César Vallejo no escampa todavía

(Para recordar al poeta de la desesperación y de la luz)

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Por Reinaldo Spitaletta
Hoy tengo ganas de vallejar; de hundirme en las palabras del poeta del desgarramiento interior, del hombre que asumió —en beneficio de la poesía— la cultura del sufrimiento. Siempre me ha parecido que alguien que escribe debe poseer (¿padecer?) soledades, una especial dosis de angustia, alguna melancolía. Debe tener lluvias en sus adentros. Tempestades. Y, en contraste, fuegos. Que le quemen las entrañas. Que lo obliguen a decir. A granizar palabras. Hielo y llama arden. Bien lo decían los guaraníes: “las estrellas son fuegos helados”.

César Vallejo, el que nació “un día en que Dios estuvo enfermo” (16 de marzo de 1892), en Santiago de Chuco, sierra peruana, es un poeta múltiple: de la desesperación y el sosiego; de la luz y la ausencia de sol; del ser y la nada. Del despojo. Origen modesto el suyo, sin abundancias. Con ancestros indígenas y sacerdotales. El menor de una familia de once hijos. ¿Tienen estos datos alguna importancia? No sé. Era indeciso en sus gustos académicos: le gustaba la medicina, pero se licenció en Letras con una tesis sobre el romanticismo en la poesía castellana. Empezó Derecho y terminó como maestro de escuela. Tal vez los poetas son así: frágiles en sus determinaciones.

Es fama que si Vallejo solo hubiera publicado su primer libro (Los heraldos negros), este le habría bastado para ganar la esquiva inmortalidad. En él, ya su voz es cascada, música. Modernidad. Y, sobre todo, ya es dueño de esa precisión enconada, que él siempre buscó, obstinado.

Son las ocho de una mañana en crema brujo…
Hay frío… Un perro pasa royendo el hueso de otro
perro que fue… Y empieza a llorar en mis nervios
un fósforo que en cápsulas de silencio apagué!

Hoy tengo ganas de cesarvallejar. De decir algo (así sea lo mismo) sobre ese enorme poeta de América, a veces tan extraño, siempre tan humano. Tan lleno de simas y altitudes. Hondo y elevado. Decir, por ejemplo, que colaboró en la revista Nuestra Época, de Carlos Mariátegui, marxista peruano, no es nada nuevo. Escribir, digamos, que fue encarcelado durante ciento doce días, acusado de robo e incendio en una revuelta popular en Trujillo, podría servir para una tarea escolar. Recordar que murió en la miseria sería insistir sobre lo mismo cuando, además, ese es el destino de casi todos los poetas, ¿o no?

Podría, interpretando el vano papel de erudito, citar los versos de Gerardo Diego sobre Vallejo. Aquí están: “Naciste en un cementerio de palabras / una noche en que los esqueletos de todos los verbos intransitivos / proclamaban la huelga del te quiero para siempre siempre…”. Podría, también, con inutilidad, traer las palabras de algún crítico, cuyo nombre no puedo recordar, pero que, alguna vez, anoté en un cuaderno de tareas: “No hay en toda América una voz lírica como la de Vallejo, henchida de ese sufrimiento humano, de esa pasión amarga, de esa hondura telúrica y metafísica que es el trasfondo del ser americano”. Quizá nada de lo anterior me sirva para conjugar el verbo vallejar.

La voz de Vallejo, arcana, esencial, sigue perteneciendo al futuro. Tiempo póstumo el suyo. Destinado por los dioses a perdurar. Viaja a lo venidero. A esa situación descomún la llaman inmortalidad. La voz del poeta comenzó a resonar tras la posguerra, cuando ya él había muerto “en París con aguacero”. Y sucede, para regocijo de los espíritus, que cada vez se está oyendo en todas partes. Desacralizándolo un poco, uno puede leerlo en el bus, en una acera, tendido en la gramilla con la cara al cielo, en una esquina. En la cama.

Hoy quiero vallejar. Tal vez porque “hay ganas de… no tener ganas, Señor”, o porque se cumple algún aniversario vallejuno, o porque simplemente me da la gana, señor poeta. ¿Y por qué no hablar de aquel hombre cuyo lenguaje, como alguien inteligentemente expresó, siempre es naciente como niños en vientre de plazo cumplido?

Hoy, por ejemplo, quiero hablar un poco de Trilce, el libro más revolucionario del poeta, en el cual rebasó a todas las vanguardias. Escrito casi todo cuando Vallejo se hospedaba obligatoriamente en la cárcel. Trilce (palabra que no significa nada, es puro sonido, música) renovó, en 1922, la forma de decir poesía. En rigor, no estoy diciendo nada distinto —ni distante— a lo antes anunciado por otros. Roberto Fernández Retamar señaló alguna vez que esa creación “es sin la menor duda el libro mayor de la vanguardia poética en nuestro idioma”.

