Aquellas librerías muertas

(Crónica que incluye alguna cortesana y otros difuntos)

 

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Aspecto de la Librería América

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Una librería es un símbolo de civilización, un negocio cultural que marca para siempre a quien lo visita y le deja impresiones gratas. Hay pueblos grandes que no tienen ninguna. Hace años, cuando con Memo Ánjel recorríamos el suroeste de Antioquia para la escritura de un libro (salió Café del Sur), encontramos en una tienda-librería (me parece que fue en Ciudad Bolívar), casi todas las obras de William Faulkner, que escaseaban en grandes librerías de Medellín.

 

El recuerdo más viejo que tengo de una librería puede ser aquel cuando entré con mamá a la Librería Católica, en inmediaciones de la iglesia de La Veracruz, muy cerca entonces del “cuadradero” de los buses de Bello. No sé con exactitud qué iba ella a averiguar, en todo caso no era ningún catecismo ni libro religioso. Me parece que ella andaba buscando una obra que yo jamás he visto en ninguna parte: El coche número 13.

 

Después, sin ser muy asiduas las visitas, pasaba por la Librería Aguirre, al frente del teatro Ópera, en Maracaibo entre Palacé y Junín. Sin embargo, a fines de los setentas, la más atractiva librería, o al menos así me lo parecía, era la Continental, cuando ya estaba en la esquina de Palacé con la avenida Primero de Mayo. Rafael Vega, su dueño, formador de libreros, era un tipo de exquisiteces tanto musicales como literarias. Y los fines de semana uno se iba a ver estanterías, a escuchar música clásica (y a Gardel, porque era el único cantor popular que allí se vendía), a rebujar en lo que daba la idea de una inmensidad infinita de libros.

 

Tenía la Continental la facultad de que uno podía quedarse allí, leer apartes de libros, permanecer varias horas en una suerte de paraíso e irse al final de cuentas sin haber comprado nada.

 

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Tal vez para muchos estudiantes de los setentas, que empezábamos a formar bibliotecas familiares, la que más nos representó en facilidades para la adquisición de libros fue La Anticuaria, de Amadeo Pérez, en Ayacucho con Sucre (después tuvo sucursal en Niquitao, en la zona de la plazuela San Ignacio). Allí uno podía escoger sus preferencias y los dependientes le hacían un paquete para irlo pagando por cuotas. Lo guardaban y al cancelar, después de varias semanas, pues uno se iba feliz a casa con su “pocotón” de libros.

 

En los setentas y ochentas, además del cine, del café-bar, de los paseos por Junín o de sentarse con un tinto en Versalles por horas a arreglar el mundo, las librerías eran una atracción de juventud. En Junín, al frente del edificio Coltejer, estuvo durante muchos años la Librería Nueva, con su vitrina hipnotizante en la que, como en un tango, a veces uno pegaba la ñata contra el vidrio. La Nueva entonces era ya vieja (la fundó el pedagogo Luis Eduardo Marín, en 1926) y, en medio de muchachas bonitas y olores a pan fresco, era un referente de aquella calle inevitable.

 

¿Quién que quiso tener libros prohibidos no fue a averiguarlos y conseguirlos en la librería de Óscar Vega, en Colombia con Caldas? De aquellas “conquistas” (Fanny Hill, por ejemplo) solo conservo a Cora Pearl, Confidencias de una cortesana. El señor Vega era un cómplice cultural de muchachos que estaban más allá de homilías y pulpitazos.

 

A veces, el programa era irse de recorrido por las librerías del centro. Y en el periplo no faltaban ni La América (fundada en 1943 por Jaime Navarro) ni la Científica, de Humberto Donado. Ambas, consecutivas. Sí, ahí en el Perdón de La Candelaria, en Boyacá entre Junín y Palacé. En la primera, con su enamoradora vitrina y su caja registradora color gris plomo, que cerró a principios de 2018, había libreros como Luis Fernando Solórzano, de Heliconia, que contaba historias de fantasmas y otros espantos.

 

En una librería, que en rigor era más papelería, la Bolívar, conseguí casi toda la colección Obras Inmortales, de tapas rojas, de la editorial Bruguera, en la que había desde historias siniestras hasta la Anábasis o Expedición de los diez mil, de Jenofonte. Víctor González, un muchacho de Bello, que allí laboraba, nos las vendía a mitad de precio. Por puro paisanaje y camaradería.

