La metamorfosis o el fracaso de vivir

(De cómo la alienación por el trabajo puede ser muy peligrosa)

 

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Una novela corta que revolucionó la literatura del siglo XX

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Fue una revolución en la literatura. Tiene una entrada inolvidable, como la del Quijote, o la de la Odisea, o como la de la “selva oscura” de la Divina Comedia, como la de Moby Dick… Es, pese a todos los pronósticos, una narración realista, en la que la condición humana se rebaja (¿o quizá se alza?) hasta la categoría de un coleóptero en el que se convirtió un hombre que le tenía horror al trabajo y que era parasitado por su familia: una hermana, el padre y la madre, y a quien la oficina y su oficio, el de viajante comercial, no solo le alteraron la digestión sino la vida.

 

“Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto”. Qué inicio. Ni el del Manifiesto de Marx y Engels le gana (“Un fantasma recorre a Europa: el fantasma del comunismo”). Es una revelación desoladora, contundente, un sujeto (¡ah!, a buen juicio es la corrosión del sujeto, su destrucción, su decadencia) que en su cuarto, en la cama, se da cuenta de pronto que se ha metamorfoseado en un insecto, quizá un escarabajo, con duro caparazón y solo atina a preguntarse, en apariencia sin desesperaciones, “¿qué me ha ocurrido?”.

 

En una pequeña habitación de una casa no muy grande se ha operado una transformación, en apariencia imposible, pero cierta: Gregorio está mutado en un monstruo, frente a una estampa con marco dorado que representa a una mujer tocada con un gorro de pieles (¿La venus de las pieles? ¿Algo que ver con Sacher-Masoch?) y envuelta en una estola también de pieles, y frente a la ventana en la cual puede ver el mundo nublado y escuchar las gotitas de lluvia que son como una música de la melancolía. En los tres primeros párrafos Kafka nos introduce en los coros de una tragedia. Pero no habrá tal. No es por el lado trágico que se desenvuelve La Metamorfosis, una novela corta (¿un cuento largo?) publicada en 1915.

 

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Gregorio Samsa, en vez de estar gritando con desaforada angustia, o de mostrar signos de aterradora conmoción, después de darse cuenta de su irregular estado, lo primero que piensa —sin dramatismo— es en qué pasaría si siguiera durmiendo, y al enterarse de que no es posible, lo segundo que se le ocurre es dar un concepto, un juicio, sobre su trabajo: “¡Qué cansada es la profesión que he elegido!”. Y a partir de ahí estará la clave de la obra, su tránsito hacia las sombras definitivas, la invisibilización del monstruito que alteró la vida familiar de los Samsa y puso en vilo la estabilidad emocional y económica de Grete, el papá y la mamá, y, por qué no, de la criada.

 

Cómo se le ocurre a este individuo, tal vez por estar despatarrado haciendo pereza, amanecer transmutado en un insecto asqueroso. Cómo es que no va a salir de casa para irse al trabajo, como todos los días, y entonces va a perder el tren, y, quién sabe, si hasta el empleo por yacer en cama, sin poder mover con vigor y agilidad sus debiluchas patitas. Qué importa si las rutinas de un viajante tienen comidas malas, irregulares, a destiempo. Debería ir a trabajar. Y listo. Pero Gregorio, ya “insectificado” no puede y tampoco demuestra ningún remordimiento o pesadumbre por no ir: “¡Al diablo con todo!”, dice.

 

El pobre hombre (¿hombre?) va denotando sus angustias, pero no por su nueva y sorpresiva condición sino por el tiempo de trabajo, por lo que le tocó hacer para ganarse la vida. “Estoy atontado de tanto madrugar”, se dice y va dando puntadas sobre lo atribulado que es trabajar, tener un jefe, cumplir horarios, y todo para pagar deudas y malvivir. ¿Por qué Gregorio no se descompone por su inesperada forma? ¿Qué es lo que lo inhibe, por ejemplo, a maldecir su desfiguración, a llenarse de pánico ante su deformación súbita?

 

Es más. Sus iniciales preocupaciones están más hacia la necesidad del hambre. Y aquí viene lo que, en el ensayo Sobre la lectura, planteó Estanislao Zuleta. Hay que saber, o por le menos intuir, qué significa el alimento en Kafka, como pasa, digamos, en Un artista del hambre o en El artista del trapecio. Hay una serie de conjeturas o de símbolos que el lector puede avizorar e interpretar. Aunque más allá, en lo que podría suponerse una pesadilla, está la vida cotidiana, la que, en rigor, no se altera en lo fundamental con la mutación gregoriana, sin importar si el gerente de la empresa ha llegado a casa de su subordinado y, dentro del hogar, no hay una reacción terrífica en los miembros de la familia. Solo una preocupación por el qué pasará, más que con Gregorio, con ellos.

 

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Gregorio “quiere apodarse de toda la casa”.

 

Gregorio quiere levantarse y desayunar. “No es bueno haraganear en la cama”, piensa. El tiempo, ineludible, sigue avanzando y él sabe que vendrá alguien del almacén. Lo que se va advirtiendo en la medida que la lectura corre, es que Gregorio es un enajenado por el trabajo. Solo piensa en ello y apenas tiene tiempo (no hay en él una concepción del ocio) para su pasatiempo de carpintería. El trabajo lo perturba. La metamorfosis es como una anticipación a lo que vendrá en los sistemas de producción en el que el hombre, el trabajador, se convierte en arandela, en una pieza dentro de un complejo montaje fabril, como lo mostrará, muchos años después, la película Tiempos modernos (1936), de Chaplin.

 

El hombre de mando que ha llegado a la casa de Gregorio, con zapatos de charol, solo está preocupado porque, con su visita intempestiva, está perdiendo tiempo. Gregorio, en su cuarto-prisión, no sale. Apenas pronuncia monosílabos y toda esta situación toma el aspecto de una melancólica pesadez para los que están afuera. El nuevo Gregorio se va adaptando a su mundo estrecho, limitado, a unas paredes, a un interior en el cual él es una circunstancia anormal. Y de pronto, se siente cómo se va animalizando.

 

Y en el entorno, padre, madre, hermana, van adaptando su existencia a la presencia increíble de un coleóptero humanoide en casa, al que, en principio, de alguna manera hay que alimentar. Y entonces le dan leche y sopa de pan blanco. No es ya un mamífero. Gregorio es otra cosa. Es, en primera instancia, un proveedor. Es quien ha salvado de la ruina a la familia, en particular al padre que se había quebrado cinco años antes. Así, en la primera parte, todavía Gregorio es una pieza clave para los otros. Después, todo cambiará y el mundo del metamorfoseado se irá extinguiendo. Pero para eso todavía falta. Y entre tanto, todavía hay en él representaciones y necesidades humanas.

 

Hay toda una alteración en casa. La criada, por ejemplo, en el primer día había rogado a la madre de Gregorio que la despidiese cuanto antes y, al marcharse, “juró solemnemente que no contaría nada a nadie”. El mundo familiar, pasado un mes de la metamorfosis, es otro. Hay una preocupación por el dinero, cómo se puede vivir sin él. Pero hay ahorros, producto del trabajo del hombre que ya va dejando de serlo y cada vez se hunde en una condición de soledad interior, de abandono, de culpa y a su vez de expiación por “pecados” no cometidos. Y en la medida en que el hombre-insecto decae, el padre asume el poder, ataca a manzanazos al hijo que ya no representa la protección, el cobijo, la estabilidad; la hermana va trastocando sus atenciones y cuidados para erigirse en antagonista de Gregorio. Es toda una transformación en las relaciones internas familiares.

