Don Leo, el de las empanadas gardelianas

(Retrato de un argentino que trajo nuevos sabores y tanto tango a Medellín)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Y desde el sur, y con el corazón mirando al sur y los proyectos al norte, llegó —montado en un viento de premoniciones de gloria— un argentino a Medellín. Era un gastrónomo, hincha de Vélez Sarsfield, que en una escuela especializada había “medio aprendido cómo envenenar a la gente”. En Buenos Aires tenía dos confiterías, una en Palermo; en el Barrio Norte, la otra. Era, según sus palabras, un trabajador maniático, con jornadas de vigilias y amaneceres, sol y luna juntos. Y medialunas, para saborear y vender.

 

Tanto laburo (y como decía un poeta: trabajar cansa) lo fatigó hasta el punto de que su médico le recetó un viaje terapéutico. Y que dejara de pensar por el momento en tantas deudas. Y en tales preparativos estaba cuando desde la lejana Medellín, sí, allá donde Gardel se tornó cenizas y mito en llamas, le llegó una carta de la cantante y saxofonista argentina Tita Duval, dueña con el marido (Roberto Rey) de un estadero de fama, El tambo de Aná: “Venite para Medellín. Aquí está el futuro”. El portador de la presagiadora invitación era otro cantante: Oscar Larroca, admirado por malevos que ya no son y otros camajanes de las barriadas de Medellín, Bello, Envigado, Itagüí…

 

Era una epístola en la que el impreciso azar, el aleatorio destino, ya configuraba una hoja de ruta para Leonardo Nieto. Aterrizó en Medellín en diciembre de 1960, comenzó negocios con Tita y el cónyuge de ella, pero tal determinación, venirse de la bella y misteriosa Buenos Aires hasta la provinciana e industrial ciudad de la “Eterna primavera”, casi le cuesta el divorcio. Su esposa y sus dos pequeñas hijas se habían quedado allá, mientras él, padre y esposo, se hartaba de lidiar borrachos, a los que, a veces, había que cargar hasta la salida.

 

En marzo de 1961, cuando ya su familia estaba en la ciudad, Leonardo y su hija mayor, Graciela, caminaban por la más seductora calle de entonces, la elegante y plural Junín. Y de pronto, la mirada avizora del gastrónomo se detuvo en los avisos y disposiciones de una repostería (después supo que era de unos catalanes, que la tenían desde 1957) llamada Versalles. Quizá le llegaron los aromas de una nueva vida. Los dueños la querían vender porque no había mucha clientela.

 

Y Leonardo Nieto la compró el 15 de agosto de 1961, la convirtió en una popular pastelería y heladería, que de pronto se vio atiborrada de consumidores de tinto y gaseosas y pandeyucas en forma de medialunas. Los “desplatados” se podían quedar allí el tiempo que quisieran con un pocillo de café, escuchando una hipnotizadora música ambiental. “Una vez, a una dama se le cayó el buñuelo, que rodó por todo el salón. Desde entonces seguí sacando buñuelos ovalados”, me dijo en una entrevista de septiembre de 1996.

 

Junín, la de los almacenes de lujo, la que ya tenía desde 1930 la repostería Astor, y en la esquina con Caracas, sobre la misma acera de Versalles, al café Miami; al frente los billares Metropol, y a media cuadra el exclusivo Club Unión, era una calle ineludible. La recorrían estudiantes del Cefa, con uniforme azul celeste a mitad de pierna, y toda una diversa muestra de viandantes. En la esquina con La Playa todavía estaba el edificio Gonzalo Mejía, con el Teatro Junín y el Hotel Europa.

 

Versalles se apegó al paisaje urbano. Se hizo parte imprescindible de la calle más sonada de la ciudad. Aquel café-repostería-restaurante  (que ya se parecía a una confitería porteña), comenzó a oler a churrasco y jugo de mandarina y pan francés. Después, se harían celebérrimas las empanadas argentinas. Al poco tiempo de su instalación, la tropilla de nadaístas, a la que habían expulsado del Miami, se hospedó en las mesas y sillas del lugar.

 

Llamaban la atención los “espanta beatas” del nadaísmo, entre los que estaban Gonzalo Arango, Dariolemos, Amílcar U, Jaime Espinel, Eduardo Escobar y otros. “Eran unos locos mansos. Dariolemos fue el que habló conmigo. Le dije que no me molestaba su visita. Yo venía de Buenos Aires, de todo el existencialismo. Y quería tenerlos ahí”, me contó Nieto en la citada entrevista de 1996, en la que agregó: “Hicimos un pacto: les dije que podían estar tranquilos en Versalles, pero que me colaboraran: en las horas pico, cuando yo trate de hacer un peso, ustedes me dejan el salón y después regresan”.

