Gardel y el silencio de una mamá

(Un tango con clarines de guerra y tintineo de medallas)

 

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En el filme Melodía de arrabal, rodado en París, Gardel interpreta el tango Silencio.

 

 

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

1.

 

Es probable que cuando comencé a tener recuerdos (una profecía de mi padre acerca del fin de la adolescencia) me haya principiado a gustar el tango. Y, además, sin darme cuenta —que es, creo, como suele pasar con las cosas del corazón que te marcarán para siempre—. En efecto, el tango que en casos como el mío entró por ósmosis, por la cantidad de pianolas que había en cada esquina de las barriadas de Bello, donde crecí, y en las que sonaba desde el alba a la medianoche, tuvo fosforescencias de niñez y, antes de que sucediera lo que dice el poeta Juanca Tavera: “Tango es la emoción de regresar / al punto cardinal, / el tiempo de empezar a recordar”, alguno de ellos me impresionó en la infancia.

 

Y fue el caso de Silencio, de Gardel, Horacio Pettorossi y Le Pera, y no en la voz del Zorzal, sino en la de mi mamá, cantante doméstica, con algo de educación vocal que con su tesitura de soprano, en las noches a veces, a veces en las mañanas, iniciaba su serenata y alborada sin pretensiones con “silencio en la noche / ya todo está en calma / el músculo duerme / la ambición descansa…”.

 

Hoy podría decir que lo cantaba con corrección, pero, en ciertas ocasiones, se desdoblaba y sé que derramaba alguna lágrima, porque —no sé por qué— lo sentía muy suyo, como si ella fuera la mujer del drama, la de los cinco hijos (en rigor, ella solo tenía cuatro) que al taller marchaban y que, con el estallido de la guerra, cuando peligraron los “campos de Francia”, podía sentir una prematura soledad. Y es esa, quizá, la que acaece cuando los hijos se van. Lo triste es que los cinco del tango se habían ido a la guerra. La más remota reminiscencia de un cuadrito que podría llamarse “mamá con canción” la muestra rubia y sin canas, así que las “hebras de plata” tardaban todavía para asomarse.

 

Su voz se regaba por piezas y patios y no sé cómo afectaba a bifloras y azaleas. Y así, cuando en la radio sonaba la interpretación de Gardel, ella la acompañaba. “Un clarín se oye / peligra la patria / y al grito de guerra / los hombres se matan…”. Y ese estremecimiento, que seguro ella experimentaba, a veces me recorre músculos y osamenta cuando escucho a Gardel, que también cantó tal pieza en la película Melodía de arrabal, dirigida por Louis Gasnier, con guion de Alfredo Le Pera, y estrenada en Buenos Aires el 5 de abril de 1933.

 

Entonces me parecía una canción desoladora y no sabía por qué mamá la tenía entre sus preferidas. Le arrugaba el alma. “Meciendo una cuna, / una madre canta / un canto querido / que llega hasta el alma, /porque en esa cuna, / está su esperanza”. Más tarde, cuando comencé a leer sobre la guerra, aquella que los europeos calificaron como la Gran Guerra, supe de tantos jóvenes muertos y heridos, por millones, y de cómo los campos franceses se ensangrentaron, como sucedió, por ejemplo, en la batalla del Marne, con pavorosos resultados: Aliados, 112.000 muertos y 152.000 heridos; alemanes, 83.000 muertos y 173.000 heridos. Valga recordar que Eduardo Arolas, el Tigre del bandoneón, de padres franceses, compuso en 1919 un emblemático tango titulado El Marne.

 

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Batalla del río Marne, 1914.

 

Silencio, un tango luctuoso, que comienza con un clarín que entona un silencio de muertos, va narrando un drama, un acopio de dolores y ausencias, está ligado a la tristeza, me parece. Y a un vacío existencial de una señora (el tango no menciona al marido, ¿sería viuda?) condenada a forzosa soledad, a un desgarramiento interior. ¿Cambiar hijos por medallas? Es una macabra lógica de la guerra. La creación de héroes, de los que van quedando en el camino de la destrucción y del olvido.

 

Puede ser, quién quita, un alegato contra la guerra. Cuando dejan de sonar los cañones, cuando en la “tierra de nadie” han quedado en reguero miles de cadáveres, cuando las trincheras al final de la carnicería permanecen vacías, la señora de canas muy blancas lo que recibe como compensación por haber aportado cinco hijos a la “patria”, son cinco medallitas. Podría decirse que, aparte de lo dramático, es una afrenta. La guerra es una prolongación de la política por otros medios, dicen los teóricos. Y es una causante de depresiva soledumbre (como diría Manuel Mejía Vallejo), que es una mezcla de soledad con pesadumbre.

 

Más que en aquellos traganíqueles de fulgurantes luminiscencias, o en las emisoras, Silencio sonaba en casa interpretado por una señora rubicunda que a veces se desmoronaba, y hasta se le quebraba la voz, cuando decía: “Un coro lejano / de madres que cantan / mecen en sus cunas, / nuevas esperanzas. / Silencio en la noche. / Silencio en las almas…”.