Aquella  familia, agotada por el trabajo, hubiera podido dedicar a Gregorio más tiempo…

La desintegración de esa célula tradicional de la sociedad, la familia, es otra de las variables que se mueven en la novela. Y del trabajador Gregorio, se pasa a los trabajadores padre e hija. Y el trabajo los distancia. Y es cuando aparecerán tres huéspedes o inquilinos, tres barbados —podría parecer más bien un caso insólito eso de alquilarles a tres personas un cuarto, vecino del monstruo— que son como una nueva conciencia de los espacios y la familiaridad. Esa súbita presencia quizá sea un recurso para darle a la novela un quiebre y ponerla en la recta final. Hay una inclinación hacia el dinero, hacia la posesión. Entre más se afianza la familia “sana” en un mundo desvirtuado por la metamorfosis de uno de sus miembros, más en el ostracismo va quedando Gregorio.

 

Y entonces comienza otro movimiento en esta especie de sonata triste que es la novela de Kafka. Hay que deshacerse del tipo que cada vez es menos Gregorio y más una cosa, un animal invasor, un estorbo. Un alienado. El trabajo lo deformó. Y lo atacó un hambre insaciable, un hambre que lo matará. “¡Cómo comen estos huéspedes! ¡Y yo, mientras, muriéndome de hambre!”. La de Gregorio era un hambre más allá de lo físico. La humanidad de este hombre transformado va quedando atrás. Su disolución como sujeto de razón, como ciudadano, como hijo y hermano, es trágica, pero no hay lugar para las lágrimas ni los lamentos.

 

Nabokov, en su lección sobre La metamorfosis, advirtió acerca del estilo del gran escritor checo y destacó su claridad, la precisión del tono, la capacidad para no quedarse en una pesadilla. “No hay metáforas poéticas que adornen esta historia en blanco y negro. La nitidez de su estilo subraya la riqueza tenebrosa de su fantasía. Contraste y unidad, estilo y sustancia, trama y forma, se encuentran, han alcanzado una cohesión perfecta” (Curso de Literatura Europea, Vladimir Nabokov)

 

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Muchos críticos coinciden en afirmar que La metamorfosis es una de esas creaciones que marcan un antes y un después en la historia de la literatura. Una revolución. Es como la entrada del siglo XX en lo absurdo, en la destrucción del sujeto, en la negación del hombre. Gregorio representa a seres a los cuales el trabajo despersonifica, acosa y agrede. Es la proyección de la culpa (sin tenerla muchas veces), que se instala en el interior de los que ya han perdido toda esperanza y se han automatizado, rutinizado, vuelto pura monotonía. Se van vaciando, escurriendo, hasta extinguirse. Son especies de zombis. Del trabajo a la casa y viceversa, sin poder conquistar el ocio, el que permite meditar y cuestionar. Humanizarse.

 

En La Metamorfosis, el trabajo de Gregorio es una condena. Y tal vez la única manera de evadirla, o de purgar la pena de otra forma, es la transformación (como una especie de escape). Es convertirse en insecto, condición desde la cual tendrá también un punto de vista sobre la humanidad. Haberse despojado de lo humano para ser un coleóptero, puede ser una extraña manera de la libertad. O del suicidio. Hay una renuncia. Y una constancia.

 

La metamorfosis —he ahí su paradoja— está llena de realismo. Y de una naturalidad que estremece. Así no más Gregorio Samsa sufrió un cambio radical. ¿Acaso los otros, en esencia, no fueron los auténticos insectos, o, desde otra perspectiva, los verdaderos parásitos de un ser cansado? El bicho, en realidad, no era Gregorio. Fue una víctima que se emancipó del trabajo de un modo absurdo: negándose a sí mismo. Como un huelguista del hambre. En el mundo de afuera, entre tanto, continuó la vida sin paisajes de los otros. El fracaso de vivir.

 

(Reseña para el seminario-taller de Literatura Europea Siglo XX)

 

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La metamorfosis, de Kafka, una perturbadora obra literaria.

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La máquina asesina de Kafka

(Una visión sobre la tortura y el poder En la colonia penitenciaria)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Introito con pesadilla

Caminaba por una acera estrecha sin saber a dónde iba. El ambiente era gris. Llegué, tras una curva, a una casa que me pareció al principio no tenía ventanas. La puerta era muy angosta. Una mujer de cara redonda y cabello corto oscuro, me recibió. Adentro, en un espacio de reducciones, la sala era, en rigor, una alcoba en penumbras con una cama doble. Al fondo, todo era oscuridad. Una voz mandó a que me acostara. Sé que alguien, y no era la mujer del principio, se estiró junto a mí. De pronto, cuando ya estaba boca arriba y me disponía a relajarme para el sueño, un dolor agudo me atravesó de abajo a arriba. Una suerte de punzón o quizá un aguijón desmesurado, arremetía en mi zona lumbar, un poco hacia la derecha. No me atreví a moverme, pese a que, como reacción instintiva, bien hubiera podido brincar a la primera chuzada.

 

Era un dolor jamás sentido. Y al menor movimiento mío, se agudizaba. “¡ay, ay, ay!”. Una voz, distinta a la primera, bueno, quizá pudo ser la misma, dijo con sequedad que se me había advertido. Nadie podía acostarse en esa cama, reservada a… (Y no entendí el nombre, pero imaginé a una suerte de bebé diabólico)…  “Nada qué hacer”, se escuchó, al tiempo que el dolor alcanzaba límites irresistibles, “¡ay, ay, ay, ayayay!”.

 

Al despertar, ante los llamados de mi esposa, el dolor continuaba. Más como sugestión que realidad. Y de súbito, llegaron imágenes viejas de un cuento de Kafka que había leído hacía años (En la colonia penitenciaria), tal vez cuando la adolescencia en despedida estaba a punto de enfrentar sus últimos desafíos, y creí que en mi espalda estaba grabada alguna frase condenatoria, la culpa imborrable de haber cometido un delito que no sabía cuál era, pero por leve que fuera la falta, el castigo era igual. La purga inevitable.

 

En otros días, había soñado que yo era Joseph K. y cuando llegaba el momento de la ejecución, me despertaba con sudores fríos y aceleres de pulso. Y me parece que también soñé alguna vez con el ataque funesto de un buitre que metía su pico por mi boca y luego se ahogaba en mi sangre. Sin embargo, no era nada de ello tan doloroso como lo que había sentido en esta pesadilla que, según pude comprobar en un espejo y también porque mi mujer me lo dijo, me dejó un rayón enrojecido en la espalda.

 

 

Escribir en el cuerpo

Desde el “lead” el “peculiar aparato” se introduce en el lector que se enterará sobre un “viajero investigador” invitado a presenciar la ejecución de un soldado condenado por “desobediencia y ofensa a su superior”, en una colonia situada en un valle pequeño, arenoso, profundo, rodeado de pendientes, y verá a un guardián que sostiene mediante una cadena al condenado y se enterará de un detalle que lo puede dejar sin aliento, y todo en el primer párrafo: “el condenado tenía un aspecto tan perrunamente sumiso que, al parecer, lo hubieran podido dejar suelto en las pendientes circundantes, y el momento de la ejecución solo se necesitaría silbarle para que viniera”.

 

Kafka, maestro de las resignaciones, del destino irreversible, de la inutilidad de la lucha, de la pérdida de la conciencia por el sujeto, que no se resiste, que se deja llevar por los acontecimientos, plantea en esta novela corta, o cuento largo, una angustia de la modernidad: la pérdida del individuo como un ser de derechos. El viajero, un extranjero, que llega a la isla tropical convertida en una colonia penitenciaria, observará, a veces sin inmutarse, el aparato de tortura diseñado de un modo cruel para la ejecución de los condenados.

 

Es una máquina que escribe en el cuerpo del desgraciado, que debe estar boca abajo en una de las tres partes del artefacto, en la Cama, mientras el Rastrillo irá haciendo un paciente trabajo de marcar en la espalda del culpable con agujas que, a modo de tatuaje doloroso, grabarán con el diseño del Dibujo (la otra parte de la inhumana creación mecánica) “el mandamiento que ha violado”. En el caso del condenado (que, al fin de cuentas, será el penúltimo de esa decadente manera del castigo) se le escribirá: “honra a tus superiores”.

