La amistad y la fuerza bruta bien noveladas

(Un recorrido por De ratones y hombres, de John Steinbeck)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Ser filocomunista, o, con un poco más de distancia ideológica, simpatizante comunista, o, en todo caso, alguien que respalda las luchas sociales, es, en Estados Unidos, un signo inequívoco de pertenecer al odio. No es bien visto —o al menos en otros días así era— quien se preocupe por las lizas de los trabajadores o de los olvidados de la fortuna. Así le sucederá a John Steinbeck, Nobel de Literatura en 1962, por haber incluido en varios de sus libros de ficción los pesares y desventuras de los cosecheros, de los braceros, de aquellos desamparados que eran víctimas del voraz mercado capitalista y de los bancos. En su máxima creación, bueno, esta afirmación puede ser discutible, Las uvas de la ira, basada en las peripecias de los okies que en la Gran Depresión de fines de los veinte y comienzos de los treinta se van a California en busca de alguna esperanza de sobrevivencia, Steinbeck cuestiona al establecimiento y en cierto modo, sin sutilezas, asume cariños por los derrotados y por las gestas sociales de los desvalidos.

 

Steinbeck, nacido en 1902, en Monterrey, California, es un escritor que en sus temáticas asume desde las historias de piratas, la ocupación alemana en algún país nórdico, la guerra, los amores contrariados como puede darse en Al este del Edén y otros ámbitos en los que están los trabajadores de conserverías y los desilusionados ante malas cosechas. En su extenso repertorio de ficciones, que incluye un único libro de cuentos (El valle largo, con joyas como Los crisantemos y La serpiente), el autor de La perla, volverá por sus fueros de mostrar las pobrezas y aspiraciones de trabajadores de ranchos, trashumantes, que en los tiempos del Crack económico, se desplazan en búsqueda de empleo. Y así concibe una de sus más intensas y bien logradas novelas: De ratones y hombres, también traducida como La fuerza bruta, de 1937.

 

La breve novela, que también goza de adaptaciones teatrales y cinematográficas, es un canto muy afinado a la amistad, la solidaridad y los afectos entre dos hombres: uno con un severo retraso mental, Lennie Small (que por lo demás es un gigantón) y George Milton, inteligente, pero sin casi ninguna ilustración. Ambos, que parecen inseparables, se mantendrán hasta el fin en medio de peripecias, sueños, frustraciones y una relación incondicional de protección mutua, aunque, por supuesto, el que lleva la batuta del rumbo de las cosas es George.

 

Como casi todas las obras del autor, ésta también tiene un inicio geográfico, con descripciones del valle de Salinas, con sauces y sicomoros que tendrán relevancia en la novela, con hojarascas que crujen ante las pisadas de las lagartijas y conejos que se asoman por entre los matorrales. Y de pronto, en el atardecer, aparecen las siluetas de dos hombres, uno tras del otro, y aquí el narrador los irá describiendo de una manera tan precisa y necesaria, que solo con unas pinceladas y sugerencias el lector puede saber algo o mucho del carácter de cada uno.

 

Y casi de inmediato, tras una cinematográfica toma del paisaje, comienzan los diálogos, recurso clave en toda la novela y que el autor maneja con sapiencia y exactitud, sin barroquismos, sin excesos. La medida correcta y necesaria para dar cuenta de situaciones, modos de hablar, aspiraciones y maneras de actuar de los protagonistas. Los ratones, aunque aún más los conejos, son suertes de símbolos sobre la vida y la muerte en las manos y en los sueños de Lennie. La novela, de urdimbre perfecta, va tejiendo diversos nudos y amarres que un lector atento verá desde el principio, sin saber hacia dónde conducen, en qué otro río desembocará la impetuosa corriente de acontecimientos que rodean a los dos hombres o que ellos mismos generan.

 

Hay un hondo conocimiento de la espacialidad, de los movimientos de los personajes, del rancho y sus labores. En la medida que se avanza en la lectura, la novela crece en belleza y sentimentalidad. “Vamos a tener conejos de muchos colores”, le dice el grandullón a su protector George. Hay, en medio de los trabajos, de la organización de rudeza de los mismos en la granja dedicada a la siembra de cebada, una presencia perturbadora, la de una mujer que es la esposa del hijo del dueño, llamado Curley. Y que se torna en un elemento de quiebre de la obra, una aparición que disocia la aparente calma de los hombres del lugar.

