Dos viejos bien iluminados

(Reseña de dos cuentos de Hemingway con guerra civil y bar limpio)

 

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Un lugar limpio y bien iluminado, como en un cuento de Hemingway.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Un gran narrador de historias cortas, de cuentos y una nouvelle como El viejo y el mar, siempre puede ser un motivo —o una incitación— de lectura permanente y, además, de comentarios reiterados al respecto. Papá Hemingway, como le decían desde muy joven, es un escritor de aquellos que se puede llevar en el bolsillo, encontrárselo uno en un café, presentirlo en un riachuelo, en el viento, en las hojas secas…, en una guerra. Nos acompaña a muchos quizá desde la adolescencia, cuando sus relatos, como Campamento indio o El vino de Wyoming, nos procuraban imágenes perdurables, como las que nos quedaron grabadas por la encerrada acción cinematográfica de Los asesinos.

 

Es posible que el mejor Hemingway se halle más en sus cuentos que en las novelas. Como sea, en el “short story” hay una habilidad de caracterizaciones con economía de lenguaje, usando apenas sugerencias, pocos datos, lo esencial. Una octava parte del témpano, como él mismo decía. Como pasa, por ejemplo, en El viejo en el puente y en Un lugar limpio y bien iluminado, ambos en España, que era, como se sabe, la “segunda patria” del escritor estadounidense. Las dos narraciones tienen, como común denominador, viejos en su trama.

 

El más breve de los dos, con un trasfondo de guerra civil, con la inminencia de la llegada de los fascistas al puente donde hay un viejo de 76 años que espera, que sufre por lo que ha dejado atrás, un gato, dos cabras y cuatro pares de palomos, tiene una reconcentrada tensión. Es una historia que puede hacer brotar lágrimas en el lector, conmovedora. El otro, en el que se insinúa una especie de estado de excepción, o de toque de queda (con una patrulla, un soldado y una muchacha), sucede en un café y en él hay un habitué de allí, un viejo que toma coñac y se emborracha. Lo caracterizarán, es decir, lo narrarán y pondrán en escena, los dos camareros, uno casado y con más edad que el otro.

 

En ambos mundos (hablando de Hemingway, no es gratuita esta designación) no se nombran ni al viejo ni a los otros personajes que aparecen. Se diseñan sus personalidades con una capacidad de síntesis admirable, sí, como si estuviera aplicando las normas de aquel viejo manual de estilo y redacción del Star, periódico donde Hemingway dijo que aprendió a escribir, a usar solo verbos y sustantivos, y nada, o muy poco, de adjetivos.

 

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Con menos de 700 palabras, Hemingway crea un clima dramático, con visos sentimentales, en El viejo en el puente. El narrador, un miembro de la resistencia antifalangista entra en conversación con el viejo cansado, al que los fascistas han expulsado de su pueblo natal, San Carlos, en el que se han quedado sus amores, los antedichos animales. En el corto diálogo, el viejo, ante lo irremediable, expresa su optimismo por la suerte del gato (“un gato sabe cuidarse”), pero su desazón por los otros que son parte de su existencia. Tras doce kilómetros de caminata, el viejo está en el puente, descansando. Algo, la sutil naturaleza del relato, con su guerra como telón de fondo, advierte que ese puente, ese lugar hasta el que ha llegado, será la última etapa de ese hombre que parece no tener a nadie más en el mundo que sus animales.

 

Un lugar limpio y bien iluminado tiene como centro de gravedad la presencia de un viejo solitario que había intentado suicidarse una semana antes. Está construido el cuento con las voces de los camareros y muy poco con la del viejo, al que uno de los dos mozos —el de menos edad y soltero— comienza a detestar. Tanto que formula una afirmación categórica, terrible: “un viejo es algo asqueroso”.

