Count Basie, un pianista con mucho swing

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Por Reinaldo Spitaletta

William Count (el Conde) Basie, el hombre que iba a ser uno de los más tremendos directores de una orquesta de jazz, y uno de los paradigmas de las grandes bandas de los tiempos del Swing, comenzó a recibir clases de piano de su madre, una lavandera enamorada de la música, y de una profesora particular. Nacido el 21 de agosto de 1904, en Red Bank, New Jersey, se marchó a Nueva York en 1923 a involucrarse en el ambiente de los pianistas como Willie Smith y Fats Wallers. Este, precisamente, fue uno de sus profesores de órgano. Y mientras avanzaba en su intenso aprendizaje obtuvo su primer trabajo profesional de importancia: lo contrataron en el grupo que acompañaba a la cantante y bailarina Katie Krippen.

Después, integró la orquesta de June Clark e Ilmer Snowden, y acompañó a las cantantes de blues Maggie Jones y Clara Smith. En la fiebre musical de la Nueva York de entonces participó en compañías de vaudeville, especializadas en letras picarescas, promovidas por el sindicato de empresarios de espectáculos para negros en los Estados Unidos, el Theatre Owners Booking Association (TOBA). El joven Basie ampliaba su actividad de rebusque económico tocando piano en salas de cine mudo.

En 1929, en Kansas City, adonde se marchó tras quedarse sin trabajo en Nueva York, se sumó a una de las bandas más conocidas de entonces, la del pianista Benny Moten, de la cual, al poco tiempo, se convirtió en su pianista titular. A la muerte de Moten, la agrupación se disolvió, pero a Basie lo contrataron en el Reno Club de esa ciudad y es desde allí donde comenzó a exportar el sonido que lo iba a hacer célebre en todo el orbe. En el club se ganaba poco pero había un aliciente: la posibilidad de que esos sonidos se escucharan en otras partes gracias a las transmisiones radiales que desde allí se emitían. Una noche de diciembre de 1935, a la orquesta de Basie, a quien un presentador ya había apodado Count, la escuchó el promotor neoyorquino John Hammond. Su sorpresa por la manera de tocar, por el swing, fue tanta y arrobadora que Hammond decidió presentarla en Chicago y Nueva York.

La denominada migración musical que, dentro del género, hubo de Chicago a Nueva York marcó la génesis del estilo Swing a partir de 1930, poco después de la gran crisis del capitalismo, que estalló un año antes. Surgió la formación de grandes orquestas o big bands, que ya, por ejemplo, tenía raíces en la mencionada de Moten, en Kansas City, y se amplía con la de Basie y el “estilo riff”, que es una aplicación a las grandes orquestas jazzísticas del antiguo esquema del “call and response”, la forma del llamado y la respuesta propia de la música africana. Consistía en un diálogo musical entre las maderas y los metales. Las grandes orquestas, como la de Benny Goodman, por ejemplo, inauguraron un nuevo estilo dentro del jazz, caracterizado por la intensidad rítmica, propia para el baile en un tiempo de penas y desazones económicas. Era un sonido suave, lleno, sólido, con organización y arreglos especiales.

Dentro de ese complejo paisaje musical está la presencia de William Basie, con un estilo que, en aquellos años, era de unas pocas notas o acordes incisivos, con mucho brillo en la mano derecha. Entre tanto, la orquesta del Conde rebosaba de riqueza rítmica. Unas semanas después del “descubrimiento” de Hammond, Basie firmó un contrato discográfico con la compañía Decca. Sin embargo, sus presentaciones decepcionaron en Nueva York y Pittsburg. Pero cuando incluyó en sus filas a la cantante Billie Holiday el espectáculo se fue arriba y con ella y el vocalista Jimmy Rushing, la orquesta de Basie comenzó a ganar popularidad, en especial en Harlem.

