Álbum tanguero para un escritor

(Entre Nada, Ninguna y La última se fue formando una crónica)

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Era la directora ejecutiva de una empresa de salud de Bogotá. Comenzó a escribirme porque le parecía que algunas de mis columnas de prensa tenían sabor y color local. Resultó que, después de variados intercambios epistolares, me dijo que le celebraría en su casa los cincuenta años al escritor William Ospina y el homenaje consistiría en un regalo de dos discos con una selección de tangos.

 

Se llamaba Victoria Eugenia Zuluaga, una señora antioqueña, culta y de buen trato. “Ve, a vos que te gusta el tango”, me dijo un día, “por qué no me ayudás a seleccionar unos para William (Ospina)”. Tenía la idea de los dos discos, con cancionero y diccionario de lunfardo incluidos. Yo le mandaba, a veces, escritos de tango, como un artículo de la uruguaya Rosalba Oxandabarat sobre los hinchas de Gardel y los antigardelianos. “Hola, mi Rei: qué tan posta el texto de la Rosalba, te cuento que uno de los tangos que más me gusta es La última. La letra es de Julio Camilloni y la música de Antonio Blanco, tango de 1957”, me contestó en un correo electrónico el 2 de febrero de 2004. Y se dejó venir con toda la letra: “No me importa tu pasado ni soy quién para juzgarte porque anduve a sopapos con la vida yo también”. Y así. Esa vez, aprovechando la ocasión, me dijo que ya tenía muy adelantada la selección para los “50 de William”.

 

Me anunció en la misiva virtual que incluiría los que, de Roberto Goyeneche, yo le había insinuado: Gricel, Naranjo en flor, Canción desesperada y Cada día te extraño más. Valga decir que en la escogencia también participaban el tiplista David Puerta y el poeta Darío Jaramillo Agudelo. A propósito de La última, le escribí una nota a la señora que, por lo demás, había tenido la idea original y la producción ejecutiva del homenaje tanguero al autor de Es tarde para el hombre.

 

El martes 3 de febrero de 2004, le envié este correo: “Mirá pebeta de mi cuadra que eso de la fiesta conmemorativa, con tangos y cancionero, sí que está bacana. Ve, tengo un hermano que una vez se fue a un bar de tango y pidió Uno, y, claro, le pusieron cualquiera. Y luego, un poco desconcertado, dijo que quería oír Nada, y el cantinero, tan literal, nada le puso. Entonces si no es Nada, Ninguna. Que tampoco sonó. Y ya, en medio de la verraquera, solicitó La última, y se le dejaron venir con otra vaina. Total, no pudo escuchar lo que quería”.

 

Después, en el mismo mensaje, le conté una breve historia: “En Bello, tierra de mis pasiones altas y bajas, hay o había un señor gustador de tangos. Y creía que cantaba. Se sabía, para la interpretación, La última. Tenía un barcito y una noche le dijimos que nos la cantara. Empezó y el tipo se veía mal. Hacía grandes esfuerzos en las subidas y se puso morado. Creímos que el infarto estaba cerca. Bueno, en medio de las risas, lo bautizamos El Morado. Y así se le conoce en Bello entre los amantes del gotán…”.

 

La correspondencia continuó, casi toda referida al tango, a sus armonías, composiciones, letras… El 18 de febrero de 2004, cuando ya se acercaba el cumpleaños de Ospina (nació el 2 de marzo de 1954), y los discos estaban en producción, recibí un correo de David Puerta: “Siempre soy más inteligente diez minutos o diez días después de lo necesario. Me quedé pensando que, para un literato como William Ospina, hubiera sido apropiado el disco con los cincuenta tangos que se mencionan de manera explícita e implícita en Aire de tango, de Mejía Vallejo. Ya no me atrevo a proponer el cambio porque mi prima Vicky, que ya tiene hasta el cancionero con el primer listado que hice, me convertiría en ‘amurado sexual…”.

 

El intercambio prosiguió, con referencia al tango, a novelas y cuentos en los que este género aparece, pasando por Cortázar, Benedetti, Borges, Onetti, en fin. Para Victoria Eugenia, Homero Expósito era autor de “los tangos más tristes del mundo —como Percal y Yuyo verde— (…) Ellos (los tangos) nos traen a la vez datos de nuestras propias zonas oscuras: las tristes, que se aceptan fácilmente, y las sensibleras, que casi nunca se aceptan para uno mismo. Pero ahí están. El que esté libre de pecado, que vaya a escuchar a Schönberg”.

 

A William Ospina, en sus cincuenta años, Victoria Eugenia, alias Vicky, le hizo una fiesta de no olvidar, con una asistencia de caricaturistas, pintores, escritores, músicos, poetas… No pude asistir y entonces hubo que contentarse con las fotos del festejo. El álbum de los “50 de William”, con 52 tangos, dos más de la cuenta, es una joya. Aparte de fotografías, cancionero y diccionario, la introducción, pensada por Vicky, tiene el siguiente título: “Entre e-milio y e-milio se fue formando el tango”, en la que incluye algunos correos de aquellos intercambios que siempre tenían, como trasfondo, la inevitable poesía del tango.

 

Entre los seleccionados, están La última grela, La última curda y, claro, La última: “Sos la última que llega a perfumar mi rincón / y esas gotas de rocío que no te dejan mirarme / me están diciendo a las claras que alcancé tu corazón”. Poco tiempo después, Victoria Eugenia Zuluaga se murió en Bogotá, quizá rememorando melancólicas melodías o imaginando saltos en una rayuela lejana, con cielos de un tango surreal.

 

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Palabras para un teatrero muerto

A Rodrigo Saldarriaga, In Memoriam

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Por Reinaldo Spitaletta

 

De pequeño, a Rodrigo Saldarriaga lo “prestaban” sus padres para que hiciera de niño Jesús en los pesebres de los vecinos. Parecía un vikingo extraviado en el trópico, rubio y ojiazul. De cuna conservadora, se convirtió en un líder revolucionario y en uno de los principales directores teatrales colombianos. Fundador hace 39 años de Pequeño Teatro de Medellín, el artista que estuvo a punto de un infarto mientras representaba a Heisenberg, en la obra Copenhague, de Michael Frayn, murió el domingo 22 de junio.

 

Saldarriaga, perteneciente a una familia confesional antioqueña, de aquellas de misa y comunión diarias, comenzó a conocer la realidad real cuando entró a estudiar Arquitectura en la Universidad Nacional. Era la convulsionada década de los sesentas, en la que, por primera vez, los jóvenes comenzaron a ser protagonistas de su historia. “Urgidos de vida y libertad”, como recordaría en su libro de memorias Tercer Timbre, esos días fueron el contacto con nuevos discursos, distintos a los que dominaban la cotidianidad de la muy goda Medellín.

 

Con sus amigos de universidad se iban al café Versalles y al Festín a hablar de todo, menos de arquitectura. Eran los días de la educación sentimental, con Bergman, Visconti, la Nueva Ola francesa, el Manifiesto Comunista y las historias de la revolución bolchevique. A veces se creían la reencarnación criolla de Daniel el Rojo, en pleno mayo del 68, cuando la imaginación se tomó las calles no solo de París sino del mundo.

 

Uno de sus “bautismos” revolucionarios los asumió cuando, en los bajos del consulado americano en la Avenida Primero de Mayo, en Medellín, junto a otros muchachos, coreaba “Ho-Ho-Ho Chi Minh-Yanquis go home, fuera de Vietnam”, mientras sostenían centenares de efigies del Che Guevara. Pero su bautismo teatral lo recibió de Jairo Aníbal Niño, sí, el de El Monte Calvo y el de Las bodas de lata o el baile del arzobispo. En 1968, Niño fundó la Brigada de Teatro, de la que el joven Saldarriaga hizo parte, entre otros con los montajes de La madre, de Gorki, y de La masacre de Santa Bárbara.

