Misterio de una gota de agua

(Una crónica con vals, Cortázar y entejados después de la lluvia)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

En un cuento de Dino Buzzati, una gota de agua sube por los peldaños de una escalera, en noches de desazón. Vence la ley de la gravedad, a diferencia de otras gotas, de todas las gotas que caen perpendiculares o ruedan por vidrieras y paredes. Es Una gota una especie de relato de horror, muy bien dosificado. A mí, desde hace años, me persiguen las gotas de agua: las que caen de aleros sin haber lluvia; las que escapan de los desagües de los entejados; las que brotan de un matero de balcón…

 

Una vieja memoria me pone en las aceras del barrio Manchester rumbo a la escuela. Sin lluvia. Más bien, con un sol matinal que acaricia las calles. Y ¡zas!, la gotita sobre mi recién peinado cabello con fijador. O, en otras ocasiones, sobre la nariz. Y, también pasó (gota impertinente), en un ojo. Todavía no usaba gafas, pero, de un modo inexplicable, me ha sucedido tantas veces, que no falta, en un día veraniego, la gota atrevida que hoy empañe una de mis lentes.

 

Si las del escritor italiano suben, las que a mí me asedian, bajan. Como si se tratara de una conjura, alguna suerte de embrujamiento, una chanza de la naturaleza. Después de haber llovido, al mucho rato de haber escampado, si salgo a caminar, no falta la gota sobre mi antebrazo, en el cuello, en la manga de la camisa. Y, claro, la que se burla de mi miopía cuando salta a los anteojos, como si fuera una súbita catarata.

 

A veces imagino que se trata de la repetición de una tortura china, de la que, quizá, en otras existencias, como dicen los “reencarnadores”, fui una víctima. Se sabe de este método infernal, lento, preciso para enloquecer, que los antiguos chinos utilizaban para cobrar una venganza o infligir un castigo a sus enemigos. Una gota que cae, sin afanes, sobre la frente, puede causar una conmoción interior. Y, si se quiere, hasta perforar el cráneo. Si es capaz de horadar piedras, por qué no una cabeza humana.

 

Esa manera del martirio, una gota por ejemplo cada cinco segundos sobre la frente, debe ser uno de los más desoladores modos del sadismo inventados por el hombre. Un tipo amarrado, sin poder esquivar esa pequeñez que se le viene encima y que cada vez puede verse como un ariete, o un punzón, o quizá como un arpón, puede enloquecer al poco tiempo de estar padeciendo esa repetición. Y cuando la sed lo ataque, ya el sufrimiento será de espanto.

 

Digo, entonces, que esa persecución de las gotas de agua pueden ser la reanudación de una antigua condena de la que, tal vez, pude escapar indemne quién sabe por qué avatares, o porque, es probable, que estuviera escrito en el libro del destino que así fuera, para que algún día pudiera escribir sobre lo que puede parecer una insignificancia: una gota de agua.

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Una gota de agua tiene, quién lo duda, un encanto especial. Si está en una rosa o en otra flor, a punto de lanzarse al vacío, es una presencia inquietante y plena de belleza. O la que rueda por el ventanal, “mientras pega la llovizna en el cristal”, como suena en un tango. O aquella que se cuelga de un alambre de energía y después se precipita al vacío, como un trapecista suicida. Sí, tienen su gracia. Pero la que cae intempestiva sobre mí cuando trasiego por la acera, es una expresión del malestar.

 

Cortázar tiene un breve poema en prosa, Aplastamiento de las gotas, (está en Historias de Cronopios y de Famas) en el que hay gotas que se aferran a una superficie para no caer, se agarran con las uñas y las ganas para no precipitarse contra el mármol. Puede ser que las que me persiguen, están así, como si estuvieran en un esfuerzo último por no estrellarse contra el piso y, apenas me ven pasar, se descuelgan. Porque, si bien se desintegran con el golpe, les queda la satisfacción de que causaron una inolvidable molestia en un ojo o en la coronilla.

