Nocaut con ritmo de tango

(Nota sobre Torito, un cuento de boxeo de Julio Cortázar)

 

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Justo Suárez, Torito, el “boxeador que pasó por la vida como un relámpago”.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El boxeo, que hoy no tiene tantos adeptos ni figuras estelares, ha sido cantado por diversas literaturas. Rocky Graziano, excampeón mundial de peso medio, decía que “es un deporte terrible, pero es un deporte… la lucha es por la supervivencia”. Y no hay duda de que, en medio de numerosos pugilistas de alta calidad que en el mundo han sido, la figura legendaria de Muhammad Alí, o exCassius Clay, ha sido la de más excelsas virtudes en el ring y fuera de él…

 

En los Estados Unidos, un país hecho para la exaltación del individuo (y del individualismo), hubo otros muy enhiestos figurones, camorreros y de aspecto fiero, como Jack Dempsey, en los años veinte, que también fueron los “años locos”, y contra el cual hubo un boxeador argentino que lo puso contra las cuerdas y estuvo a punto de vencerlo: Luis Ángel Firpo. Sobre boxeo, en los que hay tremendos reportajes como El combate, de Norman Mailer (sobre la pelea Alí-George Foreman, en Kinshasa, Zaire), los escritos de la prolífica escritora estadounidense Joyce Carol Oates, son de antología. Y ni hablar, por ejemplo, de cuentos de Hemingway y Mark Twain sobre boxeo, o los reportajes de Gay Talese a Joe Louis y Floyd Patterson.

 

En Argentina, donde el boxeo ha dado astros de cartel, hay novelas sobre este deporte como Cuarteles de invierno, de Osvaldo Soriano, y cuentos en los que se pone en evidencia la inclinación popular por esta disciplina de rudezas, pero, que, en ocasiones, es propia de estilistas más que de fajadores. Cortázar gustaba mucho del pugilismo y hasta en sus metáforas como las que usó para glosar la diferencia entre cuento y novela se advierte su inclinación: La novela se define por puntos; el cuento, por nocaut.

 

Entre los boxeadores legendarios de Argentina están Justo Suárez, el Mono Gatica y, el más sobresaliente de todos, Carlitos Monzón. Todos tres con trágico final. Sobre el primero de los nombrados, que fue una sensación en los treintas y murió muy joven, también incluido de refilón en un cuento de Rodolfo Walsh (Un oscuro día de justicia), Cortázar escribió un cuento de excelente factura, un monólogo interior, en el que se narran, de modo agónico, los momentos finales del peleador que murió de tuberculosis a los 29 años: Torito. Sí, el Torito de Mataderos, de peso liviano, ídolo del barrio.

 

El cuento, que es un falso diálogo, de un ritmo que a veces da la impresión de estar intercambiando golpes, de propinar uppercuts (áperca, se dice en el relato), comienza con un momento de drama, cuando se está abajo, cuando todos te fajan, hasta “el más maula” y entra de inmediato un tango: Te conozco, mascarita, cuya interpretación más conocida es la de la orquesta de Edgardo Donato. Y luego sigue una canción de Gardel, Insomnio, “pucha que son largas las noches de invierno”, “más largas que esperanza’e pobre”, y entonces se inicia el desgranamiento de los principales sucesos de la vida y obra del boxeador enfermo.

 

Es una sucesión de acontecimientos, en los que se van narrando combates, golpes, desazones, triunfos, derrotas, en medio de alusiones tangueras, de palabras lunfardas, de atmósferas de tabaco y sudor, y ahí escuchás que te nombran a Canaro, a Osvaldo Fresedo, a Pedro Maffia y te imaginás un bandoneón, al que, claro, no se puede tocar con guantes.

 

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Cortázar recupera en este relato un lenguaje de calle, con jergas boxísticas, con cultura popular, con los modos coloquiales que se vuelven literatura. Es todo un tour por los altibajos del boxeador, al que por sus gestas le compusieron un tango, Muñeco al suelo, de Modesto Papavero y Venancio Clauso, y que tuvo grabaciones populares como la de Francisco Lomuto con la voz de Antonio Buglione: “¡Justo Suárez, solo! / ¡Torito viejo lindo! / Sacalo como vos sabés / no le des tiempo, fajalo. / ¡Justo Suárez, solo! / ¡Torito viejo lindo! / Ya está listo, cruzalo, / cruzalo que lo tenés”.

