El viento triste de Luvina

(Ese pueblo de melancolías y soledades creado por Juan Rulfo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

A Comala (que es el infierno) se baja. A Luvina, donde los días son tan fríos como las noches, se sube. Es el purgatorio. ¿Un pueblo dantesco? No, rulfiano. Una aldea quieta y lóbrega en el más alto de los cerros altos de un sur que existe solo para sí mismo, sobre un suelo pedregoso, en una colina donde la soledad a veces toca el cielo y se deshace en lágrimas. Luvina y Comala, sin embargo, se parecen en la tristeza.

 

“Hay pueblos que saben a desdicha”, se dice en Pedro Páramo, la única novela (¿y para qué más?) de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, acortado como Juan Rulfo, acortado como su obra, apenas dos libros de ficciones, suficientes para inventar un lenguaje de los muertos y los olvidados. Y para bautizar, con sonoros e inolvidables nombres (él decía que los tomaba de las lápidas de los cementerios de Jalisco), a personajes que saben a soledad y desventuras. Susana San Juan, Eduviges Dyada, Fulgor Sedano, Justo Brambila, Remigio Torrico, Anacleto Morones, Lucas Lucatero, Macario, Felipa, Armancio Alcalá… Y a Luvina, sí, San Juan Luvina, “un lugar muy triste”, de viento eterno y donde sus habitantes sombríos no llevan cuentas de horas ni de años, un pueblo de puros viejos y de aquellos que no han nacido.

 

Como quien dice, Luvina es una suerte de no-lugar, con presencias sufrientes, con habitantes de la nada que parecen siempre en estado de desarraigo. Y, peor todavía, que dan la impresión de no tener noción del resto del mundo. Ni de ellos mismos. Un pueblo de barrancas hondas de las cuales los de allá dicen que “de aquellas barrancas suben los sueños”, pero ¿cuáles? Si lo único que hay en Luvina, por lo menos lo más evidente, es el viento, viento pardo, aire negro, que muerde las cosas, las zarandea, las estremece hasta transmutarlo todo en silencio.

 

El viento de Luvina cala los huesos, raspa las paredes, levanta los techos y expande un rumor que no es otra cosa que la melancolía. Este cuento, del libro El llano en llamas, es eso. Pura depresión. Es una lágrima larga que ni el viento perenne de tal destierro puede secar. No puede haber otro pueblo de tanta tristura junta, con mujeres que madrugan con su reboso protector a cargar agua en cántaros y a las que, cada año, cuando aparecen sus hombres, les dejan una semilla en el vientre.

 

Luvina son despeñaderos y plantitas remilgadas, que se niegan a crecer, como las dulcamaras. A veces florecen las amapolas blancas, pero el chicalote se marchita con prontitud. El horizonte de Luvina es caliginoso, cenizo, manchado. Por allá no hay árboles. El ambiente es gris. Sí, es el purgatorio. Con una salvedad: los de allí, aunque se vayan para siempre, no alcanzarán ningún paraíso. ¿Y el infierno? Bueno, ahí se van pareciendo a ese estadio de almas en pena, condenadas a diversos martirios, como aquel de carecer de futuro y de memoria.

 

Antes de que un caminante, un viajero, un peregrino que parece estar pagando una promesa de pesares, arribe a Luvina (que es una versión del ostracismo), ascienda a ese alto poblado de miserias sin fin, alguien le irá contando cómo es lo que le espera. Mejor dicho: que se tenga fino si va para allá, para un sitio de desconsuelos permanentes, donde se desconocen la risa y la sonrisa. “Allá viví, allá dejé la vida… Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado”, dice el hombre que le va narrando a otro, que parece ya haber perdido las esperanzas, cuál es el destino que le aguarda en Luvina, pueblo de maldición, con una iglesia de socavones en los cuales no hay nadie a quien rezarle.