 

Si bien sobre el tontarrón forzudo se ciernen sospechas, miradas extrañas, comportamientos que parecen raros sobre todo al patrón, es George el que está atento a no dejar que se desvele entre los trabajadores el problema mental de su amigo. Curley es un provocador, un sujeto engreído que busca camorra y que gusta de la pelea. Y en ese sentido, está siempre en actitud de molestar a Lennie, cuya presencia desbordante en lo físico no arredra al hijo del dueño del rancho.

 

Museo de Steinbeck, en Salinas, California.

 

En medio de aquel lugar de trabajos de fuerza, en la que una mujer de vestido rojo es una frecuente tentación, hay un personaje extraordinario, Slim el mulero, un canchero, el líder de la ranchería, dotado de sapiencia y de los dones de la serenidad. Y, en medio de los trabajadores, está el viejo Candy que es dueño de un perro viejo y es cuando va a aparecer una pistola Luger, todo como parte del montaje que, con habilidad de orfebre, va disponiendo el narrador. No hay nada gratuito en esta obra de enormes intensidades y tensiones que pueden conducir al lector a un nerviosismo permanente.

 

Todo lo que en esta novela aparece tendrá un uso, un destino, una función, como suele pasar en el teatro y sus escenografías, con sus utilerías nada gratuitas. El drama va in crescendo, aumenta con dosis calculadas de suspenso, con la muerte siempre al acecho. Un torrente de tristezas se va conformando en la medida en que avanzan los hechos, en que las situaciones se conjugan para conducir a un desenlace de dolores y desprendimientos indetenibles. La fuerza de los sucesos, que están hilada con sutileza, será incontenible, como un volcán en erupción.

 

En medio de las diversas conexiones entre los personajes, el narrador muestra con detalles precisos las condiciones de trabajo en el rancho, las maneras de salirse de la rutina con algunos juegos y reuniones, pero, ante todo, la explotación de la mano de obra, con largas jornadas. Y, en medio de estas circunstancias, se va dibujando la fuerza desaforada de Lennie, un tipo que, pese a sus limitaciones de pensamiento, manifiesta una ternura inusitada.

 

La novela está llena de tristuras, de sueños truncos, de derrotas. Hay una conexión existencial, vital, o, de otra forma, mortal, entre un perro viejo y el destino final de Lennie. Y, por otra parte, una adecuada medida de la acción y la reacción, de las causas y sus efectos. Y, como telón de fondo, se despliega, con un personaje negro, el racismo y la segregación. En el caso de la mujer (de uñas pintadas de rojo y “cabello peinado en bucles como salchichas”), como una especie de mítica Lilith, una causadora de perdiciones, como si fuera el diablo de Tolstoi, es imprescindible en la confección de la tragedia.

 

Porque, ante todo, De ratones y hombres es una evocación, o una reconstrucción contemporánea, bueno, de los años treinta del siglo XX, de las antiguas tragedias griegas. Hay un destino ineludible. Una imposibilidad para huir de lo ya trazado por los dioses de la desesperación y la desesperanza. Es una novela sobre el derrumbamiento de un sueño. Qué capacidad la de Steinbeck para incorporar en siete capítulos una historia compleja de desolación, fraternidad y muerte.

 

Alguien, no sé quién, dijo alguna vez que esta novela es sobre aquella gente que sobra, que está al margen, destinada a llevar sobre sus hombros la desgracia. Es posible. A la vez, es una novela plena de humanidad, de dolorosas separaciones, de fuerza bruta que se puede deshacer en lágrimas furtivas o en la carencia elemental de una salsa de tomate.

 

Hay en ella una reflexión sobre la fuerza bruta; el manejo apropiado o desproporcionado de la misma; acerca de su uso que, en muchas veces, puede ser mortal. Lennie es aquel personaje dotado de desmedida fuerza, pero sin inteligencia. Es, con su estatura y su apariencia desvalida, con su ternura inconsciente, un personaje inolvidable y doloroso. Es, con palabras de su amigo George, como un niño, “solo que es demasiado fuerte”. Y esa fortaleza desaforada es la que mueve los mecanismos de relojería de la novela.