 

Y en el cuento se va viendo el ascenso del boxeador, sus capacidades para dejar fuera de combate a muchos contrincantes, pero, a la vez, se va mostrando el deterioro, la decadencia. Peleó en el estadio de River, en el Luna Park, y luego se fue a Nueva York. Hay notas sobre sus confrontaciones en El Gráfico. Es un cuento con un tempo allegro con moto, en el que el lector va llegando a alturas como si estuviera en un trapecio, de un lado a otro, como viendo un mundo que sube y baja, y sí, sobre todo baja como lo hace Justo Suárez, Torito.

 

Es un relato de una admirable síntesis, en los que se tiene en cuenta la velocidad de los acontecimientos, en los que, si se observa con atención, también se puede sentir la tos, las respiraciones alteradas, el ritmo entrecortado. Cortázar lo grabó en su voz. Es, de otro lado, una especie de homenaje, así se nota en la dedicatoria, a don Jacinto Cúcaro, “que en las clases de pedagogía del Normal “Mariano Acosta”, allá por el año 30, nos contaba las peleas de Suárez”.

 

Cortázar, que también escribió, por ejemplo, un cuento de boxeo e intriga policíaca, La noche de mantequilla Nápoles, una pelea en París entre este pegador cubano-mexicano y Carlos Monzón, pone en la brevedad de Torito una intensidad al máximo. Una manera de reducir, pero con una economía de palabras, apenas las necesarias para dar cuenta de una tragedia, con sutilezas, del hombre que pudo haber sido campeón mundial y la muerte le propinó el nocaut definitivo.

 

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Torito, una leyenda del boxeo argentino. Cortázar lo elevó a literatura.

 

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Cronopios en las escaleras de mi casa

 

(Reducción al absurdo para evocar a un tal Julito y a un duende doméstico)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Los cronopios nacieron en el teatro Champs Élysée, de París, en 1952, en el entreacto de la ópera-oratorio Edipo Rey, de Igor Stravinski, con libreto de Jean Cocteau, que en aquella presentación histórica estaba haciendo el recitante. Julio Cortázar se encontraba entre los espectadores y, de pronto, se sintió solo en la sala, todo el mundo había salido a tomar café y a comentar las incidencias de la obra, cuando él, en el ambiente, flotando, sintió unos personajes “indefinibles, unas especies de globos que yo los veía de color verde, muy cómicos, muy divertidos y muy amigos que andaban por ahí circulando”.

 

Supo, en ese instante sin tiempo, que se llamaban cronopios, loquillos en apariencia, muy poetas y sensibles, sin miedos ni apuros, con cierta dosis de irreverencia. Los saludó y conversó un ratito con ellos, aunque quería quedarse a tomar el café que no había podido beber, porque, claro, se había quedado para encontrarse, sin saberlo, sin esperarlo, con los personajes verdes, volátiles, que diez años después, en un libro que causó sensación entre adolescentes y en los ánimos de uno que otro vejestorio soñador, se publicó con el título de Historias de Cronopios y de Famas.

 

A diferencia de los cronopios, brincones y carentes de vergüenza, los famas son conservadores y muy ordenados. Así que estas notas las dedicaremos a aquellos que van por el mundo haciendo bullas y declarando que aman la libertad, el absurdo y lo que puesto a la vista carece de lógica. Los cronopios andan sueltos en parques y a veces se cuelgan de las lámparas de araña de las iglesias para reírse de los que van a dormir en las bancas, y son burleteros, como Rigoletto, el duende musical que habita en mi casa y del cual ya he narrado parte de sus travesuras en otros escritos.

 

El nacimiento de los cronopios tenía que ocurrir, precisamente, en el homenaje que París le rendía a Stravinski, en un teatro en el que solo uno de los espectadores estaba listo para verlos y entenderlos, para la comunicación con unos picarillos mudables que después se introdujeron en la cotidianidad de señoras burguesas y estudiantes de colegios de monjas.