 

Los nadaístas, según Leonardo Nieto, más conocido como don Leo, constituyeron una suerte de prescripción contra el tedio. También una prohibida tentación para las colegialas de entonces, que pasaban por el frente y los observaban de reojo, para que el pecado fuera leve (o venial) y no mortal.

 

Dado el don de gentes de don Leo, Versalles se erigió en atracción de universitarios, intelectuales, profesores. También de los miembros de las ligas de atletismo y ciclismo, que allí tuvieron su sede. Por allí peregrinaron Cochise y el Ñato Suárez. El escritor Manuel Mejía Vallejo escribió, en el mezzanine, parte de su novela Aire de tango. La crítica de arte argentina Marta Traba estuvo entre sus continuos visitantes, lo mismo que teatreros como Santiago García y Enrique Buenaventura, en su paso por Medellín.

 

Versalles se colmaba de pintores, poetas, abogados, periodistas… En algún momento de su historia, Radio Visión realizó allí el Café del Deporte. Por el salón desfilaban futbolistas argentinos, y recalaron escritores como Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, en distintas fechas.

 

El técnico de fútbol Osvaldo Juan Zubeldía, que lo fue antes de Estudiantes de La Plata, vino como entrenador al Atlético Nacional dados los buenos oficios de don Leo. Se conocían desde 1949, cuando ambos prestaron servicio militar en Junín, Argentina. A Zubeldía, don Leo lo bautizó como el “Piazzolla del fútbol” y así lo recomendó a Hernán Botero, entonces dueño del equipo.

 

Se puede decir, sin ambages, que tener un café, un restaurante, un lugar incluso como Versalles, no constituye mérito alguno. No sería más que un asunto comercial. Sin embargo, don Leo trasciende su salón y se torna un impulsador de cultura, en particular del tango. Los festivales internacionales del género fueron su aporte invaluable. Era el alma de aquellos en los finales de los sesentas y comienzos de la siguiente década.

 

El primer Festival Internacional de Tango, en 1968, en La Macarena, en el que participaron, entre otras estrellas, Aníbal Troilo, Edmundo Rivero, Tito Lusiardo, Tito Reyes, Enrique Dumas y Alba Solís, fue una concepción del dueño de Versalles. En alguna conversación con don Leo, se le encharcaron los ojos al recordar aquellas jornadas sesenteras de poesía, danza y música. Recordaba con emoción al bailarín Lusiardo, cuando decía, de rodillas, en un junio gardeliano de Medellín: “Carlitos, he llegado a este escenario para rendirte un homenaje, no con palabras sino con filigranas”. Lo único que Tito cobró para presentarse en esta ciudad, según don Leo, fue un frasquito de perfume para su esposa.

 

Relevantes artistas del tango llegaron a Medellín por las gestiones de Nieto, fundador de la Casa Gardeliana, en el barrio Manrique. Amigos suyos fueron Alberto Podestá, Ernesto Baffa, Osvaldo Berlingieri, Roberto Rufino, Roberto Ayala, Osvaldo Pugliese, Edmundo Rivero, Aníbal Troilo, Aníbal Arias, Osvaldo Montes y toda una pléyade de tanguistas.

 

La Gardeliana fue un sueño cumplido (una utopía) de un argentino-colombiano, que durante más de cincuenta años ha “hecho ciudad”, impulsado la cultura, dado toques exquisitos de gastronomía y puesto todo el corazón y el cerebro para que la presencia del gotán siga creciendo en Medellín. La muerte de la Casa Gardeliana, como un templo del tango (“la novia más cara” de Nieto), fue una especie de puñalada letal a un hombre que dejó parte de sus ánimos y afectos en su creación.

 

La figura paternal de don Leo goza del cariño de varias generaciones de medellinenses. Y su salón de té, café y churrascos sigue ahí, como un testimonio de calidad y de encuentros gozosos. Nacido en 1926, en Devia, Argentina,  Don Leo es parte sustancial de la cultura del tango, de los nuevos sabores que introdujo en la ciudad desde 1961 y de historias de bandoneones y filigranas dancísticas. Tiene alma de gorrión y de violín, y la generosidad repartida por todo su ser.

 

Supongo que todavía debe revivir con emociones jóvenes el momento cumbre en que un cantor de malevajes le entregó una cartita en la que unas palabras invitadoras pintaban futuro en la ciudad donde ardió sin consumirse el Zorzal Criollo. Y aunque su corazón siga mirando al sur, don Leo es y será de la urbe que, como misteriosa brújula, le marcó su norte.

 

Leonardo Nieto en el acto de entrega de la Gardeliana al Municipio de Medellín.

