Lámparas de todas las maravillas

(Recorrido con mención de cuentos orientales y juegos de la noche)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La luz, en la simbología de antiguos pueblos, es un camino hacia el reconocimiento de la denominada verdad (cualquier asunto que tal concepto signifique), hacia la superación trascendental del mundo terreno, a espacios más íntimos en los que el alma (el hálito de la vida) se reconozca como lo esencial en el hombre. Es una metáfora de sabiduría. La luz está ligada al saber, como las tinieblas a la ignorancia.

 

No es gratuito que los primeros dioses sean identificados como el sol y la luna. El hombre siempre ha necesitado un arma contra las oscuridades, contra las cuales la luz se encuentra en perpetua lucha. Y tal vez como resultado de la búsqueda de la claridad, tras esas palabras mágicas pronunciadas por la deidad oriental (“hágase la luz”), el hombre inventó la lámpara.

 

Me parece que más sonora (y luminosa) que la palabra lámpara, lo es lucerna, voz latina para designar todo utensilio dispuesto para dar lumbre. En los tiempos de mucho antes, como decir en los homéricos, no había aún lámparas, pero estaban las teas, de cera y aceite, para iluminar esas largas noches de los primitivos.

 

Después, y quizá con la participación necesaria de los alfareros, también sirvió para dar origen a otra luz. Las lámparas, con su milagroso poder, también pueden generar crepúsculos y albas. Permiten una breve evocación del día en medio de las sombras, y a su alrededor no solo pueden revolotear las polillas, sino que se reúnen los hombres para hablar, o para estar en silencio, o solo para observar cómo fluye la luz.

 

En la antigüedad, las lámparas estuvieron enlazadas a los rituales y ceremonias religiosas. Con luz se adora la luz. Quizá fueron los hebreos los primeros en enseñar a otros pueblos el uso de las lámparas en las festividades y oficios del culto. Entre los griegos y romanos, se manufacturaban lámparas con las figuras de los dioses, a fin de tenerlos no solo bien iluminados sino muy cerca.

 

En los oficios cristianos las lucernas (o las candelas) cumplen un papel protagónico, a veces en forma de cirio, de veladora, de lámpara votiva. En las iglesias católicas es normal ver una lamparita que representa la “luz eterna”; esa que se dedica a la memoria de los que se han ido a otros mundos, donde a lo mejor estén repletos de luz. O de innúmeras sombras, pese a aquello de “brille para ellos la luz perpetua”. De igual modo, los musulmanes albergan en sus mezquitas preciosas lámparas, para tener un puente de luz entre los fieles y el Paraíso.

 

Había antes gentes, un tanto extrañas, cuyo oficio era cambiar lámparas viejas por nuevas, porque, en una de aquellas, era probable hallar a un genio que las pudiera redimir de sus miserias. Valga recordar, entonces, a ese “pobre diablo” oriental, hijo del sastre Mustafá, al cual un hechicero africano condujo a regiones de misterio y maravilla, donde pudo acceder a la revelación: en el centro de la tierra había dos talismanes de desmesurado poder: una lámpara vieja y un anillo. El resto de la historia, como se sabe, está repleta de asombros, que se renuevan en cada lectura de Las mil y una noches.

 

Hay lámparas que se hallan incrustadas en la nostalgia, como aquella que alumbraba las noches de una casa de abuelos, cuando, en medio de arpegios de guitarra, la  Coleman arrojaba sus haces lumínicos en las caras de los circunstantes, y de los que cantaban canciones de náufragos y de ebrios. Era una lámpara de caperuza, cuya luz blanca hacía palidecer las tapias y les posibilitaba a las tías la lectura de novelas románticas.

 

Ahora, en algunas calles de la ciudad, en particular en la atiborrada de chécheres del viaducto del metro, hay artesanos que reparan lámparas Coleman, en lo que parece ser un extemporáneo oficio, un enlace con tiempos de arqueología. Volverlas a ver es un pasaje para emprender vuelo hacia viejos días en los que aún la imaginación era “la loca de la casa”.