 

Este último montaje le costó que su familia lo pusiera en una situación límite: o abandonaba el teatro (que solo sirve para entretener negros, así le dijeron) o se iba de la casa. Prefirió lo último y se fue de arrimado a un inquilinato de universitarios en el barrio Sevilla, de Medellín, muy cerca de la Universidad de Antioquia.

 

En 1975 fundó, con otros compañeros, Pequeño Teatro, cuyo nombre fue un homenaje a Stanislavski, que tenía en el Teatro del Arte de Moscú un Pequeño Teatro (el drama) para diferenciarlo del Gran Teatro (la ópera). Y a partir de ahí sus montajes teatrales, en cuyo repertorio siempre estuvieron los clásicos, tenían la concepción de servir al pueblo. Sus obras de iniciación se presentaron en carpas huelguísticas, escenarios estudiantiles, pueblos y caseríos de Colombia. Después, los griegos y Shakespeare fueron parte sustancial de los montajes dirigidos por Saldarriaga.

 

El autor de Todo fue, Los chorros de Tapartó y El ejército de los guerreros, un amante de Piazzolla y de Roberto Goyeneche, dijo alguna vez que hubiera querido tener al cantor argentino en su elenco para representar al Rey Lear. Era un ser que rezumaba teatro día y noche, con sus cigarrillos y cervezas al clima. Decía que el mejor director de teatro era Giorgio Strehler, del Piccolo Teatro de Milán, al que una vez le vio en París la obra Arlequín, servidor de dos señores. “Se me reventaron las manos de aplaudir”, contó alguna vez.

 

Estudioso de Shakespeare, Brecht y otros dramaturgos, Saldarriaga montó con éxito taquillero la obra En la diestra de Dios Padre, de Tomás Carrasquilla, con dramaturgia de Enrique Buenaventura. Y se quedó pendiente el montaje de El jardín de los cerezos, de Chejov, otro autor de sus amores. Y, claro, como hubiera querido, y como utopía personal, se quedaron por montar todos los griegos, todos los latinos, la Comedia del Arte, todo Shakespeare, todo Brecht. Los que dirigió, más de sesenta montajes, los hizo con pasión y sapiencia.

 

Su libro de memorias, termina con un tremendo colofón: “Los nietos de mi nieto disfrutarán nuevamente con Esquilo, con Shakespeare, con Strindberg y con Brecht y el teatro volverá a ser el listón más alto del pensamiento como lo ha sido siempre. Habrán pasado los oscuros días de la ignorancia, de los pretenciosos necromantes de la “carne de perro” y de los desesperados desencantados del pensamiento. Y yo estaré ahí, porque al cerrar los ojos el mundo no desaparecerá”.

 

(Medellín, junio 23 de 2014)

 

 

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Rodrigo Saldarriaga Sanín (1950-2014)

Dos viejos en la oscuridad

(Crónica con guitarrista y violinista ciegos para recordar a Picasso y un tango)

 

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                                                                                       “Que me ha dejado acobardado como un pájaro sin luz”
                                                                                             Naranjo en flor

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Puede ser uno de los miedos más inveterados en el hombre: quedarse ciego. Los antiguos humanos es probable que temieran a la oscuridad (“La oscuridad que ven los ciegos”, según Shakespeare), una aprehensión que se desvaneció en la modernidad, en parte gracias a la luz eléctrica, como pudo pasar, por ejemplo, con el fantasma de sir Simon Canterville, de más de trescientos años, que no resistió la atrevida burla de dos muchachitos gringos que le hicieron “bullying” hasta aburrir al desasosegado espectro inglés.

 

La ceguera, tan literaria y homérica, es una limitación que en una obra como la de H.G. Wells, El país de los ciegos, es toda una cualidad, una facultad natural en un ámbito en el que el inválido sería el vidente, al que los ojos no le sirven para nada, porque ven. Estos preliminares tenebrosos me llevan a un tango y a una obra de Picasso. Podría conducirnos, por qué no, hacia narraciones de Saramago, o a poemas de John Milton. O a uno de Borges.

 

El caso es que Viejo ciego, con música de Sebastián Piana, Cátulo Castillo y letra de Homero Manzi, más que todo en la versión de Roberto Goyeneche, aparte de sus virtudes poético-musicales, es una obra maestra de la interpretación, en tiempos en que el Polaco ya había perdido buena parte de su poder vocal. “Con un lazarillo llegás por las noches / trayendo las quejas del viejo violín, / y en medio del humo parece un fantoche / tu rara silueta de flaco rocín”.

 

Como muchos otros, claro, es un tango con tristuras, con elementos de drama y que puede acercar al oyente al llanto. Es una pintura con pocas pinceladas, que son suficientes para crear un ambiente, un personaje, una situación en la que se puede ir del esplín a la pena. “Puntual parroquiano tan viejo y tan ciego, / al ir destrenzando tu eterna canción, / ponés en las almas recuerdos añejos / y un poco de pena mezclás al alcohol”.

 

Es posible ver al viejo ciego, su violín, sus tangos quejumbrosos e imaginar a los “bardos jubilados” que, cuando el músico sin luz deje “sus huesos debajo de un portal”, con una ‘canzonetta’ le harán el funeral. Qué acopio de melancolías. Imágenes con crespones de nocturnidad. Una invitación a la congoja, dulce y atroz a la vez. “A ver, viejo ciego, tocá un tango lerdo, muy lerdo y muy triste que quiero llorar”.

 

Y a todas estas, ¿dónde está Picasso? Tal vez, en la penumbra, escuchando ese tango argentino, o recordando una pintura de 1903, un óleo sobre lienzo que, (como la Lujanera de Borges: “verla, no daba sueño”) es un golpe visual al alma. Deja noqueado al observador. Se llama El viejo guitarrista ciego, uno de los cuadros más representativos del denominado Periodo Azul del maestro malagueño.

 

Picasso (y es probable que le ocurra a cualquier pintor) tenía un miedo enorme a perder la vista. Su padre, José Ruiz y Blasco, también pintor, se fue quedando sin visión. La etapa azul del artista que revolucionó la pintura del siglo XX se enfocó en cuadros sobre la bohemia, la calle, los mendigos, las prostitutas, la miseria humana. El viejo guitarrista, como el viejo violinista ciego del tango, tiene una presencia lánguida y sufriente. Es una figura que transmite dolores y desencantos.

 

Así, sentado, con sus piernas cruzadas, la guitarra parada, la cabeza inclinada a la derecha, en un ángulo cuasi acrobático de noventa grados, es el emblema de una desdicha sin nombre, de una miseria que duele. Y, aparte de todo, ciego y viejo, que ya es el súmmum de una tragedia, de la expresión máxima de la desventura. Sí, también es como “un flaco rocín”. Desvencijado.

 

¿A qué suena la guitarra de este viejo ciego? ¿Cuáles son los sonidos de su deplorable situación? ¿A quién le cantará con su voz débil, de hambre, de carencias? ¿Quién quiere escuchar la guitarra de este hombre desalado y sin fortuna? Pues me gustaría oírlo. Y pedirle que sus arpegios asciendan al cielo y convoquen pájaros para el recital. Tal vez su voz, gangosa, sin educación, sea una puerta que abra la imaginación a los que pasan junto a él, sobre la acera, en una ciudad innombrada.

 

Sí se le observa con cuidado, el viejo ciego parece tocar para él mismo. Su guitarra es la compañera, la musa, el hada madrina de la pobreza. Amante y razón de vivir. El viejo y su instrumento son una sola entidad. No podría existir el uno sin la otra. Sangra ella, sangra él. Canta ella, canta él. Un binomio de la soledad y la amargura.

