Tres amigos en un bar lejano

(Crónica con un tango y un cafetín triangular de cuchilleros)

Reinaldo Spitaletta

 

El nombre más apropiado para un bar lo tuvo en Bello el Bar La Isla. Formaba un triángulo en tres calles, y el cafetín era una miniatura con pianola y dos casas encima de él. La puerta principal daba al llamado Carretero, una calle que se formó con el fin de conectar la vieja fábrica de tejidos, en Playa Rica, fundada en 1902,  con el centro de la ciudad. Un costado estaba sobre la carrera 50, la principal calle de la aldea fabril, que después de pasar por el centro se iba hasta el barrio El Congolo, se montaba en un puente sobre la quebrada La García y se encaminaba al barrio La Selva, donde hubo uno que otro prostíbulo, unas mangas aptas para los más encarnizados y emocionantes partidos de fútbol y la entrada a una finca, en el pie del morro el Quitasol.

Y el otro costado estaba sobre una diagonal. Por los tres lados había acera, y en las bajadas, a veces los muchachos se deslizaban en tablas emparafinadas. Eran los fines de los sesenta, con músicas juveniles Ye-Ye y Go-Go, con baladas argentinas y mexicanas, y con muchos partidos de fútbol en las calles, con pelotas de plástico, que en muchas ocasiones chocaban contra las puertas y ventanas y ponían a las señoras de pelo erizado por la ira. Pero en La isla no sonaban Piero ni Enrique Guzmán ni Leonardo Favio, sino tango, tango de malevajes y expedientes judiciales, tango de alcohol y despechos, y adentro estaban, a veces con la ñata contra la mesa, cuchilleros de baja estofa y condición, que eran capaces de batirse a puñaladas durante horas, sin tocarse ni hacerse un solo rasguño, solo por demostrar, en otros sectores fuera del bar, que eran expertos en el manejo de lo que para ellos era su facón.

Entonces Bello era en proporción el pueblo más cantinero de Antioquia, con bares en todos los barrios y en todas las esquinas. La Isla, sobre tres calles-río, era una suerte de miniatura, como de mentiritas, pero su ámbito interior era otro mundo. Nunca pude entrar en él, porque, claro, no era permitido para menores de edad, y solo desde la acera uno podía observar con cierta admiración y curiosidad aquel espacio reducido, con mostrador y cajas de cerveza. Se sabía que adentro estaba el malevaje de alcurnia, que todavía no había perdido cartel y allí iba a encontrarse con Cruz Medina y con otros guapos de la tanguería.

Mi relación con aquel bar fue más desde la exterioridad y más conectado con El Carretero, porque era la ruta de los buses, y muchos habitantes del barrio debían ir hasta allí para esperarlos o para bajarse de él a la vuelta de su destino. A veces, en la hora del ocaso, y cuando no había partidos en la plazoleta del Florida (un bar dos cuadras más abajo de La isla), subía hasta aquella calle, por la que vivía la futbolera familia Marroquín, a esperar a que mamá llegara en algún destartalado bus. Y entonces las músicas del traganíquel se desperdigaban por aceras y calles, pero sin tocarme.

Muchos años después fue que vine a cerciorarme de que allí sonaba un tango de Enrique Cadícamo,  que hablaba de tres amigos y mencionaba calles del sur y a dos tipos llamados Pancho Alsina y Balmaceda, que en todo caso me parecían nombres extraños. El tango se desgranaba muchas veces mientras yo esperaba. No sé si de pronto sentía alguna repulsa por aquellos acordes, por el cantante, por el acompañamiento, por la letra, o si, por el contrario, ejercía sobre mí una fascinación que no me permitía razonar acerca del contenido. Adentro, había tipos que conversaban, y uno que otro, en soledad, se doblaba sobre una mesa. A veces, caían botellas o copas al piso, y uno se sobresaltaba, pero sin aspavientos ni temblores. Ya La Isla y sus concurrentes hacían parte del paisaje. No era para aterrarse ni para rendir pleitesías. Estaba ahí, y listo.

Los muchachos de afuera del Florida eran los que a veces hablaban de los malevos de arriba, los de la Isla, que algunos venían del barrio Mesa, del parque Andalucía y uno que otro de Prado. Se hablaba de un tal Márquez, de un Atehortúa, de un no sé qué y de un no sé quién, y así. De que todos iban armados, con su puñal entre la pretina o envuelto en un periódico. Nunca vi a nadie pelear adentro, ni siquiera afuera. Decían que se iban para la manga Elena, o para  orillas de la quebrada La García a disputar en riñas y a matarse.

La Isla, en todo caso, era un lugar que desde afuera no convocaba. Su avisito me parecía tristón y adentro, por ejemplo, no había neones, sino luz común y corriente, más mortecina que luminosa. Quizá de haber tenido edad, no hubiera entrado jamás a aquel bar, cuyo único atractivo era estar en una soledad triangular, en una construcción que por lo demás disonaba con el entorno.

El cuento es que al pasar los años, el tango aquel comenzó a gustarme. Lo escuchaba por Alberto Marino, por Carlos Roldán, por Jorge Valdez, por Rubén Juárez, en fin, y al oírlo siempre volvían las imágenes de aquel bar (¿de mala muerte? ¿de buena muerte?), de sus afueras anchas, de sus adentros limitados, de una espera que después olía a galletas de mantequilla. No vi brillar ningún metal afilado en La Isla, ninguna herida, ninguna sangre, excepto la de los malevos cantados.

Muchos años después, mejor dicho, mucho tiempo después de alejarme de aquellas geografías íntimas y entrañables de fines de los sesenta, la letra del viejo Cadícamo se me clavó: “Hoy… ninguno acude a mi cita. / Ya… mi vida toma el desvío. / Hoy… la guardia vieja me grita: “¿Quién ha dispersado aquel trío?”. / Pero yo igual los recuerdo / mis dos amigos de ayer”. Y cada que aquel tango vuelve a mí, el bar La isla está ahí, en el recuerdo de malevos que seguro ya no son, y de mesas de cafetín que ya no existen. Por lo demás, por aquellos días, mi número de amigos era impar y no alcanzó la bella cifra de dos. Por eso, quizá, aquel tango cojea dentro de mí.

 

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