La amistad y la fuerza bruta bien noveladas

(Un recorrido por De ratones y hombres, de John Steinbeck)

 

Resultado de imagen para de ratones y hombres john steinbeck

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Ser filocomunista, o, con un poco más de distancia ideológica, simpatizante comunista, o, en todo caso, alguien que respalda las luchas sociales, es, en Estados Unidos, un signo inequívoco de pertenecer al odio. No es bien visto —o al menos en otros días así era— quien se preocupe por las lizas de los trabajadores o de los olvidados de la fortuna. Así le sucederá a John Steinbeck, Nobel de Literatura en 1962, por haber incluido en varios de sus libros de ficción los pesares y desventuras de los cosecheros, de los braceros, de aquellos desamparados que eran víctimas del voraz mercado capitalista y de los bancos. En su máxima creación, bueno, esta afirmación puede ser discutible, Las uvas de la ira, basada en las peripecias de los okies que en la Gran Depresión de fines de los veinte y comienzos de los treinta se van a California en busca de alguna esperanza de sobrevivencia, Steinbeck cuestiona al establecimiento y en cierto modo, sin sutilezas, asume cariños por los derrotados y por las gestas sociales de los desvalidos.

 

Steinbeck, nacido en 1902, en Monterrey, California, es un escritor que en sus temáticas asume desde las historias de piratas, la ocupación alemana en algún país nórdico, la guerra, los amores contrariados como puede darse en Al este del Edén y otros ámbitos en los que están los trabajadores de conserverías y los desilusionados ante malas cosechas. En su extenso repertorio de ficciones, que incluye un único libro de cuentos (El valle largo, con joyas como Los crisantemos y La serpiente), el autor de La perla, volverá por sus fueros de mostrar las pobrezas y aspiraciones de trabajadores de ranchos, trashumantes, que en los tiempos del Crack económico, se desplazan en búsqueda de empleo. Y así concibe una de sus más intensas y bien logradas novelas: De ratones y hombres, también traducida como La fuerza bruta, de 1937.

 

La breve novela, que también goza de adaptaciones teatrales y cinematográficas, es un canto muy afinado a la amistad, la solidaridad y los afectos entre dos hombres: uno con un severo retraso mental, Lennie Small (que por lo demás es un gigantón) y George Milton, inteligente, pero sin casi ninguna ilustración. Ambos, que parecen inseparables, se mantendrán hasta el fin en medio de peripecias, sueños, frustraciones y una relación incondicional de protección mutua, aunque, por supuesto, el que lleva la batuta del rumbo de las cosas es George.

 

Como casi todas las obras del autor, ésta también tiene un inicio geográfico, con descripciones del valle de Salinas, con sauces y sicomoros que tendrán relevancia en la novela, con hojarascas que crujen ante las pisadas de las lagartijas y conejos que se asoman por entre los matorrales. Y de pronto, en el atardecer, aparecen las siluetas de dos hombres, uno tras del otro, y aquí el narrador los irá describiendo de una manera tan precisa y necesaria, que solo con unas pinceladas y sugerencias el lector puede saber algo o mucho del carácter de cada uno.

 

Y casi de inmediato, tras una cinematográfica toma del paisaje, comienzan los diálogos, recurso clave en toda la novela y que el autor maneja con sapiencia y exactitud, sin barroquismos, sin excesos. La medida correcta y necesaria para dar cuenta de situaciones, modos de hablar, aspiraciones y maneras de actuar de los protagonistas. Los ratones, aunque aún más los conejos, son suertes de símbolos sobre la vida y la muerte en las manos y en los sueños de Lennie. La novela, de urdimbre perfecta, va tejiendo diversos nudos y amarres que un lector atento verá desde el principio, sin saber hacia dónde conducen, en qué otro río desembocará la impetuosa corriente de acontecimientos que rodean a los dos hombres o que ellos mismos generan.

 

Hay un hondo conocimiento de la espacialidad, de los movimientos de los personajes, del rancho y sus labores. En la medida que se avanza en la lectura, la novela crece en belleza y sentimentalidad. “Vamos a tener conejos de muchos colores”, le dice el grandullón a su protector George. Hay, en medio de los trabajos, de la organización de rudeza de los mismos en la granja dedicada a la siembra de cebada, una presencia perturbadora, la de una mujer que es la esposa del hijo del dueño, llamado Curley. Y que se torna en un elemento de quiebre de la obra, una aparición que disocia la aparente calma de los hombres del lugar.

