Una vieja canción no tiene olvido…

Canciones de otros días (3)

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Horacio Guarany, autor y compositor de Memorias de una vieja canción

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Eran días en que todavía una guitarra acompañaba mis angustias existenciales de los veinte años, esas mismas (o quizá muy parecidas angustias, quién sabe) que un poeta quindiano dijo que se las curó el Manifiesto. Días en que había llenado cuadernos con poemas, porque, como diría un vate de no sé dónde, “todos cantamos a la edad primera”. Y en una emisora juvenil escuché Memorias de una vieja canción, no por su autor y compositor, sino una versión, también de un argentino, baladista: Elio Roca.

 

Vivíamos en una casa con techo de tres aguas, antejardín y un pequeño corredor. Pertenecía a una organización parroquial y en la parte de atrás había un convento de monjas italianas. La canción me dejó pensativo y, no sé por qué, me acordé de lecturas juveniles que había hecho de la obra teatral de Antón Chejov. Tenía un aire ruso, melancólico. Quizá el mismo que se sentía en Sonia, una historia de celos y cárceles, cantada por Gardel. También se sintonizaba con Nathalie, de Gilbert Bécaud, que más que por él la escuchábamos en una pobre versión de unos chilenos.

 

De inmediato, me sentí arrobado por letra y música. El vocalista lo hacía con sentimiento y cada palabra me quedaba sonando: “Este día sin sol es todo mío / golpea mi ventana tanto frío”. Generaba imágenes. No sé si entonces era dueño de muchos recuerdos, porque, creo, estaba más pendiente del presente que de tiempos idos, que no eran muchos. Sentí de pronto como si ya hubiera vivido aquellas situaciones: “una vieja canción en mi guitarra / una vieja canción no tiene olvido”. Y advertí que había crecido entre canciones añosas, algunas del Caribe, otras de los Andes. Otras de más allá de los mares. Viejas, eso sí, con soles y añoranzas, con gaviotas y golondrinas.

 

“Es la misma que un día nos uniera, / en las playas lejanas de tu viejo país.  / Y el otoño al ver caer sus hojas, / viene hasta mí y me moja con su llovizna gris”. Quise volverla a escuchar. Tocaba esperar a que la programaran. Sentía como si algo de esa canción hubiera sido hecho para mí. Todavía no conocía ningún otoño, o, sí, en cine, relatos y pinturas. No en directo. Pero sí sabía de lloviznas grises y me forjé una especie de drama amoroso, que ya había padecido de adolescente, cuando una muchacha que nunca supo que la amé se marchó a Estados Unidos y no había vuelto a saber de ella.

 

“Porque no olvido tu canción / ¿será porque tanto te amé? / que aquí sentado en esta pieza, / sobre esta misma mesa, / anoche te lloré”. Sonaba triste. Sentimental. Y había una suerte de morriña, o tal vez de nostalgia amarga, o pudo ser un déjá vu, sí, porque era como si volviera a vivir una experiencia lejana, de otra vida, y la canción la reencarnaba. Y hasta la elemental clase de filosofía tornaba: “si el río va y no vuelve más”, el viejo Heráclito, de fuego y aguas, volvía con la cara del profesor que, al hablar, tomaba una pose trascendental. “Reloj eterno de las horas, / y esta canción que llora sobre mi ventanal”.

 

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La volví a escuchar. Era una canción que repetían en aquella emisora de jóvenes, que tenía un club de radioescuchas. Después, no sé cuándo, la escuché interpretada por su creador, Horacio Guarany, con su fuerza, su voz gruesa y sin aliños, su modo particular de decir: “No se mueren las penas por morirse, / jamás muere el amor por un olvido”. No sé por qué me pareció que yo era el autor de aquellas palabras, de esa música que en una parte aceleraba el ritmo y nos hacía viajar por estepas, por atardeceres de frío, por inmensas llanuras heladas. “Fumando en la alta noche estás conmigo”. Y, claro, aquellas ganas de fumar se despertaron y el humo formaba la cara de la muchacha ida, la que nunca volvería.

 

Por aquellas jornadas, estaba estudiando todavía en el conservatorio de música. Y una estudiante de piano, cuyo novio era un profesor de piano, me hizo escuchar esa canción por una cantante argentina, Gina María Hidalgo. Además, me grabó un casete con otros temas de la soprano popular. Me pareció linda la versión. Y así, la primera que escuché, se fue perdiendo en vericuetos de olvido y más se me quedaron impresas la de la cantante y la de Guarany. Después conocí otras, como la de Jairo y la de Luciano Pereyra.

 

Aprendida la letra, comencé a canturrear con la guitarra Memorias de una vieja canción. Entrecerraba los ojos y veía cuadros de El jardín de los cerezos, me imaginaba noches blancas en una Rusia a la que ya había viajado por la gracia de otros autores, además de Chéjov. Y aun porque, en el conservatorio, en historia de la música y apreciación musical, nos habían enseñado a compositores rusos del movimiento nacional del siglo XIX. Creo que desde entonces me gustan, por ejemplo, las composiciones de Mussorgski, Rimski-Kórsakov, Glinka y Borodin.

 

“¿Por qué no olvido tu canción? ¿Será porque tanto te amé?”. En todo caso, era y es una canción triste, una canción de amores idos, extraviados, que tiene más pasado que presente. Una canción que no sé si me aumentó la angustia existencial de entonces, creo que sí, y que ni siquiera aquella entrada fantástica de “un fantasma recorre a Europa…” me había curado. A los veinte años uno todavía quiere cambiar el mundo, con un grito, con un poema, con una piedra, con un mitin, con una guitarra… Aquella memoria no tenía nada que ver con una transformación, o sí, con la que las palabras y la música provocan en algún rincón del alma o de los pliegues más escondidos de los dolores imaginados. Porque los otros, los reales, que despiertan con canciones, pueden curarse de momento con una cerveza y el humo de un cigarrillo fumado en la alta noche. Memorias de una vieja canción sigue llorando sobre mi ventanal.

