después (“¿qué importa del después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado…”) poco volví a La Boa. Supe que la ventanita de arrabal ya no está. Y que son otros los circunstantes. Pero la voz de un poeta vuelve siempre, abriendo memorias: “Oh querida esperanza, / también ese día sabremos nosotros / que eres la vida y eres la nada”

 

En diciembre de 2014, ya La Boa tenía otros dueños. Aquí, en la ventanita, con varios contertulios.

Un virtuoso llamado Raúl Garello

(Bandoneonista, director de orquesta, compositor y figura del tango)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Raúl Garello (Chacabuco 1936-Buenos Aires 2016), bandoneonista, compositor, arreglista (arreglador, dicen los argentinos) y director, era un músico post-Piazzolla, que logró un estilo propio y penetró en los misterios del tango, en la noche duende porteña, en todas las armonías y que, como Troilo, su principal maestro, “caminó derecho por atriles torcidos”.

 

El compositor de Margarita de agosto es, como lo han dicho analistas del género, una consecuencia de las aperturas de vanguardia que creó Astor Piazzolla después de los años cincuenta, pero sin sonar como él. En sus búsquedas, tras estudiar contrapunto, armonía y fuga en su adolescencia, se vinculó a la orquesta de la Radio Belgrano, en Buenos Aires, donde conoció a otro de los más grandes bandoneonistas y músicos del tango: Leopoldo Federico.

 

Precisamente, reemplazó a Federico en el cuarteto de Roberto Firpo (hijo), en 1954. Era un comienzo con brillos y otras sonoridades. El muchacho ingresaría después, con su bandoneón y su talento, en las formaciones de los cantores Carlos Dante, Alberto Morán y en la orquesta de Horacio Salgán, el director y compositor que también murió en 2016, a los cien años de edad. Todavía le faltaba un escalón para ascender a nuevos mundos del tango: la orquesta de Aníbal Troilo, a la que ingresó en 1963 y estuvo hasta la muerte de Pichuco, en 1975.

 

“Yo soy hijo de Troilo. Recibí la influencia de Salgán, Astor Piazzolla, Alfredo Gobbi, Osvaldo Pugliese… El tango es algo enorme. Claro que hay extravagancias y fantasías, pero el tango tiene mucho fondo”, me dijo en una entrevista realizada en noviembre de 1997, en Medellín, cuando, con la Orquesta  del Tango de la Ciudad de Buenos Aires, que él codirigía con el pianista Carlitos García, estuvo en esta ciudad en presentaciones en el teatro Pablo Tobón Uribe.

 

En la orquesta de Troilo, además de bandoneonista, fungió como orquestador, cargo en el que se destacó. Tanto que también realizaba arreglos para las agrupaciones de Leopoldo Federico, Baffa-Berlingieri y Enrique Mario Francini. Entre sus primeras instrumentaciones estuvieron, en 1966, las de las piezas La Guiñada, de Agustín Bardi y Los mareados, de Juan Carlos Cobián.

 

“El tango es esencialmente europeo. En el Río de la Plata se hace híbrido y el criollo le agrega la gracia americana. Pero está todo el Mediterráneo en el tango. Por eso seduce a los músicos de todo el mundo”, dijo aquella vez el compositor de Che Buenos Aires y Muñeca de marzo. Desde 1965, con el rol de director, grabó discos con solistas de exquisita calidad interpretativa, como Roberto Goyeneche, Rubén Juárez, Edmundo Rivero, Roberto Rufino y Floreal Ruiz, entre otros. En los vinilos del sello Víctor, figura la que él dirigía como la Orquesta Típica Porteña.

 

Tal vez la mejor interpretación que se hizo sobre una composición de Raúl Garello haya sido Buenos Aires conoce, con letra de su hermano Rubén, en la voz del Polaco Goyeneche: “Buenos Aires conoce mi aturdida Ginebra / el silbido más mío, mi gastado camino… / Buenos Aires recuerda mi ventana despierta / mis bolsillos vacíos, mi esperanza de a pie”.

 

Garello, que en 1974 creó un sexteto para presentaciones en El viejo almacén, de propiedad del cantor Rivero, sostenía que en el tango siempre hubo compositores, autores y músicos progresistas. Así, por ejemplo, en la década del veinte estuvo Eduardo Arolas, y después Julio de Caro, y más tarde Pichuco, al que “a veces, en Ronda de Ases (espacio multitudinario de Radio El Mundo) le decían: ‘largá la ópera’. Y qué no le dirían a De Caro. Lo interesante de todo esto es la posibilidad de otro tango”.

