Escribir a ciegas

(La tragedia del submarino Kursk y las lecciones literarias de un oficial ruso)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

La Guerra Fría, que tantas veces se calentó, creó novelas de espías, competencias espaciales, una tirantez entre dos arrogantes superpotencias y, además de una carrera militarista-armamentista, diseñó submarinos atómicos. Así que el de los Beatles, el amarillo (We all live in a yellow submarine…), es apenas un atisbo débil a los mares en disputa. El Kursk, gloria de la armada rusa postsoviética, construido entre 1992 y 1994, rápido (30 nudos en superficie y 32 en inmersión), era duro como la roca más poderosa y tenía un armamento de miedo: 24 lanzadores de misiles diferentes y cuatro tubos lanzatorpedos.

 

Era un aparato de respeto, un almacenador de explosivos, movido por dos reactores nucleares, con una altura de un edificio de seis pisos y 150 metros de eslora. Dicen que era más de dos veces el tamaño de un avión jumbo. Como en una vieja tonada marinera, el emblemático submarino ruso salió el 10 de agosto de 2000 para realizar maniobras militares en el mar de Barents junto a otros sumergibles. Era parte de un entrenamiento, con simulacros de ataques. Dos días después todo era normal, incluido el lanzamiento de un misil de prácticas. Y de pronto, a las 11:27 de la mañana, cuando el submarino iba a disparar su primer torpedo contra una “falsa escuadra” enemiga, hubo una explosión aterradora y la onda expansiva mató de inmediato a muchos marinos. Dos minutos más tarde, otro estallido apocalíptico destruyó la proa del sofisticado submarino y “lo echó a pique en 108 metros de profundidad”, según se supo después.

 

Quedaron muy pocos tripulantes vivos, que subieron al compartimento 9. Los sistemas eléctricos colapsaron y el casco se inundó. Los que sobrevivieron estaban condenados a una muerte inminente. Y los altos mandos, afuera, para evitar que la nave se convirtiera en una bomba radioactiva, apagaron los reactores desde la sala de control. Apenas 23 ocupantes se habían salvado de las dos explosiones y esperaban sin esperanza.

 

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Un oficial, Dmitri Kolésnikov, tomó el mando de la situación de desastre y comenzó a anotar los nombres de los sobrevivientes. Tiempo después, cuando recuperaron su cuerpo, se encontró una nota en su uniforme, con un mensaje para su esposa: “Está muy oscuro para escribir, pero lo intentaré con el tacto. Parece que no tenemos posibilidades, tal vez el 10 o el 20 por ciento. Saludos para todos. No hay que desesperarse”. Sin embargo, la nota más célebre, por su exactitud y alto sentido de lo elemental y necesario, fue la escrita por otro oficial (o quizá hubiera sido el mismo):

“Trece horas, quince minutos. Todo el personal de los compartimentos seis, siete y ocho han pasado al noveno. Somos 23. Hemos tomado esta decisión debido al accidente. Nadie puede subir a la superficie. Escribo a ciegas”.

 

En ese segundo semestre del 2000, el mundo estuvo en vilo por la suerte de los marinos del Kursk. Todos perecieron. Pero cuando se supo de una nota hallada como testimonio de la tragedia y de los últimos minutos de los sobrevivientes, hubo conmoción. El escritor español Juan José Millás dio una breve cátedra de literatura en una de sus condensadas columnas en el diario El País.

 

“Estas palabras (las citadas arriba), escritas por un oficial del Kursk en un pedazo de papel, tienen la turbadora exactitud que pedimos a un texto literario”, dice. Y aporta elementos sobre el rigor y lo imprescindible. Es una nota que dice lo que tiene que decir, sin tiempo para más. Lo justo. Lo esencial. “En situaciones extremas, la literatura sale a presión, como por la grieta de una tubería reventada. El documento del oficial del Kursk es bueno porque es necesario. Mientras la muerte trepaba por sus piernas, ese hombre se entregó con fría vehemencia a la literatura”, apunta el autor de Que nadie duerma.

