El asombro viene en libros o un elogio de la imaginación

(Literatura y adolescencia, más allá del onanismo y las vellosidades *)

 

Resultado de imagen para Sherezade mil y una noches

Scheerezada y el rey Schariar.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

  1. Obertura con una canción de cuna

Al principio era el agua. Y flotábamos en ella, sin luces, sin colores, ojos cerrados, aferrados a la vida mediante un cordón y así pasaban los días sin darnos cuenta. Sin relojes. El tiempo para nosotros no existía, hasta que un día (tal vez una noche) salimos de la oscuridad y en ese instante, quizá, comenzaron nuestros asombros. Estos aumentaron cuando, cercanos, escuchamos los primeros arrorrós, las canciones de cuna, los tralalás, sonidos de cascabel y a una voz dulce que nos contaba historias. Y no nos dábamos cuenta. Pero en nosotros, en alguna parte, se iban grabando las palabras y el canto, también los lamentos y los llantos. Crecíamos con el sabor de la leche en los labios (hoy es un sabor repulsivo). Poco a poco o quizá mucho a mucho, los símbolos sonoros se nos iban colando en el alma. Íbamos creando imágenes. El mundo, que aún no era ni tan ancho ni tan ajeno, se nos revelaba colmado de sorpresas.

Y mientras tanto, una voz, quizá la de Scheerezada rediviva, nos anunciaba que había hadas buenas, brujas, genios metidos en botellas, elfos, enanos y gigantes, un Gulliver que caminaba por un país llamado Liliput. Aquella voz también proclamaba (unas veces era apenas un susurro, una caricia vocal) que había lobos y caperucitas y cazadores y “abuelita, abuelita”. De esa manera nos pintaban el bien y el mal, fuerzas contrarias. No existe la una sin la otra. Complementarias y —por lo menos para la imaginación—, necesarias. Y la voz nos seguía hablando de numerosas maravillas. Por ejemplo, nos narraba sobre un hombre que vivió dentro de una ballena y otro dentro de un cocodrilo, y acerca de un diluvio universal y un arca, o nos hacía repetir unas palabras que hablaban de un presunto ángel de la guarda al que le impetrábamos que no nos desamparara ni de noche ni de día. Y así crecíamos, como al margen del tiempo, sin sentirlo. Solo nos interesaba aquella voz que, ciertas noches, hablaba de dioses y de héroes y demonios. En otras ocasiones, sobre hojarasquines, duendes, endriagos y brujas. También sobre una mujer que lloraba porque había arrojado a su hijo a las aguas de una quebrada. Nuestra cabeza se atiborraba de mitos y leyendas, de otras voces, de novísimos asombros. Ese pudo ser, en general, nuestro primer contacto con la literatura, que no solo venía en libros.

Habitábamos un mundo de fábula. Un universo de barquitos de papel, canicas de cristal, trompos, cometas, globos…  Una suerte de paraíso terrenal en el que las serpientes todavía no nos tentaban con manzanas (ni con mangos). Estábamos inmersos no en las aguas primigenias sino en las fantasías de Pombo y los Hermanos Grimm, de Perrault y Andersen, de las aventuras de Calleja. Éramos amigos de Simón el bobito y de Perico Murallas. Esa voz miliunanochesca nos seguía hablando, narrando, despertando la imaginación, aunque para aquellos días, creo, la imaginación siempre estaba en vela. En el cerebro nos resonaban muchísimos “érase una vez, había una vez…”. Así nuestra cabeza se iba alejando del piso y los pantalones se alargaban y otras voces nos recitaban el ABC y pasábamos del aliterado “mi mamá me mima, yo amo a mi mamá” a las tablas de multiplicar, a recitar con picardía que Simón Bolívar nació en Caracas en un potrero de siete vacas, a aprender que Colón descubrió otros modos del asombro, a mecanizar que dos más dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis. En aquellos días todavía podíamos subir a la luna montados en las alas polvorientas de una mariposa. Éramos sin duda muy felices y muy imaginativos.

 

Resultado de imagen para tarzan libros

En cómics de revista, en libros, Tarzán acompañó las aventuras de niños y adolescentes.

 

Poco a poco fuimos entendiendo que, por ejemplo, la Scheerezada que nos entusiasmaba contaba historias para poder sobrevivir, para que el rey Schariar no la matara. Íbamos comprendiendo con lentitud que en la narrativa, en la poesía, en los primeros cantos del hombre, también en los últimos, en todo eso, había (y hay) vida y más posibilidades de vivir. Que el arte de la palabra nos muestra las pasiones humanas, la condición del hombre. Nos hace caer en cuenta de que somos terrenales y temporales. Y que en esas narraciones uno puede tener y buscar lo que se ha denominado “modelos superiores”. Puede hallar los altibajos de la existencia. Por eso todavía nos maravilla un canto de cuna o el tarzanudo grito que brota de un libro de Edgar Rice Borroughs o el cuento del Patito feo. Son asuntos hechos para el alma, no importa si esta tiene dos, tres, seis o veinte años. Por eso, hasta el final de nuestros días nos acompañarán rimas como Los maderos de San Juan, que todavía siguen pidiendo queso y pan. Irán con nosotros hasta las moradas finales asuntos tan elementales como el pantalón corto, la corbata a la moda, el sombrero encintado y la chupa de boda del inquieto Renacuajo Paseador, o la falta de lógica en el hecho de que un lobo se trague a una niña (sin masticarla, enterita no más) y después un cazador la rescate viva del vientre del feróstico animal. En realidad, en aquellas narraciones de nuestra infancia la lógica nos tenía sin cuidado.

Después, en esos mismos calendarios cuando creíamos que la tierra era plana e infinita y sin tiempo, aparecieron las aventuras de los caballeros y la voz scheerezadesca de una maestra de primaria nos adaptó las aventuras del ingenioso hidalgo manchego y vimos en algún texto ilustrado la magra figura de don Quijote (que todavía recorre la manchega llanura, según León Felipe), junto a la silueta robusta, redonda, de Sancho Panza. Y por esos mismos días, los asombros advinieron en un libro con más caballeros, como el de Ivanhoe, de Walter Scott, con torneos, armaduras y cruzadas. También había otras cosas, más cercanas, que nos hacían vibrar. Por ejemplo, mientras las muchachas jugaban con muñecas y ensayaban a ser madres (también un ejercicio imaginativo), nosotros concebíamos universos galácticos, nos creíamos tarzanes y llaneros solitarios, disparábamos con pistolas de plástico, teníamos guerras a escala en ese juego veloz y sudoroso que denominábamos la “guerra libertada”, nos zambullíamos en las sombras callejeras del “coclí-coclí al que lo vi, lo vi”, nos ilusionábamos con el vuelo azul de una cometa, y los más arrojados nos metíamos a las fincas suburbanas para asaltar árboles de mango, ciruela y naranjas. Todavía no era la época para conocer la hondura filosófica de El principito, aunque de veras hubiera sido bello haber podido leer a los siete u ocho años ese texto hermoso y perturbador del hombre que vivió más en el aire que en la tierra, Antoine de Saint-Exupéry. Y así, entre aventuras de esquina y complejos de Edipo, en medio de tantos deslumbramientos, se marchó nuestra niñez sin darnos cuenta. Lo único que prevalecía era una voz, narradora, que cada noche salvaba su vida con el prodigioso artificio de contar historias.

 

  • 2. Los fantasmas de Raquel Welch y Marlene Dietrich 

Y los asombros y otras maneras de maravillarnos no nos abandonaron. Por el contrario, aumentaron su intensidad y presencia. Había nuevas sensaciones y a tener conciencia del cuerpo, al que ya le rendíamos ciertas pleitesías. El corazón nos palpitaba con renovada fuerza y rapidez, sobre todo cuando veíamos las piernas de Lucía o la cara canela de Teresa o la manera de caminar —como si pisara flores— de la trigueña Nubia, una muchacha que en diciembre “tiraba paso” y nos extasiaba con sus movimientos. Ciertas regiones corporales, antes lampiñas, se poblaron de vellosidades. Sufrimos cambios radicales y los recibimos con sorpresa. Era otra manera de los descubrimientos, distinta quizá a los corrientazos que sentíamos cuando aquella voz nos narraba cuentos. Aprovechábamos entonces la oscuridad del cuarto no para imaginar monstruos y fantasmas, sino para ver, paradójicamente con una rara claridad, cuerpos de mujeres. Los inventábamos. O los tomábamos prestados del cine, o hacíamos una síntesis entre las caderas de Raquel (pero no de la Welch, que hubiera sido lo ideal), las piernas de Sandra (lástima no haber visto por aquellos tiempos las de Marlene Dietrich, que eran las más bellas y sensuales de la pantalla grande) y la cara angelical de Susana. Y gracias a esa integración imaginaria, que pudiera ser, en otro sentido, la creación de un monstruo, las noches, en cama con colchón de paja (no había somieres ni otras suavidades), nuestras noches eran una fiesta en la que se proyectaban escenas de secreto encanto.

 

Resultado de imagen para raquel welch

Raquel Welch

 

Era el hallazgo de nuevas emociones, de estremecimientos, de enamoramientos como los que nos proporcionaban las divas del cine, a las que, además de ver en la pantalla, las teníamos en fotos recortadas de revistas y en uno que otro afiche fijado en la pared del cuarto. O en los caramelos o cromos que comprábamos en las tiendas e intercambiábamos a las entradas de los teatros. Era un momento, que poco duró, pero nos tornó conscientes del cuerpo y de los enamoramientos de celuloide.

 

 

 

  • 3. Donde se habla de jadeos desesperados y una cita de Philip Roth

 

Esa inestable etapa que nos mantenía entre la infancia perdida y lo que se consideraba una adultez lejana, fue propicia para seguir imaginando, para ejercitarnos en rebeldías y cuestionarlo todo. Era un nuevo despertar. Un goce cotidiano. El hallazgo de otro placer. Creo que mejor lo describe Philip Roth en su novela El lamento de Portnoi:

Llegó después la adolescencia en la que me pasaba la mitad de la vida encerrado detrás de puerta del cuarto de baño, disparando mi pene por la taza del retrete, o sobre las prendas del cesto de la ropa sucia, o splat, contra el espejo del armario de botiquín, ante el que estaba de pie, con los calzoncillos bajados, para poder verlo salir. O, si no, estaba inclinado sobre mi veloz puño, con los ojos fuertemente cerrados y la boca abierta de par en par para recibir en la boca y en los dientes aquella pegajosa salsa de mantecoso suero y clorox… Aunque, frecuentemente, en mi ofuscación y éxtasis, la recibía de lleno en el pelo, como una rociada de grasosa brillantina. En medio de un mundo de pañuelos amontonados, arrugados kleenex y piyamas sucias, yo movía mi novicio e hinchado pene, con el perpetuo temor de que alguien me sorprendiera justo en el momento culminante de mi frenesí al soltar de mi carga…

Lo anterior es, como es obvio, la experiencia, narrada literariamente (casi literal) de un muchacho gringo. Desde luego, en nuestro tórrido trópico son distintas, quizá más exuberantes, este tipo de manifestaciones de la adolescencia. Recuerdo, por ejemplo, a un grupo de amigotes que se iban a ver en un solar, colgados en alambres de ropa, los calzoncitos de la muchacha de esa casa, que se oreaban. La noche —cuando no era allí mismo el éxtasis—, estaba llena de felicidades. Este episodio evoca de cierta manera los famosos calzoncitos de Tony, descritos por Fernando González en su obra El remordimiento. Por otra parte, rememoro que un amigo de adolescencia nos prestaba los pantis de su hermana para que nuestra imaginación fuera más desbordante, más tempestuosa. Estoy seguro de que badeas, papayas, calcetines, arena playera y otros implementos, reemplazaron las manzanas que después describe Philip Roth en su experiencia narrada a través de un joven, Alexander Portnoi, que le va contado sus peripecias lujuriosas al sicoanalista. En la Costa caribe colombiana, las burritas suplantaron las manos en la búsqueda del placer adolescente.

 

  • 4. Cupido lanza sus flechas

La adolescencia es una etapa clave de la vida, en especial para el cultivo de la imaginación y la práctica de rebeldías. Es un tiempo en que se abren los canales del alma y, quizá en mayor proporción, los del cuerpo. Es el tiempo del amor. Eros invade el corazón y las partes pudendas. Las flechas de Cupido, con filtros amorosos, se clavan en los adolescentes como si estos fueran sansebastianes en agonía. Es un período en el que el jovencito se cree inmortal, intocable y está inclinado hacia el heroísmo, a lo épico, y se amaña en la comisión de actos delirantes, de locuras. Es un transgresor. Es un dios y un demonio, todo junto, porque presume que es capaz de crear paraísos y diseñar infiernos. El adolescente es un rey con palacios y siervos ficticios. Cree que el mundo está a sus pies. Y que el mundo nació con él. No hay historia. Hay en esos momentos juveniles un afán inusitado por trascender, por volar, por imitar modelos superiores (o inferiores que se disfrazan como de alto valor). Es una edad poblada, como la infancia, de disímiles asombros, de perplejidades, de vacilaciones y embelesamientos. “Juventud, divino tesoro”, proclamó Darío.

La adolescencia según Octavio Paz, “es ruptura con el mundo infantil y momento de pausa ante el universo de los adultos”. Y aunque parezca paradójico, en ese estadio en que nos creemos eternos, la soledad también nos acompaña. Quizá por ella se comienza a tener la noción de singularidad. El autor de Libertad bajo palabra insiste sobre el tema: “La adolescencia no es solo la edad de la soledad, sino también la época de los grandes amores, del heroísmo y el sacrificio. Con razón el pueblo imagina al héroe y al amante como figuras adolescentes”.

