Patio de las dichas perdidas

(Visión de un espacio familiar que cosechó pájaros y libélulas)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Había un patio en el que una pelota de niñeces golpeaba las paredes para que él y yo creyéramos que asistíamos como héroes de estadio a una partida multitudinaria de fútbol. Y en ese mismo espacio —o quizá en otro, ya el tiempo se ha encargado de revolver el ayer y el todavía—  había bifloras y azaleas en materas de barro con tierra negra. Y ladrillos a la vista con empates grises que formaban figuras de fantasmas celestes, como los de las nubes. Y las nubes se agazapaban para meterse de a poco entre las tejas y bajar a decirnos que el día era el ahora, sin futuro, sin mañanas.

 

El patio es el lugar, o tal vez era, porque muchos de ellos han muerto ante las novísimas casas unas sobre otras que no dejan luz ni vista al arriba azulado, digo que es el ámbito por donde —ya lo meditó un poeta— “el cielo se derrama en la casa”, se riega por el piso y no se escapa por el sumidero, porque lo que hace es poner la cara al sol, patas arriba, para que el pedacito de cielo que no puede entrar sienta ganas de ir a buscar otros patios.

 

Había un patio de mosaicos de granito rojo y amarillo, con antiguas huellas de pasos perdidos en la casa vieja, de aleros y tejas españolas, con envigados y alambres de electricidad de los que colgaban, como en un trapecio, los bombillos. Y en aquel espacio a veces se sentaban los taburetes para que el cielo los bañara con su luz celeste y alguien tocaba una guitarra. El patio conversaba y el olor caliente del café se volvía música en medio de tapias agrietadas y encaladas.

 

Había un patio, patio mío, como en un tango, en el que la luna se colaba a mitades para alumbrar una y otra ventana que con sus alas batientes se refrescaban y dejaban pasar las estrellas de reverberos, de fuegos helados. Ladrillos viejos recibían brisas y lluvias y retazos de cielo y también la luz temblorosa de las luciérnagas urbanas, cuando se turnaban con las volátiles diurnidades de una libélula, helicóptero de la infancia perdida. Ni las unas ni la otra se volvieron a ver y solo quedaron intermitentes recuerdos y la esbelta transparencia de unos élitros de celofán.

 

Había un patio con columnas redondeadas sobre bases rectangulares y capiteles con volutas. Y había humo de cigarrillos con figuritas nubosas y palabras de mamás y tías y de señoras del vecindario. En la noche clara, del cielo bajaban luces y las matas se iluminaban como si estuvieran en navidad. Era la posibilidad de unión-comunión de la casa con el universo.

 

El patio es la comunicación con el vuelo de los pájaros y la algarabía de los loros que vuelan al atardecer en busca de casco’evacas y otras casas de verdes frondosidades. Es una conexión con el infinito que en otros lados es finito ante las carencias de ese espacio que con la lluvia suena a cristal y a cielo desleído. Cada patio tiene luna y soles propios. Están hechos para hospedar canciones emplumadas y pequeños otoños de jardines parcos.

 

Patio de ropas con alambres destemplados, olorosos a jabón y humedades, en los que, en otros días, uno sentía las manos de mamá. Instalación de recuerdos y de otras cosas entrañables que se han ido, porque el patio ya no está. El viento de otras tardes se llevó las blancuras con detergente de sábanas y pañuelos del adiós. Y los vientos también se fueron.

 

Patio de carritos de juguete y de luces decembrinas que bajaban desde el cielo como un milagro de la noche. Patio de lunas tristes que lagrimeaban porque estaba próxima la aurora. Patio de las voces perdidas, de abrazos de fin de año, de elevada de un globo que imploraba alturas y recibía vivas a su vuelo de candela. Y candileja. Patio de silla mecedora y abuela de cuentos dichosos con palabras que amamantaban la imaginación.

 

Patio que las modernas cárceles han encerrado en la nada, abatido por los espacios de calabozo, por las ausencias de luz y alegría, por una arquitectura macabra que deshumaniza al habitante y lo convierte en presidiario. Patio que se murió en los planos y en la construcción de celdas. Lejos quedaron los versos de Atahualpa Yupanqui: “quiero llegar a mi patio / y ver la planta crecer, / jugar con su primavera, / quedarme quiero, después”.

 

En los tórridos patios de la casa había flores y abejas, y hasta ellos llegaban los ecos de canciones contentas que salían de la cocina, de algún cuarto, de la sala o de los entejados de tres aguas. O caían del ático y se volvían sol, o luna, o estrellas. Anochecían con el cielo que se acostaba a su lado y despertaban con serenatas de pájaros.

 

¿Dónde están aquellos patios de enredaderas y hormigas de azúcar? ¿Adónde se marcharon con las rosas amarillas y los aromas de bebidas de yerbabuena? El claro de luna que dormía en su suelo familiar parece llorar ahora tantas ausencias y la fuga de cielos extraviados.

 

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