Un álbum para antes del olvido

“Vivir es cambiar,
en cualquier foto vieja lo verás”.

Homero Expósito (Chau no va más)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.  

Lo abrió con disimulada expectativa y vos estabas ahí, sonriéndole, mirándole muy a la cara, con esos ojos fijos, sin torceduras, y él como hipnotizado (¿o sería idiotizado?), sin poder desviar los ojos de los tuyos, aprisionado a tu recuerdo, señalado por una memoria ineludible, de la cual solo es posible escapar al voltear la hoja, y ya entonces no eras vos, sino otra, más días en tu piel, pero con esa misma manera de mirar, y él otra vez, como atado a tu figura, fue pasando más páginas, y en todas, vos, inevitable, guiñando un ojo, sonriendo cual niña que acaba de cometer una pilatuna, o estrenando una morisqueta de payaso callejero, o vestida a lo colombina, o con un traje blanco y unas flores marchitas en las manos, o yendo hacia el porvenir en una bicicleta, o persiguiendo una invisible mariposa, vos regada por todo el álbum con tu presencia devastadora, y él concentrado, buscándote en cada foto, en aquella donde estás sentada sobre la hierba, en la cual se adivina el olor a verdores, a mañanita; en esa otra, tu rostro en primer plano, atrás un paisaje difuminado, poca la profundidad de campo; y él sumido en el embeleso, devolviéndose como en un cuento de Carpentier, intentando asir el tiempo, lo inasible, y voz en la página siguiente, siguiendo unas huellas en la arena, sintiendo el viento en la cara y el sol en todo el cuerpo, y una risa, la tuya, detenida, y él deteniéndose en esa inmovilidad, sabiéndote lejana, sin vuelta…sin regreso.

 

2.

El álbum tiene un misterioso parecido al museo, por su capacidad de conservar. Es la morada de cosas y seres que ya no son. Es el depositario de un transcurso. En el álbum se captura al tiempo, se le obliga a permanecer inmóvil, testimonio de un instante. Es una historia. Se quedan en sus hojas partes de alguien, un gesto, una caligrafía, un cachito de pelo, la esquela perfumada de días de ensueño, el fragmento de un romance, un pie de foto para explicar una imagen desvanecida. Una parte de la intimidad se guarda en esos libros de hojas blancas, una parte de la existencia se estampa ahí, como un modo de la permanencia, de la lucha contra la fugacidad.

 

En la Grecia y Roma antiguas —otra vez una imagen de museo—  álbum era toda superficie blanca sobre la cual se escribían con pintura roja o negra (que son los muy atractivos colores del infierno) los edictos o documentos públicos y, por extensión, se denominaba así a cualquier lugar destinado a la colocación de anuncios de interés colectivo. Más tarde, se designó de la misma manera a cualquier cuaderno en el cual se consignaban notas de viajes, impresiones, anotaciones históricas, frases célebres…y, en la farmacopea de antes, álbum era el nombre genérico de varios ungüentos empleados en medicina, como el album graecum, que era la parte blanca y seca de la mierda de perro, muy rica en fosfato de cal.

 

Claro que había unos álbumes que uno amaba tanto. Eran aquellos de colección de laminitas, unas de historia natural, otras de luchadores mexicanos, o esas tan luminosas de artistas cinematográficos, que mostraban a la sonriente Kim Novak y a la muy lujuriosa Marilyn, al lado del rocanrolero Elvis o del pistolero John Wayne. En los álbumes de entonces uno podía saltar del lomo de un dinosaurio a los atributos físicos completos de Claudia Cardinale. El poder de la evolución. Álbum, otra manera de la arqueología y de la apolillada preservación de recuerdos.

 

3.

Y él, después, ¿o sería antes?, te quiso ver en una suerte de reversa: vos con la piel ajada, mostrando, sin embargo, rastras de tu antiguo esplendor, a horcajadas sobre un caballo blanco, de esos de tiovivo, calesita musical, la risa toda dispersa por el paisaje, los cabellos derramados; en otra imagen, vos, claro, con un trajecito de zaraza, que aumentaba tu frescura, y él, alelado, embobado, observándote despacio, como desplazándose mentalmente hasta vos, hasta tu tiempo más reciente, tu fisonomía enniñeciendo, vos con una muñeca, vos con una cintilla verde (bueno, él supone que haya sido de ese color) recogiéndote el pelo, vos jugando en una ronda sin fin con otras chicas, vos saltando el lazo, vos con tu mamá, vos con tu hermana, y él aferrándose a una historia en esas hojas que fueron blancas, en esas hojas tan repletas de vos, de tus pasos, de tu sombra, de tu figura que él jamás dejará de mirar, condenado a sufrir tu ausencia. Ahora, él comienza de nuevo y pasa a la siguiente hoja…

 

En el álbum, el futuro no existe. Chau, no va más.