 

Si bien sobre el tontarrón forzudo se ciernen sospechas, miradas extrañas, comportamientos que parecen raros sobre todo al patrón, es George el que está atento a no dejar que se desvele entre los trabajadores el problema mental de su amigo. Curley es un provocador, un sujeto engreído que busca camorra y que gusta de la pelea. Y en ese sentido, está siempre en actitud de molestar a Lennie, cuya presencia desbordante en lo físico no arredra al hijo del dueño del rancho.

 

Museo de Steinbeck, en Salinas, California.

 

En medio de aquel lugar de trabajos de fuerza, en la que una mujer de vestido rojo es una frecuente tentación, hay un personaje extraordinario, Slim el mulero, un canchero, el líder de la ranchería, dotado de sapiencia y de los dones de la serenidad. Y, en medio de los trabajadores, está el viejo Candy que es dueño de un perro viejo y es cuando va a aparecer una pistola Luger, todo como parte del montaje que, con habilidad de orfebre, va disponiendo el narrador. No hay nada gratuito en esta obra de enormes intensidades y tensiones que pueden conducir al lector a un nerviosismo permanente.

 

Todo lo que en esta novela aparece tendrá un uso, un destino, una función, como suele pasar en el teatro y sus escenografías, con sus utilerías nada gratuitas. El drama va in crescendo, aumenta con dosis calculadas de suspenso, con la muerte siempre al acecho. Un torrente de tristezas se va conformando en la medida en que avanzan los hechos, en que las situaciones se conjugan para conducir a un desenlace de dolores y desprendimientos indetenibles. La fuerza de los sucesos, que están hilada con sutileza, será incontenible, como un volcán en erupción.

 

En medio de las diversas conexiones entre los personajes, el narrador muestra con detalles precisos las condiciones de trabajo en el rancho, las maneras de salirse de la rutina con algunos juegos y reuniones, pero, ante todo, la explotación de la mano de obra, con largas jornadas. Y, en medio de estas circunstancias, se va dibujando la fuerza desaforada de Lennie, un tipo que, pese a sus limitaciones de pensamiento, manifiesta una ternura inusitada.

 

La novela está llena de tristuras, de sueños truncos, de derrotas. Hay una conexión existencial, vital, o, de otra forma, mortal, entre un perro viejo y el destino final de Lennie. Y, por otra parte, una adecuada medida de la acción y la reacción, de las causas y sus efectos. Y, como telón de fondo, se despliega, con un personaje negro, el racismo y la segregación. En el caso de la mujer (de uñas pintadas de rojo y “cabello peinado en bucles como salchichas”), como una especie de mítica Lilith, una causadora de perdiciones, como si fuera el diablo de Tolstoi, es imprescindible en la confección de la tragedia.

 

Porque, ante todo, De ratones y hombres es una evocación, o una reconstrucción contemporánea, bueno, de los años treinta del siglo XX, de las antiguas tragedias griegas. Hay un destino ineludible. Una imposibilidad para huir de lo ya trazado por los dioses de la desesperación y la desesperanza. Es una novela sobre el derrumbamiento de un sueño. Qué capacidad la de Steinbeck para incorporar en siete capítulos una historia compleja de desolación, fraternidad y muerte.

 

Alguien, no sé quién, dijo alguna vez que esta novela es sobre aquella gente que sobra, que está al margen, destinada a llevar sobre sus hombros la desgracia. Es posible. A la vez, es una novela plena de humanidad, de dolorosas separaciones, de fuerza bruta que se puede deshacer en lágrimas furtivas o en la carencia elemental de una salsa de tomate.

 

Hay en ella una reflexión sobre la fuerza bruta; el manejo apropiado o desproporcionado de la misma; acerca de su uso que, en muchas veces, puede ser mortal. Lennie es aquel personaje dotado de desmedida fuerza, pero sin inteligencia. Es, con su estatura y su apariencia desvalida, con su ternura inconsciente, un personaje inolvidable y doloroso. Es, con palabras de su amigo George, como un niño, “solo que es demasiado fuerte”. Y esa fortaleza desaforada es la que mueve los mecanismos de relojería de la novela.