 

La literatura, aunque algunos la miren con cierto escepticismo, nos hace la vida menos dolorosa…

 

En este punto es cuando quiero entrar a tocar la importancia que tiene la literatura en la adolescencia y, claro, en cualquier etapa de la existencia, pero en aquella es capital. Es el momento para entrar en contacto con grandes novelas y cuentos. Es ocasión para introducirse en el universo complejo de la poesía y del arte en general. Ese muchacho que, desde niño, venía escuchando la voz encantadora de Scheerezada, indudablemente tendrá más oportunidades de degustar y entender las letras, de gozar con las historias, de vislumbrar en los libros, en las ficciones, que allí se tratan elementos para sobrevivir, para tener un equipamiento, ampliar los puntos de vista y el horizonte. Si desde niño lo acostumbraron a amar los libros, si le cultivaron el afecto por la lectura, si la televisión no logró castrarle la imaginación, ese muchacho será un pelado despierto, sensible, disciplinado, capaz de emprender tareas difíciles y de realizarlas. Creo que la literatura, aunque algunos la miren con cierto escepticismo, nos hace la vida menos dolorosa, menos trágica, o del dolor y la tragedia nos da dimensiones extraordinarias que nos ayudan a comprender la condición humana.

Ya lo decía Vargas Llosa en la introducción de La verdad de las mentiras que el Santo Oficio fue el primer organismo en detectar los alcances de la literatura, de la novela. En estas el hombre puede percibir la realidad en otra dimensión y verla con otra lente. Por eso, la Inquisición proscribió libros y por eso determinados regímenes totalitaristas prohíben a los escritores que les son incómodos. Abundan los ejemplos en ese campo.

En la adolescencia se aumentan las pasiones —altas y bajas—, se despierta la lascivia, el apetito sexual se abre, desmesurado. Pero al mismo tiempo florece el afán por conocer, por saber más cosas, por experimentar. Por sentir lo nuevo y gozar con la aventura de vivir y con lo prohibido. Contestar en voz alta. Rebelarse ante la autoridad. Y la literatura es un camino, una puerta, un aliento. Es placer y dolor al mismo tiempo. Ella refleja, o, en otro sentido, encierra el odio y el amor y la angustia y la esperanza. Y todas las cosas por las cuales vinimos al mundo. La lucha. Trabaja con las esencias, por lo que se dice que el arte no progresa (cambian las técnicas, los materiales, las formas). Por eso nos emociona todavía, después de seis mil años, la epopeya de Gilgamés, o lo que de ella quedó. Por eso vibramos con las peripecias desconcertantes de Ulises y con las confrontaciones de Troya. Por todo eso es imperecedero Gargantúa y Pantagruel, El lazarillo de Tormes, el Decamerón, porque muestran la desconcertante condición humana. Este es el eterno tema de la literatura.

 

  • 5. Sobre lunas suburbanas y el Carpe Diem

En todas las épocas, por lo menos en la llamada modernidad, los adolescentes han querido que les cuenten historias. Historias de amores y de guerras. De odios y esperanzas (o desesperanzas). De desdichas y felicidades. Y así como pueden estar atentos a las aventuras, a los choques de Troya o a lo que narra Tolstoi en Guerra y paz, es probable que en un momento se interesen por una novela de guerra en la que todo es risa, humor, desparpajo, como la del soldado Svejk, sobre las incidencias tristes y dramáticas de la Gran Guerra, en particular en el frente oriental.

La adolescencia es una etapa en que todo se quiere probar. Lo dicho: es un experimento. Y en ese “todo” está, por qué no, la literatura, que muestra las complejidades del alma y de la sociedad. ¿Quién que es no derramó alguna lágrima en la lectura de María? ¿Quién que es, sea o no romántico, no sintió que se le aceleraban los latidos con Aura o las violetas o con Flor de Fango? (aunque más que por adolescentes, hubo un momento en que a Vargas Vila lo leían más los zapateros y los sastres) ¿No nos emocionamos acaso, sobre todo después de ver películas del Oeste, con los libritos de Marcial Lafuente Estefanía o por las inusuales aventuras narradas por Emilio Salgari?

 

Resultado de imagen para emilio salgari sandokan

Emilio Salgari iluminó la imaginación de miles de adolescentes.

 

Creo que los adolescentes requieren tener un acceso amplio a la literatura para que sean más recursivos, más creativos, para que aprendan a amar la vida y a enfrentar los reveses con entereza. Para que aprendan a construir paraísos, pero no paraísos artificiales en los cuales no existan las contradicciones, sino, por el contrario, lugares en los que puedan, debido a las dificultades, conseguir soluciones, pensar en ellas. Donde el ejercicio de la inteligencia y la razón los conduzca a la conquista del derecho de soñar. Los adolescentes tienen que formular utopías y ascender a otros cielos. O como podría decirlo un poeta, deben luchar por tener la segunda oportunidad en otro infierno. Y me parece que a todo ello pueden llegar en las alas de la literatura.

Pienso, por ejemplo, que si muchos adolescentes de las barriadas de Medellín tuviesen acceso al arte y la cultura, a los libros, al buen cine, a los colegios y universidades, quizá no caerían en los abismos del crimen. Claro que estoy soñando (como cualquier adolescente que besa a su novia en un parque) en que algún día toda esa gente tendrá contacto con obras como El viejo y el mar, Por quién doblan las campanas, El retrato de Dorian Gray, en fin, con tantas otras, y entonces, supongo, amarán más la vida. La literatura, por supuesto, no es la panacea universal, pero estoy seguro de que es un camino interesante, aunque espinoso y difícil. Me parece que la literatura ayuda a mirar el mundo con otras perspectivas y es otra forma del conocimiento.

Presumo que muchos adolescentes desean con fervor que les cuenten historias de arrabales, que las canten a las lunas suburbanas como lo hizo Homero Manzi, que les relaten aventuras de amor en las esquinas. Quieren saber que hubo una muchachada que se iluminaba la cara con luces de Wurlitzer y de Seeburg y que escuchaba tangos (melodías, decía el antiguo malevaje) y boleros. Ellos anhelaban oír —o leer— asuntos relativos a la vida cotidiana, a lo común y corriente.  Quieren que les canten. Y ellos quieren cantar. A ellos, como a Serrat, les gusta la poesía de las pequeñas cosas. Y de las grandes también. Todos esos muchachos y muchachas que tienen sus sueños vigentes desean volar alto como un águila caudal o como el personaje que canta Alberto Cortez. Son fantasiosos e idealistas. Hay que enseñarles a vivir con intensidad cada jornada como si fuera la última o la única. A aprovechar cada momento para aprender a coger la flor del día, el Carpe Diem que cantó Horacio, un poeta muerto.

Cuando uno aprende a soñar ya está transitando los caminos de la libertad. Está subiendo la empinada cuesta que conduce hacia la búsqueda interior. La felicidad es poder hacer las cosas que a uno le gustan o, al menos, poderlas soñar. América es un sueño de Colón, que ni siquiera supo que había pisado un territorio ajeno a sus sueños. La luna, uno de Julio Verne. El helicóptero es una ensoñación de Leonardo da Vinci. La libertad, la igualdad y la fraternidad continúan siendo un largo y acariciado sueño de la humanidad, que quizá algún día será cierto y real. Por ahora hay que decir con el poeta: “Despertó de ser niño / nunca despiertes”.

 

  •  6. Donde se vuelve a escuchar la voz de Scheerezada

Resultado de imagen para la isla del tesoro

 

Y mientras el universo se hace más ancho y viajan sondas espaciales a explorar el sol, esa voz amplia continúa narrando. Quizá es Scheerezada, la eterna. O una discípula. En todo caso, ella prosigue su labor infinita de contar y contar. Y al tiempo que los muchachos ven transformarse su cuerpo, que surgen vellosidades en sitios ocultos y se vuelven discípulos de Onán, la voz les narra aventuras, como las de Robert Louis Stevenson. Viajan a La Isla del Tesoro, sienten voces de piratas, se empapan de mar, como también pueden hacerlo cuando leen a Conrad y a Melville y a Scott. Entonces van surgiendo más y más cosas hermosas, como las narraciones marinas y terrestres de Jack London, el de Colmillo blanco y La llamada de lo salvaje, y después (o antes) aparece el capitán Nemo con su Nautilus en esa singular aventura de las Veinte mil leguas de viaje submarino. Y entonces de la aventura exterior se trasciende a la interior y las páginas hablan de Harry Haller, el lobo estepario, y de Sidarta Gautama. Sí, Hermann Hesse también les llega a los jóvenes, a los niños, a los viejos. Quizá uno no deba hablar de una literatura exclusiva para adolescentes, pero sí de una literatura que aman los adolescentes, llena de pasiones y emociones, que enseña a trasegar por la vida, que invita a estar alerta y a cultivar la imaginación y el pensamiento.

El universo de la adolescencia, gracias a esa voz de encanto, se fue poblando de héroes como Robinson Crusoe, Tom Sawyer, Hucklberry Finn, Sherlock Holmes, Hércules Poirot, Robin Hood, Oliver Twist… y los asombros engordaron con las narraciones extraordinarias de Poe, con la inventiva de H.G. Wells, en particular por La Guerra de los mundos y El país de los ciegos, por solo citar dos de sus obras. Tantos prodigios juntos fueron enriqueciendo la imaginación, alimentando el espíritu. De Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo se saltaba a Sandokán y después hasta El faro del fin del mundo. Se fue conformando una geografía literaria, un espacio mítico, un tiempo interior, merced a aquella voz, a tantas voces que nos hablaban desde el mar, el cielo y la tierra.

Hay escritores que tienen la extraña virtud de ser queridos por los adolescentes. Me parece que Cortázar (al que yo llegue de adulto) es uno de ellos. Los muchachos y muchachas lo adoran y lo llevan siempre en sus carteras y mochilas. Lo leen en un parque o en un bus. En los setentas, Cortázar se coló entre el estudiantado y ganó una simpatía que no termina. Es más, se acrecienta con el pasar del tiempo.

Las palabras crean las cosas, decía Filón de Alejandría.

La palabra es fuego. El hombre se la robó a los dioses y gracias a ese acto heroico, se igualó a ellos. O tal vez los superó. La palabra es un elemento transformador. Tiene propiedades alquímicas y mágicas. Hay palabras que permiten ir al cielo o descender al infierno. Palabras que crean mundos más allá del espejo, al otro lado. O que son capaces de crear un ser que puede considerarse aterrador, como el Golem. La palabra es refugio. Escudo. Fortaleza. Las palabras crean las cosas, decía Filón de Alejandría.

Cuentos, historias, la voz del viento, la música de las estrellas (o de las esferas), cuantiosas maravillas nos iluminaron los almanaques de la adolescencia, y así, entre el fútbol y los tangos y el rock y los primeros amores, transcurrieron los años y cogimos cara de serios, de adultos, de seres trascendentales y aburridos… Sin embargo, en algún recóndito lugar del alma hospedamos ese equipaje de ensoñaciones y deslumbres que, desde la cuna, le escuchamos contar a Scheerezada. Esas maletas son las que de vez en cuando nos hacen recuperar la infancia y la adolescencia perdidas. Y a veces nos conducen a creer que hubo un desprendimiento, un rapto. Y es cuando aparecen las nostalgias y la melancolía, que de acuerdo con Pessoa es “una nada que duele”.

 

  • 7. Epílogo por el derecho a la imaginación

Al principio fue la oscuridad y después vino la luz. Nos encontramos con los primeros sonidos y olores y sabores. Fuimos creciendo con la capacidad de inventar, de crear otros mundos, de viajar a galaxias imposibles. Llegamos a la Tierra a sentir el dolor y el placer, a dejar alguna breve constancia, a construir el paraíso de la dificultad. A aprender a llorar y a saber secarnos las lágrimas,

La infancia y la adolescencia nos trajeron muchas sorpresas y cambios. Muchas aventuras. Creo que tenemos que seguir levantando el reino de la imaginación y reivindicar para el niño, para el adolescente, para el adulto, para todos, el derecho a imaginar. La literatura nos ayudará en esa tarea descomunal. He ahí un reto: usar la imaginación en la vida cotidiana. Puede ayudar a mitigar los desamparos y a sobrevivir en medio de tantos riesgos. La literatura, aunque no es el único remedio, es más, puede que nada remedie, sino que acabe de hundir al mundo en ese naufragio que es el ser humano, es una tabla sobre la cual podemos navegar un buen tramo.

La lección nos la enseñaron hace siglos, cuando una mujer talentosa se puso a contar historias durante mil y una noches (todavía sigue contando) y gracias a esa proeza ganó la inmortalidad. ¡Viva la imaginación, aunque no llegue al poder!

* (Conferencia dictada en 1990 en un encuentro de psicólogos de la Universidad de Antioquia)

 

Resultado de imagen para pintura adolescencia

Pintura de Philippe Jamin

Anuncios

Vivir por un libro

(Una memoria sobre la lectura y los libros, al vuelo de la infancia y la adolescencia)

 

Resultado de imagen para las mil y una noches

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

No recuerdo el primer libro que leí (tampoco la primera película que vi, aunque pudo ser una del Oeste). En casa, en la mítica infancia, en la que se crean fantasmas y solo se existe para el juego y la imaginación, había algunos viejos libros de texto que eran aquellos que mamá conservó de su paso por las aulas: libros de historia antigua, las ruinas de Palmira, los faraones, otros de química, cartillas de Bruño y desempastadas Alegrías de leer, geografías con continentes gordos y deformes, y no recuerdo ningún libro infantil. Después llegaron algunos de Botánica Oculta, varios tomos de la enciclopedia El tesoro de la juventud y nada más.

 

Resultado de imagen para mosaico de fabulas

A los Grimm y a Perrault los leí en la biblioteca pública de Bello, donde había una señora, creo que se llamaba Margarita, que nos sacaba a pellizcos cuando nos atacaba la risa por alguna ilustración o por las historias de Pulgarcito y otras aventuras que, más que todo, nos hacían soltar carcajadas. Salíamos, con Alejandro Molina y otros, con risas a granel y algo de sorpresa por el trato o maltrato, a la plazoleta Andrés Bello, en la que había urapanes y al frente la urna vítrea con la choza de Marco Fidel Suárez.