 

Escrita en 1914, cuando la Gran Guerra ya cobraba víctimas a granel en una Europa a la que todavía le faltaban cosas más espantosas por vivir, En la colonia penitenciaria es un alegato contra la tortura, la falta de los debidos procesos y los abusos del poder. En aquella apartada isla, en la que un comandante diseñó la particular máquina de escritura sobre el cuerpo de los condenados, que estarán en ella, desangrándose durante doce horas, hasta el final de su existencia que puede ser muy miserable y, más que todo, sin posibilidades de anteponer algún recurso legal. La ley está más allá de la razón. Y debe ser cumplida, sin atenuantes, sin discusiones.

 

En la colonia no hay lugar para la aplicación del concepto de justicia. Este se ha degenerado y es más una imposición. Y mientras un oficial va explicando las maravillas del aparato, el condenado observa, encadenado, sin entender qué es lo que hablan. El soldado que lo vigila, tampoco, pues parlan en otra lengua (francés). El relato es una parábola del autoritarismo. El comandante que craneó la infernal parafernalia era juez, soldado, químico, dibujante. Un talento para la aplicación de penas y tormentos.

 

El visitante —que en apariencia no se conmueve con los horrores que presencia: la máquina, su labor, el escribir agujereando al condenado—  es una suerte de representación de un observador de otras partes que, en realidad, nada puede hacer frente un establecimiento que ha echado raíces. Pero que, en simultánea, está en decadencia. Es, tal vez, una de las últimas colonias dedicadas a la tortura, lejos del mundo (¿de la civilización?).

 

La frase que se escribirá sobre el condenado, “¡honra a tus superiores!”, conduce a una explicación de por qué no se le dirá la sentencia. “Sería inútil decírselo. Lo sabrá en carne propia”, le dice al viajero, en una oración que suena a ironía. El aparato, por su parte, parece representar todo el poder judicial, es el que carga las culpas, las castiga, impone la pena. “La culpa siempre es indudable”, dice el oficial, al explicar el principio según el cual actúa.

 

Durante un buen rato, oficial y viajero se dedican a hablar sobre la máquina, sus cualidades, los diseños, cómo funciona el Dibujante, la sangre (o la aguasangre) cómo correrá por canales, los algodones absorbentes, en fin. Hay una descripción de las funciones, acerca de la frialdad del aparato, la caligrafía, el modo de cómo va apareciendo la inscripción en el cuerpo, “cada vez más hondo, durante doce horas. Durante las primeras seis horas el condenado se mantiene casi como al principio, solo sufre dolores”, explica con sapiencia el oficial.

 

El cuerpo, entonces, lee las inscripciones, la sentencia, la pena. Es una manera casi medioeval de disciplinar la corporeidad, de azotarla, afligirla, adecuarla para la muerte. El condenado es un ser que carece de voluntad, no hay repulsa, ni siquiera interrogantes. Es una especie de buey, de preso que acepta su falta sin saber siquiera por qué se constituye en un infractor de una ley invisible, sin códigos ni jueces. Kafka retoma en esta narración impresionante su visión de la justicia sin justicia, de tribunales mudos y sordos, que solo ven al culpable y su culpa por encima de cualquier otra consideración.

 

En la colonia, la crueldad es una forma de aplicar las penas. Y la palabra, allí, está hecha para la obediencia, para el mandato y la solución final. No hay, para el condenado, ninguna posibilidad de contestación. Debe aceptar y morir en silencio, con su cuerpo como receptor de un juicio que nunca se ha hecho, como captador de una orden que él ni siquiera entiende. Es un resignado. En la colonia penitenciaria la máquina asume un papel deífico, todopoderoso. Sin embargo, en una fase de la narración, cuando el lector incluso está a punto de estallar ante un espectáculo siniestro de martirio, la máquina sufrirá un traspié.

 

 

El desbarajuste del poder

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El relato tendrá algunas variantes, que el lector asumirá con desconcierto o, quizá, con una mirada expectante frente a la máquina, el viajero, la isla, el condenado, el soldado guardián. Habrá un cambio en las relaciones con el aparato que comenzará a desbarajustarse, a sufrir un desmoronamiento, como el de un régimen que se hunde en sus propias oquedades y cae en los abismos que él mismo ha abierto. Las averías son parte de otra condena. Y de un cambio de roles. El que iba a morir ya no morirá. Y otro ocupará su lugar. Una vuelta de tuerca inesperada. Y es en ese punto cuando el poder inicia su desintegración.

 

Entre tanto, el viajero, un hombre que parece neutral, solo un observador, tendrá que enfrentar la nostalgia que el oficial tiene de las ejecuciones de otros tiempos, tan distintas, tan multitudinarias. El espectáculo de una muerte lenta pero contundente. El visitante no es un experto en asuntos judiciales ni parece enviado por ningún gobierno o sistema. Está allí como un extranjero, ni siquiera como un diplomático.

 

No es su personalidad impresionable. Ni siquiera se conmueve con las heridas lectoras, con esa manera de cómo un cuerpo condenado a muerte debe alfabetizarse a través del dolor, pero su presencia (que no influencia) hará cambiar el destino del condenado y del oficial. El mundo de la isla-colonia se trastocará. El final del relato tiene una tonalidad apocalíptica, pero, a su vez, hay una posibilidad, no tan remota, que algún día la isla vuelva a ser un centro penitenciario en el que la tortura se impone a cualquier racionalidad.

 

Con una estructura lineal (basada en la visita del viajero investigador a la isla, en su llegada, permanencia y salida), el relato muestra, como en otros del autor (Ante la ley, El proceso, por ejemplo), las preocupaciones del escritor en torno al poder, al ejercicio tiránico del mismo, a la deshumanización que alcanza a disminuir a los condenados mediante la tortura realizada por una máquina, que además escribe con agujas y tinta roja.

 

La isla-colonia es una especie de no-lugar, un absurdo, una aberración en cuanto a lo que pudiera ser, en otras latitudes, la aplicación de justicia, los sistemas penales. Y el visitante, el extranjero, aunque no tenga como misión un examen a fondo de lo que allí acontece, contribuye, tal vez sin proponérselo, al desmantelamiento de un artefacto extraordinario y de su singular uso.

 

 

Epílogo con más pesadillas

No sé por qué la pesadilla de los agujazos terribles, proporcionados por un ser al que yo no podía ver, porque (imaginaba en medio de los dolores) que la vista sería peor a los efectos de su ataque, de su modo de ir aumentando hasta niveles de insoportabilidad un dolor monstruoso, digo que no sé por qué me impulsó a buscar de nuevo el libro donde el relato estaba esperándome, como si con esta nueva lectura pudiera exorcizar la espantosa “yegua de la noche” que había llegado con rastrillos de torturador en una tenebrosa casa sin ventanas.

 

Así que las pesadillas, como otros sueños, no son inútiles. Y, en ocasiones, son una especie de misterioso llamado, una exhortación a explorar. ¿Qué clase de convocatoria son esas? ¿A explorar qué asuntos y adónde? Quién sabe. El caso es que, al despertarme con tanto desasosiego, supe después que había dormido sobre un olvidado lapicero. Espero que esta pesadilla no se repita. Porque, se los digo, dolió bastante. Y el terror no fue de poca monta.

 

  1. PD. No sobra decir que, después de todo, mi compañera estalló en un ataque de risa. Se burlaba de mis terroríficos alaridos. Vale.

 

 

 

Albert Camus, el rebelde absurdo

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Por Reinaldo Spitaletta

Hubo dos escritores que en el siglo XX disputaron, sin proponérselo, la popularidad a Jesucristo y a los Beatles: Franz Kafka y Albert Camus. Hay impresionantes comienzos en la literatura, que van desde los de la Ilíada, la Odisea, la Divina Comedia, hasta el del Quijote. Son inolvidables. Y de ese modo pudiéramos advertir muchos otros, como el de Cien años de soledad, de García Márquez, o el de La Vorágine, de José Eustasio Rivera. Son principios que dejan al lector desarmado y con las inevitables ganas de continuar leyendo.