 

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Silencio en la noche, ya todo está en calma…

 

2.

 

Hay varias versiones sobre el origen de este tango, compuesto en 1932 y grabado por Gardel en 1933 (tuvo tres grabaciones, dos con guitarras y una con la orquesta de Francisco Canaro), con coro femenino y las guitarras de Barbieri, Riverol, Pettorosi y Vivas, para el sello Odeón. El coro en las grabaciones con guitarras, lo integraron las hijas de Guillermo Barbieri: María Esther y Adela. Para la grabación con Canaro, el coro lo formaron: Blanca del Prado, Felisa San Martín, Élida Medolla, Corina Palermo, Emilia Pezzi y Sara Delar. En la interpretación que hace en la película Melodía de arrabal, a Gardel lo acompaña la orquesta de Juan Cruz Mateo.

 

Una versión acerca de las motivaciones de Silencio, se remonta al asesinato a tiros del recién elegido presidente francés Paul Doumer, por un emigrante ruso recién salido del manicomio, cometido el 6 de mayo de 1932. Doumer tuvo ocho hijos, de los cuales cuatro murieron en la Primera Guerra Mundial. Los restos de los militares se enterraron en un monumento osario, cerca de Reims, con los de diez mil combatientes más.

 

Gardel, Le Pera y Pettorossi, enterados en Francia de la tragedia, revivieron el dolor de la madre, la señora Blanche Richel de Doumer, y decidieron crear un tango en honor a las madres de la guerra. Los autores y compositores, que vivieron de cerca las incidencias del crimen del mandatario y se enteraron de su drama en la guerra, tuvieron un motivo para escribir Silencio, cambiaron algunas circunstancias y crearon una obra.

 

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Otra versión dice que el motivo de inspiración no estaba en Francia ni en la primera guerra, sino en el Chaco, durante el enfrentamiento bélico entre Paraguay y Bolivia (1932-1935), conocido en la historia como la guerra del Chaco. En esta confrontación, Francia apoyó a Paraguay. Hubo 90.000 muertos. En los días en que Gardel estaba promocionando, en Francia, el filme Melodía de arrabal, hay un cortometraje, La casa es seria, rodado en Joinville Studios de París, protagonizado por el Zorzal, que representa a un casanova. En dos partes de esta comedia musical, en la que actúa también Imperio Argentina, se menciona el Chaco, más a modo de chistes o gags. Se especula que, sobre estas citas picantes, Gardel y Le Pera querían ponerle color local al filme, en tiempos en que en la prensa abundaban noticias sobre el conflicto en América del Sur.

 

Se cree que conocieron alguna historia sobre soldados, hijos de una misma madre, que perecieron en aquel choque y de ahí se “inspiraron” para darle una salida sentimental a la guerra. Cambiaron la geografía, el tiempo y a los protagonistas.

 

3.

 

En Silencio, en el que unas veces la ambición descansa y en otras trabaja, hay sonoridades melancólicas, como también se constituye en una memoria cantada de una guerra, la primera del siglo XX, que sacrificó a miles de muchachos en el altar de la barbarie.

 

Es un tango en el que “al grito de guerra los hombres se matan”.  Había una señora, cuyos hijos no marcharon a la guerra, pero que pudo haberse imaginado cosas como estas: “¿qué tal si estos muchachos tuvieran que irse a un campo de batalla y los mataran?”, y por eso, tal vez, cantaba Silencio con tanta emoción. Hacía suya la tragedia.

 

La Primera Guerra Mundial, con alambres de púa y ametralladoras, con una animosidad que llevó a algunos a imaginar que se trataba de una recreación, de un divertimento mortal, como una cacería, fue un desastre para la razón y la convivencia. Muchos no creían que, esa conflagración de espanto, esa bestialidad, conllevaba la destrucción de todos, como lo escribió Martin Buber: “Así se encontró el hombre frente al hecho más terrible: era como el padre de unos demonios que no podía sujetar”.

 

Un tango le canta con sensibilidad a un aspecto de aquella debacle: una madre que se queda sola y yerta. Muchos años después de grabado, en una aldea llamada Bello una señora solía cantar Silencio como si ella fuera la real madre de aquellos muchachos que del taller marcharon a la tumba.

 

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Fotograma de la película Melodía de arrabal.

 

 

 

Manuel Puig, una estética de lo cursi

 

Deliciosas criaturas perfumadas,

quiero el beso de sus boquitas pintadas…

Alfredo Le Pera

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Nació con una mujer por dentro, con las ganas e inclinaciones sexuales de ella, pero, al mismo tiempo, en un cuerpo de hombre con manías de hembra, vino tocado con un talento extraordinario para el cine y la literatura. En el primero, fracasó, pero la cultura y las técnicas cinematográficas las vertió en sus novelas. Y así, luego de guiones y filmes olvidables, Manuel Puig surgió en el panorama de las letras de América Latina, como un escritor extraño, revoltura de fotogramas con folletín, lenguaje popular con imágenes de teatros pueblerinos, mezcla de tango y bolero, de aquel que en vida siempre quiso tener su boquita pintada.