 

(Del libro Estas 33 cosas, publicado por la editorial UPB, 2008)

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Una rosa para Marilyn

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Por Reinaldo Spitaletta

No sé si eras una diosa pagana o simplemente una peliteñida rubia plateada que se acostó con un presidente gringo, y con el hermano de este, y dicen que con Sinatra, aunque no creo. En todo caso, vos, Marilyn Monroe (que ese no era tu verdadero nombre), la de la palidez de vainilla y piel de leche recién ordeñada, que de pronto así diría algún campechano de los breñales de Antioquia, eras, sos todavía, un mito de celuloide que al marcharte para siempre con tu mortal dosis de barbitúricos, dejaste un clan inconsolable de viudos universales. Aún hay adoradores que encienden una vela ante la foto aquella, la que tomó Sam Shaw, en la que aparecés con la faldita levantada por un viento enamoradizo en una acera de Los Ángeles.

¡Oh, Marilyn! ¡Cuántas mentiras se pronuncian en tu nombre! Vos, la que no solía usar calzoncitos (no sé por qué acabo de acordarme de la fernandogonzalesca Toni, qué remordimiento), seguís ahí, fresca, en los álbumes y en las pantallas, poniendo tus labios en forma de “O”, coquetudos, sin importar que con tu cuerpo tan deseado y alabado los gusanos se hubiesen dado un banquete, hace ya tantos años.

De vos decía una de tus mucamas que detestabas el agua y el jabón y que te teñías de claridades el vello púbico para que no se transparentara tu feminidad a través de tus trajes blancos. Creo que era más por envidia que ligaban tantas sandeces a tu nombre único, Marilyn, la huerfanita violada a los nueve años y cantada (o rezada) por Ernesto Cardenal.

Vos, la misma que a los dieciséis años quiso matarse (menos mal, no pudiste), vos, una adorable criatura (la voz es de Truman Capote), fuiste ícono del siglo XX cambalache, problemático y febril. Más renombrada que Lennon, quien alguna vez, en un ataque de egocentrismo, se atrevió a decir que él, el beatle genial, era más popular que Cristo. Yo digo, con Cabrera Infante, que vos sos una leyenda que crece con los días y no una blasfemia. Sos una maravilla que se creó a sí misma. Y se mató a sí misma. Fénix rubicundo que renace de sus cenizas. Claro que como muchos lo proclaman, vos, más que una estrella (los méritos son tuyos, no de la Century-Fox), fuiste una víctima de todos, incluidos los hermanos John y Robert Kennedy.

Vos, empleadita de tienda que soñaste con ser estrella de cine, no estás hecha para los olvidos. Antes de verte en tu primer filme, dirigido por John Huston, o en Niágara o Bus Stop, te conocimos –después de muerta- los muchachitos de los frenéticos sesentas en sorpresivos “caramelos” (cromos) en los que aparecías con una flor roja en las manos. Competías entonces en los álbumes de barriada con Kim Novak y Jane Russell. No sé si fuiste una brillante actriz, pero en todo caso sí una bella dama de exuberantes nalgas y senos despampanantes. Claro que para lucir más humana, algún defectito físico debías de tener. Néstor Almendros, el fotógrafo de cine, declaró que vos tenías los ojos muy separados, casi a lado y lado de la cara.

Vos, exNorma Jean, para la historia Marilyn Monroe, la que su padrastro violó, fuiste una fabricación (y qué producto) hollywoodense, diosa del sexo, venus de chicle y hamburguesa, explotada, según Sir Laurence Olivier, más allá de lo imaginable (y de lo posible). Tu carita de sonrisa pintada se reprodujo como un virus en revistas, afiches, calendarios, pocillos, camisetas, periódicos, suplementos culturales y en obras de arte pop. Por vos, ¡oh, Marilyn! suspiraron en tu intimidad de piel lechosa, Joe DiMaggio y Arthur Miller…, y Tony Curtis tuvo una erección cuando filmaba con vos una escena de Una Eva y dos Adanes, de Billy Wilder. Estuviste en expedientes de la CIA y en boca de numerosas esposas gringas celosas.

Vos, Marilyn, la de voz orgásmica (así cantás el Happy Birthday a tu endemoniado Kennedy), poblaste los sueños eróticos de la muchachada de entonces. Fetiche de medianoche. Tentación de alcoba solitaria. Muchos cargaron tu efigie en la billetera o colgaron tu imagen (sobre todo aquella, desnuda, de lado, encima de una cama infinita) de las paredes del baño. Inspiraste novelas y cuentos y pinturas. Y masturbaciones. Extraña musa de Beverly Hills y Nueva York. Vos, que una noche soñaste que estabas desnuda en una iglesia, con una feligresía postrada a tus pies, vos, digo, la que has sido calificada de impúdica, de puta, de estúpida mona oxigenada, resucitás cada agosto y sos motivo de celebración cósmica.

Vos, la suicidada por la sociedad, te fuiste madrugadamente, antes de que el tiempo marchitara tus apetitosas carnes. Privilegiados los gusanos que consumieron los trescientos gramos de tu corazón. Tantos años después de tu mítica ausencia, siguen floreciendo rosas rojas sobre tu nombre, barbitúrica y depresiva Marilyn. ¡Oh, Marilyn!, la de la explosiva belleza.

(Escrito en Medellín, cuando agosto soplaba sobre mi ventana)