Calvario de pedreas y peleas

(Un recuerdo de infancia con casa en esquina, escuela y maestra castigadora)

 

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Arco de entrada al antiguo calvario (hoy casa de la cultura) en Bello, Antioquia.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Vivíamos en la casa del viejo Eduardo (así lo denominábamos) al que papá llamaba el jorobado. Tenía ventanas verde oscuro, techo de asbesto y al lado había una manga en la que una vez, en una tierra removida, encontré muchas monedas que me hicieron creer que había hallado un tesoro (entierro se le decía) de piratas exiliados en Bello. El barrio tenía a pocas cuadras un sector pendiente, sembrado de altas palmeras, llamado El Calvario, con estaciones degradadas y, en la cima del morro, un cristo plateado acompañado de sendas estatuas de la virgen y un discípulo.

 

El Rosario todavía tenía calles destapadas y tierra amarilla. Rodaban por algunas partes coches de caballos debiluchos, con espinazo pelado y una apariencia de tristeza. Por un costado de la casa pasaba una calle desnivelada que conducía en falda al lugar donde estaba la rueda de hierro que un fontanero, por turnos, hacía girar para quitar y poner el agua al sector. Tanto cuando se iba como cuando llegaba, el líquido hacía un ruido particular, como si alguien estuviera gargareando.

 

La casa tenía un pequeño patio y tres alcobas. La cocina era estrecha y a veces el alcantarillado de atanores no daba para evacuar con suficiencia las heces y otras porquerías, por lo que, a través del sumidero del patio, brotaban asquerosidades. En la manga contigua, con mi hermano Rodolfo solíamos patear una pelota azul y a veces discutíamos por un gol inexistente, que había pasado por encima de las piedras que poníamos como portería. Por lo regular, hacíamos chutes de un lado a otro y cada uno fungía, a la vez, como arquero y como delantero.

 

La casa, en una esquina, por detrás lindaba con otra manga, en la que crecían adormideras y había uno que otro chagualo. A veces íbamos, con cartones parafinados, a deslizarnos loma abajo. Por esos días, vistos desde ahora muy lejanos, con borrosidades y predominio —no sé por qué— del color anaranjado, ya estaba en la escuela, en segundo de primaria. Para ir a ella, atravesaba El Calvario. Me detenía a veces en la cripta que había debajo del crucificado y sus acompañantes e imaginaba que allí habitaban monstruos, momias y no sé qué otras figuras siniestras. Me gustaba mirar por la reja y sentir el olor a humedad. Con mi valija de cuadernos, con lápices de colores y alguna cartilla, seguía bajando por barrancos y desniveles, miraba de vez en cuando las estaciones del viacrucis que pudieron ser bonitas y limpias en otros días, pero ya estaban deterioradas, tanto que por ejemplo el nazareno tenía cara raspada en algunas de ellas y la cruz no se distinguía en forma.

 

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Urna de la choza de Marco Fidel Suárez, en Bello.

 

A la entrada (o salida) del Calvario había un enorme arco de cemento y, en su parte más elevada, se erguía un ángel que algunos decían que era el del silencio y otros el de guardián de la heredad. Mucho tiempo después, ya en la adolescencia, en ese mismo morro de esbeltas palmas, una tarde un grupo de muchachos le arrojamos, desde los pies del cristo, piedras a una soldadesca que había llegado para sofocar los motines estudiantiles, en los que, si bien recuerdo, rompieron algunos vidrios de la urna de la choza de Marco Fidel Suárez.

 

Me parece que, más que decir que habitábamos en El Rosario, siempre anunciábamos que era en El Calvario, una elevación sacrosanta cuya construcción la promovió una fábrica de textiles con el fin de que la gente, en particular los obreros, hicieran peregrinaciones y pagaran promesas. Y sí, uno se topaba, de vez en cuando, a alguna señora de rosario en mano, con rezos y murmullos, en ascenso hacia la cúspide, con paradas beatíficas en cada una de las catorce estaciones de la pasión cristiana.

 

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Imágenes del viejo calvario, en Bello

 

Junto a la casa estaba la tienda de don Mario (y creo que tenía las puertas anaranjadas), un señor colorado que, aunque supongo que era joven, me parecía ya muy viejo, tanto como el dueño de la casa en que vivíamos, de cara pálida, pelinegro, giboso y que, no sé por qué, me parecía que se había fugado de la catacumba que había en El Calvario. Hacia el occidente, por una calle recta y también sin asfalto, se llegaba a la escuela de niñas Rosalía Suárez, en inmediaciones de una fábrica de artefactos de cachos de res (la gente la llamaba La Cachera), entre cuyas manufacturas se destacaban barquitos con velas ondeantes y las famosas perinolas.

 

Entonces a uno las distancias le parecían enormes, cuando, después, ya más crecidos, no era tan harta la lejanía. Así que la escuela, más bien cerca de la casa, daba la impresión de quedar muy allá. Tenía ventanales enrejados y una puerta ancha. El patio de recreo, en el que no faltaba el inevitable quiosco de gaseosas y golosinas, era amplio y lo enmarcaban los corredores con una baranda plateada. Había una campana y una corneta por la que brotaban himnos y la voz del director escolar o de alguna señorita profesora.

 

 A la salida nos vemos…

 

Mi maestra era una señora caricolorada y cabellinegra que me parecía muy vieja. Se llamaba Angélica y casi siempre se vestía con trajes oscuros. La menciono porque, más que haberle tenido afectos, la veía como una suerte de enemiga, castigadora y de mala leche. Claro, era una correspondencia suya a mi comportamiento, no siempre apacible. Eran días en que aprendimos a dar golpes y a recibirlos. “A la salida nos vemos” era una frase común. Y en una de esas, nos citamos con un rival, para enfrentarnos a totazos en El Calvario. Se llamaba Gonzalo. La pelea duró unos cuantos minutos. Intercambiamos puñetazos, agarrones, vituperios y después él otro resultó con el ojo morado.

 

A doña Angélica le pusieron la queja y me exhibió ante el grupo en el ritual de flagelación con una regla de madera. Esa escena la viví varias veces en aquel año. Sin embargo, en el altozano de la crucifixión, un Gólgota local, hube de enfrentarme otras veces con diversos pelados que, como yo, gustaban de la bronca y el bonche. Me parece que la primera vez que vi imágenes de televisión sucedió en la casa de Tisnés, a dos cuadras de la escuela, donde, por una enorme ventana abierta, me sorprendió un aparato de consola que emitía sonidos y dejaba ver otros mundos.

 

En la casa del viejo Eduardo duramos poco tiempo. Tal vez el más vívido recuerdo de aquella estada, pudo ser el de las mañanas y tardes jugando con una esférica, el ver el vuelo de cucarrones verdes en la manga y encontrar un tesoro de piratas (eran los tiempos de la canción escolar “Soy pirata y navego en los mares…”) con monedas abundantes que seguro me gasté en golosinas de la tienda de don Mario.

8-III-2020

 

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Kandinsky y la sinfonía de los colores

 

Y nos queríamos tanto…

(Sobre aquellos amigos de infancia y adolescencia, con balón y cielo de cometas)

 

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Amistad, pintura de Maribel Piñero

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La infancia, en la medida en que la vida camina, se torna una especie de paraíso remoto (para algunos, tal etapa pudo haber sido toda una desventura), de situación sin tiempo, aunque sí con espacialidades, que al final de cuentas se vuelve una arcadia, una época de dichas sin pretensiones, la fantasía de un espejismo. No había en su ejercicio teorías sobre la felicidad ni sobre la niñez ni sobre la familia, solo juegos, inventiva, imaginación. Y una ganancia: la relación emotiva con los que requeríamos para una rayuela, un escondidijo, un “coclí-coclí al que lo vi, lo vi”, o para patear una pelota.