 

Los cronopios no son propiedad cortazariana, aunque a él se deba su existencia literaria. Son de los que los quieran adoptar. O, por lo menos, deseen que se les sienten en el sofá de la sala, le pellizquen el trasero a la visita y hagan aburrir a la suegra cuando llega vestida de domingo, muy atardecida y dispuesta a hablar sin frenos ni cortesía sobre lo mal que le ha ido a su hija. O que, como Rigoletto, se introduzcan en el equipo de sonido, y si lo que está sonando es de su predilección, suban el volumen a su amaño hasta llegar a límites que pueden hacer estremecer la casa y poner el corazón a punta de salirse y dar saltos por el corredor.

 

Los cronopios son capaces de ponerte zancadilla cuando estás a punto de entrar de urgencia al inodoro o en momentos en que vas descendiendo por las escaleras rumbo a aquella tortura cotidiana que denominan el laburo, o, en otras palabras, el trabajo, que por estos lares y por casi todos se volvió una manera de la virtud y la peor forma de aburrirse. Porque, se dirá, hay mejores maneras para entrar en el mundo de los seres que se aburren, como el pintor aquel que era tan alto, que la frazada que tenía (más bien: esta era pequeña) no le daba para cobijarse todo: si se cubría los pies, del pecho para arriba quedaba al descubierto. Y así.

 

Sin duda, a ese artista de la aburrición (que un tal Moravia describe con maestría) los cronopios le tuvieron que hacer cosquillitas en los pies, con plumas de gallina o con pinceles suaves. Los cronopios son expertos en dar instrucciones sobre todas las cosas: cómo besar a una vieja caliente sin perder el apetito; cómo acostarse en un colchón de blanduras de pluma sin sufrir un dolor lumbar; cómo llorar con “un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza”.

 

Como dicen ciertos pelados, los cronopios “no comen de nada”. Van a lo que van. Y vienen a lo que vienen. Sin escrúpulos. Te pueden dejar en un momento determinado sin papel higiénico en una situación de crisis intestinal. O, para no caer en ámbitos de alcantarilla, te pueden susurrar toda la noche, sí, ahí, pegaditos a las orejas, y te harán el sueño imposible. Lo dejan de hacer cuando los invitás a café caliente y bien cargado, ya sabés.

 

Una de las historias del libro, sí, de ese publicado en 1962, que tiene su modo de atraer el miedo, es aquella que comienza así: “En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere”. Los cronopios, que han adquirido una alta graduación de maldad, son expertos en alterarles los nervios a los unicornios y a algunas bestezuelas que aparecen de vez en cuando para asaltar escaparates y cómodas, y que, al querer entrar a buscar cambuche, los reciben con risotadas sorpresivas y con orines muy bien arrojados a la cara de los monstruitos.

 

Tal vez, la máxima expresión de los cronopios en el uso eficaz del sentido común, la constituyan las instrucciones para subir una escalera. Con esa guía ellos gozan hasta caer barriga arriba, muertos de las risotadas, cuando la gente las sube de frente, “pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas”. Estos seres extraordinarios, que flotan como globos de piñata en una salón de cumpleaños, comen raviolis y fríjoles con garra, aunque lo que más les agrada es la aguapanela con limón, una bebida con misterios incorporados, que hace que los tenores alcancen tres y cuatro escalas y den el do de pecho sin ninguna dificultad aparente.

 

Todos sabemos que Edipo rey, el liberador de Tebas, no pudo hacer nada contra el destino. A los cronopios, en cambio, les importan un pepino lo que les trace el sino, la fatalidad, la rueda de la fortuna. Nada de esas celadas los alteran. Se ríen del que se quedó sin trabajo, porque, dicen, ha logrado una manera de la independencia y la libertad. Y del que lo atropelló el tranvía por ir mirando el culo de las muchachas de falda corta, porque al menos se distrajo en un paisaje conmovedor.

 

Ah, y en cuanto a poner sobrenombres, son una maravilla para la invención, que no es más que ponerles cuidado a las cosas que pasan. Y a las maneras de ser. A la señora robusta, sí, la que habita diagonal a mi casa, que siempre está asomada a la reja viendo pasar los carros y el mundo, la bautizaron como Culo Rubio, al tiempo que al cuidador de automóviles, un tipo calvo y ojiazul, de dulceabrigo rojo en la mano, lo llaman “Lengua de tigre”, debido a que es un aficionado sin límites al chismorreo.