 

En ese ámbito, Kafka clasifica con el inicio perturbador de La Metarmofosis, pero, creo, el encabezamiento de El extranjero (o El extraño) del escritor argelino-francés, es uno de los más llamativos: “Hoy mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé”. Esas palabras de Meursault, el protagonista, ya lo definen y anticipa lo que será el personaje, sus características, un tipo quizá absurdo que parece indiferente ante todo, incluso frente a las situaciones más intensas de la vida como pueden ser la de la muerte de la madre o asesinar a un hombre.

 

El extranjero, que es como una reminiscencia de El Proceso, de Kafka, tiene similitudes con la obra del llamado “solitario de Praga”, y Meursault y Joseph K. son dos seres que no se defienden y aceptan su situación como parte de un destino ineludible. Muy leídos o no, los dos autores hacen parte de la tragedia del siglo XX, que constituyó el derrumbamiento de la razón y la desaparición del individuo, no solo en guerras y campos de concentración, sino por la aparición de la masa, como parte de las tácticas de consumo y alienación del capitalismo.

 

La pasada centuria ha sido la más sangrienta de todas, pero a su vez, la que ha producido más testimonios de la soledad y las crisis existenciales en la literatura. Y uno de sus testigos fue Albert Camus, del que en 2013 se conmemoraron los cien años de su natalicio. Camus, escritor, dramaturgo y periodista, (el mismo que en una hipérbole expresó que el periodismo era el oficio más bello del mundo), al que algunos lo cuestionaban diciéndole que era “un filósofo para bachilleres”, dio cuenta de diversas situaciones del hombre. Y una de sus primeras manifestaciones éticas y literarias contra el proceso de desmoronamiento de la condición humana, fue su hondo cuestionamiento (no solo teórico) contra la invasión nazi a Francia y el régimen colaboracionista de Vichy.

 

Camus, el que escribió en sus Carnets que si quieres ser filósofo dedícate a escribir novelas, concibió tres de los grandes relatos del siglo XX: El extranjero, La caída y La peste. La desesperanza pero también la solidaridad están en sus libros, que los fue escribiendo con un estilo aforístico, de períodos cortos, en los que también se parece a Kafka (no solo por la tuberculosis). Sus carnets están llenos de ellos: “Envejecer es pasar de la pasión a la compasión”, “el arte es la distancia que da el tiempo al sufrimiento”, “Si me pareciese que el mundo tiene un sentido, yo no escribiría”, “Todo el arte de Kafka consiste en obligar al lector a que relea”…

 

A los veintidós años Camus, cuya infancia estuvo llena de pobrezas, escribió El revés y el derecho, ensayos y crónicas, en los que están presentes el barrio, el sol, los pájaros, la ciudad. “Qué pobres son quienes necesitan mitos”, dijo en alguno de sus escritos. El crítico británico Cyril Connolly dijo que “la literatura es el arte de escribir algo que se leerá dos veces”. Pues bien, el aserto se cumple en el caso de Albert Camus, es decir, de sus novelas, relatos, ensayos y aun de esa memoria tremenda que son sus Carnets. ¡Ah!, estos cuadernos los escribió cuando se dio cuenta de que estaba perdiendo la memoria.

 

Camus, Nobel de Literatura a los 44 años y muerto en un accidente de tránsito a los 47, es un escritor que antepuso la verdad a cualquier otra consideración. Su debate con Sartre, sobre la ideología, el estalinismo, en fin, lo catapultó como un ser comprometido con el hombre, con la vida y en contra de cualquier totalitarismo. A veces tuvo nostalgia de la pobreza perdida y quizá, como el Che, aspiró a no dejar nada material a sus hijos. Tal vez su desgracia, como lo afirma algún personaje de su Calígula, fue haberlo comprendido todo. Sus obras se pueden leer más de dos veces.

 

(Octubre de 2013)

 

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La literatura o esa posibilidad de soñar

(Una visión desde la vida cotidiana hasta los abismos interiores)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

 

Más allá de la acera, de la calleja en apariencia insignificante, del alero sin golondrinas, de la ventana indiscreta, más allá del mundo anodino y cotidiano, tan rico en sorpresas y lleno de excepcionales miradas, la vida interior palpita. Y ofrece diversas posibilidades de ser narrada, o pintada, o dramatizada, o transformada en un arte novelesco. El gran arte casi siempre nace de lo evidente, pero —he ahí el papel taumatúrgico del creador— son la sensibilidad y la imaginación del esteta las que otorgan un toque de extrañeza, una distinción especial. Un nuevo hálito. Él es el único capaz, debido a su asombro y perplejidades, o tal vez a que todo lo observa con los ojos nuevos de niño, de ver en lo corriente, quizá en lo vulgar, lo insólito, lo extraordinario. Estos aspectos están a la vuelta de una inevitable esquina, o en la señora que mece sus recuerdos en una silla, o camuflados en la sotana brillante del curita del barrio.

 

El artista tiene ojos de descubridor, de escudriñador, y donde el común de los mortales no ve sino aburrimiento, o repeticiones, o monotonía, o nada, él encuentra lo insospechado. El hecho de una mosca caer prisionera en una telaraña, puede ocasionar para el avezado centinela de lo común, una inspiración, la iniciación o final de una historia, un motivo. No requiere repartirse en otros universos distintos a los de su entorno, a los de su aldea: allí está el mundo, a escala, una maqueta con sus glorias y sus vergüenzas, sus afanes y displicencias, sus sobresaltos y desamparos. Es cuestión de sentir, de explorar, de estar dispuesto al milagro. Y a la percepción del menor deslumbramiento. Con certeza, estos surgirán en la conversación de tienda, o en la ronda infantil que alegra la calle vespertina, o en el cansancio del obrero que vuelve a casa tras otra jornada de plusvalías y vigilancia de supervisores. Las historias pululan, y entonces el narrador, el poeta, con sus antenas invisibles, las capta, las transpola, las modifica y les confiere su particular magia, su estilo, el sello personal.

 

Ahí, en el espacio corriente de la barriada, sobre la “veredita” de cemento, en los quicios quejumbrosos, en el marco desteñido de una vieja ventana, en las pisadas lentas del viejo, en el perturbador bamboleo de caderas de una chica, en todos esos asuntos —intrascendentes muchos de ellos— está el material en bruto para ser procesado. Solo hay que disponerse a la seducción, a permitir que ingresen en el alma, las vibraciones y sensaciones de la denominada cotidianidad, de la aparente deleznable vida diaria.

 

Al escritor, como diría el siempre citado Jorge Luis Borges (o quizá también haya sido Margarita Yourcenar), todo le sirve: una desgracia, un hecho feliz, algún desencanto. Todo es posible tornarlo literatura. La condición humana está poblada de inquietudes y sosiegos, de claridades y ausencias de luz. Pero hay que estar siempre prestos al hallazgo, y para ello a veces solo se precisa mirar la ciudad, el barrio, la casa de los afectos como si jamás se hubiera visto antes. Casi que con los ojos alelados del turista curioso, del viajero, del que llega por primera vez.

 

Lo local ofrece, en todo caso, un universo, y, a su vez, una universidad. Kant, por ejemplo, descubrió tal riqueza en su pueblito, del cual nunca necesitó salir para tener el mundo en sus manos. Lo encontró Epicuro en su jardín, en el cual pudo sobrevivir a las pestes que asolaron el resto de Atenas. En su modesto lugar de residencia, en el pueblo de Santo Domingo o en la entonces incipiente y variable ciudad-aldea de Medellín, el escritor Tomás Carrasquilla encontró una veta para sus novelas y cuentos. Que es, del mismo modo, lo que halló Francisco de Paula Rendón, o Efe Gómez en Fredonia o Titiribí o en cualquier extraviada mina aurífera de algún pueblo sin horizontes.