 

En esas noches oscuras cantadas por algún místico, una lámpara puede ser como una revelación, como un cachito de luna asomado por una ventana de nubes. ¿Qué sería, por ejemplo, de un parque sin lucernas, sin un sitio para el hospedaje de los abrazos, sin una generosa fronda? Hay lámparas que jamás se encienden, o porque se tornaron vano adorno doméstico, o porque se les agotó la luz. O porque no hay quien las prenda. En el teatro, en la iglesia, en la taberna, las lámparas son parte de la utilería y los ambientes. Algunas de ellas pertenecen a la fascinación que producen las simples cosas.

 

En un cuento de Felisberto Hernández, en que un lector en una sala antigua lee relatos en voz alta, una mujer va todos los días a un puente en el que piensa suicidarse, pero cada vez surgen obstáculos. Los oyentes ríen y al final, cuando la luz natural se ha ido, y casi todos los circunstantes también, nadie encendía las lámparas, y entonces el mundo se llenaba de tristeza y expectativa.

 

Un día, en una calle que ya es recuerdo aparecieron luminarias, amarillenta la luz, casi como las de las pálidas luciérnagas, que nos revelaron que en esa extensión de asfalto y aceras, se podía jugar al futbolito de la noche. Aquellas lámparas urbanas nos acrecentaron las jornadas de juegos en la barriada, con gritos y correndillas inacabables.

 

 

A veces se piensa, como algún poeta de crepúsculos y arreboles, que sería bueno poder cambiar la vida de uno por una lámpara vieja. Puede que así no se gane el pan, pero sí la luz. Lo cual ya es bastante decir en un mundo  de incertidumbre en el que siguen predominando las sombras.

 

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“Cambio mi vida por lámparas viejas”, decía León de Greiff en el Relato de Sergio Stepansky.

 

 

El cuento o cómo poner a volar una alfombra

(Ensayo sin descuento sobre el género más antiguo de la literatura)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Donde se relatan los orígenes y desarrollo del cuento (de la caverna a la Edad Moderna)

 

El cuento es tan antiguo como la humanidad. Y ha evolucionado como ella. O más. Al principio todo era oscuridad. Hasta cuando apareció la palabra, creadora y explicadora del universo. Origen y fin de todas las cosas. El hombre, en los inicios, estaba solo sobre la tierra, con su corazón poblado de miedos y asombros, y quizá preguntas. Miedo a lo desconocido. Miedo a sí mismo, miedo a los otros. Tenía que reinventar el mundo. Imaginarlo. Explicarlo. Moldearlo. El hombre es el único animal que tiene la capacidad de fantasear (también de destruir). Con la palabra, como una presea a su descubrimiento, comenzó a crear paraísos e infiernos. Recompensas y castigos. Se erigió a sí mismo como dios. Con poder de creación. Y la palabra fue la herramienta fundamental para tal fin. Había que dar sentido al sol, los mares, las estrellas y a la luna. Y solo la palabra era la única capaz de realizar esa tarea descomunal.

 

El hombre, al no poder dar una explicación científica, racional, a los fenómenos de la naturaleza, la entendió como manifestaciones del más allá, de lo ininteligible. ¿Qué era lo desconocido? ¿Quién estaba tras todas esas presencias que el hombre no comprendía? No había otra salida ni otros modos de interpretar, de dar respuestas, al universo. Entonces comenzó el proceso de invención de dioses y mitos y héroes y brujas. La imaginación entraba en estados de ebullición.

 

Primero fueron la epopeya y la poesía. Esta última, como es fama, es la madre de la filosofía, como una expresión del amor por el conocimiento. Después advino el cuento. No en la manera como hoy lo conocemos. Tenía, para usar una metáfora, una vestidito de algodón crudo, estaba descalzo, carecía de pretensiones. Era muy elemental. Y esa condición también le otorgaba belleza. Y como no existía la escritura el cuento voló de boca en boca. Recorrió llanuras y montañas. En sus principios, no tenía ninguna finalidad estética. Sus propósitos eran, más bien, los de enseñar y moralizar. Eran cuentos religiosos, mágicos, de iniciación sexual o matrimonial (como el de Barba Azul, por ejemplo), cuentos para exponer, con claridad y ritmo, principios éticos. La literatura primitiva abunda en tales manifestaciones.

 

Las epopeyas, por ejemplo, están abarrotadas de mitos, son parte de una fundación, de los caracteres de pueblos y culturas. Basta con mirar la Ilíada y la Odisea para darnos cuenta (o cuento) de estas aseveraciones. Son textos religiosos y políticos (antes de escribirse existieron mediante la palabra oral).