 

En Luvina no hay fondas ni mesones ni comida. Solo viento. Y tiempo largo, que ni pasa, ni se mueve. Y lo dicho, puros viejos y mujeres solas. La única esperanza es la muerte. O, de otro modo, la única redención. En Luvina no se sabe qué es el Gobierno. Ni para qué sirve. Ah, y ni siquiera hay perros que le ladren al silencio (allí no cabría aquel verso de García Lorca: “un horizonte de perros ladra muy lejos del río”).

 

Luvina es un relato sobrecogedor. Un canto conmovedor sobre los que carecen de todo, a los que la historia los ha relegado a la oscuridad de lo innombrado. A los que — mirándolo desde otro minarete—  son víctimas de la historia. Y la padecen. Se dirá, con razón, que todos los relatos rulfianos son y expresan una profunda manera del sufrimiento. De un silencio que duele. De un rencor que flota y a veces se transporta en el viento, en el largo “aire negro” de Luvina, en el que aletean los murciélagos de la desesperación.

 

Hay lugares en los que nadie hace el amor con amor, ni se habla con los otros a fin de acercar las almas, ni se conocen momentos para la diversión. En los que se habita como si se cumpliera una condena ineludible. Y en los que ni siquiera se le atribuyen las desgracias a los pecados, a la culpa. Y uno de ellos, o tal vez el único, es Luvina, el que deja, sin falta, un mal sabor en los recuerdos.

 

No sé si usted, amigo lector, quiere subir a Luvina a escuchar el viento oscuro que parece un lamento de fantasmas en pena. En cualquier caso, antes de emprender el viaje, es recomendable que se tome una cerveza (lástima, solo hay al clima) y cambie después de la segunda a un trago más fuerte, porque allá arriba solo encontrará un mezcal “que ellos hacen con una yerba llamada hojasé” y que, a los primeros tragos, lo hará dar volteretas.

 

Anímese. Luvina, y es pertinente saberlo antes de emprender la peregrinación, no es para turistas. Cuando llegue lo más seguro, después de escuchar la afligida canción del viento, es que le den una ganas inmensas de llorar. Y entonces ya será muy tarde para todo. Luvina es una tragedia narrada en una extensión de un poquito más de tres mil palabras. Allá arriba, en el más alto de los cerros del sur, anida la tristeza.

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Imágenes de Sergio Michilini (arriba) y del libro “Rulfo, una vida gráfica”, de Óscar Pantoja y Felipe Camargo.
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El rastro de la sangre sobre los libros

(A propósito de la mudanza de la librería Palinuro, que se va del Centro de Medellín)*

Por Reinaldo Spitaletta

 

Donde hoy está la librería hace algún tiempo hubo una taberna. Y en ella, una noche, en charla con algunos músicos de Bellas Artes y de la Filarmónica de Medellín, mientras le solicitaba al tabernero que si podía cambiar la monótona trova cubana por Balada para un loco, interpretada por el Polaco Goyeneche, sentí que el pantalón se me humedecía, y, qué vaina, no es que hubiera bebido tanto como para tal incidente, ni que padeciera de incontinencia. Pero no había duda: del mezzanine caía un líquido que solo me mojaba a mí. En mi mesa había seis personas, y solo yo era el damnificado con la sangre que chorreaba, sí, ¡sangre!, tan escandalosa como siempre.

 

Subimos las escalas de madera y cuando pensamos que mínimo nos encontraríamos con alguien con las tripas afuera, nada. No había nadie. Ni tampoco señales del inexplicable líquido que me había estropeado el pantalón y también la noche.

 

Mucho tiempo después, justo debajo de donde estaba aquella vez, le conté la anécdota a Luis Alberto Arango, alias el Maraquero y “extabernícola” (también tuvo una taberna), de la librería Palinuro. Abrió los ojos como si delante de él tuviera la trompeta de Armstrong o de Gillespie y advirtió con seriedad que haría rodar esa historia. Entre tanto, me mostró el Palinuro de México, autografiado por su autor Fernando del Paso y anotó en una libreta algunos títulos que yo iba a buscar, puso en una grabadora el casete en homenaje a Juan Rulfo realizado por Del Paso en Radio Francia Internacional a la muerte del autor de Pedro Páramo, y nos emocionamos casi hasta las lágrimas con esa evocación de la década del ochenta al sabor de un café.