 

Qué tal, por ejemplo, que los dos viejos ciegos, el del violín y el de la guitarra, se toparan. Se juntaran. El infortunio de no ver se podría disminuir con la solidaridad instrumental. El uno como lazarillo del otro, unidos en la música de la oscuridad, en una tiniebla sonora que todos los ciegos querrán ver y todo el mundo querrá escuchar. ¿Un ciego puede guiar a otro al abismo? Puede que en este caso no.

 

Ambos parroquianos, tan viejos y tan ciegos, se podrían ir cantando por las calles del adiós, como una manera de dar un poco de luz a las almas simples, que, de ese modo, podrán tener una dosis de emoción. ¿Quién querrá llorar con la música triste de estos dos viejos ciegos?

 

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Guitarrista ciego, Pablo Picasso.

La Boa que yo conocí

(Un bar de bohemias ochenteras y un tanguero señor de la noche)

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Iván Zuluaga, dueño de la vieja Boa

 

Por Reinaldo Spitaletta

A principios de la década del ochenta, cuando frecuentaba más que todo La Arteria, un bar de la avenida La Playa de Medellín, conocí La Boa, de Iván Zuluaga, en la calle Maracaibo, entre El Palo y Girardot. Había en la pared una foto-afiche de una mujer añosa tocada con un pañuelo rojo, medio sonriente ella y creo tener la imagen de que le faltaban dientes. En una mesa estaba el poeta Alberto Escobar, el de Los sinónimos de la angustia, con otros contertulios, entre ellos Aldemar Betancur, jefe de relaciones públicas del Colombo Americano.

 

Yo era un reportero incipiente, que además escribía crónicas urbanas en un suplemento literario. Me parece que fui a dar a aquel lugar, no de noche, sino al atardecer, porque debía hablar con Betancur no sé sobre qué tema cultural del Colombo. Y esa, La Boa, era parte de su oficina. El dueño era un señor narigón, a veces seriote, pero, en otras, según las circunstancias, simpático. Lo primero que me dijo, tras saludar y presentarnos, fue que en aquel bar el escritor Manuel Mejía Vallejo, años atrás, había escrito parte de su novela Aire de tango.

 

No recuerdo qué era lo que Aldemar, un tipo de voz abaritonada, que escribía poemas y leía entonces libros de Cesare Pavese, como el de Lavorare Stanca (Aldemar lo pronunció en italiano) quería promover. No sé quién recitó entonces unos pocos versos de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos / esta muerte que nos acompaña / desde el alba a la noche, insomne, /sorda, como un viejo remordimiento / o un absurdo defecto…”.

 

En todo caso, días después, Aldemar me regaló un libro de Pavese, La playa, y tengo un confuso recuerdo en el aquel me está hablando de gaviotas ciegas. El asunto es que me comenzó a gustar La Boa, porque sentía un aire distinto, una especie de hermandad, conectada con las palabras y, como lo supe después, con el tango. Seguí yendo, a veces solo a tomar café en la tarde. Y de a poco su dueño y yo nos bordamos una amistad en la que, de por medio, estaba la voz de Roberto Goyeneche. Con Gabriel Restrepo, un escultor con el que solíamos practicar la bohemia en distintos bares de Medellín, nos volvimos asiduos de La Boa. Yo le llevaba, a veces, casetes con grabaciones del Polaco. En muchas ocasiones, encontré a Iván, la cabeza contra el mostrador, escuchando en un acto reverencial Naranjo en flor, La última curda o Niebla del Riachuelo. Creo que lloraba.

 

Por esos días, el mostrador estaba junto a la única ventana, que daba a la calle, y que era parte del bar. Después, Iván lo trasladó a la parte de atrás, cerca del único orinal, cubierto por una celosía de colgaduras cafés y negras. A veces, Gabriel y yo, junto con otros “patos” del Centro, íbamos primero a La Arteria, de Guillermo Suárez, y más tarde visitábamos La Boa, en la que muchas veces encontrábamos ebrio o a punto de una magnífica borrachera a su dueño, que era por lo demás un conversador agradable.

 

No sé cuándo, en una noche aguardentera, me habló de que, cuando estuvo de aventura en el Bajo Cauca, había fundado un pueblo, un caserío, y ponía voz de importancia y no sé si evocaba a viejos colonos de Antioquia o a antiguos conquistadores. “Lo bauticé Muribá”, me dijo y agregó que teníamos que ir por allá, donde además había dejado amores. Era, según sus coordenadas, cerca de Puerto Bélgica. Nunca fuimos.

 

Las noches de la Boa estaban atiborradas de Goyeneche y conversación. El paisaje de sus mesas, con sillas rústicas de madera gruesa, albergaba poetas y vagabundos. Que, en esencia, puede ser lo mismo. Iban escritores y tipos que posaban de saberlo todo. Sin embargo, que me haya tocado, nunca hubo un malentendido que hubiera terminado a puñetazos. Porque creo que a taburetazos, por lo pesado de ellos, era un imposible. Ah, claro, también iba uno que otro plomo. O tipo “pesado”. Gajes de bar. Y de la bohemia.

 

No era un bar de atracciones locativas. Paredes con uno que otro cuadro (por aquellos días no estaban ni Gardel ni Goyeneche; después, aparecieron en su decoración), y a veces algunos artistas colgaban allí muestras. Cuando yo iba solo, me sentaba al mostrador a conversar con Iván, y ahí iba armándose un círculo en torno a literaturas y la ciudad. Pasaba como en La Arteria: los circunstantes eran su mejor adorno, porque había palabras de un lado a otro. Y de vez en cuando, alguien tocaba la guitarra.

 

En aquellos ochentas, en que todavía no se había instaurado a fondo el terror mafioso en la ciudad, La Boa era una sede de poetas, de algunos nadaístas extemporáneos, de conversadores profesionales y por allí, claro, pasaba a cantarnos sus Spirituals el Negro Billy. Aldemar Betancur, que tuvo fama de tacañerías para el licor, a veces leía en su mesa poemas suyos o a recordar los tiempos en que iba a Lovaina, ya en decadencia, a buscar muchachas para que le oyeran su parla de voz de locutor.

 

Iván, en todo caso, era el alma de La Boa, con sus tangos e historias de desamores familiares y noviecitas adolescentes. Una de ellas, según nos contó cuando ya el hombre no podía con el alcohol ni con la vida, lo había “tumbado” no recuerdo ya en qué pueblo, dónde él le puso un almacén. Al final de sus días, dormía en el café, en el que armaba un cambuche junto al orinal.

 

En otras jornadas, iban ajedrecistas, como Fernando López, con el que, en ocasiones, a medianoche, él en la esquina de Girardot y yo enfrente de La Boa, nos desafiábamos: cada uno cantaba (gritaba) un tango, en turnos ininterrumpidos. Casi siempre, terminábamos a dúo con el vals Bajo un cielo de estrellas. Iván solo se reía, pensando quizá que estaba en presencia de dos orates.

 

Durante espaciados meses y años, me alejé de La Boa, pero cuando aparecía, Iván siempre tenía listo un abrazo y un trago de bienvenida. Y, por supuesto, los tangos de Goyeneche. A veces recordábamos los días de antes y su voz se entrecortaba con sollozos. Iván había envejecido, como la calle Maracaibo, como todos los que por allí fuimos asiduos. Y llegó la muerte y tuvo sus ojos, los ojos tristes del dueño de La Boa. Murió en septiembre de 2011.

 

Después (“¿qué importa del después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado…”) poco volví a La Boa. Supe que la ventanita de arrabal ya no está. Y que son otros los circunstantes. Pero la voz de un poeta vuelve siempre, abriendo memorias: “Oh querida esperanza, / también ese día sabremos nosotros / que eres la vida y eres la nada”

 

En diciembre de 2014, ya La Boa tenía otros dueños. Aquí, en la ventanita, con varios contertulios.