 

Las primeras conexiones sentimentales pudieron haber sido con un hermano (o hermana, según el caso), con quien nos dimos a manejar carros de carreras, a dar batazos imaginarios, a perseguir libélulas o cucarrones verdes o a chutar un balón… Y luego, en una práctica inconsciente de buscar a otros, nos relacionamos con los vecinos, los de la cuadra, los del edificio de tres pisos. Hasta llegar, en la edad escolar, a tener acercamientos de recreo y de aula con los condiscípulos. Y sin darnos cuenta se crearon las filias, la disposición afectiva, la necesidad de estar con otros para reír y comprar helados con la mesada escolar. O ir al cine matinal.

 

Y así, en aquellos años que tardaban, que tenían como referencia temporal a diciembre, como un límite al cual arribar para estar más entre los otros, para renovar juegos, para hacer volar los sueños y los globos, las serpentinas y las luces, en una ansiosa espera que se demoraba, pero llegaba con sorpresas. Y digo que tardaban (¿cuándo llegará?, era una insistente pregunta) por dar una referencia temporal, de almanaque, que en rigor no importaba. Nos esperaba la calle, los otros, la alegría de una aventura que podía ir desde una jugarreta con bolas de cristal hasta una caminada en busca de charcos y árboles frutales para asaltarlos.

 

Eran los días no mensurables (insisto en que poco importaban los relojes) en que, sin saberlo, estábamos ejercitando los sentimientos, los acercamientos, el sentido de la amistad. Antes de entrar al primero elemental (no tuve kínder), no recuerdo haber tenido algún amiguín en el entorno. Aunque no faltaba el muchacho simpático que invitaba a un juego colectivo en la acera o en algún baldío, que abundaban entonces.

 

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Juego en viejos patios de recreo

 

En la primaria, sobre todo en los primeros dos o tres años, había afinidades con pocos compañeros, y estas tenían que ver con alguna vecindad, o porque nos gustaba hacer alguna pilatuna en el recreo, como mirar las piernas de las maestras (o, como sucedió con la señorita Elvia, que se paraba en un corredor con baranda, sobre el patio de la escuela, y no se ponía calzones. Era un espectáculo que vimos unos cuantos pelaos), o porque nos gustaba más una asignatura que otra, como la geografía con sus mapas y mapamundis desplegados en el aula, o las ciencias naturales.

 

En esos primeros años no escaseaban, al salir del recinto escolar, las peleas a puños (las denominábamos bonches). De vez en cuando, para no dar tanta pantalla a la salida, nos citábamos en otro lado. No faltaban los chivatos, los lamboncitos, que les soplaban a las maestras, al día siguiente, quiénes éramos los contrincantes y cómo había resultado la pendencia. Les gustaba ver los reglazos que nos propinaban ante todo el personal. Bueno, y, tal vez por instinto, o por eludir el castigo, quitábamos la mano cuando el listón disciplinar venía en el aire. Era peor, porque entonces te lo ganabas en el brazo o el hombro.

 

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El amigo sincero es el hermano claro y elemental como la espiga: Carlos Castro Saavedra

 

Había ciertas complicidades con compañeritos de salón. Recuerdo, ya en quinto elemental, cómo molestábamos al director del grupo, el señor Castor Rave, que creía siempre —bronca que me tenía— que yo era el promotor de burleterías y murmuraciones en su contra. Qué va. Con Alejandro Molina, que estudió conmigo los cinco años de primaria, nos juntábamos a tirar papelitos contra el tablero o frutas de mamoncillo cuando el profesor estaba de espaldas a los alumnos.

 

Sin saber a fondo (bueno, todavía no tengo una teoría al respecto) qué era la amistad, había con algunos compañeros de clase o de barrio más acercamientos, como si se tratara de un común denominador, de cosas o acciones que nos identificaban, nos proporcionaban placer y afectuosidades. No eran muchos, más bien contados, pero era la posibilidad venturosa de una ida a cine, a un charco, a un partido de fútbol, de hacer una colección de cromos o láminas, de ir a la biblioteca pública (con Molina siempre íbamos a la sala infantil de la biblioteca de Bello) a tragarnos todos los libros de los Hermanos Grimm, Perrault, las fábulas de Samaniego y Pombo y Esopo…

 

De pronto, y al cambiar de escenarios, al entrar al bachillerato, había una disgregación, un alejamiento, y así a los más cercanos compañeros de primaria les perdí el rastro. Y aparecieron otros. Nos unía, al principio, el fútbol, el cine, la búsqueda de una novia, el pasteleo en clase, y después, las discusiones en torno a lo que creíamos que era la existencia y el futuro. Algo similar sucedía con los miembros de la gallada barrial. Y siempre había alguno más próximo con quien compartir secretos y planes.

 

Se puede decir que, hasta un poco antes de finalizar la adolescencia y poco antes de obtener la mayoría de edad (bueno, entonces la cédula de identidad se sacaba a los 21 años), hubo una bella disposición a estar mucho tiempo con los amigos o con los que se consideraba que lo fueran. Era un bello tiempo de juegos de calle, de vacilar muchachas, de saberse todas las canciones de moda, de tener el cabello largo, de usar camisas coloridas y sicodélicas… Había con quien entenderse en la cancha, de tenerlo cerca, de hacer paredes, de inventar regates… Como me pasó con Chucho, por ejemplo, uno con quien gozamos el barrio, los partidos, el cine de domingo, las caminadas al cerro Quitasol, los paseos en bicicleta…

 

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En lo único que discordábamos era en el afecto por un equipo. A él, su padre, empleado bancario, le daba una mesada interesante, le tenía bicicleta (en mi caso tenía que alquilarla) y lo consentía con pagarle a modistas de barriada para que le confeccionaran las camisetas de su onceno preferido. Y con Chucho, que portaba el nueve en la espalda, inventábamos mentiras y otras historias de esquina. Su padre, que era un buen lector, de pronto dejó de leer porque comenzó a sufrir dolores de cabeza (eso fue lo que contó Chucho a los de la barra) y, según su hijo, los facultativos le dijeron que no leyera más. Por eso, o no sé por qué más, pude tener varios libros del señor Hernández, que su hijo me regaló: uno, que leí de un tirón, fue Moulin Rouge, de Pierre La Mure, una novela sobre la vida y obra de Toulouse Lautrec.

 

Después, cuando los caminos nos separaron, Chucho quedó como una alegre memoria de los trece, catorce y quince años, cuando aspirábamos a ir a la Luna, viajar a las estrellas y ser delanteros de un equipo profesional de fútbol. Después, en otros espacios, en otros ámbitos, los amigos fueron pocos. Y ya eran otras las motivaciones y, creo, se había perdido un eslabón que tenía mucho que ver con cierta inocencia y la búsqueda de lo que se quería ser cuando “grandes”.