 

A los pocos días, tornábamos a la sala infantil a proseguir con las lecturas y las risotadas. Y entonces nos topábamos con Esopo y Samaniego y La Fontaine y Pombo… Y vuelva y comience con la pellizquería de la doña bibliotecaria. Tal vez el primer libro completo que leí, y ya había pasado la primaria, fue Ivanhoe, de Walter Scott, en una edición ilustrada que papá me trajo de uno de sus viajes laborales. Y después de la Carta a García y relatos aislados de Las mil y una noches, las veladas domésticas estuvieron, en una adolescencia agitada, en la que había mucho fútbol, juegos callejeros, cine y desafíos a pedradas entre galladas de distintos barrios, adobadas por lecturas más inquietantes. Una, por la de un libro que me regaló Chucho, uno de los muchachos de la tropilla de El Congolo: Moulin Rouge, de Pierre La Mure, sobre la vida y obra de Henri Toulouse-Lautrec, y otras, por los dos tomos de Las mil y una noches que me prestó Álvaro, alias Ñembo, y que me tragué en una semana o tal vez dos. Fue entonces cuando descubrí que mamá, que era una estupenda narradora oral, ya me había relatado hace tiempos muchos de esos cuentos árabes adaptados a su cultura antioqueña, incluidas arrierías y colonizaciones.

 

Más tarde, cuando en la casa comenzaron a aparecer libros de escritores estadounidenses (Faulkner, Steinbeck, Hemingway…) y también algunos de Pär Lagervist, Heinrich Böll, Kafka y Poe, las noches se hicieron más largas y propicias para las lecturas. Mamá a veces gritaba desde su pieza que apagáramos el bombillo y recuerdo sus perentorias órdenes de “dejá de leer tanto que te vas a enloquecer”, pero más leía uno y ella tornaba con su grito: “¡O apagás o voy y pedaceo el foco!”. Y había que posponer la lectura para la noche siguiente.

 

Resultado de imagen para simbad el marino

La casa y la escuela (y, en mi caso, también el barrio) eran como huertas, donde se abonaban las ganas de mil cosas, pero, en particular, las de descubrir, las de tener intenciones de aprender disímiles asuntos, como los de inmiscuirse en lo que los libros dicen y proponen, con historias y peripecias. No se me han olvidado los relatos babilónicos y las gestas de acadios y asirios, ni los experimentos con una campana y un pájaro asfixiado, ni los filtros de Paracelso. Y aquellos intentos de acercar las estrellas o tener nociones de un gran mentiroso como el barón de Münchausen en selecciones que se hacían en aquella enciclopedia de pasta dura verde botella en las que había desde poemas de Poe hasta notas sobre la Ilustración y próceres de distintas batallas.

 

Quizá el bautizo para la lectura estuvo en la cuna, cuando, según supe después, había cantos y rimas y recitaciones de poemas que después jamás he vuelto a escuchar, como uno denominado Salutación a América y también las rimas de Bécquer y todo en la voz de la señora rubia que luego, en noches y mañanas, nos contó aventuras de Tío Conejo y Sebastián de las Gracias y nos detonó la imaginación con su voz particular de Scheerezada antioqueña, con los viajes de Simbad el marino y zocos persas.

 

Creo que por aquellos años, los de la educación sentimental, los de calle-casa-escuela-pelota-barrio, la lectura fluía sin obligaciones y como una condición natural, sin pretensiones ni imposturas. No era para posar sino para sentir el vuelo, los sonidos, las palabras, los ritmos, la música. Vocales y consonantes nos prolongaron los sueños y nos vistieron con los trajes de cenicientas y las desnudeces de fantasmas que ya no asustaban. Sí, eran el libro, las letras, los cuentos y fábulas partes de una manera de ser, de vivir, de estar en crecimiento sin saber en teoría qué era la infancia ni la adolescencia. Un flujo común. Un tránsito hacia los asombros y los hallazgos. No recuerdo que nos dijeran que había que leer. Se leía, así como había que desayunar o ir a asaltar fincas suburbanas en busca de naranjas, mangos y ciruelas.

 

Resultado de imagen para cofres cuentos de calleja

No solo al cine y a la primera maestra, doña Rosa Bother, y después a Álvaro Sánchez, el profe de español y literatura que nos hacía memorizar poemas, recitarlos ante el resto de condiscípulos, y leer algunas crónicas de Azorín, les debemos el amor ilimitado por leer, sino, claro, a las aventuras de periódicos con cómics como Tarzán y El Fantasma, a las revistas mexicanas y chilenas, al Reyecito y Mandrake, a los luchadores como El enmascarado de plata y Neutrón, y una colección de pequeños cuentos que editaba Saturnino Calleja, albergados en cofres metálicos muy pintorescos.

 

Y digo al cine, porque tras ver tanto western, y películas de capa y espada, y a Ulises, y a Perseo el Invencible, y a Hércules, y a Maciste, y todos los gladiadores, y a los pistoleros como Wayne y Cooper, y las diligencias, a los indios que cuando caían de sus caballos la gritería en el teatro era como si se cantara un gol (algo había en esos filmes de colonialismo, de discriminaciones, de despojo cultural, pero eso lo supimos mucho después). Y entonces, en los intercambios o trueques, con papa rellena y ají picante incluidos, en las antesalas de los teatros, estaban Marcial Lafuente Estefanía y sus novelitas del Lejano Oeste.

 

Y luego, el mundo adulto, más complejo, y ya perdida la inocencia, nos condujo por otros textos y caminos. Y vino la sofisticación. La lectura en varios niveles. El análisis y el pensamiento. Y la crítica. Y todo lo que en rigor debe tener una “seria” manera de enfrentar libros y autores. Y cada uno de aquellos que habitamos hace años la misma casa, y escuchamos a la misma madre, y luego tuvimos diversos maestros, fuimos haciendo la biblioteca personal. Creo que les ha pasado a muchos. Nada del otro mundo. Pero sí hay en esas formaciones (otros dirán deformaciones) de criterio, de carácter, de memoria, un ejercicio, tal vez simple y en cierto modo natural, de querer los libros, sin tenerlos en ningún nicho sacrosanto, pero con la certeza que en ellos hay tesoros y son albergue de múltiples deslumbramientos.

 

La lectura es una apertura a la inteligencia, a la imaginación, a convertirse en otros, a caminar-volar-nadar-explorar-bucear- por lo más oscuro y lo más luminoso de los humanos y sus circunstancias. El lector puede ser como un devoto, un peregrino, un místico, una suerte de empedernido auscultador de almas. Y tendrá al libro como un preciado material que no le calmará su sed de saber, pero hará que la lengua se le seque. Un libro es para aumentar las ganas; no para calmarlas. El escritor, filósofo y autor de canciones, Manlio Sgalambro, el del Tratado de la impiedad, expresa una inquietante certeza: “Puede que sólo por eso merezca la pena existir, por leer un libro, por ver los inmensos horizontes de una página. ¿La tierra, el cielo? No, sólo un libro. Por eso, muy bien se puede vivir”.

Resultado de imagen para libros arte objeto

Un libro es un pasaporte a la cultura, la imaginación y la inteligencia.

 

 

 

 

Borges y Alí o la inmortalidad en junio

Por Reinaldo Spitaletta

 

Muhammad Alí, el gran desobediente

 

Era un héroe de la Guerra Fría, un adalid de la contracultura de los sesenta, un emblema de la lucha por los derechos de los negros en los Estados Unidos, tanto que, tras ser campeón olímpico, tiró su medalla de oro a un río en protesta porque no le quisieron servir en un restaurante de blancos. Y que toda esta conjunción de proezas —y mucho más— la encarne un boxeador, tres veces campeón de los pesos pesados, trasciende lo deportivo para encaramarse en los asuntos de la cultura (la popular, sobre todo) y la política.

 

Muhammad Alí, “el más grande” (así se autoproclamó, y, en efecto, lo era), el que provocó las ganas de ser negros de muchos muchachos blancos, era un insumiso. No solo era un extraordinario boxeador, uno que revolucionó el pugilismo, con su baile insólito y su show en las cuerdas, sino un crítico de las injusticias sociales. Cuando en 1964, en Miami, obtuvo el fajín de campeón mundial al vencer a Sonny Liston, la leyenda comenzó a crecer. La misma que aumentará con su muerte.

 

A los veintidós años, el que todavía tenía nombre de esclavo (Cassius Marcellus Clay), se perfiló como un negro que no estaba de acuerdo con las discriminaciones y menos aún con una invasión de su país a Vietnam. “No tengo ningún pleito con los tales Vietcong”, dijo al oponerse a ser reclutado para el ejército gringo. El imperio lo sancionó. En retaliación oficial, le quitaron el título y la licencia para pelear. Volvió en 1970, en un enfrentamiento con el argentino Óscar Ringo Bonavena, y así reanudó su presencia única, irreverente y contenta en los ensogados.

 

Antes, cuando ya era un fenómeno mediático no solo por su esgrima heterodoxa sino por sus bombardeos verbales, burlas a los rivales, su amistad con Malcom X, en fin, los Beatles tuvieron que esperarlo un buen rato para una sesión de prensa. Una fotografía muestra a los cuatro de Liverpool, boca arriba, a los pies del ruidoso boxeador que todavía tenía el nombre de pila. Se lo cambió luego, menos como un asunto religioso que como una demostración de desobediencia y cuestionamientos a un sistema segregacionista.

 

Muhammad Alí, con su nombre musulmán, perteneciente a la denominada Nación del Islam, trascendió el boxeo. En este, en el que “flotaba como mariposa y picaba como abeja”, protagonizó combates históricos, como el realizado en el Zaire (antes el Congo) con George Foreman, en 1974. Un espléndido reportaje de Norman Mailer, El combate, da cuenta de aquella suerte de epopeya, con un trasfondo político.

 

Aquella pelea, realizada en Kinshasa, y que recordó a algunos lectores peripecias de la novela El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, hizo volver los ojos sobre el antiguo Congo belga, dirigido por el dictador Mobuto (llamado El timonel, El redentor, El guía…, que persiguió y fue el verdugo del líder popular Patricio Lumumba). La historia brutal de aquellos pueblos con un pasado largo de opresiones colonialistas, se hizo un poco más conocida con aquel combate deslumbrante. Aquí se podría recordar una frase de Alí, al que siempre le pareció extraño que Tarzán, el rey de la selva africana, fuera un blanco.

 

Alí, en los sesentas, encarnó a su modo el “poder negro”, las gestas de los arrinconados por un Estado que nunca ha visto con buenos ojos a los que asumen la resistencia y desobediencia civil contra los atropellos. Alí, danzarín del ring, copó las informaciones y hasta la farándula de aquellas épocas de rebeliones estudiantiles, levantamientos populares en distintas geografías y de protagonismo de las culturas (y contraculturas) juveniles.

 

Las hazañas boxísticas y sus declaraciones, a veces con altas dosis de humor negro, llamaron la atención de grandes reporteros y escritores como Gay Talese, George Plimpton, Joyce Carol Oates, además del ya citado Mailer. “El boxeo es un montón de hombres blancos viendo cómo un hombre negro vence a otro hombre negro”, dijo alguna vez el legendario pugilista.

 

En un ring africano, Alí pudo escribir una de las más intensas páginas de este deporte (aunque hay gente que opina cómo puede ser el boxeo un deporte). El periodista y presentador David Frost gritó, cuando Muhammad noqueó a Foreman: “Alí lo ha conseguido. Este es el momento más gozoso de toda la historia del boxeo. La historia resulta increíble. Toda la gente se ha vuelto loca”, según el relato de Mailer en El combate.

 

El 3 de junio de 2016 la muerte propinó un nocáut fulminante al más grande boxeador de la historia, y a un hombre sensible, bocón, irremediable en su modo de ser, que revolcó un tiempo de guerras frías, invasiones imperiales y viajes a la luna.

 

 

El milonguero Borges

 

Borges, que se murió hace treinta años en un junio gardeliano (o borgiano), no es, no fue, como se suele saber, un hombre de tango. Y, al decir del poeta Ricardo Ostuni, quienes pretendan ver en él a uno de ellos, se llevarán un palmo de narices. Era un hombre de la literatura (de la vasta literatura), un ser admirado, también vilipendiado, que se erigió sin proponérselo como un mito de la argentinidad, asunto que le hubiera podido ocasionar una gran insatisfacción y un desacuerdo.

 

En la obra del autor de El Aleph, el tango no es una preocupación primordial. Es más, mantuvo con el género una relación a veces de enemistad, de hondos cuestionamientos, y, en otras, una suerte de amor indócil. Como fuera, en sus creaciones el tango está presente en varios de sus más representativos libros, de modo explícito e implícito. Y aparece como “una epopeya del coraje”, de cuchilleros y compadritos idealizados, como “una canción de gesta perdida en sórdidas noticias policiales”.

 

Los primigenios avatares del gotán ya se manifestaban a fines del siglo XIX, en cuyo último año nació el que para muchos es el más importante escritor en lengua castellana después de Cervantes. O por encima de este, diría un radical. Ya habían aparecido tangos tan emblemáticos en la historia como El talar (1895), El entrerriano, de Rosendo Mendizábal (1897) y Don Juan (1898, de Ernesto Ponzio). En 1899 (año del alumbramiento borgiano), el compositor Manuel Campoamor se fajaba con un tango dedicado a un héroe nacional, a Juan Bautista Cabral, el sargento.

 

Borges, el de la infancia en Palermo, se crió en un jardín, tras las rejas de su casa, en un mundo interior. En la escuela, adonde lo mandaban de cuellito rígido y corbata, le hacían matoneo los condiscípulos: “me intimidaban los chicos pobres y me enseñaban con desdén el lunfardo básico de aquellos años; no dejaba de sorprenderme que en casa no me hubieran instruido en las voces más comunes del habla”, le dijo una vez a un periodista.

