Peripecias del muñeco de Año Viejo

(Crónica con tictac para exorcizar los fantasmas del tiempo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un recuerdo de infancia me lleva a vislumbrar en una esquina de fin de año a un hombre sentado. Bueno, en rigor no es un hombre, es su representación, vestido de ropas viejas, con tripas de trapo y pólvora (lo supe después), con ojos vacíos que miran sin mirar el tiempo último, los minutos contados. Su saco desvaído, sus zapatones desvencijados, recuerdan a un payaso obsoleto. Es una figura tristona, junto a la cual, un tipo de verdad, con traje de mujer y pañoleta oscura, llora sin consuelo como si fuera la viuda del muñeco de Año Viejo.

 

Los muñecos de fin de año, parte de una cultura popular, hoy degradada, a veces daban la impresión de ser beodos en trance de irse al piso, con su botella de licor vacía en un bolsillo roto. El barrio giraba en torno a la confección de aquel símbolo del tiempo que moría el último día del año, con recolección de ropas de segunda, o quizá de tercera, en un ritual que aunaba muchachos y señoras, en una demostración de sociabilidad, alegría y teatralidad.

 

Los diseñadores del muñeco, que iban de puerta en puerta, también solicitaban monedas para la compra de explosivos y fuegos de artificio para rellenar el estómago del hombre de trapo que moriría (sin posibilidades de resurrección) a las doce de la noche del 31 de diciembre, en medio de llamaradas purificantes y detonaciones, con gritos desaforados de celebración. Con restos de sábanas blancas, ya curtidas, se formaba la fisonomía. Había expertos en pintar la boca, que en ocasiones tenía un rictus mortuorio, y en buscar sombreros viejos entre los señores de la barriada.

 

Había muñecos de fina estampa. A veces, según la imaginación y los recursos de los hacedores, se les ponía una rosa o un clavel rojo en el bolsillo de la chaqueta, que por raída que estuviera, con ese toque alcanzaba a darle al personaje dimensiones de dandi extemporáneo. O al sombrero se le ataba una cinta nueva, o se adornaba con alguna borla, quizá un sobrante de la ornamentación navideña. No faltaba el de gusto distinto que conseguía guantes para el muñeco. El caso es que, con el esperpento listo, se armaba una juerga callejera, de ires y venires —sin hacer “retenes” a veces amenazantes como los que hoy se estilan en ciertos sectores de la ciudad—, con una mezcla de ingenuidad y creación colectiva. Los preparativos comenzaban desde el treinta, para tener lista, por la mañana del treintaiuno, la representación final del tiempo viejo.

 

Para algunos, muy avisados, el muñeco era como una suerte de golem, de materia prima con la que se podría, de acuerdo con la capacidad inventiva, darle vida a esa figura que adornaba el paisaje urbano de fin de año. Y, de hecho, en su construcción había una especie de creación divina, de soplo secreto, hermético, que era como la de la aparición mítica del primer hombre. El muñeco de Año Viejo pudiera parecerles a algunos un Adán anciano, que al fin de los tiempos había perdido el paraíso y terminaría en la nada y los ostracismos en la Nochevieja.

 

Tal vez sin saberlo, el rito con el muñeco de Año Viejo revivía una antigua inquisición, porque, sin condena explícita, el hombre de trapo finalizaría en el fuego, observado por multitudes vociferantes que gozaban viéndolo consumirse junto con el calendario. Y en la medida que se tornaba en cenizas, crecía el fragor de las explosiones de despedida al tiempo viejo y de bienvenida al nuevo año. Y en ese punto, el muñeco iba quedando en el olvido, se convertía en otra ausencia, en la nada, en lo que ya no es. Un adiós de lágrimas secas.

 

Aquellos muñecos de año viejo le daban razón al poeta que afirmaba: “el tiempo es la única verdad”. Una verdad que se diluía en el último segundo del año, para resurgir al segundo siguiente con una novedad, que a lo mejor seguía siendo vieja, el tiempo de siempre, el intranscurrible, el eterno. ¿Envejece el tiempo? ¿Rejuvenece acaso? Y a todas estas especulaciones, estaba a la vuelta de las hojas de calendario un interrogante fundamental: ¿qué es el tiempo?