 

Los cronopios del libro de alias don Rayuelo se pasan a veces de anaquel en anaquel, provocan un ruido de demonios invitados a un aquelarre, en el que ponen patas arriba a las brujas, casi todas pelinegras y de caderas exuberantes, y se los digo, no dejan dormir. Hay, cuando lo ocasión lo amerita, que llamar al inquieto Rigoletto para que ponga orden en la casa, les programe un poco de música para insomnes y los deje roncando en gavetas y alféizares.

 

Son como niños indóciles. Se vuelan por la calle San Martín (sembrada de laureles, guayacanes y araucarias), llegan hasta donde está el busto del libertador argentino y se paran en su cabeza de bronce a reírse de todos los que pasan. Ya les han arrojado piedras y un borracho les mandó un salivazo espeso que quedó colgando de la nariz del prócer. Me parecen divertidos, pese a las molestias que en ocasiones causan, más que todo porque pertenecen a un mundo que ya no existe, sin relojes, sin paradas de buses, sin filas de bancos, y entonces quieren que volvamos a los tiempos en que uno se quedaba sentado en medio del teatro, sin café y sin músicos, viendo volar globos verdes en los que iban montados los cronopios de un tal Julito, más loco que ellos.

 

“En casa del Jacinto hay un sillón para morirse. Cuando la gente se pone vieja, un día la invitan a sentarse en el sillón…”

 

El fantasma de Cortázar en un parque

Por Reinaldo Spitaletta

Creo que de los pocos escritores que uno puede leer mientras sienta sus cansancios en la banca de un parque, es a Julio Cortázar. La afirmación, por supuesto, es arbitraria y carece de demostraciones matemáticas y, con mayor razón, literarias. El caso es que hay que seleccionar con precisión, aunque el azar también puede ayudar, cuál libro del autor argentino se va uno a llevar para esa parte de la ciudad que despide aromas vegetales (incluido el de la marihuana), es asilo de pájaros y de uno que otro loco, indigente o vago, y en la cual todavía existe la posibilidad de apreciar la autonomía de vuelo de las hojas secas y de alguna mariposa exiliada. De entrada, lo ideal es no cargarse a Rayuela. Exige mayor concentración. Y en esos lugares uno está predispuesto a extraviarse con facilidad. A perderse por los laberintos que forman las jardineras y las sombras de los árboles. Y, en ocasiones, a esfumarse con las últimas luces de la tarde (la luz malva de la tarde, diría “Julito”). Porque, dice uno, las mejores horas para estar en un parque son las próximas al ocaso. Tampoco debe uno hacerse acompañar por Los premios ni por 62 Modelo para armar. Y no me pregunten por qué. Lo más emocionante está en los relatos cortos.

Cualquiera muy avisado podría alegar que también, por ejemplo, Juan José Arreola y Augusto Monterroso son apropiados para leerlos en un parque. Otro podría aducir, con sobradas razones, que algunas brevedades de Rulfo y Borges son igualmente propicias para el efecto. Y la lista podría no tener fin. Lo que quiero exponer, sin abundar en palabras, es que uno puede descubrir todas las facetas de ese espacio público verde-gris, rectangular las más de las veces, si tiene consigo un texto corto cortazariano. Usted puede probarlo con esa suerte de atrocidad que es Cefalea. O con cualquier otro. Lo importante es no perder la pista de lo que pasa alrededor.

Y mientras se está en la deliciosa faena de inmiscuirse en el mundo fantástico del autor de El perseguidor, es indispensable, con determinada regularidad, levantar los ojos del libro y posar la mirada en las piernas de las colegialas. Siempre habrá una muchacha que pasa. Luego, si observa a su derecha (casi todos giran con frecuencia hacia ese lado), podrá ver como las hojas de un almendro o un laurel se transforman en extrañas golondrinas verdes. La ciencia, hasta donde sé, no ha podido explicar todavía esa ilusión óptica. La clave, sin embargo, está en uno de los relatos del cronopio mayor.