 

Hay un vals de exquisito preciosismo, con letra de Homero Manzi y música de Félix Lipesker, llamado Gota de lluvia, que en un verso canta: “En la gota de lluvia que recogió una flor”. Es otra la circunstancia. Las que a mí me atacan con su sutileza molesta y burlona, son otro cuento. Tienen mala intención. Parecen haberse puesto de acuerdo para un ataque, pero no colectivo sino de a una. Y, sobre todo, con el ingrediente de lo inesperado.

 

Se dirá que una gota que asciende una escalera es una especie de absurdo aterrador, y que nada comparable con un goteo de un lavamanos en las noches o de una canilla de poceta. O con la gotera que la lluvia abrió en el entejado y que cae sobre una palangana de emergencia o en un balde en la oscuridad nocturna.

 

La gota que me ataca puede ser gorda, o flaca, o tal vez alargada, quizá esférica, quién sabe. Pero se avienta con saña y, seguro, luciendo una sonrisita burlona.

 

¡Ah!, en el cuento de Buzzati, la gota solo sube por las noches, circunstancia que aviva los temores y desata la especulación aprensiva. Desaparece en el día. Las que a mí me asedian con sevicia y a mansalva no tienen reloj. Pueden, sin horario ni calendario, desprenderse de un árbol, de un transformador de energía y, por qué no, de alguna estrella fugaz.

 

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Paraguas para una lluvia de recuerdos

(Crónica con pinturas impresionistas y musicales cinematográficos)

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Los paraguas no se hicieron para los infantes. La lluvia, con sus músicas de entejado y charcos urbanos, era una fiesta para la muchachada. Era la posibilidad de dejar escurrir el agua por la camisa, que se colara en los tenis, que creara torbellinos en las alcantarillas y abriera las esclusas de un tiempo propicio para los barquitos de papel. Así que nada de paraguas, vistos por los ojos infantiles como protectores de “cuchos” y, más que todo, de señoras de edad.

 

Tal vez la primera fascinación que me produjo este artefacto fue en Mary Poppins, un filme con Julie Andrews, en el que la mágica niñera londinense desciende de los cielos con un paraguas a manera de paracaídas. Sobra decir que muchas veces, en la cuadra, los muchachos sacábamos los paraguas de familia para intentar la hazaña de la película. Más de uno terminó desbarajustado en el piso.

 

En otro musical, Cantando bajo la lluvia, los paraguas son parte de la utilería y el deslumbramiento. La más célebre imagen es la de Gene Kelly, agarrado a una lámpara callejera, con el paraguas cerrado en la otra mano, mientras la lluvia  arrecia y él (o el personaje que representa) canta como si asistiera a la inauguración del mundo.

 

El paraguas es como una casa (o, tal vez, un kiosco) ambulante. Un tejado con mango, contera y varillas radiales, con un mecanismo elemental, que da la impresión, a veces, de carpa de circo en miniatura. En un tiempo, los de colores solo estaban destinados a mujeres; los negros eran para los hombres. Los de palo largo, elegantes, servían, cerrados, como bastón. Y aun como arma contundente en caso de emergencia.

 

Los paraguas, en días grises, lluviosos, modifican el paisaje urbano. Las aceras y calles se atiborran de ellos. Hoy, cuando forman una miscelánea de todos los colores, estampados, saraviados, de publicidad, institucionales, en fin, los días invernales están poblados de este objeto móvil, de fácil transporte, pero que, si no se maneja con cuidado, puede sacarle un ojo a cualquier descuidado transeúnte. Ya hay manuales de comportamiento con los paraguas.

 

En el arte pictórico, hay cuadros con paraguas, como el de Augusto Renoir, el “único pintor que no ha pintado un cuadro triste”. Su obra Los paraguas (todos oscuros) muestra, en primer plano, a una señora, canasta en el brazo, traje negro, que no carga ninguno para protegerse de la lluvia (ah, valga decir que las sombrillas, quitasoles o parasoles, son diferentes, aunque un paraguas puede hacer las veces de tales).