En 1938 la formación de Basie salió triunfante de un pintoresco “duelo” con la de Chick Webb, en el famoso Savoy del barrio Harlem, y se consagró como una de las mejores del estilo Swing. Estaba integrada por Buck Claypton, Harry Edison, Benny Morton, Dicky Wells, Lester Young, Herschel Evans, Earl Warren, Freddie Green, Walter Page y Jo Jones. En aquel periodo sonaron con énfasis sus grabaciones One O’Clock Jump, Topsy, Every Tub, Sent for you yesterday, Blue and Sentimental, Tickle Toe y Panassie Stomp.

Hacia finales de la década del treinta, el Swing, que tenía danzando a todos los norteamericanos, se convirtió en el “negocio musical más grande de todos los tiempos”. La palabra swing se tornó etiqueta de diversos productos, como figuritas de porcelana, cigarrillos, prendas femeninas, en un boom comercial que luego afectó a las orquestas y, a su vez, produjo un despertar de otros estilos, como el Be Bop, que alcanzó su apogeo después de la Segunda Guerra.

Los avatares de la confrontación bélica, precisamente, influyeron en la formación y, en algunos casos, en la disolución de orquestas. Así, la banda de Basie, con excelsos solistas como Lester Young, Hershel Evans, Buck Clayton o Harry Edison, vivió una época de transición que, al terminar el conflicto, explotó de nuevo. Norman Granz, famoso productor, contrata al Conde para su sello Verve Records en 1952 y el pianista resurge como un ave fénix, con un concepto musical maduro y cambios en la orquestación: amplía la banda con cuatro trompetas, tres trombones, cinco saxos y cuatro en la parte rítmica. Aumentó, por supuesto, el volumen sonoro y el sonido ya era “más trabajado”.

En 1954, Count Basie eligió su lema, con la grabación Sixteen men swinging, que, según los teóricos y críticos del género, es la definición más precisa de la convivencia musical que hizo de la orquesta una institución siempre inspirada y siempre en la búsqueda de un modelo de unidad y espíritu de cuerpo. Los sesenta hallarían una orquesta del Conde llena de talento, que viaja por todo el mundo. Lo mismo en los setentas. Con una particularidad: siempre tuvo la voz humana como un estandarte. Por ahí, con su formación de fondo, pasaron Ella Fitzgerald, Sarah Vaugham, Tony Bennet, Nat King Cole, Joe Turner y Frank Sinatra.

Basie era un músico que siempre insistió en subrayar la incidencia de la vida urbana en la improvisación negro-americana, tal como lo demuestra en piezas como Tickle Toe o Nagasaki. Fue un músico clave (un genio para muchos) en el desarrollo del jazz, y su estilo duro y metálico, pero, al mismo tiempo, pleno de matices brillantes, hace que a más de treinta años de su muerte y a más de una centuria de su nacimiento, todavía se le recuerde y escuche con emoción. Murió el 26 de abril de 1984.

Count Basie

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¡Adiós muchachos…!

Por Reinaldo Spitaletta

Me pareció que de la trompeta saltaban gotas de saliva. El hombre inflaba los carrillos y los desinflaba, parecía una vejiga de pelota. A su lado, la orquesta lo seguía, con acordes elegantes, el piano en una armonía suave, todo el conjunto como rendido a los pies del negrazo que a veces cerraba los ojos y ya empezaba a sudar. El café tiene un nombre en francés que significa Nuestra cita y yo no estoy aquí para cumplir ninguna, sino porque ando huyendo de mis perseguidores.

No es que me guste estar en este tipo de salones, con tanta gente que parece navegar en una eterna pensadera, con ginebras y vino. Solo que cuando venía por Sarmiento, no hubo otra opción que apresurar hasta Maipú y de pronto como si brotara de la tierra escuché la trompeta y ya no hubo más remedio que, tras mirar el fugaz aviso de la entrada, meterme con precipitudes. Me había levantado el cuello del abrigo y sentía la cara helada. “Este invierno me va a matar”, me dije de modo automático. En un rincón había una mesa libre, creo que la única, como si me estuviera esperando. Los concurrentes estaban pendientes del trompetista.