 

Steinbeck, un tipo odiado por muchos y admirado por miles en su patria, el mismo que en sus últimos tiempos decidió viajar por su país acompañado de su perro Charley, detestó a los críticos, los cuales, entre otras cosas, manifestaron siempre su desprecio por este escritor. Sin embargo, en vida alcanzó las simpatías y afectos de los trabajadores, a los que incluyó en numerosas novelas y algunos de sus cuentos. Uno de sus cuestionadores más acérrimos ha sido el gran gurú de la crítica en los Estados Unidos, Harold Bloom, autor de El canon occidental. “Es triste, pero Steinbeck no consiguió sacarse de la cabeza la música de Ernest Hemingway; uno no puede leer tres párrafos de Steinbeck sin pensar en un Hemingway mal escrito”, dictaminó Bloom.

 

A Bloom, en todo caso, lo contradicen decenas de miles de lectores, de jóvenes y viejos que hoy en distintas geografías se introducen en las atmósferas y mundos tremendos de un escritor que retrató con creces y con autoridad literaria los días más inhóspitos y tristes de muchos trabajadores de su país, en particular de aquellos que soportaron en sus hombros la crisis del capitalismo. De ratones y hombres puede ser una de las obras más sentidas y apoteósicas sobre la amistad. Esa misma que, pese a las circunstancias adversas, no terminará con el sonido de un disparo.

 

Casa victoriana donde vivió el escritor John Steinbeck, en Salinas, ahora convertida en un restaurante. Foto Reinaldo Spitaletta

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La serpiente, un cuento perturbador

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Existe en los Estados Unidos una tradición de narradores que, al menos en alguna muestra de su producción, han dedicado su talento al horror, a veces dosificado; a veces, con apenas sugestiones y pinceladas. En otras, con la evidencia de que se trata de una catarata de emociones inesperadas, en las que el corazón (no el delator) palpita con aceleres y puede dejar al lector sin respiración. Desde las románticas narraciones extraordinarias del atribulado escritor de Boston, Edgar Allan Poe, hasta los muy cósmicos temores de H.P. Lovecraft, la literatura gringa ha descollado también por el tratamiento de los miedos.

 

Y eso, por ejemplo, sin hablar de otros que, con humor negro, dejaron constancia de situaciones pánicas, como es el caso, digamos, del desaparecido Ambrose Bierce, que fue a dar con sus huesos e inspiraciones a México, donde jamás se volvió a saber de su destino. O de algunos botones exquisitos de Ray Bradbury, o la truculenta Miriam, de Truman Capote, o, si se desea, la macabra señorita Emily, con rosas y todo, concebida por el ingenio deslumbrante de William Faulkner.

 

John Steinbeck, un escritor que en buena parte de su temática literaria contempla y desarrolla asuntos sociales, como puede ser en Las uvas de la ira, también en algunos de sus cuentos, como La incursión, en fin, se atrevió por los caminos del horror en una pequeña obra en la que, claro, el Valle de Salinas no puede ignorarse, como parte clave del territorio literario del autor de La perla. Se trata de La serpiente, que acaece en el laboratorio del joven doctor Phillips, en el arrabal conservero de Monterrey.

 

El lector se encuentra de inmediato con jaulas de ratas blancas y con gatos cautivos y, de pronto, con las serpientes de cascabel. Estas parecen reconocer al biólogo, porque, de modo sutil, se dice que, al verlo, dejan de exhibir sus lenguas bífidas. El ambiente, las atmósferas, la manera de situar las partes de aquel centro de experimentación, van penetrando en la imaginación del lector que comienza a respirar distinto, sobre todo cuando el hombre mete en una caja, en una cámara de muerte, a una gata callejera, atigrada, que después de muerta tendrá una cara sonriente.

 

La preparación o calentamiento para los primeros nerviosismos es corta, precisa, con descripciones de lo que comerá el investigador, el catre de lona, los crisoles, el microscopio y unas estrellas de mar. Después, unos pasos por las escaleras de madera y alguien que, con fuerza, toca la puerta. Y el hombre que expresa su disgusto porque le han interrumpido su faena de ciencia en la soledad. Luego, la visión (la aparición) es la de una mujer, traje negro, ojos negros, pelo negro, con mirada llena de destellos.

