Mayo del 68, la juventud en la historia

(A 50 años de una gesta imaginativa que visibilizó a los jóvenes del mundo)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El mayo francés fue la coronación apoteósica del surgimiento de la juventud, en la década de las agitaciones sociales y la revolución sexual, como protagonista de la historia. Los sesentas, con sus hippies y la marihuana, con su rock y los iconos revolucionarios como el Che y Mao, reventaron viejos paradigmas y propusieron una manera distinta de ver el mundo, de intentar transformarlo en sus estructuras y relaciones. Y aquella consigna de principios del siglo XX, en la agónica Rusia zarista en trance de ser sol rojo, Todo el poder a los soviets, el 68 la trocó por “la imaginación al poder”.

 

Los sesentas parieron una nueva cultura juvenil, en medio de las tensiones de la Guerra Fría, la carrera espacial, la confrontación ideológica entre socialismo y capitalismo y las gestas de liberación nacional de países de África, América Latina y Asia. Nuevos sonidos, el arte pop, la minifalda, la píldora anticonceptiva y las ganas de liberar el cuerpo de ataduras morales, marcaron el carácter de millones de jóvenes, que, a su vez, en medio de las guitarras eléctricas y el ácido lisérgico, también se politizaron, en particular con las protestas que nacieron por la invasión estadounidense a Vietnam.

 

Los jóvenes, inmersos en un frenesí de nuevos discursos, se erigieron en iconoclastas, en seres que, a diferencia del joven romántico decimonónico, no les interesaba tener una muerte heroica, sino vivir para decir que el mundo era suyo. “No vamos a pedir nada. Tomaremos. Ocuparemos”. No estaban hechos para que les prescribieran prohibiciones, ni para pasar inadvertidos o ser parte de la grey. Querían ser ovejas negras. Y el mundo de entonces se prestaba para la creación de una contracultura. Sexo y drogas, pero, a su vez, manifestaciones de descontento social, fueron una especie de hermandad de motivos entre los muchachos que se visibilizaban mediante el ejercicio de la rebeldía.

 

Los sesentas eran un coctel de marxismo, anarquismo y existencialismo, mezclado con el surgimiento del nuevo feminismo y de la reivindicación de los homosexuales (en Inglaterra, por ejemplo, se despenalizó la homosexualidad en 1967). Se juntaron, además, las protestas contra la segregación racial y el interés por la individualidad, por no ser masa consumidora. Y así, ser joven era ya una conquista, una evidencia de la validez de las utopías y los sueños de transformación del orbe.

 

Los jóvenes, a diferencia de generaciones anteriores, estaban inmersos en la politización. Su interés, además de conmocionarse con las nuevas armonías y ritmos, se extendía hasta lo que acaecía en China con la revolución cultural o en Europa Oriental y la URSS con el llamado “socialismo real”. Y, sobre todo, la brutalidad con que Washington sacudía a un país del sudeste asiático, los exacerbó y enfureció, que, aun dentro de los Estados Unidos, las juventudes marcharon con intrepidez para condenar la invasión a Vietnam.

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La indignación universal por el atropello a un país arrocero, pacífico y que ya tenía experiencias de batallas anticolonialistas en su historia, se apoderó de las juventudes. La resistencia vietnamita tenía en jaque al mayor imperio del mundo. Y el líder de ese país, el poeta Ho Chi Minh, se erigirá como otro de los símbolos contestatario de los estudiantes, en particular los universitarios, que van a tener en América Latina una cantora para sus faenas libertarias: la chilena Violeta Parra (se suicidó en 1967) con su “Que vivan los estudiantes, jardín de nuestra alegría, son aves que no se asustan de animal ni policía”.

 

Los bombardeos, la aspersión del agente naranja (guerra química) para deforestar la selva vietnamita, los ataques con napalm y la masacre de civiles en diversos poblados, en particular la de la aldea de My Lai (aunque esta atrocidad se supo después, en 1969, por la investigación periodística de Seymour Hersh), condujeron a jóvenes del mundo a despertar su solidaridad con Vietnam. A principios de 1968, los Viet Cong lanzaron una contraofensiva y en Saigón se apoderaron de la embajada estadounidense e izaron la bandera nacional en el techo. Los muchachos de todas partes celebraron la hazaña.

 

Mientras en Estados Unidos los de los guetos negros sacudían al sistema segregacionista y surgía el Black Power, en la Universidad de Nanterre, en Francia, las manifestaciones estudiantiles, dirigidas por dos Danieles: el Rojo (Cohn-Bendit) y Bensaïd, eran como un vaticinio de lo que vendría como desafío al gobierno de Charles De Gaulle, presidente de la Quinta República. El Movimiento 22 de marzo estalló y fue la chispa que encendió la pradera francesa. Los universitarios pidieron, primero, reformas en distintos aspectos (el de las residencias estudiantiles, por ejemplo) y luego corearon la necesidad de una revolución social.

