La excárcel, un nadaísta y Goovaerts

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando estaba cerca de lo que fue la cárcel de La Ladera, pensé que tal vez no hubiera sido necesario tumbar todo el panóptico, diseñado por el belga Agustín Goovaerts, sino adaptarlo para biblioteca, colegio, museo del crimen, archivo histórico, teatro u otro espacio cultural, y permitir a las generaciones que no lo conocieron un acercamiento a la arquitectura carcelaria de otros días.

 

Me detuve a observar, a cierta distancia, y el parque-biblioteca que allí se erigió, en el que predomina lo gris, con algunas canchas deportivas y un recuerdo lejano de lo que fue la antigua prisión (unos arcos, un fragmento de muros), me pareció triste, solo decorado a la distancia por el tutelar cerro Pan de Azúcar, que desde lo alto lanza sus brisas, disueltas en numerosas barriadas que rodean al viejo Enciso.

 

Estaba en el ejercicio de la miradera, cuando en una esquina apareció una mujer, de unos treinta y cinco años, que se agachaba en el asfalto. Cuando estaba cerca de ella, se sonrió y me dijo: “Marihuana al cien. Me la acabo de encontrar ahí, donde duermo (señaló a los bajos de unas escaleras)”. Mostró un paquetito (un moño) y siguió sonriendo. Se veía limpia, aunque el cabello lucía un poco enredado. “Yo no fumo marihuana, ni siquiera cigarrillo”, agregó. “Mejor que no fumés nada de eso”, le dije. “Esta es para regalar”, señaló mientras yo seguía caminando, rumbo a la carrera 58, que en su nombre original se denominó Enciso y fue, en la práctica, la que le cedió el nombre al sector que antes se llamó barrio Praga, como una prolongación del de la iglesia románica bautizada como Niño Jesús de Praga.

 

La Ladera quedó atrás, lo mismo que la habitante de calle que yo suponía continuaba sonriendo por el hallazgo. Me había propuesto al salir de casa, que esta caminata se dedicara al olfato, y percibí aromas de pinos, a aguapanela hirviente, a arepas recién asadas y a hollín y humo de carros. Seguí pensando en cómo sería antes esa enorme construcción que albergó presos y guardianes, en la que alguna vez estuvo encarcelado el nadaísta Gonzalo Arango, y también un tío mío, que lo capturaron por una modalidad antes en boga: “por sospecha”, aunque, me imagino, pudo haber sido por porte de alguna papeleta de marihuana para consumo personal.

 

De la cárcel, además de haberme leído el libro del profetica Arango, Memorias de un presidiario nadaísta, había visto hace unos años la fotografía de siete presos que se bañaban desnudos, entre ellos, un tal Toñilas, célebre bandido de Medellín. La estampa la había captado en los sesentas la fotógrafa antioqueña, de ascendencia italiana, Giovanna Pezzotti. También recordaba que mamá nos había contado sobre la visita que ella y su hermana Betsabé, fueron a hacerle a Benjamín, que era el tío ya referenciado, por lo demás, fotógrafo y gran lector, sobre todo de filósofos alemanes (Schopenhauer y Nietzsche) y de escritores como Stefan Zweig y Hermann Hesse.

 

No sé por qué cada que paso por el parque-biblioteca La Ladera, donde está la biblioteca León de Greiff, me digo que hubiera sido una atracción conservar la edificación de la vieja cárcel. Y me llegan imágenes nunca antes vistas por mí de Agustín Goovaerts contratado por la Gobernación de Antioquia como Ingeniero Arquitecto del Departamento. De este extranjero, siempre tan mentado, en particular por su construcción de la antigua gobernación (Palacio de Calibío), hoy Palacio de la Cultura, en la plazuela Nutibara, había visto hace tiempos otra cárcel: la de Sonsón, que todavía se conserva.

 

El belga es el mismo que diseñó y construyó el edificio Gonzalo Mejía, donde funcionaron el Teatro Junín y el Hotel Europa, demolido en los sesentas para dar paso a un “rascacielos” con forma de lanzadera: el edificio Coltejer. Había diseñado el Palacio Nacional, hoy convertido en un centro comercial de tenis y otras mercancías; además de casas, hoteles, fachadas de iglesia, pedestales, monumentos, capillas y no sé qué otras construcciones. La Ladera tuvo una presencia múltiple: en los imaginarios de la ciudad; en las historias y consejas sobre presos, prostitutas y ladrones; en la crónica judicial. Pero su construcción, una combinatoria de Art Noveau con arquitectura regional, en la que se dio preponderancia al paisaje, al entorno, alcanzó niveles de renombre popular.

 

Arriba de la cárcel, en las colinas de Enciso, la burguesía antioqueña, en particular los dueños de la textilera Coltejer, esnobistas como ninguno, montaron un enorme aviso, con letras separadas, a lo Hollywood, luminoso, que se veía desde cualquier punto de la ciudad, como también, en otro morro tutelar, en El Volador, al occidente de Medellín, los de la fábrica Everfit pusieron el símbolo de su empresa: un gamo saltarín que alumbraba de noche. Las letras del “primer nombre en textiles”, con el tiempo, desaparecieron en medio de las casitas de desplazados y urbanizaciones populares que llenaron los altos.