Un virtuoso llamado Raúl Garello

(Bandoneonista, director de orquesta, compositor y figura del tango)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Raúl Garello (Chacabuco 1936-Buenos Aires 2016), bandoneonista, compositor, arreglista (arreglador, dicen los argentinos) y director, era un músico post-Piazzolla, que logró un estilo propio y penetró en los misterios del tango, en la noche duende porteña, en todas las armonías y que, como Troilo, su principal maestro, “caminó derecho por atriles torcidos”.

 

El compositor de Margarita de agosto es, como lo han dicho analistas del género, una consecuencia de las aperturas de vanguardia que creó Astor Piazzolla después de los años cincuenta, pero sin sonar como él. En sus búsquedas, tras estudiar contrapunto, armonía y fuga en su adolescencia, se vinculó a la orquesta de la Radio Belgrano, en Buenos Aires, donde conoció a otro de los más grandes bandoneonistas y músicos del tango: Leopoldo Federico.

 

Precisamente, reemplazó a Federico en el cuarteto de Roberto Firpo (hijo), en 1954. Era un comienzo con brillos y otras sonoridades. El muchacho ingresaría después, con su bandoneón y su talento, en las formaciones de los cantores Carlos Dante, Alberto Morán y en la orquesta de Horacio Salgán, el director y compositor que también murió en 2016, a los cien años de edad. Todavía le faltaba un escalón para ascender a nuevos mundos del tango: la orquesta de Aníbal Troilo, a la que ingresó en 1963 y estuvo hasta la muerte de Pichuco, en 1975.

 

“Yo soy hijo de Troilo. Recibí la influencia de Salgán, Astor Piazzolla, Alfredo Gobbi, Osvaldo Pugliese… El tango es algo enorme. Claro que hay extravagancias y fantasías, pero el tango tiene mucho fondo”, me dijo en una entrevista realizada en noviembre de 1997, en Medellín, cuando, con la Orquesta  del Tango de la Ciudad de Buenos Aires, que él codirigía con el pianista Carlitos García, estuvo en esta ciudad en presentaciones en el teatro Pablo Tobón Uribe.

 

En la orquesta de Troilo, además de bandoneonista, fungió como orquestador, cargo en el que se destacó. Tanto que también realizaba arreglos para las agrupaciones de Leopoldo Federico, Baffa-Berlingieri y Enrique Mario Francini. Entre sus primeras instrumentaciones estuvieron, en 1966, las de las piezas La Guiñada, de Agustín Bardi y Los mareados, de Juan Carlos Cobián.

 

“El tango es esencialmente europeo. En el Río de la Plata se hace híbrido y el criollo le agrega la gracia americana. Pero está todo el Mediterráneo en el tango. Por eso seduce a los músicos de todo el mundo”, dijo aquella vez el compositor de Che Buenos Aires y Muñeca de marzo. Desde 1965, con el rol de director, grabó discos con solistas de exquisita calidad interpretativa, como Roberto Goyeneche, Rubén Juárez, Edmundo Rivero, Roberto Rufino y Floreal Ruiz, entre otros. En los vinilos del sello Víctor, figura la que él dirigía como la Orquesta Típica Porteña.

 

Tal vez la mejor interpretación que se hizo sobre una composición de Raúl Garello haya sido Buenos Aires conoce, con letra de su hermano Rubén, en la voz del Polaco Goyeneche: “Buenos Aires conoce mi aturdida Ginebra / el silbido más mío, mi gastado camino… / Buenos Aires recuerda mi ventana despierta / mis bolsillos vacíos, mi esperanza de a pie”.

 

Garello, que en 1974 creó un sexteto para presentaciones en El viejo almacén, de propiedad del cantor Rivero, sostenía que en el tango siempre hubo compositores, autores y músicos progresistas. Así, por ejemplo, en la década del veinte estuvo Eduardo Arolas, y después Julio de Caro, y más tarde Pichuco, al que “a veces, en Ronda de Ases (espacio multitudinario de Radio El Mundo) le decían: ‘largá la ópera’. Y qué no le dirían a De Caro. Lo interesante de todo esto es la posibilidad de otro tango”.

 

El Raúl Garello compositor, además de sus actuaciones como director, comenzó a brillar a partir de 1977 con la grabación de cuatro discos, con su orquesta ampliada a veintisiete músicos, en los que incluyó temas como Aves del mismo plumaje, Pasajeros del tiempo y Verdenuevo. Hay que destacar que, también se alió con letristas para la composición de obras cantábiles, entre las que están Dice una guitarra, con una impecable interpretación de Goyeneche con la orquesta de Atilio Stampone; Llevo tu misterio, grabada por Roberto Rufino; Hace doscientos tangos, con letra del uruguayo Federico Silva, y Tiempo de tranvías, con la autoría de Héctor Negro.

 

En 1980, junto con el mencionado García, se convierte en director fundador de la Orquesta del Tango de Buenos Aires, con la que se presentó en el Teatro Colón de Buenos Aires y realizó numerosas giras. A fines de los ochentas, con Horacio Ferrer, escribe todos los temas del álbum Viva el tango. Con el mismo Ferrer grabó en 1992 un disco de homenaje al director de cine Woody Allen, en la voz de Gustavo Nocetti, con tangos como El último bailongo, El Rey y el que le dio nombre al álbum: “Woody Allen, tengo ganas de abrazarte / contemplando que el final del siglo veinte / es un show de funerarias: / Chernobyl, El Golfo, El Sida. / Y, al fin, si es inmoral seguir con vida, /
vení, que aquí están Groucho y Pepe Arias / y nos vamos a morir, pero de risa, / para dentro de dos siglos despertar
”.
 

Garello fue convocado en 1992 por la Orquesta Nacional del Capitolio de Toulouse, Francia, dirigida por Michel Plasson, para escribir y grabar quince orquestaciones sobre obras de Carlos Gardel, como Mi Buenos Aires querido, AmarguraArrabal amargo y Volvió una noche. En 2003 compuso unas de sus piezas cumbre: Arlequín porteño, en tres movimientos: Pantomima (tango); Tema de arlequín (cadencia y vals); Adioses (tango).

 

Al hablar sobre los avatares del tango, sus aristas y esencias, Garello siempre estuvo atento a las complejidades del género, a sus cambios y permanencias. “Piazzolla abrió un camino muy importante. Antes, las orquestas sinfónicas tenían vedado el tango. Pero después de Salgán y Piazzolla, ya no… Las sinfónicas de Lieja, París, muchas orquestas, abrieron las puertas a Piazzolla, debido al tango, porque a Astor nunca se le cayó de la falda el bandoneón, y es más tanguero de lo que muchos creen”.

 

Entre sus cantantes predilectos estuvieron el Polaco Goyeneche, con quien grabó ciento veinte registros; Rubén Juárez, con cien registros y Floreal Ruiz, con veinte. Y para él, un músico de tanta calidad, el tango siempre fue un fenómeno inmenso. “Aunque no se escribiera más tango, hay para llenar el mundo de tango”, me dijo entonces.

 

Raúl Garello, virtuoso del bandoneón, se murió el 26 de septiembre de 2016, en Buenos Aires, ciudad que todavía lo llora y extraña.

 

 

 

 

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Raúl Garello, director, compositor y virtuoso del bandoneón.

Tango con fantasma y oscuridad

 

(La agridulce tristeza de La noche que te fuiste)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando Eva de los Ángeles, una adolescente de cara pálida, pelinegra y cuerpo de bailarina del paraíso, se marchó del barrio, a mí el mundo se me transformó en tinieblas. Y no solo se fue de aquella calle en diagonal, que desembocaba a una plazoleta de asfalto a medio pegar, en una barriada que tenía en cada esquina un café de tangos, sino del país. Nunca más la volví a ver y en aquellos días en que su ausencia me pesaba en el pecho y en lugares inexplorados más allá de la anatomía, una o dos baladas de Leonardo Favio me alteraron los lagrimales.