 

De aquellos amigos de infancia y adolescencia, a los que no volví a ver, no supe más de ellos (o acaso hubo algún fugaz encuentro, lleno de lo inesperado y de lo que ya no puede ser), me quedaron barquitos de papel, barriletes de cola larga y vuelo alto, globos de fin de año, pelotas de trapo y de “carey” y uno que otro balón de tripa y los gritos de gol en una manga y en la calle y unos días y noches de esplendor en las palabras y en los abrazos. Una memoria de lo que no volverá.

 

De aquellos amigos de escuela, de cuadra, de las clases de secundaria, me quedaron acordes de guitarra, cuadernos con “poemas” amorosos que compartíamos en lecturas acompañadas de risotadas, algunos ventanales rotos y desafiantes pedreas entre barrios. Ah, y un inolvidable libro de un escritor francés, y aquellas paredes endemoniadas —tuya y mía, mía y tuya— que, desde la mitad de la cancha hasta el arco contrario, hacíamos Chucho y yo, y que, casi siempre, terminaban en la sin igual apoteosis de un gol.

 

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La amistad puede empezar desde la más tierna infancia y durar toda la vida

 

Tocata y fuga

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“El hombre es hijo de las lágrimas”: León Felipe

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Ya no hay patria, ni gallada, ni jardín

La patria era la infancia y terminó

Ya no tengo sueños, pero sí un sueño, el cansancio

El semáforo de mi esquina siempre está en rojo

El esperado tiempo de la utopía se ha diluido

Las horas del poema se esfumaron

Del cuaderno de tareas no hay vestigios

En la calle zozobraron los barquitos de papel

(Había una rosa de los vientos y una cometa

Un molino en un campo de vacas rosadas

Una pelota que cayó una tarde a la quebrada

Y un canto de amor que el viento se llevó)

Mi semáforo solo tiene una luz: ¡pare!

Ya no es hora de serenatas ni de cartas

El pan de los años mozos se ha enmohecido

Ya no hay atardeceres con arreboles.

No sé si gané la luz, ah, talvez sí, solo la roja

Que me advierte que es tiempo de frenar

No hay esperas, no hay mañana, no hay reloj…

El guerrero sin espada está en reposo

No hay prisa, no hay futuro

Que no cambie el semáforo

Ya no hay chicles ni patria ni rayuelas

Y la muchacha de la ventana desapareció

Por la puerta de atrás el amor alcanzó el exilio.

 

28-12-2019

P.D.  Feliz año bisiesto

 

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“Barquito de papel está por naufragar…”

 

Cuadra de trenes y pistoleros del Oeste

(Un recuerdo de infancia con obreros y una maestra rubia)

 

Viejo caserón del barrio Manchester

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La infancia no era todavía una escala de la conciencia, ni un tiempo pasado hospedado en la memoria, ni, como suele ser, el mejor momento —el más luminoso y quizá feliz— de la vida. Era una fugacidad de la que uno carecía de noción. Se estaba sin tiempo. Y sin estar. No había pasado. Ni futuro. Y no había forma de saber o intuir que todo era presente. Era una calle de casas con aleros, algunas sin repellar, el color ladrillo infiltrándose en uno, sin darnos cuenta. Solo sé que en esa cuadra, y en esa casona —caserón de tejas—, dos plantas, ventanas de madera muy grandes, piso de tabla, en la que en ciertas noches de pesadilla uno sentía pasos de fantasmas y tintineo de monedas cayendo por la chimenea, fui por primera vez a la escuela.

 

Calle ancha y sembrada de otras casas de dos o tres pisos, también entejadas y con balcones con piso y barrotes de madera. Un café en el que los señores de la fábrica (uno los veía muy viejos y altos) entraban y se quedaban oyendo músicas de un aparato luminoso y sentados a las mesas con vasos y botellas. Más allá, estaba el tren. El pito descomunal siempre llegaba temprano a los oídos y era una manera de saber que pronto había que levantarse para irse a estudiar a una escuela que, si bien no estaba a más de diez cuadras, a uno le parecía de una lejanía inmedible.

 

Lo más atrayente de aquella cuadra era su terminación insólita: una esquina en la que se juntaban los muros de una fábrica enorme cuyas chimeneas humeaban día y noche, y la estación del tren, que olía a aceites, a hierros recalentados y a pasajeros. A veces, no recuerdo ya si era por las mañanas del fin de semana, o en las tardes de cualquier día, íbamos a mirar a los oficinistas de la estación, creo que tenían cachucha de cuero y hablaban por teléfono. Había postes con cables y rieles. Parados se veían vagones, y más allá, donde se bifurcaban y trifurcaban las carrileras, se levantaba la mole de los talleres del ferrocarril que esparcía ruidos de máquinas y olores de breas y resinas.

 

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Estación del ferrocarril en Bello

 

Había cerca de la estación un puente de hierro plateado y de estructuras elevadas. De vez en cuando, como en un desafío, una temeridad, o no sé qué, para uno entonces no había medidas de las emociones ni se sabía de miedos atávicos, atravesábamos caminando los durmientes por entre cuyos espacios se veía pasar las aguas turbias y turbulentas de una quebrada. A los lados crecían unos arbustos y ramajes con flores amarillas. Me parece que entonces no requeríamos juguetes y no recuerdo haber jugado a la pelota en aquella calle en la que siempre había alguna referencia al tren y a la fábrica, fuera en su cielo o en sus aceras, en sus paredes o en sus entejados.

 

La primera vez que fui desde aquella casa de ventanas verde cogollo, blanqueada a la cal y con portones de aldabas y cerrojos, a la céntrica escuela de enorme patio y amplios salones, tuve que correr como un desaforado por otras aceras, a veces por las calles más bien desoladas, porque me había retrasado. No sé si mamá no se despertó a tiempo, no sé si un reloj que todas las noches molestaba con su tictac entre sordo y como de máquina en desajuste, no sonó. Lo que hubiera sido, me hizo correr como un muchacho sin cordura, con una valija de cuero imitación caimán con cuadernos, lápices, sacapuntas y no sé qué otros utensilios. Cuando con la respiración entrecortada entré al concurrido salón, en el que ya habían comenzado las clases con una profesora rubia y zarca, llamada doña Rosa Bother de Muñoz (el primer apellido no lo pronunciábamos ni ella lo usaba), que estaba recitando no sé qué fábula de Pombo, o pudo haber estado entonando alguna oración celestial, los muchachitos se quedaron impávidos al verme entrar como un bólido o como un muñeco de cómic, con desesperos y esperando quizá un regaño delante todo el mundo.

 

Aquella cuadra, en la que también habitaba Correa, un pelado larguirucho y con el cual fui por primera vez al cine, junto con el papá de él, don Alfonso, que nos compró confites y no recuerdo cuáles otras golosinas, tenía en ciertas noches juegos al que llamábamos la “función” y era como una recreación de las peripecias del Oeste cinematográfico. Se usaban sombreros y caballos de palo, con pistolas de artificio o de madera. Unos muchachos hacían de indios, con flechas y arcos de ramitas; otros, de matones con rifles de imaginación y gritos intimidatorios de combate.

