Una lágrima por un amor que no fue

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Por Reinaldo Spitaletta

 

 

La muchacha, sobre todo en las mañanas, sintonizaba una emisora que casi siempre ponía a sonar una balada de Estelita Núñez. Y la cantaba con ganas, como si fuera lo último que fuera a hacer en el mundo: “Una lágrima por tu amor, una lágrima lloraré…”, y yo, desde el segundo piso, la escuchaba. Era una muchacha blanca y rubia, que por las noches, bueno, tal vez a las seis y treinta o siete, recibía en la puerta a un pretendiente. Yo desde el balcón los veía animados en su conversa, y sentía una tristeza por no ser yo el que estaba ahí, con ella, en la puerta, recostados a la reja. Pero nada.

 

A veces, yo salía a dar una caminada a esa hora, para verla a ella de cerca, olerla con disimulo, saludar y escuchar su respuesta. No recuerdo si el tipo contestaba a mi salutación. Creo que no. Ella sí lo hacía, con risas y un dejo que a mí me parecía medio tristón. Me iba dolido, diciéndome para mis adentros qué era lo que hacía que no pudiera estar junto a la chica que, por otra parte, no era hija de la vecina, sino su sobrina, y vivía ahí no sé por qué, tal vez por no tener mamá, o qué sé yo, solo sé que ella estaba a diario en aquella casa, en el primer piso, que era la habitación de la dueña (Maruja se llamaba) una señora con cara de bruja, bueno, en el sentido de la deformación monstruosa que le propinaron a las brujas sus enemigos, que, como leí después, en realidad eran mujeres muy bellas y sabias.

 

Pero esta era una dama no solo malencarada, sino, de añadidura, mala clase. No saludaba. Estaba presionando a mamá desde la mañana en que se cumplía el mes de arriendo. Tenía dos hijas, esas sí feas, a las que pusimos como sobrenombre las Culateras. Bueno, el del bautizo fue mi papá, experto en esas lides de aplicar apodos. Abajo, en el solar del primer piso, había un inmenso tanque, del cual nosotros, con una oxidada bomba de manivela extraíamos agua, en una labor que era todo un desencanto y una aburrición deplorable.

 

Vivíamos entonces frente a una iglesia en forma de ramada de nombre Santa Catalina Labouré y a pocas cuadras de la quebrada La García, con mangas en sus márgenes, a las cuales, en ocasiones, íbamos a jugar fútbol, con el riesgo ineludible de que el balón, durante el partido, cayera varias veces a la corriente.

 

Bueno, pero lo que interesa ahora, cuando he olvidado el nombre de la muchacha, mas no su figura ni su voz matinal, que cantaba baladas y a veces también una música bailable de Los Hispanos, como la de homenaje a Cien años de soledad, que provocó que por el tumbao en el caminar cuando sonaba la tal pieza, pusiéramos la Maconda a una vecina del barrio. Pero esa es otra historia.

 

Mis mañanas eran de expectativa, y lo que más quería siempre era escuchar la voz de la chica. Me arrimaba a la parte que daba al patio-jardín de abajo y aguzaba el oído por si podía tener noción de los modos de respirar, de sus pasos, de la escoba que sonaba en sus manos. Y de pronto, se regaba por el ambiente aquello de “una flor sin rocío morirá y nunca más vendrá la primavera…”. A mí me iban dando palpitaciones. “Qué bella voz”, me decía, qué triste se escuchaba en partes esa balada: “el agua de los ríos se detendrá, el cielo no tendrá ningún color porque se terminó mi amor…”.

 

La muchacha se estremecía y me estremecía: “Fuiste el primer amor y no volverás…”, qué dolorosa era aquella declaración. Y ella parecía que lagrimeaba, o así la imaginaba, ella en primavera, ella en flor. Y yo con un nudo en la garganta, con ganas de decirle desde lo alto qué bello cantás, qué voz tan linda, cosas así, como para enamorar, pero no las dije. Me las guardé. No sé por qué. Quizá una recóndita timidez me lo impedía. O el saber (el intuir) que era, con ella, un acercamiento imposible, una distancia corta y a la vez lejana.

 

La canción —en sí era una simplonería— le brotaba con gusto a la muchacha, como si se la estuviera cantando a alguien, a un amor que tuvo, a su primer amor. Y yo a veces pensaba que era una dedicatoria que me hacía, tal vez ella también querría decirme que habláramos, que nos acercáramos, pero nada de eso sucedió. Y ella continuó por las tardes-noches, recibiendo la visita de un tipo al que yo, de pronto, comencé a odiar, o, más bien, me caía gordo, porque estaba interrumpiendo —creía yo— una posibilidad de romance entre ella y yo.

 

La flor sin rocío se murió. Nos mudamos al poco tiempo de aquella casa y no volví a saber nunca más de la muchacha. El tiempo, que en este caso es el olvido, la borró. Y la canción tampoco la torné a escuchar. Por estos días, sonó en la radio y la imagen de aquella chica de barrio volvió de súbito con su carga de melancolía. No sé por qué una lágrima se asomó en la memoria y sentí que ella estaba cantando dolores en una mañana borrosa de la adolescencia perdida.

 

                               Pintura de Gustav Klimt

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