“Creo que no ha sido una buena decisión esconderme aquí”, pensé. Me tranquilizaba un poco saber que tenía un arma, porque con todo lo que ha pasado en los últimos tiempos en la ciudad, hay que andar armado, y que el negro del instrumento era la máxima atracción. ¡Qué fenómeno! Así entraran aquí, no me verían. Caerían bajo el influjo del tipo que inflama sus cachetes y se ve medio risible. Suena un tango, creo, pero cuando la trompeta está en su máxima intensidad, se parece más al jazz, qué mezcla rara, pero sí es un tango, en efecto, el compás lo marca la pequeña orquesta. Ahora me detengo en los bandoneones, todos se mueven al tiempo, y uno de los de fueye sobre las rodillas es el director.

—¿Qué le sirvo, señor? —La presencia del mozo me aleja del escenario. Está vestido de negro y tiene corbatín.

—Ginebra con agua tónica.

Me gustaría más si en vez del trompetista hubiera un cantante. El negro intenta cantar con su corneta, que entre otras cosas, cómo fulgura, cómo reverbera el metal, pero no es lo mismo, me gusta cuando el vocalista se arrima al micrófono, como si quisiera besarlo, y pronuncia palabras, entrecierra los ojos, mueve con elegancia las manos y lo hace sentir a uno en otro mundo. No digo que el negrote no seduzca, que no atraiga, pero ahí, en este preciso instante, el cantor estuviera diciendo, casi susurrando “vida mía, hasta apuro el aliento acercando el momento de acariciar felicidad”, y yo también cerraría los ojos, la recordaría a ella, y más que a ella, su carita de luna, su sonrisa limpia, sus labios en O, que me piden besos… No sé si sea el momento de pensar en ella, que no debe saber por dónde ando, a lo mejor ya le llegó mi cartita en la que le advierto que pasará mucho para volver a verla, porque he sentido pasos, vigiladas, tipos que doblan las esquinas detrás de mí. Mis sueños están llenos de pesadillas. No he vuelto al barrio, porque me siento inseguro, y todo por haber apoyado al general y su opción por los pobres del país. Bueno, pero el general ya no está en el país, y yo sí.

Me parece que los he eludido. No me encontrarán. Cuando la pieza termine, me escabulliré, sin esperar nada, aunque esta boîte anima a quedarse, huele bien, la gente se nota distinguida, y más distinguida la música de la orquestita, aunque el negro le da otro aire, otra dimensión, casi irreal, no sé cómo explicar, pero tiene tanta presencia, tanta fuerza, que creo va a borrar a los violines, al contrabajo, al piano, todos en un tributo a esa trompeta que a su dueño lo torna mofletudo, qué particular manera de soplar… pero, insisto, me hubiera gustado más con un cantor, que ya aquí en este punto estaría en “sos mi vida y quisiera llevarte a mi lado prendida y así ahogar mi soledad”, el trompetista alarga las frases, les da otro sabor, que no sé si me gusta o me disgusta del todo. Aquí estoy bien por el momento, aunque no me demoraré.

Creo que debo salir antes de que el camarero traiga la orden, menos mal no dejé colgado el abrigo a la entrada. No sé si eso despertó sospechas. No parezco tener cara de perseguido, quizá porque uno se acostumbra a los seguimientos, a escapar. En la carta no le quise narrar lo que se siente cuando uno tiene que estar mirando a todos lados, como un pájaro al que ya le han tirado piedras. Desde los días del golpe de estado, estoy de allá para acá. Ya va mucho tiempo, no sé cuánto, desde que fusilaron a gente que conocía, qué crimen atroz. Bien dijo el general: “La fuerza es el derecho de las bestias”, yo agregaría: “con perdón de las bestias”. Mi corazón me dice que debo salir ya, que no puedo estar más aquí, en medio de un tumulto de hipnotizados por un trompetista, ¡huy!, qué modo de hinchársele las mejillas…