 

El 22 de marzo, más de un centenar de estudiantes se tomaron la torre central de la Universidad de Nanterre, suscribieron un manifiesto con reivindicaciones políticas y estudiantiles, en una mezcla de tendencias que acogía comunistas, anarquistas, libertarios, “indignados” y otras especies. El 3 de mayo, las autoridades universitarias cerraron Nanterre y el movimiento se extendió entonces a La Sorbona. El 7 de mayo, miles de universitarios desfilaron por el Arco del Triunfo, coreando el himno La Internacional: “arriba los pobres del mundo / de pie los esclavos sin pan…”. Se desadoquinaron las calles parisinas (“bajo los adoquines, la playa”, decía un grafiti) y el 10 de mayo las barricadas se levantaron en el Barrio Latino. Ardía París con la energía revolucionaria de los jóvenes.

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Pero la marejada de protesta no solo se agitaba en Francia. Casi toda Europa, con mayor o menor intensidad, vivió el maremágnum universitario. En Checoslovaquia, a partir de enero del 68, se produjeron cambios en la política y líderes comunistas, que habían sido héroes antifascistas en la Segunda Guerra, proclamaron —a pesar de Moscú— un “socialismo con rostro humano”. Las tropas del Pacto de Varsovia, dirigidas por el Kremlin, aplastaron las flores primaverales de Praga. Este acontecimiento revivió los debates en torno a la URSS y sus desviaciones capitalistas.

 

En Francia, donde crecía la tempestad de los alzamientos estudiantiles, con la nueva categoría social llamada juventud, el espacio se llenaba de consignas, algunas surrealistas, otras absurdas, que convocaban a veces a la felicidad permanente o a la conformación de barricadas (“La barricada cierra la calle, pero abre el camino”), una construcción táctica del enfrentamiento, que ya tenía historia en París, desde principios del siglo XIX, como bien se narra en la novela Los miserables, de Víctor Hugo. El mayo francés congregaba a la muchedumbre juvenil, aquella que advertía que los exámenes había que contestarlos con preguntas.

 

Si bien, en la intelectualidad ya fulguraban, entre otros, Foucault, que antes había proclamado la “muerte del hombre”; y los estructuralistas, como Althusser, y otros (Lukács, Derrida, Glucksmann…), el campeón de la muchachada francesa sería Jean Paul Sartre, que marchó junto con ella, que agitó las manifestaciones, que se tornó una especie de héroe de los jóvenes, con sus simpatías maoístas y su trayectoria de ciudadano contestatario. El filósofo de la libertad, además un extraordinario manejador de lo mediático, se erigiría en símbolo de los alzamientos.

 

El mayo francés, que repercutirá en casi todo el globo, no parecía proponerse la toma del poder político. La huelga general, declarada por los trabajadores (más de 10 millones), en los que los de la Renault cumplieron un rol de enorme importancia, tuvo otras expresiones en los estudiantes, más interesados en aspectos de la cultura que en una revolución anticapitalista. Y si bien entre sus “ídolos” estaban Lenin, Mao, el Che Guevara (asesinado un año antes en Bolivia), Trotski y otros, sus consignas ni siquiera tocaban con los objetivos de una transformación política radical. No contemplaban un cambio en las relaciones de dominación del capitalismo

 

A sensu contrario, había en el estudiantado una suerte de posición sibarita, de hedonismo masivo, adobado con creatividad y espíritu libertario, que les hizo ganar simpatías por doquier. Contagiaban con su energía y vitalidad. Con sus pedidos de lo imposible. Y, como bien lo señaló Ignacio Ramonet, no se proponían, a lo Marx, la transformación del mundo, sino, a lo Rimbaud, “cambiar la vida”.

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Otros de sus faros en las jornadas francesas, en las que participaron más de seiscientos mil estudiantes, eran Herbert Marcuse, con El hombre unidimensional, pero también el desertor de las teorías psicoanalíticas freudianas Wilhelm Reich, un precursor de la revolución sexual y del amor a la libertad individual. Y, como ya se anotó, la estrella del 68 fue Sartre, que habló con los obreros, que repartió octavillas y periódicos y siempre estuvo en primera fila comandando las demostraciones, en las que se puso en vilo la brutalidad policial y represiva del Estado.