 

Bello era entonces una acumulación de cantinas en las que obreros y comerciantes, además de vagos y camajanes, se dedicaban a gastar mesas metálicas y taburetes de tijera, también de metal, y a echarles monedas a las gramolas iluminadas para sonsacar músicas de desesperanzas y amores desmoronados. En uno de esos aparatos, creo, fue donde primero escuché, tiempo después de que la muchacha ya era un recuerdo, un tango de desilusión que comenzaba (y sigue comenzando, claro) así: “A veces, cuando en sueños tu imagen aparece, radiante y fugaz como un rayo de sol…”, que al principio no le presté nada de sesera ni de entendimientos, pero me quedó sonando con palpitaciones.

 

La pieza, que seguro antes había oído sin que nada me transmitiera, tal vez porque no había sufrido una desgarradura sentimental, tenía en todo caso —así la sentía— un amargura permanente, una desazón que subía a los labios a modo de acíbar. “Siento que tus manos entibian las mías trémulas y frías… ¡y hablas de tu amor!”, y la cara bella y de palideces pronunciadas de Eva tornaba a la memoria para desbalancearme los sentimientos. “Entonces lentamente mi espíritu adormeces, arrullo sutil de una vieja canción”. No sé si fue por aquel tiempo cuando escuché en la radio una composición que la cantaba un baladista de moda: “Este día sin sol es todo mío, golpea en mi ventana tanto frío… una vieja canción en mi guitarra”, y aunque en rigor nada tenía que ver con el tango de esquina nocturna, también me evocó los días en que desde el frente de la casa de la ida, yo me quedaba alelado con ella en el balcón.

 

No sé cuánto tiempo se quedó dentro de mis padeceres la no-presencia de aquella muchacha a la que un día le mandé dos proletarias flores de sanjoaquín y unas rosas amarillas que crecían en el solar de mi casa, acompañadas con una barrita de chocolate dulce. Las llevó una chica que, ahora que lo analizo, tenía celos del presente enamoradizo. A lo mejor pensó por qué no eran esas declaraciones indirectas de amor para ella. Se le notaba cierta desidia para llevarlas, pero solo lo hizo porque le di un beso en la mejilla y otra chocolatina.

 

Después, Eva de los Ángeles desde su balcón de enrejado oscuro, me parlaba sobre sus tareas de colegio y acerca de las canciones que más le gustaban, todas de la denominada Nueva Ola y del Club del Clan. Y más que sus gustos juveniles, lo que más me interesaba era estar junto a ella, sentir su perfume nuevo de piel de lozanías y quedarme callado, solo viéndola con sus facciones pulidas, la sutilidad en las manos que no sé por qué me daban la impresión de ser de pianista. No duraron nuestros días lo suficiente para un enamoramiento de prolongaciones, pero sí para que su ida me dejara un vacío, tal vez el primero de aquellos días en los que todavía los dolores de amor no eran una desventura con cataclismo existencial.

 

El tango con el oscuro título de La noche que te fuiste se me fue entrando, casi sin darme cuenta, como una inoculación de microorganismos, y entonces, en un momento que ya no sé cuál fue, la voz del cantor con sus melancólicas frases me hizo ver de nuevo a Eva de los Ángeles, en la distancia, pero tan cerca que ya no era posible no experimentar un desgarramiento. Después supe que la música era de Osmar Maderna y la letra de José María Contursi, y sin duda la primera versión que escuché en desaparecidos cafetines de mi barriada, y de otras vecinas, era la de Floreal Ruiz con la orquesta de Aníbal Troilo.

 

“La noche que te fuiste (más triste que ninguna) palideció la luna y se tornó más gris la soledad…”, en esos versos ya había una declaración dolorosa, una imagen de desdichado vacío… “La lluvia castigando mi angustia en el cristal y el viento murmurando: ya no vendrá jamás”. Lo que sigue es para ocasionar una depresión de profundidades a lo Edgar Allan Poe: “La noche que te fuiste nevó sobre mi hastío, y un hálito de frío las cosas envolvió… Mis sueños y mi juventud cayeron muertos con tu adiós”. Un tramo irresistible. Un momento cumbre para agudizar la desolación. “La noche que te fuiste se fue mi corazón…”.

 

Sí, ese tango, con fantasmas y oscuridades, me persiguió por las calles, los bares, las encrucijadas, y entonces la imagen de la muchacha ida reaparece cada vez que el disco gira con sus vibraciones de misterio. Tiempo después, cuando ya el Polaco Goyeneche era mi intérprete de tango predilecto, su versión de La noche que te fuiste me causó (me sigue causando) una demolición interna, además porque canta la estrofa que en aquellos años ninguno cantó: “Más fuerte que tu olvido, / el tiempo y la distancia, / se ensaña, tenaz con mi desolación, / el remordimiento de todo el pasado / ¡todo mi pasado trágico y burlón…”.

 

Y remata con una tristeza jubilosa: “Por eso cuando en sueños tu imagen se agiganta / y entonas sutil esa vieja canción, / yo vuelvo a ser entonces el de aquellos días, / radiante y feliz como un rayo de sol”. En esta parte, que no deja de entristecer, hay una suerte de retorno con luminosidades a un tiempo que ya no es, pero que la canción lo mantiene vivo en la ilusión.

 

Eva de los Ángeles, ni aquellas calles con plazoleta gris y los cafés con pianolas, jamás volverán. Solo ese tango inevitable hace que los relojes retrocedan y causen una dulce pena que puede llevar sin remedio a que brote un lagrimón, por lo demás, dulce también.

Pintura de Teresa Ahedo, 1987

El rastro de la sangre sobre los libros

(A propósito de la mudanza de la librería Palinuro, que se va del Centro de Medellín)*

Por Reinaldo Spitaletta

 

Donde hoy está la librería hace algún tiempo hubo una taberna. Y en ella, una noche, en charla con algunos músicos de Bellas Artes y de la Filarmónica de Medellín, mientras le solicitaba al tabernero que si podía cambiar la monótona trova cubana por Balada para un loco, interpretada por el Polaco Goyeneche, sentí que el pantalón se me humedecía, y, qué vaina, no es que hubiera bebido tanto como para tal incidente, ni que padeciera de incontinencia. Pero no había duda: del mezzanine caía un líquido que solo me mojaba a mí. En mi mesa había seis personas, y solo yo era el damnificado con la sangre que chorreaba, sí, ¡sangre!, tan escandalosa como siempre.

 

Subimos las escalas de madera y cuando pensamos que mínimo nos encontraríamos con alguien con las tripas afuera, nada. No había nadie. Ni tampoco señales del inexplicable líquido que me había estropeado el pantalón y también la noche.

 

Mucho tiempo después, justo debajo de donde estaba aquella vez, le conté la anécdota a Luis Alberto Arango, alias el Maraquero y “extabernícola” (también tuvo una taberna), de la librería Palinuro. Abrió los ojos como si delante de él tuviera la trompeta de Armstrong o de Gillespie y advirtió con seriedad que haría rodar esa historia. Entre tanto, me mostró el Palinuro de México, autografiado por su autor Fernando del Paso y anotó en una libreta algunos títulos que yo iba a buscar, puso en una grabadora el casete en homenaje a Juan Rulfo realizado por Del Paso en Radio Francia Internacional a la muerte del autor de Pedro Páramo, y nos emocionamos casi hasta las lágrimas con esa evocación de la década del ochenta al sabor de un café.