 

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Antiguos talleres del ferrocarril en Bello

 

Fue breve mi estancia en aquella cuadra de locomotoras y pitos de fábrica. No sé si fueron seis meses, tal vez más. Lo más impresionante, o el registro que se quedó con más ahínco en la memoria y causa en aquel momento de extravío y conmoción del vecindario, resultó cuando mi hermano menor, que tenía si acaso tres años, no estaba ya en la casa y mamá se regó con su voz delgada, con la misma que en otras ocasiones cantaba con belleza sin par canciones de escuelas y una que otra aria de zarzuela (según supe después), como enloquecida porque se había perdido “el niño”. Y la noticia se regó entre señoras y señores, entre muchachos y muchachas, y no sé por qué salimos todos los de la cuadra hacia la estación. Y en efecto, cuando ya estaba a punto de partir el tren de pasajeros rumbo a Cisneros y otras poblaciones, no sé quién lo vio adentro y hubo revuelo, todos ascendimos al vagón y Richard, así era y es su nombre, tornó a casa con mamá cantando otra vez tonadas de alegría y con uno que otro lagrimón rodante.

Pasó el tren y no volvió. Pasaron los obreros envejecidos.

Aquella cuadra fugaz, de la que se quedaron para siempre en el recuerdo los ladrillos y unas músicas que sonaban en una máquina de fosforescencias (luego supe que eran tangos), como los disparos de fantasía que hacíamos indios y pistoleros de película, pasó. No había tiempo y si hubo relojes, como aquel que no quiso despertar para hacerme llegar tarde el primer día de clase en una escuela pública, no éramos conscientes de que todo pasa. Pasó el tren. Pasaron los obreros envejecidos. Se murieron las flores amarillas y el caserón de tejas lo tumbaron muchos años después.

 

Lo que más viene a la memoria, bueno, digo que me parece que sucede en sueños, son aquellos tintines de metal en la cocina y unos pasos en la oscuridad que se van acercando a mi cama hasta sentir —sin poder gritar ni siquiera poder moverme—, una terrífica fantasmagoría que respira con agitaciones sobre mi cara de niño intempestivo a quien el tiempo se tragó sin sacudirlo.

 

(Nota con obviedad: Es lo que recuerdo, no lo que era aquella calle)

 

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Vieja locomotora, óleo de Rafael Rubio.

Una enigmática reducción de pena

(Vista a una novela corta y autobiográfica de Patrick Modiano)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Hay escritores que escriben la misma novela toda su vida. Puede tratarse —quién sabe— de un misterioso llamado del inconsciente. O, por qué no, al encontrar su territorio particular, la geografía interior, la obra, aunque con títulos distintos, puede ser, en esencia, un repetido “tema con variaciones”. A veces, estas últimas, son muy pocas. Y suceden más en lo formal. Lo que no significa ni un fracaso de la imaginación ni una concesión facilista o autocomplaciente. Es un encuentro con sí mismo, con lo perdido y lo recuperado. Con la memoria y con la existencia. Una lucha contra el tiempo y sus inexorables mandatos.

 

Y en este punto ya es hora de ir nombrando a Patrick Modiano, un escritor que siempre está volviendo a su París natal, el extraviado en viejos mapas, el que no se perdió en las demoliciones ni en la tenebrosa amnesia. El de la Ocupación (que fue el París de sus padres), el de los cambios y las permanencias. A veces, se advierte en su obra una búsqueda de lo que se fue, con técnicas detectivescas y pesquisas de archivo. Otras veces, un desgranar de lo que la memoria alberga, pero que, por la fragilidad de la misma, tiene que ser documentada, materia en la cual es experto el autor de Dora Bruder. Hay, en sus creaciones literarias, una mezcla de historia y periodismo investigativo. Pero con el propósito de dejar premeditados vacíos, o alguna penumbra, cuando no una oscuridad total, o apenas unas sugerencias en su acervo narrativo.

 

En la novela corta Reducción de condena (en francés se llama Remise de peine), la infancia del escritor-narrador, torna a un París con insinuaciones que van desde los tiempos del doctor Guillotin hasta los días de Edith Piaf, cantante cercana a Hèléne y otros personajes como Roger Vincent. Con elementos autobiográficos, por no decir todo un universo de lo que le sucedió a los diez años al muchacho que, después, a los veinte, ya era un escritor con aspiraciones de alto vuelo, construye una obra fragmentada, con saltos temporales, y con una dosificada cantidad de palabras, suficientes para crear un mundo sugestivo, bosquejado con sutileza.

 

En esta obra, narrada por un muchacho, con recuerdos de un narrador ya veterano, ya no solo es París, o un cercano pueblo, sino un mundo que, para un chico, no es todavía muy comprensible. Está, sin aparecer sus carpas ni trapecios, el circo en el que trabajan algunas de las protectoras de ocasión del narrador, a veces Manazas, como le dicen, a veces el “imbécil feliz”, como lo llama una de las tres mujeres que los cuidan. ¿Y por qué? La mamá de los dos chicos se ha ido a una gira teatral y los ha dejado al amparo de Hélène, Annie y Mathilde.

 

El lector no sabrá jamás (lo puede conjeturar, imaginar) si, en efecto, las mujeres trabajan en un circo (del cual los chicos quieren hacer parte), en un cabaret, si se relacionan con gentes del bajo mundo, si pertenecen a alguna organización delictiva, en fin, porque así lo decidió el contador de la historia, el pelado al que expulsan del colegio Juana de Arco. Son dos muchachos que habitan más en un medio femenino, aunque suceda la aparición circunstancial de hombres, incluido un marqués. Las mujeres fungen de madres o hermanas o cuidadoras. Y van creando un espacio infantil pleno de incertidumbres y desconciertos.

 

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En la novelística de Modiano casi siempre se da la circunstancia de que haya alguien que esté buscando a otro alguien, de ir tras unos pasos, unas huellas, de saber dónde está o dónde se ha ido. Y se siente una atmósfera de abandono, de repetidas ausencias, de vacíos que tocan con lo existencial y con la sensación de pérdida. Y en sus narraciones, como en Reducción de condena, la infancia es una presencia-ausencia de altos quilates y con un peso específico fundamental. No faltan en muchos de sus libros los garajes, como una suerte de recuerdo ineludible de los primeros años del novelista.

 

“Cuando yo tenía seis o siete años vivía cerca de un barrio a las afueras de París, me cuidaba una mujer un poco extraña que me llevaba a un garaje, con unos coches que me impresionaron. Además, había un olor muy particular, una mezcla rara, un ambiente extraño en esos garajes y eso, ya digo que no sé por qué, me ha marcado. Yo me lo digo a veces: hay demasiados garajes en las novelas, pero no puedo evitarlo”. La confesión se la hizo Modiano al reportero Antonio Jiménez Barca, en una entrevista publicada por Babelia, suplemento del diario El País, de España.

 

Y en la obra que reseñamos, los garajes abundan y hacen parte de un entramado misterioso, en los que los carros, incluidos los “chocones” o de “choque”, como se les denomina en la traducción, tienen un poder simbólico que el lector debe desentrañar. En ese ir y volver, que es como un ritmo de olas marinas que se siente en la narración, nos encontramos con calles (como la insistente calle del Doctor Dordaine), distintos distritos parisinos, jardines, castillos y hojas muertas.

 

Es una novela en la que el sentido de la niñez se mezcla con las peripecias de los adultos, pero estos solo vistos por los ojos de un chico de diez años, que observa y siente, pero aún no alcanza a tener una cabal idea de qué se trata el universo complicado de los mayores. Y aunque el narrador es un muchacho lector (conoce a Verne, a Dumas, a James Fenimore Cooper), que ya el cine lo ha tocado con sus asombros y deslumbres, se queda a mitad de camino en muchos aspectos que tienen que ver con los adultos que tiene cerca. Él y su hermano son observadores, curiosos, caminantes, exploradores de jardines, pero siempre tendrán un enigma por resolver.

