Medellín, ¡cómo te siento!

 

Un aporte a la bibliografía sobre la ciudad. Un recorrido, combinación de historia, literatura y periodismo, por la geografía urbana, con paradas en el viejo Guayaquil, al cual se le dedican cuatro reportajes; una visión múltiple de reportero y de flâneur sobre la emblemática Junín, el parque Bolívar, los extinguidos cines del centro, poetas, cafés, barrios, calles imprescindibles. Un libro necesario para saber más sobre el pasado y el presente de una ciudad paradojal, a la que se ama y se odia, a la que se le cantan alegrías y a veces responsos. Así es Medellín, ¡cómo te siento!, de Reinaldo Spitaletta

(Editorial UPB, colección Club de Escritores, 288 páginas)

 

El hombre de la ciudad vieja

Por Reinaldo Spitaletta

—Me habían dicho que no volvería.
—Vine para recordar.
—Recordar es una manera de morir.
—No, amigo, es un modo de recobrar lo perdido.

El hombre, barba gris y espejuelos con montura de oro, comenzó a caminar con pasos de turista. Sus tenis amarillos contrastaban con el azul desteñido de su bluyín y con una camisa de algodón crudo con bordados indígenas.

—Cuando me fui no estaban el edificio de la aguja, y menos el metro y todavía en Guayaquil vendían frutas, carne salada y pescado.

Las palabras le salían despacio, como si no quisiera que terminaran. Sus ojos, en los que se adivinaban tormentas de mares lejanos, se llenaban otra vez de ciudad, de la suya, aquella que guardaba en la memoria. Así, no le era posible observar los cambios, sino las permanencias. O lo que él imaginaba que no había sido arrasado por las excavadoras del tiempo.

Vio otra vez el café San Remo, La Alhambra con sus camiones de escalera que iban a los pueblos, o llegaban de ellos, las cacharrerías con un surtido que iba desde estampitas de santos hasta folletos de poesía parnasiana. En Junín vio muchachas preciosas que se tomaban instantáneas.

Sus pasos eran cada vez más despaciosos como si con ello quisiera quedarse en otro tiempo, o, mejor dicho, que el paisaje interior, el suyo, no cambiara. Subió a Prado y aunque muchas casas eran las mismas, aunque con menos brillos, ya eran otros sus habitantes. No quería verlas transmutadas en ebanisterías o consultorios. Se emocionó, sí, con los caserones republicanos convertidos en sedes teatrales.

“La ciudad vieja habita en mi memoria”, se dijo. Recordó la estación del tren, la estatua de Cisneros, los campesinos con bultos de naranjas, los avisos multicolores de fábricas en El Volador y en las colinas de Enciso. “Vine a buscarme”, le oí decir.

—Cómo le parece la ciudad de hoy—, le pregunté, sin convicción.
—Es distinta. No es la mía.

Él también era otro. Hablaba, incluso, con un acento neutro. “Antes, la ciudad tenía colores malva y el cielo era más limpio”, recordó en voz alta.

En La Playa, lo único reconocible para él era la Casa de los Barrientos, que, sin embargo, veía más gris que antes, según dijo. “Esta ciudad no envejece”, le dije. “Ah, sí. El viejo soy yo”, dijo con tristeza contenida. En el firmamento había un vuelo de palomas.

Lo vi alejarse, lento, como si quisiera quedarse. La ciudad vieja se iba con él.

Plazuela Nutibara de Medellín.

Guayaquil o la algarabía del Ánima Sola

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1. Preliminares para una breve nostalgia

 

Las primeras imágenes que tengo de Guayaquil están relacionadas con camiones de escalera, con la luminosidad de las pianolas Wurtlitzer y Seeburg, con unas señoras gordas que esperaban en las escaleras de las pensiones y con un pandemónium desconcertante en la que yo veía mucha gente grande y casi a ningún niño y me asfixiaba en medio de la algarabía y la confusión. Había avisos de cacharrerías, de agencias de abarrotes, de almacenes de discos, de ventas de guitarras, de bazares y cantinas; y las casas de La Alhambra, esa calle inevitable con evocación morisca, parecían residencias de fantasmas y de desterrados.