 

La visitante tiene don de mando. No se puede hacer nada distinto a aceptarla allí, en una espera sin impaciencias de parte de ella. Y que perturba al doctor Phillips en sus actividades experimentales. Y mientras él va diseccionado el gato, la mujer está observando la garganta abierta del felino, con una mirada oscura, turbia, sin ninguna expresión. Ya el lector, como de seguro el hombre, comenzará a preguntarse por qué está allí esa presencia que causa estremecimientos.

 

Y, en rigor, lo que ella busca es una serpiente cascabel macho. Sí, la quiere para ella, la compra, le ordena al científico lo que debe hacer. Y aquí, entonces, se puede pensar en la mesopotámica Lilith, considerada la primera esposa de Adán. Es una mujer del deseo, la primera, la maligna, la enigmática, la que está conectada con la noche. La que, quizá aburrida en ese monótono jardín del Edén, se escapa en búsqueda de nuevas aventuras, de una vida más conectada con emociones y suspensos. Una tentadora.

 

El cuento sugiere, con ligeras pinceladas, una relación erótica. La visitante quiere una serpiente cascabel macho y quiere ver cómo se alimenta. Esta situación, que puede ser normal en un laboratorio (claro, también en el hábitat de estos reptiles) se torna extraña, casi patológica, morbosa. La mujer quiere a toda costa presenciar cómo “su” macho se traga una rata. Ella manda; no hay remedio: el doctor Phillips tiene que obedecer.

 

Hay toda una alteración de las relaciones entre el biólogo y sus animales. Puede llegar a sentir asco, a desmoronarse en sus frialdades de experimentador, y todo por la presencia opresiva de la mujer, de esa suerte de invasora que abruma y contra la cual no hay manera de resistirse. Ella, como en un pictórico relato de mitología, puede estar sintiendo que la sierpe se enreda entre sus muslos; puede estar en una especie de sublimación, en un estado de arrobamiento, que, sin ser expreso, se podría equiparar con los momentos previos al orgasmo.

 

“El doctor Phillips puso toda su voluntad en no mirar a la mujer. “Si está abriendo la boca me pondré enfermo. Me asustaré”. La ciencia da la impresión de desmoronarse ante la súbita presencia de esta mujer autoritaria, que, por lo demás, amenaza con volver de vez en cuando al laboratorio. “Yo pagaré las ratas. Quiero que las tenga en abundancia”, dice, y después le recuerda al hombre que parece ya no estar en sus cabales que la serpiente es de ella.

 

En estos momentos, la tensión ha subido a dimensiones electrizantes. La mujer se va, se escuchan sus pasos en la escalera, mas no en la calle. Y el hombre de laboratorio a lo mejor se sienta como una rata, como un alimento de la cascabel macho. O como si hubiera sido engullido. No puede dejar de sentir en su interior aquel perentorio anuncio de que la mujer volverá. Lilith, o su representación, lo ha dejado sumido en un mundo de desconcierto. O quizá, navegando en las procelosas aguas de un deseo irrefrenable.

 

Steinbeck consigue crear en la brevedad del relato una ambientación en la que el suspenso está dado por las circunstancias de una inevitable presencia, que pudiera ser diabólica, brujeril, tal vez la aparición de un súcubo, que, al fin de cuentas, deja lleno de ganas al doctor Phillips, incapaz de resistirse ante tamaña seducción. La Serpiente es la versión de lo inevitable y de una ansiedad de lo que no se puede explicar.

 

 

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El escritor estadounidense John Steinbeck, en París. Foto de Willy Rizzo.

 

Los agitadores, ¿heroicidad o pendejada?

(Un cuento de Steinbeck sobre el Sistema y sus víctimas)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

John Steinbeck, el galardonado escritor del Valle de Salinas, tuvo una visión marxista sobre la realidad estadounidense, que le sirvió en muchos casos para su literatura. Su mayor logro novelístico fue Las uvas de la ira, enmarcada en los tiempos de la Gran Depresión del capitalismo y en el éxodo de cosecheros (aparceros de Oklahoma) hacia California, en una experiencia de sufrimientos y carencias que el narrador había contado antes en un gran reportaje, Los vagabundos de la cosecha, publicado en 1936 en The San Francisco News.

 

Steinbeck, crítico de la sociedad de su tiempo, no solo se destacó en la creación de novelas de alta calidad, sino en la cuentística, que no es tan extensa como aquella. En el libro El largo valle, con once cuentos, tiene obras de orfebrería literaria como Los crisantemos, una “sutil radiografía de la insatisfacción”, en este caso de Elisa Allen, protagonista del relato en el cual es tan importante lo expresado como lo sugerido. Y, además, lo que deja de decirse.

