La Inquisición y los sueños quemados

 

(Crónica con autos de fe y esperanzas que ya no son)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Al rabí Abarbanel, judío aragonés, desdeñador de pobres y usurero prestamista, lo condenó el Santo Oficio a morir en las llamas. Pero antes de que el fuego purificara su alma, la Inquisición lo sometió a torturas diversas durante un año, que, si no, la cosa no hubiera tenido gracia. Pero ni el potro de los tormentos, ni las sombras de las mazmorras, ni cadenas ni grillos, lograron hacer abjurar de su fe al obstinado “descendiente de la esposa del último juez de Israel”. Faltaba, sin embargo, el peor de los martirios. La víspera del auto de fe fue sometido al suplicio de la esperanza.

 

El terrible (y el adjetivo es exacto) relato sobre el rabí Abarbanel y la Inquisición hace parte de los Cuentos crueles, del escritor francés Augusto Villiers de L’Isle Adam. El castigo de la esperanza, en la perturbadora ficción del autor de Historias insólitas, consistía en propiciar, con toda la premeditación del caso, la fuga del condenado en su última noche de vida. Era darle la posibilidad de mirar otra vez el cielo estrellado y respirar las fragancias del campo. Era mostrarle al torturado el camino del escape. Y hacerlo creer, puesto que todo así se lo indicaba, que estaba a punto de conseguir la libertad…

 

Al leer hace tiempos La esperanza (también lo han traducido como La tortura de la esperanza), que es como se llama el cuento en mención, recordé, mediante una extraña y tal vez inexplicable asociación, los sueños de cada uno de los alegradores del paisaje de una de tantas calles que vos, y yo, y casi todos, hemos gozado o padecido. Todos estábamos entonces, y creo que lo seguimos estando, sometidos a la pena de la esperanza, quizá sin saberlo. Destinados a la construcción de ilusiones, inventábamos el mundo a nuestra imagen y semejanza. Éramos como pequeños dioses (bueno, ¿y cuáles son los grandes dioses?), creadores de fantasías ingenuas. Forjadores de mundos irreales, en los que, en algunos casos, había pilotos de guerra en aviones de papel y soldaditos de plomo que libraban batallas sin sangre y sin muertos.

 

Al terminar la lectura del relato del francés, memoré a Mariana, la de alegre caminar y sonrisa desparramada por toda su anatomía. Tuvo siempre la esperanza de llegar a superar a Isadora Duncan (supo de ella por una serie radial, de las de hace años). Cuando bailaba, todos le abríamos espacios imposibles en la salita de piso con mosaicos oro y lechuga, y le acompañábamos sus cadencias con palmas acompasadas. El universo era solo para ella. Y ella, a su vez, era nuestro universo, lleno de músicas y de expectativas en ascenso.

 

También recordé, y no me pregunten por qué, al negro Humberto, delgado como un milímetro, malabarista de balones sobre asfalto, móvil y huidizo, gambeteador, ¡caramba! si se parecía a Garrincha, eludidor de tres y cuatro rivales en un metro cuadrado de espectáculo. Y el muchacho de las piernas de prodigio tenía la esperanza de jugar, un día no muy lejano, según decía, en un estadio abarrotado, donde la gloria tuviera como centro sus piernas burladoras y morenas, y sus golazos. Sueños de adolescencia.

 

Y con la imagen del gran inquisidor llegó después la lánguida figura de Chinga, menos conocido como Jairo, adorador de estrellas, que se embelesaba mirando firmamentos y diseñando telescopios de cartón y naves espaciales de papel de globo. Quería ser astronauta. Quizá por sus deseos siderales, las cometas que fabricaba volaban más alto que las de los otros. Sus sueños, así lo contaba en reuniones de esquina, estaban poblados de viajes intergalácticos, pegasos de alas fosforescentes y cráteres lunares. Tenía un futuro más allá de la Tierra.

 

Después, la memoria se detuvo en Cristóbal, que tenía cara de horizonte. Sus utopías se basaban en la construcción de barcos inconmensurables (comenzó con los de hojas de cuaderno, que naufragaban en los charcos de esquina llovida), navegadores de todos los mares, inmunes a piratas y motines a bordo. Se dormía cada noche pensando en aventuras de océano y en el olor salado de las brisas marinas. Ah, todavía no había visto el mar.

 

Y, luego, tras varias vacilaciones en el recuerdo, apareció Angelita, la morena, de cabellos rizados y sensibilidad en las palabras. Quería irse a París, después de haber jugado tantas veces en calles y aceras con otras muchachas, y decir en correndillas aquello de “un soldado fue a París, con un moco en la nariz…Chupaté, chupaté, patinaba una niña en París”. Iba a ser como una mujer que había visto en una pintura, de sombrero y sedas, con un bolso de charol.

 

Mariana. Humberto. Chinga. Cristóbal. Angelita. Ninguno pudo superar a la Duncan, ni a Pelé, ni salir del planeta, ni tener compañía de gaviotas y alcatraces. Ni estar en el viejo París. Cuando estuvieron a punto de lograrlo, la inquisición de nuestros tiempos (no sé cuál de tantas) se los impidió. Los sueños no son inmunes al fuego. El suplicio de la esperanza terminó envuelto en llamas. Así como el que diseñó el Gran Inquisidor Pedro Arbués de Espila, dominico de Segovia, para engañar a un judío de Aragón.

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