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Calle de café hablante y cines extinguidos

 

(Junín, la de la elegancia y la poesía ambulante, un paseo con lazos familiares)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hay lugares de la ciudad en los que uno se siente no solo libre sino arropado por una sensación de seguridad (no en el sentido policíaco) dada por una especie de pertenencia, de familiaridad, de ser parte de una atmósfera, de un entorno que puede ser que ya no esté más, o de una raigambre intangible. Ahí, en esos ámbitos en los que es posible desde un dèjá vu hasta un “salto adelante” (flash-forward), como en ciertas películas o narraciones literarias, uno puede tornarse invisible o convertirse en parte de una sustancia del paisaje.

 

Ahí, en esos espacios urbanos (no sé si en los campos suceda algo similar), por los que uno ha transcurrido, visto el tiempo, sentido el ir y venir del mundo, escuchado voces que a veces son corales, a veces las de un solo hombre (o mujer) o la de un pájaro de ciudad, hay unas ataduras con tal geografía (que puede ser metafísica), como si fuera un nido, una techumbre acogedora, o la prolongación del hogar. Allí se reúnen, como en algún poema, lo ido y lo recuperado, pedacitos de porvenir y siluetas del pasado.

 

Son territorialidades que se incorporan en nuestro ser, en los sentidos, en memorias que se esconden durante años y resurgen en momentos críticos, o de fe (no teológica), o vuelven en el brillo de una vidriera, en el rumor del viento en un almendro umbrío, en la forma de caminar de una muchacha. Van con uno, sin desprenderse, con certidumbres adquiridas tal vez por las insistencias, las permanencias. A algunos les pasa en una calle o en una manzana, quizá en un parque, en el patio viejo de la escuela, en un antejardín, o en una manga de barrio donde años ha se jugó al fútbol.

 

Son conexiones con el misterio, se podría decir con cierta irresponsabilidad. O con momentos intensos que marcaron un itinerario, que otorgaron carácter o produjeron asombros y curiosidades. No hay, en esencia, una explicación racional a ese sentir. ¿Por qué aquí, en esta zona o calleja o espacialidad me siento como en mi salsa, en mis fueros, como si hubiera un cordón umbilical, ligadura maternal con una física, con una materialidad? Se podrá decir que se trata de vivencias sucesivas, de repeticiones, de estares continuados. O de idas y regresos. Sí, es posible.

 

A mí todas estas perplejidades y disposiciones anímicas me suceden en la carrera Junín en su recorrido de La Playa hasta el parque de Bolívar, en Medellín. Debe ser por tantos vaivenes desde tiempos añejos, cuando de adolescente iba y venía por esa pasarela en la que había vitrinas de elegancia, y sobre las cuales jamás aplasté la nariz contra el vidrio, y clubes de oligarcas, a los cuales entraría mucho tiempo después, y más que todo a labores de periodista (eso sí, sin corbata) o a celebraciones pagadas por la empresa donde trabajaba.

 

Quizá se deba a las entradas a la Librería Nueva, cuya vitrina de ofertas era siempre una convocación, o, sobre todo, cuando dejaba de ir a clases que trocaba por el cine María Victoria o por las salas Junín 1 y 2, cuando ya se había erigido el edificio de una prepotente textilera y derrumbado el que muchos todavía consideran como uno de los mejores teatros que había en América Latina: el Junín (aniquilado en 1968). Por aquellos días no era una atracción juvenil el Astor, con sus moros y chocolates, y sus mesas plenas de vejestorios. Tampoco el estadero Doña María, en un segundo piso, en el que durante años un cantante criollo imitaba a un cantante argentino, el de “mi tristeza es mía y nada más”, Ninguno de los desclasados que por allí pululaban aspiraba a entrar en el Salón Dorado del Club Unión, pero, junto con almacenes de prestigio y supermercaditos que entonces eran una novedad, el ambiente era familiar. Como si todo nos perteneciera, incluidas las camisas elegantes de Zhivago o los avisos de neón o las vajillas de plata del salón de té.

 

Y por esos caminares (que entonces Junín era para transeúntes y vehículos) uno derivaba aunque no se lo propusiera en el Salón Versalles, que olía a pan francés y café caliente. Al principio, uno pasaba y miraba y no entraba; imaginaba el interior, con sus mesitas de manteles blancos y sus cuadros en las paredes, y de pronto veía el ingreso de tipos de pantalones coloridos y melenas abundosas, con aires de desprecio de la mundanal cauda de pasantes de esos contornos. Al final de la calle estaba, sobre la derecha y en una esquina en la que Junín se abrazaba a Caracas. el que el imaginario denominaba el “teatro de las sirvientas”, el cine Aladino, al que jamás entré, más que todo porque su cartelera era poco atractiva. El Dux, en la misma acera de Versalles, tuvo momentos de gloria y había de vez en cuando películas de enjundia.