 

En uno como en otro, Hemingway vuelve a dar cuenta de su proverbial capacidad para el diálogo (que llega al súmmum con Los asesinos). El cuento se inicia con una referencia al tiempo, “era tarde”, una sombra, una luz y un único cliente, el viejo, que era, según los camareros, un buen cliente, pero ya estaba a punto de emborracharse (con la aprensión de ellos de que se podía ir sin pagar).

 

Y después sabemos que el viejo intentó colgarse de una soga, pero lo salvó una sobrina, y más tarde nos damos cuenta de las diferencias existenciales de los dos camareros, uno casado, otro soltero; uno, el más viejo, que siente afecto y solidaridad por aquellos seres solitarios que necesitan un bar, un café bien iluminado y limpio; el otro, somnoliento y cansado, desea solo irse a dormir más temprano, sin importarle si el viejo requiere de aquel ámbito para mitigar sus penas, sus ausencias, quizá sus soledades. Y tomarse otro coñac.

 

El viejo, un poco sordo, no sabe que uno de los camareros desea con toda su alma, o tal vez su rencor, que él, el viejo de ochenta o más años, se hubiera matado la semana pasada. Uno de los camareros, el más joven, tiene prisa por salir más pronto del café; el otro aspira a quedarse hasta más tarde y destaca con convicción que un café deber estar bien iluminado y gozando de limpieza.

 

El camarero mayor, tras cerrar el bar, se queda monologando sobre la nada, “la nada nuestra que estás en la nada, nada sea tu nombre, nada a nosotros tu reino…” y de pronto aparece en una barra de un bar que tiene buena luz, pero su barra no está lustrosa, pide un trago y se va a dormir, siempre con la obsesión, o la idea fija de que un café limpio y bien iluminado es otra cosa.

 

En ambos cuentos, con dos viejos distintos y una vejez verdadera, se notan el cansancio, el tedio, el vacío que va dejando en el hombre la instancia última, el paso previo a la muerte. La diferencia está en que uno de los viejos, tan solo como el otro, todavía sale a tomar coñac a un bar limpio y con buena luz. El otro es un expulsado que lo ha perdido todo: su gato, sus dos cabras y sus palomos.

 

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Ernest Hemingway estuvo muy cerca de la guerra. Varias de sus obras lo atestiguan.

 

Los asesinos o el perfecto minimalismo

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Por Reinaldo Spitaletta

Hace años, como que estaba terminando la adolescencia, cuando leí por primera vez  Los asesinos, de Ernest Hemingway, pensé que era una tragedia inconclusa, en la que el destino, sobre todo el del hombre que iba a ser “matado”, era ineludible. Solo se trataba de una prórroga. Si se había salvado de que lo tirotearan los dos sujetos de abrigo que habían entrado al restaurante Henry (antes un bar), era asunto de suerte.

El cuento, una lección de cómo usar el diálogo, me impresionó en aquellas temporadas en las que todavía no había escuchado hablar de sicarios, aunque aquí y allá había asesinos y otros desalmados. Después, cuando ya leía más allá de la peripecia y de los anecdotarios, y aprendí a buscar datos escondidos, sugerencias, ambientes y otras informaciones, vi que en aquel pueblo llamado Summit, cuya traducción (bueno, suponiendo que los nombres propios tengan traducción) era así como cima, pináculo, montaña, me condujo a tener la idea fugaz de que si hubiera sido donde yo habitaba entonces, el poblado se llamaría Quitasol, pero el cuento tal cual como lo bautizó su creador.

El título, para iniciar por ahí, es el más adecuado. No se podría llamar Al y Max, por ejemplo. Tampoco Ole Andreson, o el hombre que espera la muerte. No. Los asesinos. Y punto. En este pueblo, en el que se siente una opresión producida más por el vacío que por la abundancia de habitantes, por ejemplo, hay un tranvía. El restaurante, en el que el cocinero es un negro al que ninguno se refiere a él por el nombre, excepto el narrador en tercera persona, tiene un espejo justo al otro lado del mostrador que, según el narrador, es porque antes allí había funcionado un bar. Se pudiera pensar, sin gastos de mucha materia gris, que en un bar pudiera haber más jaleo que en un lugar de comidas.

