Los colores de los niños

Reinaldo Spitaletta

Los niños son más coloridos que el arco iris. Voy a enfocar al que está concentrado en la cartilla. Su cara, mejor dicho, todo él, es un abecedario, con un mi mamá me mima muy verde y un enano come banano, amarillo, y ahora adquiere el color de la iguana, la misma que toma café a la hora del té, qué niño este color de uva, color de albahaca, color limón. Mi cámara hará un paneo y se detendrá en aquel que dirige con un control remoto un carro de carreras sobre una pista de hielo. Qué extraño: sólo a él se le ocurre una aventura así, un fórmula uno de juguete deslizándose por esa agua dura.

Me gusta ver los colores de los niños sobre todo a través del visor. Apunto ahora al que lleva la pelota, ora en los pies, ya en las manos, de pronto en la cabeza, es un malabarista, hace treintaiunas, la pelota está encantada, él la acaricia, la ama, la consiente, es un pelado que seguro va a ser sensación en su barrio, o, mejor, ya lo es, porque las señoras salen a las ventanas a observar las versatilidades del hijo de doña Margarita, según declara una. Sí, es una maravilla, con tal de que no nos quiebre las vidrieras a balonazos, dice otra.

Encuentro otro, embelesado con un cascabel colgante, alza los pies, levanta las manos, ríe con una risa de dientes inconclusos, en medio de trapos azules y blancos. El cascabel es amarillo y tal vez para él así será el sol.

En mis recorridos hallo, de pronto, a niños que persiguen mariposas en el parque. Aquellas, bailan, hacen fintas, y ellos tratan de alcanzarlas, ellas se alzan, luego bajan, y ellos brincan y al fin se cansan. Las mariposas se van, parecen contentas. Ellos también. Tienen la cara anaranjada.

Por ejemplo, aquel que va del brazo de su mamá tiene el color del cono, debe de ser un helado de fresa, crema regada alrededor de la boca, lengua de ansiedad. Pienso no sin cierta maldad qué pasaría si la crema se le cayera al piso, tal vez habría llanto, conmoción, su mamá se devolvería a comprarle otro, él no querrá otro si no el que se ha regado y llorará. Puede haber pataleta. La mamá le limpiará la cara, el sentirá el último sabor de su cono y caminará mirando atrás, mientras el helado se derrite. La acera también tiene derecho a probar.

Así, cada vez veo niños que parecen pintados en cuadernos de dibujo escolar. Rayados, mezclados los colores sin un orden especial, un ojo más grande, una nariz larga, otra chata, boca de sonrisa alguno, rayita de tristeza otro. Lengua afuera, el de más allá. Pantalón sucio, camisa rota, caminando por una calle morada. Son extraños estos chicos, capaces de meterse sin pensarlo en una valija llena de cuadernos.

Los niños son, en sí mismos, el color. Una fiesta. Cuando quieren asumen el rojo, sobre todo cuando salen del jardín escolar. ¿Ven? Cuando lo desean son grana, oro, celeste, vino tinto, o, como también los he visto, son capaces de pintarse con el alado color de las cometas y el tembloroso cromo del vuelo de una mariposa.

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