 

Tras los cuentos mítico-religiosos, de naturaleza mágica, advinieron los cuentos morales. Vemos entonces que el cuento (o el relato) era una suerte de teoría del conocimiento, un vehículo importante de transmisión de normas y una manera de dar al mundo un sentido. Nacieron los apólogos, las fábulas, las parábolas. El universo se hacía cada vez más pequeño (e infinito) gracias a la palabra, a la capacidad de contar y de cantar. Porque el cuento también es canto, es música a veces de las esferas y de lo que está más allá de lo físico.

 

Hasta hace pocas centurias las descripciones geográficas y las instrucciones para los marinos se hacían mediante cuentos. Así, por ejemplo, los cíclopes eran volcanes que arrojaban enormes piedras al mar. Los monstruos marinos eran estrechos o canales peligrosos para los antiguos navegantes. Los océanos y los continentes estaban superpoblados de gigantes y enanos, de caballos voladores, de sirenas que hipnotizaban con su canto a los hombres de mar, de presencias incomprensibles y espantosas, mezcla de distintos animales. El descubrimiento por los indios de la India de muchas islas del océano Índico constituye en rigor el trasfondo de los enigmáticos cuentos de Simbad el marino, que integran Las mil y una noches. A su vez, los desplazamientos por el Mar Ártico suscitan una floración de leyendas místicas de los pueblos celtas, tales como los viajes de San Brandán en busca del paraíso terrenal y del purgatorio de San Patricio, santo patrón de Irlanda.

 

Se cree, por otra parte, que cuentos como los de Cenicienta y Caperucita Roja, entre tantos arraigados en el folclor, son explicatorios del universo, de sus cambios y de las estaciones. En tiempos de devastadoras hambrunas aparecieron, como una suerte de alimento imaginario, los relatos de ogros, devoradores de niños.

 

Del antiguo Egipto proceden los más viejos cuentos que todavía se conservan (por ejemplo, el cuento de Sinuhé, que en el siglo XX le sirvió de referencia al novelista finlandés Mika Waltari para su novela histórica Sinuhé el egipcio, y también al escritor Naguib  Mahfuz). Se cree que datan de los siglos catorce a doce antes de nuestra era. En la India, tierra misteriosa y propicia para diversas fantasías y culturas, se utilizaron en la predicación del budismo, cinco siglos antes de Cristo, los apólogos y las parábolas (jatakas). Todavía se conservan en sánscrito hermosas colecciones como Panchatantra (o cinco libros, en prosa y verso) y la instrucción salutífera. Múltiples fábulas de la India han llegado, tras un largo viaje, al español con el nombre de Calila e Dimna (también llamadas las Fábulas de Bilpai). Los más perturbadores mitos de Occidente están hospedados en los poemas homéricos y han servido para la elaboración de nuevas obras.

 

El cuento se ha ido transformando. Mitos y leyendas le sirvieron como argumento inicial. Batallas y guerras; conquistas imperiales; amores furtivos; infidelidades conyugales; frailes y curas libertinos; pestes y otras desolaciones; aventuras caballerescas y de convento; diversas peripecias pasaron a formar parte de los cuentos antiguos y medievales. Para hacer menos traumáticas las noches en los mesones y hostales, para evitar el contacto con las pulgas de las alcobas, para hacer menos larga la estadía en pocilgas y posadas, se contaban cuentos. Las noches eran más emocionantes y claras gracias a la literatura oral y escrita. La edad media no fue en realidad tan tenebrosa como nos la han pintado o despintado. Por lo menos a nivel del relato hubo desarrollos muy interesantes.

 

Cuenta Emilio Gebhart, citado por el tratadista Julio Torri en el estudio preliminar del libro Grandes cuentistas, que los viajes de los peregrinos, de los mercaderes y de los cruzados difundieron esta literatura de relatos por todas las regiones del mundo. Hubo entonces una emigración continua de reyes, señores, grandes criminales y ladrones, monjes, corsarios y piadosos vagabundos, yendo y viniendo por los mares, valles, desfiladeros de montañas, ríos… Desde lo más remoto de España, Irlanda y Dinamarca, hombres ansiosos por su salvación, caminaban sin tregua hacia Roma y Jerusalén.

