Pasos de mascotas y bares muertos

(Crónica con nube de esmog y conos de enamorados)

 

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Museo de la Memoria

Por Reinaldo Spitaletta

 

Caminar cuando la luz de la tarde está mutando, con sus violetas leves y un amarillo quemado en las nubes de ese cielo que, según Lupercio Leonardo de Argensola, ni es cielo ni es azul, tiene su encanto. Si usted es capaz de escabullirse por calles poco transitadas, si elude a la hora del hambre y el cansancio la jauría de motocicletas y carros con detonaciones, podrá disfrutar de una urbe que tiene fachadas insinuantes y antejardines sin mucho excremento de perro.

 

Antes de abordar calles menos alborotadas por vehículos, es posible que desde un balcón se escape el sonido de dados sobre un tablero de parqués y voces infantiles que se desprenden de una camioneta blanca, de transporte escolar. En una esquina, donde conversan varios concurrentes en una tienda enrejada, un tipo en muletas y con ropa más o menos raída, dice con voz de guasa: “Vean, pues, que me llamó una pelada para decirme que estaba en embarazo mío, y yo le respondí que si el bebé nacía en muletas, sí era mío”. La risa colectiva se perdió entre una brisa tibia que venía del Parque Obrero, donde unos colegiales estaban en la parte alta de una escultura, con sus morrales en el pedestal, y ellos, sueltos y despreocupados, como si fueran un elemento más de la obra.

 

El camino tiene mascotas con traíllas y señoras en sudadera. Y, no faltan, en el gimnasio al aire libre, los que muestran con ínfulas sus músculos de flexiones, lagartijas, pesas y otros ejercicios de fuerza. Tampoco los anuncios de iglesias salvadoras y panaderías con sillas plateadas y luces blancas. Hoy, por esta vía de contaminación vehicular y cielo sin gallinazos, me iré camino del puente, que aún está lejos, pero convoca para cruzar la Santa Elena, en la que en otro paseo y muy cerca del Brooklyn Bridge había un tipo en calzoncillos, rodeado de agua turbia, lavando sobre una piedra una prenda que desde arriba parecía un pantalón desecho.

 

Hace unos días, junto a la desmirriada “pantalla de agua” (sin agua y sin nada), del Parque Bicentenario, se extendía por el lugar en el que había parejitas de enamorados fumando y chupando paletas, un hedor de quebrada Santa Elena, muy parecido al que expele el río Medellín en los días de calor. Se erigía la hediondez de las aguas turbias. Más arriba, en los exteriores del Museo de la Memoria, los perros corrían en un juego divertido en el que sus amos parecían estar felices.

 

Desde el puente, que se eleva en el lugar que antes, hasta hace unos años, se llamaba la Vuelta de Guayabal, se podía (y se puede) apreciar la ciudad del oriente, con hacinamiento de edificios a granel, con torres desmesuradas en Loreto, con la cada vez más escasa vegetación de las lomas del Seminario. Las torres eclesiales de Nuestra Señora del Sagrado Corazón y de La Milagrosa, atrapaban los últimos rayos de una tarde de estío, de luces moradas y naranjas, sin modestia.

 

Ah, y en la vieja y ya inexistente Vuelta de Guayabal, en la que hubo una iglesita y jíbaros de cierta alcurnia, donde llegaban a “mercar” tabacos achocolatados los de otros barrios, hubo, hace tiempos, una matanza de muchachos. Los fusilaron contra uno de los muros de la vieja factoría de Coltejer (Coltefábrica), la misma que se elevó con chimeneas y arquitectura en forma de sierra, desde 1907, con sus obreros que carnavaleaban a la salida de sus turnos en los cafés de los alrededores, y se murió en las postrimerías del siglo veinte para dar paso a varias urbanizaciones, como las Villas del Telar.

 

Por este viejo sector, antes el barrio La Toma, de una calle principal larga y estrecha, la 51, llamada Ricaurte, hubo bares a diestra y siniestra, algunos con nombres de tango, como El Torrente, y también el Monterrey y Copa de Oro…, ya desaparecidos, y en todo el puente de “Brooklyn” (el mismo que intervino el belga Agustín Goovaerts) estaba El Barcelona. Lo único de aquellos días que se preserva es la Santa Elena, la misma que noveló Jaime Sanín Echeverri en Una mujer de cuatro en conducta.