Parecería que allí, en aquel pueblo, no pasa nada. La aparente calma del Henry se va alterando con el ingreso de dos presuntos clientes, con gabán, con abultamientos en el mismo, que abrieron la puerta y se sentaron ante el mostrador. Hay preguntas sobre lo que quieren, hay dudas en los dos. Se sabe que está oscureciendo. Los tipos, lo sabemos en el tercer párrafo, han leído la carta y están hablando con George. Más allá, y con sutileza se van introduciendo los otros personajes, está Nick Adams, que, como sabrán todos los lectores de Hemingway, era una suerte de alter ego del escritor y que aparecerá en otros relatos, como decir, uno que es maestro también: Campamento indio.

Las provocaciones, muy medidas, sin alteraciones de personalidad ni de genio, van surgiendo de parte de los dos visitantes. Nos enteramos, con sutileza, que en la pared hay un reloj, sabemos la hora que allí muestra, pero después se sabe que el reloj está adelantado veinte minutos, dato nada superficial. Los diálogos suceden en torno a lo que desean comer y beber aquellos dos que aparentan sangre fría y control de la situación. Hay un dato sobre el clima (hace calor y casi al final el lector sabrá que es un día de otoño). La conversa sucede en torno a lo que se sirve, a lo que no hay en el restaurante, a lo que ofrecen y no cumplen, todo con una exactitud en las palabras, en los gestos, sin ningún exceso. Todos, los que entraron y los del comedero, hablan sin abundancias.

De una manera que va en crescendo, la tensión aparece según las palabras, las órdenes, las miradas, alguna imprecación. Los dos hombres toman control del interior, tanto de la parte de las mesas y mostrador como de la cocina. Y de pronto, se suelta la intencionalidad de los forasteros: “vamos a matar un sueco”, dijo Max. Se desgrana el nombre del que van a asesinar, se sabe que casi siempre llega a lo de Henry. Los visitantes  tienen el control de todo. En la cocina, dejaron al negro y a Nick, amarrados, con la boca tapada con toallas. Y todo el que entre a pedir algún servicio, ya George, instruido por los asesinos, le tendrá que decir que el cocinero no está.

El cuento, que llega a altas cumbres de suspenso, está determinado por el tiempo, por un reloj que avanza y que hace que al fin de cuentas los asesinos salgan del restaurante, que el sueco no llegue y que, como una especie de “tour de force”, el muchachito Nick vaya a buscar al sobreviviente en una pensión. La utilería es nombrada y usada, como en el buen teatro. Nada aparece gratis. Todo tiene una funcionalidad, unos empleos, no es solo decorado.

Las pistas que da el narrador llevan a sospechar que el boxeador de los pesos pesados haya cometido una trasteada a gente malosa de Chicago; también a que ya haya llegado al tope de la existencia, de que para él ya nada tiene remedio ni sentido, y lo inexorable no se puede eludir. En la creación de este cuento, que cumple con todas las prescripciones modernas del género (tensión, intensidad, un asunto, un conflicto…), Hemingway renueva su talento para la narración corta y pone al lector en vilo. Maestro en la economía del lenguaje, en mostrar acciones, en no adjetivar, torna a Los asesinos en una breve obra de elevada alcurnia literaria.

Pero, y aquí trato otra esfera del relato, Los asesinos (publicado en 1927) puede ser una pieza para el ejercicio de discusiones en torno a la ética (como, digamos, lo pueden ser en nuestro ámbito colombiano Que pase el aserrador, de Jesús del Corral, y Espuma y nada más, de Hernando Téllez, por solo nombrar dos). Con alumnos de Periodismo de Opinión en la Universidad Pontificia Bolivariana cuando llegamos al tema, acordamos en la discusión que ética es, en última instancia, la posibilidad de no dañar al otro, y menos de matarlo, y así recorremos desde aspectos de la ley del Talión, pasando por partes del Código de Hammurabi, hasta los modos modernos de destrucción del hombre por el hombre.