 

Hay que imaginar al oficial-escritor, haciendo su obra cumbre y final en un fragmento de papel, acosado por las circunstancias, a punto de perecer junto con sus otros compañeros. Sí, claro, no hay tiempo para regodeos y adornos. Es la osamenta. El tuétano. Solo lo que interesa a la historia. Una historia breve e intensa, con una combinatoria de tensión e información primordial. A secas.

 

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“Amados Natasha e hijito mio Sasha!!! Si logran leer esta carta significa que habré muerto. Los amo muchísimo. Natasha, perdoname por todo. Sasha se todo un hombre. Los beso fuertemente. Borisov, A.M.”

 

Eso de escribir a ciegas, a tientas, acosado por la muerte, por lo inevitable, tiene su valor humano y literario. Es una nota más allá del testimonio. Es un testamento. Con hora, lugar, cantidades, razones o motivos y una acotación final, determinante: “escribo a ciegas”. Tal vez, en el periodismo flojo y ramplón de muchos medios de información de hoy, se requiera esa actitud, como una especie de faro, o de guía. Contar una historia con intensidad y tensión, con rigurosidad y matemática verbal. Sin florituras y sin superficialidades. Con la profundidad de un submarino como el Kursk.

 

Años después, el historiador ruso Vitali Dotsenko, citado por el periódico ABC, de España, declaró que es partidario de la hipótesis de que el submarino ruso fue alcanzado por un torpedo estadounidense Mark-48, “al parecer como advertencia de Estados Unidos para que Rusia no vendiera sus armas a China”. Los sobrevivientes duraron unas ocho horas. Muchas de sus notas de urgencia no se han publicado todavía.

 

¡Cuántas parrafadas se han escrito sobre el arte de escribir! ¡Cuántas teorías hay al respecto! Quizá en la única palabra que alcanzó a pronunciar el mítico héroe de Maratón cuando, tras correr hasta Atenas a dar una noticia, dijo “¡vencimos!” y se desplomó sin vida, está toda la literatura. La precisión, quizá por los acosos del tiempo, por las presiones asfixiantes de la realidad, conducen de seguro al camino de lo esencial. La belleza (trágica o no) no está en las palabras, sino en los hechos que esas palabras —pocas o muchas— designan.

 

Cuando uno lee, por ejemplo, aquel renombrado Reportaje al pie del patíbulo, de Julius Fucik, lo que turba es la contienda valerosa de un hombre contra la muerte. No tiene tiempo de excesos verbales, de extenderse en asuntos secundarios. Su palabra se torna necesaria. La va escribiendo en furtivos papeles que obtiene en prisión para dejar una prueba, un testimonio de heroísmo y dignidad, un ejemplo de resistencia.

 

En el Diario de Ana Frank, otro caso, hay otra pista: no hay pretensión literaria. Se cuenta y ya. Con esa posición frente a la vida salva su existencia. O sea, es un acto suficiente, como el del náufrago que lanza en una botella una petición de auxilio. Interesa escribirla, aunque nadie se la tope. Porque, es más: cuando alguien la encuentre quizá ya sea demasiado tarde.

 

Tanto en el grito del héroe griego, como sucede también en el impresionante escrito del oficial del Kursk, es más lo callado que lo dicho. Los atenienses, al escucharlo, a lo mejor explotaron de júbilo. Sucede como en la teoría de Hemingway sobre el témpano o el iceberg: lo que aparece en la superficie es una mínima parte; lo demás, subyace; está como sustrato, como sedimento, como sustento. En estos casos de escritura, a veces extrema, hay que tener más información que la que se da. Por debajo, hay todo un mundo interior, que sirve para que el presunto lector imagine, tenga posibilidades de ir más allá de lo visible.

 

La nota del oficial muerto en aquel submarino de sofisticaciones, es simple y directa. Sin esguinces. Lo que expresa es lo que se requiere para el entendimiento y la imaginación. Hay un drama contenido, una agonía subterránea (o submarina), están bien dispuestas las coordenadas de los hechos y de lo que producen. Sin efectismos. Hay, quiérase o no, en esas pocas palabras que dicen tanto, una lección de literatura. Sí, literatura bajo presión, que es la que más corresponde al periodismo, ese mismo que en Colombia hace rato está en decadencia porque desterraron de sus páginas las historias y otras narraciones. Qué cosa. Ya nadie escribe a ciegas.