 

Pero en aquellos días en que los relojes poco significaban, el muñeco de Año Viejo nos ponía a disfrutar de la luminosidad del fin del año, que era (o es) como la terminación de una etapa y el comienzo de otra. No pensábamos en incertidumbres ni azares. La vida transcurría, casi siempre en medio de juegos y algazaras. Eran día felices sin pensamientos en torno al incierto porvenir.

 

Una memoria de infancia me transfiere a espacios idos, a calendarios que ya no son, para ver en una esquina de fin de diciembre un muñeco de Año Viejo, que cuando lo miraba, me guiñaba un ojo, como diciéndome que algún día sabría lo que significaba el tiempo, pero entonces ya sería demasiado tarde.

 

En el muñeco fin de añero, hay una tristeza irreparable. Se le ve, exánime, sin esperanza ninguna, a la espera de su destino fatal. Su condena es ineludible. El patíbulo lo espera sin conmiseraciones. Y su muerte transcurrirá en medio de detonaciones y los alaridos festejantes de los demás.

 

El muñeco de Año Viejo, símbolo de lo efímero, de lo que es y dejará de ser, es o puede ser una manera de exorcizar el pasado, un ajuste de cuentas con un calendario que toca a su fin. Y, en medio del fuego final, la apertura a azarosos días que se envejecerán hasta convertirse, de nuevo, en un muñeco de trapo y zapatos viejos.

 

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“El año que viene vuelvo…”

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Fantasmas en los nimbus

(Cine patasarriba, caras virginales en las paredes y un caleidoscopio de infancia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Las ensoñaciones podían advenir por el polvillo flotante en un rayo de luz que penetraba por un orificio de la ventana de madera. A veces, porque sobre el techo se reflejaba la calle patas arriba, con gente caminando al revés, proyectada por la luz de resquicio que nos hacía tener un cine natural en casa. La imaginación se acrecentaba con las juntas de los ladrillos, cuya mezcla de cemento y arena formaba rostros de vírgenes desmirriadas y palomas al vuelo, o, cómo no, la imagen de la verónica de semana santa.

 

En las paredes del cuarto, que todavía estaban sin repellar, era posible hacer un álbum de fisionomías, de fantasmas de arena y polvo, con figuras danzantes o carreras de caballos y perros, todos creados por un magín de calenturas. Y, en los desayunos, cuando quedaban en la taza las borras de café o chocolate, se podían avizorar anuncios de buenas nuevas y presagios de suerte pesarosa. En esas formas aleatorias se podía leer el futuro “que yo no perdí”. La incertidumbre del porvenir.

 

La niñez era una invitación a robustecer las imaginaciones y volar sobre tejados y azoteas. Leer las nubes, descubrir en ellas disímiles figuras, como caras barbadas, trompas de elefantes, perros de caza, era una manera de la fantasía. Después, sobre nimbus, stratus, cirros y cúmulos, era factible crear una historia de brujas y hadas, con grafismos celestes. La pareidolia, ese fenómeno que nos hace ver cosas donde no las hay, se trasladaba a montes y pináculos en los que era posible desentrañar rostros pedregosos, jorobados en actitud vigilante y voces siniestras que se desprendían de troncos y malezas.

 

¿Y qué tal la gota de aceite en el asfalto? Era una productora de imágenes irisadas con las que el cielo descendía a la calle. ¿Y los charcos sobre el pavimento? Otro modo de ver el mundo, a escala, como una maqueta, de sentir tormentas y escapar a naufragios de esquina. Había en muros y postes una convocatoria de ilusiones ópticas, de fotogramas urbanos que nos convertían en espectadores de lo asombroso en lo ordinario.

 

Cuántas fascinaciones nos contaron los techos, mientras vos, bocarriba, trazabas mapas y montabas en camellos a través de desiertos con simunes y arenas desenfrenadas. Eran modos baratos de enardecer el cerebro con imágenes de mujeres desnudas, que se reflejaban en los espejos imaginarios de la terraza. A veces, cuando se buscaban otras emociones, entonces se fabricaba el artesanal caleidoscopio, con conos de hilados y vidrios y cuentas de colores. Era subirse en una aventura visual que cambiaba de episodios y personajes con solo mover el artefacto para mezclar su mecanismo elemental.