 

Uno de los cuentos en los que el tema (como en otras obras de gran aliento del autor de Viajes con Charley) es la lucha de trabajadores y simpatizantes “rojos” contra el sistema de explotación capitalista es Los agitadores (también traducido como La incursión), una estructura cronológica lineal que maneja con acierto la relación dialéctica entre tensión e intensidad, con dos personajes, “uno de ellos mucho mayor que el otro”. Dick y Root, que se van caracterizando a través del diálogo mientras avanzan de noche de una pequeña ciudad californiana hacia unas afueras o suburbios, a cumplir una tarea que se va desgranando en pequeñas dosis, que contribuyen al propósito del suspense.

 

En la medida de su marcha, aparecerán casas iluminadas, una vía férrea, el paso del tren que hará que el lector se entere de asuntos que irán tejiendo los impulsos del relato y cuál va a ser el destino de los dos hombres que van a cumplir una misión. El papá de Root es guardafrenos (el paso raudo del tren hace que esta situación se conozca) y ha arrojado al hijo de casa porque se enteró de los berretines peligrosos, de las andanzas que pudieran poner en riesgo el trabajo del progenitor. “Se han hecho a sus cadenas”, apunta el joven Root, que está en proceso de cumplir una tarea de dificultades altas, como si se tratara de una graduación. Un bautismo de sangre.

 

Hay, desde el comienzo, una especie de tira y encoge entre el experimentado Dick y el Root, que caminan por un sendero de acacias, y en el primer apartado (de cuatro) ya se habla de lámparas de querosene, carteles y panfletos. Los viandantes llegan a un almacén abandonado, en la que, a modo de ornamentación de un lugar que ya no es (¿un no-lugar?), hay un anuncio de Lucky Strike y la silueta de cartón de una mujer Coca-Cola, que pueden ser, por qué no, símbolos del capitalismo y de la sociedad consumista, con la que los dos visitantes están en desacuerdo.

 

El relato transcurre con elementos que, por instantes, retardan la acción, como un modo de aumentar expectaciones y de mostrar aspectos de los dos hombres que, sin duda, están a la espera. Hay una cita pendiente con otros que tardan, o que da la impresión de no llegar nunca. Y, entre tanto, Root intenta ocultar su miedo, al tiempo que el otro lo sondea, le mide el aceite, y de fondo, como un acicate, como un paradigma del coraje, hay un retrato rojo y negro que debe ser de un líder marxista. “—Escucha, muchacho —dijo suavemente—. Sé que tienes miedo. Cuando tengas miedo, míralo —señaló el retrato con el pulgar—. Él no tenía miedo. Solo tienes que recordar todo lo que hizo”.

 

Publicado en 1934 en The North American Review, Los agitadores (The Raid es su título en inglés) guardan en su esencia, y según como se mire, claro, la mística exacerbada de militantes comunistas o “rojos” que combaten contra un estado de cosas inicuo, pero, a su vez, puede tener la perspectiva de la alienación que podría producir una doctrina cuando se asume con dogmas y con puro corazón. Y casi nada de cerebro.

 

En su contenido se adivina cómo el comité, los que dirigen, los que han enviado a los dos hombres a una trampa segura, solo con el afán de tener argumentos para la denuncia y como pábulo para acusar al sistema, pueden lucir como impertérritos y desalmados frente a los que les espera a los dos que serán “sacrificados”. Dick y Root son víctimas propiciatorias y, pese a la información que reciben de uno de los miembros de la organización, están convencidos de que deben quedarse en ese lugar al que llegará una tropilla de antisindicalistas a convertirlos en carne de cañón. O, al menos, en receptores de una golpiza sin compasiones.

 

Es una narración en la que se advierte la sapiencia (y la endemoniada técnica) de Steinbeck para el género. Root, menor de edad, pasa una prueba de fuego y es otro mártir más de la agitación social (o de las injusticias y persecuciones a los miserables), lo mismo que Dick, que tiene más cancha en tales faenas revolucionarias. El muchacho saca valor y heroísmo de la nada, solo por sentir que su lucha podrá algún día desbarajustar el Sistema, el mismo que, según Dick, no ataca ni aporrea al hombre sino a la Idea. Ese es el cuento. Duro y cuestionador.