 

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El submarino ruso Kursk.

 

 

 

 

 

 

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Minifaldas para la Guerra Fría

 

(Una prenda de los tiempos del rock, los alucinógenos y las protestas juveniles)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando la minifalda era ya una provocación, a mediados de los sesentas, las muchachitas de los colegios de monjas y aun de los oficiales, con sus faldas a cuadritos más abajo de la rodilla, todavía tenían ese aspecto mojigato y moralista impuesto por la tradición conservadora y los discursos religiosos. Ya en Londres, la diseñadora Mary Quant, en 1964, había revolucionado el mundo de la moda al “inventar” la minifalda, cuyo nombre se inspiró en el Mini Cooper, un poderoso carro que parece de juguete.

 

Los sesentas, que revolcaron el sexo, las juventudes que comenzaron a ser protagonistas de su historia, los movimientos de liberación nacional, la Revolución Cubana, el rock y el uso de estupefacientes como símbolo de irreverencia, advinieron con sus nuevos ropajes y acordes de guitarras eléctricas. Era la Guerra Fría en pleno. Solo que los jóvenes, muchos de ellos nacidos cuando terminó la Segunda Guerra, querían conquistar el mundo mediante la música, las protestas masivas y la marihuana.

 

Y en la llamada década prodigiosa, la del hombre en el espacio sideral y en la luna, la de la invasión gringa a Vietnam y la del Mayo Francés, los sentidos juveniles se conmocionaron ante la aparición de falditas breves que mostraban muslos y ponían a vibrar a los más recalcitrantes y daban pábulo a los hipócritas (los mismos que miraban a las muchachas a través de los dedos de la mano) para decir que la juventud estaba extraviada. Algunos de esos tartufos se parecían al del filme Las tentaciones del doctor Antonio, de Fellini.

 

“Una mujer es tan joven como sus rodillas”, decía la Quant, tras la presentación de su explosiva prenda, que le valdría el título de Oficial de la Orden del Imperio Británico, otorgado por el palacio de Buckingham “por su contribución a las exportaciones inglesas”. La diseñadora, aunque su creación se puso en duda por modistos franceses, como André Courrèges, que se atribuyó su invención, abrió una tienda en Londres y promovió el arquetipo de la mujer delgada, con botas hasta la rodilla y, claro, vestida (o cuasi vestida) con la mini, que alborotó el ambiente de transformación de las juventudes occidentales.

 

Eran los tiempos de la sicodelia y el ácido lisérgico. Uno que otro inquieto leía a escritores Beat y casi todos enloquecían con la banda de Liverpool. Los sesentas mostraron las piernas de las muchachas en su esplendor y le pusieron picante a las maneras de caminar. Ni siquiera los atuendos hippies pudieron descarriar a la minifalda, que continuó su paso seguro hacia la historia de las rupturas en la moda.

 

Por aquellos días en que la supermodelo Twiggy lucía en las pasarelas la pequeña falda, la pusieron en boga Brigitte Bardot, símbolo sexual de la temporada; Nancy Sinatra y, después la viuda Jacqueline Kennedy, en su sonado matrimonio con el multimillonario Aristóteles Onassis. Y mientras la faldita subía y subía, sus atacantes no cesaban de censurarla y atribuirle la perdición de jóvenes y viejos. Era parte —así aparezca como un hecho superficial— de la liberación sexual y la aparición de la píldora anticonceptiva. Para los moralistas, era la prenda una tentación del diablo.