 

Aquel tramo, que ya para uno oscilaba entre el mito y la posibilidad de callejear sin tener que dar cuenta a nadie de aquellos recorridos, se introyectó en nuestras maneras de ser, de andar, de mirar, que a veces se desviaba de aquella riada por unos pasajes que en su momento eran una revolución en el urbanismo: los pasajes comerciales, con almacenes de discos, de ropas finas y dependientes bonitas, que formaban un tejido laberíntico con Palacé, la avenida Primero de Mayo, Maracaibo, con más cines, como el Ópera (enseguida estuvo en un tiempo un lugar de lujuria, llamado Rigoletto y diagonal, la Librería Aguirre), y el Metro Avenida (hoy convertido en entidad bancaria), la Librería Continental, el café Internacional y el Monterrey, que tenía entradas por Palacé y la Plazuela Nutibara.

 

Aquellos perímetros, de tanto frecuentarse, eran como una prolongación de la casa. El corazón de los recorridos era Junín, pero las otras calles se vinculaban como venas, parte de un torrente urbano que me alimentaba con paisajes, todos los días distintos, nuevas muchachas, nuevas películas, como las que íbamos a ver al teatro El Cid, al Odeón, al Lido, y después, cuando el cine era parte de una manera de vivir, al Libia, último bastión de la ciudad en el que se podía apreciar el cine-arte (bueno, una derivación tardía de este fue Cine Centro, que también se murió).

 

Años tantos en ese periplo por una calle con accesorios, con prolongaciones, con ecos de un tiempo en el que, a veces, poco importaba el reloj, me fue conformando con respecto a esa parte de la ciudad, una especie de cordón umbilical. Calle-madre, calle con aliento de poetas locos y muchachas bonitas, con tipos de camisas floreadas y futbolistas argentinos y periodistas en Versalles. Con un café de toda la tarde, con palabras sin agotamiento, en una mesa por la cual, de vez en cuando, se paseaba una empanada argentina y un recuerdo de la sonrisa de Gardel.

 

Ahora, cuando no están ni la librería, ni los teatros, ni las vitrinas con ropas de distinción a altos precios, ni el cantante que imitaba a Leonardo Favio, ni una que otra gitana que a veces quería decirte cuán larga sería tu existencia y cuán afortunada, cuando los ricachones del club se fueron a lucir sus caudales a sectores alejados de lo que ellos llaman el “populacho”, aquella calle de inevitable historia, de educaciones sentimentales, sigue pareciéndome un oasis, un breve espacio para ser y no ser, que el hombre —lo dijo no sé quién— es ondeante, cambiante, pero, con todo, es parte de una calle, de una cuadra, de una entrañabilidad de adobes y cemento.

 

Paso cada tanto por la pequeña avenida y tal vez lo único que me sigue siendo familiar es Versalles, con sus rosetas y cafés cantantes, sus cuadritos de fútbol y tango y los recuerdos de mesas en las que hablábamos sin censuras ni cortapisas con un café que duraba más que cualquier flor. Y en cada travesía por esta callejuela impredecible (e imprescindible) vuelvo a sentir una voz que me dice que soy parte de un paisaje de neones, fotógrafos ambulantes y librerías inexistentes.

 

(A Carlitos Spitaletta, que me preguntó en qué parte de la ciudad me sentía tranquilo. La otra, es la U. de A.)

 

Aspecto de la carrera Junín, entrada al antiguo Club Unión, hoy un centro comercial.

Amado y odiado centro de Medellín

(Crónica-ensayo con muchachas bonitas y hedores a orinal callejero)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

Todavía existía el parque Berrío y creo que el edificio del periódico El Correo, y había una cafetería en la esquina de Boyacá con Palacé, de nombre Pasapoga, y el mundo de la parroquia, antigua Villa de Medellín, era menos agitado en cuanto a tráfico vehicular, con poca gente, con algunos ladrones de calle, uno que otro asaltante de bancos y con feligreses (que no han faltado, aunque sí disminuido) entrando y saliendo de la blanca basílica de La Candelaria.

Alguna noche, como a las ocho, estaba cruzando Bolívar, sobre la calzada con sentido sur-norte, cuando un carro aceleró de súbito. Mi juventud y energía (y el instinto de conservación) permitieron un salto largo, que ni un atleta cubano de aquellos tiempos lo hubiera ejecutado y el vuelo me trasladó hasta el otro lado. El de la camioneta siguió como una exhalación y se quedó con las ganas de un atropellamiento. Tal vez era alguien que se creía dueño y señor del mundo. Quizá lo atravesaba alguna perversión. A lo mejor, solo quería divertirse y siguió raudo, muerto de la risa. Eran días en que todavía no estallaban carro-bombas, ni había pistoleros en las calles disparando sobre alguna víctima, ni jíbaros en las esquinas, ni tanta prostituta ni prostituto juntos.