 

Es una escritura precisa, sin alardes, compacta, sin “literatura”.

 

¿Qué hacen en realidad las cuidanderas? ¿Quiénes son sus amigos? ¿Son parte de una pandilla? Con trazos precisos, con pinceladas firmes, el mundo en que nos quiere hacer entrar el novelista va quedando como un cuadro maestro, en el cual hay que concentrarse en sus tonalidades. Es una escritura precisa, sin alardes, compacta, sin “literatura”. Con saltos adelante y atrás. Con plano-secuencias y también con primeros y primerísimos planos, como los que se pueden apreciar en la fase final, con el policía de “los grandes ojos azules” y el hombre de la gabardina.

 

En un mundo de infancia, en el que la delgada línea que separa realidad y ficción no está muy marcada o es borrosa, y en el que todo es posible, todo puede acaecer, Modiano crea un narrador protagonista infantil, un chico de diez años, pero visto desde la perspectiva de un adulto que intenta dar interpretaciones a un tiempo que vivió entre gente grande que, de pronto, se ha ido, ha desaparecido. Se ha esfumado y entonces le corresponde a la memoria hacer una gestión de búsqueda y exploración en un tiempo que ya es parte de una vivencia.

 

Ah, al final de cuentas, el lector puede quedar como los policías que, por no interrogar a los niños, se pueden perder de muchas cosas. Es una novela para formularle preguntas y para interrogarse. Hay que abrir la imaginación a qué fue aquello tan horrible que pasó en la calle del Doctor Dordaine, donde habitaron dos muchachos por más de un año, dado que su madre estaba en gira por el norte de África y su padre, en Brazaville o en Bangui (aunque, antes, según se dice en la novela, se “había marchado a Colombia hacía varios meses con ánimo de descubrir unas tierras auríferas…”). Y a los que la policía no interrogó.

 

Modiano, en esta obra autobiográfica publicada en diciembre de 2008, vuelve por los laberintos de la memoria, la infancia, las calles y direcciones, los suspensos y la fragmentación. Con un epígrafe tomado de Un capítulo sobre sueños, de Robert Louis Stevenson, tal vez como exorcismo contra las pesadillas del pasado, esta novela, con acentos poéticos y manejos tremendos del claroscuro, es una joya literaria del escritor francés ganador del Nobel de Literatura en 2014.

 

Patrick Modiano. Reducción de condena. Editorial Pre-Textos. Traducción de Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar. 110 páginas.

 

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Patrick Modiano, escritor francés, nobel de literatura.

Variaciones sobre un reloj pintado

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Por Reinaldo  Spitaletta

 

1.

 

—¡Entrégueme el reloj!

—Pero si es un reloj pintado.

La primera voz, con un cuchillo, amenazaba a la segunda. ¡Entréguemelo y no se hable más!, agregó.

—No se lo entrego.

—¿Cómo que no?

—¡No! Este reloj me costó mucha imaginación.

—Este cuchillo, también. Y lo clavó en la muñeca pintada de la primera voz.

 

2.

 

No sé para qué necesitábamos medir el tiempo. Éramos muy niños. Escolares. Y aprovechábamos los lapiceros de tinta mojada (con los tinteros y las plumas con encabador, era imposible) para dibujarnos animalitos —como los de los caramelos ambulantes, gallinas, conejos, gatos, caballitos, que iban pegados en un palo, la dulzura en colores— en brazos, estómago, piernas y a veces en la cara.

 

El dibujo más usual, no sé por qué, era el de un reloj en la muñeca. Se sentía uno mayor, como un adulto de los que ya tenían en el tiempo una especie de presencia ineludible e implacable. Casi siempre era un reloj con solo dos punteros, el de los minutos y el de las horas. No había segundero. Un reloj elemental, apenas con líneas, sin profundidad de campo, sin tridimensionalidad. Y lucía bello en la muñeca, que uno miraba con orgullo, como si portara uno muy fino, de esos que —decían— llegaban desde Suiza.

 

No sé por qué los que me pintaba, siempre tenían una falla: se adelantaban. Quizá era porque quería salir rápido de la escuela para ir a perseguir las mariposas amarillas que una niña de la cuadra se dibujaba en los cachetes.

 

3.

 

Mi primer reloj fue el más bello que jamás haya visto. También el más doloroso. Lo dibujé en mi muñeca izquierda con una lapicera de tinta roja, con la que escribíamos los títulos en los cuadernos de escuela. Duró muy poco. No alcanzó a darme ninguna hora. El atroz pellizco de la profesora, agregado a un ladrido ensordecedor que salió de su bocota de vocales enfurecidas, me dejó atascado en un tiempo sin medida: “Te vas ya al baño a lavarte esos rayones tan feos. Eso es de indios”.

 

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Pintura de René Magritte

 

4.

 

El reloj que se pintó Rosita, una niña con manzanitas en las mejillas y cabellos amarillos, tenía una fantasía incorporada. Emitía un tictac muy musical. Por eso, la buscaba para apoyar mi cara de pregunta sobre su muñeca encantada. Qué agradable le sonaba el pulso a Rosita.

 

5.

 

El reloj pintado me apretaba. Le aflojé la pulsera. Lo miré con curiosidad al ver cómo aceleraban sus manecillas, como si el tiempo quisiera terminar rápido. Y, sí. De pronto, la niñez se fue. El reloj de tinta en la muñeca se paró para siempre.

 

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Vivir por un libro

(Una memoria sobre la lectura y los libros, al vuelo de la infancia y la adolescencia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

No recuerdo el primer libro que leí (tampoco la primera película que vi, aunque pudo ser una del Oeste). En casa, en la mítica infancia, en la que se crean fantasmas y solo se existe para el juego y la imaginación, había algunos viejos libros de texto que eran aquellos que mamá conservó de su paso por las aulas: libros de historia antigua, las ruinas de Palmira, los faraones, otros de química, cartillas de Bruño y desempastadas Alegrías de leer, geografías con continentes gordos y deformes, y no recuerdo ningún libro infantil. Después llegaron algunos de Botánica Oculta, varios tomos de la enciclopedia El tesoro de la juventud y nada más.

 

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A los Grimm y a Perrault los leí en la biblioteca pública de Bello, donde había una señora, creo que se llamaba Margarita, que nos sacaba a pellizcos cuando nos atacaba la risa por alguna ilustración o por las historias de Pulgarcito y otras aventuras que, más que todo, nos hacían soltar carcajadas. Salíamos, con Alejandro Molina y otros, con risas a granel y algo de sorpresa por el trato o maltrato, a la plazoleta Andrés Bello, en la que había urapanes y al frente la urna vítrea con la choza de Marco Fidel Suárez.