 

El mayo francés también reivindicó, y puso en la pared, con una consciencia de estar construyendo memoria, el grafiti, que hizo gritar a los muros con célebres frases que, como suele pasar con las iniciales irreverencias, después se vuelven palabras de camiseta. “Sean realistas: ¡Pidan lo imposible!”. “Prohibido prohibir”, “Desabrochen el cerebro tan a menudo como la bragueta”. Fue una ebullición colectiva, con fondo de acordes roqueros, con confrontaciones entre Bakunin y Marx, entre miembros de la Nueva Ola francesa, como Truffaut y Godard, con reminiscencias de la Comuna de París y resonancias de la consigna del Che: “Crear uno, dos, tres, muchos Vietnam”.

 

Aquellas tormentas, con puestas en escenas de juventud, abarcaron buena parte del mundo. En América Latina hubo réplicas en Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Perú, pero fue en México donde la mecha se prendió con mayor vigor y entonación política. Los estudiantes se tomaron las universidades con reclamaciones de cese a la opresión y finalización del sistema unipartidista, abiertamente antidemocrático. Las manifestaciones pulularon no solo en la capital sino en otras ciudades mexicanas. El ejército ocupó los claustros, por lo que, como lo satirizan algunos tratadistas, hizo que se convirtiera en el “más educado” del mundo. Ya estaban próximos los Juegos Olímpicos de México y el descontento estudiantil crecía. Las tropas iban atropellando a profesores y alumnos; encarcelando a unos y otros, y ya se veía venir la matanza.

 

La represión contra el estudiantado aumentó, debido a que, según las autoridades, las manifestaciones podrían interrumpir la inauguración de las justas olímpicas. El 18 de septiembre de 1968, día en que además murió el poeta español León Felipe, refugiado en México desde la guerra civil, la Universidad Nacional Autónoma de México fue ocupada por la bota militar. El presidente Díaz Ordaz aupó y convalidó el tratamiento arbitrario para intimidar al estudiantado.

 

El 2 de octubre, una enorme concentración popular se agolpó en la Plaza de las Tres Culturas o de Tlatelolco, a fin de escuchar a los líderes estudiantiles. El ejército, la Dirección Federal de Seguridad y el grupo parapolicial “Brigada Blanca” la emprendió a bala contra la multitud, tras las señales dadas por un helicóptero que lanzó bengalas verdes y rojas. El ataque oficial dejó cientos de muertos entre amas de casa, profesores, trabajadores y estudiantes (aunque las fuentes oficiales solo contabilizaron 28) y miles de detenidos.

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A pocos días de la inauguración de las olimpiadas, con decenas de periodistas extranjeros apostados en la capital, la censura oficial se impuso sobre los reporteros. La corresponsal de guerra Oriana Fallaci, que cubría los acontecimientos, fue herida en Tlatelolco. Calificó aquella matazón como una salvajada y también aprovechó para decirle a la prensa mexicana de entonces lo mediocre que era: “¡Qué malos son sus periódicos!, ¡qué timoratos!, ¡qué poca capacidad de indignación!”, afirmó.

 

Con la masacre de Tlatelolco, 1968 selló su colosal testimonio de levantamientos estudiantiles, de protestas masivas contra la guerra de Vietnam, de pensamientos filosóficos diversos, con cuestionamientos tanto al capitalismo como a la política revisionista de los soviéticos. El mundo supo de un novísimo protagonista en las calles, en la historia: los jóvenes. Fue un tiempo de reivindicaciones sociales, de cuestionamientos, de acción política. Un tiempo para darlo todo en un instante, en ese efímero avatar que es la juventud. Sin eternidad.

 

En el 68, como lo canta Joaquín Sabina, “Jean Paul Sartre y Dylan cantaban a dúo / Jugaban al corro Lenin y Rambo / Los relojes marcaban 40 de fiebre / Se hablaba de sexo en la empresa Renault…”. Y, a propósito de Sartre, el autor de La náusea se erigió como el más destacado intelectual en el mayo francés, capaz de defender el movimiento estudiantil, pero, a la vez, impulsar con sus planteamientos a que fuese la juventud obrera la que se tomara y manejara las fábricas.

 

A cincuenta años de aquella aventura estudiantil de la imaginación, los discursos y la acción; de haber abastecido a las utopías con nuevos combustibles, el mundo de hoy es otro, dominado por los mercados, el nuevo narcisismo, las transnacionales y el individualismo sin metas colectivas. Pero aquel tiempo demostró la importancia de la historia en la vida del hombre. Y puso en evidencia una categoría sociopolítica como actor clave en las luchas por la libertad y el pensamiento: la juventud. Que hoy, con nuevas perspectivas y sueños, puede seguir siendo la “primavera de los pueblos”.

 

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Manifestación en París. La encabeza el líder estudiantil Daniel Cohn-Bendit.