 

Así que por esa misma callejuela, que todavía conserva algunos pasajes o inquilinatos, la carramenta es hoy una especie de estampida de contaminación y ruido. Desde el puente nuevo, puro cemento, se observan en árboles orilleros de la quebrada, prendas femeninas colgantes: brasieres y calzonarias. Y no es que se trate de una instalación artística. No. Más bien, de una curiosidad que debe tener alguna historia. Como antes, por esos mismos lares, en los alambres eléctricos, colgaban zapatos viejos.

 

Muy cerca de ahí, por la carrera Bélgica, sobre una mesa de acera, de las que sacan en las tiendas y cantinas para los circunstantes, un hombre y una mujer tomaban a pico de botella sendas cervezas. Lo extraño, según la vista del caminante, y todo en fracciones de segundo, era que lo hacían sincronizados. Primero la botella arriba, las caras al cielo, tomadas con la derecha de cada uno, y terminaron al tiempo, y al tiempo depositaron los envases sobre la mesa. Quizá no se dieron cuenta de su perfecta simultaneidad.

 

Y en una heladería de Ayacucho con Suiza, una escena similar sobre una mesita redonda. Una pareja (ambos entrados en edad) chupando cono, la crema en sus bocas, mirándose con fijeza uno al otro, las manos izquierdas sobre la mesa, a punto de rozarse, todo en una coordinación y simetría que ni si la hubieran ensayado. Los últimos rayos de la tarde los iluminaban y no había duda: estaban enamorados.

 

Después, cuando ya la tarde agonizaba, sobre Nariño con Ayacucho, un señor atravesó la calle y no se percató del automóvil que venía. Sintió quizá el ruido del motor muy cerca y corrió sobre la cebra. Se resbaló. Cayó. El vehículo se detuvo. Le ayudé de la mano y se levantó con la cara asustada. Y muy atardecida. Siguió después, muy lento, hacia arriba, por la ruta del tranvía.

 

En la hora pico, con calles atiborradas, con humos y ruidos, en ese momento que llaman la hora del retorno, la caminata se hace insalubre. Uno busca caminos sin tanto tráfico. Pero, igual, contra la nube de esmog de Medellín parece no haber salvación. La luz ha cambiado. No es ya la del malva crepuscular, sino la de sombras alargadas, mortecinas. Hay un aire triste en las fachadas y una risa de desagravio en dos colegialas que corren quizá porque saben que su casa está muy cerca y el descanso también.

 

Los pitos y los motores suenan como la voz ronca de un monstruo mitológico que presiente que en medio de la selva de cemento, gases y pocos árboles, no tiene salvación. Y, al fin de del camino, podés ver que el cielo de Medellín ni es cielo ni es azul.

 

 

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Casa en Ayacucho, barrio Buenos Aires.

 

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De Misiá Rafaela al árbol de los cuchillos

(Recorrido por barrios obreros, cafetines y fútbol en una manga imposible )

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Preludio con casas viejas

 

El caminante, tras deslizarse por la Curva del Ahorcado, y pasar junto al Hoyo de Misiá Rafaela, cruzó por el histórico puente de La Toma, se dispuso a ascender por la calle de los Indios, atravesó Ayacucho (la que tiempo atrás él mismo calificó como una filosa puñalada de asfalto, que desparrama al barrio Buenos Aires hacia arriba y hacia abajo) y continuó su ruta hasta El Salvador. Quería estar en lo más alto, en el morro, el mismo donde hace años recaló el profeta nadaísta Gonzaloarango, con su marihuana y sus diatribas contra la aldea industrial, goda, pacata, abundante en casas de citas, con humos de fábricas de telas, sí, con aires contaminados e ínfulas de ciudad grande.

 

Llegar hasta la cima, donde está plantado el Redentor, le costó aumentos de pulsaciones y revoltura en los recuerdos. La ciudad era otra, saturada de smog, carros y edificios; vio cómo se erguían muchos de ellos donde antes había caserones, como los de Bomboná 1, los de las calles Villa y Giraldo y Mon y Velarde, y los de Boston y los de su “Buenos Aires querido” y Miraflores. Todo se fue, se dijo y se acordó de algún tango. Sí, el de las “casas viejas queridas”, las que “se van, se van” y “han terminado sus vidas”.

 

—Es un tango de Canaro y Pelay —se afirmó, mientras hacía una circunvalación en la cima del morro. Respiraba con ansiedades.

 

—¡Llegó el motor y su roncar / ordena y hay que salir! —susurró, como si los versos del gotán le dieran un nuevo aire.

 

La visión de la urbe lo devolvió a otros días, más bien remotos, cuando había fábricas y obreros, y barrios en los que los trabajadores se reunían en cafetines de esquina o jugaban en alguna cancha de fin de semana. Recordó entonces varias historias del Morro de El Salvador.