 

Los paraguas, y no solo en pintores impresionistas, han inspirado lienzos y otros soportes artísticos. Son célebres, por ejemplo, los pintados por René Magritte y Salvador Dalí.

 

Como muchos otros instrumentos, artefactos y buhonerías, el paraguas es un invento chino. Puede corresponder su nacimiento al siglo XI antes de nuestra era. La leyenda atribuye a Lu Mei, un joven chino, la construcción de un bastón del que pendían treinta y dos varillas de bambú cubiertas de tela. De allá, pasó a Egipto y Grecia, y es, como digamos los cubiertos, ciertas herramientas, en fin, cosas que no cambian mucho en la historia. El “progreso” no las afecta. Claro, hay paraguas automáticos y eléctricos, que pueden tener alta significación en el concierto tecnológico, pero carecen del encanto original de los paraguas manuales.

 

Hoy, cuando las cacharrerías, bazares y los vendedores ambulantes ofrecen abundantes mercancías desechables, casi todos los paraguas de “combate” son chinos. Pueden durar uno o dos aguaceros. Y listo. Se compra, se usa y se bota.

 

Por estos lares, en el que a veces, o casi siempre, los pronósticos sobre el estado del tiempo no son acertados, la gente dice que si, por ejemplo, el instituto meteorológico anuncia día soleado, lo mejor es llevar paraguas. Albergar paraguas en bolsos y carteras no solo es una medida preventiva, sino, más bien, un conjuro contra la lluvia. Se torna objeto agorero, en una suerte de amuleto para contrarrestarla. “Cada que dejo el paraguas en casa, llueve”, se suele decir.

 

Recuerdo que papá, quien jamás tuvo un paraguas (tenía gabanes, capotes, abrigos impermeables) cuando veía nubes negras comenzaba a mover las manos, como una especie de sacerdote o mago, para alejarlas. A veces, quién lo creyera, le funcionaba el exorcismo. En cambio, mi tía Betsabé, experta en oraciones mágicas y otras invocaciones, le impetraba a San Elías que alejara la lluvia mientras ella iba a hacer diligencias al centro de Medellín. Esa labor, entre los viejos habitantes de la villa, se la cargaban a San Isidro (“San Isidro labrador quita el agua y pone el sol”).

 

Una bella milonga de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer, Los paraguas de Buenos Aires, (la interpretación es de Amelita Baltar), dice en una de sus estrofas: “Y desandamos tantas lluvias, tantas, / que el agua está recién nacida, ¡vamos!, / que está lloviendo para arriba, llueve, / y con los dos nuestro paraguas sube”.

 

Y así, “desandando lluvias”, vamos con paraguas en el recuerdo de viejos aguaceros, aquellos de la infancia, bajo los cuales corríamos estallando charcos y poniendo la cara a las cataratas que se despeñaban de los aleros. No requeríamos paraguas. El cielo bajaba hasta nosotros, o nosotros subíamos hasta él. No sé quién diseñó una lluvia de paraguas, que descendían a modo de paracaídas fantásticos de un cielo sin bombarderos ni contaminaciones.

 

El paraguas tiene un misterio hasta ahora no develado: parece que cada dueño de este artilugio carece de sentido de pertenencia. Es de las prendas que más fácil se olvidan, se dejan en cualquier parte, sin importar si sus redondeadas alas están cerradas o abiertas.