 

 

 

 

 

 

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La utopía cabalga de nuevo

(De los días aquellos en que don Quijote y otros poetas nos cantaban al oído)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Éramos tan jóvenes que pensábamos que el mundo era nuestro. Y que podíamos transformarlo. Conjeturábamos, tal vez, que el futuro traería menos desamparos y más posibilidades de figurarnos que la imaginación llegaría al poder. Y ahí, en esa congregación de utopías, estaba el movimiento social de los chilenos, al que habíamos accedido antes, plenos de ilusión, gracias a las canciones de Víctor Jara y Violeta Parra, y por habernos acercado a la Escuela Santa María de Iquique, la de la masacre de los obreros del salitre, ocurrida en 1907, en las voces sediciosas de Quilapayún.

 

También por haber conocido una obra de teatro, Los que van quedando en el camino, sobre “los que murieron sin ver la aurora”, que testimoniaba la epopeya de miles de inquilinos de la tierra, con una protesta de largo aliento, reprimida por el gobierno chileno de 1928. Ah, y recordábamos que en ese mismo año, en Colombia, se produjo la masacre de las bananeras, de parte de la United Fruit Company con la aquiescencia del gobierno conservador de Miguel Abadía Méndez.

 

Estábamos todavía con la juventud empotrada en cuerpo y alma cuando quedamos estupefactos por la noticia del derrocamiento de Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973. Era un sueño que se derrumbaba; lo pulverizaron Nixon y Kissinger, con la CIA, las transnacionales como la ITT, la oligarquía chilena. El asesinato (que no suicidio) del presidente, elegido tres años antes por el pueblo, nos convocaba a continuar en la profundización de las utopías. Nos enseñaba, tal vez, que transformar el mundo no es asunto de unos pocos días, y que siempre habrá enemigos (agazapados, unos; evidentes, otros) de los cambios que tengan que ver con la dignidad y el ascenso de los oprimidos.

 

Atrás habían quedado el Mayo francés, Tlatelolco y la masacre de estudiantes, los movimientos de la contracultura de los sesenta. Pero el mundo seguía hirviendo, y la muchachada parecía tener conciencia de su rol histórico, quería ser parte de las lizas y cambios sociales. Más que para interpretarlo, el mundo está hecho para transformarlo, seguíamos pensando. La utopía no se acababa con el golpe de estado de los militares chilenos. Como tampoco se había terminado con la Primavera de Praga, ni con el socialimperialismo soviético.  Y seguíamos cantando, porque no queríamos que la canción se volviera ceniza, como lo decía un poeta uruguayo.

 

Éramos todavía muy jóvenes cuando en la voz de Serrat, con palabras de Milanés, se escuchaba aquello de “yo pisaré las calles nuevamente / de lo que fue Santiago ensangrentada…”. Las utopías estaban vivas. A veces, flaqueaban. A veces, se perdían en el horizonte. Pero, como lo advirtió un argentino (Fernando Birri), hacían caminar a la gente, sobre todo a los que tenían el “divino tesoro” de la juventud.

 

Después de la liberación de Vietnam, de los poemas de Ho Chi Minh (“Todo cambia, la rueda de la gran ley gira sin pausa…”), del surgimiento de los discursos posmodernistas y del neoliberalismo, aquel modelo económico devastador que tuvo dos adalides: Ronald Reagan y Margaret Thatcher; de que con la caída del Muro de Berlín quisieron poner fin a la historia y a las utopías; estas últimas, pese a todas sus adversidades y a todos sus adversarios, siguieron viviendo.

 

Se dirá, y no sin razones, que habitamos el universo de las distopías, el país del Gran Hermano, del poder que se mete a nuestra intimidad a través de pantallas y teléfonos inteligentes; de un nuevo narcisismo que hace olvidar el mundo del afuera; que camufla las contradicciones sociales, que mimetiza las injusticias. Se observará que somos seres alienados por las mercancías, el consumo y el dios mercado. Y las transnacionales y sus adláteres podrán afirmar: ¡qué cuento de utopías, al diablo con esas vainas que no dan plata!

 

Y, en efecto, los gendarmes del mundo podrán dárselas de listos cuando dicen que para qué utopías, no pierdan el tiempo (que es oro) en esas banalidades, si nosotros tenemos marines y aviones y acorazados que los mandamos a inyectar democracia y libertades donde hay petróleo y otras riquezas naturales. Para qué cambiar lo que, según ellos, está bien: los de arriba, arriba, y los de abajo, en el infierno. En los basureros de la historia.