 

A veces me veo cogido de la mano de mamá, que era una señora gorda y rubia, que no esperaba en las escaleras, sino que iba rápido, casi arrastrándome para que yo no me detuviera a mirar a las damas de labios muy pintados y escotes amplios que entonces a mí me parecían más una carencia en la tela o un defecto de confección que una atracción fatal.

Recuerdo el Almacén Sin Nombre –que así se llamaba- y después la fantasía que era entrar a la Plaza de Mercado de Cisneros. Las galerías tenían ellas sí nombres y había un mundo de cosas, olores a legumbres y carnes, a tomates y coles, a maíz trillado y a mil productos más. Mamá, que tenía la extraña capacidad de narrar historias, me decía a veces que sobre esos techos hacía muchos años un tipo que viajaba en globo se había desplomado sobre ellos y causado el pánico en la plaza y sus alrededores. Se trataba, claro, del célebre Salvita.

 

Guayaquil tenía todas las atracciones para un chico, porque por ejemplo, en Pichincha, en el almacén Caravana (fundado por Víctor Orrego), estuvo la primera escalera eléctrica de la ciudad y entonces había que estar ahí, subiendo y bajando. O había que entrar a las cacharrerías, en las que había juguetes y botones, telas y muñecas, hilos y pedrerías. O embelesarse en el almacén La Cita lleno de guitarras, donde a veces entraba mi abuelo a comprar los encordados para sus instrumentos.

 

Guayaquil era la reunión del universo todo en unas pocas cuadras. Era la posibilidad de tener todos los paisajes, todos los gritos, las voces, las músicas y la gente de todas partes. Era sentir en directo el pito largo del tren y las bocinas alegres de los camiones (buses) de escalera… Otra imagen que tengo de aquellos tiempos de infancia tiene que ver con el partido entre las selecciones de Colombia y la Unión Soviética, en el Mundial de Chile. Como siempre, mamá estaba comprando verduras y yerbajos en la plaza, y en las radios de algunos puestos se escuchaba la narración serena de Jaime Tobón de la Roche. Había hombres con caras tristes que luego iban cambiando en la medida en que Colombia anotaba goles y de pronto toda la plaza estalló en una especie de cataclismo. Mamá, sin embargo, seguía mirando mercancías y curioseando entre bultos de bastimentos. ¡Colombia acaba de empatar el partido! ¡Cuatro a cuatro! Había –digo- una especie de ensoñación colectiva, pero mamá estaba al margen de aquello. Recuerdo, sí, que alguien dijo que los porteros de ambos equipos eran animales: se trataba de la Araña Negra, Yashin, el ruso, y del Caimán Sánchez, el colombiano. Creo que me empezó en aquella plaza gigantesca, en la que cabían muy cómodas sesenta mil personas, el gusto por ser portero. Después abandoné aquella posición cuando comprobé que era más emocionante hacer goles que evitarlos.

 

En ese Guayaquil de esos días una vez a mi abuelo materno, un campesino de Rionegro, le sacaron la billetera que guardaba en el bolsillo de atrás, le extrajeron el dinero y le volvieron a echar la cartera, ya vacía. Fue entonces cuando supe de los famosos “cosquilleros” o carteristas, los tipos de las manos brujas, los dos dedos que algún tango cantaba. El pobre hombre no sé cómo consiguió los pasajes para irse hasta Bello, hasta mi casa, en el barrio Manchester, donde mamá le escuchó la historia de la cartera no sin carcajearse pero a su vez conmoverse con la ingenuidad de su padre.

 

Más adelante volveré con otras evocaciones, como las de cafetines de tango y otros dedicados a la música bailable, como el Jai Alai, en un sótano de Maturín, o para hablar de un barrio que durante muchos años fue el único de la ciudad que tuvo vida nocturna y los borrachitos trasnochados veían salir el sol por entre mostradores y mesas de bar. Guayaquil en cualquier caso es mito y es historia, es la radiografía de las características del antioqueño, nos representa con nuestras almas de prenderos, de cacharreros, de comerciantes, de gentes pujantes con habilidades infinitas para el negocio, o para la estafa, o para buscar riqueza con base en el trabajo o en el hurto, que en Guayaquil todo estaba permitido. Era un lugar de vértigo, un sector de turbulencias, especial para los amores de emergencia, para conseguir desde una aguja hasta un inodoro importado o para sentir que se estaba en un mundo distinto al del resto de la ciudad.