Ah, ya llega el pedido, y el negro acaba de terminar su interpretación, me parece colosal, no sé si sea saludable salir en medio de estos aplausos atronadores, tal vez pueda ser más inteligente esperar a que se acaben (¿cuándo se extinguirán? me pregunto al garete), y luego me deslizo, como si fuera al wáter, o mejor me salgo ya, pero qué es esto, los músicos han empezado otra melodía, bella melodía, sí, papá la cantaba, e intentaba imitar ciertos sollozos de Gardel. En esos días, no me gustaba ni pío la cancioncita, seguro porque me parecía música de viejos. Y de gente sola. La vida da millones de vueltas… El negro se tiene confianza, cómo pone sentimiento ahí, sí, en ese punto cuando el cantor debía decir “adiós muchachos compañeros de mi vida”, qué lindo trompetea, no sé si se dirá así, pero me están dando ganas de quedarme a que termine la melodía, ahora un pizzicato de violines y vuelve el negro a inflar mejillas, sí, está cerrando los ojos, como cuando papá decía con un dejo de tristeza “barra querida de aquellos tiempos”. Y yo no estoy enfermo como el del tango, ni viejo, solo soy un hombre sin rumbo fijo. No sé qué habrá del pibe Alberto ni de Jacinto ni de todos los muchachos que crecieron conmigo en la Paternal. Bueno, no es momento de sentimentalismos ni de lagrimones.

Ahora sí me tengo que ir, aunque creo que ya es demasiado tarde, porque los que acaban de entrar son los que me buscan, es más, pienso que ya me vieron, porque vienen hacia acá, ojalá el negro termine rápido para ver si me evado en medio de aplausos, por detrás del escenario, que es precisamente por donde ya voy en estos momentos en que me percato de que uno de los perseguidores trae en la mano un revólver, qué tipo sin estética y sin tono, sin cartel, irrumpir en una fina sala e interrumpir así una pieza maestra que puede ser la última vez que yo la escuche y también la última vez que el mofletudo la interprete.

Serenata a la luz de la luna para Glenn Miller

(El capitán puso a danzar al mundo en plena guerra mundial)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Tal vez no haya música más precisa para relacionar o describir la nostalgia que Serenata a la luz de la luna (Moonlight Serenade), de Glenn Miller. O también para sentir una ausencia, como la suya, perdido tal vez en el Canal de la Mancha, como es lo más probable, o muerto de un infarto en un burdel parisino en brazos de una prostituta, o apuñalado por una meretriz en un prostíbulo alemán, que son versiones más ligeras. Y si la suerte de los desaparecidos es, en general, estremecedora, hay ciertos personajes que crean más zozobra en el alma al no saberse de su paradero final. Sucedió, por ejemplo, con Ambrose Bierce, perdido para siempre en los tumultos de la revolución mexicana; con Antoine de Saint-Exupery, estrellado en su avión cuando volaba por el Sur, y, bueno, ahora que se cumplen 110 años de su nacimiento, con Alton Glenn Miller.

 

Con Miller, astro de la Era del Swing, pasa que algunos del jazz lo vapulean, porque consideran que no hace parte del género, o que se trata de un jazz bastardo y hasta califican su música de “aburrida”. Sin embargo, una big band como la suya no es de las que han abundado en la historia. Hay un asunto clave en el arte. Y es llegar a tener voz propia. O estilo, en otras palabras. Esa condición que el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos consideraba como una cárcel. Y el sonido de Miller fue una revolución en los treinta y los cuarenta, luego de la Gran Depresión del capitalismo y en medio de las bombas de la Segunda Guerra Mundial. Con él puso a bailar a estadounidenses y europeos, con melodías cantadas por clarinetes y armonizadas por una fila de saxos.

 

Nacido el primero de marzo de 1904, en Clarinda, Iowa, se encontró con la música cuando su padre le regaló una mandolina. Después, la cambió por un corno y luego por un trombón. Era un mal estudiante de otras materias, pero no de la música. Su arqueología está ligada a pequeñas bandas, a audiciones de afán, a buscar oportunidades en orquestas, y en esas andaba cuando viajó a Los Ángeles y se encontró de pronto integrando la banda de Ben Pollack, en la cual también oficiaba un músico (entonces nada conocido), que luego sería otro grande del Swing: Benny Goodman. Y fue en aquella orquesta en la que Miller se inició como arreglista, una de las faenas que mejor supo hacer.