 

Al mismo tiempo que en el medievo las empresas feudales mantenían entre el occidente latino, Constantinopla y Asia una tumultuosa corriente de mercaderías e ideas, los relatos se iban sucediendo. Marco Polo descubrió otro mundo, y puso en contacto a Europa con las milenarias culturas del Lejano Oriente. La fantasía y la imaginación, que son hermanas, se dieron la mano y se entronizaron. Narradores orales de estupendas dotes animaron los días y las noches de la Edad Media. Historias e historietas se entremezclaron en los conventos, los navíos, las posadas, los castillos. En todas partes. Se hablaba del paraíso terrenal y del demonio; de los muertos que resucitaban para dar testimonio del más allá. Aparecieron crónicas a granel sobre las cruzadas, y a Occidente fueron llegando los cuentos musulmanes. Huríes y harenes y califas poblaron con nuevos deslumbramientos la mente de la Europa de la Alta Edad Media.

 

Y a todas estas, los predicadores también sacaban dividendos del relato, y en sus sermones se servían de cuentos morales, cuyas colecciones se multiplicaban. Apólogos de Esopo, conocidos a través del fabulista Fedro, atestaban los escritorios de los propagadores del buen ejemplo. El relato cumplía así su función moralizadora. Sin embargo, había que inyectarle al cuento, además de sus virtudes pedagógicas y éticas, de sus objetivos moralizantes, belleza literaria. Los primeros ejemplos conocidos en ese aspecto fueron los del infante don Juan Manuel y los de Giovanni Boccaccio (1313-1375). El florentino es el cuentista moderno por excelencia, como es, digamos, Cervantes el novelista. Con El Decamerón, colección de cien cuentos contados en diez jornadas por tres hombres y siete mujeres mientras la peste negra asolaba los campos italianos, Boccaccio se torna un clásico de la prosa. Es la encarnación de su siglo, el catorce, pagano e irreverente, que desprecia a su manera los ideales cantados por Dante Alighieri (1265-1321) en el siglo inmediatamente anterior. Después de Boccaccio aparecerá en Inglatera Geoffrey Chaucer con sus portentosos Cuentos de Carterbury, escritos en verso.

 

El cuento siguió caminando por el mundo al lado de la poesía, la filosofía, las ciencias. Una centuria antes del surgimiento del autor de El Decamerón, surgieron en Florencia relatos breves, conocidos en el universo literario como novelinos, anónimos y de espíritu satírico, como el siguiente “que cuenta cómo un caballero requirió de amores a una dama”:

 

Un caballero solicitaba en amores a una dama cierto día, y decíale, entre otras palabras, que él era gentil y rico y hermoso sin medida, “y vuestro marido es así de feo como vos sabéis”.

Y el tal marido estaba tras la pared de la cámara; habló y dijo:

—Messire, por cortesía concretaos a los hechos vuestros y no os mezcléis en los ajenos.

Messer Licio di Valbuona fue el feo, y Messer Rinieri de Calvoli fue el otro.

 

El Renacimiento y la Edad Moderna nos trajeron más cuentos. Voltaire, Diderot, Voisenon, Perrault, los hermanos Grimm (que con sus cuentos contribuyeron a la unidad cultural alemana), La Fontaine y muchos otros, deleitan al mundo con sus creaciones. Las fuentes folclóricas vuelven a ser importantes para la inventiva de los narradores. Otra vez las hadas, las ninfas, las nereidas, las sílfides, los gnomos, los duendes, los silvanos y otras creaturas fantásticas de los bosques y los mares, tornan con su carga de maravillas a asombrar a niños y adultos.

 

Y vienen más escritores. Están en la vasta literatura rusa Pushkin, Chejov, Tolstoi, Turgueniev, por solo mencionar a cuatro de sus prominentes cultores. Y franceses como Maupassant, Próspero Mérimée, Balzac, e ingleses como Stevenson, Wilde (irlandés), Kipling, Wells, Chesterton. El cuento, a su vez, se va enriqueciendo en forma y contenido. Se viste de otras maneras. Entra en las aguas de la purificación. Ya no es solo la mera anécdota, una peripecia, sino mucho más. Sus funciones primigenias de moralizar y enseñar buenos ejemplos, se transforma. Ya es la estética combinada con los temas que, desde siempre, han apasionado y preocupado al hombre los que están en la palestra: el amor, la vida, la muerte, el odio, la guerra… Digamos que en el siglo XIX, sobre todo en su primera mitad, el cuento está a punto de revolucionarse, de ser otro cuento.