 

Cuando quedaba en Palacé, entre Maracaibo y Caracas, la Dante era una atracción tremenda. La había fundado Antonio Cuartas Pérez en 1927 y su último local cuando ya su creador había muerto años atrás, estuvo en Colombia con la Oriental. No era ni sombra de lo que fue. Detrás del Hotel Nutibara, en una esquina de Maracaibo, funcionó una sucursal de la Científica. Tengo el vago recuerdo de que por allí también quedó una librería que vendía las obras de la Editorial Progreso, de Moscú.

 

Tal vez una de las últimas librerías que hubo por La Playa (bueno, ahora hay algunas como la Legis, de libros jurídicos) fue Mundo Libro, cerca de Bellas Artes. La administraba Pacho García, de permanente amabilidad. Y después de haber tenido el centro un número interesante de librerías, de pronto todas (o casi todas) se murieron. Sobreviven algunas, como el Acontista, en Maracaibo con el Palo; Librópolis, en el pasaje Orquídea Real, y la del Paraninfo de la Universidad de Antioquia. Ah, y las del Centro Popular del Libro, en el Pasaje La Bastilla.

 

Aquellas librerías extintas, en las que hubo tertulias y encuentros, son parte de un mundo que ya no es. Seguro los más veteranos recordarán la Don Quijote, la Pluma de Oro, la Atenas, la Horizontes, la Ilustración y otras. El centro se quedó huérfano de estos lugares imprescindibles y, por lo visto, de nada valen las nostalgias.

 

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La muerte de una librería

(Crónica con pregones, libreros y una divina maldición)

Por Reinaldo Spitaletta

N.B. En una vieja libreta me encontré esta nota que escribí en 2003, a modo de adiós a la librería más importante que hubo en Medellín en el siglo XX: la Continental. Para los nostálgicos de las librerías. Y de los libreros.

Lo primero que, de lejos, me llamó la atención fue el aviso: Librería el Glyptodón, en la calle Ayacucho, y me fui acercando, con el corazón en bandolera. La vitrina (el escaparate, dicen allá) mostraba libros antiguos, colecciones desaparecidas del mercado, autores inimaginables y, claro, otros ya clásicos. Pegué la nariz a la vidriera y quedé como si fuera el protagonista de un tango de Discépolo (“la ñata contra el vidrio en un azul de frío…”) y en un instante inesperado escuché una voz muy amable que me invitaba a pasar. El hombre, llamado Alejandro López, sonreía y realizaba demostraciones de hospitalidad, y sus ojos brillaron de curiosidad cuando le dije que era colombiano.

Era una librería de viejo, en Buenos Aires, con un librero que te hablaba con propiedad de todas las literaturas, de decenas de autores, te invitaba a un café y te ponía a caminar en una excursión desde Gutenberg hasta la galaxia posmoderna de la aparente decadencia de la lectura. Me pareció que, en cualquier caso, era un prototipo del librero, de esos que uno les compra y, de contera, te dan dos o tres libros más. Aquel me regaló tres de William Faulkner (Una fábula, Mosquitos, La paga de los soldados) y uno de Ambrose Bierce (Historias de soldados). Aquel hecho de maravilla sucedió hace diez años (en 1993).

Es posible, por su tradición cultural, que en Buenos Aires existan todavía muchos libreros, como don Alejandro. Creo que en Medellín, cuando en otros días eran unos cuantos, pocos deben quedar. Lo que sí hay, aunque tampoco en abundancia, son vendedores de libros, que es distinto. Hoy hablo de libreros motivado por una tristeza: la desaparición de la Librería Continental. Esculcando cajones, me encontré un texto viejo, no sé de quién, que dice que al librero hay que tratarlo con la generosidad de un príncipe napolitano para que te ayude a atravesar “el campo minado de libros”, las estanterías y a encontrar la sorpresa. El librero -agrega- no tiene, a diferencia de un vendedor de neveras o aspiradoras, clientes. Tiene amigos y enemigos. “No le pregunte nunca cómo va el negocio (ni esto es negocio ni puede ir nunca bien), ni por su familia (el gremio tiene una altísima tasa de divorcios) ni de dónde ha sacado los libros”, ni, desde luego, ninguna otra pregunta idiota.

