Balada con penúltimo whisky

(Adioses y viejas muertes en una composición de Piazzolla y Ferrer)

 

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                                                                                                                            Avenida Santafé, en Buenos Aires.

Por Reinaldo Spitaletta

 

Que le canten a la muerte de otros, como, por ejemplo, lo hace Miguel Hernández en su trágica Elegía (“En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería”), es, con todo el dolor que puede entrañar, un acto comprensible. Que se hagan testamentos, posible antesalas de la muerte, tiene su lógica. Precauciones necesarias. Pero cantarle a su propia muerte, va más allá. Un anticipo de lo que vendrá.

 

La primera versión que escuché de Balada para mi muerte (además, como lo supe luego, era la primera que se grabó) fue la de Amelita Baltar, con su voz medio engolada, con ribetes de drama, bien acompasada al acompañamiento de la orquesta de Astor Piazzolla, compositor de la música.

 

Balada para mi muerte, con letra de Horacio Ferrer, tiene, además de elementos surrealistas, un toque de poesía de la calle. “Andaré tantas cuadras y allá en la plaza Francia, / como sombras fugadas de un cansado ballet, / repitiendo tu nombre por una calle blanca, / se me irán los recuerdos en puntitas de pie”.

 

Esta balada (con genuino contenido de tango), es una pieza funeral anticipatoria. El personaje asume que va a morir en Buenos Aires, de madrugada y que guardará con mansedumbre las cosas de vivir: “mi pequeña poesía de adioses y de balas, / mi tabaco, mi tango, mi puñado de esplín”. No es mucha su fortuna material, pero sí sus vivencias, su bohemia, su recorrido por una ciudad que tiene duendes y ángeles, dioses y demonios. La inevitable parca tendrá que llegar y entonces se cantará para que no sea tan doloroso el advenimiento.

 

Tal vez, la mejor versión sea la de Roberto Rufino, con la orquesta de Osvaldo Requena, en la que el cantor le imprime una honda manera de interpretar, una lección teatral, dándole sentido a cada frase, echándose encima toda la responsabilidad de una magnífica forma de decir y dramatizar.

 

Alguna vez que con mi compañera la escuchábamos en casa, ella, al oír el verso (no de aquel “verso que nunca yo te supe decir”) “mi penúltimo whisky quedará sin beber”, entró en casi una desazón existencial con histeria incluida. “Eso es imposible. No da por ningún lado que se le mire”. Eso decía. Y más. “Todo iba muy bien hasta ahí”, añadió.

 

Me pondré por los hombros, de abrigo, toda el alba, / mi penúltimo whisky quedará sin beber, / llegará, tangamente, mi muerte enamorada, / yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis.”

 

Y hasta hoy, sostiene que ese verso es una mancha. No encaja. “¿Acaso el último se lo tomará en el más allá?”, se preguntaba. Es un absurdo. Bueno, a mí, en cambio, me parece uno de los más logrados. En esta balada de lutos y olvidos, vuelve a plantearse aquello de si somos un sueño de otro, o, en este caso, de un dios. Y la muerte llega cuando, esa entidad o deidad, deja de soñarnos y entonces aparecerá la nada, que es el olvido.

 

Hay en ella una suerte de tono profético. De acecho. Y el protagonista del canto sabe que morirá en punto a las seis, cuando ya se haya puesto como abrigo toda el alba. “Llegará, tangamente, mi muerte enamorada”, así lo anuncia. Y él, como ya tiene la certeza, le dirá a su amada (que “ya está toda de tristeza hasta los pies”), que lo abrace fuerte “que por dentro me oigo muertes, viejas muertes, agrediendo lo que amé”.

 

Hace ya no sé cuántos años, me enteré del drama que sufrió una profesora de matemáticas, de la Universidad de Antioquia, cuando, en vacaciones con su marido en Buenos Aires, el hombre se murió allá, al alba, y al saber la noticia, recuerdo que, con varios de sus conocidos, pusimos la balada, en medio de un doloroso estupor. “Yo estaré muerto en punto cuando sean las seis”.

 

Este poema canción, con numerosas versiones, es, con Balada para un loco, un paradigma de las ensoñaciones de Ferrer, del surrealismo urbano de una ciudad en la que, con facilidad, se ve rodar la luna por Callao, o por cualquier otra calle céntrica o de los suburbios. Se escucha, entre otros intérpretes, por Jovita Luna, Raúl Lavié, Mina, Julia Zenko (la Turca), Milva, José Ángel Trelles y Susana Rinaldi.