Digo que todavía estaba completo el parque Berrío. El metro (cuya construcción ha sido la más cara del mundo) no lo había cercenado. No era aún una estación, que a eso se redujo la que fue la Plaza Mayor y perdió toda gracia. Pena sería decir ahora, como se solía: “yo nací en el parque de Berrío”. Qué tal. Hoy es un lugar sin identidad, variopinto sí, con un paisaje desordenado, sucio y en el que no falta el carterista, ni el “dedos rápidos” que con habilidad te sustraiga el Parker del bolsillo de la camisa.

En el llamado Perdón de La Candelaria, donde antes estuvo el bar Pilsen (el orinal más famoso de hace años en el parque Berrío), y las librerías América y Científica, y todavía pervivía el entejado donde arrojaron a fines de los sesenta partes del cuerpo despedazado de Ana Agudelo, ascensorista del edificio Fabricato, uno de los símbolos arquitectónicos de la burguesía paisa, no había entonces, como hoy, un mercado de pornografía, películas piratas y otras misceláneas.

La ciudad industrial de aquellos días, con chimeneas y obreros por doquier, con abundancia de cantinas y almacenes, y eso para no hablar de las cacharrerías, que somos negociantes y vendedores de baratijas, era el orgullo de la paisanada. Y por esas callejas, por la Plazuela Nutibara, impecable, con su cacique esculpido por el maestro Pedro Nel Gómez, era un lujo caminar, con la librería Continental en una esquina; el hotel más célebre de la historia del siglo XX, en otra; con el palacio de gobierno (hoy palacio de la cultura), una excentricidad de un arquitecto belga, en fin, que por ahí había mucha cosita atractiva, se andaba con sabrosura, es decir, con la cabeza en alto y sin sentirse perseguido o vigilado.

Y si se estaba por la Primero de Mayo, una diagonal que era una mezcla de edificios limpios, con un cine que tenía una pantalla para películas de setenta milímetros, y había un edificio cargado por dos Atlas que a uno le daban  agonías y cansancios ponerse a mirarlos, por ahí, que de noche era centro de serenateros y merenderos, con olor a buñuelos y empanadas, con aires de aguardiente, si se paseaba por allí, el ambiente era convocador.

El centro de la ciudad era, digamos hasta los setentas, o un poquito más acá, lo más atractivo de Medellín. Una primorosidad. Con cara de muchacha bonita, como lo calificó un cronista. Junín, calle-pasarela, alborozo de poetas de chaqueta roja y melenas revueltas, de futbolistas argentinos, de jugos de mandarina tomados por muchachas del Cefa y de La Presentación, con almacenes de caché y donde los ricachones tenían su club de exclusividades. Cuando tumbaron el teatro Junín y el Hotel Europa, y en su lugar la burguesía industrial erigió un edificio en forma de lanzadera, la calle de las elegancias perdió cartel. Ganó en altura, mas sufrió un desánimo, y se fue ulcerando. Pudriendo.

Una cosa muy distinta era caminar por La Playa, sobre la cubierta quebrada Santa Elena, cuando todavía había rastros de una que otra quinta de familias de la “high” o mejor de la “jai” (jai-jajai-jajai, se reía una vendedora de aguacates después), con ceibas y búcaros, con olores a pan fresco y sonidos de pianos y sonatas beethovenianas, con la vigilancia de los mismos bustos que todavía siguen ahí, impertérritos, de curas y próceres y bandidos de la Conquista, en fin, que una manera muy diferente era aquella a la de hoy, cuando hay hedores a meado, a mierda, a alcantarilla, y con un vaho infernal de exostos y otras tuberías.

Sí, claro. Se sabe que todo tiene que cambiar, pero hubiera sido mejor hacerlo con belleza, con historia, con preservaciones patrimoniales, con huellas de lo que hubo y corazonadas de lo que vendría, pero no así. Qué desencanto. El centro (ya no histórico sino símbolo de abandonos, de territorios disputados por delincuentes organizados, de decadencia y desamparo) se tornó como una tierra de nadie, de aquella que en la Primera Guerra Mundial era, en Europa, una sucursal del infierno. En la tierra de nadie se podía encontrar una bala, un enredarse en alambres de trinchera, un bayonetazo…, un cadáver.

Era un espectáculo escuchar los domingos a la matinal la Banda Sinfónica de la Universidad de Antioquia, cargar periódicos bajo el brazo, ver a don Mario recostado en la base de la estatua ecuestre de Bolívar fumándose un puro, observar cómo los cacorros se babeaban con los culos embluyinados de los adolescentes que iban a chupar cono a Helados San Francisco, y cómo una que otra lesbiana mimetizada se entraba a tomar café al Sayonara. Era emocionante ver las carteleras del teatro Lido y pasar de largo por las del Aladino, un cine depresivo (era para las sirvientas, según decía algún arribista) que quedaba contiguo a la mansión de un Echavarría.