 

  1. Un hombre-ángel en el morro

Era un día de 1960, cuando Mario Giraldo estaba pintando la fachada de su casa, vecina del Morro El Salvador. No supo por qué, tal vez incitado por un inexplicable presagio, miró hacia arriba, donde un enorme Corazón de Jesús italiano abre los brazos como si diera una bienvenida a la ciudad, espabiló, se restregó los ojos, porque supuso que todo era una alucinación. Pero no. Era cierto lo que veía.

 

Abrazado a la cabeza del “Salvador del mundo” había un tipo (algunos, como se supo después, pensaron que era un ángel). Cómo va a ser. Revuelo en el barrio. ¿Cómo llegó hasta tan arriba?, se preguntaron. “No hay duda, es un hombre”, se dijo Mario.

 

Llegaron los bomberos e instalaron una escalera, que escasamente tocó la cima del pedestal. Abajo, un remolino de curiosos, los célebres noveleros de barriada, especulaba sobre el acontecimiento. “¡Qué descarado, dizque abrazando al Señor”, espetó, con incredulidad y repudio, una señora. Había miradas de incertidumbre, de angustia, de interrogación. El hombre, arriba, parecía ajeno al alboroto.

 

Arribaron policías y curas y más “brujos” (que así se llamaba a los fisgones). Un bombero, que había ganado altura, intentaba convencer al extraño “alpinista” de cristos para que descendiera. “No se vaya a tirar, señor”, le advertía. Subieron otra escalera y cuando el bombero subió más, el hombre se corrió, despacio, sobre el brazo derecho del Redentor Universal. Abajo, había contención de respiraciones. Tal vez, algunos rezaban.

 

El osado escalador llegó a la mano abierta de la imagen y se detuvo. El bombero, que fungía de salvador real, se aproximó. Fue entonces cuando el “ángel” de carne y hueso se dejó caer. Se estrelló contra una de las bolas de concreto que están en la base del pedestal. Horror en los espectadores.

 

No supieron de dónde venía, ni quién era, ni como se trepó, sin lazos, sin ayudas, hasta lo más alto del Salvador, que a unos veinte metros de altura sobre el pedestal, parece vigilar la ciudad. Puede ser el caso más trágico en la historia de este monumento, erigido como homenaje de algunas damas de alcurnia a monseñor Manuel José Cayzedo, arzobispo de Medellín durante más de treinta años.

 

El origen de la estatua del Salvador se remonta a 1899 cuando el papa León XIII promulgó una encíclica (“Annum Sacrum”) con la que “consagró a todos los hombres al Corazón de Jesús”. Había que rendir homenaje a Cristo Redentor a punto de finalizar la centuria. El primero de enero de 1901, el obispo de Medellín, Joaquín Pardo Vergara, dispuso un decreto para levantar en una de las colinas de la ciudad un monumento a “Jesucristo Señor Nuestro y Salvador del Mundo”.

 

El concejo de Medellín, mediante el acuerdo 30 del 13 de febrero de 1901, destinó un auxilio de mil pesos para la erección del nombrado monumento, que se levantaría como una suerte de saludo al siglo XX (que tiempo después, un autor de tango calificaría como “problemático y febril”).

 

No se conocen detalles acerca de la demora de más de quince años que tardó la construcción, pero sí se sabe que se esculpió en una marmolería de Italia, el almacén El Vaticano, de Sigmoni Buraglia y Compañía, que lo mandó vía marítima. Era como otro inmigrante italiano que llegaba a “hacer la América” en estos breñales. El pedestal se construyó con planos de Arturo Longas, modificados por Horacio Marino Rodríguez.

 

En los albores del siglo XX, se decía que aquella colina (antes llamada morro de don Rafael —pertenecía a Rafael Echavarría—) era un sitio de “pecado y perdición” y que, por tanto, no quedaría bien en su cumbre una imagen sagrada. Tomás Carrasquilla opinaba en 1919 que, precisamente por tan encumbrada razón, debía erigirse en ese lugar el monumento.

 

El 3 de febrero de 1916, el morro se atiborró de gentes que querían presenciar un eclipse de sol. Entonces era un mirador sembrado de moras, mortiños, uchuvas y lulos silvestres. Ahora, hay sanjoaquines, eucaliptos y cauchos. Durante años fue un “elevadero” de cometas y centro de reunión de caminantes urbanos. Y albergue de enamorados, lugar propicio para el beso y los abrazos.