 

Con el caleidoscopio, sin saberlo quizá, nos introdujimos en el universo de las formas geométricas y los fractales (cuando este término ni se usaba), en la óptica de lo imaginario, espejismos para la relajación y el disfrute de los sentidos. Era un ejercicio que trascendía la hechura de barquitos y aviones de hojas de cuaderno. Había un ritual en su preparación, en la búsqueda de los cristales, las cartulinas y los espejos fragmentados.

 

Armar un caleidoscopio rústico tenía su gracia. Esperar, por ejemplo, que los conos de hilo de la máquina de coser de mamá o de las vecinas se acabaran para utilizarlos en el cuerpo del aparatejo elemental. En ocasiones, se picaba papel de globo para efectos especiales, que no era más que darle un toque de color al interior. Una vez, a casa llevaron uno de mejor confección, con decorados exteriores que representaban un gnomo y un niño montado sobre un perro y en el que se podía ver el otro lado del mundo, con geometrías móviles, deslumbrantes,  que se prolongaban hasta el infinito.

 

Se podría decir que el universo de la luz, el de sus efectos y misterios, nos mantuvo atentos en buena parte de la infancia. Era la unión de cinematógrafos domésticos, de espejuelos cromáticos, de pinturas en el cielo, de esculturas en las montañas vecinas, con nubarrones que siempre deparaban sorpresas. Una invención de coordenadas nuevas, de hemisferios impensables, de sombras chinescas revueltas con lunas de papel.

 

Tal vez los que aprendimos a interpretar las nubes, a buscar en sus formaciones otros modos de los relatos mágicos, de las ficciones efímeras, nos sigue gustando observar los cielos, porque, sin falta, habrá en ellos una historia de golondrinas y arreboles apresurados que a veces se parecen a los colores de los caleidoscopios de un tiempo luminoso y feliz.

 

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La poética fascinación de El globo rojo

 

(Un viejo filme francés para recuperar los sueños de la infancia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Qué vaina que al ver ese globo rojo, animado, lleno de inexplicable vida, que no es que estuviera domesticado por un niño (que, como caso curioso, no tenía pantalón cortito), por las calles de un sector de París, gris y húmedo, solo iluminado por la rojura de lo que nosotros llamábamos —y llamamos todavía—  una bomba, sí, digo, qué cosa volver a sentirse niño y emocionarse y hasta sollozar ante una historia simple (y, por eso mismo, honda y diciente), vista a más de sesenta años de su filmación (se estrenó el 15 de octubre de 1956).

Tanto cine visto y leído y no sabía de Albert Lamorisse, su director y creador, ganador del Oscar a mejor guion original y de la Palma de Oro, pero esas maravillas pueden dar espera. Tardan pero llegan. El globo rojo (Le Ballon Rouge), mediometraje de treinta y cuatro minutos, es toda una bomba de la poesía visual. La peripecia del globo y su descubrimiento y “captura” por parte de un pelao que va a la escuela, en un poste de iluminación pública, es el inicio de una epopeya infantil, cine puro, sin necesidad de palabras, apenas las justas, que en la medida en que discurre puede deslumbrar al espectador, pero, al mismo tiempo, transportarlo a vivencias de tiempos idos, de mundos que ya no son, de la niñez con caucheras y cartapacios, a la fantasía real de una relación de amor entre un chiquillo y una bombita de piñata.

 

No sé cuáles serían las reacciones de los niños y adultos de entonces al apreciar el filme, que junta lo cotidiano con lo que se pudiera denominar lo “real maravilloso”. Pero, en mi caso, cuando ya la infancia es solo un tiempo lejano de calesitas y gafas coloridas de carnaval, las imágenes de El globo rojo me transportaron a los felices almanaques (bueno, el tiempo no existía) de mis cinco o seis años. No sé por qué (o tal vez sí) me vi de nuevo en viejas calles de Manchester, un barrio que olía a trenes y a fábricas de telas, rumbo a la escuela, con mi valija de cuero grabado en las que cuadernos y cartillas cantaban (con acordes de Donizetti) porque había anhelos de saber.