 

Los olores de la zona, en que, como cosa rara no se percibía aún el de la marihuana, me hicieron memorar, y no sé la causa exacta, ni la relación de una cosa con otra, a los tiempos activos de la cárcel, que tuvieron que haber sido tumultuosos y de miedo. Hace años leí la memoria de Gonzalo Arango sobre su estada de espanto en La Ladera, y tornaron imágenes de patios, calabozos, celdas, de Miss Colombia, un marica que hacía shows en la prisión y de otras presencias.

 

El poeta se quejaba de los hedores del presidio, y convocaba los aromas de plantas y flores; de alelíes y azahares; de perfumes errantes, que no mataban las fetideces emitidas por el hampa urbana que allí moraba. La cárcel era propicia para componer himnos a la inmundicia y a la bajeza. “Debo repasar el libro del profeta”, me dije, mientras mis pasos se alejaban de las ruinas de La Ladera y de la sincera sonrisa de una mujer de la calle.

 

Varias cuadras después, me había olvidado de la dama, de las huellas de la cárcel y del fundador del Nadaísmo. Caminaba por el barrio Boston, observando fachadas descaecidas y sintiendo el olor a humedad de la quebrada Santa Elena. El cielo era gris. Más arriba, seguía estando, con modificaciones estructurales, el histórico puente de La Toma, obra de Agustín Goovaerts.

 

Antiguo Palacio Nacional de Medellín, obra de Agustín Goovaerts (tomada de internet)

Lluvia de domingo por la mañana

Por Reinaldo Spitaletta

Domingo por la mañana. La lluvia comienza, leve en su caída sobre árboles y asfalto. Escucho en la carrera San Martín, por donde ahora pasan ciclistas y algunos caminantes, las gotas contra algunos entejados. Suena bien y me persuade de que no me quede en la contemplación, que camine y sienta el goteo sobre la gorra roja con un escudito del DIM que me toca la cabeza. Me empieza a gustar el olor de la calle mojada. Camino ahora por la calle Urabá, paso la clínica El Rosario y me enrumbo al parque de La Ladera. La manga está muy mojada, y mis tenis se hunden en ella. Hay señales de tierra amarilla, que manchan la hierba. Huele bien la lluvia en la tierra.

Hay poca gente en La Ladera. La lluvia parecer tener pocos amigos un domingo por la mañana. El parque, en rigor, tiene escasos árboles; unos apenas están en pañales. Cuando crezcan le irán cambiando la cara, que ahora es más manga que frondosidades. En este parque hubo una cárcel, creada en 1918 y derribada en 1976. De su construcción, solo quedan algunos arcos y un muro antiguo, cercenado. Quizá es una huella para que la memoria no se agote del todo. Ah, hoy, donde había celdas y patios con presos, hay una biblioteca con nombre de poeta: León de Greiff, el de la taheña barba. No hay voces de niños. Ni de adultos. La lluvia parece haber disuadido a los visitantes. Camino hacia una calle y me enruto por unos jardines recién construidos, con pencas, barandas de guadua, guardaparques. La lluvia refresca el ambiente.

Me encamino hacia el barrio Boston. La lluvia continúa. A veces, un poco menos. A veces, aumentando. Mis lentes están con gotitas. Veo todo como si se tratara de una pintura puntillista. Los limpio con la franela. No ganan en desempañamiento, pero veo un poco mejor. Me detengo debajo de un casco’evaca y sus hojas dejan caer gotas gordas. Voy llegando al antiguo colegio de San José de la Salle. En una acera, un hombre en pantaloneta naranjada y camiseta blanca, echa agua con una manguera. “Eso mismo es lo que está haciendo la lluvia”, me digo.

Cuando estoy cerca a la portería de lo que antes fue el San José, veo a un carretillero. Su camisa roja está empapada. Sus frutos, también. Anuncia con voz mojada bananos y mangos y aguacates y granadillas. Nadie sale a las ventanas. Doy la vuelta, y cuando pasó por donde el hombre que lavaba la acera, lo encuentro en la puerta de su garaje con una taza y una cuchara en las manos, mastica con placer, al tiempo que observa la calle húmeda. De la iglesia de San Policarpo brotan campanazos. Más abajo, por la calle Caracas, hay en una esquina tres muchachos que, junto a un teléfono público, toman cervezas. Parecen ebrios. Paso al frente de la Escuela Caracas, la que diseñó el arquitecto francés Charles Carré. Ahora estoy cerca del parque de Boston. La lluvia ha disminuido. Siento olores a pan fresco y a árboles lloviznados. En el cielo, ya hay retazos de cielo azul. Recuerdo una vieja crónica de Azorín, llamada La tempestad, que nos hizo leer el profesor de español de quinto de primaria. En la iglesia del Sufragio, los feligreses se disponen para la misa.

Ahora, estoy, de nuevo, en predios del barrio Prado. Sobre una acera, hay un cementerio de flores moradas, sus pétalos muertos la tapizan. Paso sobre ellos y creo estar pisando una alfombra. Seguro, muchos de estos cadáveres se aferraron a la suela de mis tenis. La lluvia se ha esfumado. El domingo avanza sobre la carrera San Martín, en la que hay conos y cintas anaranjados, algunos tapan las bocacalles. La ciclovía no tiene todavía muchos usuarios. Digo que la lluvia no goza de muchos amigos un domingo por la mañana. De un falso laurel sale volando un pájaro azulado. Miro el reloj y he cumplido cuarenta minutos de caminada. Paso junto a un guayacán sin flores y no sé por qué evoco una imagen de infancia: mamá lleva en las manos unas rosas amarillas. Estoy de nuevo en el punto de partida. Tras la lluvia, llamo a mi puerta.