 

Aquel Redentor que saluda a los vientos y los pájaros perdió un brazo durante una tempestad. Se lo amputó un rayo. Durante meses, el miembro estuvo tirado en el suelo, hasta que unos fabricantes de lápidas se lo robaron. Eso cuentan. Después, instalaron en su cabeza un pararrayos, que estuvo descompuesto muchos años, porque también se hurtaron el cable.

 

Pero el Salvador continúa ahí, altivo, observando cómo la ciudad crece y vive y muere. No se inmuta con los humos de marihuana de la parcería. “Este morro ha sido una vagamundería”, dijo un día Francisco Monsalve, un vecino del sector.

 

En el barrio, hubo antes mangas a granel y parajes solitarios. Los que allí llegaban en otros tiempos, creían estar en el campo pero con la ciudad al frente. La colina, que es cerro tutelar, con su imagen monumental, es símbolo de identidad del barrio, en el que antes hubo mangas a granel y pasajes solitarios. Y un patronato de obreras.

 

El Salvador, el de los brazos que parecen catar el viento, tiene en su pedestal una leyenda en latín: “Monstra Te Esse Matrem” (muestra que eres madre), una especie de invocación mariana. El Salvador del Mundo prosigue ahí, impertérrito ante los cambios citadinos. Un día lejano un hombre que quiso ser ángel emprendió desde arriba su último vuelo y su vida se hizo añicos contra el pedestal.

 

  1. La manga del Mosco o las dificultades de una gambeta

 

El caminante descendió del Morro. De pronto, se encontró en una calle nueva, ancha, muy cerca de donde antes estuvieron Los Bomberos, y donde en otros días hubo un granero mixto, Los Amigos, en el que obreros y estudiantes intercambiaban mentiras y sueños. Muy cerca de ahí, pasa la quebrada La Palencia. Hizo un paneo de recuerdos y volvió a ver la célebre Manga del Mosco, que ya no era la de antes. Tenía ahora más alcurnia. Y una protección de mallas para que los balones no caigan a la mortal corriente que tantos de ellos se tragó en otros días. Y en este punto, comienza otra historia.

 

El balón rodó hacia la quebrada, y la maleza, que crecía a casi dos metros de altura, como si a la cancha la rodeara una selva urbana, se lo tragó. Jaime Ochoa corrió a buscarlo. Se internó en los matorrales y de pronto se paralizó cuando vio que una cabeza de mujer parecía mirarlo con sus ojos muertos. El gritó paralizó a los demás jugadores.

 

Acaeció a principios de los sesenta en la Manga del Mosco, barrio El Salvador, cuando se inauguró el primer torneo de fútbol en esa cancha desnivelada, imposible para el ejercicio de un correcto partido, pero que, gracias a la pericia y ganas de diversión, la muchachada habilitó para que el arrabal no se quedara sin dónde futbolear.

 

Jugar entonces en aquel predio era una suerte de epopeya de barrio. La cancha tenía varios niveles, cual terrazas incas. Arriba, una portería de cañas y cabuya; abajo, el medio campo; más allá, en otro “entre piso”, la otra arquería. Solo las ganas de jugar hacían posible la hazaña. Un desafío a la imaginación.

 

Por uno de los costados, pasaba (pasa todavía) la quebrada La Palencia; en la otra banda, estaban los solares de las casas. Los que jugaban de punteros, corrían varios riesgos: uno, que el marcador, con un leve cargazo, los enviara a las aguas turbias; dos, si lo hacían por el lado de los muros, no solo tenían que eludir al contrario, sino los picos de botella y las latas de sardina que el vecindario arrojaba. Nada era fácil. Tal vez, las dificultades crearon buenos gambeteadores.

 

La Manga del Mosco se llamaba así porque había “un mosquero aterrador”, porque pasaba una cañada de aguas negras, según recordó un día Mario Giraldo, uno de los pioneros de la famosa cancha. Varias generaciones jugaron partidazos allí. Había, hace años, partidos de hasta siete horas seguidas, con equipos como el Liverpool, Los Aplanchadores, el Volante Norte (del barrio Las Palmas). Algunos jugadores, muy habilidosos, como uno que apodaban Monta, se autohabilitaba con la pared y sabía dónde caería el balón tras hacerlo chocar contra el muro.

 

Al llegar los primeros circos y las ciudades de hierro, la canchita recibió la gracia del aplanamiento en algunos sectores. Pero la maleza seguía prosperando. “Entrar al Mosco era como ir de safari”, dijo un día Ramiro Alarcón, otros de los que por allí ejerció la gambeta y la imaginación.