 

En Medellín, una aldea fabril que en los sesentas tenía en su paisaje urbano a muchachos que espantaban beatas con sus palabras y actitudes, como los nadaístas, ninguna dama podía entrar en las iglesias con escotes y, menos aún, con una mini. Ya en las modas de barrio, entre jóvenes al margen de la obrería y la universidad, estaban vigentes los camajanes, con sus ropas extravagantes y sus zapatos (pisos) blanquinegros, conocidos como “golondrinos”. Eran, con su presencia sin normas ni dependientes de los cánones de la elegancia, contestatarios y creadores de un lenguaje particular, además de su “tumbao” en el caminar.

 

Con la arremetida del rock and roll y sus variantes como el baile del twist, en ciudades conservadoras como Medellín se cambiaron estilos de vestir y de actuar en sociedad. El cuerpo tomó otras funcionalidades y ya no estaba tan aprisionado por las cadenas religiosas ni las prescripciones morales, en particular del catolicismo. El go-gó y el ye-yé, los “cocacolos” (como denominaban a los pelaos los más veteranos), más el ejercicio de la danza, sirvió de escenario a la abreviación de las faldas en las ciudad de las chimeneas y las telas.

 

El clima de una ciudad que hoy ya no es la de la “eterna primavera”, favoreció que las minifaldas estuvieran casi todo el tiempo en lucimiento. Junín era una fiesta con los ires y venires de muchachitas de falda corta, aunque el panorama también tuviera a las colegialas del Cefa como parte de la miscelánea. La minifalda, a las que señoras de sociedad atribuían poca distinción, se tornó un símbolo de juventud y de otras formas de la seducción.

 

La minifalda, hoy ya integrante de la cotidianidad, era una suerte de desafío a lo establecido. Una bofetada a los parámetros conservadores. Había en su uso, además de un deslumbramiento, una posibilidad de cambio de carácter y de los modos de mirar, en especial de los hombres: muchacha que pasaba había que voltearse a observarla, soltarle un piropo y hasta un silbido de admiración.

 

Inclusive las “trabajadoras sexuales”, en particular las del sector de Guayaquil, en Medellín, usaron minifaldas muy sui generis: de croché, de colores vivos, en la década de los alunizajes y las revueltas estudiantiles.

 

En los inicios, la mini, tan resistida por la ortodoxia, ascendió gracias a la aprobación de la revista Vogue y, después, ya fue incontenible su uso entre las jovencitas, parte de una transgresión y de una negativa al puritanismo. El marco histórico dentro del cual surgió estaba signado por revoluciones sociales, barricadas y protestas juveniles. Y así se tratara de una frivolidad, la minifalda “calentó” la Guerra Fría.

 

Y sí, los sesentas fueron más que rock, trabas alucinógenas y minifaldas. Tiempos de cambios políticos, guerrillas, boom literario, comunas hippies y protagonismo social de las juventudes. Y, en medio de todo, una faldita corta-corta causó escozores y reavivó el interés por los muslos frescos de las señoritas, todavía sin celulitis.

 

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Duelo criollo en noches de la Guerra Fría

Por Reinaldo Spitaletta

 

No había leído todavía nada sobre duelos cuando escuché en el Bar Florida, una vieja cantina de esquina en un barrio de Bello, el tango Duelo Criollo. Al principio, no era más que una historia incomprensible, de la que apenas prestaba atención a algunos versos, al tiempo que la voz de Gardel, que ya reconocía porque papá y mamá hablaban del cantor que se quemó en Medellín y cantaban algunas de sus piezas, sin desafinar, digo que la voz iba desgranando la canción: “Mientras la luna serena / baña con su luz de plata / como un sollozo de pena / se oye cantar su canción…”.

 

Me quedaban resonando palabras como plata y luna y pena, pero después, con los muchachos que nos sentábamos en la acera del bar, hablábamos de lo que queríamos ser cuando grandes y ahí, en ese punto, no faltaba el que quería ser astronauta, que por entonces la Guerra Fría (según supe después) había puesto en boga, incluidos la perra Laika y el señor Gagarin. Algún otro, deseaba seguir los pasos de su padre, que era policía, y digo que a mí me ponía a rabiar su aspiración, porque, en esos días, los policías aparecían en el carro celular, o bola, o patrulla, para decomisarnos los balones e interrumpirnos los “picaditos” callejeros. No faltó el que quería convertirse en médico, o en bombero (y por la cuadra vivía uno de ellos que tenía una hija que caminaba como pisando flores), o en cantante de la Nueva Ola.