 

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John Steinbeck y su mascota.

Los crisantemos: entre lo bello y lo triste

(El de John Steinbeck, un cuento con luz interior)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

John Steinbeck, un novelista de altos quilates, solo publicó un libro de cuentos, El largo Valle (The Long Valley, 1938), que primero se desgranó en revistas como Esquire, North American Review y Harper’s Magazine. En sus relatos, en los que, como en su mayoría de novelas, el nacido en Salinas, California, incluirá su valle natal como territorio geográfico (y literario) no solo físico sino mental de personajes y situaciones diversas, que oscilan entre granjeros y cosechas, esposas insatisfechas, braceros de ranchería, agitadores de revueltas sociales y ciudadanos domesticados, con los cuales pinta un fresco que, más que de materialidades y conocimiento del mundo real, se torna una metáfora de dosificada belleza y hondura sobre la condición humana.

 

Aventuraré en esta nota una hipótesis, arriesgada si se quiere, sobre el cuento Los crisantemos: es, en la vasta literatura estadounidense, uno de los más bellos, en que el escritor, que casi siempre abordará el mundo del afuera, que en su parcela literaria siempre tuvo que ver con piratas, leyendas artúricas, cosecheros en búsqueda de redención, guerras como la que pinta en su novela La luna se ha puesto, en fin, una obra de dimensiones colosales que le mereció, entre otros galardones, el Nobel de Literatura, digo que además de lo exterior, en este caso, con un personaje femenino como Elisa Allen, explora lo interior, con los símbolos y las inquietudes de una mujer que, así, de sopetón, tiene una como especie de epifanía.

 

Decir “uno de los más bellos” es ya un establecimiento de fronteras. Una aseveración peligrosa que puede excluir (también convocar) a tantos y tantos escritores, maestros del relato corto (y del largo), que vienen desde Poe, Hawthorne, Melville, O. Henry, Bierce, London, pasando por los de la Generación Perdida y llegando a Carver, Cheever y el nacionalizado Isaac Bashevis Singer. En un género moderno que los de ese país son los “inventores”, el cuento, es una osadía denominar a uno de ellos como una perla (valga el término en tratándose de Steinbeck) o un diamante.

 

Habría, por supuesto, que discutir y establecer qué es la belleza, y más en un cuento. O por qué uno se pone, casi que desde una óptica provocadora, a expresar que Los crisantemos es uno de los más bien logrados cuentos de la literatura de un país rico en literatura. Vamos al meollo del asunto. Muy discutible, por cierto. Porque, no es extraño, que a otro lector o especialista en tales disquisiciones literarias le parezca, digamos, que de los del autor de novelas como Las uvas de la ira y De ratones y hombres, sea más interesante (o gozar de más belleza) uno como La serpiente o Johnny el Oso. De acuerdo. Hasta razón puede tener. Pero lo que sucede y cómo sucede en Los Crisantemos, una pieza de sutilezas bien engarzadas, de conocimiento hondo de la naturaleza femenina, además de flores y ganados y granjas y carreros y hasta con la sugerencia de combates de boxeo, lo convierte en una creación de antología.

 

Como cosa rara, bueno, mejor dicho, como casi una inevitabilidad en este escritor, el cuento comienza con una descripción del Valle de Salinas, de carácter climático, pero con una conexión indispensable con lo que acontecerá. Y con la luz, una luz amarillenta que es la única que destaca en la grisitud melancólica del ambiente. El rancho de los Allen, con ganado, manzanos, unos compradores que visitan al dueño y con un jardín en que una mujer de treinta y cinco años se convertirá en ficha clave para expresar lo que sería una suerte de esplín, un descubrimiento, quizá tardío, de nuevas sensaciones corporales y del espíritu de una fémina que a veces tiene apariencia hombruna por sus indumentarias y movimientos.

 

La mujer va ingresando en el paisaje, se muestra su figura, su ropaje, la madurez y el entusiasmo en el manejo de las tijeras de jardín, en los cuidados de las flores, en su habilidad. Y de, pronto, como sin querer queriendo, en un segundo plano la condición femenina, de no ser solo una pieza más en la producción de la finca, sino una dama que requiere cuidados, que no solo está dedicada a una faena preciosa, con la que ella seguro disfruta, sino una esposa. Todo esto se va introduciendo con detalles escogidos, con una medida como de gotero, para que resulte un final intenso y pleno de simbolismos.