El librero -continuaba la nota- siempre sabe más que uno. Así que es una cretinada explicarle que ese libro “ya lo leí” en el año 81. El autor, del cual no sé su nombre, o se borró del papel, y la memoria nos recomienda el valor de la humildad y, de paso, nos pone frente a una inscripción que se encuentra en La Alhambra: “Si me dices que no sabes, te enseñaré hasta que sepas. Si me dices que sabes, te preguntaré hasta que no sepas”.

Decía que en Medellín han sido pocos los libreros, aquellos que leían de verdad y no solo las solapas, y te metían en otro mundo, y por eso había que ir los sábados, o cualquier otro día por la tarde, a pasear a sus librerías, porque te convertían la vida en una expedición hacia lo fantástico y desconocido. Así que muchas tardes estuvimos en la Continental, no solo para escuchar al librero (había varios libreros), para ver en su oficina en el mezzanine a don Rafael Vega, sino para ponerle oído a una espontánea tertulia entre visitantes, la discusión sobre un escritor, la rememoración de colecciones clásicas, o para sentarse en la sala de la música a una audición de Brahms, Ravel o Mozart… Bueno, pero este tema de los libreros, que puede ser infinito, me recordó a don Gregorio Marañón.

Preguntaba el médico y humanista español que ¿quién no ha sentido alguna vez la más noble y profunda envidia en la tienda de un librero? “Hablo, sobre todo, del librero por vocación, el que ha hecho de su tienda una biblioteca, o la tienda de su biblioteca, y vive entre los estantes, valorando amorosamente cada volumen y cuidándolo como a los hijos de sus entrañas”. El librero -lo dice don Gregorio- es el prototipo de la felicidad: “pertenece a una de las raras categorías de mortales en los que la divina maldición de ganar el pan con esfuerzo y sudor se ha convertido en fruición”.

Un librero, en especial el de “segundas”, también tiene mañas y virtudes para reconocer si vas por un libro escaso, o, aunque no lo fuera, por uno que estás buscando con desespero. Así que el comprador debe, en ocasiones, quedarse impertérrito, no dar muestras de alegría, o de espanto, o de asombro, cuando lo descubre. Esta actitud te podrá asegurar un buen precio, aunque, valga repetirlo: el librero de vocación no es un mercachifle. Ya hoy puede ser un anacronismo el pregón anónimo español, del siglo XVIII, dedicado al librero: “Voy por los pueblos vendiendo libros / Vendiendo el alma de los poetas / Vendiendo el grito de los profetas / Vendiendo ideales / Vendiendo ciencias / vendiendo arte…”.

Porque hoy sería una novedad, o quizá una bobada, ver un librero ambulante, de pueblo en pueblo, de plaza en plaza, anunciando que vende anhelos y angustias y dudas y asuntos que tienen que ver con la condición humana. Pobre de él. Se reirían de su inútil tarea. O lo catalogarían de loco. Cómo va a ser, un tipo con canastadas de libros, por ahí, cuando ahora se puede ser una “estrella” sin necesidad de lecturas, sin estudio, sin saber juntar letras. ¡Vaya insensatez! Incluso, si los regalara, pocos estarían dispuestos a recibirlos, y es en este punto cuando vuelvo a los versos del pregón aquel: “¡Cómo me duele vender los libros / cómo me duele dar por dinero mi mercancía / Cómo me duelen los ojos ávidos de los que quieren leer libros / Todos los libros… No poder dárselos!”.

Ajá. Y una crónica como la que escribo ahora también puede ser una tontería. Hablar de libreros. Pero ¡cómo no!, si es que hay una suerte de luto en la ciudad, aunque no me lo crean, por la desaparición de la Continental, y antes por la librería Aguirre, y antes por la de la Pluma de Oro, y antes por la Dante, y qué sé yo. Y por eso vuelven a la memoria nombres como los de Óscar Vega, un tipo que en los setentas inició a muchos muchachos en la lectura, incluso (o principalmente) de libros prohibidos, o de don Amadeo Pérez el de la Anticuaria, o de tantos otros que, como don Rafa, nos han permitido que a la fábrica de sueños todavía no la quiebre ningún neoliberalismo. La muerte de una librería (y con ella la del librero) nos disminuye. Paz en sus páginas y anaqueles. Ah, la librería de don Alejandro López, sigue hoy, con su aviso prehistórico, en la porteña calle Ayacucho.

Librería El Glyptodón. Todavía funciona en Buenos Aires.

Rafael Vega Bustamante