 

Steinbeck, un tipo odiado por muchos y admirado por miles en su patria, el mismo que en sus últimos tiempos decidió viajar por su país acompañado de su perro Charley, detestó a los críticos, los cuales, entre otras cosas, manifestaron siempre su desprecio por este escritor. Sin embargo, en vida alcanzó las simpatías y afectos de los trabajadores, a los que incluyó en numerosas novelas y algunos de sus cuentos. Uno de sus cuestionadores más acérrimos ha sido el gran gurú de la crítica en los Estados Unidos, Harold Bloom, autor de El canon occidental. “Es triste, pero Steinbeck no consiguió sacarse de la cabeza la música de Ernest Hemingway; uno no puede leer tres párrafos de Steinbeck sin pensar en un Hemingway mal escrito”, dictaminó Bloom.

 

A Bloom, en todo caso, lo contradicen decenas de miles de lectores, de jóvenes y viejos que hoy en distintas geografías se introducen en las atmósferas y mundos tremendos de un escritor que retrató con creces y con autoridad literaria los días más inhóspitos y tristes de muchos trabajadores de su país, en particular de aquellos que soportaron en sus hombros la crisis del capitalismo. De ratones y hombres puede ser una de las obras más sentidas y apoteósicas sobre la amistad. Esa misma que, pese a las circunstancias adversas, no terminará con el sonido de un disparo.

 

Casa victoriana donde vivió el escritor John Steinbeck, en Salinas, ahora convertida en un restaurante. Foto Reinaldo Spitaletta

Los desalmados bancos y otros bandidos

Resultado de imagen para billetes colombianos banco

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Los bancos no tienen alma. Es más, sus dueños deben de ser unos desalmados. Están hechos para la frialdad, el cálculo, las ganancias a toda costa. Y abundantes. Un banco no puede tener sentimientos. Los banqueros, menos. Así que nunca verás caer lágrimas de un aviso bancario ni de los propietarios de una empresa financiera que es capaz de engullirse a cualquiera que, por razones o sinrazones de plata, no cumpla con sus obligaciones.

 

Mi tía Betsabé, una señora que vivió de leer cenizas de cigarrillo y los posos de café y chocolate (cafeomancia, chocomancia), además de otras adivinaciones, decía que si el banco no le hubiera prestado para comprar una casa, ella hubiera seguido pagando alquiler toda la vida. Durante quince años pagó diez o veinte o treinta veces más del valor prestado, pero para ella todo fue pura corrección (¿monetaria?) y entonces decía, ante cualquier comentario en contra de los bancos, que ella quería mucho a los banqueros, y que ojalá hubiera podido casarse con alguno de ellos, válgame Dios.

 

La misma visión, por ejemplo, no la tuvieron los cosecheros estadounidenses que, tras el crack del capitalismo, en la Gran Depresión de 1929, quedaron a merced de los bancos y sus tierras pasaron a ser propiedad de empresas financieras, como se describen en algunos apartados de la novela Las uvas de la ira, de John Steinbeck. El banco, según la narración, es un monstruo que traga dividendos sin hartarse. No puede dejar de crecer porque entonces morirá. Y por eso, devora y devora.

 

La depresión capitalista creó, en una suerte de paradoja social y económica, la aparición de bandidos que, tras sus hazañas de robar bancos, se convirtieron en leyenda por los mismos años en que a los campesinos gringos los despojaban de sus propiedades y tenían que emprender un largo viaje desde Oklahoma hasta California, en una especie de epopeya triste y dolorosa que es la que cuenta Steinbeck, primero en un reportaje (Los vagabundos de la cosecha) y después, a fines de la década del treinta, en una novela maestra.

 

Uno de los bandidos más afamados surgidos durante los días de la crisis capitalista (que en rigor la sufrió el pueblo, pues los banqueros y demás organismos de poder financiero no disminuyeron sus caudales) fue John Dillinger, un sujeto que poseía encantos donjuanescos y enamoraba a las cajeras bancarias mientras su banda asaltaba la empresa. Más que como un delincuente, fue observado por mucha gente como un género de vengador social, un malhechor que se enfrentaba al sistema por injusto y corrupto.