 

Todos, creo, hemos tenido una cierta relación de misterio con los libros. Cuando éramos adolescentes y todavía jugábamos al fútbol y a la guerra libertada en las calles de El Congolo, en Bello, Chucho Hernández, integrante de la barra más célebre que hubo por aquellos lugares, me regaló Moulin Rouge, de Pierre La Mure, que su papá ya no quería tener más en casa o no sé qué. Lo leí en dos noches y me impresionó la vida trágica y cabaretera de Henri Toulouse-Lautrec. Quizá diez años más tarde, ese mismo libro, que yo le había prestado al escultor Gabriel Restrepo, pasó a las manos de otro escultor, Rodrigo Arenas Betancur, que jamás lo devolvió. Uno se apega a determinadas cosas y confieso que sentí una suerte de vacío existencial por no poder recuperarlo, porque, además, lo tenía subrayado y era parte de un tiempo feliz. Después, lo hallé en otra edición en la biblioteca del Sindicato de Trabajadores de Vicuña, y quizá viendo que nadie lo había prestado nunca, y que yo estaba muy interesado en él, un directivo obrero me lo regaló. “Quédese con ese libro que aquí nadie lo necesita”, me dijo. Y como coincidencia histórica el señor también se llamaba Chucho Hernández.

 

Bueno, volvamos al cuento. A Palinuro llegué buscando, entre otros, Lujuria de vivir, de Irving Stone, que también lo han traducido como Anhelo de vivir. Establezcamos que es un libro más bien de circulación restringida. Trata, como es fama, de la vida de Vincent Van Gogh. Se lo había prestado cuatro meses atrás a Richard Spitaletta, que, en una noche de carnaval, lo olvidó en un taxi. Ojalá, en todo caso, el taxista o quien lo haya encontrado lo hubiese leído. “A lo mejor sí —me dijo Luis Alberto— porque el título de lujuria atrae… tal vez pensarían que era otra cosa”. Ese es uno de los que él anotó. En esas pláticas estábamos cuando recordé otro episodio. En una época, aquí era bastante escaso el libro Antimemorias, de Malraux, y el Restrepo de marras, que lo había leído hacía mil años, siempre nos hablaba de él, lo comentaba con placer y nos entusiasmaba para leerlo. Un día, tras ruegos numerosos, me lo prestó. Por esos días, yo tenía un cachorro french puddle, llamado Dino, loquísimo y correlón. Empecé a leer al mítico Malraux, al testigo de la gran marcha, al estalinista, al novelista y mitómano, al polifacético André, en fin, y cuando me asaltó el sueño lo puse en el nochero, junto a otros libros. Al día siguiente, cuando volví a casa, Dino se había tragado casi todas las Antimemorias, qué horror, y ahora qué iba a pasar, por qué dañó ese y no otro que fuera mío, dónde conseguiría otro ejemplar. Y, en efecto, no lo pude encontrar. Entonces le devolví los restos a su dueño. Quizá el perro había vengado la desaparición del Moulin Rouge.

 

Y hay que decir que estos recuerdos llegaron porque ahí, en Palinuro, estaban las Antimemorias, para mí ya olvidadas. Qué curioso. Iba a buscar en todo caso Germinal, de Zola, para recordar de nuevo, más que a los mineros y sus luchas, la figura de Van Gogh en sus tiempos de predicador. “Lo vendí hace poco”, dijo el librero. “Ve, ¿y tenés a Ricardo III?”, nada. “¿Y la India secreta, de un periodista inglés, Paul Brunton?”, tampoco. Y entonces fue cuando nos pusimos a hablar de ciertos libros que ya no circulan en las librerías, ah, sí, digamos, para ser precisos, en las de Medellín. Y mencionamos, por ejemplo, a Roberto Arlt, algunos títulos de Dickens, no se consigue ninguna obra de Teodoro Adorno, ni La muerte de Virgilio, de Broch, y así. Sin embargo, me enteré de paso, que allí acababan de vender un ejemplar de la vida de Pepe Sierra, que es más escaso que los arriba mencionados.

 

A la taberna volví meses después del incidente sangriento y tenía, además de las trilladas canciones de Pablo y Silvio, una buena representación de Goyeneche y Piazzolla, y algo de jazz. Y, valga decirlo, era otra la administración. Sin embargo, esa noche llegaron unos tipos que tiraron voladores a la entrada y después, en medio de su polvorienta rumba, esgrimieron pistolas, pero no dispararon. Menos mal. Y ya nunca más volví a ese lugar, hasta cuando me enteré de que el bar se había transmutado en una librería de “libros leídos”, que, en sí mismo, ya es un hecho increíble y tal vez solo posible en una ciudad de miedos y misterios como Medellín. No sobra recordar que el día de mi visita, el librero me puso, además, en la voz de Juan Rulfo, el cuento Diles que no me maten.

 

*(Noviembre 9 de 2003-Publicada en mi libro Historias inesperadas, 2015 Editorial UPB)

 

Interior de la Librería Palinuro, en Córdoba con Perú (Foto revista Soho, tomada de internet)

Tinta roja en el gris del ayer…

(De cómo un tango nos hizo amar paredones y callecitas desmirriadas)

Por Reinaldo Spitaletta

El barrio tenía calles sin asfalto, casas hasta de dos pisos, había en la mitad de alguna cuadra, solares emparedados con ladrillos a la vista y era posible entonces toparse con una construcción abandonada, quizá porque el dueño se había quedado sin fondos, o quién sabe. Las casas semiempezadas daban grima y se prestaba para la murmuración. Un rito de casi todos los días, era el fútbol de la muchachada en una calle, o en varias a la vez. Algarabía de la vida recién iniciada.

En las esquinas, también casi en todas, había bares con traganíquel, mesitas de metal y sillas de tijera. Y de aquellos aparatos de fosforescencias y teclados, surgían canciones diversas, pero la mayoría de los sonidos pertenecían al tango. Los escuchaban obreros y vagos, que en ocasiones eran convidados por los que sí trabajaban. Junto a las puertas del bar permanecían dos o tres bicicletas, a la espera de que sus dueños terminaran la diversión. Ellas los sabían llevar incluso con ebriedades y vacilaciones de los que pedaleaban.

De la miscelánea musical que emanaba de las luminosas pianolas, un día, no sé por qué, un tango me llamó la atención. Creo que yo estaba a la espera, recostado contra una pared y ningunos de los de la gallada aparecía. Y la voz, honda y varonil, decía: “paredón, tinta roja en el gris del ayer / emoción de ladrillo feliz / sobre mi callejón / con un borrón / pintó la esquina…”. Había conexión interior con algunos de esos enunciados, sobre todo desde el inicio, porque, claro, yo era una parte de aquella pared sin revoque que, como otras del barrio, a veces algún canalla, con trazos al carbón de leña, con tiza, con crayola, escribía en ella alguna declaración amatoria, una frase de ingenio o un hijueputazo con muchas ganas.

El tango proseguía y en mi expectativa escuchaba la voz: “y el botón que, en lo ancho de la noche, / puso el filo de la ronda como un broche”…, pero no me decía mucho aquello, que tampoco era música de mi gusto, ni sus palabras eran atractivas para mis quince años, cuando lo que más me interesaba era poder conseguir-conquistar una muchacha para visitar los fines de semana, en la ventana o la puerta de su casa, y jugar al fútbol y a la guerra libertada y a todos los juegos que la imaginativa calle albergaba y creaba.

De pronto, el cuento del “botón” me quedó sonando, sobre todo porque creía que, en efecto, era uno de esos mismos que en los avisos de algunas casas advertían: “se forran botones”. El tango, que con el tiempo supe que se llamaba Tinta roja, continuaba regándose por la acera y me llegaban sus armonías inesperadas, porque, desde luego, a esa edad qué me podía decir una canción como esa: “Y aquel buzón carmín. Y aquel fondín / donde lloraba el tano / su rubio amor lejano / que mojaba con bon vin”.

Para ser sincero, lo de “buzón carmín” no me transmitía nada, y menos aún lo de fondín, que no sabía si se refería al fondo, o a una pequeña fonda, aunque con esta palabra estaba más familiarizado, porque mi abuelo, en unas de sus tenidas en su finca, nos contaba historias que sucedían en fondas de caminos. Me sonaba bien lo de bon vin, que durante no sé cuántos años creí, sin que fuera tampoco una obsesión, que se trataba de un sombrero, un bombín.