 

El Palermo del cuchillo y de la guitarra andaba, por aquellos tiempos, en las afueras. Y el muchacho Borges, en los adentros, acompañado de una enorme biblioteca familiar, leyendo. Pero con la intuición del suburbio y de las peripecias del exterior. La adolescencia la pasó en Europa y a su retorno a Buenos Aires, en 1921, había un mundo por recuperar y descubrir. Su Fervor de Buenos Aires es una muestra del estupor que le causó el regreso “con los naipes de colores del poniente”.

 

Con el poeta popular Evaristo Carriego descubrirá el alma del suburbio. Y entonces, para Borges, el tango, que tuvo un nacimiento heroico, se tornó sensiblero. Para él, la milonga seguía siendo una conexión con lo épico, con los guapos y sus enfrentamientos. El tango (al que los italianos le agregaron el lamento y la nostalgia), era valeroso y corajudo, pero se convierte en una desventura, según la apreciación borgiana. Para él, la milonga era lo combativo; el tango, lo sentimental.

 

Para Borges, las milongas y los tangos de la guardia vieja eran una exaltación de la pelea como fiesta y celebración, una manifestación del camorrismo y de la definición de guapuras. Vio a Gardel como “un ciclista que se aleja rápidamente, saludando con la mano”, y en los nuevos tangos, un “repertorio del fracaso”. Pero, en otros momentos, elogió al Zorzal Criollo, del que dijo que tenía una lágrima en la voz. En el tango, asimismo, creyó vislumbrar el advenimiento de una utopía: la de querer vencer el tiempo.

 

Más que en sus declaraciones de prensa, que por lo demás están llenas de humor negro y “boutades”, el tango está en sus poemas, en varios de sus cuentos, en los ocasos amarillos, en el recuerdo imposible de “haber muerto peleando en una esquina del suburbio”. Y vio en él una misión: “dar a los argentinos la certidumbre de haber sido valientes”, de haber cumplido con las exigencias del valor y del honor.

 

La de Borges con el tango es una relación de amores y desafectos. Supo que en los temas del género están el goce carnal, la ira, el desamor, la felicidad, las intrigas, la traición, el miedo… y de sus letras pudo decir que forman “una inconexa y vasta comedia humana de la vida de Buenos Aires”. Para el milonguero Borges, “esa ráfaga, el tango, esa diablura…”, pertenece a una incierta región en la que el ayer “pudiera ser el Hoy, el Aún y el Todavía”.

 

Ilustración de El Tomi

 

 

 

 

La literatura o esa posibilidad de soñar

(Una visión desde la vida cotidiana hasta los abismos interiores)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

1.

 

Más allá de la acera, de la calleja en apariencia insignificante, del alero sin golondrinas, de la ventana indiscreta, más allá del mundo anodino y cotidiano, tan rico en sorpresas y lleno de excepcionales miradas, la vida interior palpita. Y ofrece diversas posibilidades de ser narrada, o pintada, o dramatizada, o transformada en un arte novelesco. El gran arte casi siempre nace de lo evidente, pero —he ahí el papel taumatúrgico del creador— son la sensibilidad y la imaginación del esteta las que otorgan un toque de extrañeza, una distinción especial. Un nuevo hálito. Él es el único capaz, debido a su asombro y perplejidades, o tal vez a que todo lo observa con los ojos nuevos de niño, de ver en lo corriente, quizá en lo vulgar, lo insólito, lo extraordinario. Estos aspectos están a la vuelta de una inevitable esquina, o en la señora que mece sus recuerdos en una silla, o camuflados en la sotana brillante del curita del barrio.

 

El artista tiene ojos de descubridor, de escudriñador, y donde el común de los mortales no ve sino aburrimiento, o repeticiones, o monotonía, o nada, él encuentra lo insospechado. El hecho de una mosca caer prisionera en una telaraña, puede ocasionar para el avezado centinela de lo común, una inspiración, la iniciación o final de una historia, un motivo. No requiere repartirse en otros universos distintos a los de su entorno, a los de su aldea: allí está el mundo, a escala, una maqueta con sus glorias y sus vergüenzas, sus afanes y displicencias, sus sobresaltos y desamparos. Es cuestión de sentir, de explorar, de estar dispuesto al milagro. Y a la percepción del menor deslumbramiento. Con certeza, estos surgirán en la conversación de tienda, o en la ronda infantil que alegra la calle vespertina, o en el cansancio del obrero que vuelve a casa tras otra jornada de plusvalías y vigilancia de supervisores. Las historias pululan, y entonces el narrador, el poeta, con sus antenas invisibles, las capta, las transpola, las modifica y les confiere su particular magia, su estilo, el sello personal.

 

Ahí, en el espacio corriente de la barriada, sobre la “veredita” de cemento, en los quicios quejumbrosos, en el marco desteñido de una vieja ventana, en las pisadas lentas del viejo, en el perturbador bamboleo de caderas de una chica, en todos esos asuntos —intrascendentes muchos de ellos— está el material en bruto para ser procesado. Solo hay que disponerse a la seducción, a permitir que ingresen en el alma, las vibraciones y sensaciones de la denominada cotidianidad, de la aparente deleznable vida diaria.

 

Al escritor, como diría el siempre citado Jorge Luis Borges (o quizá también haya sido Margarita Yourcenar), todo le sirve: una desgracia, un hecho feliz, algún desencanto. Todo es posible tornarlo literatura. La condición humana está poblada de inquietudes y sosiegos, de claridades y ausencias de luz. Pero hay que estar siempre prestos al hallazgo, y para ello a veces solo se precisa mirar la ciudad, el barrio, la casa de los afectos como si jamás se hubiera visto antes. Casi que con los ojos alelados del turista curioso, del viajero, del que llega por primera vez.

 

Lo local ofrece, en todo caso, un universo, y, a su vez, una universidad. Kant, por ejemplo, descubrió tal riqueza en su pueblito, del cual nunca necesitó salir para tener el mundo en sus manos. Lo encontró Epicuro en su jardín, en el cual pudo sobrevivir a las pestes que asolaron el resto de Atenas. En su modesto lugar de residencia, en el pueblo de Santo Domingo o en la entonces incipiente y variable ciudad-aldea de Medellín, el escritor Tomás Carrasquilla encontró una veta para sus novelas y cuentos. Que es, del mismo modo, lo que halló Francisco de Paula Rendón, o Efe Gómez en Fredonia o Titiribí o en cualquier extraviada mina aurífera de algún pueblo sin horizontes.

 

Para efectos de certidumbre más que de ansias de demostración, valga recordar de los Cuadernos en octavo, un aforismo de Kafka (que, de paso, se puede decir encontró su mundo interior en su Praga natal o en lecturas de otros autores) que da cuenta de las posibilidades estéticas de los pequeños entornos, de las atmósferas recogidas, y a veces asfixiantes, de los sitios donde a cada uno le correspondió vivir: “No es necesario que salgas de la casa; quédate junto a la mesa y escucha; ni siquiera escuches, espera solamente; ni siquiera esperes, quédate completamente quieto y solo; el mundo se ofrecerá desenmascararte ante ti, no puede evitarlo: extasiado se retorcerá en tu presencia, a tus pies”.

 

¡Cuánto se podrá decir —e imaginar— de lo que existe tras una puerta cerrada! ¡Cuánto se podrá pintar con solo ver ese pedacito de cielo que se cuela por una ventana o que se entra por el patio de la casa! El mundo, el pequeño gran mundo en el que cada uno habita ofrece un sinnúmero de emociones, de pasiones, de ilusiones perdidas. Se trata de desenterrar sus relaciones, sus interconexiones con otros mundos, de ver cómo se desenvuelve allí el hombre, cómo lucha, cómo habita y vive y siente y padece y ama, y también cómo agoniza, cómo muere. He ahí, por no entrar en más detalles, las bases de cuentos y novelas. Hay que ponerles alas al corazón y a la creatividad. Y listo (aunque no es tan simple). Entonces aparecerá un Azorín o un Juan Rulfo. Y así la tierra podrá cantar.

 

 

2.                                                  Resultado de imagen para moby dick

 

Poder encontrar, oculto en la hojarasca común de la existencia, un tema, un motivo de escritura, es, para el escritor de ficciones o de hechos reales (para el periodista, por ejemplo) una posibilidad para ejercer su inventiva. Julio Cortázar decía que en lo absolutamente cotidiano e incluso trivial era factible hallar lo inusual. En un parque podría estar la realidad más fantástica. Alguna vez, Roberto Arlt escribió una crónica sobre la luz que salía de una ventana. ¿Qué de trascendental había o puede haber en un acontecimiento simple y repetido como aquel? Quizá nada, pero, gracias a sus dotes narrativas y a su talento y sensibilidad, el escritor trascendió la aparente simpleza del tema y construyó un mundo. Igual, por ejemplo, con otra “Aguafuerte” acerca de las casas inconclusas. Sin caer en el costumbrismo urbano (lo cual tampoco sería un delito literario, como creen algunos intelectuales) Arlt realizó una pequeña obra maestra del buen decir, del mejor imaginar y, a su vez, de penetrar el ladrillo y descubrir en el fondo, en el polvo, al hombre, que es, en últimas, lo que siempre le ha interesado a la literatura. El hombre y sus circunstancias.

 

A veces, de esos mundos constreñidos, pobres, desabridos, de esos climas sofocantes, emanan las más espléndidas fuentes del arte literario. ¿No es algo como eso lo que describe Emily Brontë en sus Cumbres borrascosas? Veamos un fragmento a guisa de ejemplo y de recorderis de esta novela: “Dos bancos semicirculares estaban arrimados al hogar. Me tendí en uno de ellos cuando un intruso invadió nuestro retiro. Era José, que bajaba por una escalera de madera que debía de conducir a su camaranchón. Dirigió una oscura mirada a la llama que yo había encendido, expulsó al gato, ocupando su sitio, y se dedicó a cargar de tabaco una pipa que medía ocho centímetros de longitud. Debía considerar mi presencia en su santuario como una irreverencia tal que no merecía ni siquiera comentarios”.

 

O, de otro lado, qué tal esas atmósferas apabulladoras de Faulkner, opresivas en la narración de la decadencia: “El lugar hacía donde Simón se dirigía era una enorme casa de ladrillo situada junto a la calle. La finca había albergado anteriormente una hermosa mansión colonial que se alzaba entre magnolios, robles y setos florecidos, pero al incendiarse el antiguo edificio, se derribaron algunos de los árboles y se hizo sitio para un disparate arquitectónico tan terriblemente desmesurado que poseía cierta grandiosidad caótica” (Sartoris).

 

En cualquier caso, lo hermoso de la literatura es que para ella no hay temas proscritos. Caben todas las miserias humanas, todos los apocalipsis, las apoteosis, las mutaciones, las iras… Se le puede dar cabida a lo desmesurado o a lo prudente; a lo obscuro o a lo luminoso; a las atrocidades y a los sentimientos más sublimes. Todo radica, y he ahí la dificultad, en hacerlo con belleza, con verosimilitud. En poder darle vida a lo expresado. En sentir, por ejemplo, el polvo del camino cuando una tortuguita atraviesa una carretera en una novela de Steinbeck; en poder experimentar la impotencia, pero, a su vez, la vocación indoblegable de la lucha, del viejo Santiago en la épica narración de Hemingway; en agonizar con un soldado en una trinchera en Sin novedad en el frente; o en sucumbir ante el horror blanco  de Moby Dick.

 

¿Acaso no se siente un desmoronamiento interior al leer este fragmento de Las olas, de Virginia Woolf?: “Y el tiempo, dijo Bernard, deja caer su gota. La gota que se ha formado en la techumbre de nuestra alma, cae. En la techumbre de mi mente el tiempo, formándose, deja caer su gota. La semana pasada, mientras me afeitaba, la gota cayó. Estando en pie, con la navaja barbera en la mano, me di cuenta bruscamente de la naturaleza meramente habitual de mi acto (esto significa la formación de la gota), y felicité a mis manos, irónicamente, por perseverar en él. Afeitad, afeitad, dije. Seguid afeitando. La gota cayó. Durante la labor del día, sin cesar, aunque a intervalos, mi pensamiento se fue a un lugar vacío y dijo: “¿Qué se ha perdido? ¿Qué se ha terminado? (…) Mientras me abrochaba el abrigo para ir a casa, dije con más dramatismo: He perdido la juventud”.

 

Las historias de la condición humana están atiborradas de asperezas y frustraciones, de angustias y desasosiegos, y, claro, de soñadas conquistas. La literatura pone en planos más elevados, más complejos si se quiere, estos asuntos. Los distancia para acercarlos al alma. Los disfraza, para que todos sepan de qué se trata. En ellos está usted, con una máscara, pero esta no alcanza a disimular su dolorosa fisonomía, como sucede en algún relato de Marcel Schwob. Ella, la literatura, es capaz de objetivar lo real y lo soñado, lo contingente y lo necesario, lo esencial y lo superfluo. Es una recreación del universo, de su pasado, presente y futuro. Está por encima del tiempo, al cual moldea a su gusto. Lo cual significa también, de algún modo, que va más allá de la historia. O como decía Aristóteles: “La poesía es una cosa más filosófica y elevada que la historia, pues la poesía aspirar a expresar lo universal; la historia, lo particular”.

 

 

3.

 

Y como al principio, la literatura puede hacer muy grande lo que en apariencia es pequeño y darle un estatus más elevado, un rango de prominencia a cosillas que no tienen mucho abolengo. Así, a modo de ejemplo, se podría citar un fragmento de un relato del uruguayo Felisberto Hernández. “El comedor estaba en un nivel más bajo que la calle y a través de pequeñas ventanas enrejadas se veían los pies y las piernas de los que pasaban por la vereda. La luz, no bien salía de una pantalla verde, ya daba sobre un mantel blanco; allí se habían reunido, como para una fiesta de recuerdos, los viejos objetos de la familia. Apenas nos sentamos, los tres nos quedamos callados un momento; entonces todas las cosas que había en la mesa parecían formas preciosas del silencio” (El balcón).