 

 2. De putas, cantantes y algún disparo

 

Quisiera ahora hacer un corto recorrido histórico para ubicar a Guayaquil y relacionarlo con lo que fue la ciudad a finales del siglo XIX y parte del siglo XX. Precisamente, en el ocaso del Diecinueve la parroquial villa de Medellín iluminaba sus noches no solo con la luz temblorosa de las estrellas, sino con los muy novedosos brillos de las bombillas eléctricas, cuando todavía en ciudades de Europa se alumbraban con lamparitas de petróleo y aceite. La bucólica aldeíta iniciaba su despacioso despertar de chimeneas fabriles mientras –muy febriles- los comerciantes y los prestamistas y los usureros, todos de misa de seis de la mañana y muy cumplidos en el pago de diezmos se repartían alrededor del parque de Berrío. Todos entonces demostraban su innato talento para conseguir plata y practicar novenarios. Tenían habilidad para montar cacharrerías y para rezar en público. De ese modo, agitándose de a poquitos, iba creciendo el arcadiano villorrio, con sus chismes de atrio y su olor a almacén.

 

El siglo XX trajo las industrias que transformaron el paisaje económico no solo de Medellín sino de sus alrededores. Y aparecieron los obreros. Los pitos de las nacientes factorías llamaban con sus cantos de sirena a los moradores del campo, que así se urbanizaban. Y advinieron los trenes y los tranvías y los primeros carros, y todo ese estropicio del progreso acabó con el silencio de convento de la Villa. Que en todo caso seguía siendo una aldea más bien apacible. Con decir que en 1914 se cometieron seis homicidios. Bueno, digamos que esos son los costos que tiene el progreso.

El caso es que los aires monásticos se fueron transformando y aumentaron las tiendas de abarrotes y los bancos, también las iglesias, y ya había poetas que no solo armaban vocinglería en el café El Globo sino que escribían buenos versos. Los Panidas estremecían con su canto este aldea de “gente necia y local y chata y roma” en trance de urbe, y cuyo modelo económico excluía, como era obvio, el arte y la literatura, quizá por considerarlos rubros muy improductivos y porque en aquellos días no se podían vender novelas en las cacharrerías. Claro que después, sí. Algunos se acordarán que en la cacharrería La Campana (en Amador con La Alhambra) vendían poesía en unos folletos denominados El Parnaso.

 

Detrás del humo de las locomotoras arribaron más negociantes y curas; trabajadores y putas, malandros y embaucadores. La romántica década de los años veinte -también llena de alcohol y lujuria- trajo cafetines y tertuliaderos. Y llegaron máquinas y libros y pianos y circos y compañías teatrales y modas de muy lejos. Para entonces ya se notaba con mucho ímpetu ese fenómeno surgido en los albores del siglo XX en Medellín, cuando los pelados pasaban con prodigiosa precocidad y sin muchos traumatismos, del biberón a la copa de aguardiente; de las canicas y los trompos al indescifrable azar de las barajas; de la escuela a la casa de citas, y por supuesto de las caricias y los mimos de mamá a las más emocionantes sobaditas de las rameras.

 

Y así, entre ambientes bursátiles y de plaza de mercado, ese pueblo pacato y cristero también dedicaba parte del reloj a la bohemia y la poesía, al baile y los asuntos secretos de la piel. Para 1920 había en Medellín seis fábricas de tejidos, cinco de cigarros y cigarrillos, tres de fósforos, quince tejares, once trilladoras de café, ocho fábricas de velas y jabones, dos cervecerías y seis fábricas de chocolates. Y al mismo tiempo la ciudad derivó de las camándulas y los telares hacia los tertuliaderos de esquina, a los bares de Guayaquil, a los clubes de sociedad. Y entre ventorrillos de revuelto y prenderías la ciudad fue cambiando su cara de monja, aunque Medellín era entonces y es todavía una ciudad de doble sentido: pagana y religiosa a la vez. En aquellos días más de un feligrés llegó a comulgar con un atroz tufo de aguardiente.

 

También quisiera referirme muy rápido a otro asunto. La República Liberal que advino en los años treinta marcó asimismo ciertos comportamientos ciudadanos, se rompió un poco la represión religiosa y se le dio rienda suelta a los placeres mundanos. En el puerto seco de Guayaquil se daba la economía formal mezclada con las rutinas de los vividores y los tahúres. Y como lo definiera un cronista, este turbulento y llamativo sector llegó a convertirse en una ciudad dentro de otra.