La cosa de pronto me iba poniendo en alerta, cuando el que cantaba se preguntaba con un acento doloroso: “¿Dónde estará mi arrabal? / ¿Quién se robó mi niñez? / ¿En qué rincón, luna mía, / volcás como entonces, / tu clara alegría?”, y ahí el tango canción, que me parecía subía en interés y sonoridades, alcanzaba otros vuelos: “veredas que yo pisé, / malevos que ya no son, / bajo tu cielo de raso / trasnocha un pedazo / de mi corazón”.

Ese tango sonaba casi siempre los sábados y no sé quién o quiénes eran los que insistían con sus monedas para tenerlo presente. No es que yo estuviera atado a esa esquina del bar Florida, que así se llamaba, con letras oscuras en un aviso de lata, ya desteñido, pero cada que me detenía en su acera, la Tinta roja me pintaba la piel y los sentimientos, sin que yo entendiera a profundidad su mensaje, porque, por ejemplo, lo de “vereda” para mí fue lo que es para casi todos los de por aquí: un lugar en el monte, una ruralidad, como aquella donde vivía mi abuelo. Y no (como lo aprendí después) una acera, como aquella en la que yo me paraba o me recostaba a la pared a escuchar sin querer canciones de viejos.

Lo de malevos sí me llamaba la atención, y mucho, porque por aquellos lares abundaban. Estaban, por ejemplo, Atehortúa; Jaime el bailarín; Pedro Gafas; Márquez el cuchillero; El tuerto Céspedes; Julio Quincas; que dejaron leyenda en sus sectores y en otros donde iban a imponer sus malevadas, o a buscar camorra, o a decir que habían aprendido nuevas paradas con el puñal. Lo que pasaba era que todavía lo que decía el verso no se había cumplido por allí: “malevos que ya no son”. Todavía eran.

No sé cuánto tiempo transcurrió. El barrio aquel, en el que había casas con puertas de colores fuertes, quedó atrás. Las voces, las esquinas, los entejados, todo se diluyó en el pasado, porque pasé a otros barrios, muy lejos del de la Tinta roja: “borbotón de mi sangre infeliz”. Pero, con el deshojarse de los calendarios, los tangos me abordaron, se metieron por la piel, por la razón y la emoción. Invasión de poesía y música. Y entonces ya sabía que aquel de la esquina gris del ayer, era una letra de Cátulo Castillo y una música de Sebastián Piana, y supe, de pronto, que lo había escuchado hacía años por Troilo y Fiorentino.

Después, advino Goyeneche y me partió la sensibilidad, me volvió trizas con su fraseo y ya yo sabía (además lo había saboreado) que “bon vin” era un buen vino, y que los tanos eran los napolitanos que habían llegado a Buenos Aires, aunque por extensión se les decía así a los inmigrantes italianos, los mismos que entristecieron el gotán y lloraban evocando sus rubios amores lontanos y las canzonetas.

El tiempo, tremenda variable física y metafísica, me puso a sentir más aquello de “quién se robó mi niñez”, como si en algún momento uno estuviera tras el tiempo perdido, que muchos tangos son medio proustianos, ¿o no? Y no sé por qué, a veces, sin proponérmelo, me parecía que esta declaración se parecía a un verso de Recital a la infancia, de Horacio Guarany, cuando dice: “¿quién se llevó mi niño de las manos”. Y así, Tinta roja, con sus malvones y balcones, se ganó un lugar en la educación sentimental, que tuvo su cordón umbilical en el barrio.

Ya era entendible lo del “botón” (que si hubiera dicho de una vez “tombo”, que era lo que se estilaba en las barriadas nuestras para referirnos al policía y que es, como se sabe, botón al vesre), los sentidos se hubieran despertado en aquella ancha noche de la adolescencia, o de la infancia robada. Y de ese modo, fuimos pintando el recuerdo: “yo no sé si fue el negro de mis penas / o fue el rojo de tus venas mi sangría…”.

Y los versos de Cátulo nos asediaron en la edad en que ya se tienen recordaciones y alguna tristeza por lo que no está. Así que “malevos que ya no son” me golpeó años después, cuando, en efecto, habían desaparecido aquellos puñaleros, fumadores de Lucky Strike y marihuana, que lloraban con las “melodías” (ellos denominaban así el tango) de los Seeburg y los Wurlitzer de cafetines esquineros.

Por eso, y por mucho más, cuando uno escucha aquello de “¿dónde estará mi arrabal, quién se robó mi niñez?”, puede que haya un lagrimón furtivo rodando por el abismo de la memoria, y callejones y paredones nos empiezan a narrar de los días en que uno, sin saberlo, estaba bebiendo un imaginario bon vin por un amor lejano que todavía no había llegado.

 

Adiós con ebriedades para Gabriel

Por Reinaldo Spitaletta

La vida es una herida absurda, sí, hermano, que vos, con tu barba de profeta extemporáneo, con tus manos de escultor capaces de transformaciones de yeso en bronce, vos, metamorfoseado con el fraseo sin par de Goyeneche, tristón en una silla de soledades, cantando, susurrando, diciéndote para vos, muy hacia adentro, no sé hasta qué abismos de tu alma de tango, “garúa, solo y triste en esta noche, va mi corazón transido…”, y así sucedió una noche, en un café de arrabal, vos, en un Cuartito azul, te sometías a la audiencia de beodos, con tu voz maleducada, pero con un sentimiento de última canción de recital, te ibas entreverado por los versos de Cadícamo “¡qué noche llena de hastío y de frío!”, pero no había ni lo uno ni lo otro, estábamos en un ámbito de embriagueces y bandoneones tristes, en un rincón de Medellín.

Tu última curda ya pasó, tu penúltimo whisky se quedó sin beber, che, Gabriel, que vos eras tan-goyeneche, “¡pónganme a Goyeneche!”, decías en cafés en las que las turbulencias éramos vos y yo. No había remedio. El cantor de Buenos Aires aparecía entre las brumas de la borrachera y ahí, entre distancias y recuerdos, el mundo se volvía un poquito de nostalgia y un tanto de poesía flotando entre una lluvia seca.

Chau, no va más, compañero del alma, compañero. No sé qué tanto te apetecían las tristezas de un español, de elegías y nanas cebolludas, el mismo que en una película sobre Goya, de aquellas de cine-foro, de cine-club de los setentas, decía con voz en off que “vientos del pueblo me llevan”. Vos llevabas un pueblo en la garganta y en la copiosa barba, en tus brazos que pudieron ser un día (y el día ya está lejano) de Miguel Ángel, aquel que vos aprendiste en La Agonía y el Éxtasis, cuando la vida, la tuya, la mía, estaba en flor (ah, Naranjo en flor).

No sé ya qué tanto de tus ganas escultóricas se quedaron en el monumento de Ciénaga, levantado en diciembre seis de 1978, homenaje a los obreros bananeros asesinados cincuenta años atrás; no sé cuántas fundiciones de tristezas y alegrías se hospedaron en una obra tuya, la pátina verdosa sigue envejeciéndola, Homenaje a la Vida, en una plazuela de Bello, Antioquia, junto a un bar de miniatura, con nombre porteño: Café de Los Angelitos.

Vos eras un escultor con pinta de retrato renacentista. Cuántas creaciones se esfumaron con tus sueños; cuántas se quedaron, aguardando un golpe de gracia, escondidas en tus intenciones. Vos, que eras un tango andante, ya no estarás más en las noches de vino, ni en las madrugadas con promesas de soles ebrios. Sos un fantasma de aquello tan inasible, que ya no se puede recuperar.