 

Desde 1968, año de su aparición, Balada para mi muerte escaló lugares de privilegio en el extenso panorama del tango. Y Ferrer, además un historiador del género, se abrió paso entre el olimpo poético del tango-canción, que incluye, entre otros, a “monstruos” como Discépolo, José María Contursi, Cátulo Castillo, Homero Expósito y Homero Manzi.

 

El último dandi del gotán, siempre con una flor en el ojal, se murió en Buenos Aires, el 21 de diciembre de 2014, cuando guardó mansamente las cosas de vivir. La muerte enamorada se lo trasteó, sin dejarle beber su penúltimo whisky.

 

 

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Astor Piazzolla, Amelita Baltar y Aníbal Troilo.

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El payaso y una guitarra verde

(Imaginaciones alrededor de un cuento de Cepeda Samudio y un tango circense)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

1.

Me parece que al payaso le pasa hoy lo que al diablo: nadie cree en él (aunque decía Baudelaire que esa era una de sus astucias: hacer creer que no existía). El uno y el otro se han desprestigiado y perdido el indiscreto encanto que los hacía tan respetables. Aquel era un experto para desatar risas en los niños —se dice que también en los adultos—. Con el diablo (y todas sus variables) los señores de antes intentaban asustar al muchacho malcriado y a fe que la invocación satánica surtía los efectos deseados. Los papeles se han invertido. Los payasos, sobre todo los malos, producen pánico en los chicuelos, mientras el demonio les provoca una risa burlesca, de absoluta incredulidad. Los tiempos cambian. Menos mal.

Creo que es más difícil ser payaso en estos días de sobresaltos y desamparos, porque la gente se volvió triste. Se ha olvidado la risa, aquella que en el Renacimiento era aliada de la razón y de la estética. Ya para nada asombran una redonda nariz roja ni una bocaza pintarrajeada de encendidos colores ni unos carrillos con colorete. No emocionan los zapatones que sirven hasta para dormir de pie, ni los trajes anchos estampados de bolitas, ni la voz funambulesca que articula chistes llenos de lugares comunes, salpicados de ingenuidad y de tontería. Se envileció el oficio de payaso (y, sépanlo, los políticos y algunos periodistas deportivos han contribuido mucho en tal descaecimiento).

Hace tiempos, intentando imitar a un personaje de un cuento de Álvaro Cepeda Samudio, quise vestirme de payaso con la intención de encontrar a alguien que supiera tocar una guitarra verde, única en su género: servía para dar serenatas. Me puse una nariz de plástico y, frente a un espejo, comencé a pintarme la sonrisa y a teñirme los cachetes con pintura roja y blanca. Me puse una peluca anaranjada (quería una de alondras como la que sugería el loco del tango-balada de Piazzolla y Ferrer, pero a mano sólo había golondrinas), ensayé varias sonrisas, risas y carcajadas, probé morisquetas y alguna acrobacia, me puse un camisón fosforescente y un pantalón morado y me calcé unos desmesurados zapatones, pero antes de salir a buscar un circo, antes de enfrentarme a posibles espectadores, me di cuenta de que era un payaso muy triste y que la tristeza se me notaba en todo el cuerpo. Nada podía camuflarla. Es más: resaltaba entre tanto maquillaje. “No sirvo como payaso”, pensé, mientras dos lagrimones rodaban por la pintada cuesta de mis mejillas.

Entonces me dediqué a ir a los circos con el propósito exclusivo de observar a los payasos. Los del circo pobre y los del circo rico eran iguales, en el fondo y en la superficie. Reían en la misma tonalidad. Los rusos, los chinos, los estadounidenses, los mexicanos, los argentinos, los colombianos, todos hacían un descomunal esfuerzo para no llorar de verdad en escena. Luchaban contra sí mismos. ¡Vaya! si es que es muy difícil ser un payaso risible. Un payaso de verdad. Su alma despedazada se les asomaba por los ojos, y casi siempre estaban a punto de quebrarse en llanto. Creo que yo era el único que me percataba de esa tragedia y entonces me salía antes de que la función acabara.