El experimento lo realicé, con estupendos resultados, hace algún tiempo en un parque de Medellín. No solo vi pájaros de colores insólitos, sino que el paisaje se me volvió más ancho. La geografía de un parque es insospechada. Mientras me hundía en la mortal exactitud de Los amigos, sentí cómo sobre mi cuello se deslizaba lo que resultó ser un gusanito. Al principio, creí que se trataba de una agresión inesperada, pero al cabo de unos segundos (tal vez varios minutos) supe que me estaba confundiendo con la naturaleza del lugar. Yo era un árbol, quizá un poco raro para el bicho. Y no hubo líos entre los dos. Después, terminada la lectura del relato mencionado, tuve la impresión de que el parque se alargaba con los pasos sensuales de una mujer que portaba un bolso negro y vestía una falda breve, que dejaba ver en ella más de lo que cubría. La seguí con la mirada hasta que su figura tomó la forma de una pared esquinera.

Creo, por otra parte, que un parque tiene más extensión de la que aparenta. A veces se torna horizonte. A veces, cielo. O vuelo de abejas. Mientras acariciaba con nerviosismo un libro de cortazarianos relatos, comprendí que un parque tiene sabores: sabe a yerba reseca y maltratada, y a manzanas verdes. También a flores muertas y a mango biche. Supe, o intuí, que tiene múltiples ojos, y que sus bancas poseen la increíble capacidad de conversar. En un parque hay canas que brillan con los últimos soles del día y gritos nuevos y contentos que corren uno tras otro, como caballitos de tiovivo.

Si uno lee Bestiario verá en ese parque hormigas y caracoles y un tigre. Y si lo desconcentra la brisa vespertina contra la cara, observará que hay tanta belleza alrededor, como nadie la imaginó. Creo que los parques se hicieron para leer relatos de Cortázar y para que los crepúsculos de la ciudad sean menos tristes.

Cortázar para desintoxicar el parque

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hubo un tiempo en que Cortázar estaba en todas las mochilas de los universitarios y de una que otra colegiala. Se leía en los buses, con el peligro que, por la movención, se desprendiera la retina; en las cafeterías de la U; en un prado bajo los árboles, y resulta que casi todos eran (¿éramos?) cortazarianos: había derivados de cronopios y de famas, no faltaba el que imitara a Oliveira y quisiera irse a París a tirar finuras, y alguna muchacha sentía ser la Maga, la uruguayita Lucía, que ni en el tango. Cortázar por aquí y por allá, su poema y cuento al Che, sus propagandas de la revolución cubana, su posición a favor de los sandinistas, sus versos de la gota de agua o los dedicados a Alejandra Pizarnik, su perseguidor, los parques, sus casas tomadas, que todavía Buenos Aires no intuía lo que le esperaba, el jazz, Schönberg, Brahms, y, claro, sus letras de tango, que siempre ponían en la emisora de la Universidad de Antioquia; todos leían a Julio, al que queríamos tanto, al hombre a quien las manos nunca dejaron de crecerle, y hasta hablaba con ellas.

 

Y digo que entonces lo leía la “pequeña burguesía”, porque quién más. Los obreros solo tenían tiempo para la plusvalía, para sudar y “camellar” y viceversa, y de pronto para estar en el bar; y la burguesía, qué va, andaba muy ocupada explotando obreros, pensando en ampliar la panza y la banca, y de ese modo solo quedaba ese sector “privilegiado” que dedicaba lo mejor de sus años mozos a la lectura y, claro, a una que otra tirada de piedra y bombas molotov contra las visitas de indeseables yanquis; a reuniones con trabajadores vanguardistas; al cineclub. Y ahí, en medios de libros de Marx, Engels, Bakunin, Althusser, Mao, de alguno de Malraux y otros de Kafka, sin faltar un Sartre o un Camus, estaba Cortázar que despertaba un sentimiento unánime: el de quererlo más a él que a sus libros. Leyéndolo, uno se metía en el cine, en la música, en la metafísica, en la felina suavidad del gato, en la patafísica, en la cotidianidad con revelaciones extraordinarias. Y bueno, había que leer su teoría del cuento, su nocaut y su metáfora de que la novela gana por puntos, sus discusiones sobre América Latina, vea “usted que uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida…”.