 

Y de pronto, con el desmoronamiento de tantas edificaciones que querían llegar al cielo, con las risotadas de burla de los que triunfaban de momento sobre los desventurados de la tierra, las utopías se mantenían en la mente y en los sueños de los que nunca cejan. En aquellos que, con Bertolt Brecht, seguían loando el estudio: “¡Estudia lo elemental! Para aquellos cuya hora ha llegado no es nunca demasiado tarde”. Y lo que parecía una consigna de paso, se volvía una salutación, un llamado a no derrumbarse: persigue el saber, empuña el libro (es un arma): “¡estás llamado a ser un dirigente!”.

 

Y en medio de las dificultades, en medio del naufragio de las ideas que convocaban a derrumbar los sistemas opresivos, el caballero andante se nos aparecía en cada esquina de la desazón, para recordarnos que la “libertad es el mayor don que a los hombres dieron los cielos”. Y sabíamos que, más que los cielos, eran las luchas, las únicas que deben ser eternas, las que servían para conquistar el paraíso terrenal. El Caballero de la Triste Figura, un hombre libre, nos seguía convidando a ser heraldos de la libertad.

 

Bueno, al fin de cuentas, convengamos en que las utopías sirven para eso, para caminar. Es suficiente. Nos llevan a hacerle eco a las palabras de un antiguo poeta: “tú marchas en busca de un mundo mejor y de un tiempo más bello”. Y cuando el desgano nos esté consumiendo, siempre habrá que evocar e invocar a ese caballero del honor, don Quijote de la Mancha, para, con León Felipe, pedirle que nos haga puesto en su montura para irnos con él a ser pastores…  El ingenioso hidalgo de algún lugar de la Mancha sigue siendo el gran utopista. Por eso continúa cabalgando.

 

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Pintura de Roberto Matta

 

Juventud, regalo de los dioses

(Una caminada con muchachos voladores y un tranvía en construcción)

 

Por Reinaldo Spitaletta

Aunque los que ya recorrieron el camino, claro, digan sin mucha convicción que es una enfermedad que se cura con el tiempo, no deja de ser un tesoro, como lo advirtiera un azul poeta nicaragüense. Sí, un divino tesoro. La juventud es un regalo de los dioses, que además no envejecen. No sé por qué a Yavé en sus representaciones iconográficas, lo muestran como un anciano barbiblanco. Tal vez por asuntos de credibilidad, porque, de simbolizarlo como un muchacho, daría más bien ganas de parranda y expediciones a conquistar peladas.

Y esto lo iba meditando en la media mañana dominical, con sol muy brillante, cuando pasaba por encima de la quebrada Santa Elena, frente a una pantalla de agua que, a esa hora, las diez, estaba todavía despoblada. Antes, ahí, en ese lugar, había una vetusta construcción, dedicada a montallantas y almacenamiento de chatarras. Hoy, es parte del parque Bicentenario, construido sobre las ruinas de un viejo barrio, La Toma, que se remontaba  a los tiempos de Mon y Velarde, el españolito colonialista, visitador del rey,  que dispuso que la Villa de la Candelaria tuviera un acueducto de aguas corrientes.

Yo caminaba, de pantalón corto, mejor dicho, de bermudas con bolsillos de parche y tapas, tenis azul oscuro y una camiseta amarilla de algodón. Estaba de retorno hacia la casa, de la que había partido cuarenta y cinco minutos antes. Había visto las catenarias y postes, también los rieles, del tranvía en construcción en la clásica calle Ayacucho, que por ahora está en una suerte de ruina en reparación. Ya algunos “negocios” tienen en su nombre la palabra tranvía (Chorizos el tranvía, Hotel Tranvía, y así), y todo está lleno de polvo y se notan escombros en algunas esquinas. No hay ningún árbol.

Cuando pasé por el frente de la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, llena hasta las escalas del atrio, los feligreses alzaban la mano, como si dijeran presente. Más abajo, un señor en las afueras de una peluquería charlaba con quienes estaban adentro. Y muy cerca de ahí, una serviteca, donde se alinean carros,  se les cambia aceite, en fin, permanecía en una soledad dominical, que daba la impresión de ser un local pesaroso y triste.

Y así, entre polvaredas y carros con exhostos ruidosos, llegué al Bicentenario. El agua de la pantalla refulgía y en el marco de aquel espejo acuático, había dibujos, grafitos de colores, leyendas alusivas a la memoria. Y muy cerca de donde se levanta la escultura llamada El árbol de la vida, hecha de cuchillos, navajas y otras armas cortopunzantes decomisadas por la policía, esculpida por Leobardo Pérez, vi un muchacho que parecía volar. Al principio, creí que avanzaba como una suerte de gacela; más cerca, se le notaba la agilidad inverosímil: ponía los brazos, apenas con sutileza sobre los bordes, y salía al vuelo, despedido por una fuerza invisible y volvía a tomar impulso, todo sin parar, y repetía lo que a mí me devolvió a tiempos antañosos, cuando yo asumía el rol de un Tarzán de barriada, y en las estribaciones del morro Quitasol, o en las arboledas de la vereda Potrerito, volaba de palo en palo, al grito de película que emitía el legendario Johnny Weissmüller.