 

A los pocos días, tornábamos a la sala infantil a proseguir con las lecturas y las risotadas. Y entonces nos topábamos con Esopo y Samaniego y La Fontaine y Pombo… Y vuelva y comience con la pellizquería de la doña bibliotecaria. Tal vez el primer libro completo que leí, y ya había pasado la primaria, fue Ivanhoe, de Walter Scott, en una edición ilustrada que papá me trajo de uno de sus viajes laborales. Y después de la Carta a García y relatos aislados de Las mil y una noches, las veladas domésticas estuvieron, en una adolescencia agitada, en la que había mucho fútbol, juegos callejeros, cine y desafíos a pedradas entre galladas de distintos barrios, adobadas por lecturas más inquietantes. Una, por la de un libro que me regaló Chucho, uno de los muchachos de la tropilla de El Congolo: Moulin Rouge, de Pierre La Mure, sobre la vida y obra de Henri Toulouse-Lautrec, y otras, por los dos tomos de Las mil y una noches que me prestó Álvaro, alias Ñembo, y que me tragué en una semana o tal vez dos. Fue entonces cuando descubrí que mamá, que era una estupenda narradora oral, ya me había relatado hace tiempos muchos de esos cuentos árabes adaptados a su cultura antioqueña, incluidas arrierías y colonizaciones.

 

Más tarde, cuando en la casa comenzaron a aparecer libros de escritores estadounidenses (Faulkner, Steinbeck, Hemingway…) y también algunos de Pär Lagervist, Heinrich Böll, Kafka y Poe, las noches se hicieron más largas y propicias para las lecturas. Mamá a veces gritaba desde su pieza que apagáramos el bombillo y recuerdo sus perentorias órdenes de “dejá de leer tanto que te vas a enloquecer”, pero más leía uno y ella tornaba con su grito: “¡O apagás o voy y pedaceo el foco!”. Y había que posponer la lectura para la noche siguiente.

 

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La casa y la escuela (y, en mi caso, también el barrio) eran como huertas, donde se abonaban las ganas de mil cosas, pero, en particular, las de descubrir, las de tener intenciones de aprender disímiles asuntos, como los de inmiscuirse en lo que los libros dicen y proponen, con historias y peripecias. No se me han olvidado los relatos babilónicos y las gestas de acadios y asirios, ni los experimentos con una campana y un pájaro asfixiado, ni los filtros de Paracelso. Y aquellos intentos de acercar las estrellas o tener nociones de un gran mentiroso como el barón de Münchausen en selecciones que se hacían en aquella enciclopedia de pasta dura verde botella en las que había desde poemas de Poe hasta notas sobre la Ilustración y próceres de distintas batallas.

 

Quizá el bautizo para la lectura estuvo en la cuna, cuando, según supe después, había cantos y rimas y recitaciones de poemas que después jamás he vuelto a escuchar, como uno denominado Salutación a América y también las rimas de Bécquer y todo en la voz de la señora rubia que luego, en noches y mañanas, nos contó aventuras de Tío Conejo y Sebastián de las Gracias y nos detonó la imaginación con su voz particular de Scheerezada antioqueña, con los viajes de Simbad el marino y zocos persas.

 

Creo que por aquellos años, los de la educación sentimental, los de calle-casa-escuela-pelota-barrio, la lectura fluía sin obligaciones y como una condición natural, sin pretensiones ni imposturas. No era para posar sino para sentir el vuelo, los sonidos, las palabras, los ritmos, la música. Vocales y consonantes nos prolongaron los sueños y nos vistieron con los trajes de cenicientas y las desnudeces de fantasmas que ya no asustaban. Sí, eran el libro, las letras, los cuentos y fábulas partes de una manera de ser, de vivir, de estar en crecimiento sin saber en teoría qué era la infancia ni la adolescencia. Un flujo común. Un tránsito hacia los asombros y los hallazgos. No recuerdo que nos dijeran que había que leer. Se leía, así como había que desayunar o ir a asaltar fincas suburbanas en busca de naranjas, mangos y ciruelas.

 

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No solo al cine y a la primera maestra, doña Rosa Bother, y después a Álvaro Sánchez, el profe de español y literatura que nos hacía memorizar poemas, recitarlos ante el resto de condiscípulos, y leer algunas crónicas de Azorín, les debemos el amor ilimitado por leer, sino, claro, a las aventuras de periódicos con cómics como Tarzán y El Fantasma, a las revistas mexicanas y chilenas, al Reyecito y Mandrake, a los luchadores como El enmascarado de plata y Neutrón, y una colección de pequeños cuentos que editaba Saturnino Calleja, albergados en cofres metálicos muy pintorescos.

 

Y digo al cine, porque tras ver tanto western, y películas de capa y espada, y a Ulises, y a Perseo el Invencible, y a Hércules, y a Maciste, y todos los gladiadores, y a los pistoleros como Wayne y Cooper, y las diligencias, a los indios que cuando caían de sus caballos la gritería en el teatro era como si se cantara un gol (algo había en esos filmes de colonialismo, de discriminaciones, de despojo cultural, pero eso lo supimos mucho después). Y entonces, en los intercambios o trueques, con papa rellena y ají picante incluidos, en las antesalas de los teatros, estaban Marcial Lafuente Estefanía y sus novelitas del Lejano Oeste.

 

Y luego, el mundo adulto, más complejo, y ya perdida la inocencia, nos condujo por otros textos y caminos. Y vino la sofisticación. La lectura en varios niveles. El análisis y el pensamiento. Y la crítica. Y todo lo que en rigor debe tener una “seria” manera de enfrentar libros y autores. Y cada uno de aquellos que habitamos hace años la misma casa, y escuchamos a la misma madre, y luego tuvimos diversos maestros, fuimos haciendo la biblioteca personal. Creo que les ha pasado a muchos. Nada del otro mundo. Pero sí hay en esas formaciones (otros dirán deformaciones) de criterio, de carácter, de memoria, un ejercicio, tal vez simple y en cierto modo natural, de querer los libros, sin tenerlos en ningún nicho sacrosanto, pero con la certeza que en ellos hay tesoros y son albergue de múltiples deslumbramientos.

 

La lectura es una apertura a la inteligencia, a la imaginación, a convertirse en otros, a caminar-volar-nadar-explorar-bucear- por lo más oscuro y lo más luminoso de los humanos y sus circunstancias. El lector puede ser como un devoto, un peregrino, un místico, una suerte de empedernido auscultador de almas. Y tendrá al libro como un preciado material que no le calmará su sed de saber, pero hará que la lengua se le seque. Un libro es para aumentar las ganas; no para calmarlas. El escritor, filósofo y autor de canciones, Manlio Sgalambro, el del Tratado de la impiedad, expresa una inquietante certeza: “Puede que sólo por eso merezca la pena existir, por leer un libro, por ver los inmensos horizontes de una página. ¿La tierra, el cielo? No, sólo un libro. Por eso, muy bien se puede vivir”.

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Un libro es un pasaporte a la cultura, la imaginación y la inteligencia.

 

 

 

 

Peripecias del muñeco de Año Viejo

(Crónica con tictac para exorcizar los fantasmas del tiempo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un recuerdo de infancia me lleva a vislumbrar en una esquina de fin de año a un hombre sentado. Bueno, en rigor no es un hombre, es su representación, vestido de ropas viejas, con tripas de trapo y pólvora (lo supe después), con ojos vacíos que miran sin mirar el tiempo último, los minutos contados. Su saco desvaído, sus zapatones desvencijados, recuerdan a un payaso obsoleto. Es una figura tristona, junto a la cual, un tipo de verdad, con traje de mujer y pañoleta oscura, llora sin consuelo como si fuera la viuda del muñeco de Año Viejo.

 

Los muñecos de fin de año, parte de una cultura popular, hoy degradada, a veces daban la impresión de ser beodos en trance de irse al piso, con su botella de licor vacía en un bolsillo roto. El barrio giraba en torno a la confección de aquel símbolo del tiempo que moría el último día del año, con recolección de ropas de segunda, o quizá de tercera, en un ritual que aunaba muchachos y señoras, en una demostración de sociabilidad, alegría y teatralidad.