Algunos estudiantes, en el debate, advierten que los dos asesinos son éticos porque bien hubieran podido matar a George, Sam y Nick, pero que en su oficio, en su arribo a un pueblo en el que nadie se esconde impunemente, iban era a cumplir un cometido, quizá una orden, una acción a sueldo (o una venganza). También está la posición contraria. Y se deja ver en la argumentación de los que dicen que no son éticos, que ambos iban equipados con la intención categórica y brutal de matar a la víctima señalada. Lo que queda en el ambiente es que Al y Max son asesinos profesionales.

¿Y sobre Ole Andreson? Hay en este personaje un género de resignación, de no luchar más, de no defenderse, una actitud kafkiana de dejar que las cosas pasen, sin repulsa. O, en otro sentido, como podría acaecer en una tragedia griega, en la que ya contra lo predestinado, contra lo escrito por los dioses, no hay reversa.

El cuento puede tener sutiles referencias a los tiempos de la Prohibición en los Estados Unidos y, asimismo, ancla algunos detalles en la realidad de entonces, cuando en Chicago y otras ciudades florecieron los mafiosos, los capos evasores de impuestos y controladores del contrabando de licores. El boxeador puede estar basado (al menos en la sonoridad del nombre) en el sueco Andre Anderson, noqueado en aquellas calendas por el legendario Jack Dempsey, campeón mundial de los pesos pesados.

Sí, después de todo, Los asesinos (que bien puede leerse en el tranvía, en el metro), con una visión y técnicas cinematográficas, se constituyen en una joya de lo que algunos han llamado el “minimalismo objetivo”, sin mundo interior, con toda la fuerza y sustento en lo que afuera está pasando, en las acciones, en lo sustantivo. Es un cuento de circunstancias, sin antecedentes de los que allí aparecen, sin pasado, sin flashbacks. Es el ahora, controlado por los relojes, por la inexorabilidad del tiempo. Y por lo que ya no tiene remedio.

 

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El escritor y periodista Ernest Hemingway

Papá Hemingway

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hace cincuenta años (2 de julio de 1961), el escritor y periodista Ernest Hemingway se descerrajó un disparo con una escopeta de dos cañones, tal vez para cazarse a sí mismo, o porque ya —según Laurence Durrell— era un impotente sexual, o porque, como se ha investigado, se le habían acabado las historias. Y esta situación sí es una tragedia de dimensiones griegas en la vida de un escritor. En ese momento, la leyenda —que ya lo era en vida— cobraba visos de mito, y el autor de El viejo y el mar, se convertía no sólo en uno de los más leídos autores del siglo XX, sino en uno de los más imitados.

 

Hemingway, de padre médico y mamá artista, será también un escritor (y periodista) de la guerra, como que le tocó vivir de cerca las conflagraciones más terribles del siglo (y de la historia de la humanidad). A los diecisiete años, cuando ya sabía boxear, pescar, disparar escopetas de caza, jugar rugby y apenas terminada la secundaria, ingresó como reportero en el Kansas City Star, en el que, según lo recordaría siempre, aprendió del manual de estilo del periódico: frases cortas, verbos y no adjetivos, siempre lenguaje positivo y vigoroso.

 

Ya en la Primera Guerra, en la que estuvo como ayudante de ambulancias, presenció los horrores en el frente austriaco-italiano, en el que fue herido por las esquirlas de un obús, algunas de las cuales llevaría toda su vida. De aquella experiencia se nutrirá su literatura, en la novela Adiós a las armas, que tiene aspectos autobiográficos. De la guerra también conoció las desgracias humanas en el pavoroso encuentro entre griegos y turcos, que narró en crónicas para el Daily Star, de Toronto.