 

La cancha albergó equipos de otras barriadas. Venían pese a que sabían de la topografía arisca y la quebrada tragabalones. Uno de ellos, fue el Avenida, de “puros tocadorcitos. El que reventara el balón lo echaban”, recordó Mario Giraldo. La cancha, sin embargo, progresó. Las porterías de guadua se cambiaron por unas de tubo, que donó “un man muy rico al que le decían La Bachué y después lo mataron”, según un viejo habitante del sector. Un día, un carro del municipio se llevó una de las porterías para siempre.

 

En el Mosco jugaron La Chinga y Omar Delgado y Alfonso Rave y Leonel Montoya y Pablo Correa. También pateó balones Laureano Gómez, músico de los Teen Agers, quien, pese a su nombre, era liberal. En esa cancha imposible jugaron solteros y casados sus desafíos de fin de año, y apostaron el dinero de la leche, en unos casos, o del aguardiente, en otros. La cancha fue una aventura de barrio, una ilusión de muchachos de ayer. Un sueño de comunidad.

 

Durante años, los que allí jugaron sentían el olor cálido que emanaba de una fábrica de bocadillos, y de vez en cuando se dejaban seducir por el canto de las sirenas de los bomberos. En el Mosco jugaron pelados de La Toma, Gerona, La Milagrosa, Ayacucho, Miraflores, y, claro, los de El Salvador.

 

Hoy, tras la apertura de la calle que bordea La Palencia, la cancha está aplanada y allí se juegan partidazos, que ya no tienen la presencia de gambeteadores de fantasía, ni la quebrada se traga ahora los balones.

 

 

  1. Ayacucho y sus tangos de cafetín

 

El caminante tornó hacia Ayacucho, corazón del otrora encopetado barrio Buenos Aires, uno de los más viejos de la ciudad, y que hasta 1952 tuvo tranvía, que albergó cafés tangueros como el Sol de Oriente (en la esquina con la carrera Suiza y fundado en 1932) y el Astral (ya desaparecido), y sintió el olor de los obreros de Coltejer, la textilera fundada en 1907, a orillas de la quebrada Santa Elena (a la que los nativos del Valle de Aburrá nombraron Aná).

 

Ayacucho, una de las calles más históricas de Medellín, asciende hasta los vientos fríos de Santa Elena. En otros días, su miscelánea de aromas pasaba por la alhucema, el incienso, el aceite de frituras, los panes calientes y los olores de supermercado. Había en ella, que cambió su vocación residencial por la del comercio, de “todo como en botica”, un dicho que ya desapareció del uso de los hablantes de la ciudad.

 

Una calle variopinta, por donde se la mire: lavacarros, pollerías, montallantas, peluquerías, cacharrerías, ferreterías, licoreras, farmacias y que durante muchos años albergó lo que el imaginario popular bautizó como “el palacio del colesterol”, más de una cuadra dedicada a la venta de fritos, arepas de chócolo con una atracción (tal vez fatal para los que tenían las grasas saturadas muy altas): la chunchurria.

 

Se decía en otras calendas, que el sol llegaba a Medellín rodando por Ayacucho. Las torres neogóticas de la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón podrían ser el logotipo de esta calle que a principios del siglo XX estuvo sembrada de guayacanes morados y amarillos. Y todavía, como muestra de su antiguo esplendor, conserva parte de la arquitectura del castillo de los Botero, donde ahora está la clínica del Corazón de Jesús.

 

Esa calle inevitable, paralela a la quebrada Santa Elena, tuvo caserones republicanos, de generosos espacios, con fachadas afrancesadas. Algunas, se transmutaron en torres de apartamentos, en parqueaderos o en servitecas y otros locales comerciales. Por allí subió y bajó el viejo tranvía, y por allí pasa el nuevo. También se desplazó uno de los tipos más ricos que en la ciudad hubo: Carlos Coriolano Amador, dueño de la Hacienda Miraflores, llena de ceibas y pájaros y adornos traídos de Inglaterra.

 

Alrededor de esa calle, en la que hace años habitó el escritor fredonita Efe Gómez, autor de clásicos relatos como Guayabo negro, se elevaron chimeneas fabriles, empresas de electricidad, cervecerías, pero, a su vez, cines como el Buenos Aires, el Ayacucho y el teatro Colombia. En el Sol de Oriente, el único supérstite de los viejos cafés de entonces, pero reducido a la mínima expresión en su espacialidad, el tango fue el rey de la barriada. Allí cantaron en vivo y en directo Agustín Irusta, Óscar Larroca, Pepe Aguirre, y bailaron el Mudo Emilio y Tángano (pintor de brocha gorda que nació bailando tango), y se instalaron en sus mesas futbolistas de alto calibre como los argentinos Charro Moreno, René Seghini, el Coco Rossi, José Vicente Greco, y el legendario Omar Oreste Corbatta, llamado el Rey del chanfle.