 

En América, mientras tanto, los primeros cuentistas (no por supuesto como entendemos hoy el cuento) son los cronistas de Indias, que se maravillan con ese paraíso terrenal (también es un infierno) que después tomaría su nombre en honor a Américo Vespucci. La flora, la fauna, los ríos, los mares, las montañas, el hombre nativo, todo, absolutamente todo, asombra a los visitantes o, de otro modo, a los invasores, para usar términos más precisos. Y ellos dejan testimonio de ese mundo exagerado, hiperbólico, a veces inverosímil, que es todavía la América. Y los relatos se van creando en nuestro continente hasta llegar, en la contemporaneidad, a convertir nuestra literatura en una de las más importantes y ricas del mundo. ¿Cómo no emocionarse con un cuento de Machado de Assis, o con uno de Quiroga? ¿Cómo no hundirnos en el universo deslumbrador  de Arlt, Rulfo, Cortázar, Borges, Felisberto Hernández, o en los cuentos de Adel López Gómez, José Félix Fuenmayor, José Restrepo Jaramillo, Efe Gómez, por solo mencionar a cuatro pioneros del género en Colombia? América es tierra abonada para la creación literaria.

 

 

  1. De cómo se formó el cuento contemporáneo y otras arandelas

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El cuento tal como lo conocemos en nuestros días es un género complejo, riguroso y muy exigente. No es fácil escribir cuentos. Se requiere una trabajada maestría para ejercitarlo con acierto. Es producto (como la novela) de arduas planificaciones, de reescrituras, de una larga paciencia y disciplina. El cuento es la síntesis de una situación o de un personaje. No se desvía de su asunto central. La novela, en cambio, es análisis y en ella pueden conjugarse infinidad de situaciones, conflictos y personajes. Es más: la novela es, en esencia, la creación de personajes.

 

Atendiendo a estas características generales, el cuento contemporáneo es una invención (como el periodismo) de los norteamericanos. Es al pragmatismo del pueblo gringo que se debe la aparición luminosa del “short-story”, del cuento corto. Pueblo ávido y curioso, inquieto, de fácil expresión es el estadounidense. Necesitaba una forma literaria que le viniera bien a sus necesidades de emocionarse e informarse de tajo en el menor tiempo y con la mayor intensidad posible. Esas funciones, además, solo podía cumplirlas el cuento, y, en otro sentido y dimensión, el reportaje. Quizá por eso en los Estados Unidos los grandes periodistas fueron (lo siguen siendo) excelentes cuentistas. Baste mencionar, a guisa de ejemplo, a Hemingway, Capote, Crane, Bierce, Steinbeck y Jack London. Tuvieron que pasar muchos siglos para que la humanidad llegara a esa forma perfeccionada del cuento contemporáneo, a esa esencia alquímica (una especie de piedra filosofal) destinada a ser escrita por privilegiados.

 

La modernidad le debe a Edgar Allan Poe, un pionero en la ciencia ficción pero también en el relato policíaco, la creación del cuento corto, una combinación de tensión e intensidad, que después no solo sus compatriotas, sino escritores de otras geografías, llevarían a alturas estéticas impredecibles.

 

Álvaro Cepeda Samudio, nacido en Barranquilla (también se da como su cuna a Ciénaga) es el que, en Colombia, introduce esa forma literaria tal como hoy la conocemos. Bajo el influjo de narradores norteamericanos, Cepeda escribe la colección de cuentos Todos estábamos a la espera, que obedece sin duda a los cánones del “short-story”. Y continuando con una aproximación a lo que es el cuento, el polifacético autor de Los cuentos de Juana y de reportajes tan celebrados como el de Garrincha, advierte que “el cuento, como género literario independiente, no está ampliamente definido en castellano. Quiero decir que existe todavía la tendencia a confundir el relato con el cuento: de llamar cuento a la simple relación de un hecho o un estado. El cuento como unidad puede distinguirse con facilidad del relato: es precisamente lo opuesto. Mientras el relato se construye alrededor del hecho, el cuento se desarrolla dentro del hecho”.