Y no es que ahora no sea una atracción (a veces fatal) ver caminar los travestis, observar cómo se engolosina en las bancas algún amurado, escuchar las cantaletas y baboserías de los que dicen ser exégetas y hermeneutas bíblicos, pero es que lo que se respira es un ambiente decadentista. Tampoco es que antes fuera la gran maravilla, pero sí era posible ver desfiles de muchachas de colegio y de señoras elegantonas, que tal vez estaban tras la búsqueda de algún machucante o amante de ocasión.

Antes, claro, eran chéveres los cines, las heladerías, los almacenes de ropa fina, las milhojas de Maracaibo, las maneras cautas de entrar de los espectadores al cine Sinfonía (que sigue ahí, como si nada pasara), escuchar desde afuera un cantantico que imitaba a Leonardo Favio (que para algunos no cantaba, mugía) y caminar por los pasajes comerciales. O entrarse al teatro María Victoria, que un día se quemó. O ver vitrinas, que en otras ocasiones también se rompían al paso feroz y raudo de los estudiantes de la U. de A. en tiempos de gritos, manifestaciones y consignas en defensa de la educación popular.

Sí, digamos que era una bacanería pasearse por Palacé, entrar al Libia (el cine más exquisito de la ciudad, en Perú entre Palacé y Venezuela), hacer esnobismo en el bar giratorio, tomarse un whisky en alguna de las tabernas refinadas del sector, sentarse horas y horas en Versalles, a punta de tinto, sin que el dueño, un argentino pleno de simpatías, se molestara. Había cierto encanto en caminar por Bomboná y Pichincha y Ayacucho, darse una vuelta por El Palo, que era una calle solitaria en la que había una o dos panaderías de renombre, ir a los Martes del Paraninfo (sí, a escuchar a Sábato, Benedetti, Gonzalo Arango, Horacio Ferrer…) y entrar a El Cid, al Ópera, meterse un rato al bar Rigoletto, buscar en Sucre algún reservado para darle trabajo al dedo del corazón, o entrar al Odeón a ver por ejemplo Oliver Twist, un musical intrascendente que después hacía que muchos leyeran, motivados, la novela de Dickens.

Me parece que era una especie de aventura poder pegar en el muy ancho y alto muro de El Correo un dazibao sobre los cincuenta años de la masacre de las bananeras, que luego brigadas godas bombardearon con tinta azul. Y erigir en el parque Berrío una tribuna de altura inverosímil para conmemorar un Primero de Mayo. Era —como decían las señoras— rico ir al centro, porque si había uno que otro tipejo que les cortaba con navaja o cuchilla de afeitar la cartera, no predominaba el miedo.

El centro era un imán. Y otras cosas: las ganas de recorrerlo. La gracia de una vitrina organizada con gusto. Una posibilidad de sabores distintos. Una probabilidad del enamoramiento. El quedarse mediodía o más, en una librería, aunque no se comprara ningún libro. Ah, sí, claro, éramos parroquia, y todavía no había crecido el narcotráfico, ni se había reventado la industria, ni se habían marchado de ahí las empresas emblemáticas de los burgueses.

¿Por qué se deterioró el centro? ¿A qué se debe el estado de sitio permanente en el que vive y se ahoga? Diagnósticos a granel. Que las Convivir y otras bandas criminales se apoderaron de esa geografía fundamental de la ciudad. Que el burocratizado Estado municipal poco está interesado por la cultura, la historia, el patrimonio, y ha pactado (o convivido) con lo ilícito. Que hay una presión para rebajar el precio de la tierra, de las propiedades, de parte de mafias y otras estructuras delincuenciales, para luego engordar a urbanizadores y constructores de “edificios tuguriales”. Abundan las interpretaciones.

Sea cual sea la causa, que puede ser el neoliberalismo que quebró empresas nacionales, que abrió puertas al contrabando, que privatizó y ferió lo público, el centro es una “cueva de ladrones”, un eco de la inequidad y de los abusos del capital financiero, que ha llenado de pobrezas a los más pobres, y enriquecido a los que más tienen. Son múltiples las presiones contra esa parte clave de la urbe.

Sin embargo, con todas sus defecciones y despelotes, el centro sigue ejerciendo una especie de hipnosis, de irresistible atracción, como la de los cantos de las sirenas de Ulises. Su caos es una manera de lo inevitable, de aquello que hay que tener como una propiedad de todos, así sea por momentos repugnante o agresivo. Su ir y venir es parte de lo multitudinario, de los anonimatos proporcionados por la ciudad moderna. O tal vez, por la ciudad deshumanizada. Tal vez está hecho hoy para el afán, para que nadie se detenga y no mire atrás ni arriba. El cielo parece no ser parte del centro.