Durante un tiempo los payasos ocuparon mis sueños. Y mis pesadillas. Los veía convertirse en monstruos, en zombis de torpe caminar, en recaudadores de impuestos, en verdugos, en presidentes de la república… Por considerarlo vergonzoso y estéril no consulté el caso con ningún psicólogo ni alquilé los oídos de algún psicoanalista. Hoy, ya curado de tales tormentos oníricos, salgo de vez en cuando por las calles con una guitarra verde en bandolera, y escucho a la gente, burlona, decir a mis espaldas: ¡ja, ja!, miren, qué risa, ese tipo se cree payaso”.

2.

Estaba parado frente a un cajero electrónico de Junín. Delante de mí había unas muchachas de uniforme de colegio, que se filaban para hacer transacciones. Entraban de a dos. Y se demoraban. Quizá adentro, en la cabina, conversaban de sus novios, de sus profesores, de sus días en que dejarán atrás los cuadernos para dedicarse a aventuras de otra índole. Quizá. Cuando salían, las otras se entraban, y las que esperaban, les decían: “no se demoren”. Y más tardaban en su tarjeteo y conversa de vidriera.

Mientras lamentaba en mi interior no haber tenido un libro para tan larga espera, pasó un tipo de melena ensortijada, de tenis, y con una guitarra verde al hombro. No sé si palidecí. En otros días, ya lejanos, era casi un milagro ver una guitarra verde. No daba crédito a lo que estaba viendo. Cuánto tiempo busqué en vitrinas de almacenes de música una como la que ahora portaba el hombre que se alejaba hacia la avenida La Playa.

Quise abandonar la fila, pero me contuve. Ya había esperado mucho. Sí, pero sentía en mi interior el arrebato de salir tras él para decirle que, por favor, tocara la guitarra, que una guitarra de ese color debía sonar distinto, tener músicas propias, quizá en su caja sonora podría albergar a algún duende… Y ya estaba a punto de perseguirlo cuando las últimas muchachas salieron del cubículo y decidí (no vestirme de payaso, como en el cuento de Cepeda) entrar ahí. Y mientras hundía teclas y marcaba cantidades y clave, tuve la tentación de cantar una tonada que me pareció siempre de lo más surrealista: “un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña”, que podía irse hasta el infinito porque dos, tres, cuatro elefantes se balanceaban en una telaraña imposible, y así.

De pronto, llegaron las músicas de Soy un circo, un tango de Héctor Stamponi y Horacio Ferrer. Y decidí cantarlo a media voz: “Soy un circo, hermano mío, soy un circo, / secá tu llanto en la melena del león, / después vestite con mi frac de pajaritos / que el Quijote y Buster Keaton / nos esperan en el hall…”.

Cuando salí, enrumbé hacia la avenida por donde había desaparecido el de la guitarra. No estaba por ningún lado. Tal vez ya estaría en algún bus cantando canciones de emergencia o en un bar buscando una muchacha que le escuchara los arpegios y acordes de su vagabunda guitarra verde.

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Balada para un loco: una bomba atómica

Por Reinaldo Spitaletta

No sé cuándo la escuché por primera vez. Pudo haber sido en una radio cultural, porque en las otras, a ningún programador se le hubiera ocurrido ponerla. El recitado inicial, en la voz de un cantor, me cautivó: “Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste? Salís de tu casa, por Arenales. Lo de siempre: en la calle y en vos… cuando, de repente, detrás de un árbol, me aparezco yo…”.

Eran los días en que estaba más interesado en escuchar a Mercedes Sosa, Los Quilapayún, tal vez un poco a Serrat. Y, claro, a fin de año las músicas tropicales paisas de Los Hispanos y Los Graduados. Los tangos los tenía incorporados, sin conciencia, de tanto oírlos en los cafetines de esquina en Bello y Medellín. No sabía entonces que esa música tremenda, de malevajes, idilios truncos, desesperaciones existenciales y barriadas, lo esperaba a uno. Le daba tiempo de crecer y tener recuerdos.

El cantor continuó con su voz honda y su vocalización perfecta: “Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus: medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre levantada en cada mano…”. “¡Huy!, me dije, es surrealismo puro”. Ya tenía nociones del mismo, por las discusiones en la Universidad de Antioquia sobre arte y literatura, el marxismo, el mayo francés que nos llegó tardíamente y alguna lectura superficial de Breton. “Me parece que estoy soñando”, agregué.