 

El encanto del filme, sus destellos y sombras, la metáfora de la inocencia y la maldad, de lo ingenuo y lo sórdido, radica en contar una historia sencilla. Ahí, dice uno, está el fundamento de su poesía, el secreto de su estética. Es un relato de imágenes en las que nace el amor entre un chicuelo y una bomba, que tiene que ser roja y no de otro color. ¿Por qué? Porque sí, pudiera decir un niño. No todo hay que explicarlo ni interpretarlo ni intelectualizarlo. El globo rojo puede ser uno de esos casos en el que uno se deja llevar, vuela, camina, salta, corre, entra al salón de clases, sale de él, no se sube al tranvía ni al autobús, porque no permiten que un niño pueda portar un globo, que tampoco puede entrar a la escuela (se dirá que el globo no necesita abecedarios) ni a la casa del pibecillo (la mamá del muchacho arroja el globo por el ventanal).

 

Uno presume que el globo no tendrá larga vida (sí, es un globo con existencia y animación propias), pero sí la suficiente para establecer una relación con quien lo bajó de su inutilidad (de su apresamiento) en un poste urbano. Es un nacimiento. El niño y el globo se tornan uno para el otro. Para donde va uno, el otro lo sigue. En una especie de atracción y fraternidad que se alterará por la mala intención de una barra de muchachos que, por encima de todo, quieren destruir esa relación insólita.

 

Y por calles y callejones, por encrucijadas y solares, la persecución de los maldadosos le da al filme un tono de aventura, con sobresaltos y suspensos. Ese globo rojo, que se enamora en un momento dado del azul que lleva una niña en sus manos, parece tener sus horas contadas. ¿Cómo muere un globo? Son varias las posibilidades de extinción. Y en este punto, la película llegará a cumbres de expectativa electrizante, y su clímax (no del todo predecible) será una especie de epifanía, de canto general que se va sintiendo sobre la melancólica grisitud de los entejados, de las calles, de la ciudad que ni se entera de la magnitud de una aparición de lo taumatúrgico.

 

Un globo perseguido, un niño perseguido. Puede ser la simbolización de sociedades que no permiten la alegría elemental. No están hechas para la imaginación ni lo inesperado. Sociedades anquilosadas, mecanizadas, sin posibilidades para el ensueño y la subversión de las costumbres.

 

Un filme a modo de parábola sobre las pequeñas cosas. Fabulación de un tiempo hecho para los sueños y los nacimientos de aquello que después se hará tan difícil de encontrar en la edad adulta: la amistad. Rodada en el barrio parisino de Ménilmontant, con sus ambientes de opaca melancolía, el globo que el niño se encuentra atado en la farola destruye la monotonía cromática de calles y edificios, y le inyecta a la historia la música indefinible de la infancia, con ladridos perrunos y fantasías volátiles.

 

Qué vaina. Una vieja película para niños, vista tantos años después de su creación, tiene el poder de un flashback, de un salto atrás para ubicarnos (bueno, a los de mi edad madura) en un tiempo de juegos callejeros y fascinaciones de cuentos infantiles. Verla en soledad, penetrar en la belleza de lo elemental, es abrir las esclusas a más de un lagrimón. Una sensible —y bella— forma de recuperar la infancia.

 

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Fotograma del filme El globo rojo, con el niño Pascal Lamorisse.

Diciembre era la infancia

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Por Reinaldo Spitaletta

Cuando la voz sabrosa y medio nasal de Guillermo Buitrago comenzaba a expandirse por el barrio, todos decíamos: “¡ya es diciembre!”, aunque fuera noviembre o antes. Eran sus sones la medida de la alegría y la certeza del advenimiento del mes más esperado del año. El cienaguero, que influyó en lo que a partir de los cincuentas sería la música parrandera paisa, estaba presente en las guirnaldas y en todos los pianos (Seeburg y Wurlitzer) de los bares, y alternaba, en las casas, con los villancicos y los adornos navideños.