 

Para efectos de certidumbre más que de ansias de demostración, valga recordar de los Cuadernos en octavo, un aforismo de Kafka (que, de paso, se puede decir encontró su mundo interior en su Praga natal o en lecturas de otros autores) que da cuenta de las posibilidades estéticas de los pequeños entornos, de las atmósferas recogidas, y a veces asfixiantes, de los sitios donde a cada uno le correspondió vivir: “No es necesario que salgas de la casa; quédate junto a la mesa y escucha; ni siquiera escuches, espera solamente; ni siquiera esperes, quédate completamente quieto y solo; el mundo se ofrecerá desenmascararte ante ti, no puede evitarlo: extasiado se retorcerá en tu presencia, a tus pies”.

 

¡Cuánto se podrá decir —e imaginar— de lo que existe tras una puerta cerrada! ¡Cuánto se podrá pintar con solo ver ese pedacito de cielo que se cuela por una ventana o que se entra por el patio de la casa! El mundo, el pequeño gran mundo en el que cada uno habita ofrece un sinnúmero de emociones, de pasiones, de ilusiones perdidas. Se trata de desenterrar sus relaciones, sus interconexiones con otros mundos, de ver cómo se desenvuelve allí el hombre, cómo lucha, cómo habita y vive y siente y padece y ama, y también cómo agoniza, cómo muere. He ahí, por no entrar en más detalles, las bases de cuentos y novelas. Hay que ponerles alas al corazón y a la creatividad. Y listo (aunque no es tan simple). Entonces aparecerá un Azorín o un Juan Rulfo. Y así la tierra podrá cantar.

 

 

2.                                                  Resultado de imagen para moby dick

 

Poder encontrar, oculto en la hojarasca común de la existencia, un tema, un motivo de escritura, es, para el escritor de ficciones o de hechos reales (para el periodista, por ejemplo) una posibilidad para ejercer su inventiva. Julio Cortázar decía que en lo absolutamente cotidiano e incluso trivial era factible hallar lo inusual. En un parque podría estar la realidad más fantástica. Alguna vez, Roberto Arlt escribió una crónica sobre la luz que salía de una ventana. ¿Qué de trascendental había o puede haber en un acontecimiento simple y repetido como aquel? Quizá nada, pero, gracias a sus dotes narrativas y a su talento y sensibilidad, el escritor trascendió la aparente simpleza del tema y construyó un mundo. Igual, por ejemplo, con otra “Aguafuerte” acerca de las casas inconclusas. Sin caer en el costumbrismo urbano (lo cual tampoco sería un delito literario, como creen algunos intelectuales) Arlt realizó una pequeña obra maestra del buen decir, del mejor imaginar y, a su vez, de penetrar el ladrillo y descubrir en el fondo, en el polvo, al hombre, que es, en últimas, lo que siempre le ha interesado a la literatura. El hombre y sus circunstancias.

 

A veces, de esos mundos constreñidos, pobres, desabridos, de esos climas sofocantes, emanan las más espléndidas fuentes del arte literario. ¿No es algo como eso lo que describe Emily Brontë en sus Cumbres borrascosas? Veamos un fragmento a guisa de ejemplo y de recorderis de esta novela: “Dos bancos semicirculares estaban arrimados al hogar. Me tendí en uno de ellos cuando un intruso invadió nuestro retiro. Era José, que bajaba por una escalera de madera que debía de conducir a su camaranchón. Dirigió una oscura mirada a la llama que yo había encendido, expulsó al gato, ocupando su sitio, y se dedicó a cargar de tabaco una pipa que medía ocho centímetros de longitud. Debía considerar mi presencia en su santuario como una irreverencia tal que no merecía ni siquiera comentarios”.

 

O, de otro lado, qué tal esas atmósferas apabulladoras de Faulkner, opresivas en la narración de la decadencia: “El lugar hacía donde Simón se dirigía era una enorme casa de ladrillo situada junto a la calle. La finca había albergado anteriormente una hermosa mansión colonial que se alzaba entre magnolios, robles y setos florecidos, pero al incendiarse el antiguo edificio, se derribaron algunos de los árboles y se hizo sitio para un disparate arquitectónico tan terriblemente desmesurado que poseía cierta grandiosidad caótica” (Sartoris).

 

En cualquier caso, lo hermoso de la literatura es que para ella no hay temas proscritos. Caben todas las miserias humanas, todos los apocalipsis, las apoteosis, las mutaciones, las iras… Se le puede dar cabida a lo desmesurado o a lo prudente; a lo obscuro o a lo luminoso; a las atrocidades y a los sentimientos más sublimes. Todo radica, y he ahí la dificultad, en hacerlo con belleza, con verosimilitud. En poder darle vida a lo expresado. En sentir, por ejemplo, el polvo del camino cuando una tortuguita atraviesa una carretera en una novela de Steinbeck; en poder experimentar la impotencia, pero, a su vez, la vocación indoblegable de la lucha, del viejo Santiago en la épica narración de Hemingway; en agonizar con un soldado en una trinchera en Sin novedad en el frente; o en sucumbir ante el horror blanco  de Moby Dick.

 

¿Acaso no se siente un desmoronamiento interior al leer este fragmento de Las olas, de Virginia Woolf?: “Y el tiempo, dijo Bernard, deja caer su gota. La gota que se ha formado en la techumbre de nuestra alma, cae. En la techumbre de mi mente el tiempo, formándose, deja caer su gota. La semana pasada, mientras me afeitaba, la gota cayó. Estando en pie, con la navaja barbera en la mano, me di cuenta bruscamente de la naturaleza meramente habitual de mi acto (esto significa la formación de la gota), y felicité a mis manos, irónicamente, por perseverar en él. Afeitad, afeitad, dije. Seguid afeitando. La gota cayó. Durante la labor del día, sin cesar, aunque a intervalos, mi pensamiento se fue a un lugar vacío y dijo: “¿Qué se ha perdido? ¿Qué se ha terminado? (…) Mientras me abrochaba el abrigo para ir a casa, dije con más dramatismo: He perdido la juventud”.

 

Las historias de la condición humana están atiborradas de asperezas y frustraciones, de angustias y desasosiegos, y, claro, de soñadas conquistas. La literatura pone en planos más elevados, más complejos si se quiere, estos asuntos. Los distancia para acercarlos al alma. Los disfraza, para que todos sepan de qué se trata. En ellos está usted, con una máscara, pero esta no alcanza a disimular su dolorosa fisonomía, como sucede en algún relato de Marcel Schwob. Ella, la literatura, es capaz de objetivar lo real y lo soñado, lo contingente y lo necesario, lo esencial y lo superfluo. Es una recreación del universo, de su pasado, presente y futuro. Está por encima del tiempo, al cual moldea a su gusto. Lo cual significa también, de algún modo, que va más allá de la historia. O como decía Aristóteles: “La poesía es una cosa más filosófica y elevada que la historia, pues la poesía aspirar a expresar lo universal; la historia, lo particular”.

 

 

3.

 

Y como al principio, la literatura puede hacer muy grande lo que en apariencia es pequeño y darle un estatus más elevado, un rango de prominencia a cosillas que no tienen mucho abolengo. Así, a modo de ejemplo, se podría citar un fragmento de un relato del uruguayo Felisberto Hernández. “El comedor estaba en un nivel más bajo que la calle y a través de pequeñas ventanas enrejadas se veían los pies y las piernas de los que pasaban por la vereda. La luz, no bien salía de una pantalla verde, ya daba sobre un mantel blanco; allí se habían reunido, como para una fiesta de recuerdos, los viejos objetos de la familia. Apenas nos sentamos, los tres nos quedamos callados un momento; entonces todas las cosas que había en la mesa parecían formas preciosas del silencio” (El balcón).