 

En el Sol de Oriente, bar de obrería y artesanos, recalaron artistas como Ramón Vázquez y ajedrecistas como Tirso Castrillón. Y también un billarista famoso, al que apodaban “Matate Jesús”, porque, cuando perdía una partida, chocaba su cabeza contra las mesas de billar.

 

Ayacucho, que se duplica en Las Mellizas, una calle doble, con separador arborizado, también parte al barrio Miraflores, un sector que tuvo chalets y palacetes, hoy convertidos en edificios de apartamentos. Si el caminante asciende para ir buscando el frío de Santa Elena, pasará muy cerca de una de las canchas de fútbol más viejas, fundada en 1925 y que hoy es un parque, con estación de tranvía incluida. Si sigue subiendo, llegará al viejo barrio obrero de Alejandro Echavarría, que hace años tenía un portón de cemento con el nombre grabado en relieve.

 

El Alejandro (como le dicen hoy los muchachos) es un barrio que Coltejer construyó para sus trabajadores, con casas amplias, de cuatro y cinco alcobas, antejardín, techo de teja española y alto valor ambiental por su arborización. En él se erigió la iglesia Concilio Vaticano II, y al fondo de su parquecito, vivió el escritor Mario Escobar Velásquez, que en la década del cincuenta trabajó en la textilera y dirigió la revista Lanzadera, de la misma empresa.

 

Uno de los referentes del barrio ha sido su cancha de fútbol, antes de arenilla y hoy convertida en un parque polideportivo, con grama artificial. En los sesenta y durante muchos años, fue escenario de partidazos que convocaban a jugadores y público de toda la ciudad. Allí llegaron a mostrar sus dotes futbolistas profesionales.

 

 

  1. Otros caminos, otros barrios

Al caminante le puede entrar la incertidumbre de sus rutas. ¿Hacia dónde dirigirse ahora? Tal vez pueda hacer un rodeo, atravesar Miraflores y subir por la carrera Alemania (la 29) hacia La Milagrosa, un barrio tradicional de trabajadores que antes se llamó Quijano y tras la erección de la iglesia con una advocación virginal cambió de nombre.

 

El barrio, con parque (a diferencia de su vecino Buenos Aires que carece de él) y calles históricas como el Cuchillón, tuvo aromas de pomas y naranjales. Sus mangas abundantes se transformaron en ciudadelas de apartamentos, como Cataluña y sus derivados. En algunos de sus sectores, como el llamado La Cumbre, convivieron caserones de corredores y antejardines enormes al lado de pequeñas casas.

 

Cantada en novelas y cuentos de Luis Fernando Macías, como Ganzúa y Amada está lavando; narrada en algunos escritos del investigador de tango y nativo del lugar, el finado Luciano Londoño López, único colombiano que perteneció a la Academia Porteña de Lunfardo, de Buenos Aires, Argentina, La Milagrosa es vecina de Loreto y el Nacional, también barrios de trabajadores.

 

Si del parque de La Milagrosa, el caminante desciende por la vieja calle de Cuchillón, conocida como la 45, se topará con otro barrio de trabajadores, con nombre español, Gerona, como que lo urbanizó uno de los clásicos miembros de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín, Manuel de J. Álvarez Carrasquilla, sintetizado como Majalc. Este comerciante y empresario de la vieja Medellín, era un hispanófilo. Fue uno de los constructores de los barrios Aranjuez, La Mansión y de Andalucía (en Bello).

 

Gerona, que también fue cuna de malevajes y tanguerías, con bares como El Cachafaz, Verdemar  y El Machete, con una barra de miedo como los muchachos de El Cambray, escuchó la voz de Amparito Vélez, soprano que habitó en el sector, y también la del locutor Iván Zapata Isaza, emblema del radioperiódico Clarín, llamado por el vecindario El negro grande de Gerona.

 

En ese barrio, que tuvo una línea de buses con avisito de “Gerona-Loreto”, en algunas de sus calles se pueden apreciar, pintados sobre el asfalto, enormes escudos rojiazules del Deportivo Independiente Medellín. En su paisaje arquitectónico predominan las casas, algunas de dos y tres pisos, pero ya, saltones, aparecen edificios de apartamentos.