 

Los caminos de un artista siempre son culebreros, tortuosos. En 1928, viajó a Nueva York, ya se había casado con su compañera de colegio, Helen Burger, y se encontró nuevos sonidos, interpretó y realizó arreglos con los hermanos Tommy y Jimmy Dorsey, en cuya orquesta cantaba entonces un tipo que todavía no gozaba de fama alguna: Bing Crosby, y había otros monstruos, como el músico y baterista Gene Kruppa. Y ahí estaba Miller, unas veces en la radio, otras tocando el trombón en un rascacielos, y, más tarde, dirigiendo la banda de Dorsey. Tenía 32 años. Aún el éxito (palabra tan gringa y capitalista) no se le aparecía en ninguna esquina. Ni siquiera en 1935, cuando por primera vez con su propio nombre grabó para la Columbia Moonlight on the Ganges y A Blues Serenade. Entre tanto, luchaba consigo mismo para lograr un sonido que lo distinguiera. Y es en Nueva York donde lo perfecciona, para después irse al otro lado del país a fascinar con su orquesta y sus arreglos. Todos bailaban al ritmo de la Miller Orchestra. Y a lo mejor, fumaban cigarrillos Chesterfield, que auspiciaba las giras y presentaciones.

 

Y cuando ya la guerra iba adelante con sus fragores de muerte, grabó, en febrero de 1940, su Tuxedo Junction y luego In The Mood (quizá la pieza de Swing más conocida). Ya no había nada que hacer. Ese sonido que hoy uno identifica con la nostalgia, o con extraños momentos románticos, antes de la bomba atómica, era una sensación desbocada, y el movimiento del Swing se constituía como el fenómeno musical comercial más vendedor de la historia. En 1941, Miller ya era una estrella, que el cine hizo brillar más. Por ejemplo, la película Sun Valley Serenade puso de moda a Chatanooga Choo Choo, que se une al delirio provocado por Pennsylvania 6-5000. Pero es la guerra, precisamente, la que le hace desbaratar su orquesta, lo mete en las filas militares y lo conduce a la creación de la Glenn Miller Army Aire Force Band. Miller estaba convencido de que con la música prestaba un servicio a su patria y, además, les ayudaba a los soldados a elevar su moral. Recibió el rango de capitán, y con sus 50 músicos se fue a Londres, en donde, en menos de un año, se presentó 800 veces, incluidos sus conciertos en la BBC. La gente pedía, además de las nombradas, a American Patrol y a Tengo una chica en Kalamazoo. Su música aliviaba un poco las tensiones y miserias de la conflagración mundial.

 

La resistencia parisina y los Aliados ya habían demolido a los invasores nazis y entonces una de las misiones de Miller era ir allá, para celebrar tal victoria. Ya tenía la pinta del héroe que, en vez de fusil, cargaba un trombón y muchas partituras, y esa combinación de uniforme militar y música le hacía crecer su fama, en especial en su país. Claro que a algunos críticos poco les atraía el sonido Miller, y uno de ellos, John Hammond, escribió una nota en la que ponía en duda su solidez musical. “¿Por qué juzgarme como músico, John? Mi única intención es ganar dinero”, le contestó Miller con ironía.

 

El 15 de diciembre de 1944, Glenn Miller partió de Londres hacia París, en un avión Noorduyn Norseman UC-64, y desde ese día jamás se le volvió a ver. Se dice que fuego alemán lo derribó en el Canal de la Mancha. También se especula que su pequeña nave se cruzó con unos bombarderos ingleses que retornaban a sus bases sin haber podido descargar las bombas. La escuadra tuvo que tirarlas al canal para poder aterrizar, y una de ellas le habría acertado al avión del músico, que volaba en dirección opuesta y a más baja altura. Un aparente testigo del hecho, el navegante Fred Shaw, relató años después que había visto el UC-64 cuando fue destruido por una flotilla de bombarderos Lancaster, ingleses, que retornaba de una misión fallida. Y así, con un tejido de leyendas, el músico se convirtió en mito. Porque también circuló la especie de que había caído preso de los alemanes, que lo torturaron y mataron en una prisión, además de las historias truculentas de los burdeles.