Vos, que quemaste banderas yanquis en manifestaciones estudiantiles, en desfiles del Primero de Mayo, en demostraciones de desobediencia civil; que a punta de “screen” llenaste paredes con gritos antiimperialistas, con consignas rojiamarillas contra la tiranía y el despotismo. A vos, que un día, en un campus universitario, te puso a cantar con ella una diva de tango, Adriana Varela, que al verte entre el público, dijo, “vení, vos, sí, vos”, que no te creías el llamado, “sí, vos, vení a cantar conmigo” y entraste a destiempo, sin compás, pero con la gracia de decir “cada vez que me recuerdes / la noche amiga me lo dirá…”. Y ella te despidió con un beso acompasado.

Con vos, tipo guapo si los hubo, sin miedos ni recatos, una madrugada joven de Maracaibo, Junín y La Playa, en una fugaz Medellín que ya no existe, caminamos (tal vez éramos pasajeros de un barco ebrio) cantando, bueno, es tal vez un decir, mejor dicho: gritando “¡loco, loco, loco!, cuando anochezca en tu porteña soledad, por la ribera de tu sábana vendré con un poema y un trombón a desvelarte el corazón…”, y desvelábamos a los habitantes de calle, a los que en su despertar imprevisto, les tirábamos luces celestes y banderitas de taxi libre.

Vos, viejo Gabriel, ya sos polvo de estrellas, aunque, como decía otro viejo que tampoco está, seguís vivo, porque todavía no sos olvido. Vivís en las luces de un Wurlitzer de medianoche, dormido sobre una mesa de café (de aquellas que nunca preguntan). Seguís caminando por la memoria de una canción de ayer, mientras la herida absurda que abriste con tu fuga sigue sangrando soledades.

(N.B. Gabriel Restrepo González murió el 25 de agosto de 2015)

El vals que bajó del cielo

Por Reinaldo Spitaletta

Hay canciones que vuelven a uno en momentos menos pensados. Tal vez tenga que ver con la coloración del cielo, o con una imagen de infancia que de súbito aparece, sin anuncios y sin que uno hubiera estado detrás de ella. Puede que sea porque en la lectura de un libro, una palabra, una frase, la entonación quizá, nos regresa a acordes y versos de otros días, y de pronto estamos, como sin darnos cuenta, cantando. No sé cuál, en últimas, sea la explicación al fenómeno. No sé tampoco si haya que dar explicaciones.

La experiencia que voy a contar me llegó por la ventana. Estaba hojeando un libro de Simone de Beauvoir sobre la vejez. Cuando leí la frase “la historia romana demuestra que existe una estrecha relación entre la condición del viejo y la estabilidad de la sociedad”, me detuve, cavilé y mis ojos se levantaron de las páginas y se volaron por la ventana. La visión del frondoso carbonero, por cuyas ramas se coló un pedazo de cielo, me devolvió a años atrás, cuando escuchaba, en traganíqueles de bares de Bello, un vals tremendo, que al principio no me decía casi nada, porque, claro, todavía estaba en la edad de no tener recordaciones.

Los acordes de Pedacito de cielo sonaron en mi cabeza y luego una voz interior comenzó a cantar: “La casa tenía una reja / pintada con quejas / y cantos de amor. / La noche llenaba de ojeras / la reja, la hiedra / y el viejo balcón”. Cerré el libro y me concentré en las viejas palabras del vals, escritas por el surrealista Homero Expósito, y musicalizado por Enrique Francini y Héctor Stamponi. En aquellos lejanos días, sonaba por Alberto Podestá, un cantante que conocí años después en un bar de San Telmo, una noche de vino y de señoras de edad, y que, por supuesto, se escuchaba en pianolas de Medellín, Bello y Envigado, con el acompañamiento de Miguel Caló.

Después, una versión de Fiorentino y Troilo, que se desgarraba en un bar del barrio Prado, me dejó turulato. Y el vals se introdujo en mí, sin darme cuenta. Por ósmosis urbana. Tenía (tiene) una cadencia irresistible y hablaba de dos que se enamoraron, se besaron, se amaron…, pero sobre todo, una frase irrevocable me hizo tambalear: “Los años de la infancia, pasaron, pasaron…”. Y ya para entonces la infancia había volado, tal vez como “un pájaro sin luz” y no sé si fue la imagen de la cara blanca de una muchacha de El Congolo que yo veía en un balcón y le mandaba besos aéreos y ella los devolvía con sonrisas y pétalos de las azaleas y bifloras que su mamá tenía allí sembradas, digo que no sé si fue esa la imagen que retornó a mí.

El pedazo de cielo de mi ventanal, a modo de flash back, me ponía de patitas en una calle del ayer. Y los versos del amoroso vals se desgranaban: “Recuerdo que entonces reías / si yo te leía / mi verso mejor / y ahora, capricho del tiempo, / leyendo esos versos / ¡lloramos los dos!”. Esta pieza, con otra que también se escuchaba en la voz de Podestá, Bajo un cielo de estrellas, nos hacía reconocer en casa, los diciembres, o en la celebración de algún cumpleaños de mis hermanos o del mío, los días del viejo barrio, con sus calles inevitables, de paisajes de ladrillo y cemento. Y coreábamos aquello de “mucho tiempo después de alejarme / vuelvo al barrio que un día dejé…”, y digo que más que cantar, gritábamos. Ya los años de la infancia andaban lejos.

Volví al libro y la frase siguiente me dejó aturdido: “Es probable que los antiguos romanos tuvieran la costumbre de desembarazarse de los viejos ahogándolos…”. El cielo, al que volví de inmediato, se hizo más azul, las hojas del árbol se movieron y el sol de la tarde brilló en la vidriera. Torné al vals, tal vez como un mecanismo de defensa: “Los años de la infancia pasaron, pasaron… / la reja está dormida de tanto silencio / y en aquel pedacito de cielo / se quedó tu alegría y mi amor” (con licencia gramatical y todo)… Luego, cerré el libro. Busqué la versión de Goyeneche y la puse en el reproductor.

“Los años han pasado / terribles, malvados / dejando esa esperanza que no ha de llegar / y recuerdo tu gesto travieso / después de aquel beso / robado al azar”, y la cara blanca, como de luna de arrabal, de la muchacha de aquel lejano balcón se apareció en mi ventana con árbol y cielo, y no hay por qué negarlo, un lagrimón me empañó el recuerdo. Entre tanto, el Polaco proseguía: “Tal vez se enfrió con la brisa / tu cálida risa, / tu límpida voz… / Tal vez escapó a tus ojeras / la reja, la hiedra / y el viejo balcón…”. Había en todo esto una especie de desazón por lo irremediable. Y —eso sentí— una suerte de apolillamiento en el ambiente.

¡Ah!, bueno. La vez que encontré a Podestá en un café de un clásico barrio porteño, unas señoras, todas muy viejas, se arrimaron a mi mesa y se interesaron por algunas historias de Medellín. Después, cuando ya el vino me tenía en la estratosfera, le pedí a gritos al cantor que me interpretara Pedacito de cielo. Y nada. Entonces, le impetré por maldad (ya el hombre estaba a punto de llegar a los setenta y cinco y su voz no daba para tanto) que quería escuchar su interpretación de Alma de bohemio. Lo único que dijo, no sin molestia, fue: “Dejá el chamuyo”.

Ahora —capricho del tiempo— Goyeneche frasea el vals aquel: “Tus ojos de azúcar quemada / tenían distancias / doradas al sol… / ¡y hoy quieres hallar como entonces / la reja de bronce / temblando de amor!”. Qué cosa. Digo que por acá, bajo el cielo antioqueño, jamás vi rejas de bronce, ni hiedras, pero sí un balcón con muchacha sonriente, a la que alguna vez, cuando la infancia todavía no era recuerdo, le arrojé un beso sin verso, con mucho corazón.