 

Muy cerca de allí, y hacia Ayacucho, el caminante puede derivar en el barrio Restrepo (fundado en 1934 por Ramón Restrepo), hoy conocido como El Redondel, muy cerca del sector al que un bar le dio nombre: el Santos. Era una fracción de Buenos Aires, con casas muy grandes, casi todas blancas, de dos y tres niveles, sótano incluido, con zonas verdes y terrazas. Hoy esas mansiones ya no existen y en su lugar se levantan edificios residenciales.

 

 

Epílogo con una escultura a la vida

 

Junto a la antigua corriente de Aná, se levantó en 1907 la fábrica Coltejer, en el viejo sector de La Toma, que después se erigió como vivienda obrera, con bares de tango y porros, uno que otro prostíbulo y una sección que algunos creen fue el origen de la actual ciudad, antes Villa de La Candelaria: la Vuelta de Guayabal. Anclada a la historia colonial, esa calle larga, que antes de existir Ayacucho era la ruta hacia Rionegro, la llamaron Ricaurte (calle 51). Junto al puente de La Toma, construido en 1857, remodelado por el belga Agustín Goovaerts y cerca de un breve sector, que prácticamente es una callejón paralelo a la quebrada, llamado El Hoyo de ‘Ña Rafaela (o de Misiá Rafaela), se denominó La Canguereja, narrado, por ejemplo, por Tomás Carrasquilla.

 

Durante casi ochenta años, La Toma albergó telares, calderas y chimeneas, así como cafetines, cerrajerías, talleres mecánicos y residencias. Parte de su territorio se transmutó en el actual Parque Bicentenario, el Museo de la Memoria y en bloques de apartamentos, como las Villas del Telar.

 

La Toma, con sus pasajes residenciales, inquilinatos, parqueaderos enormes y talleres de mecánica, tuvo bares para camajanes y obreros, como el Barcelona, el Perro Negro y el Torrente. Junto al llamado Puente de Brooklyn, en el Gran Combo, los hinchas del DIM han tenido desde hace años una suerte de templo sagrado. Más abajo, y ya en el parque Bicentenario, donde además hay un busto que recuerda al líder de la No Violencia, Mahatma Gandhi, se levanta una escultura (El árbol de la vida) hecha con más de veintisiete mil puñales, cuchillos y otras armas cortopunzantes decomisadas por la policía, del artista Leobardo Pérez.

 

El caminante se detiene junto al metálico árbol que ningún viento mueve. Se escuchan las voces de niños que juegan junto a una puerta con chorros de agua y el rumor de la sempiterna quebrada Santa Elena se esparce antes de perderse bajo el asfalto.

 

 

(Crónica publicada en el libro colectivo Nuestro tranvía, Alcaldía de Medellín, 2015)

 

Puente de La Toma o Puente de Brooklyn (Revista Credencial)

Historias de pasajes y una casa con armas

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Por Reinaldo Spitaletta

Uno de los pasajes residenciales desembocaba en la margen izquierda de la quebrada Santa Elena. Entramos por la puerta que tenía su reja abierta y continuamos hacia el fondo, pasando al lado de otras puertas añosas y descaecidas, hasta que llegamos al extremo y nos detuvimos a mirar y escuchar las aguas. De pronto, Daniela, una de las integrantes del Semillero de Periodismo Urbano, grupo con el que investigábamos aspectos del histórico barrio La Toma, de Medellín, y su próxima desaparición debido a la construcción del parque Bicentenario, se me arrimó y en voz baja me dijo: “profe, en la casa que está a la izquierda tienen armas. Lo mejor es que nos vamos”.

Los pasajes, que todavía hay muchos en Medellín, son una especie de zona de misterio para los que los ven de afuera, con filas de casas en un callejón, mejor dicho, en una estrechura por la que no cabe un Topolino, el carrito italiano diseñado para andar por las callejuelas de Roma. Son otra manera del inquilinato y de los muy cantados conventillos porteños. Casi todos tienen una reja que da a la calle y su longitud varía. En ellos parece vivirse un mundo aparte, lejos de la vida cotidiana del barrio. Y seguro los que allí habitan, se conocen las intimidades y las especificaciones de cada vivienda. Están siempre en un adentro, en una como isla urbana, que los hace ser distintos y, si se quiere, extraños para los que apenas logramos verlos, o intuirlos, desde el afuera.

De los primeros que tuve noción, fueron los que estaban muy cerca de La Buena Esquina, un paraje de Bello, delimitado por la que hace años se nombraba como la Calle Arriba y parte del barrio Andalucía. Eran, para mí, unos lugares inalcanzables y, por lo demás, propicios para imaginar historias macabras o de aventuras de espadachines medievales. Uno, que ya no existe, se denominó San Francisco, y en él, también hace tiempos, hubo un crimen pasional. La sangre de la víctima, dicen, salió del pasaje y se regó por la calle principal, como anunciando el asesinato, haciéndolo evidente. Acusadora.