 

Como hubiera acontecido, el cadáver jamás se halló, y el capitán Glenn Miller fue el único de la banda que no sobrevivió a la guerra. Y los bailadores de entonces guardaron luto por la muerte de un hombre que intentó ser libre entre clarinetes y saxofones. A 110 años de su natalicio y casi a setenta años de su desaparición, el aire murmura esta canción: “I stand at your gate. / And the song that I sing is of moonlight. / I stand and I wait / For a touch of your hand in a June night…”. La serenata a la luz de la luna, sigue siendo una pintura musical de la nostalgia.

 

http://www.youtube.com/watch?v=n92ATE3IgIs&feature=player_detailpage

Glenn Miller y su trombón

Cortázar para desintoxicar el parque

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hubo un tiempo en que Cortázar estaba en todas las mochilas de los universitarios y de una que otra colegiala. Se leía en los buses, con el peligro que, por la movención, se desprendiera la retina; en las cafeterías de la U; en un prado bajo los árboles, y resulta que casi todos eran (¿éramos?) cortazarianos: había derivados de cronopios y de famas, no faltaba el que imitara a Oliveira y quisiera irse a París a tirar finuras, y alguna muchacha sentía ser la Maga, la uruguayita Lucía, que ni en el tango. Cortázar por aquí y por allá, su poema y cuento al Che, sus propagandas de la revolución cubana, su posición a favor de los sandinistas, sus versos de la gota de agua o los dedicados a Alejandra Pizarnik, su perseguidor, los parques, sus casas tomadas, que todavía Buenos Aires no intuía lo que le esperaba, el jazz, Schönberg, Brahms, y, claro, sus letras de tango, que siempre ponían en la emisora de la Universidad de Antioquia; todos leían a Julio, al que queríamos tanto, al hombre a quien las manos nunca dejaron de crecerle, y hasta hablaba con ellas.

 

Y digo que entonces lo leía la “pequeña burguesía”, porque quién más. Los obreros solo tenían tiempo para la plusvalía, para sudar y “camellar” y viceversa, y de pronto para estar en el bar; y la burguesía, qué va, andaba muy ocupada explotando obreros, pensando en ampliar la panza y la banca, y de ese modo solo quedaba ese sector “privilegiado” que dedicaba lo mejor de sus años mozos a la lectura y, claro, a una que otra tirada de piedra y bombas molotov contra las visitas de indeseables yanquis; a reuniones con trabajadores vanguardistas; al cineclub. Y ahí, en medios de libros de Marx, Engels, Bakunin, Althusser, Mao, de alguno de Malraux y otros de Kafka, sin faltar un Sartre o un Camus, estaba Cortázar que despertaba un sentimiento unánime: el de quererlo más a él que a sus libros. Leyéndolo, uno se metía en el cine, en la música, en la metafísica, en la felina suavidad del gato, en la patafísica, en la cotidianidad con revelaciones extraordinarias. Y bueno, había que leer su teoría del cuento, su nocaut y su metáfora de que la novela gana por puntos, sus discusiones sobre América Latina, vea “usted que uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida…”.

 