La canción continuó y sus versos me revolcaron la cabeza. No entendía algunas palabras, como piantao, piantao, piantao…, y lo de la luna (la percibí como un balón) que rodaba por Callao. Pero otras frases me dejaron lelo: “cuando anochezca en tu porteña soledad”. La música y la voz pasaron, y yo quedé prendado. Era como una revelación. Me propuse conseguirla, pero luego la intención cayó en el olvido. Un aplazamiento.

Un día, quizá de fines de los setenta, una estudiante de música de la U de A, la estaba tocando en una flauta traversa. Quedé paralizado. Cuando terminó, le dije que si tenía la letra. Me la llevó al día siguiente. También me dio una información volcánica: que tenía la grabación de Amelita Baltar con Astor Piazzolla. Me la grabó en un casete. Y ya no hubo forma de desprenderme de la letra del uruguayo Horacio Ferrer y la música del autor de Adiós Nonino.

En rigor, Balada para un loco fue el último gran éxito del tango canción. No ganó el día de su estreno en el Festival de la Canción y de la Danza, organizado por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, en noviembre de 1969. Obtuvo el segundo puesto (el primero fue para Hasta el último tren, de Julio Camilloni y Julio Ahumada, interpretada por Jorge Sobral). La voz ronca (sensual, dicen algunos) de Amelita Baltar no gustó a parte del público, que le arrojó monedas y otros artefactos. Se dijo después, que hubo una especie de sabotaje, promovido por algunos enemigos de Piazzolla.

La misma semana de su nacimiento en sociedad, se grabó un sencillo con la revolucionaria pieza, en compañía de Chiquilín de Bachín, también de Astor y Horacio. Se vendieron doscientos mil discos en un santiamén.

Un día de 1984, tras una velada onírica en el bar La Boa, de Medellín, salimos a medianoche, navegando en un barco ebrio, el escultor Gabriel Restrepo y el periodista Armando Villa (qepd), tambaleando por las calles del Centro. Y los tres, en coro, bajamos por La Playa y doblamos por Junín, cantando (es un decir) la Balada para un loco. Con certeza, era a grito tendido: “Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao… / Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión; / y a vos te vi tan triste… ¡Vení! ¡Volá! ¡Sentí!… / el loco berretín que tengo para vos: / ¡Loco! ¡Loco! ¡Loco! / Cuando anochezca en tu porteña soledad, / por la ribera de tu sábana vendré / con un poema y un trombón / a desvelarte el corazón”.

La primera vez que visité Buenos Aires (en 1993), de las primeras cosas que hice fue irme, de noche, a la calle Callao, a ver la luna (aunque esa noche no había) rodando por el asfalto, y, en efecto, la vi reflejada en vitrinas (escaparates) y no pude contenerme: “mirá que va la luna rodando por Callao”, grité, en medio del desconcierto de los transeúntes. Otro día, caminé por Arenales, y el tiempo no alcanzó para ir hasta el manicomio de Vieytes, a ver si los locos me daban algún aplauso.

El 15 de noviembre de 1969, en Buenos Aires, en el Luna Park, estalló una bomba atómica (la expresión es de Piazzolla). Había nacido una nueva forma de hacer tango. Una alucinación poética y musical. El surgimiento vanguardista del surrealismo urbano en América Latina. Treinta años después de la explosión, entrevisté a Horacio Ferrer sobre esta descarga de profundidad que es su Balada. “¿Por qué sigue vigente?”, le pregunté. “Porque trata un tema romántico en un mundo de mercaderes”, me dijo.

Balada para un loco, una sucesión delirante de Breton, es un hito en la incorporación de metáforas nuevas en la cancionística urbana, en el tango, que sigue ganando adeptos en el mundo, tras haber perdido en un festival. La primera vez que la escuché era la voz de Goyeneche, que la grabó pocos días después de la de Amelita, también en 1969.

Uno quisiera, cada vez que la escucha, irse a correr por las cornisas con una golondrina en el motor y ponerse medio melón en la cabeza (un sombrero bombín) y pintarse en la piel las rayas de una camisa irreal. En Buenos Aires me encontré con semáforos que tenían sus tres luces celestes. Semáforos hechos solo para volar.