 

Hemingway, el que aprendió en España no sólo a amar la tauromaquia sino a los republicanos, va a ser un cronista de su tiempo y un escritor de muchas partes (La vida está en todas partes; la literatura, también, pudo haber pensado). Así como creará novela y cuentos italianos, también escribirá novelas y relatos franceses, españoles, cubanos, africanos. Lo más norteamericano que concibió fue su obra A través del río y entre los árboles, que sucede en Venecia, y muchos de sus cuentos ocurren en Norteamérica, como es el caso, por ejemplo, de Los asesinos, con su alter ego Nick Adams. De España, a la que consideró su segunda patria, narrará la guerra civil, tanto en reportajes para revistas como Nana y Esquire, o en novelas como Por quién doblan las campanas (censurada por el franquismo), con personajes inolvidables como Robert Jordan y María.

 

Otro de sus amores (aparte del de muchas damas) sería Cuba. En efecto, en la isla escribió su novela sobre la guerra española (publicada en 1940), pero también bebió de otras historias. En 1936 había publicado en Esquire la crónica titulada Sobre las aguas azules, en las que ya está el germen de El viejo y el mar. Esta novela corta e intensa, publicada en 1952 en la revista Life, le agrandará la fama y le hará merecedor del Pulitzer. En 1954, el Nobel recaería en él, que para entonces era un escritor con atisbos heroicos, célebre no sólo por sus ficciones sino por sus aventuras, safaris, participación en la resistencia antinazi francesa, romances, en fin.

 

En Cuba, donde se estableció primero en el hotel Ambos Mundos y después en Finca Vigía, situada en Francisco de Paula, afueras de La Habana, Hemingway fue un tipo amado por todos. Sus recuerdos están esparcidos por el yate Pilar, por la Bodeguita del medio, por el Floridita donde hizo célebres los daiquiris, por Cojímar y por el libro de Norberto Fuentes (Hemingway en Cuba).

 

Hemingway, el mismo que “cubrió” la Segunda Guerra para Collier’s y otras publicaciones, a cincuenta años de su muerte sigue siendo leído y estudiado. Aquel miembro de la Generación Perdida (bautizada así por Gertrude Stein), cuyas experiencias de cuando eran “jóvenes, felices e indocumentados” aparecieron de manera póstuma en su obra París era una fiesta, continúa rondando a los lectores.

 

“Papá” Hemingway, aquel que en una crónica anticipó la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra, dejó, tras su disparo definitivo, un legado de arte literario y de ética. Y tal vez algo más hondo, como la reflexión del viejo pescador Santiago: “El hombre no está hecho para la derrota; un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

 

(Escrito en Medellín, julio 4 de 2011)

 

Las campanas doblan por todos

(Evocando una novela de Hemingway)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

La historia humana está ligada a la guerra. Se podría afirmar que el guerrear es propio del hombre. Ha sido una constante, desde los tiempos primigenios. Tratada por filósofos, científicos, poetas, estadistas y por los pueblos en general, la guerra ha abonado con sangre y fuego, el arte de la literatura. Ahora y siempre. De los chinos a los egipcios. De Oriente a Occidente. Todos los puntos cardinales del orbe han sido escenario de la confrontación armada entre los hombres.

Ya se volvió un lugar común una de las frases más célebres de Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Y esta de Miguel de Cervantes, no es que sea hoy rara: “el fin de la guerra es la paz”, que parece haberla tomado de San Agustín. La guerra, en muchos casos, ha inspirado obras de gran calado, como la Anábasis o el regreso de los diez mil, de Jenofonte; la Ilíada, de Homero; Guerra y Paz, de Tolstoi y aun la Biblia, que tiene muchos pasajes dedicados a encarnizadas batallas.