 

Manuel Puig, el mismo de La Traición de Rita Hayworth, su primera novela, un escritor que en los sesenta se puso en la cúspide de los autores latinoamericanos (ya había explotado el Boom literario), se convertirá, con sus experimentos en la escritura, en un narrador que para esas calendas cuestionaba la realidad y los modos de presentarla. Así, como lo señaló Emir Rodríguez Monegal, su ópera prima estaba a la altura de Cien años de soledad, Tres Tristes Tigres, Rayuela, Cambio de piel y Siberia Blues, entre otras de aquellos años felices.

 

Perseguido en los setentas por la dictadura argentina, en particular por su novela El beso de la mujer araña, Puig revolucionó la literatura de su país. Nació en General Villegas, ciudad que en sus novelas convertirá en Coronel Vallejos, en la provincia de Buenos Aires. Era hijo de un fraccionador de vinos y su mamá trabajaba en una farmacia. Todos los miércoles ella iba a cine, a la llamada doble función vermut, a ver las películas de Bette Davis, Irene Dunne, Greer Garson, Norma Shearer y Ann Sothern. Manuel la acompañaba y esas imágenes de infancia se hospedarían en su memoria.

 

La Traición de Rita Hayworth es, en parte, una visión de sus años de infancia. Narra de modo brillante la mediocridad (como lo hicieron, por ejemplo, Flaubert y Chejov) de seres pueblerinos, enajenados por su mundo de limitaciones, a los cuales solo les queda como refugio el cine, la lectura de folletines y novelones, y el chismorreo. Y en este punto hay que decir que Puig se valió para su literatura de la cultura popular, en una mixtura de lenguajes coloquiales, fragmentos de canciones, imágenes de cine, espacios en blanco y casi ninguna acotación en los diálogos.

 

Con su pinta de actor (se creía un Tyrone Power, del que conservó, según dicen, la imagen garbosa de torero del filme Sangre y Arena), Puig se llamaba a sí mismo Julie o Rita. Y según relata Tomás Eloy Martínez, a sus colegas les ponía nombres de actrices: Carlos Fuentes era Ava Gardner, Vargas Llosa era Elizabeth Taylor, mientras que a sus conquistas ocasionales (casi siempre hombres casados) los bautizaba con los nombres de los maridos de Rita Hayworth: Orson (Wells), Alí (Khan), Dick (el cantante Haymes) y Jim (que fue el cuarto y último marido de la actriz).

 

Puig (como en la canción lo hizo, por ejemplo, el mexicano Agustín Lara) acometió la estética de lo cursi, como parte de una cultura que en América Latina se ha expresado en músicas populares, melodramas, radionovelas, que son elementos de la resistencia y la sobrevivencia colectivas. También se la jugó con temas como el machismo, los voyeristas, las “vírgenes torpedeadas” y el amor homosexual. “Soy una mujer que sufre mucho”, llegó a confesar, en medio de suspiros y lamentos. “Si pudiera, cambiaría todo lo que voy a escribir en la vida por la felicidad de esperar a mi hombre en el zaguán, bien maquillada, con los rulos hechos y la comida lista”, dijo en alguna entrevista.

 

En las novelas de Puig uno se encuentra con las expresiones estéticas descartadas y condenadas por lo oficial, por lo conservador, y se introduce, como él mismo lo advirtió, en “las películas más denigradas y las letras de los boleros más bochornosas”. Descubre la dignidad y la poesía que hay en los tejidos de punto y cruz, en carpetas y manteles, o en las declaraciones pasionales al ser amado.

 

Al cuestionar lo poco que se le consideró como escritor serio en su país, dijo: “Creen que soy un bestseller pasajero, no un escritor. Lo mismo pasó con Roberto Arlt hace treinta años”. El autor de la novela Maldición eterna a quien lea estas páginas, murió en 1990. El 28 de diciembre de 2012 se cumplieron  los ochenta años de su nacimiento. Y en su pueblo natal recordaron en el Cine Teatro Español, en ceremonia especial, cuando los padres de Puig lo llevaron allí, a los tres años de edad, a ver La novia de Frankenstein.

En su novela Boquitas pintadas, entre cartas, pespuntes y recortes de revistas, tardean versos de Homero Manzi y Alfredo Le Pera, y el mundo se vuelve azul, “como una ojera de mujer”. Puig le dio dignidad a lo popular y a muchos nos llevó otra vez hasta aquellos cines de barrio, cuando éramos felices y no sabíamos aún que “las horas que pasan ya no vuelven más”.