Y le cuento que leer a Cortázar en aquellos días de conmociones sociales, no solo causaba placer y daba aires de “intelectualidad” y tales, sino que era un arma secreta para conquistar peladas. Era sino hablarles de esa historia de amor que es Rayuela y listo; vos eras el cielo y la tierra, el pintor y el escritor, la piedra y la tiza, y entonces retabas a su lectura, porque no hay que ser “lector hembra”, sino uno muy activo, un lector-cómplice, uno que desbaratara la novela que ejercía (ejerce todavía) una fascinación sin resistencia y provocaba admiraciones y gritos, ¡cómo!, y este man cómo hizo para armar una estructura así, y propusiera otros caminos para estar o en París o en Buenos Aires, o en las dos al mismo tiempo. ¡Oh!, “tantas palabras para un mismo desconcierto”. Bueno, digamos, para resumir, que con las muchachas y las lecturas de Cortázar, uno ganaba por decisión unánime. Era una tarea más fácil, porque no requería tener carro, bastaba un modelo para armar. Ni tampoco era condición necesaria el billete ni la pinta de galán; simplemente, leías historias cortazarianas y eso era suficiente. También podías contar que, gracias a tales lecturas, derivaste en otras aguas, como en las de Roberto Arlt, Felisberto Hernández, o empezaste a escuchar el saxo de Parker, el violín-trompeta de Julio De Caro o la voz de Billie Holyday.

 

Había cortazarianos de verdad. No se perdían palabra suya. Y a veces parecían una creación del escritor al que amaban. Sabían todo de él: sus obras, sus gustos, sus noviazgos, sus matrimonios, su posible homosexualidad, sus viajes, lo que estaba en una página, lo que quedaba en otra. Admirables admiradores. Supe de uno, al que poco conocí, que pudo haber sido el mayor cronopio de los días de la universidad. Estudiaba periodismo y escribía notas en el periódico El Mundo, de Medellín. Se llamaba Diego Medina, una auténtica promesa, según hablaban, de la crónica y, por qué no, de la literatura. Murió en un accidente y en su entierro sus amigos depositaron en la tumba en vez de flores todos los libros de Cortázar. Sin embargo, había otro personaje, no tan cortazariano, pero sí muy parecido al escritor, no solo por sus manos grandes y su estatura, sino porque, como el argentino, padecía el síndrome de Marfán, que afecta los huesos, los tejidos, el corazón y otros órganos, y tiene la particularidad de hacer crecer hasta su muerte a quien lo sufre. Se llamaba John Ospina, un revolucionario que combinaba las lecturas marxistas con las de escritores norteamericanos y un día decidió abandonar la ingeniería para dedicar todo su tiempo a la literatura y el periodismo. En esas descubrió Rayuela y ya no hubo manera de detener su pasión por las obras de Cortázar. El síndrome se lo llevó prematuramente en el mismo año en que murió el “cronopio mayor”.

 

Ospina, además, la facilidad de hablar de los records de Cochise o de Eddy Merckx como de El dieciocho brumario de Luis Bonaparte o de las alineaciones más célebres del Atlético Nacional. Y en cualquier café podía sentar cátedra sobre Jack London, Pelé o las coperas de viejos bares de Medellín. Cuando descubrió, después de los treinta años, que lo suyo eran la literatura y el periodismo, se encerró a leer novelas, cuentos, manuales de comunicación, enciclopedias de cine, a realizar programas radiales de difusión literaria, y, claro, a seguir proclamando donde hubiese audiencia las causas de los males del país, sin dejar de lamentar por qué tanta gente se tenía que perder las lecturas de obras como Rayuela. Ospina se distinguía no solo por su más de 1,90 de estatura sino porque no era de los que aprietan el dentífrico desde abajo. Era un tipo en permanente estado de sitio.

 

Ahora, mucho tiempo después de la muerte de Cortázar (12 de febrero de 1984), es el momento de pararse en los puentes, de dejarse mojar por la lluvia, de darle una despedida digna a un paraguas destrozado por el viento, de buscar lectores de parque, como los de aquellos días de refriegas callejeras. Con Cortázar sucede que la ficción se vuelve realidad, o al revés, y por eso torno a ver la muchachada con sus mochilas gordas de libros, como un modo de conservar los recuerdos, que a veces hay que envolverlos en sábanas negras, como cualquier cronopio. Volvemos a la excursión cortazariana, sin instrucciones ni manuales, porque él, precisamente, nos enseñó otra manera de ser libres. Ahora sí me iré a envolver acelgas en las hojas de este diario, aunque la tinta es tóxica y ciertas historias, también.

Julio Cortázar