En el siglo XX, el más sangriento de todos, la literatura ha dejado, como testigo de la crueldad y el absurdo de esta centuria, numerosas piezas sobre el tema. Faulkner, Dos Passos, Steinbeck, Böll, Mailer, Valtin, Malaparte y Hemingway, son algunos de los escritores que han utilizado la guerra en sus obras. El último de los mencionados, aventurero, aficionado a los toros, la caza, la pesca, el boxeo, el buen licor y, desde luego, las mujeres, aprendió sus lecciones de literatura en el ejercicio del periodismo. Sus crónicas y reportajes, como también varias de sus más logradas obras de ficción, son un testimonio revelador de las contradicciones de nuestro tiempo. Testigo y actor de las dos devastadoras guerras mundiales, de la guerra civil española, de la invasión japonesa a China (una de las más sangrientas de la historia) y del choque greco-turco, el autor de El viejo y el mar tomó buena parte de su materia prima narrativa de esos acontecimientos.

Heredero y cultivador en el terreno reporteril del estilo de John Reed (conocido como el Reportero de la Historia), no solo fue un observador pasivo (de actitud binocular o de catalejo) de los combates. Fue protagonista. Luchador. Parte de la batalla. Y hasta carne de cañón. Durante la Gran Guerra, en el frente italiano, el entonces joven Hemingway fue herido por la explosión de un obús. Varias de las 237 esquirlas que penetraron en su cuerpo las llevaría toda la vida. Algunas de sus experiencias de la primera guerra las consignará en Adiós a las armas, publicada en 1929, y que es, a la vez, una historia de amor.

Hemingway, corresponsal de guerra, hombre de acción, aquel que según Marlene Dietrich encontró el tiempo para hacer las cosas con las que los otros hombres se limitan a soñar, desarrolló su arte novelístico en Por quién doblan las campanas, que, en determinados aspectos, puede ser su mejor novela. Es una suerte de fresco sobre la guerra civil española, en la que hace gala de su talento, en particular del manejo del diálogo. “No fue solo la guerra lo que puse en mi libro, ha sido todo lo que aprendí en España durante 18 meses”, declaró alguna vez.

La obra trasciende la guerra. Hemingway, que tomó abiertamente partido por la causa republicana, y además consideraba a España como su segunda patria, crea en esta pieza personajes que algunos llaman inolvidables. Jordan, el viejo Anselmo, Pilar, El sordo, María, van más allá de ser gente matriculada en uno o en otro bando, o de tener uno u otro rótulo de facciones. Cada uno a su modo, reivindica el género humano. Y aunque es un libro que huele a muerte, también tiene el particular olor de la vida. “Vi cómo los mataban a los dos. Mi padre dijo: ‘¡Viva la República!’ cuando le fusilaron, de pie, contra las tapias del matadero de nuestro pueblo. Mi madre, que estaba de pie, contra la misma tapia, dijo: ‘¡Viva mi marido, el alcalde de este pueblo!”.

Al leer Por quién doblan las campanas, se pueden quedar varias impresiones. Una de ellas es poder decir, con Agustín, uno de los personajes: “¡Qué puta es la guerra!”, y, otra, afirmar con Robert Jordan, el protagonista de la novela: “He estado combatiendo desde hace un año por cosas en las que creo. Si vencemos aquí, venceremos en todas partes. El mundo es hermoso y vale la pena luchar por él, y siento mucho tener que dejarlo”.

El epígrafe de esta novela, que Hemingway toma de una meditación del poeta inglés John Donne, tiene una vibración permanente, como la de espíritus cuyos cuerpos desaparecieron hace años. Un apartado advierte: “Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.

Las guerras continuarán porque, parece, son esenciales al hombre. Y estos procesos de destrucción de la razón y la inteligencia, continuarán inspirando a artistas y generando posiciones éticas y estéticas. Como las que asume, por ejemplo, un personaje de la novela La luna se ha puesto, de John Steinbeck: “Los hombres libres no pueden iniciar una guerra, pero una vez que ha comenzado pueden luchar hasta la derrota. Los que forman rebaños, los que siguen a un jefe no pueden hacerlo, y es por esto que las manadas ganan los combates y los hombres libres ganan las guerras”.