 

Los diseñadores del muñeco, que iban de puerta en puerta, también solicitaban monedas para la compra de explosivos y fuegos de artificio para rellenar el estómago del hombre de trapo que moriría (sin posibilidades de resurrección) a las doce de la noche del 31 de diciembre, en medio de llamaradas purificantes y detonaciones, con gritos desaforados de celebración. Con restos de sábanas blancas, ya curtidas, se formaba la fisonomía. Había expertos en pintar la boca, que en ocasiones tenía un rictus mortuorio, y en buscar sombreros viejos entre los señores de la barriada.

 

Había muñecos de fina estampa. A veces, según la imaginación y los recursos de los hacedores, se les ponía una rosa o un clavel rojo en el bolsillo de la chaqueta, que por raída que estuviera, con ese toque alcanzaba a darle al personaje dimensiones de dandi extemporáneo. O al sombrero se le ataba una cinta nueva, o se adornaba con alguna borla, quizá un sobrante de la ornamentación navideña. No faltaba el de gusto distinto que conseguía guantes para el muñeco. El caso es que, con el esperpento listo, se armaba una juerga callejera, de ires y venires —sin hacer “retenes” a veces amenazantes como los que hoy se estilan en ciertos sectores de la ciudad—, con una mezcla de ingenuidad y creación colectiva. Los preparativos comenzaban desde el treinta, para tener lista, por la mañana del treintaiuno, la representación final del tiempo viejo.

 

Para algunos, muy avisados, el muñeco era como una suerte de golem, de materia prima con la que se podría, de acuerdo con la capacidad inventiva, darle vida a esa figura que adornaba el paisaje urbano de fin de año. Y, de hecho, en su construcción había una especie de creación divina, de soplo secreto, hermético, que era como la de la aparición mítica del primer hombre. El muñeco de Año Viejo pudiera parecerles a algunos un Adán anciano, que al fin de los tiempos había perdido el paraíso y terminaría en la nada y los ostracismos en la Nochevieja.

 

Tal vez sin saberlo, el rito con el muñeco de Año Viejo revivía una antigua inquisición, porque, sin condena explícita, el hombre de trapo finalizaría en el fuego, observado por multitudes vociferantes que gozaban viéndolo consumirse junto con el calendario. Y en la medida que se tornaba en cenizas, crecía el fragor de las explosiones de despedida al tiempo viejo y de bienvenida al nuevo año. Y en ese punto, el muñeco iba quedando en el olvido, se convertía en otra ausencia, en la nada, en lo que ya no es. Un adiós de lágrimas secas.

 

Aquellos muñecos de año viejo le daban razón al poeta que afirmaba: “el tiempo es la única verdad”. Una verdad que se diluía en el último segundo del año, para resurgir al segundo siguiente con una novedad, que a lo mejor seguía siendo vieja, el tiempo de siempre, el intranscurrible, el eterno. ¿Envejece el tiempo? ¿Rejuvenece acaso? Y a todas estas especulaciones, estaba a la vuelta de las hojas de calendario un interrogante fundamental: ¿qué es el tiempo?

 

Pero en aquellos días en que los relojes poco significaban, el muñeco de Año Viejo nos ponía a disfrutar de la luminosidad del fin del año, que era (o es) como la terminación de una etapa y el comienzo de otra. No pensábamos en incertidumbres ni azares. La vida transcurría, casi siempre en medio de juegos y algazaras. Eran día felices sin pensamientos en torno al incierto porvenir.

 

Una memoria de infancia me transfiere a espacios idos, a calendarios que ya no son, para ver en una esquina de fin de diciembre un muñeco de Año Viejo, que cuando lo miraba, me guiñaba un ojo, como diciéndome que algún día sabría lo que significaba el tiempo, pero entonces ya sería demasiado tarde.

 

En el muñeco fin de añero, hay una tristeza irreparable. Se le ve, exánime, sin esperanza ninguna, a la espera de su destino fatal. Su condena es ineludible. El patíbulo lo espera sin conmiseraciones. Y su muerte transcurrirá en medio de detonaciones y los alaridos festejantes de los demás.

 

El muñeco de Año Viejo, símbolo de lo efímero, de lo que es y dejará de ser, es o puede ser una manera de exorcizar el pasado, un ajuste de cuentas con un calendario que toca a su fin. Y, en medio del fuego final, la apertura a azarosos días que se envejecerán hasta convertirse, de nuevo, en un muñeco de trapo y zapatos viejos.

 

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“El año que viene vuelvo…”

Fantasmas en los nimbus

(Cine patasarriba, caras virginales en las paredes y un caleidoscopio de infancia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Las ensoñaciones podían advenir por el polvillo flotante en un rayo de luz que penetraba por un orificio de la ventana de madera. A veces, porque sobre el techo se reflejaba la calle patas arriba, con gente caminando al revés, proyectada por la luz de resquicio que nos hacía tener un cine natural en casa. La imaginación se acrecentaba con las juntas de los ladrillos, cuya mezcla de cemento y arena formaba rostros de vírgenes desmirriadas y palomas al vuelo, o, cómo no, la imagen de la verónica de semana santa.

 

En las paredes del cuarto, que todavía estaban sin repellar, era posible hacer un álbum de fisionomías, de fantasmas de arena y polvo, con figuras danzantes o carreras de caballos y perros, todos creados por un magín de calenturas. Y, en los desayunos, cuando quedaban en la taza las borras de café o chocolate, se podían avizorar anuncios de buenas nuevas y presagios de suerte pesarosa. En esas formas aleatorias se podía leer el futuro “que yo no perdí”. La incertidumbre del porvenir.

 

La niñez era una invitación a robustecer las imaginaciones y volar sobre tejados y azoteas. Leer las nubes, descubrir en ellas disímiles figuras, como caras barbadas, trompas de elefantes, perros de caza, era una manera de la fantasía. Después, sobre nimbus, stratus, cirros y cúmulos, era factible crear una historia de brujas y hadas, con grafismos celestes. La pareidolia, ese fenómeno que nos hace ver cosas donde no las hay, se trasladaba a montes y pináculos en los que era posible desentrañar rostros pedregosos, jorobados en actitud vigilante y voces siniestras que se desprendían de troncos y malezas.

 

¿Y qué tal la gota de aceite en el asfalto? Era una productora de imágenes irisadas con las que el cielo descendía a la calle. ¿Y los charcos sobre el pavimento? Otro modo de ver el mundo, a escala, como una maqueta, de sentir tormentas y escapar a naufragios de esquina. Había en muros y postes una convocatoria de ilusiones ópticas, de fotogramas urbanos que nos convertían en espectadores de lo asombroso en lo ordinario.

 

Cuántas fascinaciones nos contaron los techos, mientras vos, bocarriba, trazabas mapas y montabas en camellos a través de desiertos con simunes y arenas desenfrenadas. Eran modos baratos de enardecer el cerebro con imágenes de mujeres desnudas, que se reflejaban en los espejos imaginarios de la terraza. A veces, cuando se buscaban otras emociones, entonces se fabricaba el artesanal caleidoscopio, con conos de hilados y vidrios y cuentas de colores. Era subirse en una aventura visual que cambiaba de episodios y personajes con solo mover el artefacto para mezclar su mecanismo elemental.