 

Ya no recuerdo que quería ser yo. A lo mejor, atleta de cien metros planos, o futbolista del Deportivo Independiente Medellín, puntero derecho. El tango, en todo caso, se repetía, tal vez porque había algún parroquiano que echaba monedas al traganíquel y solo le gustaba la misma pieza. De pronto, como una atracción inconsciente, volvía a escuchar algunos de sus versos: “la canción dulce y sentida / que todo el barrio escuchaba / cuando el silencio reinaba / en el viejo caserón”. Para mí, en esos instantes, nada significaban tales palabras.

 

Eran los tiempos en que los perros (o, mejor dicho, las perras) del barrio se nombraban Laika. Había una criolla amarilla que se paseaba enfrente de nosotros, cuando Gardel estaba en su interpretación. Alguien la espantaba, o le decía ¡usssh!, para provocar su ira, o le arrojaba un pedrusco. También había perros bautizados como Trotski, Nerón, Gitano, Júpiter, Capitán y ya no sé cuántos nombres más. En todo caso, a ninguno lo pusieron Gagarin, ni Apolo, ni Satélite. Ni cohete.

 

El cuento es que casi todos los atardeceres, cuando una luz malva se regaba por la plazoleta, que a su vez nos servía de cancha, el Duelo Criollo estaba repartido en el incipiente asfalto. Ah, sí, claro, eran tiempos de cuchilleros, pero nunca vi a dos que se batieran dentro del cafetín o en la calle. Tal vez usaban los puñales para disuadir. O, que tampoco era raro, para ir a asaltar alguno con mala suerte. Se contaban historias de que Atehortúa, un malevo del barrio vecino, sabía paradas con la puñaleta, un esgrimista, una suerte de malabarista que ponía a bailar en sus dedos el arma, con la cual, además, pelaba mangos y naranjas y se limpiaba las uñas. Se tejían leyendas sobre otros puñaleteros de peligro de Pacelli, Prado, Niquía, la calle del Talego y otros barrios. Pero insisto: no vi ningún duelo. Además, como lo dije antes, el duelo no estaba dentro de mi repertorio de palabras. Que para desafíos de fútbol con los de otras barriadas, calles y callejones, jamás se habló de duelo, sino de “selección”. “¡Hey, vamos a jugar una selección!” Y entonces nos íbamos a la Manga Elena, a los baldíos junto a la quebrada La García, o a las canchas de Niquía, donde el viento del norte jamás se aquietaba. Se jugaba por el honor del barrio.

 

Y volvían las frases del cantor: “Cuentan que fue la piba de arrabal / la flor del barrio aquel que amaba un payador”. Y ahí sí que menos entendía: ni piba ni payador. “Solo para ella cantó el amor / al pie de su ventanal”, y de pronto esta parte de la historia sí la relacionaba con las serenatas, que entonces no faltaban en ninguna noche de arrabal. “pero otro amor por aquella mujer / nació en el corazón del taura más mentao / que un farol en duelo criollo vio / bajo su débil luz, morir los dos”. Qué vaina. Lo del taura me martillaba pero no podía saber su significado.

 

Pasó el tiempo. Pasó la cantina. Pasaron los muchachos de entonces. Y años después, me encontré con un relato de Manuel Mejía Vallejo, en el que dos hombres encerrados en un cuarto se matan a puñaladas; y luego, con los cuchilleros de Borges. Un día, un mi hermano cantó en medio de una inspiradora borrachera Duelo Criollo, y las viejas palabras retornaron, como un recto a la mandíbula. Claras. Con sentido. En toda su dimensión trágica: “Por eso gime en las noches / de tan silenciosa calma / esa canción que es el broche / de aquel amor que pasó… / De pena la linda piba / abrió bien anchas sus alas / y con su virtud y sus galas / hasta el cielo se voló”.