Y con “Dame tu mujer, José” y la “Víspera de año nuevo”, en el barrio las calles cambiaban de color y de cara. No faltaban los convites para la confección de festones de papel de globo, que se ponían como pasacalles, y para el arreglo de fachadas. A diciembre se le recibía con las mejores galas (y no como ahora, en Medellín, donde, desde hace unos quince años, los paramilitares y mafiosos comenzaron con la tal “alborada”, una celebración de estridencias y estropicios siniestros).

 

Diciembre estaba ligado a la infancia, que es, como dicen los poetas, nuestra única patria. No había Santa Claus, de anglosajones y otros pueblos fríos, ni su doble, el fastidioso papá Noel, de la Coca-Cola y de los franceses. Las cartitas de pedidos se enviaban al palestino Niño Jesús o, en su defecto, a los Reyes Magos, árabes y persas. Los mayores se daban aguinaldos el dieciséis, día en que comenzaba el novenario, en los que algunos pelados hacíamos cascabeles de tapas de gaseosa y alambre. Y se cantaban villancicos, casi todos venezolanos, como Tutaina y El burrito sabanero.

 

El cielo de diciembre tenía globos y constelaciones de fantasía. Y la infancia se ejercía entre luces y detonaciones. No era peor ni mejor. Era distinto. Creo que, pese a tantos totes y papeletas y voladores, había menos quemados que hoy. Y como casi todos los perros eran vagabundos, no se morían de infarto con las explosiones aterradoras de triquitraques y cohetes de artificio. Los marranos sufrían mucho y todavía recuerdo sus chillidos de dolor y desgracia.

¡Ah!, menos mal que, por lo menos en Medellín, donde antes a los cerdos se les sacrificaba en la calle, en medio de tormentos y de risas colectivas, con sentencia y humo y aguardiente y borracheras, hoy no se monta tan deplorable espectáculo. En tiempos de mafiosos y sicarios (bueno, no es que hayan pasado todavía), se vieron escenas nefastas de pistoleros que los mataban a bala, quizá siguiendo aquel dicho entre guasón y cruel: “dele un tiro pa’ que no sufra”.

Diciembre se colaba por claraboyas y ventanas, entraba en las cocinas y cambiaba las dietas. Subía el volumen de los equipos de sonido (radiolas, tocadiscos, fonógrafos…) y cambiaba la temperatura ambiente. Los niños engordaban la imaginación, mientras las muchachas lucían más lindas que en otros meses. En algunas casas olía a musgo y en otras a aserrín. No había trineos tirados por alces ni abetos cargados de nieve ni de paquetes de regalos, envueltos en papel brillante. Nuestra Nochebuena tropical era cálida, con natillas y buñuelos, con niños que se acostaban el 24 de diciembre, antes de las doce, para esperar el “traído”, o, de otras maneras, para espiar a ver si era verdad que llegaba el Niño Jesús con su cargamento de sorpresas.

Tal vez se trate de una nostalgia de pacotilla, pero me parece que era menos el frenesí por el consumo, por la pose y el esnobismo. No había centros comerciales (todos son igualitos, sin imaginación) y todavía no nos habían uniformado con hamburguesas ni otras chucherías de desecho. La víspera de navidad era una aventura ir con mamá a la plaza de mercado a comprar gallinas y yerbas para el adobo. Aquellos olores a albahaca, tomates, cebollas, yucas, coliflor, cilantro, toronjil, apio…, eran parte de un paisaje ebrio y multicolor.

Diciembre se presentía en las brisas de noviembre. Y había un cantor que desde las estribaciones de la sierra, llegaba con su guitarra a decir que le gustaba el ron de vinola y bailar con Lola, y a hacernos creer que el mundo era otro porque estábamos en el mes más añorado, más cantado. Más aguardado. Eran días en que la imaginación no solo era la loca de la casa, sino de la calle. Y en ella, el 24 a media noche, el Niño Jesús se quedaba bailando después de haber cumplido su imprescindible labor. La de aumentarles la inventiva a los pelados que estrenaban traído.