 

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“Una vieja canción en mi guitarra….”

Memorias de un viejo cantor

(Para recordar al juglar argentino Horacio Guarany)

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Por Reinaldo Spitaletta

A principios de los setentas me aprendí los acordes de una canción que tenía un aire ruso, una tristeza intrínseca y una especie de luz plomiza como los días invernales de este trópico de enardecimientos. “Este día sin sol es todo mío”, decía y uno iba sintiendo el frío en las ventanas, mientras la guitarra nos prolongaba la memoria: “una vieja canción no tiene olvido”.

El cantor, el del disco, la interpretaba con una voz ruda y uno sentía que podía cantarla con fuerza, con sentimiento, como él lo hacía. La vieja canción era entonces nueva para mí. Y me recordaba paisajes literarios de una Rusia que había entrevisto en Chejov, en algún tango de Gardel, más bien una balada de las estepas, que sonaba en cansados traganíqueles de barrio. “¿Por qué no olvido tu canción? ¿Será porque tanto te amé?”…

Digo que había una mezcla de melancolía con humo de cigarrillos y café caliente. A veces, la cantaba en mi cuarto, cuando no había nadie en casa, con una guitarra endeble que ya tenía varias grietas. “No se mueren las penas por morirse, jamás muere el amor por un olvido”. Me gustaba la brújula, la manera de navegar de las palabras por mares desconocidos, siempre el barco a punta del naufragio. Era de Horacio Guarany, al que después, en las marchas universitarias, cantábamos como parte de una reivindicación de la lucha y la movilización: Si se calla el cantor.

Por aquellos días, de baladas y juventud bailable, había también un runrún, unas letras que convocaban a los cambios sociales, y ahí, en medio de banderas y carteles, estaban las de Violeta Parra, Víctor Jara, Joan Báez y, claro, las de Atahualpa Yupanqui. Sin embargo, Guarany, que tenía una voz sin mucha escuela, convencía por su manera de decir, por su convicción al interpretar. Se le sentía la sinceridad en las palabras.

Las Memorias de una vieja canción, que luego escuché en la voz de Gina María Hidalgo, tenían un sabor de juventud que todavía no sabe a qué se dedicará, que anda buscando rutas, con más extravíos que certezas. Y a veces, la pieza retornaba con una sobredosis de nostalgia, que se acrecentó cuando supe la noticia de la muerte del juglar, a los noventa y un años. Guarany, que nació de indio y española, que conocía la lengua de sus ancestros, además de otras como el ruso y el italiano, le puso música al Martín Fierro y fue un pionero de los festivales folclóricos de Cosquín.

Su Puerto de Santa Cruz me hacía sentir, otra vez, pero en otras esferas, la tristura de las Memorias, con otros recursos literarios: “Mi voz, mi voz, perdida en el adiós, adiós mi amor, locura del ayer…” y tornaban las grisitudes y una boca azul con gaviotas y una guitarra que a veces lloraba. Después, Guarany, que en su país era muy popular y querido por la gente, pasó malas horas durante la dictadura militar argentina. Él, que más joven perteneció al Partido Comunista argentino, se erigió como un cantor peligroso para la ultraderecha y sufrió varios atentados. La Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) lo amenazó de muerte y tuvo que exiliarse  a partir de 1974 en Venezuela, México y España.

La dictadura hizo desaparecer sus discos y prohibió la difusión de algunas piezas como La guerrillera y Coplera del prisionero. Cuando volvió, en 1978, lo recibieron con una bomba en su casa. Sin embargo, se quedó en la Argentina, y solo se presentaba fuera de Buenos Aires. Siempre vivió adolorido por los días de la represión y los desaparecidos.

Una vez, un periodista del diario Clarín le preguntó qué había aportado a la música: “Nada. Lo único que hice fue recibir aplausos y dinero. Si creyera lo contrario, sería un fanfarrón”. Como sea, Guarany se convirtió en un portaestandarte del folclor argentino, de la música de protesta y de los sentires populares. En su chacra vivió con nueve perros y era un gustador del vino, tanto que una leyenda decía que en su casa salía vino por las canillas.

Según él, tal especie se popularizó porque “una vez, con Froilán González, Fangio, Tito Lectoure, Edmundo Rivero, Chupita Stamponi, Lima Quintana, Tejada Gómez, fundamos el templo del vino”. Era una cofradía que editaba libros, exponía cuadros y se dedicaba a la buena mesa y las copas. Este antiguo cocinero de una embarcación, que cantó de niño en un boliche de La Boca, escribió poemas y novelas. Una de ellas, Sapucay, sirvió como base para la película El grito de la sangre. En 1972 había filmado Si se calla el cantor y, dos años después, La vuelta de Martín Fierro.

Tal vez su máxima creación cancionística haya sido Si se calla el cantor, popularizado por Mercedes Sosa. “Que se levanten todas las banderas / Cuando el cantor se plante con su grito / Que mil guitarras desangren en la noche / Una inmortal canción al infinito”. Resuena en las huelgas, las marchas, los mítines de protesta, las peñas populares. El cantor se calló el 13 de enero de 2017. Y si se calla el cantor, calla la vida.

A veces, en las noches del recuerdo con una envejecida guitarra vuelven los acordes de una vieja canción, una canción que duele: “Por qué no olvido tu canción, / si el río va y no vuelve más / Reloj eterno de las horas y esta canción que llora / sobre mi ventanal”.

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Horacio Guarany (1925-2017)