El periodismo, más allá de la simulación

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El periodismo es una disciplina que tiene como ingredientes clave la curiosidad y el conocimiento. Es una manera particular de la modernidad de narrar la vida de los otros, sus tragedias y felicidades, en situaciones que deben ser contextualizadas, siempre arraigadas en lo que se denomina la realidad (cualquier cosa que esto signifique), en la que, por encima de cualquier interés personal, los importantes son los demás y sus circunstancias.

 

El reportero, más que preguntas a los otros, es alguien muy singular que se formula interrogantes sobre el mundo y sus conflictos. Frente a los órdenes impuestos o “naturales”. Es, en medio de la perplejidad, un buscador de lo que no se ve a simple vista, uno que va más allá de las apariencias, para explicar y dar respuestas a otros. Para auscultar las causas de los fenómenos e interpretar sus consecuencias.

 

Además de curioso, el periodista es —o debe ser— un ser preocupado por la cultura, de la que bebe sin saciarse para dar cuenta de un universo cada vez más complejo y, si se quiere, más injusto y dominado por minorías que son las que dictan y controlan, como titiriteros siniestros, el destino de multitudes, en un orden mundial en el que el sujeto está cada día más cerca de su extinción.

 

El periodismo es un oficio en el que hay que estar dispuestos a aprender cada vez más acerca de las sociedades y sus urdimbres. Más del hombre y sus quehaceres. No es solo una técnica, una colección de manuales (y hasta manualidades) y maneras de hacer, sino, sobre todo, una parte de lo que en el Renacimiento se llamó el humanismo y en el Siglo de las Luces, la Ilustración.

 

Ser periodista es estar dispuesto a entender el espacio y el tiempo de los otros, para ponerlos en evidencia con antecedentes y demás conexiones. Cómo viven y mueren los otros y en qué circunstancias, forma parte de los principios del periodismo, de su objeto de conocimiento. Sensibilidad y razón, en una mezcla en la que las proporciones no están determinadas, son elementos de la composición “alquímica” de un reportero.

 

Tal vez por estar conectada con todo, con lo vivo y con lo muerto (con la historia), no sea fácil el ejercicio de una profesión que, cuando está bien concebida y estructurada, entra en choque con los poderes. Nació como una voz alternativa de aquellos a los que les prohibían gritar, voz de los silenciados a punta de opresiones. Y de los olvidados y excluidos. Se tornó farol y estrella polar de los que caminaban en la oscuridad.

 

Hoy, sin embargo, en un país de espantosas diferencias sociales e inequidades sin cuento, el periodismo se ha vuelto más adulador y entibador del régimen, sustento de los poderosos y, en sus contenidos, sirve un plato deleznable, mezcla de frivolidades e irrespetos a la lengua y la dignidad. Quizá por este y otros factores, cada vez sea más dificultoso enseñar periodismo, porque no lucen en la palestra, en cuanto a medios masivos se refiere, paradigmas y gratos ejemplos de lo que debería ser el “buen periodismo”. Envilecidos en forma y contenido, los medios de información en Colombia, digo los tradicionales, cada vez están más emparentados con la propaganda y el incienso para los oficiantes del poder.

 

En algunas de las reflexiones que Ryszard Kapuściński hizo acerca del periodismo, advirtió que cuando los reporteros dejan de elaborar contextos y explicar lo que sucede, los diarios se vuelven aburridos, monótonos y sin paisajes. Puede ser, hoy, una de las causas de sus exiguas ventas. Así que cuando uno está al frente de una audiencia de muchachos que aspiran algún día a ser reporteros, que es una de las más altas maneras de ser algo en la existencia, más bien los periódicos y medios locales sirven como ejemplos negativos de cómo no hacer periodismo.

 

En mis clases en la Universidad Pontificia Bolivariana me emocioné casi hasta el éxtasis al narrar sobre grandes periodistas de aquí y de allá, al pasearme por los ámbitos siempre venturosos y aventureros del periodismo literario, del periodismo “gonzo”, de las investigaciones como las que hizo en las postrimerías del siglo XIX una chica como Nellie Bly con su reportaje Diez días en un manicomio, o las denuncias de  Upton Sinclair acerca de las condiciones de miseria y opresión capitalista de los trabajadores de Chicago.

 

No sé si logré enamorar a algunos estudiantes del reporterismo y del periodismo como disciplina ilustrada y humanística. Pero de lo que sí estoy seguro es que no claudiqué en las intenciones de transmitir a los otros las ganas de ser periodista, de estar con la gente, sobre todo con aquella olvidada de la fortuna y víctima del poder y de la injusticia. Y de amar las palabras, la lengua y apasionarse por la ciudad y sus peripecias.

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Cada vez, me parece, es más compleja la enseñanza del periodismo. Sobre todo cuando hay tantas expresiones apocalípticas sobre el presunto final de un oficio que puede que no sea el más bello del mundo (¿O sí, Albert Camus?), pero que sin duda es uno de los más emocionantes y en el que no hay lugar a los aburrimientos ni a la rutina. Y porque, no falta la ligereza en las esquinas ni en las academias, ha hecho carrera una frasecita desechable: “periodista es cualquiera”.

 

Cuando en el mundo lo que se estila ahora es la parcelación del conocimiento, la “especialización” (especialista es aquel que sabe menos de las cosas, de la cultura), el periodista tiene el reto de ser culto, de saber de artes y de ciencias y no perder —qué objetivo utópico, se dirá—  su aspiración renacentista. ¡Ah!, y de no cejar en la capacidad de indignarse frente a tantas tropelías que en el planeta pululan. El periodismo, ya lo dijo el autor de Ébano, ocupa toda nuestra vida. Día y noche. No hay otro modo de ejercitarlo. Estudiar y aprender siempre: he ahí la consigna.