El muchacho, de pelo indio y cara redonda, cobriza, me miró y quizá advirtió en mí una suerte de admiración por sus desplazamientos de agilidad. Lo vi dar la vuelta por la pantalla y seguir por el parque, irse hacia el Museo de la Memoria, pasando primero frente al busto de Gandhi, hasta perderse de mi vista.

Continué hacia el parque de Boston, con señores en sus bancas, algunos con cara de alcohólicos, y pasé frente al atrio de la iglesia del Sufragio. La voz de un cura cantaba no sé qué pieza religiosa. La mañana de domingo se me regaba por el cuerpo y se instalaba en mis tenis cansados. Después, subí por Mon y Velarde, crucé la calle Bucaramanga (la 58A) y llegué hasta Cuba.  En el Teatro Prado-Águila Descalza, había una valla que anunciaba una obra titulada Insomnio, y un aviso que promocionaba la obra Vida de perros. Por la acera, un señor tuerto se hacía acompañar de un perrito lanudo.

Y fue en la carrera San Martín cuando vi, a lo lejos, en la ciclovía de domingo, dos muchachos que daban vueltas sobre sí, acostados. Rodaban y rodaban. Cuando me acerqué, escuché sus risas plenas: uno era moreno, de pelo churrusco; el otro, blanco y rubio. Tendrían unos diez años cada uno, tal vez un poco más. Me imaginé lo que sentían al girar en el asfalto, a veces veían el cielo, a veces el pavimento. El mundo girando. Y ellos gozando. “Juventud, divino tesoro”, sentí una lejana voz en el recuerdo. Pasé junto a ellos y después las risas se esfumaron.

Antes de entrar a casa, miré el cielo brillante. Subían y bajaban ciclistas, casi todos jóvenes. Una señora caminaba acompañada de una perrita fox terrier. El mundo me pareció nuevo. Y en la distancia, esa que conduce al recuerdo, vi un muchacho que saltaba de un segundo piso, como si nada, y seguía corriendo por una calle destapada, hasta llegar al pie de un cerro en el que él solía, con otros de su gallada, echarse a rodar por cañadas o volar de árbol en árbol, como si fuera un Tarzán que desde la urbe cercana había sentido el llamado de la selva.

El domingo era joven todavía. Y hasta mí llegaron los versos de Canción de otoño en primavera: “juventud, divino tesoro / ¡ya te vas para no volver!”.

Escultura El árbol de la vida, parque Bicentenario, Medellín (foto tomada de internet)

Elogio de los tenis o el ejercicio de la comodidad

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Por Reinaldo Spitaletta

Las primeras que tuve eran blancas, unas zapatillas de lona, suela más bien delgada, marca Croydon, y si no estoy mal, mamá las había comprado en un almacén cerca del parque, y cuando me las entregó creí que el mundo estaba patas arriba. Eran unas zapatillas (ya para entonces, principios de los sesenta, les decíamos tenis) que hacían parte del uniforme escolar, solo usado para eventos especiales, como desfiles de fiestas patrias y misas en la iglesia del Rosario. Yo las utilizaba todos los días, por lo que, además de ensuciarse muy rápido por las destapadas y polvorientas calles de Bello, al mes ya estaban de botar.

Tener tenis era símbolo de distinción. Uno creía que con ellos se caminaba mejor, se corría a más velocidad y se ejercía dominio sobre calles y aceras. Además de la marca referenciada, había otras, como Midas, con tenis algunos a modo de botín, todos de tela, casi siempre blancos, negros y azul claro, aunque luego aparecieron rojos y cafés. Tenían en la suela de goma o caucho unas rayas, y algunos, dos o tres orificios como respiradero de los pies. Eran compañía imprescindible en clase, pero, sobre todo, en los partidos de fútbol y en las caminadas a charcos y otras aventuras de muchachos.

Nunca me gustaron, y además jamás tuve, los denominados zapatos colegiales, que me parecían muy formales, sin gracia, sin la posibilidad de gastarlos jugando a la pelota, corriendo en la lleca, metiéndolos a los pantanos de los días lluviosos. Eran, más bien, para muchachos muy seguidores de la norma, sin las posibilidades de ser parte del afuera, me daba la impresión. No había como los tenis, que servían para todo, menos, tal vez, para hacer la primera comunión, que requería traje especial con calzado elegante, imitador del de los adultos.