 

Con el caleidoscopio, sin saberlo quizá, nos introdujimos en el universo de las formas geométricas y los fractales (cuando este término ni se usaba), en la óptica de lo imaginario, espejismos para la relajación y el disfrute de los sentidos. Era un ejercicio que trascendía la hechura de barquitos y aviones de hojas de cuaderno. Había un ritual en su preparación, en la búsqueda de los cristales, las cartulinas y los espejos fragmentados.

 

Armar un caleidoscopio rústico tenía su gracia. Esperar, por ejemplo, que los conos de hilo de la máquina de coser de mamá o de las vecinas se acabaran para utilizarlos en el cuerpo del aparatejo elemental. En ocasiones, se picaba papel de globo para efectos especiales, que no era más que darle un toque de color al interior. Una vez, a casa llevaron uno de mejor confección, con decorados exteriores que representaban un gnomo y un niño montado sobre un perro y en el que se podía ver el otro lado del mundo, con geometrías móviles, deslumbrantes,  que se prolongaban hasta el infinito.

 

Se podría decir que el universo de la luz, el de sus efectos y misterios, nos mantuvo atentos en buena parte de la infancia. Era la unión de cinematógrafos domésticos, de espejuelos cromáticos, de pinturas en el cielo, de esculturas en las montañas vecinas, con nubarrones que siempre deparaban sorpresas. Una invención de coordenadas nuevas, de hemisferios impensables, de sombras chinescas revueltas con lunas de papel.

 

Tal vez los que aprendimos a interpretar las nubes, a buscar en sus formaciones otros modos de los relatos mágicos, de las ficciones efímeras, nos sigue gustando observar los cielos, porque, sin falta, habrá en ellos una historia de golondrinas y arreboles apresurados que a veces se parecen a los colores de los caleidoscopios de un tiempo luminoso y feliz.

 

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La poética fascinación de El globo rojo

 

(Un viejo filme francés para recuperar los sueños de la infancia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Qué vaina que al ver ese globo rojo, animado, lleno de inexplicable vida, que no es que estuviera domesticado por un niño (que, como caso curioso, no tenía pantalón cortito), por las calles de un sector de París, gris y húmedo, solo iluminado por la rojura de lo que nosotros llamábamos —y llamamos todavía—  una bomba, sí, digo, qué cosa volver a sentirse niño y emocionarse y hasta sollozar ante una historia simple (y, por eso mismo, honda y diciente), vista a más de sesenta años de su filmación (se estrenó el 15 de octubre de 1956).

Tanto cine visto y leído y no sabía de Albert Lamorisse, su director y creador, ganador del Oscar a mejor guion original y de la Palma de Oro, pero esas maravillas pueden dar espera. Tardan pero llegan. El globo rojo (Le Ballon Rouge), mediometraje de treinta y cuatro minutos, es toda una bomba de la poesía visual. La peripecia del globo y su descubrimiento y “captura” por parte de un pelao que va a la escuela, en un poste de iluminación pública, es el inicio de una epopeya infantil, cine puro, sin necesidad de palabras, apenas las justas, que en la medida en que discurre puede deslumbrar al espectador, pero, al mismo tiempo, transportarlo a vivencias de tiempos idos, de mundos que ya no son, de la niñez con caucheras y cartapacios, a la fantasía real de una relación de amor entre un chiquillo y una bombita de piñata.

 

No sé cuáles serían las reacciones de los niños y adultos de entonces al apreciar el filme, que junta lo cotidiano con lo que se pudiera denominar lo “real maravilloso”. Pero, en mi caso, cuando ya la infancia es solo un tiempo lejano de calesitas y gafas coloridas de carnaval, las imágenes de El globo rojo me transportaron a los felices almanaques (bueno, el tiempo no existía) de mis cinco o seis años. No sé por qué (o tal vez sí) me vi de nuevo en viejas calles de Manchester, un barrio que olía a trenes y a fábricas de telas, rumbo a la escuela, con mi valija de cuero grabado en las que cuadernos y cartillas cantaban (con acordes de Donizetti) porque había anhelos de saber.

 

El encanto del filme, sus destellos y sombras, la metáfora de la inocencia y la maldad, de lo ingenuo y lo sórdido, radica en contar una historia sencilla. Ahí, dice uno, está el fundamento de su poesía, el secreto de su estética. Es un relato de imágenes en las que nace el amor entre un chicuelo y una bomba, que tiene que ser roja y no de otro color. ¿Por qué? Porque sí, pudiera decir un niño. No todo hay que explicarlo ni interpretarlo ni intelectualizarlo. El globo rojo puede ser uno de esos casos en el que uno se deja llevar, vuela, camina, salta, corre, entra al salón de clases, sale de él, no se sube al tranvía ni al autobús, porque no permiten que un niño pueda portar un globo, que tampoco puede entrar a la escuela (se dirá que el globo no necesita abecedarios) ni a la casa del pibecillo (la mamá del muchacho arroja el globo por el ventanal).

 

Uno presume que el globo no tendrá larga vida (sí, es un globo con existencia y animación propias), pero sí la suficiente para establecer una relación con quien lo bajó de su inutilidad (de su apresamiento) en un poste urbano. Es un nacimiento. El niño y el globo se tornan uno para el otro. Para donde va uno, el otro lo sigue. En una especie de atracción y fraternidad que se alterará por la mala intención de una barra de muchachos que, por encima de todo, quieren destruir esa relación insólita.

 

Y por calles y callejones, por encrucijadas y solares, la persecución de los maldadosos le da al filme un tono de aventura, con sobresaltos y suspensos. Ese globo rojo, que se enamora en un momento dado del azul que lleva una niña en sus manos, parece tener sus horas contadas. ¿Cómo muere un globo? Son varias las posibilidades de extinción. Y en este punto, la película llegará a cumbres de expectativa electrizante, y su clímax (no del todo predecible) será una especie de epifanía, de canto general que se va sintiendo sobre la melancólica grisitud de los entejados, de las calles, de la ciudad que ni se entera de la magnitud de una aparición de lo taumatúrgico.

 

Un globo perseguido, un niño perseguido. Puede ser la simbolización de sociedades que no permiten la alegría elemental. No están hechas para la imaginación ni lo inesperado. Sociedades anquilosadas, mecanizadas, sin posibilidades para el ensueño y la subversión de las costumbres.

 

Un filme a modo de parábola sobre las pequeñas cosas. Fabulación de un tiempo hecho para los sueños y los nacimientos de aquello que después se hará tan difícil de encontrar en la edad adulta: la amistad. Rodada en el barrio parisino de Ménilmontant, con sus ambientes de opaca melancolía, el globo que el niño se encuentra atado en la farola destruye la monotonía cromática de calles y edificios, y le inyecta a la historia la música indefinible de la infancia, con ladridos perrunos y fantasías volátiles.

 

Qué vaina. Una vieja película para niños, vista tantos años después de su creación, tiene el poder de un flashback, de un salto atrás para ubicarnos (bueno, a los de mi edad madura) en un tiempo de juegos callejeros y fascinaciones de cuentos infantiles. Verla en soledad, penetrar en la belleza de lo elemental, es abrir las esclusas a más de un lagrimón. Una sensible —y bella— forma de recuperar la infancia.

 

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Fotograma del filme El globo rojo, con el niño Pascal Lamorisse.