 

Con estas premisas, emitidas en 1955 por el narrador, publicista, cineasta y novelista (bueno, solo escribió una: La casa grande), podemos tener claridades acerca de las diferencias entre lo que es un cuento y un relato. La más nítida diferencia la otorga la práctica. Digamos, por ejemplo, que Bola de sebo, de Maupassant, es un relato, muy bien contado por lo demás, mientras La siesta del martes, de García Márquez, es un cuento. Relatos pueden ser Dimitas Arias y Blanca, de Tomás Carrasquilla, mientras cuentos son El hombre muerto y La gallina degollada, de Horacio Quiroga.

 

Al llegar a nuestros días, fines del siglo XX, el cuento ha bebido de las fuentes primigenias. Se alimentó de los relatos antiguos, de los mitos, de las leyendas, de las fantasías de todos los tiempos. No hubiera existido el cuento como se escribe hoy sin la Cenicienta o sin El traje del emperador. Y mucho menos sin los maravillosos relatos de Las mil y una noches. Todo ese conocimiento, todo el bagaje anterior, enriqueció y transmutó esa forma literaria que hoy denominamos cuento. No se puede entender a Hemingway o a Faulkner sin la presencia del primer narrador de relatos en Norteamérica, Washington Irving, el de los Cuentos de la Alhambra, o sin las obras de Poe y Nathaniel Hawthorne.

 

 

  1. De cómo se escribe el cuento hoy y otros asuntos relativos al género

 

El cuento contemporáneo y la novela son las dos formas literarias por excelencia. Entre ambos existen similitudes y enormes diferencias. Mientras un buen cuento no tolera defectos, la novela puede tenerlos, sin que ellos resientan la estructura general. Julio Cortázar, comparando alguna vez estos dos géneros con una pelea de boxeo, dijo que la novela define su combate por puntos, mientras el cuento lo hace por nocaut. Un símil gráfico con el cual se puede establecer una diferenciación tiene que ver con la fotografía y el cine. La primera toma un fragmento de la realidad y lo encierra, lo encajona, lo petrifica. Solo se ve, por ejemplo, a una mujer desnuda y algún sugerente decorado, pero no más. El cine, en cambio, es una sucesión de imágenes, entornos, ambientes, atmósferas, la realidad (y la virtualidad) es más amplia y tiene más complejidades y personajes. Algo parecido ocurre entre el cuento y la novela. El cuento es a la fotografía lo que la novela al cine. La extensión, por otro lado, no es un diferenciador exclusivo de estos géneros.

 

El cuento, el buen cuento, solo tiene un personaje central. Los otros que puedan aparecer son tributarios, son afluentes. Ayudan a caracterizarlo, a definirlo. Se puede decir que El viejo y el mar o El coronel no tiene quien le escriba son cuentos largos o novelas cortas (los franceses se inventaron un término muy adecuado para estos casos: la nouvelle). Solo hay una situación y un personaje clave en ellos. Los otros, son sus criados, sus complementos. El cuento, ya se dijo, es pura síntesis. Atiende a un tópico, sin decaer en intensidad y tensión. No le puede faltar ni sobrar nada. Es exactitud y medida. No puede tener distractores ni adornos excesivos. Todo en él es rigurosamente necesario.

 

Es interesante precisar que la técnica por sí misma no es suficiente para hacer un cuento extraordinario. Se requiere mucha vitalidad. Sentir el tema como un dolor, como un asunto que no puede evitarse. Cortázar decía que el tema era lo de menos; que lo importante era el tratamiento. Creo que me gusta más la filosofía de Steinbeck al respecto, quien sostenía que para escribir un gran cuento, una pequeña obra maestra (como puede ser, en su caso, Los crisantemos), era necesario que el autor, aparte de dominar la técnica, sintiera algo que le fuera importante y le impusiera “una urgencia dolorosa” de comunicarlo. Es decir, creo que uno debe vivir el tema con hondura, aferrarse a él, conocerlo, dominarlo, torcerle el cuello hasta que aparezca la necesidad ineludible de escribirlo. Esto, desde luego, es válido tanto en la novela como en el cuento.