Quizá muchos no verán en la Oriental, una avenida sin identidad y sin casi ningún sentido de pertenencia colectiva, el hospedaje de loras de la tarde, que canturrean y gritan al principio y luego se posan para aquietarse en algunos árboles junto a los cruces con Caracas y Perú. Porque es la hora de los retornos. Y de las huidas. Ni observarán a ninguna hora la escultura de Ramírez Villamizar, o el mural de la clínica Soma, ni la fachada todavía sugerente y ancha de la Casa Barrientos. Tal vez a nadie le interese mirar el cordero pascual del frontis de la iglesia de San José o detenerse en la belleza que todavía conserva en sus arquitecturas la plazuela de San Ignacio.

El centro, al que le faltan zonas verdes, jardines, más árboles, más pájaros, menos “carramenta”, y reducir sus niveles de contaminación, es la manera de ser de la ciudad. El espíritu de lo urbano, el ethos citadino, se lo otorga esta sección de una Medellín que no es más que una revoltura de carencias, desafueros y privilegios minoritarios. Cuando en la periferia, o en la mayoría de esta, haya altos modos de vivir, sin atropellos a la dignidad, cuando el progreso sea para todos, entonces el centro se transformará.

El centro nos transmite nuestras maneras de ser como polis, como conglomerado social, como habitantes de una villa, que muestra numerosas miserias y maquillajes. ¿De quién es el centro? ¿Quién lo domina, quién ejerce el poder en su territorio? No es que antes fuera una arcadia, pero había más sentido del otro, de los otros, de lo colectivo. De arribar, los de afuera, a un lugar que ofrecía ciertas estéticas, que iban desde los bultos de maíz y arroz en las tiendas de abarrotes, hasta las elegancias expuestas en los escaparates de avenida. Una mezcla milagrosa de proletarios y burgueses.

¿Cuándo se jodió el centro? ¿O siempre estuvo jodido y no nos habíamos enterado? Tal vez hubo otros embelesos, otras formas de la enajenación. Puede que haya pistas del desastre en las novelas de Carrasquilla, en las palabras de Fernando González, en las caricaturas de Rendón, en la revista de los Panidas, en alguna diatriba de Gonzalo Arango, en dos o tres obras de Fernando Vallejo. Y hasta en El Obrero Católico y en las mentiras de tantos periódicos con informaciones amañadas y tendenciosas. ¿Quizá todo sea una venganza (¿de quién?) contra las humillaciones, los paternalismos interesados, los discursos disimuladamente clasistas de las elites contra los desposeídos?

Bueno, por ahora, poca sociología hay en un caminante que observa fachadas descaecidas, el orgullo de algunas caras sonrientes porque ven pasar el nuevo tranvía, las pocas huellas que han quedado del trasegar de otras generaciones por la ciudad. Ahora, que estoy buscando un bazar de buhonerías para celulares por una esquina de Boyacá con Bolívar, memoro cuando en esta calle que el metro despedazó, que tenía un separador central, y en una esquina estaba el Banco de Londres y en la otra el edificio de Coltabaco, sí, en esta calle larga que recuerda el apellido del Libertador, al cruzarla una noche, un endemoniado vehículo quiso pasarme por encima. Cuando el chofer aceleró, mis reflejos me hicieron descubrir, tardíamente por lo demás, que yo hubiera podido ser un destacado atleta de salto largo.

Plazuela de San Ignacio, Medellín (fotografía tomada de internet)

Responso por una librería difunta

Por Reinaldo Spitaletta

La noticia me la envió una señora de Milán, que tiene el mismo apellido mío, y que debe provenir de un tronco común de los Spitaletta, originarios de un pueblito al sur de la Italia, Tocco Caudio: se ha abierto una librería en un barrio de Nápoles, en Vomero, situado en una de las suaves colinas de la histórica ciudad. Y casi al mismo tiempo, voces trágicas me anunciaron el cierre de una clásica librería de Medellín, la vieja Librería Nueva, sita en la carrera Junín, frente al edificio Coltejer, y en la que durante decenas de años, los transeúntes hacían una parada ante su vitrina ineludible a apreciar las novedades bibliográficas.

Junín, que por mucho tiempo fue la calle pasarela, la de las modas, la de los almacenes finos, la de salas de cine y poetas desventurados, que albergó al edificio Gonzalo Mejía, en la que estaban el Hotel Europa y el nunca bien lamentado Teatro Junín, este paseo hoy peatonal hospedó la librería que en otros tiempos era una de las imprescindibles, como lo fueron, por ejemplo, La Pluma de Oro, la Continental, la Aguirre, la América (todavía está en el Perdón de La Candelaria), la Dante y la Científica.