Entre tanto, las campanas continuarán doblando. “¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?”, se preguntaba el poeta inglés en su meditación. Y hay voces que llegan con el viento, incluidos los vientos de guerra, que dicen que las campanas doblan por todos. Así que no hay por qué preocuparse. ¿O sí?

 

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Ernest Hemingway con milicianos de la Guerra Civil española

Tras el fantasma de Hemingway

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Por Reinaldo Spitaletta

 

N.B: Hace diez años, en enero de 2003, estuve en La Habana, con santeras, en solares, con algún palestino de mirada fría, con trovadores, escritores, cantantes, jineteras y músicos. Con la gente. Pero en rigor, iba tras el fantasma de Hemingway. Esta nota fue una de las que escribí.

 

Hubiera querido encontrar a Gregorio Fuentes, inspirador de El viejo y el mar, pero cuando llegué a La Habana, ya el hombre llevaba un año bajo tierra. Uno pensaba que la muerte no lo tocaría. Murió a los 104 años. Quedaba, por lo menos, Finca Vigía, la casa donde Ernest Hemingway vivió, en largas temporadas, desde 1940, después de publicar Por quién doblan las campanas. En San Francisco de Paula, que es donde está, a unos 15 kilómetros del centro, llegué con todas las ganas de poder teclear, por ejemplo, su máquina de escribir, aunque se sabe que sus borradores los escribía de pie, a lápiz, con el papel en un atril; o de acercarme hasta una cabeza de búfalo, de los ejemplares que el escritor cazó en África. Uno sucumbe, en general, ante el fetiche, y entonces quiere imaginar cómo unas botas, una cachucha, un aguamanil, en fin, estuvieron en relación con su dueño, y sobre todo si su dueño es Papá Hemingway, como lo llaman los cubanos.

 

En la portada, una dependiente rubia y mal encarada te vende la entrada y te advierte que si querés tomar fotos, pues entones tenés que pagar cinco dólares más. Un aviso informa que es más barato el tiquete (un dólar con cincuenta) cuando está lloviendo. No llueve ahora. Menos mal. Hay una brisa fresca, que mece las palmeras, los mangos, los naranjos de la carretera que sube hasta la mansión. No sé por qué, en el suave ascenso, recuerdo la imagen congelada del leopardo de la Nieves del Kilimanjaro. De pronto, aparece la quinta, blanca, enorme, rodeada de vegetación, cantos de pájaros y, claro, una tienda en la que, además de postales, camisetas y souvenires hemingwayanos, ofrecen los mismos artículos con la efigie del Che Guevara.

 

La ansiedad aumenta en la medida en que te acercás a los corredores y estás a punto de traspasar los salones. Pero, qué va. Entrar propiamente hasta tener la posibilidad, por ejemplo, de tocar y hojear alguno de los nueve mil libros que el escritor dejó allí, o leer de cerca el gran cartel que anuncia una corrida de toros en Quintanar de la Orden, es imposible. La frustración aparece cuando una funcionaria, a través de una ventana, te dice que, para hacerlo, “hay que coordinar la entrada con el Ministerio del Interior”. No hay remedio: tendrás que ver el interior de la casa por las ventanas, lo que ya le quita el tono de intimidad a la visita, porque quién que haya leído las obras y se haya enterado de la vida aventurera del escritor, no quisiera estar un momento muy cerca de alguno de los libros que lo trasnocharon y que desde este lado no se alcanzan a apreciar; o de sus libretas de apuntes; o, si es que le gustan los trofeos de caza, de las cabezas de venado y los cuernos de renos y toros que mirás ahora con cierta asombrada distancia.