 

O este otro de Azorín: “Unas campanas de despiertan; son tres campanas; dos hacen un “tan, tan”, sonoro y ruidoso, y la tercera, como sobrecogida, temerosa, canta; por debajo de este acompañamiento, una melodía larga, suave, melancólica. Cervantes oiría entre sueños, todas las madrugadas, como yo ahora, estas campanas melodiosas. Aún es de noche; todavía la luz del alba no clarea en las rendijas de la puerta y de la ventana. Y me torno a dormir. Y luego, las mismas campanas, el mismo acompañamiento clamoroso y la misma melopea suave me tornan a despertar. Ya la luz del nuevo día pinta rayas y puntos vivos en las maderas de las puertas. Unas palomas ronronean en el piso de arriba y andan con golpes menuditos sobre el techo; los gorriones pían furiosos; silba un mirlo a lo lejos…” (La novia de Cervantes).

 

En rigor, no son necesarios una grandilocuencia rebuscada ni un alto edificio verbal para pintar sentimientos y paisajes. Bastan unas cuantas pinceladas —eso sí, maestras— para expresar atmósferas y sugerir caracteres. O para señalar mundos casi anodinos, pero que, dichos con otras maneras, hacen que el lector se fije en ellos con ojos de novedad y asombro. El poder de la literatura radica en darle a la vida otra dimensión; en producir despliegues del alma, triste o contenta; en provocar que el hombre se mire a sí mismo y se entere, con otro sentido, de sus miserias y potencialidades. La literatura puede ser un consuelo o una esperanza, una certificación de lo temporal del hombre. Y en todo caso, anuncia las flaquezas, las angustias, las inteligencias, los pesares. En ella se puede encontrar desde la profecía hasta la sensación de pesadez del presente. Con ella es probable escudriñar el pretérito o auscultar el porvenir. Encontrar al héroe y al antihéroe y a los prototipos humanos. También los valores, modos de vida, las inquietudes existenciales de determinada época. Por eso, la novela, el cuento, la poesía, tienen más poder y alcance que la historia. Y a veces, son la historia misma.

 

 

4.                                                                             Resultado de imagen para leopoldo alas clarin

 

Sencillez y profundidad son dos elementos que se conjugan, con acierto, en la literatura de Leopoldo Alas, el célebre Clarín, un autor ignorado en su tiempo, pero celebrado en nuestros días, y que en su narrativa breve muestra, con mayor ahínco, todo su talento de escritor y de sicólogo. Es un explorador de almas. Penetra, con un lenguaje claro (tal como el que luego propondría Azorín para el novelista) en las honduras de la condición humana, la cual examina, en toda su extensión. Pone en la picota determinados valores burgueses (como el del dinero, el arribismo social, la doblez, etc.), y, a veces, en su canto desesperanzado pero vigoroso, se nota el desencanto por la existencia, la inutilidad de ciertas vidas. En él, o, mejor, en sus cuentos, revive aquello de que el hombre es cosa vana y ondeante (a lo Montaigne): estamos hechos de tiempos. Y pasamos. Sin remedio y sin posibilidades de tener otra vida tras la muerte. Y don Leopoldo nos lo cuenta y nos lo hace padecer para que, sufriendo, nos enteremos —una vez más— de nuestro efímero discurrir.

 

En algunos relatos, como por ejemplo, en el de El número uno, da cuenta de la trayectoria vacua de alguien que siempre se creyó un portento, un fuera de serie, pero resultó siendo un tipo intrascendente, con una vida sin paisajes, amarga. Y aunque en sus creaciones Clarín no pretende moralizar, así haya titulado uno de sus libros como Cuentos morales, sí efectúa una suerte de radiografía del corazón del hombre, pero, eso sí, con un propósito ético, como es el de estar mostrando caminos en los cuales podamos detenernos, de vez en cuando, a observarnos, a reflexionar sobre nuestro comportamiento y nuestras debilidades.

 

Por otra parte, Clarín, un partidario a lo Flaubert del arte por el arte, no cayó en la tentación de las modas ni se dejó seducir por las capillas ni los cenáculos de su tiempo. Fue un independiente, con banderas que reivindicaban la existencia, pero, sobre todo, alguien que siempre creyó en la literatura no solo como posibilidad estética, sino ética. En su concepción artística también se patentó al hombre como ser social, inmerso en un mundo contradictorio, a veces inhumano, a veces lobo para su semejante. Con su literatura, Clarín no pretendió que el lector mejorara sus costumbres, o corrigiera sus vicios, o construyera un decálogo o un manual de comportamientos. Solo quería dar una visión interior del hombre.

 

Un aparte del prólogo suyo a los Cuentos morales, puede otorgar más nitidez al respecto: “Sigo opinando que los libros no pueden ser morales ni inmorales, como los Estados no pueden ser ateos ni católicos, a no ser en el mundo de los tropos peligrosos. Aun reduciendo el significado de moral a la virtud que una cosa puede tener para moralizar a los que cabe que sean  morales (los individuos racionales), diré que mis cuentos no son morales en tal concepto. Los llamo así porque en ellos predomina la atención del autor a los fenómenos de la conducta libre, a la psicología de las acciones intencionadas. No es lo principal, en la mayor parte de estas intervenciones mías, la descripción del mundo exterior ni la narración interesante de vicisitudes históricas, sociales, sino el hombre interior, su pensamiento, su sentir, su voluntad”.

 

Clarín, en su modo de decir, describe, sí, entornos y algunas vicisitudes “objetivas”, pero con el fin de enmarcar al hombre, de situarlo, de concederle un referente histórico. Aunque, tal como el lector lo podrá captar, lo importante para él no es tanto el paisaje, el ambiente, sino el alma, las penurias, las alegrías, una tristeza imparable. O la muerte. O el no pasar a los anales de la historia, en no quedar registrado en el libro de la fama (como sucede con en el cuento titulado Vario). O la miseria física y mental. O las angustias de la vejez (de la enferma-edad que llamaría Roa Bastos). En fin, que es amplio el panorama íntimo propuesto por don Leopoldo, y con su lectura uno gana peso en el corazón.

 

La literatura, y en este caso los cuentos de Clarín, elevan al hombre; lo suben un peldaño más en la escala de la Creación, le amplían el universo. Y, al mostrar las flaquezas de espíritu y también las virtudes, al señalar los vicios y referenciar los asuntos más recónditos y secretos del alma, reivindica al género humano. Y tal vez lleva al lector a pensar en la construcción de un nuevo mundo, porque, al fin de cuentas, la literatura induce a soñar. Y, claro, toda la vida es sueño…

 

Medellín, agosto de 1994

 

(Ensayo escrito para el libro La imperfecta casada, de Leopoldo Alas, colección Biblioteca Distinta, Edilux)

 

 

 

 

 

Mosquitos y zancudos: ¡El infierno!

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Es probable que los insectos sobrevivan al hombre. Algunos de ellos, como los mosquitos y zancudos, parte de las miles de especies, que superan en cantidad a las de cualesquiera otros animales, son una suerte de atentado contra las pieles sensibles. Otros, como las cucarachas, son una expresión del asco y, por qué no, de visiones aterradoras y apocalípticas. Quién sabe por qué Kafka decidió que Gregorio Samsa se transmutara en un monstruoso insecto (no se sabe cuál) y no, por ejemplo, en una serpiente o en una lagartija.

 

Hace un tiempo, me topé con un insecto visto por el escritor húngaro Sándor Márai en uno de sus Diarios (1984-1989), y más que por él, por su esposa Ilona, que fue la primera en enterarse cómo el animalito frecuentaba la cocina de la pareja. No era una cucaracha, sino “un bicho de caparazón negra y de dos centímetros y medio de largo, algún tipo de ciervo volante”, según las palabras de la señora, recogidas por su marido. Pero el escritor también lo vio y advirtió que en su aparición había algo aterrador: “el insecto entra en la cocina en plena noche, abre un agujerito en la bolsa de plástico que contiene los alimentos, consume la cantidad necesaria y desaparece como el rayo para volver de nuevo al día siguiente”.