 

Y le cuento que leer a Cortázar en aquellos días de conmociones sociales, no solo causaba placer y daba aires de “intelectualidad” y tales, sino que era un arma secreta para conquistar peladas. Era sino hablarles de esa historia de amor que es Rayuela y listo; vos eras el cielo y la tierra, el pintor y el escritor, la piedra y la tiza, y entonces retabas a su lectura, porque no hay que ser “lector hembra”, sino uno muy activo, un lector-cómplice, uno que desbaratara la novela que ejercía (ejerce todavía) una fascinación sin resistencia y provocaba admiraciones y gritos, ¡cómo!, y este man cómo hizo para armar una estructura así, y propusiera otros caminos para estar o en París o en Buenos Aires, o en las dos al mismo tiempo. ¡Oh!, “tantas palabras para un mismo desconcierto”. Bueno, digamos, para resumir, que con las muchachas y las lecturas de Cortázar, uno ganaba por decisión unánime. Era una tarea más fácil, porque no requería tener carro, bastaba un modelo para armar. Ni tampoco era condición necesaria el billete ni la pinta de galán; simplemente, leías historias cortazarianas y eso era suficiente. También podías contar que, gracias a tales lecturas, derivaste en otras aguas, como en las de Roberto Arlt, Felisberto Hernández, o empezaste a escuchar el saxo de Parker, el violín-trompeta de Julio De Caro o la voz de Billie Holyday.

 

Había cortazarianos de verdad. No se perdían palabra suya. Y a veces parecían una creación del escritor al que amaban. Sabían todo de él: sus obras, sus gustos, sus noviazgos, sus matrimonios, su posible homosexualidad, sus viajes, lo que estaba en una página, lo que quedaba en otra. Admirables admiradores. Supe de uno, al que poco conocí, que pudo haber sido el mayor cronopio de los días de la universidad. Estudiaba periodismo y escribía notas en el periódico El Mundo, de Medellín. Se llamaba Diego Medina, una auténtica promesa, según hablaban, de la crónica y, por qué no, de la literatura. Murió en un accidente y en su entierro sus amigos depositaron en la tumba en vez de flores todos los libros de Cortázar. Sin embargo, había otro personaje, no tan cortazariano, pero sí muy parecido al escritor, no solo por sus manos grandes y su estatura, sino porque, como el argentino, padecía el síndrome de Marfán, que afecta los huesos, los tejidos, el corazón y otros órganos, y tiene la particularidad de hacer crecer hasta su muerte a quien lo sufre. Se llamaba John Ospina, un revolucionario que combinaba las lecturas marxistas con las de escritores norteamericanos y un día decidió abandonar la ingeniería para dedicar todo su tiempo a la literatura y el periodismo. En esas descubrió Rayuela y ya no hubo manera de detener su pasión por las obras de Cortázar. El síndrome se lo llevó prematuramente en el mismo año en que murió el “cronopio mayor”.

 

Ospina, además, la facilidad de hablar de los records de Cochise o de Eddy Merckx como de El dieciocho brumario de Luis Bonaparte o de las alineaciones más célebres del Atlético Nacional. Y en cualquier café podía sentar cátedra sobre Jack London, Pelé o las coperas de viejos bares de Medellín. Cuando descubrió, después de los treinta años, que lo suyo eran la literatura y el periodismo, se encerró a leer novelas, cuentos, manuales de comunicación, enciclopedias de cine, a realizar programas radiales de difusión literaria, y, claro, a seguir proclamando donde hubiese audiencia las causas de los males del país, sin dejar de lamentar por qué tanta gente se tenía que perder las lecturas de obras como Rayuela. Ospina se distinguía no solo por su más de 1,90 de estatura sino porque no era de los que aprietan el dentífrico desde abajo. Era un tipo en permanente estado de sitio.

 

Ahora, mucho tiempo después de la muerte de Cortázar (12 de febrero de 1984), es el momento de pararse en los puentes, de dejarse mojar por la lluvia, de darle una despedida digna a un paraguas destrozado por el viento, de buscar lectores de parque, como los de aquellos días de refriegas callejeras. Con Cortázar sucede que la ficción se vuelve realidad, o al revés, y por eso torno a ver la muchachada con sus mochilas gordas de libros, como un modo de conservar los recuerdos, que a veces hay que envolverlos en sábanas negras, como cualquier cronopio. Volvemos a la excursión cortazariana, sin instrucciones ni manuales, porque él, precisamente, nos enseñó otra manera de ser libres. Ahora sí me iré a envolver acelgas en las hojas de este diario, aunque la tinta es tóxica y ciertas historias, también.

Julio Cortázar