 

O este otro de Azorín: “Unas campanas de despiertan; son tres campanas; dos hacen un “tan, tan”, sonoro y ruidoso, y la tercera, como sobrecogida, temerosa, canta; por debajo de este acompañamiento, una melodía larga, suave, melancólica. Cervantes oiría entre sueños, todas las madrugadas, como yo ahora, estas campanas melodiosas. Aún es de noche; todavía la luz del alba no clarea en las rendijas de la puerta y de la ventana. Y me torno a dormir. Y luego, las mismas campanas, el mismo acompañamiento clamoroso y la misma melopea suave me tornan a despertar. Ya la luz del nuevo día pinta rayas y puntos vivos en las maderas de las puertas. Unas palomas ronronean en el piso de arriba y andan con golpes menuditos sobre el techo; los gorriones pían furiosos; silba un mirlo a lo lejos…” (La novia de Cervantes).

 

En rigor, no son necesarios una grandilocuencia rebuscada ni un alto edificio verbal para pintar sentimientos y paisajes. Bastan unas cuantas pinceladas —eso sí, maestras— para expresar atmósferas y sugerir caracteres. O para señalar mundos casi anodinos, pero que, dichos con otras maneras, hacen que el lector se fije en ellos con ojos de novedad y asombro. El poder de la literatura radica en darle a la vida otra dimensión; en producir despliegues del alma, triste o contenta; en provocar que el hombre se mire a sí mismo y se entere, con otro sentido, de sus miserias y potencialidades. La literatura puede ser un consuelo o una esperanza, una certificación de lo temporal del hombre. Y en todo caso, anuncia las flaquezas, las angustias, las inteligencias, los pesares. En ella se puede encontrar desde la profecía hasta la sensación de pesadez del presente. Con ella es probable escudriñar el pretérito o auscultar el porvenir. Encontrar al héroe y al antihéroe y a los prototipos humanos. También los valores, modos de vida, las inquietudes existenciales de determinada época. Por eso, la novela, el cuento, la poesía, tienen más poder y alcance que la historia. Y a veces, son la historia misma.

 

 

4.                                                                             Resultado de imagen para leopoldo alas clarin

 

Sencillez y profundidad son dos elementos que se conjugan, con acierto, en la literatura de Leopoldo Alas, el célebre Clarín, un autor ignorado en su tiempo, pero celebrado en nuestros días, y que en su narrativa breve muestra, con mayor ahínco, todo su talento de escritor y de sicólogo. Es un explorador de almas. Penetra, con un lenguaje claro (tal como el que luego propondría Azorín para el novelista) en las honduras de la condición humana, la cual examina, en toda su extensión. Pone en la picota determinados valores burgueses (como el del dinero, el arribismo social, la doblez, etc.), y, a veces, en su canto desesperanzado pero vigoroso, se nota el desencanto por la existencia, la inutilidad de ciertas vidas. En él, o, mejor, en sus cuentos, revive aquello de que el hombre es cosa vana y ondeante (a lo Montaigne): estamos hechos de tiempos. Y pasamos. Sin remedio y sin posibilidades de tener otra vida tras la muerte. Y don Leopoldo nos lo cuenta y nos lo hace padecer para que, sufriendo, nos enteremos —una vez más— de nuestro efímero discurrir.

 

En algunos relatos, como por ejemplo, en el de El número uno, da cuenta de la trayectoria vacua de alguien que siempre se creyó un portento, un fuera de serie, pero resultó siendo un tipo intrascendente, con una vida sin paisajes, amarga. Y aunque en sus creaciones Clarín no pretende moralizar, así haya titulado uno de sus libros como Cuentos morales, sí efectúa una suerte de radiografía del corazón del hombre, pero, eso sí, con un propósito ético, como es el de estar mostrando caminos en los cuales podamos detenernos, de vez en cuando, a observarnos, a reflexionar sobre nuestro comportamiento y nuestras debilidades.

 

Por otra parte, Clarín, un partidario a lo Flaubert del arte por el arte, no cayó en la tentación de las modas ni se dejó seducir por las capillas ni los cenáculos de su tiempo. Fue un independiente, con banderas que reivindicaban la existencia, pero, sobre todo, alguien que siempre creyó en la literatura no solo como posibilidad estética, sino ética. En su concepción artística también se patentó al hombre como ser social, inmerso en un mundo contradictorio, a veces inhumano, a veces lobo para su semejante. Con su literatura, Clarín no pretendió que el lector mejorara sus costumbres, o corrigiera sus vicios, o construyera un decálogo o un manual de comportamientos. Solo quería dar una visión interior del hombre.

 

Un aparte del prólogo suyo a los Cuentos morales, puede otorgar más nitidez al respecto: “Sigo opinando que los libros no pueden ser morales ni inmorales, como los Estados no pueden ser ateos ni católicos, a no ser en el mundo de los tropos peligrosos. Aun reduciendo el significado de moral a la virtud que una cosa puede tener para moralizar a los que cabe que sean  morales (los individuos racionales), diré que mis cuentos no son morales en tal concepto. Los llamo así porque en ellos predomina la atención del autor a los fenómenos de la conducta libre, a la psicología de las acciones intencionadas. No es lo principal, en la mayor parte de estas intervenciones mías, la descripción del mundo exterior ni la narración interesante de vicisitudes históricas, sociales, sino el hombre interior, su pensamiento, su sentir, su voluntad”.

 

Clarín, en su modo de decir, describe, sí, entornos y algunas vicisitudes “objetivas”, pero con el fin de enmarcar al hombre, de situarlo, de concederle un referente histórico. Aunque, tal como el lector lo podrá captar, lo importante para él no es tanto el paisaje, el ambiente, sino el alma, las penurias, las alegrías, una tristeza imparable. O la muerte. O el no pasar a los anales de la historia, en no quedar registrado en el libro de la fama (como sucede con en el cuento titulado Vario). O la miseria física y mental. O las angustias de la vejez (de la enferma-edad que llamaría Roa Bastos). En fin, que es amplio el panorama íntimo propuesto por don Leopoldo, y con su lectura uno gana peso en el corazón.

 

La literatura, y en este caso los cuentos de Clarín, elevan al hombre; lo suben un peldaño más en la escala de la Creación, le amplían el universo. Y, al mostrar las flaquezas de espíritu y también las virtudes, al señalar los vicios y referenciar los asuntos más recónditos y secretos del alma, reivindica al género humano. Y tal vez lleva al lector a pensar en la construcción de un nuevo mundo, porque, al fin de cuentas, la literatura induce a soñar. Y, claro, toda la vida es sueño…

 

Medellín, agosto de 1994

 

(Ensayo escrito para el libro La imperfecta casada, de Leopoldo Alas, colección Biblioteca Distinta, Edilux)

 

 

 

 

 

Salas de redacción: de la clínica de partos al cementerio de escritores

Por Reinaldo Spitaletta

 

 

Comenzaré con la evocación de una imagen, la de un gran cronista argentino, Roberto Arlt, en la sala de redacción del periódico El Mundo de Buenos Aires. Como sabemos, este periodista escribía unas notas, unas crónicas estupendas llamadas Aguafuertes que narraban la ciudad y sus habitantes. Escribió más de dos mil que luego fueron recogidas en libros. En esa sala no solo planeaba sus notas urbanas sino que escribía sus novelas, robándole tiempo al periodismo. Arlt se convirtió en un periodista para la gente, que esperaba con ansiedad sus columnas y las devoraba. El periódico se agotaba los días en que aparecían las Aguafuertes porteñas.

 

Algunos críticos, muy estirados y buenos gramáticos, decían que Arlt escribía mal. Lo acusaban de ser casi un analfabeto, de descuidado en la redacción, que hasta cometía errores de ortografía. Al principio de su vida, por su condición económica, tuvo que desempeñar varios oficios, como aprendiz de pintor, ayudante de hojalatero, mecánico, vulcanizador, cargador en el puerto, en fin. Pero siempre quiso ser escritor por encima de todas las cosas. Y sus libros de ficción los escribió entre un trabajo y otro. Incluso en la sala de redacción de El Mundo. La imagen que quería evocar es la siguiente y la narra Roberto Arlt con sus propias palabras:

 

“El jefe de redacción del diario ha pasado un día a las 9 de la mañana por la redacción, otro a las 3 de la tarde y otro a las 9 de la noche, y me ha encontrado siempre rodeado de papeles, hecho un forajido, con barba de siete días, tijera descomunal sobre el escritorio y un frasco de goma agotándose. Entonces, se ha detenido frente a mí, diciéndome: ‘¿Se puede saber qué hacés? Escribís todo el día y no entregás una nota sino cada muerte de obispo. He tenido que contarle: ‘Querido jefe, confieso que aquí comienzo y termino mis novelas”.

 

Y esas novelas de Arlt revolucionaron la literatura argentina de la primera mitad del siglo XX. El Juguete rabioso, Los lanzallamas, El amor brujo, Los siete locos son obras maestras de un cuasi analfabeto influenciado por Dostoievski y que halló en la calle la materia prima para sus ficciones y desde luego para su periodismo. Digamos que en ese caso la mesa de redacción contribuyó a la formación del novelista y éste no se dejó absorber por la actividad reporteril y la escritura de prensa, que para otro escritor argentino era puro material para el olvido.

 

Porque también sucede, en particular en Colombia, que las salas de redacción se convierten en cementerios de novelistas, o mejor dicho, de reporteros que aspiraron a ser autores de novelas y cuentos. A nuestro moderador de esta tarde, Juan José Hoyos, le escuché hace años una historia acerca de un señor que trabajaba en El Tiempo de Bogotá, confeccionaba además crucigramas, un señor que se vestía de negro y que tenía como nombre “artístico” Frailejón. Al final de sus días en el periódico, ya muy viejo y silencioso, se le notaba la melancolía en todo el cuerpo. Y su tristeza se debía a que siempre quiso escribir una novela y no pudo hacerlo por sus labores en el diario. Frailejón fue una víctima de las salas de redacción.

 

El escritor Manuel Mejía Vallejo, que también fue periodista y bohemio, decía que el periodismo era el servicio militar obligatorio de la literatura. Incluso llegaba a aconsejar a algunos de sus discípulos que eran reporteros que se retiraran pronto de ese oficio y se dedicaran de lleno a escribir novelas. Es preciso decir que antes los periódicos colombianos podían servir para que los pichones de escritores pagaran en ellos su servicio militar. Eran periódicos que contaban historias, que daban espacio a los géneros narrativos, que respetaban  al lector. Tenían cierto grado de rigor y seriedad, y, en general, se buscaba, además de la precisión, una escritura con dimensión estética. Por eso no es extraño que de esos diarios de entonces hubieran salido novelistas como García Márquez y Cepeda Samudio, por mencionar solo dos ejemplos.

 

Sin embargo, hoy, la mayoría de periódicos en Colombia están dedicados a la banalización de la realidad, a notas superficiales y de farándula fatua, a un periodismo liviano en el que ya no hay cabida para los grandes reportajes ni para las investigaciones y los análisis de fondo. Así que para muchos jóvenes reporteros que quieren cumplir con la premisa de Manuel Mejía no hay esas posibilidades. Por lo demás, es un periodismo acrítico, oficialista, de mandaderos o estafetas. Hoy el periodista, como pudo serlo en otros ámbitos y otros días, no tiene carácter intelectual. Es un tornillo o una tuerca más en la cadena de producción. Está atravesado y medido por los índices e instrumentos de productividad y no por la calidad de la escritura ni de las ideas. El periodismo ilustrado se murió hace rato en Colombia. Por eso cada vez está más vigente aquella definición que dice que “periodismo es llenar los huecos que dejan los avisos publicitarios”. Ah, y, por cierto, mal llenados. Es decir, con material absolutamente desechable.

 

Ahora, con mayor razón, la canción de Tite Curet Alonso, interpretada por Héctor Lavoe, es más actual. Si antes se decía para qué leer un periódico de ayer ahora dan menos ganas de leer el periódico de hoy, porque en realidad poco tiene para leer. A diferencia de periódicos de otros lugares, como decir de Buenos Aires o de México o de Madrid, los de por estos lados los consume uno en diez minutos y a veces son más interesantes los avisos comerciales que las noticias. De ese modo, si quisiéramos hablar de la relación periodismo-literatura en cuanto a los diarios colombianos, habría que señalar que se trata más bien de un total divorcio. Y no es porque en los diarios se tenga que hacer literatura, no qué tal, ni más faltaba, sino porque un asunto ético tiene que ver con una buena edición, con una propuesta informativa que incluya los géneros narrativos como el reportaje y la crónica, o una mezcla de ellos.

 

Creo que son necesarias otras precisiones. La formación del escritor trasciende las salas de redacción. Si bien el periodismo le puede dar a un escritor una visión de la realidad, una manera de observar el mundo, distinta a la de aquel que se mantiene en las torres de marfil de su casa, él sabe que en la literatura se depende de sí mismo. En el periodismo —y es una de sus características—  se depende del otro. Así que en el reportero no tiene por qué haber lugar para las vanidades y la arrogancia. Ni para el exhibicionismo. Se debe al otro, debe conocerlo, entenderlo, respetarlo. El buen periodista sabe, además, que sus bártulos y herramientas están en la sociología, en la antropología, el cine, la historia, el humanismo.

 

El escritor por supuesto también se forma en múltiples disciplinas, sobre todo en aquellas que le ayudan a comprender al ser humano, su condición, sus desamparos y crisis existenciales. Y mientras la escritura periodística es el resultado de lo que se ve y de lo que narra la gente, en la literatura hay más una elaboración personal, individual, de mayor dedicación. El gran reportero que era el polaco Ryszard Kapuscinski sostenía que para ir hasta el fondo de las cosas no le servía ser solamente corresponsal de una agencia de noticias. Para él era imposible en un despacho de ochocientas palabras introducir toda la tragedia del hombre contemporáneo. Por eso, llevó una suerte de doble vida. La otra era la del escritor, la del periodista que registraba paisajes exteriores e interiores y llevaba diarios para después convertirlos en libros. Siempre intentó —y a fe que lo logró— unir el lenguaje rápido de la información con la “lengua reflexiva del cronista medieval”.