 

El insecto descrito por Márai, que roía trozos de pan y de frutas esparcidos en la cocina, va más allá del instinto y hay en él un “conocimiento” de la situación de supervivencia, de lo que debe consumir, sin exageraciones, solo la dosis necesaria, la suficiente para nutrirse. El mismo escritor se pregunta, no sin admiración, cómo encuentra la comida, cómo comete el robo, cómo sabe acerca de lo que hay que hacer y de la forma del asalto, lo cual no deja de ser aterrador, como lo señala el autor de El último encuentro.

 

En mi casa, en la que escasean las cucarachas, pero abundan minúsculas hormiguitas rubias y también lagartijas (entre ellas, una rayada, que parece emparentada con cebra o que gusta vestirse con el clásico traje de presidiario), escuché una noche un zumbido, no propio de esas horas, y sentí un choque contra la vidriera que da a un patio con plantas. Al levantarme, encontré una avispa bermeja, extraviada quién sabe por qué situaciones (tal vez la contaminación ambiental), que intentaba volverse por donde había entrado.

 

Llegará el día en que el hombre se metamorfosee en distintos insectos. Y puede que el mundo, de esa manera, adquiera un equilibrio. Sé, que en mi caso, no me transformaré en zancudo, ni en mosquito, ni en el torturador y tropical jején. Me parece que tengo una atracción fatal (o ellos por mí), una inclinación a que me ataquen en ciudades y campos, que por tales razones poco o nada me gustan fincas, aventuras selváticas, campings y otras torturas e incomodidades.

 

Sin embargo, donde quiera que esté, en oficinas con alfombras y aires acondicionados, en salones de clase, en cuartos de hotel, en teatros, en fin, me asaltan mosquitos y zancudos, y sus picadas son un suplicio que impide cualquier concentración. Hace años, observando anotaciones del Barón de Humboldt sobre los insectos que él denominaba crepusculares (como el desgraciado jején), la mera lectura me producía escozores y rasquiñas. El diminuto insecto costero y de ríos, que deja un puntito rojo tras su ataque devastador, torna con su especie de odio contra el hombre a la hora del crepúsculo. La roncha durante tres o cuatro días más y cuando se oculta el sol vuelve a picar y picar. Y hay que rascarse hasta arrancarse la piel.

 

En 1990, en la Expedición El Dorado, que preparaba antes de tiempo la conmemoración de los quinientos años del Descubrimiento de América, que atravesó ríos, selvas, montes y pueblos de Colombia, Venezuela y luego derivó en las Antillas menores, Trinidad y Tobago, y que se varó en Aruba, cuando iba a empalmar hacia la Guajira, debido a las bravuras del mar, me embarqué por más de un mes en una desventura (que no aventura) debido a los asedios y ataques permanentes de la mosquitería.

 

Nada pudieron contra el zancudo (que recordaba entonces a Vargas Vila y su Ante los bárbaros: “¿cuál es el peligro de la América Latina? El peligro yanqui…”) la tiamina, ni los repelentes, ni siquiera las botelladas de aguardiente y ron. El zancudo, contra el cual el gringo nada pudo, que decía el panfletario de América, me venció y vapuleó. Y así fue como en un paraje  a orillas del Orinoco, los expedicionarios recalamos ante la inminencia de la noche, y levantamos carpas, que fueron atravesadas por sonoras nubes de mosquitos, que además agujereaban bluyines y nos levantaban en vilo, en un episodio de canibalismo mosquitero y terror colectivo. Hubo que salir en desbandada de allí para buscar paisajes menos hostiles, y con mosquitos no tan numerosos ni tan agresivos.

 

Es una dicha para aquellos que no sienten las picaduras. Que no están expuestos a los ataques sin misericordia de jejenes, mosquitos y zancudas, y que pueden pernoctar en medio del monte, a orillas del mar, en las riberas de los ríos, sin sufrir ningún daño. A mí que no me inviten a selvas. Ni siquiera a las denominadas fincas de asueto. No valen toldos, ni anjeos, ni insecticidas. Nada. El infierno, ¡oh!, Dante, son estos insectos que de seguro sufrió en sus expediciones el pobre Humboldt.

 

Nosotros, los alérgicos a esas picaduras siniestras, preferimos la contaminación de las ciudades, el ruido infernal de automotores, el acelere urbano, la nube de esmog, que someternos a las picantes ofensivas campestres, aunque, lo dicho, no es que estemos a salvo del todo en una urbe, como Medellín, en la que uno que otro mosquito nos pone a proferir insultos mientras nos rascamos brazos y tobillos, y sacamos a relucir el atomizador con líquido repelente. Al menos por estos contornos no atacan en masa, como los “vampiros” del Orinoco.

 

Que frente a las tropas de zancudos y mosquitos, son preferibles escorpiones y otros arácnidos, o, cómo no, algún bichito, como el que en la cocina del escritor húngaro se regocijaba destapando paquetes de comida.

 

 

 

Las cucarachas

Por Reinaldo Spitaletta

Cuando un lector se enfrenta a aquello de que Gregorio Samsa, tras un sueño intranquilo, se despertó una mañana convertido en “un monstruoso insecto”, puede que frene de súbito y no siga leyendo porque considera que se trata de un absurdo. O, por el contrario, suceda que no pare hasta el final del gran relato de Kafka. Algunos piensan que el hombre de la ficción se transformó en un escarabajo. Yo creo que se mutó en cucaracha, que para algunos, o muchos, sí es, en efecto, un insecto monstruoso.

Aprendí, desde temprana edad, a presentir las cucarachas, tal vez como una especie de sensibilidad paranormal. En la oscuridad, sabía que había una muy cerca de mi cama, en el nochero, en la pared. Sentía su olor particular, poco agradable, y entonces me levantaba sobrecogido, prendía la luz y ahí estaba el insecto, con su aspecto de burla, su curiosidad manifestada en las antenas móviles y sus patas largas y espinosas (que las había sentido en otros días o noches en mi brazo, y aun en la cara) y dispuesto a no dejarse aplastar. Cuando intentaba un movimiento de agresión, se fugaba y se metía debajo de la cama, o se iba para la parte más alta de la pared, en fin, que el caso era que a mí me daba lástima de buscarla y de propinarle un chancletazo.

A veces, pedía ayuda a mis hermanos, que dormían en otras piezas, o a mamá, que se había vuelto experta en matarlas a punta de zapatazos, para que vinieran en mi ayuda. Digo que no era porque no fumigáramos o rociáramos la casa con algún veneno en polvo. Las cucarachas, lo supe con el tiempo, son inmortales.

Las cucarachas, que las hay de diversos tamaños y tonalidades, se han vuelto domésticas en muchas partes del mundo. Y me parece que, hasta ahora, no hay ningún método efectivo para erradicarlas del todo. Hay unas que parecen patinetas y tienen capacidad de vuelo, sobre todo en la oscuridad. O al menos, así eran las que aparecían en una casa del barrio El Congolo, en Bello, donde habitamos por cerca de tres años. En las noches de calor, uno sentía, en las tinieblas, su vuelo aterrador y sabía que aterrizarían en la cama o muy cerca de ella. A veces, volaban de un cuarto a otro, y se armaba una escandalera. “¡Allá va!”, gritaba alguno. El monstruo a veces se posaba sobre mi cama.

Alguna vez, papá llevó a casa unos panes de exquisita apariencia. Cuando los probamos, nos supo a lo que olían las cucarachas. “Pan cucaracho”, los bautizamos. Sobra decir que hubo que botarlos, en medio de risotadas, náuseas y escupitajos. Durante muchos años, fueron motivo de conversación y recocha familiar.