 

Todos, creo, hemos tenido una cierta relación de misterio con los libros. Cuando éramos adolescentes y todavía jugábamos al fútbol y a la guerra libertada en las calles de El Congolo, en Bello, Chucho Hernández, integrante de la barra más célebre que hubo por aquellos lugares, me regaló Moulin Rouge, de Pierre La Mure, que su papá ya no quería tener más en casa o no sé qué. Lo leí en dos noches y me impresionó la vida trágica y cabaretera de Henri Toulouse-Lautrec. Quizá diez años más tarde, ese mismo libro, que yo le había prestado al escultor Gabriel Restrepo, pasó a las manos de otro escultor, Rodrigo Arenas Betancur, que jamás lo devolvió. Uno se apega a determinadas cosas y confieso que sentí una suerte de vacío existencial por no poder recuperarlo, porque, además, lo tenía subrayado y era parte de un tiempo feliz. Después, lo hallé en otra edición en la biblioteca del Sindicato de Trabajadores de Vicuña, y quizá viendo que nadie lo había prestado nunca, y que yo estaba muy interesado en él, un directivo obrero me lo regaló. “Quédese con ese libro que aquí nadie lo necesita”, me dijo. Y como coincidencia histórica el señor también se llamaba Chucho Hernández.

 

Bueno, volvamos al cuento. A Palinuro llegué buscando, entre otros, Lujuria de vivir, de Irving Stone, que también lo han traducido como Anhelo de vivir. Establezcamos que es un libro más bien de circulación restringida. Trata, como es fama, de la vida de Vincent Van Gogh. Se lo había prestado cuatro meses atrás a Richard Spitaletta, que, en una noche de carnaval, lo olvidó en un taxi. Ojalá, en todo caso, el taxista o quien lo haya encontrado lo hubiese leído. “A lo mejor sí —me dijo Luis Alberto— porque el título de lujuria atrae… tal vez pensarían que era otra cosa”. Ese es uno de los que él anotó. En esas pláticas estábamos cuando recordé otro episodio. En una época, aquí era bastante escaso el libro Antimemorias, de Malraux, y el Restrepo de marras, que lo había leído hacía mil años, siempre nos hablaba de él, lo comentaba con placer y nos entusiasmaba para leerlo. Un día, tras ruegos numerosos, me lo prestó. Por esos días, yo tenía un cachorro french puddle, llamado Dino, loquísimo y correlón. Empecé a leer al mítico Malraux, al testigo de la gran marcha, al estalinista, al novelista y mitómano, al polifacético André, en fin, y cuando me asaltó el sueño lo puse en el nochero, junto a otros libros. Al día siguiente, cuando volví a casa, Dino se había tragado casi todas las Antimemorias, qué horror, y ahora qué iba a pasar, por qué dañó ese y no otro que fuera mío, dónde conseguiría otro ejemplar. Y, en efecto, no lo pude encontrar. Entonces le devolví los restos a su dueño. Quizá el perro había vengado la desaparición del Moulin Rouge.

 

Y hay que decir que estos recuerdos llegaron porque ahí, en Palinuro, estaban las Antimemorias, para mí ya olvidadas. Qué curioso. Iba a buscar en todo caso Germinal, de Zola, para recordar de nuevo, más que a los mineros y sus luchas, la figura de Van Gogh en sus tiempos de predicador. “Lo vendí hace poco”, dijo el librero. “Ve, ¿y tenés a Ricardo III?”, nada. “¿Y la India secreta, de un periodista inglés, Paul Brunton?”, tampoco. Y entonces fue cuando nos pusimos a hablar de ciertos libros que ya no circulan en las librerías, ah, sí, digamos, para ser precisos, en las de Medellín. Y mencionamos, por ejemplo, a Roberto Arlt, algunos títulos de Dickens, no se consigue ninguna obra de Teodoro Adorno, ni La muerte de Virgilio, de Broch, y así. Sin embargo, me enteré de paso, que allí acababan de vender un ejemplar de la vida de Pepe Sierra, que es más escaso que los arriba mencionados.