 

El Raúl Garello compositor, además de sus actuaciones como director, comenzó a brillar a partir de 1977 con la grabación de cuatro discos, con su orquesta ampliada a veintisiete músicos, en los que incluyó temas como Aves del mismo plumaje, Pasajeros del tiempo y Verdenuevo. Hay que destacar que, también se alió con letristas para la composición de obras cantábiles, entre las que están Dice una guitarra, con una impecable interpretación de Goyeneche con la orquesta de Atilio Stampone; Llevo tu misterio, grabada por Roberto Rufino; Hace doscientos tangos, con letra del uruguayo Federico Silva, y Tiempo de tranvías, con la autoría de Héctor Negro.

 

En 1980, junto con el mencionado García, se convierte en director fundador de la Orquesta del Tango de Buenos Aires, con la que se presentó en el Teatro Colón de Buenos Aires y realizó numerosas giras. A fines de los ochentas, con Horacio Ferrer, escribe todos los temas del álbum Viva el tango. Con el mismo Ferrer grabó en 1992 un disco de homenaje al director de cine Woody Allen, en la voz de Gustavo Nocetti, con tangos como El último bailongo, El Rey y el que le dio nombre al álbum: “Woody Allen, tengo ganas de abrazarte / contemplando que el final del siglo veinte / es un show de funerarias: / Chernobyl, El Golfo, El Sida. / Y, al fin, si es inmoral seguir con vida, /
vení, que aquí están Groucho y Pepe Arias / y nos vamos a morir, pero de risa, / para dentro de dos siglos despertar
”.
 

Garello fue convocado en 1992 por la Orquesta Nacional del Capitolio de Toulouse, Francia, dirigida por Michel Plasson, para escribir y grabar quince orquestaciones sobre obras de Carlos Gardel, como Mi Buenos Aires querido, AmarguraArrabal amargo y Volvió una noche. En 2003 compuso unas de sus piezas cumbre: Arlequín porteño, en tres movimientos: Pantomima (tango); Tema de arlequín (cadencia y vals); Adioses (tango).

 

Al hablar sobre los avatares del tango, sus aristas y esencias, Garello siempre estuvo atento a las complejidades del género, a sus cambios y permanencias. “Piazzolla abrió un camino muy importante. Antes, las orquestas sinfónicas tenían vedado el tango. Pero después de Salgán y Piazzolla, ya no… Las sinfónicas de Lieja, París, muchas orquestas, abrieron las puertas a Piazzolla, debido al tango, porque a Astor nunca se le cayó de la falda el bandoneón, y es más tanguero de lo que muchos creen”.

 

Entre sus cantantes predilectos estuvieron el Polaco Goyeneche, con quien grabó ciento veinte registros; Rubén Juárez, con cien registros y Floreal Ruiz, con veinte. Y para él, un músico de tanta calidad, el tango siempre fue un fenómeno inmenso. “Aunque no se escribiera más tango, hay para llenar el mundo de tango”, me dijo entonces.

 

Raúl Garello, virtuoso del bandoneón, se murió el 26 de septiembre de 2016, en Buenos Aires, ciudad que todavía lo llora y extraña.

 

 

 

 

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Raúl Garello, director, compositor y virtuoso del bandoneón.

Tango con fantasma y oscuridad

 

(La agridulce tristeza de La noche que te fuiste)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando Eva de los Ángeles, una adolescente de cara pálida, pelinegra y cuerpo de bailarina del paraíso, se marchó del barrio, a mí el mundo se me transformó en tinieblas. Y no solo se fue de aquella calle en diagonal, que desembocaba a una plazoleta de asfalto a medio pegar, en una barriada que tenía en cada esquina un café de tangos, sino del país. Nunca más la volví a ver y en aquellos días en que su ausencia me pesaba en el pecho y en lugares inexplorados más allá de la anatomía, una o dos baladas de Leonardo Favio me alteraron los lagrimales.

 

Bello era entonces una acumulación de cantinas en las que obreros y comerciantes, además de vagos y camajanes, se dedicaban a gastar mesas metálicas y taburetes de tijera, también de metal, y a echarles monedas a las gramolas iluminadas para sonsacar músicas de desesperanzas y amores desmoronados. En uno de esos aparatos, creo, fue donde primero escuché, tiempo después de que la muchacha ya era un recuerdo, un tango de desilusión que comenzaba (y sigue comenzando, claro) así: “A veces, cuando en sueños tu imagen aparece, radiante y fugaz como un rayo de sol…”, que al principio no le presté nada de sesera ni de entendimientos, pero me quedó sonando con palpitaciones.