 

  1. Desenlace sin afán y con miedos

 

Pienso que el cuento, debido a la velocidad de los tiempos que discurren, tiene un futuro promisorio. Ante tantos desasosiegos la gente, los lectores, están ansiosos de buenos cuentos, de leer historias intensas, bien escritas, con belleza (bueno, hay que recordar, con alguna bruja shakesperiana que “lo bello es feo y lo feo es bello”). Nuestra América está repleta de extraordinarios cuentistas, tanto de ayer como de ahora. Cada uno puede hacer su antología, su catálogo personal.

 

Como en el principio de los tiempos, el hombre está dispuesto a los asombros, a los miedos, a la perplejidad. Se siente solo en medio de las tinieblas. Sigue inventando paraísos y produciendo infiernos. Mediante la palabra prosigue los ejercicios de la imaginación y crea universos. Con todo, seguimos estando habitados por incertidumbres y otros desamparos. Y todas estas sensaciones son ingredientes del cuento. Escribimos cuentos para seguir soñando, como parte de alguna utopía. El sueño, la imaginación y la fantasía son facultades que todavía no nos han podido robar. Y ninguna aduana puede requisarlas ni decomisarlas. Menos mal.

 

 

(Ensayo publicado en el libro La pipa del rabino y otros cuentos, de Itsic Leib Peretz, 1994, en la colección Biblioteca Distinta, Edilux).

 

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Ilustración del cuento La gallina degollada, de Horacio Quiroga.

¡Contáme una historia, por favor!

(De cómo los periódicos se olvidaron de los géneros narrativos)

Por Reinaldo Spitaletta

El invento es tan antiguo que pudiera decirse, apelando a un fastidioso lugar común, que fue en la «noche de los tiempos» cuando, bajo la intimidante oscuridad, dos seres extrañados comenzaron a contarse historias, tal vez para interpretar el mundo, quizá para proporcionarse la certeza de que no estaban solos en la tierra. No sé por qué (o sí sé, pero más adelante lo digo) miles de años después, cuando ese mismo e inteligente recurso sigue siendo válido, a los editores de periódicos les parece que hay que repetir con un lenguaje empobrecido lo que, un día antes, señalaron la radio y la televisión.

O sea, estancarse en la ya muy anticuada pirámide invertida, o en las cinco dobleús del siglo XIX, o, sencillamente, en la aridez de un lenguaje, con el cual, dicho de otro modo, utilizado con todas las riquezas y recursos, podría seducirse a miles de lectores. ¿Y cómo? Pues contando historias, desde luego muy bien contadas. Que es, en esencia, para lo que fueron inventados los periódicos. Para narrar sucesos, interpretarlos, darles sentido, analizarlos, insuflarles vida, proporcionar valores agregados a lo que pasó.

No es que la crónica y el reportaje, los dos grandes géneros narrativos de la prensa, hayan muerto. Parece, más bien, que la imaginación, la creatividad, la sed de conocimiento, ya no les pertenece a los editores. Se les ha secado el seso, pero no a lo don Alonso Quijano, de leer tantos libros, sino, al contrario, por haber caído en el facilismo (una tara de tiempos neoliberales) de la cultura light, de la comida rápida, inodora e insabora, en la que se privilegia el envilecimiento del lenguaje, las pildoritas, esas sí anticonceptivas -que no producen nada- y el creer que si se cuentan grandes historias se desperdicia espacio, o que los lectores son mongólicos, que no tienen tiempo sino de mirar titulares, y tralarín tralará.

Sin embargo, a los periódicos sólo los puede salvar, frente al inmediatismo sobrecogedor de los medios electrónicos, la narrativa. Tendrán que recurrir, de nuevo, a ser una suerte de Scheerezadas, contar una y otra vez, durante infinitos días, historias de la gente, de las desdichas y alegrías humanas, de los padecimientos y las emociones sublimes. De ese modo, serán otra vez memoria, tesoro para los futuros investigadores. Y tal vez no se conviertan, así, en alimento para el olvido y la oscuridad.