Pacho Restrepo, un arquitecto, me contó una vez que en una finca de Fredonia, donde él con sus amigos fue a temperar, comenzaron a sentir, en la oscuridad, una especie de murmullo aterrador. Una presencia vasta, que se movía en las paredes y en el piso de madera. Aguzaron los oídos y ya no tuvieron duda: había una amenaza. Cuando prendieron los bombillos, la visión fue apocalíptica: centenares de cucarachas habían invadido la casa. Huyeron todos en mitad de la noche.

Fernando Ospina, que en paz descanse, nos relató que en otra finca, tal vez en Jericó, hubo una fiesta embriagante. Uno de los invitados, borracho, se quedó dormido en la manga. Cuando despertó, parecía un poseso. Gritaba y se llevaba las manos a la cabeza, con desespero: “¡qué es ese ruido infernal. Me voy a enloquecer!”. Lo llevaron al hospital. Una cucaracha se había metido por una de sus orejas.

Tal vez la descripción más espeluznante sobre estos insectos, de los cuales hay más de cuatro mil quinientas especies en el planeta, la hizo el periodista polaco Ryszard Kapuściński, en su libro Ébano. Una noche, en una habitación de pánico, al encender la luz se encontró con un espectáculo electrizante: las paredes, el piso, la mesa, la cama, estaban repletos ¡de cucarachas!, pero no eran cualesquiera cucarachitas. Eran enormes. Del tamaño de una tortuga. Y peludas. Con bigote. Las cucarachas africanas tienen su vaina.

La cucaracha, a los que los mexicanos de la revolución le compusieron un pegajoso corrido, tiene pocos amigos. O ninguno. Es asquerosa y vector de enfermedades. Dicen (a modo de leyenda urbana) que después de que la humanidad sea destruida por las bombas nucleares, o por el recalentamiento solar, las cucarachas seguirán vivas. En la película Papillon (basada en el libro autobiográfico del mismo nombre, de Henri Charrière), Steve McQueen, que funge de protagonista, se come viva una cucaracha.

Digamos, además, que las cucarachas no han tenido buena prensa. Son las putas del paseo. A veces, son capaces de simular la muerte, patas arriba. Ah, y también mueren así (cuando no son aplastadas), volcadas sobre su “lomo”. Creo que a Gregorio Samsa no le hubiera ido tan mal si se hubiera metamorfoseado en escarabajo. Pero es que convertirse en cucaracha sí es una auténtica desgracia.

La descolorida burocracia y algunas referencias a Kafka

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

En El Proceso, Kafka la pulveriza. Y también en otras de sus obras. Y Orson Welles, ese hombre ancho y alto, que en 1938 estremeció a los neoyorquinos con la transmisión radial de una ilusoria invasión marciana, la muestra, basado en la novela del solitario de Praga, con todos sus pasillos infinitos plenos de papeles y sombras, en una creación fílmica electrizante que retrata a la burocracia como es: en blanco y negro. Porque, para ser precisos, esa élite del poder no tiene las propiedades del arco iris. No es colorida. Es sórdida. Tenebrosa. Incluso, el mejor cromo para pintarla es el gris, que es, en cierto sentido, el color de la tristeza. Y del invierno. Y de la vejez.

 

Burocracia y poder, dos caras de la misma moneda. Papeleos y escritomanías y sellos y ganchitos de cosedora y autógrafos no solicitados. Tramitomanía. Una sensación de náusea ligada a ella. Burocracia. A la que Marx (no Groucho sino Karl) denominó como una entorpecedora del desarrollo normal de los mecanismos sociales. Parásito de la sociedad. Suplantadora de la gestión democrática. Lo advierte el autor de El Capital en su Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Burocracia: monstruo multicéfalo. Algunos, hace años, con cierto ingenio macondiano, la bautizaron “burro-cracia”, con lo cual, en esencia, propinaron un insulto a ese cuadrúpedo útil y simpático, que numeroso se pasea por las sabanas calurosas de la costa Caribe.

 

Benedetti –seré curioso, señor ministro, de qué se ríe- la caracteriza en El Presupuesto. Y Orwell la vapulea cerdunamente en Rebelión en la granja. Y cantando, Maiakovski, el futurista, el mismo que se suicidó a los treinta y seis años, cuando ya había escrito varios volúmenes de poesía y obras de teatro y guiones cinematográficos y decenas de artículos, Vladimir, el dibujante, la vuelve trizas con sus versos revolucionarios:

 

“Como un lobo / devoraría al burocratismo. / A las credenciales no les tengo respeto. Todos pueden irse al diablo… / cualquier papel, el que sea, / pero éste…/ por el largo frente / de cupés y camarotes, / un funcionario / se mueve saludando. / Todos entregan sus pasaportes / y yo entrego mi librito escarlata…”.

 

La burocracia, nutridora, sin proponérselo, del arte de las letras. Y de las Leyes de Parkinson, burladoras e inteligentes, que ridiculizan la acumulación de cargos, el despilfarro de recursos públicos y la inercia administrativa. El número de funcionarios crece en razón inversa al trabajo que se va a realizar, dicen, con ironía. Por supuesto, que la burocracia en sí misma no es mala. Ni buena. Simplemente, existe. Imperios lejanos en el tiempo basaron su funcionamiento en “ese sistema de organización particular del aparato de Estado”, al decir de Poulantzas. Egipto, Roma, China, la padecieron. Y la desarrollaron, para su desgracia.

 

En realidad, no hay nada más desolador que enfrentarse al poder de las oficinas. Se siente uno desvalido. Como un insecto. Como un Gregorio Samsa. No hay nada que pueda contra esa estructura demoniaca. Es como envejecer y morir Ante la ley, según el relato kafkiano. Burocracia inconmovible. Como aquella que condenó al hombre de Kiev (¿recuerdan la obra de Malamud). O como aquella otra que martirizó a Iohann Moritz, protagonista de La hora 25.

 

Una firma allí. Un ganchito allá. Un sello en la ventanilla del fondo. Traiga dos fotocopias de la cédula y un retrato suyo actualizado y registro de matrimonio y partidas de defunción, y según este documento usted está muerto y es un aparecido, fantasma, espanto, usted no existe, hay que hacerle otra vez la autopsia, de cuál cámara de gas se fugó usted, traiga dos testigos que puedan afirmar que usted está vivo, y después suba al piso 13 (¿usted no es agorero, cierto?) para que el notario verifique, y traiga más firmas autenticadas pero vaya y pague primero en la caja, y ese antiséptico olor a palacio gubernamental, y las filas perpetuas, y vea que nadie cree que fue el sol el que obligó a Mersault, pobre hombre, a dispararles a los árabes de la obra de Camus. Una locura.

 

Burocracia. Inventora de pasos (primero vaya allí, luego allá, y más tarde acullá) y de pasillos. Temerosa de la eficiencia y del trabajo intenso. Pero necesaria al poder. A Max Weber le mereció muchos estudios y desvelos. Hasta para entrar al cielo se requieren ciertas firmas. Y para el infierno, también.

 

Frente a ella, inmensa y desabrida, uno se siente culpable. Y extraño como un negro en el séquito de la reina Isabel. Es ella, la burocracia, con sus infinitos tentáculos, un laberinto del que nadie puede escapar, que ni el hilo de Ariadna nos sirve. Estamos condenados como Joseph  K. Y nuestro único alivio es ponernos a pintar, como en la antigua escuelita, decenas de arco iris mientras hacemos turno para llegar hasta el fondo y el subfondo, ventanillas con ceño adusto, en la que una voz nos dirá, sin consideraciones: “Ya es muy tarde. Vamos a cerrar. Vuelva mañana”.

 

Advertencia: esta nota, con variaciones, la escribí hace 25 años (1988). La burocracia ha empeorado, pero por fortuna seguimos leyendo a Kafka, a ciento treinta años de su nacimiento.