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Los paraguas, pintura de Augusto Renoir

 

 

Lluvia de domingo por la mañana

Por Reinaldo Spitaletta

Domingo por la mañana. La lluvia comienza, leve en su caída sobre árboles y asfalto. Escucho en la carrera San Martín, por donde ahora pasan ciclistas y algunos caminantes, las gotas contra algunos entejados. Suena bien y me persuade de que no me quede en la contemplación, que camine y sienta el goteo sobre la gorra roja con un escudito del DIM que me toca la cabeza. Me empieza a gustar el olor de la calle mojada. Camino ahora por la calle Urabá, paso la clínica El Rosario y me enrumbo al parque de La Ladera. La manga está muy mojada, y mis tenis se hunden en ella. Hay señales de tierra amarilla, que manchan la hierba. Huele bien la lluvia en la tierra.

Hay poca gente en La Ladera. La lluvia parecer tener pocos amigos un domingo por la mañana. El parque, en rigor, tiene escasos árboles; unos apenas están en pañales. Cuando crezcan le irán cambiando la cara, que ahora es más manga que frondosidades. En este parque hubo una cárcel, creada en 1918 y derribada en 1976. De su construcción, solo quedan algunos arcos y un muro antiguo, cercenado. Quizá es una huella para que la memoria no se agote del todo. Ah, hoy, donde había celdas y patios con presos, hay una biblioteca con nombre de poeta: León de Greiff, el de la taheña barba. No hay voces de niños. Ni de adultos. La lluvia parece haber disuadido a los visitantes. Camino hacia una calle y me enruto por unos jardines recién construidos, con pencas, barandas de guadua, guardaparques. La lluvia refresca el ambiente.

Me encamino hacia el barrio Boston. La lluvia continúa. A veces, un poco menos. A veces, aumentando. Mis lentes están con gotitas. Veo todo como si se tratara de una pintura puntillista. Los limpio con la franela. No ganan en desempañamiento, pero veo un poco mejor. Me detengo debajo de un casco’evaca y sus hojas dejan caer gotas gordas. Voy llegando al antiguo colegio de San José de la Salle. En una acera, un hombre en pantaloneta naranjada y camiseta blanca, echa agua con una manguera. “Eso mismo es lo que está haciendo la lluvia”, me digo.

Cuando estoy cerca a la portería de lo que antes fue el San José, veo a un carretillero. Su camisa roja está empapada. Sus frutos, también. Anuncia con voz mojada bananos y mangos y aguacates y granadillas. Nadie sale a las ventanas. Doy la vuelta, y cuando pasó por donde el hombre que lavaba la acera, lo encuentro en la puerta de su garaje con una taza y una cuchara en las manos, mastica con placer, al tiempo que observa la calle húmeda. De la iglesia de San Policarpo brotan campanazos. Más abajo, por la calle Caracas, hay en una esquina tres muchachos que, junto a un teléfono público, toman cervezas. Parecen ebrios. Paso al frente de la Escuela Caracas, la que diseñó el arquitecto francés Charles Carré. Ahora estoy cerca del parque de Boston. La lluvia ha disminuido. Siento olores a pan fresco y a árboles lloviznados. En el cielo, ya hay retazos de cielo azul. Recuerdo una vieja crónica de Azorín, llamada La tempestad, que nos hizo leer el profesor de español de quinto de primaria. En la iglesia del Sufragio, los feligreses se disponen para la misa.

Ahora, estoy, de nuevo, en predios del barrio Prado. Sobre una acera, hay un cementerio de flores moradas, sus pétalos muertos la tapizan. Paso sobre ellos y creo estar pisando una alfombra. Seguro, muchos de estos cadáveres se aferraron a la suela de mis tenis. La lluvia se ha esfumado. El domingo avanza sobre la carrera San Martín, en la que hay conos y cintas anaranjados, algunos tapan las bocacalles. La ciclovía no tiene todavía muchos usuarios. Digo que la lluvia no goza de muchos amigos un domingo por la mañana. De un falso laurel sale volando un pájaro azulado. Miro el reloj y he cumplido cuarenta minutos de caminada. Paso junto a un guayacán sin flores y no sé por qué evoco una imagen de infancia: mamá lleva en las manos unas rosas amarillas. Estoy de nuevo en el punto de partida. Tras la lluvia, llamo a mi puerta.