 

A la taberna volví meses después del incidente sangriento y tenía, además de las trilladas canciones de Pablo y Silvio, una buena representación de Goyeneche y Piazzolla, y algo de jazz. Y, valga decirlo, era otra la administración. Sin embargo, esa noche llegaron unos tipos que tiraron voladores a la entrada y después, en medio de su polvorienta rumba, esgrimieron pistolas, pero no dispararon. Menos mal. Y ya nunca más volví a ese lugar, hasta cuando me enteré de que el bar se había transmutado en una librería de “libros leídos”, que, en sí mismo, ya es un hecho increíble y tal vez solo posible en una ciudad de miedos y misterios como Medellín. No sobra recordar que el día de mi visita, el librero me puso, además, en la voz de Juan Rulfo, el cuento Diles que no me maten.

 

*(Noviembre 9 de 2003-Publicada en mi libro Historias inesperadas, 2015 Editorial UPB)

 

Interior de la Librería Palinuro, en Córdoba con Perú (Foto revista Soho, tomada de internet)

Ese rencor vivo llamado Pedro Páramo

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“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi
madre me lo dijo.”

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Lo primero con lo que uno se encuentra en Comala es con el silencio, quizá como la irrupción de esa metáfora de la humillación en la que han vivido los pueblos de América Latina. Comala es un pueblo “untado de desdicha”, de caminos que suben y bajan, de muertos que hablan con los muertos, de muertos que aman y lloran y enmudecen. Son los muertos tristes de Rulfo, un novelista que interpretó el lenguaje de la gente y descubrió la poesía que subyace en los modos de hablar de los moradores de Jalisco.

En Comala huele a lluvia vieja, a tierra que anda y a “horizonte de perros”. En aquel pueblo imaginario y real se quedaron a vivir la tristeza y sus fantasmas.

 

Pedro Páramo es “un rencor vivo”. Y más que un terrateniente, más que un seductor, más que un extenso incesto, e incluso más que la buscada figura del padre, es la representación del sometimiento. La riqueza simbólica de esta obra y su complejidad estructural continúan admirando lectores, despertando hermenéuticas y, sobre todo, asombros. Esta novela, lo mismo que la colección de relatos El llano en llamas, la escribió Rulfo para que la leyeran dos o tres amigos suyos, o, como él mismo declaraba, “más bien por necesidad”.

 

En una larga convivencia con la soledad, Rulfo se puso a escribirla para librarse de esas sensaciones que le producía el hablar con los silencios y con las ausencias. En mayo de 1954 compró un cuaderno escolar y comenzó a crear el primer capítulo de una novela que, él, según dijo, tenía en la cabeza desde hacía muchos años. Encontró el tono y la atmósfera adecuados y entonces se le vino la primera frase: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, y después no supo de dónde procedían todas las intuiciones a las que se debe el nacimiento de una obra que, casi sesenta años después de su publicación, continúa atrayendo por su poesía.

 

“Fue como si alguien me lo dictara. De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules”, recordó Rulfo, 30 años después de haber escrito su única novela. Una novela sin tiempo, una permutación de monólogo, diálogo y narración impersonal, una técnica compleja que, sin embargo, permite una lectura gozosa. En Pedro Páramo el lector se encuentra con almas en pena, almas muertas fuera del tiempo y del espacio, porque, como es de suponer, para los muertos no existen ni uno ni otro.