Resultado de imagen para salas de redaccion

Dicen que para el escritor el periodismo es un ejercicio de calentamiento (una calistenia) y por eso no puede quedarse calentando toda la vida. El periodismo, sobre todo aquel que se hace a diario y en las salas de redacción modernas, en las que casi todo se hace en ellas, poco se sale a la calle, puede castrar la creatividad y convertir al escritor en un hacedor de noticias sin mucho fondo. En los diarios de hoy en Colombia no hay lugar para los Luis Tejadas, que hacían notas para divertir a las muchachas inteligentes, ni tampoco espacio para los cronistas de postín como los hubo en otras calendas. Así que aquel periodismo narrativo, tan emparentado con la literatura, es hoy una curiosidad arqueológica. Asunto de dinosaurios.

 

Recuerdo que en los periódicos hasta hace unos diez o quince años se proponía no solo escribir bien, sino contar historias, no estar metidos en la sala de redacción ni haciendo notas a punta de teléfonos o de boletines de prensa. Se seguía de alguna manera la consigna de Joseph Pulitzer cuando mandaba a sus reporteros a buscar las noticias en la calle, a conocer los barrios y el centro de la ciudad. En esa situación de estar siempre afuera, de escuchar las conversaciones de café, de saber qué pasaba en un bus, de conocer el encanto de una tienda de esquina, en fin, se descubría en lo cotidiano lo extraordinario, lo diferente. Algunos maledicentes llegaban a acusarnos a los que de tal modo actuábamos de hacer periodismo “costumbrista” o “chocolatero”. Sin embargo, en aquellas notas vibraba el espíritu de una ciudad o de la gente que nunca aparecía en los periódicos y que de pronto se veía retratada en ellos.

 

Recuerdo que hace años escribí una serie de crónicas sobre El Bagre, un pueblo de alucinación y de pesadilla en el Bajo Cauca antioqueño. Se hablaba de la fiebre del oro, de las putas, en particular de una llamada La brasilera que era capaz de acostarse con todos los mineros en una noche, de los brujos de aquella población que podían desaparecer a cualquiera con solo pronunciar un conjuro (advierto que entonces no había por allí paramilitares), de casas de lenocinio fundadas por francesas, en fin. Y algunos lectores no daban crédito a lo narrado y creían que eran ficciones. Así lo manifestaban en cartas y llamadas telefónicas a la jefatura de redacción. Entonces, el jefe de redacción a partir de ahí a todo aquel que escribiera crónicas de esa naturaleza lo empezó a llamar “novelista”. Había en el calificativo un tono de burla pero también de mimetizado elogio. Recorriendo pueblos de Antioquia y barrios de Medellín pude confirmar las palabras de Hemingway: La realidad es más fantástica que cualquier ficción.

 

Me parece que en los periódicos de ahora, en los cuales sin duda hay muchachos interesados en la literatura y la historia, inclinados hacia una escritura elaborada y de mayor permanencia, digo que en esas publicaciones ya no hay espacios para los géneros narrativos. Se han convertido de acuerdo con los tiempos en sucedáneos de la hamburguesa y las comidas rápidas. Hay en el fondo un enorme irrespeto por los lectores, a los que además se les considera retrasados mentales. Ya el periódico, y estoy hablando del plano local, no es el gimnasio en el que un escritor puede prepararse para emprender fuera de las salas de redacción una propuesta literaria.

 

Estos medios aquí aludidos han sido permeados por el modelo económico que en los últimos años ha empobrecido más a los pobres. Están dedicados de lleno a la rentabilidad pero con un producto de pésima calidad. Le han dado paso a la denominada “cultura de consumo”, al mercado de lo intrascendente, pero que, según los gerentes y jefes de mercadeo, es lo que se vende, lo que da ganancias y aumenta la plusvalía. Y en ese sentido, las empresas de comunicación parecen tener como objetivo el empobrecimiento del lenguaje, su envilecimiento, y mantener en la oscuridad a los lectores.

 

Hace rato que en Colombia los periódicos exiliaron de sus páginas a la crónica y el reportaje. Los mandaron a dormir a los cuartos de san alejo. Se dirá que aquí todo tiempo pasado fue mejor. Por lo menos en el aspecto de los géneros narrativos en la prensa, sí. Podríamos remontarnos a finales del siglo XIX al  Papel Periódico Ilustrado de Alberto Urdaneta, pasando por casi toda la centuria del Veinte de los grandes cronistas en revistas y diarios y veremos que de múltiples maneras había una preocupación por la dimensión estética del periodismo y por contar bien las cosas y los acontecimientos.

 

Recordemos que además en las publicaciones de antes había espacios para la crítica literaria y musical, para el ensayo, para un periodismo más enriquecedor de los procesos de intercambio de ideas y debate. Ahora no, cuando precisamente hay más facilidades para el ejercicio periodístico por el avance de la tecnología. Hace unos meses, cuando se desarrolló en Medellín el certamen internacional de la lengua española, se realizó en la Universidad Pontificia Bolivariana un encuentro de editores de suplementos culturales. El tema en discusión tenía que ver con el ensayo. El del diario El Tiempo de Bogotá, sin sonrojarse, dijo que en ese periódico no se le daba cupo a tal género porque el ensayo estaba en crisis. En realidad, el que estaba en crisis era ese periódico y otros de estos entornos. Porque si observamos, por ejemplo, diarios como Página/12, Clarín, La Nación, los tres de Buenos Aires, todos dan cabida al género y no solo en sus muy bien editados suplementos sino en las páginas corrientes. Por supuesto, contratan escritores y otros especialistas para que los escriban.

 

Muchos escritores que en el mundo han sido han encontrado en el periodismo un refugio, una inspiración, un aprendizaje. Algunos lo han visto como una especie de estación; otros como una posibilidad para entrar en contacto con otros mundos. Todos para conocer un poco más al hombre. Creo que este tipo de encuentros como el de hoy sirven para abogar una vez más por un periodismo en el que prime la dignidad, el conocimiento del otro, la construcción de cultura. En las salas de redacción hay reporteros con un talento enorme para la literatura, para la novela, el ensayo y el cuento. Los viejos maestros recomendaban que hay que retirarse a tiempo de esas salas, porque puede pasar que en ellas en vez del nacimiento de un escritor se asista a su muerte. Lo cual también puede ser tema para alguna novela.

 

 

Septiembre 9 de 2007

(Ponencia presentada en la Fiesta del Libro y la Cultura, Jardín Botánico de Medellín)

 

Álvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez

 

 

 

 

 

 

Literatura y política: ¿incompatibilidad de caracteres?

(Un ensayo sobre la inteligencia, la creatividad y la mentira)

Por Reinaldo Spitaletta

Desde la epopeya sumeria de Gilgamés, pasando por la Ilíada, la Anábasis (o La retirada de los diez mil), el Satiricón, la Divina Comedia y el Quijote, por sólo citar algunos hitos, la política ha estado presente en la literatura, como una manera de leer e interpretar los mitos y las realidades, y de dar cuenta de la condición humana, que se ha expresado, también, en lo político, como bien lo atisbó Aristóteles. Uno pudiera decir, sin temor a fallar en el aserto, que son más los escritores que han desarrollado temas políticos en su literatura, que políticos que hayan sido grandes creadores literarios. Porque, si bien recordamos, el estratega Winston Churchill, en una jugada incomprensible de la Academia sueca (como también fue incomprensible que jamás hubieran premiado a Borges) recibió el Nobel de Literatura, más por sus libros de historia narrativa y biográfica, que por trabajos de poesía o ficción. Quizá hacer la guerra pudiera ser parte de una creación literaria.

La política y la literatura, que cuando se reúnen en un solo ser parecen incompatibles, han ido de la mano en tantas obras que uno pudiera aventurar alguna hipótesis, como la que ha habido escritores, enormes creadores, que se han vengado de sus enemigos políticos o de otra índole, escribiendo ficciones, poetizando la realidad, como puede ser el caso de Dante y su Comedia. En ese mismo sentido, se pudiera hablar de casos ejemplares como el del Arcipreste de Hita y su Libro de Buen Amor, Francisco de Quevedo, Jonathan Swift, Shakespeare y Víctor Hugo.

Quién que haya visitado las novelas de guerra no puede asegurar que en esas obras no hay una visión política del mundo, en la que además el lector puede comprobar el aserto de un antiguo tratadista del arte de la guerra, que observó que ésta —la guerra— es la continuación de la política por otros medios. Una de las novelas más impactantes del siglo XX ha sido Vida y destino, del periodista y escritor ruso Vasili Grossman, en la que pinta un enorme fresco sobre la segunda guerra mundial, y en la que, además de la política, que es el telón de fondo, se involucran las ciencias, la educación y la cultura. Es una muestra de dos sistemas, de dos visiones del mundo, que a veces se confunden. Así se muestra con todo el rigor la invasión alemana a la URSS, en especial a Stalingrado, al tiempo que se da en otro plano una muestra de lo que pasa en Alemania bajo el régimen de Hitler. O qué tal obras como Cristo se detuvo en Éboli, de Carlo Levi, o las muy venturosas y a la vez desventuradas obras de otro italiano, el sobreviviente de Auschwitz, el químico y escritor  Primo Levi. Sería largo el catálogo o el muestrario de lo que ha sido la literatura de guerra y en la que uno puede ver las diversas posiciones políticas, no sólo del escritor, sino, y principalmente, de los protagonistas y demás personajes de las mismas. A quién que ha sido lector de estas ficciones no le ha acontecido sumarse a las filas republicanas al leer Por quién doblan las campanas, de Hemingway, o ponerse del lado de Robert Jordan, María y el viejo Anselmo.

Cómo no decir, de otra parte, que hay una visión política del lado de los que han sufrido los desastres de la depresión económica del capitalismo, en novelas como Las uvas de la ira, de Steinbeck, o El camino del tabaco, de Caldwell;  y si nos ponemos a caminar por las calles polvorientas del condado de Yoknapatawapha  nos  encontraremos con una apreciación política, con la misma que William Faulkner lee e interpreta el sur de los Estados Unidos. La literatura también está hecha para dar cuenta y razón de los marginales, de los que padecen las opresiones del poder, de las víctimas de la economía, o de aquellos que se encuentran en medio de la guerra y no saben en un momento dado si convertirse en desertores o en héroes, como sería el drama que narra Stephen Crane en La roja insignia del valor.

La literatura, entonces, también se ha nutrido de la política, aunque a la mayoría de los políticos poco les ha interesado la literatura, como puede ser el caso de Colombia, con contadas excepciones, entre las que podrían señalarse unas pocas, como la de Jorge Isaacs, escritor, soldado, político y explorador, hasta la de José Eustasio Rivera, uno de los que inicia en el país la novela social, con denuncia incluida, sin perjuicio de la estética literaria. Hace algún tiempo, un escritor argentino, Mempo Giardinelli, autor de una maravillosa novela, que también tiene mucho de política, Santo oficio de la memoria, advertía que en su país, caracterizado por ser un país de lectores, ya nadie leía. “Ni los docentes, ni los gobernantes, ni los economistas, ni los sindicalistas, ni los empresarios”, y recordaba con el Talmud que solo se puede construir la paz a partir de la justicia. Y aquí en este punto huelga recordar una de las más grandes novelas de todos los tiempos y que, según algunos escritores, como el mismo García Márquez, es la novela más importante de la historia: Guerra y paz, de Tolstói.

Si la literatura, como afirma, por ejemplo, Vargas Llosa, es la verdad de las mentiras, la política sólo sería la utilización de la mentira con fines de poder. Si se separan las dos disciplinas, se verá que la literatura, que ha tratado temas eternos como la soledad, el desamor, la muerte, el desarraigo, en fin, siempre dará cuenta de la condición humana, incluida la condición política. En cambio, la política, se ha acostumbrado a mentir, a utilizar estratagemas, a violar la ética. Hace algún tiempo un candidato a la alcaldía de Medellín declaró que la ética era solo para los filósofos. Decía el gran Enrique Jardiel Poncela que el “que no se atreve a ser inteligente, se hace político”. Y a su vez, el dramaturgo irlandés George Bernard Shaw afirmaba que “A los políticos y a los pañales hay que cambiarlos seguido… y por las mismas razones”.

Cómo no decir, por otro lado, que en ese monumento de la literatura francesa, que Víctor Hugo comparaba con una suerte de Biblia moderna, Los Miserables, no se encuentre una concepción política y que sea todo un fresco de los tiempos y las guerras napoleónicos, la restauración monárquica, la justicia, la religión, la sociedad, la arquitectura, el urbanismo,  las luchas sociales, las barricadas, la presencia de los niños en la sociedad, y, claro, el amor. En ella, el escritor da cuenta de las profundas contradicciones de una sociedad que viene de hacer tal vez la revolución más importante en la historia política, para seguir siendo una sociedad de exclusiones y desafueros.

El tema de la relación literatura y política es tan vasto, como amplias son cada una de esas disciplinas por separado. Pero, me parece, que la literatura lleva ventajas a la otra, porque no está concebida ni hecha para manejar al hombre, volverlo autómata, o siervo, obrero, esclavo, partidario, militante, miembro de la grey, sino, al revés, convertirlo en ser pensante, reflexivo, deliberante, conocedor a fondo de lo que se ha llamado la condición humana. Leer es un acto de inteligencia y, en el caso de la literatura, también un acontecimiento de la imaginación. Y del conocimiento.