 

La pieza, que seguro antes había oído sin que nada me transmitiera, tal vez porque no había sufrido una desgarradura sentimental, tenía en todo caso —así la sentía— un amargura permanente, una desazón que subía a los labios a modo de acíbar. “Siento que tus manos entibian las mías trémulas y frías… ¡y hablas de tu amor!”, y la cara bella y de palideces pronunciadas de Eva tornaba a la memoria para desbalancearme los sentimientos. “Entonces lentamente mi espíritu adormeces, arrullo sutil de una vieja canción”. No sé si fue por aquel tiempo cuando escuché en la radio una composición que la cantaba un baladista de moda: “Este día sin sol es todo mío, golpea en mi ventana tanto frío… una vieja canción en mi guitarra”, y aunque en rigor nada tenía que ver con el tango de esquina nocturna, también me evocó los días en que desde el frente de la casa de la ida, yo me quedaba alelado con ella en el balcón.

 

No sé cuánto tiempo se quedó dentro de mis padeceres la no-presencia de aquella muchacha a la que un día le mandé dos proletarias flores de sanjoaquín y unas rosas amarillas que crecían en el solar de mi casa, acompañadas con una barrita de chocolate dulce. Las llevó una chica que, ahora que lo analizo, tenía celos del presente enamoradizo. A lo mejor pensó por qué no eran esas declaraciones indirectas de amor para ella. Se le notaba cierta desidia para llevarlas, pero solo lo hizo porque le di un beso en la mejilla y otra chocolatina.

 

Después, Eva de los Ángeles desde su balcón de enrejado oscuro, me parlaba sobre sus tareas de colegio y acerca de las canciones que más le gustaban, todas de la denominada Nueva Ola y del Club del Clan. Y más que sus gustos juveniles, lo que más me interesaba era estar junto a ella, sentir su perfume nuevo de piel de lozanías y quedarme callado, solo viéndola con sus facciones pulidas, la sutilidad en las manos que no sé por qué me daban la impresión de ser de pianista. No duraron nuestros días lo suficiente para un enamoramiento de prolongaciones, pero sí para que su ida me dejara un vacío, tal vez el primero de aquellos días en los que todavía los dolores de amor no eran una desventura con cataclismo existencial.

 

El tango con el oscuro título de La noche que te fuiste se me fue entrando, casi sin darme cuenta, como una inoculación de microorganismos, y entonces, en un momento que ya no sé cuál fue, la voz del cantor con sus melancólicas frases me hizo ver de nuevo a Eva de los Ángeles, en la distancia, pero tan cerca que ya no era posible no experimentar un desgarramiento. Después supe que la música era de Osmar Maderna y la letra de José María Contursi, y sin duda la primera versión que escuché en desaparecidos cafetines de mi barriada, y de otras vecinas, era la de Floreal Ruiz con la orquesta de Aníbal Troilo.

 

“La noche que te fuiste (más triste que ninguna) palideció la luna y se tornó más gris la soledad…”, en esos versos ya había una declaración dolorosa, una imagen de desdichado vacío… “La lluvia castigando mi angustia en el cristal y el viento murmurando: ya no vendrá jamás”. Lo que sigue es para ocasionar una depresión de profundidades a lo Edgar Allan Poe: “La noche que te fuiste nevó sobre mi hastío, y un hálito de frío las cosas envolvió… Mis sueños y mi juventud cayeron muertos con tu adiós”. Un tramo irresistible. Un momento cumbre para agudizar la desolación. “La noche que te fuiste se fue mi corazón…”.

 

Sí, ese tango, con fantasmas y oscuridades, me persiguió por las calles, los bares, las encrucijadas, y entonces la imagen de la muchacha ida reaparece cada vez que el disco gira con sus vibraciones de misterio. Tiempo después, cuando ya el Polaco Goyeneche era mi intérprete de tango predilecto, su versión de La noche que te fuiste me causó (me sigue causando) una demolición interna, además porque canta la estrofa que en aquellos años ninguno cantó: “Más fuerte que tu olvido, / el tiempo y la distancia, / se ensaña, tenaz con mi desolación, / el remordimiento de todo el pasado / ¡todo mi pasado trágico y burlón…”.

 

Y remata con una tristeza jubilosa: “Por eso cuando en sueños tu imagen se agiganta / y entonas sutil esa vieja canción, / yo vuelvo a ser entonces el de aquellos días, / radiante y feliz como un rayo de sol”. En esta parte, que no deja de entristecer, hay una suerte de retorno con luminosidades a un tiempo que ya no es, pero que la canción lo mantiene vivo en la ilusión.

 

Eva de los Ángeles, ni aquellas calles con plazoleta gris y los cafés con pianolas, jamás volverán. Solo ese tango inevitable hace que los relojes retrocedan y causen una dulce pena que puede llevar sin remedio a que brote un lagrimón, por lo demás, dulce también.

Pintura de Teresa Ahedo, 1987