Por aquellos días, los tenis eran sinónimo de niñez y juventud, aunque algunos adultos los llevaban, pero sin ser lo usual. Los mayores se vestían de traje entero, zapatos de cuero y casi ninguno, a no ser en canchas y escenarios de deportes, calzaba zapatillas tenis. Entonces no había muchos modelos, ni los tenis traían cámaras de aire, lucecitas y otras sofisticaciones. Eran simples y prácticos, sin que con ellos se establecieran diferencias sociales. Estaban hechos para la placidez y el relajo.

No sé cuándo aparecieron para la limpieza del tenis blanco, sustancias pintorescas, como el Griffin All White, que se utilizaba para poner capas sobre ellos, sin necesidad de lavarlos. A veces, por resultar más barato, en vez del producto mencionado, se les abigarraba con blanco de zinc. Ningún muchacho de entonces usaba las zapatillas deportivas completamente limpias. La impecabilidad no estaba hecha para los tenis, que mientras más sucios, daban más carácter. Una vez, después de un partido en una manga empantanada, llegué con mis tenis blancos que más parecían negros de la mugre. Tomé una afeitadora del tío Benjamín, que por aquel tiempo se hospedaba en casa, y los “afeité”.

No lavé la rasuradora sino que la dejé empantanada en su lugar. Cuando él la iba a usar, descubrió la patraña, mejor dicho, la cochinada, y de inmediato le pidió permiso a mamá para darme mi merecido, según sus palabras. Se dio cuenta por mi cara de burla. Se zafó el cinturón, pero entonces yo ya estaba lejos, dimos varias vueltas por la casa, él detrás de mí, y al fin de cuentas, logré abrir la puerta de la calle y escapar. Después, el tío, más calmado, olvidó el incidente.

Los tenis tienen una larga historia. Comenzaron a fabricarse, tras el descubrimiento de la vulcanización, por parte de Charles Goodyear, y también por el deporte del tenis, creado a finales del siglo XVIII. Caucho y tela fueron las materias primas de las zapatillas que, en el siglo XX, revolucionaron el calzado deportivo. Los ingleses ya habían experimentado con la fabricación de zapatillas para la práctica del croquet, en Liverpool, en 1876. Pero fueron los norteamericanos los que le dieron categoría masiva. En 1916, se crearon los Keds, y luego los Converse, para el ejercicio del basquetbol.

La década del cincuenta se erigió como la del dominio mundial de los tenis, sobre todo como símbolo de juventud y rebeldía. Y para los sesenta, tiempo de revoluciones musicales, artísticas, políticas y sociales, el tenis estuvo ligado a las protestas juveniles, los bailes y los conciertos masivos. Roqueros y jipis los calzaron como parte de una indumentaria funcional y contestataria. Sin embargo, en ciudades como Medellín, muchachos de barriada, cuyos gustos musicales estaban más en las Antillas y en los tangos rioplatenses, y que se denominaron “camajanes”, no utilizaron los tenis. Sus zapatos, fabricados por expertos zapateros de barrio, eran los golondrinos: blanco y negro, de cuero y tacón. Con ellos tiraban paso en cantinas y en bailes domésticos.

Los roqueros de entonces, como decir Los Beatles, los Rolling, Pink Floyd, Elvis Presley, y otras estrellas, utilizaron tenis como parte de su calzado cotidiano y aun en las presentaciones. Después, con novedades en sus diseños y materiales, y fabricados por transnacionales, que además explotan con maquilas y otros mecanismos capitalistas de producción mano de obra en todo el mundo, los tenis se erigieron como un zapato para todos los momentos y ocasiones, no solo para la práctica deportiva. Todas las edades son sus usuarias. Hombres y mujeres encontraron una manera de ser, descomplicada y cómoda, que si bien puede no estar clasificada entre los rígidos cánones de la elegancia y el chic, sí es parte de una actitud despreocupada frente a los esquemas de lo formal.

Los tenis, sobre todo los más prácticos, deben dar la sensación de uno estar descalzo. En general, deben ser livianos, sin pretensiones astronáuticas ni muy ornamentados, sin apariencias de gigantismo o de aparatosidad. Están hechos para una existencia en la que la vanidad debe estar metida en el tinaco de la basura. Aquellos tenis de la infancia, que a veces nos hacían creer que estábamos calzando las botas siete leguas que Pulgarcito le despojó al ogro, olían a tierra y a juegos de calle. Y servían para marcar goles y correr hasta el lugar donde nacían los arcoíris.