Volviendo al mapa de la Argentina, uno no deja de sorprenderse con novelistas como Roberto Arlt y Leopoldo Marechal. El primero da cuenta de ciertos sectores de la sociedad, que a veces lindan con lo lumpesco, pero siempre con una visión política de sus universos. Esto se puede notar en obras como El juguete rabioso, Los siete locos y Los lanzallamas. Al tiempo que Marechal, poco leído en los tiempos de Perón, mezcla en su Adán Buenosayres lo alto y lo bajo, lo culto y lo popular, el boxeo y el fútbol, lo cómico y lo serio, la utilización de la parodia y la polifonía. Y digo, además, que en ese país van a aparecer novelistas que le van a conceder importancia suma al tema político, porque, además, es una nación en la que lo político aparece hasta en la sopa. Hay dos casos, entre muchos, que sería interesante mencionar: uno, el del escritor Manuel Puig, que aprendió primero en el cine lo que serían las técnicas literarias que iba a usar en sus novelas: planos secuencia, primeros planos, pero, además, la utilización de espacios en blanco, silencios, los diálogos, que le otorgaron a su literatura el marbete de ser una de las más novedosas de América Latina. Otra de sus características es la inmersión en la cultura popular, sobre todo en la música, y una más, incluir lo político, como sucede, por ejemplo, en El beso de la mujer araña, una obra que conecta a un preso político de izquierda con un homosexual en una cárcel porteña. El casi perpetuo diálogo entre Valentín y Molina es una de las experimentaciones literarias más tremendas de la literatura latinoamericana y una muestra estética de la relación entre literatura y política.

Otros botones de muestra podrían ser dos libros de Tomás Eloy Martínez, como son Santa Evita y La novela de Perón. Los dos pueden ser considerados mezcla de historia, periodismo y literatura, con un trasfondo esencial: la política. En Santa Evita la ficción se torna realidad e historia, al tiempo que en la de Perón, se vuelve documento ficticio y memoria. Esta última obra tiene como fundamento —y antecedente— un extenso reportaje que el periodista y escritor le hizo al dirigente político (Las memorias del general) y que luego va a convertir en literatura. Estas pueden ser, también, expresiones interesantes y contundentes de la relación entre política y literatura.

La literatura, asimismo, ha generado la posibilidad de hacer visibles a los dictadores, en tanto los representa, los simboliza, los desmitifica y les da dimensión terrenal, con toda esa carga de humanidad, llena de despotismo y arrogancia, pero también de abundantes soledades. Sucede, por ejemplo, con Gaspar Rodríguez de Francia, el paraguayo que se volvió leyenda, pero que Roa Bastos aterriza en Yo el supremo, en la que no sólo el lenguaje se convierte en protagonista, sino también los métodos para hacer literatura histórica, la investigación, los archivos. Es una narración que asume los veintiséis años de dictadura del personaje, al que se le da una perspectiva relatada también por las víctimas de su régimen, y es una novela en la que se aprecian críticas al poder y a la represión.

Las novelas de dictadores son, en América Latina, una manifestación de que la literatura es clave para los procesos de toma de conciencia, de tener noción del territorio, de la historia, de la identidad. ¿Qué hemos sido, quiénes nos han expoliado y mantenido en una larga noche de horrores y oscuridades? Así florecerán obras como las de García Márquez, Vargas Llosa, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y Eduardo Zalamea, que tuvieron su arqueología o ancestros en las novelas sobre caudillos del siglo XIX.

La literatura en este continente ha sido la mejor expresión de lo político, de aquello que nos ha hecho tener un territorio, la búsqueda de una identidad, el proceso de construcción de una cultura. Los panfletos de Vargas Vila, las reflexiones de Fernando González, el gran tratado mítico sobre lo que es América Latina que García Márquez volvió universal, tantas obras, poemas, relatos, novelas, ensayos,  nos han proporcionado una manera de leernos, de ser distintos, de tener un lugar en la tierra. Incluso muchos escritores nos han proporcionado métodos de cómo no hacer caso a los políticos y más bien dedicarnos a leer a aquellos que nos siguen dando claves para entender el tremendo despelote  del trópico y también la manera de escapar del olvido y ubicarnos en las intrincadas tramas de la memoria. La literatura, a diferencia de la política, siempre ha sido la mejor forma de entender los infiernos (casi siempre creados por los políticos) y de elevar alguna escalera al utópico paraíso. Sin embargo, aquí, para que caiga el telón, habría que recordar a Mark Twain: “Al paraíso lo prefiero por el clima y al infierno, por la compañía”.

Putas de literatura

Por Reinaldo Spitaletta

Hay literatura de putas y putas de literatura. El oficio más viejo del mundo (eso dicen, y aunque no sea el más antiguo, sí es, sin duda, un oficio, y bien difícil de ejercer, según parece) se ha colado en diversas obras hasta plasmar caracterizaciones que, por su hondura y diseño, casi nadie olvida. La prostitución, que en sus principios fue sacrosanta, sagrada, en la antigüedad de la Astarté babilónica,  y hospitalaria en la Media Luna de las Tierras Fértiles, hasta derivar en las muchachas milesias, en las cultas hetairas (¡oh, Friné; oh, Aspasia!), en las delicias de las lobas o lupas romanas, y así, pasando por María de Magdala, o devolviéndonos hasta Rajab, prostituta amiga del bíblico Josué, las madamas han consentido el “perro mundo”.

La literatura les ha dado carácter y un puesto de alcurnia, como pudo ser el caso de Cervantes, cuando en su creación máxima, don Quijote de La Mancha, hace que el caballero de todos los ensueños vea a unas damiselas del partido como doncellas muy virtuosas.  Y desde la epopeya de Gilgamés, la más antigua de todas, hasta las que aparecen en las perversiones del marqués de Sade, las putas tienen ganado un lugar en la historia y en las ficciones.

Hace poco, en una publicación periódica en Facebook, vi un catálogo que hablaba de “las diez prostitutas más emblemáticas de la literatura”, en la que incluían a Delgadina, la pobre muchachita de la novela Memoria de mis putas tristes, de García Márquez, que, como se recordará, es una suerte de palimpsesto de La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata. Y el seleccionador, del que no aparecía nombre alguno, le dio por meter a Catalina, una putica de catorce años que aparece en la obra Sin tetas no hay paraíso.

También estaban Anne Copeau, de la novela Nana, de Emilio Zola, y Olga Arellano, La brasileña, que está en Pantaleón y las visitadoras, de Vargas Llosa. La chica que enloquece al muy cuadriculado y disciplinado Pantaleón Pantoja era peruana, pero había ejercido la prostitución en Manaos, y de ahí el apelativo. Y no podían faltar dos de Álvaro Mutis, que ya había creado una mujer sensacional, ninfómana y de armas tomar, como La Machiche, en La mansión de Araucaima: Larissa e Illona (de Illona llega con la lluvia).

Tampoco olvidó a una muy atractiva, flor de lujuria, creada por Alberto Moravia: Adriana, de la novela La romana, una meretriz que se enamora de varios de sus amantes, y que tiene un alto sentido de la dignidad y el orgullo. Incluyó a Louise, una prostituta diseñada por el francés Marcel Schwob en El libro de Monelle, y no descartó a Sayuri, protagonista de Memorias de una Geisha. Por lo demás, en el décimo lugar puso a Hester Prynne, de la novela La letra escarlata, del norteamericano Hawthorne, que en rigor no era una guaricha o cosa similar, sino una mujer adúltera.

Y como suele pasar,  ese tipo de listados siempre será limitado, y en el mismo quedan faltando. O a veces, como en este caso, sobrando. Porque el catalogador olvidó putas de obras maestras, como Margarita Gautier,  en La dama de las camelias, y a una que aparece como protagonista en una joya de la literatura, como la gordinflona Bola de Sebo, del inquieto Maupassant, un cuento ambientado en la guerra franco-prusiana de 1870. ¿Y qué tal Madame Hortense, la Bubulina, de Zorba el griego, o Alexis Zorba, en la obra de Nikos Kazantzakis?

Un gran creador de estas muchachas fue el bahiano Jorge Amado. Con Teresa Batista, la que se cansó de tantas guerras, bastaría. En la clasificación puede estar un personaje como Sonia, de Crimen y castigo,  y también Pilar Ternera, la macondiana prostituta de Cien años de soledad, y eso por no contar con una a la que su desalmada abuela prostituyó: la Cándida Eréndira. Y podrían caber las prostitutas de Juntacadáveres, de Onetti, y alguna creada por Cabrera Infante.

Tal vez (para completar el catálogo) haya que volver al Satiricón, detenernos unos días en la apestada Florencia del Decamerón, ir de peregrinos por los Cuentos de Canterbury, asomarnos a La celestina y habitar al final de la jornada una pensión del viejo sector de Guayaquil, en Medellín, para observar cómo una de las puticas del barrio fue vestida de virgen de La Dolorosa por un fotógrafo célebre y otra, con menos ropa, sirvió de modelo para que un cacharrero con buen tino de negociante creara un novenario con una imagen tremendista en la portada: la del Ánima Sola.

De diciembre, judíos y literatura

Por Reinaldo Spitaletta

Diciembre es asunto de cultura. Y, claro, de consumo. Decía una señora, mi vecina, muy perspicaz, que sería bueno recordarles a los cristianos que en estas calendas están celebrando el nacimiento de un judío. Y al mismo tiempo, otro vecino, que resultó ser más irónico, contestó que si no era cierto que a ese judío lo habían matado sus propios congéneres o correligionarios, y que los romanos no tenían ninguna culpa en el desenlace. Y así, entre risas y chascarrillos, la conversación fue derivando hacia lecturas, platos, gustos y las turbamultas en las zonas comerciales.

Diciembre, para los que habitamos en barrios, es la posibilidad de entrar en contacto entrañable con el vecindario. Todavía hay quien te mande el plato de natilla con buñuelos o el que te invite a pasar a su casa a degustar un café o un trago. Menos mal. Porque diciembre, pese a que hay quienes cantan Maldita Navidad, del compositor José Barros, o la Navidad de los pobres, de un grupo tropical llamado Los Éxitos, es un mes para volver a lecturas como las de Charles Dickens y el avaro almacenista Scrooge, o rememorar algún cuento de O. Henry, o de Truman Capote, o a Tomás Carrasquilla con El rifle en el frío bogotano, y así, que lecturas navideñas hay para dar y convidar.

A propósito de lecturas y judíos, con doña Rosa, otra de mis vecinas, tuve la ocasión de un palique de acera. Ella, tan devota de la literatura judía, decía que nadie escribe mejor que los de esa condición cultural y religiosa; incluso, en son de charla, me decía que me regalaba, como si yo fuera un amante de pesebres y novenas navideñas, a Joshua, Joseph y Miryam, y yo le contesté que me gustaban más los tres reyes magos, que ni eran reyes ni magos ni eran tres. Y así la charla transpuso la jocosidad para tornarse seria cuando le dije que había musulmanes y católicos y protestantes y ateos que escribían muy bien, que la buena escritura no era asunto de religión o de falta de ella.

“Ve, entonces espero que alguno supere el libro de Job”. Y aquí fue Troya, porque a ella, que tiene como su texto de cabecera al doloroso patriarca bíblico, que sin duda es protagonista de un libro imprescindible, le contesté que en el arte y la literatura no es cuestión de superar una obra a otra. Ni La Odisea, ni La Ilíada, ni la Comedia (llamada Divina), ni el Quijote, ni Madame Bovary, superan, por ejemplo, a En busca del tiempo perdido, ni este a los anteriores, que todos son clásicos, libros que nos siguen interrogando, inquietando, despertando. Mostrando caminos. Cien años de soledad no supera a Gargantúa y Pantagruel, ni estos libros (son cinco en uno), superan a el Satiricón.

Así que diciembre, con sus festones de esquina, nos permitió otra vez conversar en torno a que la idea de “progreso” no cabe en el arte. Que El Bosco y Picasso nada tienen que ver con que uno supere al otro. Los dos nos han hecho la vida diferente y ambos, con muchos otros (músicos, científicos, poetas…), nos reconcilian con el hombre, que las más de las veces no es solo lobo, sino una especie de leviatán, también un monstruo bíblico que representa con acierto y de modo azaroso la parte oscura de la humanidad.

Doña Rosa, que está bajo el inteligente influjo de Primo Levi, Bashevis Singer, Canetti, Joseph Roth (que igual tiene un perturbador Job), Bellow, Samuel Agnon, en fin, es lectora todo el año, pero en diciembre comienza a provocar con sus escritores judíos, extraordinarios, claro, como los hay fuera de serie entre negros y blancos, japoneses, budistas, indios de la India, cristianos y ateos. Que uno no puede dejar de leer, por decir algo, a Céline o a Hamsun porque fueran simpatizantes nazis. O a Shakespeare (doña Rosa le tiene altar en su casa) por sus deslices antisemitas en El mercader de Venecia y Otelo.

Diciembre, en efecto, es materia de cultura. Y de vulgar consumo. Pero es, todavía, lindo y afectuoso en el barrio, en el que habitan gentes como doña Rosa y una hermosa chica de reggaetón.

Me gustó escribir sin darme cuenta

(Evocación de una Scheerezada criolla y otras influencias)

Por Reinaldo Spitaletta*

Se ha dicho, no sin cierta dosis de nostalgia, que la infancia es la patria de los poetas, de los lustrabotas y de los trapecistas. Aunque, en rigor y en general, lo es del hombre. Mi deseo de escribir pudo ser un asunto inconsciente, como resultado de la educación sentimental, en particular de la casa, que, de acuerdo con los latinos, es la única patria del ser humano. Digo la casa (el lar, el hogar, en fin) porque mis más remotos recuerdos tienen que ver con una señora que contaba historias. Cuentos en el cuarto, la cocina, el comedor, de día y de noche, porque, a lo mejor, en su soledad, no tenía con quién hablar y solo le quedaba recitar poesías larguísimas, relatar episodios de arrieros, aparecidos, jinetes sin cabeza, narraciones europeas adaptadas a su modo a un lenguaje antioqueño y contar sus sueños. Cuando no contaba, entonces cantaba. Eran canciones infantiles, unas; de escuela, otras; algún tango de Gardel, bambucos, fragmentos de arias, pasillos ecuatorianos y otra gama de canciones, muchas de las cuales jamás volví a escuchar.

