Mujeres a la carta y otros festines

Por Reinaldo Spitaletta

La señora, de buena cuna, quería ser prostituta por un día. O, mejor, por una noche. Ya tenía referencias de un lugar, una “metrópoli” a escala, situado justo a un lado de la Central Mayorista de Medellín y cuya actividad febril se vive en solo dos cuadras: bares, hoteles, restaurantes y una prendería.

Llegó con su maletín de ejecutiva y una chaqueta elegante. En el bar de César Muriel se sentó y pidió una cerveza. Su pinta la delataba: no tenía ni de asomos el aspecto de “trabajadora sexual”; sin embargo, estaba empeñada, no se sabe por qué mecanismos de su alma, en que la confundieran con una de “ésas”.

—Guarde el maletín y quítese la chaqueta—, le sugirió el dueño del café, enterado de las intenciones excéntricas de la dama. A su alrededor, pululaban las verdaderas prostitutas, con buena parte de sus carnes exhibidas, pintarrajeadas, andando de un lado o a otro, o simplemente sentadas a las entradas de los hoteles. Los interesados en aquellos amores de urgencia las abordaban, negociaban el rato y se entraban a los cuartos.

La señora continuaba expectante. La miraban algunos, con curiosidad, pero sin la intención de solicitarle un “servicio”. Pidió otra cerveza y luego otra. Y nada. No se le arrimaban. “César, no sirvo para puta. Nadie me lo pide”, dijo al cabo de un rato de decepciones. Y, más tarde, bien entrada la noche, se animó a coquetearle a un caballero y lo sedujo. Ella tuvo que pagar.

Historias como esta son posibles en ese mundo de diversiones, transacciones comerciales, mercado de amores, libaciones, comidas y músicas atronadoras, en vecindades de la Mayoritaria y también muy cerca del Centro Internacional de la Moda, en Itagüí.

Es una actividad constante. Día y noche, pero, por supuesto, son las noches las que están más atiborradas de gentes diversas. Ahí llegan los camioneros, tras largos viajes en sus tractomulas, a comer, a beber, y también a buscar una compañía momentánea. Y para ellos, hay una oferta variada. Arriban ejecutivos y comerciantes, carretilleros y universitarios, damas de “sociedad” y buhoneros.

La Mayoritaria, como le dicen por extensión a la zona, es un hervidero, en especial los fines de semana. No hay striptease, no se nota el consumo de alucinógenos, y los comerciantes, e inclusive las mismas muchachas de la noche, afirman que es un sector seguro, con vigilancia privada, y muy pronto con un CAI en sus inmediaciones.

Claro. En otros tiempos, que son historia, no era recomendable por la presencia de “indeseables” y las “peloteras” que allí se formaban. Hoy, es una atracción para habitantes de Medellín, Itagüí, Envigado. Y para gentes de paso. Es posible, por ejemplo, ver a un camionero que trae a su hijo desde otros contornos para que se inicie en las lides sexuales. El catálogo de emociones es amplio.

Algunos propietarios, e incluso varias de las mujeres que allí trabajan, estuvieron en otros años en bares del centro de Itagüí, de donde el valor de la tierra y las nuevas dinámicas urbanas los sacaron. En la Mayoritaria, en la calle 85, encontraron un espacio propicio para sus negocios.

En ese pequeño mundo, entre la variedad de prostitutas, es posible, por ejemplo, encontrar a Claudia, pelinegra y un poco subida de carnes, que lleva 17 años en la zona. Llega a las seis de la tarde y casi siempre se va a las cinco de la mañana. Para ella hay muy buenos clientes entre los camioneros, “porque son muy amplios”. Con ellos, además, garantiza que, cuando entran al hotel, a ella -como a todas las demás- la administración les da la mitad de lo que cuesta la pieza. Hay un precio promedio de 12 mil pesos.

Claudia, que tiene una hija y ni ella ni el resto de la familia saben que está dedicada a la prostitución, advierte que jamás lo ha hecho en una tractomula, porque existe la creencia entre los camioneros de que, así, “salan el carro”.

Claudia llegó primero a trabajar como mesera, en un tiempo en que ganaba por cliente cinco mil pesos. Ahora, una “subidita” o un “turno” cuesta entre quince y veinte mil pesos. Y logra tener hasta ocho clientes cada noche. Ella, que dentro de poco cumplirá cuarenta años, dice que a las jóvenes les va mejor, pero ella no se queja. “A las veteranas nos buscan por expertas”.
Dentro de su bagaje de recuerdos, está la vez aquella cuando un camionero llevó a su hijo de catorce años para que ella le abriera las puertas de entrada al mundo del sexo. El pelado estuvo cinco horas sin parar y le dejó una jornada de cansancio. Ah, y también de platica. “Me gusta más con los viejos”, dice, con una carcajada.

A Claudia, cuya debilidad es que le soben con ternura los brazos, no le gusta mucho que los hombres quieran hacerle sexo oral. “Me avergüenzo. Mire, es que soy muy penosa, tanto que me gusta apagar la luz y solo dejar el televisor prendido”. En otros tiempos, trabajó en fábricas y restaurantes, “pero la plata no me alcanzaba. Gano más aquí”.

María, de 21 años, aunque parece de menos, le gusta vestirse con trajecitos de dos piezas. Falda muy corta y unas blusas que dejan ver con generosidad sus atributos. Prefiere ropas rojas y negras. Cabellos largos, botas negras, cara de inocencia, esta muchacha dice tener cuatro hijos. Jamás escoge cliente. Para ella es igual: “Un viejito tiene lo mismo que un joven. Yo aquí no vengo a pasar bueno, sino a trabajar”.

En la Mayoritaria, con sus “terrazas” llenas de mesas y sillas, el visitante puede ver desfilar las muchachas expectantes, las que miran aquí y allá, las que invitan con guiños y otros gestos, las que dicen “vamos”, y todo en medio del aturdimiento de canciones de despecho, corridos norteños, música de carrilera, con decorados de aburrición, las mismas bombillitas multicolores y, a la larga, el mismo hastío que algunos tratan de esconder entre botellas de licor o la caricia pagada de una mujer.

Están los serenateros, el grupo vallenato, los que ofrecen canciones nocturnas, acompañados por los cacharreros de mercancía en el piso y los vendedores de gafas. Todo ello parece muy seductor para los visitantes, porque el trajín es mucho y la concurrencia, abundante.

A la Mayoritaria, después de las dos de la mañana, llegan los ebrios que empezaron su rumba en otros bares y allí la continúan, con el valor agregado de encontrar “carne a la carta”. La democracia de la noche congrega a diversos estratos.

Y su ambiente de bullicio, con olor a alcoholes y perfumes baratos, es capaz de seducir a damas de cierta alcurnia que, en la Mayoritaria, quieren ser prostitutas por una noche, aunque fracasen en el intento.

N.B. Esta nota se escribió el 27 de febrero de 2006 para la revista Bohemia, de Itagüí.

Plaza Mayorista de Medellín. Foto tomada de internet.