 

(Publicado en El Espectador y Al Poniente)

 

 

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Preguntas de muchachos a un escritor

(Sobre comidas, helados y qué quería ser cuando era niño, entre otras)

 

 

Hace algunos años, no muchos por cierto, la organización Juego Literario (unida a la Fundación Taller de Letras) me envió unas preguntas formuladas por pelaos que después iban a escucharme una charla sobre vida cotidiana y literatura en un colegio del barrio San Benito, en Medellín. A continuación, el cuestionario y sus breves respuestas. Algunas de estas, los chicos las ilustraron a su manera.

—¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?

—En mi caso, el tiempo libre está conectado con mirar el cielo, unas veces en el patio de mi casa, otras desde las ventanas, y las más de las veces cuando voy por la calle. Por eso, suelo tropezar o estar a punto de chocar con otro, que grita: “¡hey, ponga cuidado!” o cosas parecidas. El tiempo libre es aquel en el que se goza a plenitud, sin estar pendiente del reloj ni del trabajo ni de nada que te aleje de lo gozoso. Así que tomar vino con amigos me gusta mucho, conversar con alguien en un parque, ir al estadio a ver al DIM, jugar con mi perrita Dana, una foxterrier a la que la gente llama la vaquita, por sus manchas vacunas. Me gusta mucho caminar, recorrer las calles de la ciudad, ver fachadas, leer (o imaginar) lo que pudo haber antes en las casas viejas; cuando llueve, me gusta andar bajo la lluvia, pero con paraguas (en la infancia era una exposición completa a las gotas, los chorros, los charcos callejeros) y zapatos impermeables. En los tiempos libres escucho música, unas veces Beethoven, Bach, Mozart, Ravel, Tchaikovski y otros de los denominados compositores de “música culta”, pero también escucho tango, jazz, música cubana, baladas italianas. Cada vez parece ser menos el tiempo libre, quizá porque ya uno lo ha gastado casi todo, pero aún quedan horas para ver pasar gente por mi calle, sobre todo a las muchachas bonitas, que son casi todas.

La lectura, la escritura, ir a cine, dar clases, orientar talleres literarios, hacen parte no solo de mi tiempo libre sino de mi vida cotidiana, de mi “trabajo”.

—¿Qué te hace enojar?

—Un alumno que no pone cuidado y mientras yo hablo, él se ríe con sus amigotes o está disperso en otras actividades. Me enojo con todo lo que tiene que ver con la injusticia social, la inequidad, la mentira. Con ciertos funcionarios que no son servidores públicos, sino parásitos; con la política oficial colombiana. Todo eso me enoja, así como el maltrato a los niños, a los perros, a los ancianos. Me enojan la gente impuntual y el periodismo mediocre y vulgar que se hace en el país. Ah, también que haya tanto envidioso. Debían reducirse a sus “justas proporciones”.

—¿Cuál es tu comida favorita?

—Había comidas en la infancia, como el dulce de mango, que me gustaban mucho. También los confites de mandarina que llevaba papá y que eran ingleses. En la niñez me moría por la leche condensada y una carne dulce, postas y solomos, que preparaba mamá. Creo que una de las comidas que más me entusiasma es el arroz con coco.

—¿Qué querías ser cuando chico?

—No recuerdo bien si quería ser, en un momento, un aviador (me gustaban los super-costellation) o un conductor de camiones. Quise ser un maquinista (manejar trenes) y luego alguien que pudiera volar hasta la luna. Cuando aprendí a jugar fútbol, quise ser un gran delantero y en otro momento aspiré a ser un velocista de cien metros planos. A veces, creo que quise ser médico, pero esa aspiración me duró poco. También, cuando leía cuentos del mar, quería ser marinero y recuerdo que papá me regaló una gorra de la marina. En otros días quise ser un héroe como Tarzán o como Hércules, tal vez por la influencia de revistas de aventuras y del cine. En los días de infancia nunca quise ser ni cura, ni policía, ni presidente de la república. Ah, tampoco periodista.

—Si vas caminando por ahí y te dan ganas de helado, ¿de qué sabor lo pides?

—De chico, siempre me gustaron los conos de vainilla con pasas y de nata. Pero también unos helados domésticos, de coco, de frutas, de esos que vendían en casi todas las casas del barrio. Ahora, hay tantas variedades y sabores que es tan difícil la escogencia. En todo caso, qué rico un helado.

