De hachas y criminales

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Galarza y Carvajal, asesinos de Uribe Uribe

Por Reinaldo Spitaletta

 

Los antioqueños, como tremendos depredadores, utilizaron el hacha para tumbar monte, en las proezas de la colonización. Hubo alguno, Daniel Escovar, que la empleó para asesinar a siete personas en el Aguacatal, el 2 de diciembre de 1873. Aquel crimen, sí, El crimen de Aguacatal, estremeció a la Villa de la Candelaria de Medellín, bucólica y plena de chismorreos, y Francisco de Paula Muñoz se erigió, con su obra, que tiene todos los visos de lo que en la década del sesenta del siglo XX se llamó en Estados Unidos el Nuevo Periodismo, en el pionero del reportaje en Antioquia.

 

Las hachas me han transmitido una sensación escabrosa. Como si recibiera, al verlas, una descarga eléctrica. Recuerdo que mi abuelo materno las manejaba con cierta gracia y pericia. Cuando estaba cortando troncos en su finca de Rionegro, en lo que para otros observadores era un espectáculo, para mí se convertía en un ritual desagradable. Siempre pensé que, de pronto, en uno de esos golpes, fallaría y se amputaría una pierna. Nunca pasó y no sé si, en el fondo, o en algún ignoto lugar del inconsciente, yo deseaba que el viejo Marcelino, ojiazul, semicalvo  y de 1.65 metros de estatura, se despedazara con la herramienta.

 

De ahí, también, que nunca me gustó el dicho paisa de “ni raja ni presta el hacha”, que los guasones, con cierta dosis de chabacanería, transmutaban en “ni presta el hacha ni la raja”, sobre todo para referirse a ciertas muchachas. Pero saliéndonos de estas procacidades, soñé durante mucho tiempo, no sé cuánto, con el hacha de Raskolnikov, que la veía cimbrar sobre mi cabeza. Cuando leí la novela de Dostoievski, que mi papá me regaló en una edición de Bedout, relacioné a la vieja usurera con los prenderos de Bello, entre ellos Modesto Ochoa, que un día apareció muerto en su local de agiotista, intoxicado por una lata de sardinas. El hacha me persiguió hasta cuando me enteré, tal vez porque mi abuelo, que además era tiplista y coplero, cantó una noche de mis vacaciones de fin de año una canción en la que mencionaba a Galarza y Carvajal.

 

Entonces, como una transferencia o no sé qué vaina, ya el hacha del ruso no apareció más en mis pesadillas. Más bien, me interesé por averiguar quiénes habían sido aquellos dos asesinos del general Rafael Uribe Uribe, que a golpes de hachuelas lo dejaron tendido en Bogotá, muy cerca del Capitolio, el 15 de octubre de 1914. Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal, dos carpinteros de tierra fría, se encargaron de eliminar al político liberal antioqueño que, tres lustros atrás, había salido derrotado de la Guerra de los Mil Días.

 

Sobre los dos criminales, que según supe años después, los hermanos Vicente y Francisco Di Doménico, filmaron un largometraje (el primero del cine colombiano) en 1915, se extendió una cortina de misterio. Porque siempre se dijo que detrás de ellos, dos ruanetas de apariencia simple, hubo otros asesinos en la sombra. Suele pasar con los magnicidios.

 

El caso es que alguna vez pude leer las declaraciones de los convictos, y había en sus relatos una precisa frialdad, que me heló la sangre.

 

Galarza, por ejemplo, decía: “En la dirección que llevábamos antes del ataque, es decir, Carvajal como a unos diez paso del General Uribe, guardándole la espalda, y yo al lado derecho del General Uribe, de pronto y al llegar como hacia la mitad de la cuadra de la carrera Séptima, ya citada, avancé unos pasos adelantándome al General Uribe, me fui de frente devolviéndome sobre él, y así en esta posición levanté la hachuela, que la llevaba ya lista debajo de la ruana, y le descargué el golpe que se lo dirigí sobre la cabeza y le cayó sobre la frente, del lado izquierdo…”.

 

Por su parte, su compinche, Jesús Carvajal, relataba: “Yo le di el segundo hachuelazo al General Uribe; el ataque que le hicimos fue así: al llegar a la carrera 7a. el General Uribe cruzó esta y siguió por la acera izquierda; yo seguí detrás por el mismo lado, y Leovigildo Galarza siguió a la derecha del General; al llegar como a la mitad de la cuadra, Leovigildo se adelantó unos pasos al General, subió por el andén por donde el General iba, se volvió sobre éste y le dio con la hachuela que llevaba un golpe en la cabeza o en la cara sobre el lado izquierdo, de cuyo golpe cayó el General al suelo; en seguida me bajé del andén, me le acerqué al general, le di un hachuelazo en la cabeza con la hachuela que yo llevaba, y me retiré para la acera derecha, donde inmediatamente me rodearon y me cogieron, desarmándome un agente que me quitó la hachuela”.

 

Y aunque no volví a soñar con hachas, o asesinos que las portaran, creció en mí el repudio por ese instrumento, tan usado por carniceros, aserradores, leñadores y, claro, por uno que otro criminal; unos sin arte alguno como los descuartizadores del puerto de Buenaventura, y otros, muy refinados, como los protagonistas de algunos cuentos del argentino Abelardo Castillo.

En primaria, una profesora nos enseñó a cantar el bambuco La ruana, de Luis Carlos González y José Macías, pero, ahora que lo recuerdo, me desafinaba en aquellos versitos que dicen “es fundadora de pueblos / con el tiple y con el hacha…”. Tal vez pensaba en los hachazos que mi abuelo les propinaba a coníferas y siete cueros. O, lo que también puede ser posible, ya tenía la premonición (una premonición hacia el pasado) de que con una como aquella, habían matado en la ficción a una usurera rusa, y que dos artesanos, Galarza y Carvajal (“que matasteis a Uribe Rafael”, cantaba el viejo Marcelino), con sendas hachuelas, habían cometido un crimen a sangre fría.

 

Sobra advertir que, a diferencia de lo que dice el gran poeta Epifanio Mejía en El Canto del Antioqueño, mis mayores no me dejaron a mí ningún hacha por herencia. Menos mal.

 

(Marzo 19 de 2014)

 

 

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