Mi tía Tina, una mujer que tenía la capacidad proverbial de improvisar historias y de inventar mentiras piadosas, vivió en uno, muy especial, situado en el sector de El Huevo con la carrera El Palo, en Medellín. Allí, cuando yo era apenas un párvulo pleno de asombros, presencié la primera pelea de dos mujeres que, en una suerte de patio central del pasaje, se jalaban con furia las cabelleras y se gritaban cuantas palabrotas había entonces. Eran chillidos en medio de blusas rasgadas y arañazos. Hoy, es un taller de mecánica con parqueaderos. En una de las casitas del pasaje, dos artistas pusieron su atelier de pintura y escultura. Se llamaban Alonso y Pedro, y mi tía los invitaba a tomar café.

Otros pasajes, más escabrosos aún, estaban por el antiguo Camellón de Niquitao, algunos muy cerca de la llamada Calle del Sapo, que limitaba con el cementerio de San Lorenzo. Había callejuelas, como la Corraleja, que en sí mismas eran pasajes, con salidas (o entradas) en sus extremos. Casi siempre olía a marihuana y en las ventanas había ropa oreándose. Por la avenida La Playa, otrora un sector lleno de quintas donde habitaban los ricos de Medellín, había otro pasaje (todavía está), con casas grandes llenas de sanjoaquines y rosales en sus afueras. Tenía un aire de distinción y en nada recordaba los oscuros inquilinatos de Niquitao. Los de La Toma estaban unos por la Vuelta de Guayabal (ya no existe, porque la extinguió el parque Bicentenario; sobre la misma se construyó un puente feísimo) y otros tenían su entrada sobre la entonces llamada calle Ricaurte. Los de la derecha, subiendo hacia el viejo Puente de “Brooklyn”, eran enrejados, y los del otro lado, tenían entrada libre casi todos. Hace muchos años, cuando pasaba por esa calle que en otros días fue sede de fiestas, con bares de tango y música del Caribe, en la que se mantenían de farra muchos obreros de Coltejer, unos muchachos de un pasaje tenían en la acera varios changones (del inglés shotgun), sobre los cuales pasé, porque ya no era posible frenar, ni devolverme, ni tirarme a la calle angosta atiborrada de buses y automóviles. Se rieron, mientras yo continué con los nervios alterados. “Tranquilo, viejo, usted es del vecindario”, escuché decir. Por aquellos días, en los que la ciudad reverberaba por su calentura de disparos, yo vivía en Miraflores, arriba de la calle que Tomás Carrasquilla y vecinos del sector nombraron como La Canguereja.

Pero tal vez el pasaje más perturbador, porque tiene una arquitectura llamativa y una entrada estilo republicano, es el que está en la carrera Giraldo, entre Pichincha y Ayacucho. Al frente, hace unos veinte años, hubo un caserón que el intelectual Fabio Botero alquiló para depositar allí sus libros. De noche, abría las ventanas para que los que por allí pasaban vieran la biblioteca de maravilla, con estanterías por todos los ámbitos. Y dejaba entrar a quién sentía curiosidad por ingresar en aquel espacio literalmente de fantasía. Hoy, la mansión no existe. Se transmutó en un enorme aparcadero.

Digo entonces que el pasaje más atractivo es el que estaba enfrente de la que fue la biblioteca del autor de libros como Historia del transporte público en Medellín 1890-1990. Parece ir, prolongarse, hasta el infinito porque, en el fondo, hay una conjunción de cielo y horizontes, que todavía los edificios (muchos de ellos de dudosa estética) que lo rodean no pueden ocultar. No sé por qué en otros días, pensaba que si entraba en ese pasaje, podría haberme infiltrado en el mundo de un relato fantástico de H.G. Wells, que leí cuando era adolescente: La puerta en el muro.

Cuando Daniela Calle me advirtió, sin nerviosismo alguno, lo de las armas que había en una casa del pasaje de La Toma, me asomé con disimulo y, en efecto, logré ver a varios tipos que parecían hacer un inventario de armas de corto alcance y las metían en unos cajones. De inmediato, les dije a los estudiantes que con la mayor cautela saliéramos de allí. La quebrada sonaba con su música móvil y olía a alcantarillado. Por la vieja calle Ricaurte subían y bajaban vehículos y viandantes. Era la hora del retorno.

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Pasaje residencial en la calle Giraldo, Medellín. Foto Daniel Botero