De noche, me refería historias, quizá con el ánimo de dormirme, pero mientras más contaba, más quería yo que continuara. Y entonces se cansaba y decidía irse a acostar. Me dejaba con ganas de más. Por la mañana, antes del desayuno, nos reunía a mí y los demás hermanos a contarnos sueños. Creo que muchos de ellos los inventaba sobre lo marcha. Pero le quedaban bien. Nos ponía en suspenso y nos hacía olvidar las ganas de desayuno. Me parece que era una táctica para alimentarnos con palabras, porque en muchas ocasiones era precaria la mesa. Después, a esa señora rubia y robusta, la reemplazó la profesora de primero de primaria, doña Rosa, que nos narraba cuentos de Perrault y de los Hermanos Grimm (según supe después), además del Tío Conejo, el Hojarasquín del monte y de piratas y filibusteros. Además, de todos los fabulistas que en el mundo habían sido. Era una mujer de dulce voz, que además cantaba muy bien. Un día, cuando ya en la escuela sabíamos de masturbaciones y jugábamos a los gladiadores y a la guerra en los recreos, hubo un profesor que nos habló del Manifiesto Comunista y la Doctrina Social Católica, una mezcla imposible, pero que nos hizo buscar nuevas historias. En quinto de primaria, don Álvaro Sánchez, nos hacía aprender poemas de memoria y nos leía escritos de Azorín. No recuerdo haber escrito una sola línea entonces.

El caso es que, cuando ya la adolescencia era una promesa, por lo del vello púbico y otras transformaciones corporales, un muchacho del barrio me prestó Las mil y una noches, en dos tomos gordos. No sé si era la traducción de Blasco Ibáñez. Me los devoré en poco tiempo, y descubrí que muchas historias que nos contaba la señora mona, que, claro, era mi mamá, habían sido extraídas de esos relatos. Y ahí supe que en casa habíamos tenido, sin enterarnos, una suerte de Scheerezada paisa.

Mi padre, que era un lector de interés, una vez apareció con un regalo: el Ivanhoe, de Walter Scott, con ilustraciones. Y entonces me interesé por torneos y cruzados. Además, él llevaba a casa libros de Vargas Vila. Y nos advertía: “Estos libros están prohibidos. Ustedes no pueden leerlos”, pero los dejaba en un escaparate sin llave, como una provocación. Ahí supe de Flor de Fango, el Ibis, Césares de la decadencia y Aura o las Violetas.

En algún curso de bachillerato, adapté la historia del Mío Cid, y en otro escribí una historia de brujas y la Inquisición. Y mientras leía el Quijote (que mamá nos hacía apagar la luz para que nos durmiéramos: “Dejá de leer que te volverás loco”, decía), también leía historias de Poe, el Barón de Munchausen, un gran mentiroso, y a Calderón de la Barca, pero me gustaba más leer poesía, así que pasaron sin saberse cómo ni por qué, García Lorca, Santos Chocano, Martí, Julio Flórez, Rubén Darío, selecciones de Poesía Voluptuosa (así se llamaba un libro) y luego el teatro completo de Chejov. Y entonces comencé a llenar cuadernos de tareas con poemas de amor y de soledad.

Y fue entonces, quizá a los dieciocho años, cuando comencé a leer a Marx, Engels, Bakunin y toda una variedad de literatura política, y escribía unos aterradores panfletos. No tenía idea qué era ser escritor ni me había propuesto serlo. Tanto que mis intereses estaban más por el lado de la música. Siendo un adolescente mayor, entré a estudiar al Conservatorio de la U. de A. El cuento es que descubrí, cuando ya estaba estudiando ingeniería, que lo que me gustaba como carrera era el periodismo Quería escribir sobre la vida de los obreros, las huelgas, la cotidianidad de una ciudad en la que había mucha agitación estudiantil. Y tomé la decisión de pasarme a Periodismo.

Quería escribir acerca de la denominada realidad de un modo literario. Leí entonces a los norteamericanos, escribía reportajes de mi cuenta, que nunca nadie publicó. Iba a los sindicatos a ayudarles a los trabajadores en la redacción de boletines, octavillas, manifiestos. Mis primeros cuentos tenían que ver con vidas de obreros. Ninguno de ellos (de los presuntos cuentos) sobrevivió, menos mal. Por esos días, ya había decidido que sería reportero de prensa escrita y comencé a devorar novelas, grandes reportajes, a estudiar las obras de John Reed y Hemingway. Después, autores del llamado Nuevo Periodismo, entre ellos Capote, Mailer y Talese. Tomaba nota de todo: de los libros, de las calles, de la vida urbana.

Al poco tiempo de haber entrado al periódico El Colombiano, pedí una sección en el suplemento literario para escribir semanalmente notas sobre ciudad, y ahí escribí crónicas, relatos, cuentos, ensayos, temas que después utilicé en otros escritos. Escribir en un periódico implica pensar en los lectores, de una manera que no choque al muy culto y no cause pavor en el que no es letrado. Por aquellos días, pensaba en una dimensión estética del periodismo.

El periodismo, como lo advirtió quizá Manuel Mejía Vallejo, es el servicio militar de la literatura, y como otros recomiendan, debe abandonarse a tiempo. Esto es un decir, porque, así uno esté escribiendo ficciones, no puede dejar de lado el virus de la reportería. El oficio que con una hipérbole, Albert Camus llamó como el más hermoso del mundo, es una escuela para la literatura, para las ficciones. De aquel he aprendido la disciplina para escribir otros asuntos, tal vez más íntimos, tal vez menos masivos, y que se constituyen en la creación de un territorio, un estilo, una manera de ser en la palabra escrita.

Hoy, a la par que puedo estar escribiendo una novela, tomo notas para otras composiciones, alimento un blog con pequeñas historias, o con ensayos sobre literatura, ciudad o crítica de libros. Y como he sido un lector desordenado, es decir, puedo leer fragmentos de una novela y más tarde un ensayo, y por la noche otro tipo de textos, que varían entre historia, literatura y periodismo, también en ocasiones escribo de esa manera. Avanzo en una creación de ficción, y luego hago apuntes para la escritura de un texto investigativo.

Y en este punto, quiero tocar la experiencia como profesor universitario. Me ha servido para continuar con el campo de las investigaciones sociales, en particular periodísticas. Me he acercado a través de ellas al mundo sombrío y doloroso de los desplazados por la violencia, al de los movimientos estudiantiles de los setenta, a la historia de la prostitución cuando Medellín era llamada la sucursal de Sodoma y Gomorra. Creo que un escritor no debe temerle a ninguna de las formas, de las estructuras, de los géneros. A veces, unas y otros se complementan. Bueno, también se rechazan.

Creo que a todos nos ha pasado, de otra parte, que tenemos escritores de cabecera, según la edad, los intereses, las disciplinas de cada uno. Así, por ejemplo, hubo tiempos en que uno devoraba todo Kafka, todo Poe, todo Faulkner, todo García Márquez, pero a su vez hubo otros momentos de leer autores del Boom latinoamericano, o grandes periodistas, o los llamados clásicos, que es un concepto con muchas interpretaciones. Digo que dentro de la formación de cada escritor, por lo menos en mi caso, el cine, la radio en ya lejanos días, la música, los viajes, el fútbol, caminar por una ciudad o pueblo, son claves para la creación, la especulación y una práctica que cada vez es menor: la conversación.

Me parece que me gustó escribir sin darme cuenta. Y todo, tal vez, porque en casa, hace muchos años, hubo una señora que nos contaba cuentos y sueños, y nos cantaba canciones, y todo para que el mundo fuera más ancho y con menos desasosiegos. Es posible que ella no supiera que, con esas costumbres, nos estuviera dando un látigo o una varita mágica. Qué vaina.

*Intervención en el Cuarto Encuentro de Profesores Escritores, convocado por la Universidad de Antioquia y su Vicerrectoría Académica, el 7 de mayo de 2014.

Nikolaos Chalavazis, Miguel Ángel Montoya, Reinaldo Spitaletta, Marta Elena Cifuentes, Ricardo Vargas y Óscar Castro, en el encuentro de escritores en la U. de A. Foto de Silvia Arroyave

Fútbol y literatura (con referencias a Pasolini y Borges)

Resultado de imagen para pasolini el goleador

Pasolini, poeta, director de cine y gambeteador.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Qué tiempos estos en que hablar de árboles (o de troncos) se puede constituir en un crimen. Pero no hay remedio. Voy a hablar de fútbol y literatura. El mejor fútbol, ese que aún no está contaminado por las mafias y las transnacionales, es aquel que se juega (¿se juega todavía?) en los potreros, en el barrio, en las mangas donde la imaginación es todavía la reina, o la loca de la casa. Como en El sueño del pibe, un tango futbolero.

 

Es en esos territorios del asombro que suda donde aún se practica “la lealtad humana al aire libre” -la frase es de Gramsci-, y donde la fraternidad y la solidaridad aún no han sido feriadas. La literatura tiene temas eternos: la soledad, las incertidumbres ante el mundo, la muerte, el amor, la guerra… Es el canto (alegre, elegíaco, misterioso, compungido…) a la condición humana. A sus debilidades y miserias.

 

El fútbol, siendo como es una especie de religión universal (o de estupefaciente, dicen otros), todavía no alcanza a dar obras maestras en novela. Uno pudiera decir que en algunas, como Megafón o la guerra, de Leopoldo Marechal, hay escenas futboleras, un estadio donde juegan el superclásico argentino Boca-River. No es, sin embargo, una novela de fútbol. Aunque el colombiano Andrés Salcedo escribió una: El día en que el fútbol murió.

 

En cuento, en cambio, sí hay verdaderas joyas, dignas de estar en cualquier antología del género. No voy a hacer un inútil catálogo de supermercado. Se me ocurre mencionar tal vez al mejor narrador en estas lides. Osvaldo Soriano, cuya más lograda novela -para mi gusto- no es de fútbol sino de boxeo (Cuarteles de invierno), nos dejó una muestra preciosa de su arte como escritor de cuentos de fútbol.

 

Quién que es amante del fútbol no se estremece, por ejemplo, con la lectura de El penal más largo del mundo, o con ese humor letal de Gallardo Pérez, referí, y con Maradona sí, Galtieri no, un cuento ambientado en Las Malvinas en momentos en que el astro está marcando dos goles históricos, el de la mano de Dios y el mejor hasta hoy en los mundiales, precisamente contra Inglaterra.

 

Ese gol, que causó conmoción planetaria, hubiera dejado sin aliento al gran Pier Paolo Pasolini, que muchos años antes, cuando declaró que “el goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año”, escribió que el sueño de cada jugador es partir de la mitad del campo, gambetearlos a todos y marcar el gol. Pero esa cosa sublime nunca sucede. Es un sueño. Lástima que el escritor, poeta y cineasta italiano no haya visto tal obra maestra de la estrella argentina. Su asesinato en 1975 se lo impidió.

 Resultado de imagen para futbol a sol y sombra

En el libro El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano, quizá el mejor escrito que allí aparece -qué pena con el maestro uruguayo- es el de Soriano, titulado Gol de Di Filippo, una reconstrucción de un golazo del delantero del San Lorenzo, en un supermercado donde antes quedó el estadio del equipo de Almagro.

 

En Colombia, donde con certeza se han escrito muchos cuentos de fútbol, hay uno muy conmovedor en Los cuentos de Juana, de Álvaro Cepeda Samudio, pero el de mayor factura literaria, creo, es el titulado Gol olímpico, de Óscar Castro, que narra un partido de calle en el barrio Manchester, de Bello.

 

Durante mucho tiempo, el fútbol no fue asunto de intelectuales. Se había decretado, sin razón, una especie de dicotomía barbarie-civilización, en la cual, desde luego, el fútbol estaba en la primera categoría. Ya de él, de ese deporte de multitudes, habían denostado, entre otros, Rudyard Kipling. Y más tarde, el admirado Borges había producido, con su distinguido humor negro, una tempestad en Buenos Aires. Para él era una de las “maneras del tedio”, una cosa insulsa de ingleses, un juego sin estética. Una estupidez. Sus artes provocadoras lo llevaron a programar su conferencia La inmortalidad el día y la hora que Argentina jugó su primer partido del Mundial de 1978. En los Cuentos de Bustos Domeq, que Borges escribió con su amigo Bioy Casares, hay uno en el que el fútbol tiene presencia. Se llama Esse est percipi (“ser es ser percibido”).

 

Bueno, en asuntos de escritura futbolística les ha ido mejor a los poetas. Miguel Hernández con su Elegía al guardameta, en honor a Lolo, aquel portero trágico de Orihuela que se mató al golpearse contra un vertical. Y Rafael Alberti con su sentida oda al arquero húngaro Franz Platko, del Barcelona.

 

Pero el más bello poema a un futbolista lo escribió Vinicius de Moraes, nada menos que a Manuel Dos Santos, Garrincha: El ángel de las piernas tuertas. Claro que no le fue mal a Horacio Ferrer, poeta uruguayo, autor de célebres letras de tango (Balada para un loco, Chiquilín de Bachín, etc.) con su muy histriónica Balada para Pelé, el fenomenal negro que era “medio Marçeau, medio Chaplin”.

 

Horacio Quiroga, también uruguayo, maestro del cuento en América y una de las vidas más trágicas de la literatura, escribió Suicidio en la cancha, basado en el caso real de un futbolista del Nacional de Montevideo que una noche se mató de un tiro en la mitad del campo de juego.

 

Y aunque Albert Camus no escribió relatos sobre este deporte, así haya reminiscencias en La Caída y La Peste, dejó una bella página, Lo que le debo al fútbol, en la que dice, entre tantas cosas, que lo que más sabía acerca de moral y de las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol. Eran tiempos en que ese deporte no estaba atravesado por los intereses monetarios de corporaciones y otros capos.

 

“La inteligencia en movimiento”, que decía André Maurois para referirse al fútbol, ha inspirado a escritores como Cela, Verdú, Sábato, Roa Bastos, Juan Villoro, Benedetti, y al sufrido hincha de Rosario Central, el gran Fontanarrosa, entre otros. El fútbol sigue causando locura en el orbe y dejando ganancias a granel a los verdaderos dueños del balón. Pero este es otro cuento, no tan imaginativo.

 

 Garrincha, el ángel de las piernas torcidas.