No se trata, por supuesto, de llenar toda una edición de historias. Pero, por lo menos, diariamente sí debe haber una o dos crónicas o reportajes o relatos, en los que se sienta la vibración de la ciudad y el país, en los que la palabra tenga la viveza de un encantador de serpientes. Claro que no es tan sencillo cuando los periodistas o comunicadores sociales, en su formación, ya no tienen a los grandes novelistas y pensadores, sino un cúmulo de teóricos de nada, recicladores y mercachifles, y cuando el mercadeo se vuelve más importante que la calidad de los contenidos.

Tal como lo han mostrado, desde hace siglos, hasta tiempos más modernos, los Jenofontes y Tucídides, los Defoe y los Reed, los robertoarlt y luistejadas, los garcíamárquez y gaytaleses, todavía no hay nada que supere una buena crónica, un reportaje profundo. Y como lo advirtiera Tomás Eloy Martínez, el gran desafío del periodismo escrito contemporáneo frente a los retos de la TV, la internet, la radio, está en volver a poner en el centro al hombre, con todas sus implicaciones. Es decir, donde sólo aparece un hecho, una confrontación, tiene que descubrir al ser humano.

Es obvio que no todas las noticias se prestan para ser narradas, ni todos los hechos tienen que mostrarse con un caso particular, con una historia de vida. O de muerte. Compete al reportero, a su capacidad e inventiva, a su cultura y preparación, saber a cuál de todas las cosas que pasan se les puede aplicar los ingredientes y las técnicas de un relato, la forma de una crónica, la música y el suspenso de una trama. Porque, como también se ha dicho tantas veces, no hay nada más empalagoso y ridículo que un reportero que se finja o pose de novelista, o que se crea narrador, sin serlo. Eso ahí mismo chilla, pero, en contraposición, nada más agradable que un periodista con capacidades para hacer ver y vivir a sus lectores, gracias a sus recursos narrativos, un suceso, incluso, a veces, el más trivial de los sucesos.

Volvamos a citar al autor de la Novela de Perón: «La mayoría de los habitantes de esta infinita aldea en la que se ha convertido el mundo vemos primero las noticias por televisión o por internet o las oímos por radio antes de leerlas en los periódicos, si es que acaso las leemos. Cuando un diario se vende menos no es porque la televisión o la internet le han ganado de mano, sino porque el modo como los diarios dan la noticia es menos atractivo».

Y no tendría porqué ser así, ya que los periódicos poseen todos los recursos tecnológicos, todas las posibilidades cibernéticas para hacer un producto moderno y grato, y está casi por descontado que, en sus redacciones, hay reporteros no sólo apasionados por la profesión, sino excelentes contadores de historias, formados seguramente en arduas y placenteras lecturas de los clásicos y los modernos literatos e historiadores.

Insisto en que no se trata de convertir a los periódicos en una sucursal de Las Mil y Una Noches, ni a los periodistas en novelistas (bueno, ojalá), pero sí de tener las puertas abiertas al asombro y en tener siquiera algún espacio dedicado a una buena narración. De ese modo podríamos tener un argumento para contradecir la célebre diatriba de que si el periodismo no existiera no habría necesidad de inventarlo.

No hay que invocar, pues, a los connotados narradores que en el mundo han sido periodistas, para saber que aquello tan aparentemente elemental como es contar un cuento en un periódico sigue siendo el secreto para cautivar al lector, para envolverlo en la magia y el encantamiento de la palabra escrita, para convalidar una historia de más de cuatro mil años.

Creo que citaré otra vez al argentino Tomás Eloy: «Un periodista no es un novelista, aunque debería tener el mismo talento y la misma gracia para contar de los novelistas mejores. Un buen reportaje tampoco es una rama de la literatura, aunque debería tener la misma intensidad de lenguaje y la misma capacidad de seducción de los grandes textos literarios».

Me parece que hay que volver a descubrir el agua tibia. Los periódicos sobrevivirán si son capaces de seducir con historias a los lectores. No con pildoritas, insertos, mercancías desechables y otras baratijas. Cuando uno encuentra una buena historia en un diario pasa como cuando se asiste a un partido de fútbol. Que a veces una sola jugada, de esas en que el estadio queda lleno de deslumbramientos, o un gol, justifica el boleto. Pero, como se sabe, en el fútbol y en los periódicos ya no parece haber lugar para la fantasía y la creatividad. ¡Qué lástima!