—¿Qué es lo que más recuerdas de tu infancia?

—Son tantos los recuerdos de infancia, que por eso digo que la única patria de uno es ese período de la vida. Allí está todo: los sueños, las pesadillas, los juegos, las palabras de mamá, el fútbol, las sorpresas de diciembre, ir a robar mangos y naranjas a las fincas de Bello, hacer barquitos de papel, escuchar las narraciones fantásticas de mamá, cantar en la calle con otros muchachos, tirar piedras a los entejados, las peleas a la salida de la escuela, las vacaciones escolares, las cometas… Había también cosas horribles, como ir a la finca del abuelo, en Rionegro, porque había que cargar leña, ir por agua lejos, y sufrir las picaduras de pulgas y mosquitos, además de tener que rezar rosarios y otras oraciones. Aquí en este punto, junto con mis hermanos, nos cogía un ataque de risa. Y el abuelo estallaba en rabietas que más risas nos daban.

—¿Cuál es tu cuento favorito?

—Mi cuento favorito de chico era uno que contaba mamá sobre ogros y niños que estaban a punto de ser devorados por el monstruo, ella siempre le hacía variaciones y los prolongaba hasta el infinito. Me gustaban muchos las historias sobre batallas, piratas, aparecidos y brujas. Un cuento que me gustó mucho en la juventud, en la adolescencia, fue uno de H.G. Wells: La puerta en el muro.

—¿Cuál es tu lugar preferido para leer o ilustrar?

—Leo en muchas partes: en la sala, en el inodoro, en el metro, en la oficina, en el estudio, en las bibliotecas, en un parque, pero me gusta mucho leer acostado en mi cama.

 

Atentamente,

Reinaldo Spitaletta

 

Las flores muertas del tulipán

Por Reinaldo Spitaletta

 

Por estos días de inicios de febrero, la ciudad florece en sus búcaros, cámbulos y tulipanes africanos. Es un estallido roji-anaranjado. Fulgura a orillas del río Aburrá, y por la unidad deportiva Atanasio Girardot, y en las vegas de Bello, y por el parque Norte. Hay tapices de flores muertas en el piso-cementerio. Y una fragancia de días lejanos se esparce por el recuerdo.

 

Había un tulipán o miona, en tiempos azules de escuela, a la entrada del hoy desaparecido calvario, en Bello. Las campánulas nos servían de flauta mágica. O para saborear su dulzura de hormigas y huellas de abejas. El árbol nos donaba pájaros y color. Junto al Ángel del Silencio, que coronaba un portón que a veces nos parecía un arco del triunfo, el tulipán regaba su constancia de vida. Recogíamos sus flores acuosas como una ofrenda, un regalo del viento y de soles nuevos.

 

Había un búcaro, de tronco áspero y poderoso, a orillas de la quebrada del Hato. Sombreaba un balneario, que acogía en sus remansos las flores caídas. El charco, que los muchachos bautizaron con el nombre del árbol, ya no existe. Tampoco está el coloso de las lágrimas anaranjadas. La infancia se fue, sin aspavientos. Sin darnos cuenta. Hoy, el ángel sigue enhiesto, centinela de un edificio cultural. No hay flores acampanadas. Ni hormigas. Ni abejas. Ni estaciones que mostraban, en mármol desgastado por pedradas y orines, el martirio del Nazareno.

 

La ciudad florece en los albores de febrero. Veo un niño que recoge flores muertas. No las prueba. Las echa en sus bolsillos y se va caminando, con la risa en todo el cuerpo.

 

 Fotografía tomada de internet

Gardel y un libro salvado de la basura

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Frente a todas las miserias y exclusiones, los habitantes (o penitentes) del llamado Tercer Mundo tienen un arma de prodigio contra los desamparos: la imaginación. Y en este punto, la basura se convierte en una posibilidad de transformaciones y usos inesperados, como acontece con la propuesta que realiza el artista brasileño Vic Muniz con los recicladores de Sao Paulo, a los que les enseña una estética desde los desechos.