Aquella bohemia existencialista

(Una mirada a la novela En el café de la juventud perdida)

Por Reinaldo Spitaletta

Un café de barrio, donde en un tiempo se reunían poetas, aspirantes a escritor, bohemios y otra suerte de vagos y angustiados existenciales, se convierte en una marroquinería. Las ciudades cambian, a veces borran toda huella de pasado, a veces son refugio de fantasmas y recuerdos nebulosos. Pero en medio de las transformaciones urbanas, permanecen algunas memorias, que luchan por sobrevivir ante el torrente de novedades, ante un presente que parece nuevo, pero, que en muchos casos, es la expresión del Eterno Retorno.

La mayoría de habitués del parisino café Le Condé eran jóvenes entre los diecinueve y veinticinco años, aunque había uno que otro veterano. Una logia disímil, unida por mesas y conversaciones, por el hambre de ser alguien, por las ganas de compartir una copa. Quizá por la alegría “loca y gris” de un tiempo sin tiempo, que es el de la juventud. Tal vez Patrick Modiano, autor de En el café de la juventud perdida, se pudo haber preguntado cómo afectó la presencia de una muchacha, misteriosa, atractiva, sombría, la vida cotidiana de un cafetín, pero, más que ello, el deseo y la visión del mundo de algunos parroquianos.

La novela, a varias voces, con narradores en primera persona, nos va descubriendo, casi que a cuenta gotas, un mundo subterráneo de sentimientos y apreciaciones sobre Louki, una muchacha que un día apareció en el café, se volvió cotidiana, al principio no hablaba con nadie, pero luego se torna fundamental para la concurrencia y parece impregnar el ambiente con su perfume indefinible. Y con su presencia. Con técnicas propias de la novela policíaca, Modiano reconstruye un mundo perdido, de jóvenes de los sesenta, y de un París espectral, en el que, unidos ambos entornos, crece la figura de una muchacha sin aparentes raíces, con una madre que trabaja en el Moulin Rouge, y que cambia, para bien o para mal, la vida de varios de los personajes de la novela. Y de otros que no están conectados directamente con Le Condé.

En la obra aparecen seres extraños, como Bowing, que se pasó varios años apuntando en una libreta los nombres de los clientes del café, a medida que iban llegando, y la fecha y la hora. Para él, en la vorágine de las grandes ciudades (en el maelstrom), era clave encontrar puntos fijos, quizá como un modo de atrapamiento de la memoria, una lucha contra la fugacidad. En Le Condé, todos leen. Unos tienen Los cantos de Maldoror; otros, las Iluminaciones, y alguno, Las barricadas misteriosas. La muchacha que es el centro del relato novelesco lee Horizontes perdidos, del inglés James Hilton, sobre la llegada de un grupo de extranjeros al utópico monasterio tibetano de Shangri-La.

Otro personaje, Roland, quiere escribir sobre las zonas neutras, que tienen la ventaja de ser solo un punto de partida “y antes o después nos vamos de ellas”. La novela es una especie de rompecabezas, con piezas que van encajando con lentitud y precisión, hasta llegar un final desconcertante, aunque de algún modo previsible. Se suceden pensiones, calles y callejones, otros cafetines, estaciones del metro, cuartos, y todo para crear una atmósfera fantasmagórica, en la que el espectro de Jacqueline, más conocida como Louki, una mujer que a los quince años “aparentaba diecinueve. E incluso veinte”, que da mucho que hacer a su madre, que abandona a su marido y se vuelve imprescindible en la vida de otros hombres, que después van a sentir el vacío que ella les deja en su existencia, en una pieza de hotel, en un vagón de metro, o en una reunión poética. La figura de Jacqueline lo llena todo.

En el café de la juventud perdida, el lector se topa con una librería que abre de madrugada, con una chaqueta príncipe de Gales, con un libro de Nietzsche, con un perro que se mete a un iglesia, con un detective privado que deja a su cliente sin saber qué pasó y con la nostalgia de un tiempo que ya no es. Se puede encontrar, también, con el deseo imposible de que el tiempo se detenga en un mediodía, en el corazón del verano. Y con el desamparo sentido cuando se sabe de seres y cosas que ya no están.

Modiano, como en otras de sus novelas, integra otra vez París a las categorías de identidad y memoria, tan caras en sus ficciones. Es la ciudad de sus invenciones y desasosiegos. Una ciudad que hace suya, a su manera, con panaderías que no cierran de noche, con calles y esquinas que tienen su propio espíritu y sentir. Y con personajes que en muchas ocasiones lindan con lo fantasmal. La novela, que bien pudo titularse Louki, transita por un tiempo que a veces da la impresión de detenerse. O de estar volviendo. Una obra breve, intensa y con caminos de sombra, que en algún momento interrumpe la “luz cruda de una lámpara”.

Al finalizar su lectura, no sobra ir al tornamesa y poner el tango Volver. Puede ser una adecuada banda musical para esta novela de Modiano. Y no me pregunten por qué.