 

El lector recibe información precisa de aspectos del rancho: tractores, perros, gallinas, voces de visitantes, la voz de Henry, y así, de súbito, esta, la de su marido, que saca de concentración a la mujer. Y las palabras que, en el fondo, son un reproche porque ella, la de la “mano de jardinero”, milagrosa y eficiente, bien pudiera ayudar para que en vez de crisantemos de diez pulgadas los manzanos de la hacienda alcanzaran las dimensiones de las flores.

 

He ahí, en ese como cocotazo que el marido le da a su cónyuge, una cáscara en la que, más adelante, la mujer resbalará, pero no para caer, sino para tener otra visión de sus relaciones, del mundo que se reduce a un universo de hermosos crisantemos y a una vida sin más paisajes. Es una revelación la que va teniendo Elisa. Y que le ayudará, tal vez  sin conciencia suficiente de la situación, a combatir el aburrimiento. O, mejor, aquella sensación que los italianos denominan la noia y de la que ella no era del todo consciente.

 

Un suceso, en apariencia sin significados relevantes, una aparición en el rancho, cuando ella ya sabe que el marido, para celebrar una venta de reses, la convidará a la ciudad a cenar en un hotel y al cine, cambiará la existencia monótona, aunque feliz frente a sus flores, de la señora Allen. La presencia de un carromato de ballesta, tirado por un caballo y un burro, conducido por un hombre barbado, un reparador ambulante de herramientas y recipientes, le va a dar otra perspectiva del mundo a la mujer que a estas alturas del relato muestra energía y un carácter fuerte.

 

Los diálogos entre la señora Allen y el carretero, que además está acompañado por un perro desmirriado, son de alta precisión frente a lo que cada uno hace. El encuentro fortuito sirve para que ella muestre su pasión singular por los crisantemos, para que además, le crea con entusiasmo al buhonero que hay una vecina que quiere cultivarlos. Y, de contera, para que ella, con convicción, le diga que no hay nada para él en la finca, nada que arreglar. Por algo, el hombre se desvió de su ruta, por alguna razón está allí, en un rancho en el que la irritación de la mujer cambia cuando el forastero le pregunta “¿qué plantas son esas, señora?”. “Son crisantemos gigantes, blancos y amarillos”, le contesta ella y se inicia un estado de excitación sin límites, que va en crescendo desde que él visitante agregó a modo de interrogación que si esas flores son las que parecen una nube de humo coloreado.

 

Lo que sigue en el cuento es la demostración, de un lado, de la destreza del escritor para poner en escena a los dos personajes, con una conversación que sube en intensidad, y, del otro, la especie de metamorfosis que sufre Elisa, no solo gracias al amor que les tiene a los crisantemos, sino porque una aparición inesperada le ha cambiado la manera de ver y sentir el mundo. Y le ha conferido un conocimiento de ella misma, de su fortaleza, de su feminidad, de sus ganas de no ser más un agregado de la granja, solo la mujer de Henry y nada más.

 

Sin duda, el relato tiene símbolos bien dispuestos en la narración, unos conectados con la ruptura frente a un mundo que parece incambiable; otros, al sentimiento de una mujer-esposa, que siente que hasta esos momentos solo ha sido decorado, y para su marido una especie de mujer amachada, fortachona, sin otros atractivos, pero que, con metáforas boxísticas, descubre que es fuerte en lo sentimental y que hay otros ámbitos, otras emociones. Quizá a esa percepción novísima la conduce el haberse percatado con pesar de lo que el carretero hizo con los crisantemos que ella le sembró para la presunta vecina… Pero quizá ya sea un poco tarde, o eso parece representar el débil lagrimeo final de Elisa, su hallazgo sin consuelo de que tal vez su tiempo mejor ya pasó.

 

Los crisantemos destilan belleza, y dolor contenido, y un hondo conocimiento de los elementos que componen la interioridad de una mujer, que, en todo caso, sabe que por encima de todo le ha otorgado con creces su amor a las flores, que parecen importar poco al resto del mundo.

 

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“Elisa agachada a los pies del vendedor, rozando sus pantalones sucios, gastados por el polvo del camino. Elisa desnudándose a solas delante del espejo…”.