 

Asimismo, en Paraguay, un director de orquesta y un profesor de música, llegaron hace algún tiempo hasta los vertederos de un barrio de Asunción, en el que descubrieron cómo transformar la basura en herramientas musicales. Con instrumentos reciclados y materiales desechables, además de dictar clases de música, lograron sensibilizar a la población y montar la Recycled Orchestra (O6rgkCUstaE).

 

Hace unos diez años, conocí en Medellín unos recicladores que recuperaban libros de las basuras. Uno de ellos, llamado Miguel Espinosa, distribuyó entre periodistas y escritores de la ciudad, ejemplares conseguidos de esa manera, en los que había joyas bibliográficas, con el fin de que se escribieran notas al respecto. Se trataba de publicar un libro sobre los hallazgos. A mí me correspondió al azar la Historia de la mitología griega y romana, de V. González, editado por Saturnino Calleja, en Madrid, sin fecha. En el lomo, al título se le agregaba en letras doradas: “para niños”.

 

El libro tembló en mis manos, o quizá haya sido al contrario. Era yo quien temblaba en las manos viejas del ejemplar. Tenía el aspecto de aquellos textos que permanecen guardados en escaparates de antepasados, a la espera de un incierto lector. De inmediato, torné a los días de infancia, cuando mamá nos leía los cuentos de Calleja, que venían en cofres de fantasía y que ella había heredado de su abuelo, un arriero de aventuras múltiples y parla infinita, que hacía viajes entre Rionegro y Urrao. Recordé entonces a Juan el Poca, El tesoro del rey de Egipto y otros, que, con el tiempo, supe que el editor los tomaba de otros autores, los adaptaba y ni siquiera les daba crédito, como Pinocho, Hansel y Gretel, Platero y yo, y cuentos de Las mil y una noches. Todo este aparataje del madrileño puede ser parte del origen de la piratería de libros. Y del plagio, que el delito es cosa de nunca terminar.

 

Calleja había sido para mí, parte de una mitología de infancia. Al abrir el libro, y puede parecer increíble o inverosímil, en el revés de la portada había una foto de Carlos Gardel, con la leyenda: “al querido y simpático pueblo colombiano”, con su firma autógrafa. Supuse que el dueño de esa antigualla la había pegado, recortada de algún diario. Después, vi a Saturno, alado, barbiblanco y con una hoz al hombro. Tal vez miraba con desprecio a los humanos y los devoraba a punta del infatigable tiempo. Y ahí, entre la imagen del dios y la portada, estaba el Zorzal Criollo, que, para sus admiradores, es otra suerte de deidad iluminada. Quien la había fijado allí tenía razón: Gardel, un miembro más de las infinitas mitologías.

 

El libro ilustrado trataba de la asamblea de dioses. Hablaba del Caos, del aire y la noche, del éter y de la fortuna. Más adelante, me encontré con Neptuno, tridente en su mano derecha, galopando de pie sobre dos corceles blancos, en un mar encrespado. Y me topé con Polifemo, cíclope de Sicilia, y, claro, con Odiseo. Y en este lugar de la fascinación, escuché de nuevo la voz de mamá que cantaba Silencio, un tango de Gardel, evocador de guerras y soledades: Silencio en la noche / ya todo está en calma / el músculo duerme / la ambición descansa. Era un libro de voces y músicas, en el que el rumor del mar se mezclaba con el espejo de Narciso.

 

A Espinosa, según supe, nadie le paró bolas para publicar un libro de crónicas e impresiones, con los escritores invitados, que hablara de cada ejemplar recuperado del olvido que son las basuras. No le creyeron. Tal vez le dijeron que “eso no vende”. A quién diablos le importan los libros que sobreviven en los residuos. Para mí fue una reedición de la infancia, con los libritos de Calleja, con la voz de mamá que interpretaba tangos de Gardel y relataba aventuras de hombres tragados por ballenas y de piratas de un solo ojo.

 

Aquel temblor que sentí con aquellas páginas que alguien tiró al tacho, me removió la imaginación al ver la barca de Caronte sobre las negras aguas que conducen al infierno y escuchar la voz del inevitable Mudo al anunciar que “siempre se vuelve al primer amor”. Y ese amor primero es la infancia, la misma que los poetas (o algunos de ellos, como Rilke) dicen que es la única patria del hombre.