 

Dillinger y su banda causaron el terror en los bancos del Medio Oeste norteamericano. Él y sus socios pusieron un fuerte trabajo al FBI y lograron asaltos memorables que, en particular al jefe de los maleantes, lo erigió como una figura icónica, rodeada de leyendas y admiraciones de muchos desposeídos. Lo mataron a la edad de treinta y un años y de esa manera desapareció “el enemigo público número uno” de aquellos tiempos en los Estados Unidos.

 

Bonnie y Clyde (Bonnie Elizabeth Parker y Clyde Champion Barrow), una pareja que inspiró, como Dillinger, películas y muchos reportajes periodísticos, dedicaron buena parte de su juventud y su talento (que tampoco era tanto) a los asaltos bancarios en los tiempos de la Gran Depresión. Se dice de ella que más que unos ladrones con distinción, su característica básica lindaba con la chambonería, como el asaltar un banco que hacía tres semanas había cerrado. Los dos murieron juntos, acribillados por el FBI, en una balacera que dejó el carro de los forajidos como un colador, lo mismo que a los cadáveres, sobre los cuales se ensañaron los pistoleros oficiales.

 

Por aquellos días, en que mucha gente padeció hambrunas y hubo quiebras empresariales, los atracadores bancarios se multiplicaron. Uno de ellos, que también hizo parte de la banda de Dillinger, era George Nelson, alias Babyface , que era en particular muy violento, aunque su cara no lo denotaba. Llegó a matar a más agentes del FBI que ningún otro norteamericano. A los trece años lo detuvieron y pasó dieciocho meses en un reformatorio, donde, al parecer, aprendió nuevos procedimientos delictivos. Cuando salió, se vinculó con mafiosos de Chicago, con los que se “graduó” de asaltador a mano armada en joyerías y casas de lujo. Después, tras considerar que había lugares más atractivos para robar, se dedicó a los bancos con la peligrosísima banda de Dillinger. Una de sus víctimas, la esposa del alcalde de Chicago, dijo: “Era bien parecido, era muy joven tenía el pelo negro y cara de niño”. Murió a balazos a los veinticinco años de edad.

 

Otra joya de la corona bandidesca norteamericana era Charles Arthur Pretty Boy Floyd, que comenzó su carrera delictiva a los diecisiete años. “Aprendió” luego a robar bancos, y muchas veces el producto de sus asaltos lo repartía entre gente necesitada y quemaba cédulas hipotecarias, con el fin de salvar las tierras de familias endeudadas. Lo mataron a balazos en un huerto de manzanas en Ohio, a la edad de treinta años.

 

Antes de los anteriores, en el siglo XIX, en los Estados Unidos hubo otros bandidos de leyenda, como los hermanos Frank y Jesse James, también de película, y como Butch Cassidy y Sundance Kid, de los cuales se hablará en otra nota.

 

En Medellín, en los sesentas, los asaltadores de bancos florecieron como los coloridos sembrados de Santa Elena. Se caracterizaron, sobre todo los miembros de la banda denominada La Pesada, por su “buena presencia”, sus figuras de galanes aptos para la seducción de muchachas y su habilidad para el ejercicio delincuencial. Entre ellos, estaban Toñilas, el Pote Zapata, Pacho Troneras y el Mono Trejos. Manejaron un código de honor que prohibía el asesinato de guardias y policías. Trejos, que alguna vez declaró que todavía no se había hecho una cárcel para guardarlo a él, también era un secuestrador, pero, ante todo, su especialidad, como la de los mencionados, eran los bancos.

 

Al dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht se atribuye la frase: “Robar un banco es un delito, pero más delito es fundarlo”. Y por eso, en algunos momentos, mientras se planea el golpe contra una de esas instituciones, se puede decir que, desde la perspectiva de la moral, es mejor robar un banco que fundarlo.

 

Después de todo, de los ladrones robinhoodescos que en la historia han aparecido como si en realidad estuvieran haciendo justicia al robar un banco, lo que queda claro es que un banco no tiene alma. Y se puede decir, aunque sea como una manera de la guasonería, que los dueños de banco son seres desalmados, tal vez en mayor proporción que el encantador Dillinger y la simpática Bonnie Parker.

 

Resultado de imagen de bonnie y clyde

Bonnie y Clyde, amantes del crimen