 

Mi tía Betsabé lo decía con guasa, al referirse a las tres “p”: “Hay tres oficios que parecen fáciles y son de lo más difícil: panadero, periodista y puta”. No les voy a decir cuál de esas “p” ejercía ella.

 

(Escrito para el periódico estudiantil Contexto, de la Facultad de Comunicación Social-Periodismo de la UPB, diciembre de 2016)

 

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El periodista Ryszard Kapuściński, visto por Angelero.

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Las cucarachas

Por Reinaldo Spitaletta

Cuando un lector se enfrenta a aquello de que Gregorio Samsa, tras un sueño intranquilo, se despertó una mañana convertido en “un monstruoso insecto”, puede que frene de súbito y no siga leyendo porque considera que se trata de un absurdo. O, por el contrario, suceda que no pare hasta el final del gran relato de Kafka. Algunos piensan que el hombre de la ficción se transformó en un escarabajo. Yo creo que se mutó en cucaracha, que para algunos, o muchos, sí es, en efecto, un insecto monstruoso.

Aprendí, desde temprana edad, a presentir las cucarachas, tal vez como una especie de sensibilidad paranormal. En la oscuridad, sabía que había una muy cerca de mi cama, en el nochero, en la pared. Sentía su olor particular, poco agradable, y entonces me levantaba sobrecogido, prendía la luz y ahí estaba el insecto, con su aspecto de burla, su curiosidad manifestada en las antenas móviles y sus patas largas y espinosas (que las había sentido en otros días o noches en mi brazo, y aun en la cara) y dispuesto a no dejarse aplastar. Cuando intentaba un movimiento de agresión, se fugaba y se metía debajo de la cama, o se iba para la parte más alta de la pared, en fin, que el caso era que a mí me daba lástima de buscarla y de propinarle un chancletazo.

A veces, pedía ayuda a mis hermanos, que dormían en otras piezas, o a mamá, que se había vuelto experta en matarlas a punta de zapatazos, para que vinieran en mi ayuda. Digo que no era porque no fumigáramos o rociáramos la casa con algún veneno en polvo. Las cucarachas, lo supe con el tiempo, son inmortales.

Las cucarachas, que las hay de diversos tamaños y tonalidades, se han vuelto domésticas en muchas partes del mundo. Y me parece que, hasta ahora, no hay ningún método efectivo para erradicarlas del todo. Hay unas que parecen patinetas y tienen capacidad de vuelo, sobre todo en la oscuridad. O al menos, así eran las que aparecían en una casa del barrio El Congolo, en Bello, donde habitamos por cerca de tres años. En las noches de calor, uno sentía, en las tinieblas, su vuelo aterrador y sabía que aterrizarían en la cama o muy cerca de ella. A veces, volaban de un cuarto a otro, y se armaba una escandalera. “¡Allá va!”, gritaba alguno. El monstruo a veces se posaba sobre mi cama.

Alguna vez, papá llevó a casa unos panes de exquisita apariencia. Cuando los probamos, nos supo a lo que olían las cucarachas. “Pan cucaracho”, los bautizamos. Sobra decir que hubo que botarlos, en medio de risotadas, náuseas y escupitajos. Durante muchos años, fueron motivo de conversación y recocha familiar.

Pacho Restrepo, un arquitecto, me contó una vez que en una finca de Fredonia, donde él con sus amigos fue a temperar, comenzaron a sentir, en la oscuridad, una especie de murmullo aterrador. Una presencia vasta, que se movía en las paredes y en el piso de madera. Aguzaron los oídos y ya no tuvieron duda: había una amenaza. Cuando prendieron los bombillos, la visión fue apocalíptica: centenares de cucarachas habían invadido la casa. Huyeron todos en mitad de la noche.

Fernando Ospina, que en paz descanse, nos relató que en otra finca, tal vez en Jericó, hubo una fiesta embriagante. Uno de los invitados, borracho, se quedó dormido en la manga. Cuando despertó, parecía un poseso. Gritaba y se llevaba las manos a la cabeza, con desespero: “¡qué es ese ruido infernal. Me voy a enloquecer!”. Lo llevaron al hospital. Una cucaracha se había metido por una de sus orejas.

Tal vez la descripción más espeluznante sobre estos insectos, de los cuales hay más de cuatro mil quinientas especies en el planeta, la hizo el periodista polaco Ryszard Kapuściński, en su libro Ébano. Una noche, en una habitación de pánico, al encender la luz se encontró con un espectáculo electrizante: las paredes, el piso, la mesa, la cama, estaban repletos ¡de cucarachas!, pero no eran cualesquiera cucarachitas. Eran enormes. Del tamaño de una tortuga. Y peludas. Con bigote. Las cucarachas africanas tienen su vaina.

La cucaracha, a los que los mexicanos de la revolución le compusieron un pegajoso corrido, tiene pocos amigos. O ninguno. Es asquerosa y vector de enfermedades. Dicen (a modo de leyenda urbana) que después de que la humanidad sea destruida por las bombas nucleares, o por el recalentamiento solar, las cucarachas seguirán vivas. En la película Papillon (basada en el libro autobiográfico del mismo nombre, de Henri Charrière), Steve McQueen, que funge de protagonista, se come viva una cucaracha.

Digamos, además, que las cucarachas no han tenido buena prensa. Son las putas del paseo. A veces, son capaces de simular la muerte, patas arriba. Ah, y también mueren así (cuando no son aplastadas), volcadas sobre su “lomo”. Creo que a Gregorio Samsa no le hubiera ido tan mal si se hubiera metamorfoseado en escarabajo. Pero es que convertirse en cucaracha sí es una auténtica desgracia.