Medellín, ciudad de industrias y comercios, de plusvalías y ricachones de barriga protuberante, también, pese a sus amores más por las letras de cambio que por las literaturas y las artes, fue una ciudad de librerías en el siglo XX. Algunas de ellas, claro, más dedicadas a la venta de libros cristianos y doctrinarios, que en ciertos días, más bien de nubarrones oscuros, había dietas literarias y la Iglesia advertía sobre lo que se podía o no se podía leer. Para las vigilancias y controles, estaban, por ejemplo, las juntas de censura, periódicos como El Obrero Católico y las pastorales de los monseñores.

La Pluma de Oro, fundada en 1912, en Palacé con Ayacucho, se dedicó a la promoción de la literatura y a los libros de humanidades. En 1926 la adquirieron los hermanos Guillermo y Emilio Johnson, y pasó a Carabobo con Ayacucho. En 1981, la cerraron, cuando ya estaba en Palacé con Caracas. Y tal vez una de las más célebres y sonadas fue la librería de Antonio J. Cano, más conocido como el Negro Cano, con tertulias y congregación de intelectuales y otros desocupados en una ciudad dedicada al trabajo y a la consecución de plata.

Por donde el Negro desfilaron desde Tomás Carrasquilla, algunos miembros de Los Panidas, Francisco de Paula Rendón, Alfonso Castro, Tulio González, hasta Sofía Ospina de Navarro, Luis López de Mesa y Fernando González, entre otros. Cano, por lo demás, también escribía poesía y, como diría uno de los libreros más prestigiosos que Medellín ha tenido, Rafael Vega Bustamante, el hombre engalanó la profesión de librero. La librería del grone estaba en Carabobo con Boyacá.

Y en 1926, Luis Eduardo Marín, que era pedagogo, fundó la Librería Nueva, la cual durante muchos años fue distinguida por muchos como la mejor de Medellín. Traía novedades de España y Argentina, y los lectores la visitaban con dedicación y apasionamiento. Su primer local estuvo en Boyacá con Carabobo y luego se mudó al lugar donde acaba de morir: Junín con La Playa. La adquirieron miembros de la familia Donado (uno de ellos creó la Librería Técnica en la década de los cincuenta), fundadores en 1965, de la Librería Científica, cuya primera sede estuvo en El Palo con Ayacucho. Ah, y precisamente, una de las más representativas sucursales de la Científica, en el centro de Medellín, la del pasaje peatonal Boyacá o del Perdón de La Candelaria, también cerró sus puertas recientemente. No hubo lágrimas, ni alaridos, ni registros de prensa.

En 1927, Antonio Cuartas creó una de las librerías más importantes de Medellín, la Dante, que tras tener varios locales y crecer en renombre como en existencia de libros, terminó en uno muy pequeño, en Colombia, entre El Palo y la Avenida Oriental, donde hace algunos años exhaló su último suspiro.  Y así, sin remedio, el centro se fue quedando sin librerías, que se desgranaron rumbo a un imaginario cementerio de las mismas, que nadie sabe dónde está. La Continental, la Aguirre, la Siglo XX, Mundo Libro de la avenida La Playa, tantas otras, se esfumaron.

Muy pocas quedan hoy en el Centro: La América, que nació en 1943, con su fundador Jaime Navarro, y que persiste en un lugar ahora dedicado al mercadeo de piratería de cine y música, pornografía y bagatelas diversas, al lado de la basílica de La Candelaria. Librópolis, en un pasaje comercial sobre Junín; El Acontista, en Maracaibo con El Palo, o la zona Fucsia; y claro, el Centro Popular del Libro, en el pasaje La Bastilla, entre Ayacucho y Colombia, y una que otra de “viejo” o de libros de segunda, como Palinuro, en Córdoba con Perú.

El panorama libresco del Centro de Medellín es cada día más desértico. Algunos utopistas dicen que, por ejemplo, en un sector histórico como el barrio Prado (ahora con vocación cultural) se podrían poner librerías-café. Pero, al parecer, nadie quiere arriesgar su capital en una tienda de libros, y menos en zonas céntricas, donde, por otra parte, predominan las patotas de hampones, extorsionistas y otras calamidades.

Al desaparecer otra librería en Medellín (al tiempo que en otros mapas las abren), evoco los ecos del Pregón del librero, un cantar anónimo del siglo XVIII: “Voy por los pueblos vendiendo libros / vendiendo el alma de los poetas / vendiendo el grito de los profetas / vendiendo ideales / vendiendo ciencias / vendiendo artes…”. Tal vez nos sirva como consuelo. O como un modo de decir adiós a otra librería muerta.