 

Adentro, hay ahora unos japoneses, con sus cámaras de video, que seguro sí “coordinaron la entrada” y una empleada que los guía por los cuartos. A vos te toca seguir por fuera, caminar por los corredores, sentir el canto de pájaros y el rumor de la brisa en los árboles. Sentís los olés al mirar los afiches de las ferias españolas y te imaginás a una vieja banda de jazz al ver un radiotocadisco de tubos, en un rincón. Das vueltas, te detenés frente a una bañera; más allá, una colección de botas viejas; luego, unas dagas, machetes y otros objetos de culto, porque, lo dicho, el fetichismo es incontrolable. “Qué casota, ese man sí que era un buen burgués”, se te ocurre pensar de afán, y eso que todavía no has visto la piscina, el yate, la terraza con sus ocho columnas griegas, ni has subido a los cuartos de la segunda planta. Lástima no poder ver los títulos de los 500 acetatos para tener una idea de cuáles eran los gustos musicales de Hemingway.

 

Husmeando por las ventanas, parecés una especie de voyerista y recordás que días antes viste el Hotel Ambos Mundos, por la calle Obispo, en el cual también vivió el escritor, en la habitación 511. Tratás de imaginar cómo habitaron allí, en Finca Vigía, llenos de comodidades, cuatro perros y cincuenta y siete gatos. Ahora no sabés si seguir por un camino de adoquines hacia la piscina o subir a otros pisos. Arriba, en una torre, hay un cuarto con una piel de pantera en el suelo, a modo de tapete, escritorios y cosas corrientes que, de no haber sido porque pertenecieron a Hemingway, no tendrían ninguna importancia. Busqué, sí, las fotografías de Spencer Tracy, el actor que hace de Santiago en la película El viejo y el mar, pero no las vi por ninguna parte. Dos mujeres, una morena y una blanca, me sonreían mientras me embelesaba con la epidermis de la fiera caída. Les sonreí y las saludé. “Puede tomar fotos, no importa si no pagó”, dijo la morena. “Ah, y si quiere le vendo postales, más baratas que en la tienda”, susurró la otra. Ambas me dijeron que, si deseaba, podía subir hasta una pequeña azotea. Desde arriba, el paisaje es abrumador: una vista hacia todos los puntos cardinales, abundancia de palmeras y, lejos, pedazos de La Habana.

 

Volvés a recorrer la primera planta y ahora ves un sofá, mesas pequeñas, viejas botellas de licor. Una enorme mesa de comedor con los platos encima y candelabros, y creés oír un rumor de selva cuando aparece en una pared una cabeza de antílope. Los japoneses siguen ahí. Es cuando decidís irte a ver a “Pilar”, el yate que ahora reposa junto a la piscina vacía, donde hay más empleadas cubanas. Es ahí cuando te acordás de Gregorio Fuentes, el pescador español-cubano, nacido en Lanzarote, que acompañó durante jornadas sin cuento al escritor y el que, en 1936, sobre las aguas azules de la corriente del golfo, vivió la peripecia que, después, en 1952, le serviría a Hemingway para ganarse, primero, el Pulitzer, por su publicación en la revista Life, y que contribuyó a que dos años más tarde, le otorgaran el Nobel de Literatura. Se dice que en el Pilar, Hemingway y Fuentes salían, durante la Segunda Guerra Mundial, a cazar submarinos alemanes en las aguas del golfo. Tiene bastante gracia, aunque mentira fuera. Cerca están las tumbas de los cuatro perros: Nerón, Linda, Negrita y Black.

 

De vuelta te quedás en la gran terraza, viendo un cubo de mosaicos europeos y las columnas griegas. Volvés a sentir la brisa del principio y escuchás, de súbito, las voces de unos turistas italianos que reniegan porque nos los dejaron entrar a los cuartos y tuvieron que conformarse, como el cronista, a ser meros fisgones. Arriba, el mirador desde donde seguramente el viejo Hemingway divisaba La Habana y ansiaba estar pronto en el Floridita, bebiendo daiquiríes y vacilando mulatas, está solo. Atrás se queda la casona museo con sus fantasmas y sus realidades. El cielo está limpio y, afuera, en las vecindades de Finca Vigía, no hay nada que merezca una foto.

 

 Ernest Hemingway