En cuatro meses, Rulfo tenía 300 páginas de su historia. Y después escribió otras tres versiones que consistieron, en esencia, en reducirla a la mitad aquellas 300. Bien decía Chéjov: “escribir es podar”. Y en esa poda, en esa meticulosidad de relojería, despojó al lenguaje de retórica, permitió que la osamenta hablara por sí misma, encontró la belleza de las palabras y los  giros populares y construyó una densa obra que, al decir de Borges, es una de las mejores de la literatura.

 

Lo curioso, empero, es que Pedro Páramo, al publicarse por el Fondo de Cultura Económica de México, en marzo de 1955 en un tiraje de 2.000 ejemplares, no encontró lectores. Es más: su primera reseña fue negativa. El propio jefe de producción del Fondo, Alí Chumacero, le advirtió a Rulfo que de todos modos la obra no se iba a vender, así que no se preocupara por las críticas adversas. Y así sucedió. Mil ejemplares tardaron cuatro años en venderse. Los otros, los fue regalando su creador a quienes se lo pedían.

Algunos de los amigos de Rulfo vieron en Pedro Páramo influencias faulknerianas, aunque él confesaría que entonces, cuando la escribió, ni siquiera había leído al gran escritor estadounidense. Lo que sí había leído, pero en su adolescencia, había sido a Knut Hamsum, en particular Pan y Hambre, dos novelas que lo impresionaron hasta los tuétanos. Después, bebió de otros novelistas nórdicos y rusos.

 

“No tengo nada que reprocharles a mis críticos. Era difícil aceptar una novela que se presentaba con apariencia realista, como la historia de un cacique, y en verdad es el relato de un pueblo: una aldea muerta en donde todos están muertos. Incluso el narrador, y sus calles y campos son recorridos únicamente por las ánimas y los ecos son capaces de fluir sin límites en el tiempo y en el espacio”, declaró Rulfo muchos años después, cuando su obra ya era un clásico de Hispanoamérica.

 

Después de las críticas, escritores como Carlos Fuentes y Octavio Paz escribieron sobre Pedro Páramo, y en 1958 ya estaban traduciéndola al alemán, al inglés, al francés y al holandés. Tiempo después, ya aparecía en ucraniano, turco, griego y chino. Pero su autor, al cual le bastaron dos libros para ganar la inmortalidad, decía que “el merito no es mío. Cuando escribí Pedro Páramo sólo pensé en salir de una gran ansiedad. Porque para escribir se sufre en serio”.

 

Comala, tierra baja y caliente, se parece al infierno. Sus personajes, excepto el que nombra la novela, son de aquellos seres que, como se ha dicho, padecen la Historia pero viven al margen de ella. Pedro Páramo, la novela, es la realidad mítica, el ser humano en sus angustias y soledades, el tiempo de la muerte y del silencio. Rulfo decía que los nombres (qué nombres tan sonoros) los tomaba de las lápidas de los cementerios de Jalisco.

Como sea, aquellos nombres como Susana San Juan, Juan Preciado, Fulgor Sedano, Damiana Cisneros, Dorotea la Cuarraca y, claro, Pedro Páramo son parte también de una suerte de mitología latinoamericana, de un significado y sentido de lo que es ser de una tierra flagelada y que todavía no rompe su “silencio mudo”.

 

En lo más íntimo, Pedro Páramo –según su papá Rulfo- nació de una imagen “y fue la búsqueda de un ideal que llamé Susana San Juan. Susana San Juan no existió nunca: fue pensada a partir de una muchachita que conocí brevemente cuando yo tenía tres años”. La muchachita del cuento no lo supo nunca y Juan Rulfo jamás la volvió a ver. Pero igual, Susana San Juan sí existe. Y, contra todo, está viva aunque esté muerta. Como los demás personajes de esta novela alucinante.

 

Hay pueblos que saben a desdicha. Comala es, posiblemente, el mayor de ellos.

 

En febrero, cuando las mañanas estaban llenas de viento, de gorriones y de luz azul.
Me acuerdo. Mi madre murió entonces.