 

En esta parte de la ciudad, donde en otros días se movieron más negocios y cuentas que en Wall Street, había tantos cafés y pensiones como puticas llegadas casi siempre del campo, muchas de ellas se metían a ejercer el oficio apenas recién bajadas del tren. El paisaje de Guayaquil estaba pintado de lunfardos, estafadores (aquí nació el paquete chileno), negociantes, buhoneros, carretilleros, prestamistas, guapos, cuchilleros como el que después crearía Manuel Mejía Vallejo en su novela Aire de tango; en esa conjunción de asombros y despelotes había vendedores de arepas y natillas, morcilleras, transportadores, importadores, abarroteros, barberos, es decir, Guayaquil era el centro de todos los oficios. Era mucho más que sus bares con traganíquel y sus mujeres tristes que esperaban de pie junto a las escaleras de las pensiones.

 

Guayaquil era una “ciudad” cosmopolita en la que recalaron gentes de todos los confines de Antioquia y Colombia. Era un mundo de alucinación, de voces numerosas, en medio de una plaza de mercado y una estación de trenes. Por sus calles y laberintos era posible hallar a Tartarín Moreira fungiendo de detective o al Ánima Sola, inventada por un cacharrero de la ciudad. Con su olor a fritangas y a dinero sudado, era, hasta fines de la década del setenta, el alma de Medellín, un centro de bohemias y negocios, convocador de obreros y campesinos recién “desmusgados” y olorosos a tierra de capote. A todos los sedujo Guayaco con su música y con sus ritmos. En la muy bulliciosa calle de los Tambores los aires del Caribe y de México soplaron con ardorosa fuerza. Se oían la Sonora Matancera, Charlie Figueroa, Los Panchos, Toña La Negra, Celia Cruz, Leo Marini, Pedro Infante, Agustín Lara, Juan Arvizu y Daniel Santos.

 

De sus pianolas emanaban rancheras, boleros y guarachas, al tiempo que en otros bares del sector se escuchaban bambucos, pasillos ecuatorianos y por supuesto tangos. Guayaquil era una auténtica babel musical. La canción de Buenos Aires se tornó muy popular por estos lados, hasta el punto de que en ciertos cafés se alumbraba con velitas la sonrisa eterna de Gardel tal como si se tratara del Corazón de Jesús.

 

Los bohemios de entonces -bueno, tal vez ya muchos estén “chupando anturio”- recuerdan con particular cariño y con nostalgia cafetines como el Armenonville, el Patio de Tango, el Pigal, el Martini, la Payanca, la Gayola, el Perro Negro y muchos otros.

 

Quisiera tributarle un breve homenaje a un señor que fue un personaje popular de la ciudad, el Gordo Aníbal. Él tenía su Patio de Tango en Junín con Amador (ustedes saben que después y por muchos años lo tuvo en el Barrio Antioquia). Bueno, una noche estaba actuando allí un cantor llamado Guillermo del Coral, que era además un imitador de Gardel. En el momento en que interpretaba Volver, un concurrente ebrio y muy emocionado gritó: “¡Ya no necesitamos más a Gardel. Con vos, pibe, tenemos!”. Y entonces desenfundó un revólver y cuando toda la espantada asistencia creía que le iba a disparar al cantante, el hombre baleó un enorme cuadro del Zorzal Criollo. Un tiro atravesó el corazón de papel del artista que de esa manera misteriosa volvía a morir, sí, moría por segunda vez en Medellín. El Gordo Aníbal conservó el cuadro durante muchos años en su Patio del Tango.

 

Guayaquil, la del mito y la de la historia, continúa en el imaginario colectivo, en la memoria de una ciudad de la cual cada uno, cada ciudadano, tiene una visión propia. Guayaquil sigue siendo, digamos para mí, aquel universo múltiple, el cielo y la tierra juntos, en el cual una señora gorda y rubia hace muchos años me llevaba de la mano tal vez para que no me perdiera en aquel laberinto de cacharreros, malandrines, putas y poetas. O para que no subiera las escaleras de las pensiones en búsqueda de aventuras. O de la “carne en polvo” que llamó algún poeta guayaquilero.