Vallejo bautizó así su alucinador libro porque, según dijo, no encontró en el idioma ninguna palabra “con dignidad de título”, entonces tuvo que inventarla. Y en Trilce hay, si así puede denominarse, una serie de invenciones verbales necesarias. Solo de tal modo el poeta podía expresar con exactitud su pensamiento, sus sentires. Hay, para ilustración, versos de este tenor: “El establo está divinamente meado / y excrementido por la vaca inocente”. “Ese hombre mostachoso…” “Y a la ternurosa avestruz”. “Gallos cancionan escarbando en vano”.

Asimismo, en Trilce (ninguno de sus setenta y siete poemas está titulado, solo nomenclados con números romanos), uno encuentra combinaciones de maravilla, insólitas metáforas, sugestivas oposiciones. Y todo sin excesos verbales. “Estoy cribando mis cariños más puros / estoy ejeando ¿no oyes jadear la sonda?”. “Amanece lloviendo. Bien peinada / la mañana chorrea el pelo fino”. A Vallejo, en una búsqueda intensa, se le ocurre decir, por ejemplo, “el grillo del tedio”, “pegando grittttos”, “ciliado archipiélago, te desilas a fondo”.

En Trilce también sorprende la obsesión del poeta por la precisa adjetivación, por desechar lo que no es imprescindible. La lucha contra el ripio. Sobre tal particularidad, Vallejo dijo, en 1931, en una entrevista en el periódico Heraldo de Madrid, que “la precisión me interesa hasta la obsesión. Si usted me preguntara cuál es mi mayor aspiración en estos momentos, no podría decirle más que esto: la eliminación de toda palabra de existencia accesoria, la expresión pura, que hoy mejor que nunca habría que buscarla en los sustantivos y en los verbos… ¡ya que no se puede renunciar a las palabras!”.

En el comienzo del poema VII (podría ser también en cualquier otro), se nota, con creces, la milimetría de las palabras. La suficiencia de las mismas:

Rumbé sin novedad por la veteada calle
que yo me sé. Todo sin novedad,
de veras. Y fondeé hacia cosas así,
y fui pasado.
Con Trilce, Vallejo superó a los llamados vanguardistas de entonces, que utilizaban en sus creaciones elementos (palabras) de los avances tecnológicos, pero, en síntesis, sin decir nada. En 1926, el peruano sentó su posición sobre lo que él creía debía ser la poesía de vanguardia: “Poesía nueva ha dado en llamarse a los versos cuyo léxico está formado de las palabras cinema, motor, caballo de fuerza, avión, radio, jazzband, telegrafía sin hilos, y, en general, de todas las voces de las ciencias e industrias contemporáneas… Pero no hay que olvidarse que esto no es poesía nueva ni antigua, ni nada. Los materiales artísticos que ofrece la vida moderna, han de ser asimilados por el espíritu y convertidos en sensibilidad. El telégrafo sin hilos, por ejemplo, está destinado más que a hacernos decir telégrafo sin hilos, a despertar nuevos temples nerviosos, profundas perspicacias sentimentales, ampliando vivencias y comprensiones y densificando el amor…”.

En esa explosión de palabras, con fondos sinfónicos, llamada Trilce a Vallejo le preocupan (como en sus demás libros) el tiempo y la infancia y la cárcel y la melancolía, pero la forma de decirlos es, fuera de revolucionaria, más honda, según me parece. Por ejemplo, “Canta el verano y en aquellas paredes / endulzadas de marzo, / lloriquea, gusanea la arácnida acuarela / de la melancolía”.

Por otra parte, asombra en Vallejo su capacidad profética. Su querer morir, según lo vaticina en su “poema humano” Piedra negra sobre una piedra blanca, un jueves de aguacero en París, la ciudad de la cual una vez lo habían expulsado por asuntos políticos. “Jueves será, porque hoy, jueves, que proso / estos versos, los húmeros me he puesto / a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, / con todo mi camino, a verme solo”.

La agonía del poeta comenzó, en efecto, un jueves de lluviosa melancolía, en París. César Vallejo murió el 15 de abril de 1938. ¿Hasta dónde me alcanzará esta lluvia?, se preguntaba el universal peruano en el último poema de Trilce. La lluvia vallejiana, como su poesía, es perpetua. Dejemos que nos moje a todos.

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Los golpes de César Vallejo

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Los pueblos existen gracias a los poetas. Ellos son sus inventores, dadores de identidad. Ellos, tan audaces, se parecen a los dioses, sobre todo a aquellos que carecen de prepotencia. Creo que, por ejemplo, Antioquia existe gracias a Tomás Carrasquilla. Sin él, sin su literatura, que nos desnudó y nos mostró con vicios y virtudes (más los primeros que los últimos), no existiríamos.

 

Antes de que América Latina comenzara a tener noción de sí misma, cuando todavía no rompía con la mentalidad colonial española y caía con estrépito en la colonización de nuevo cuño de los Estados Unidos, un poeta nos puso a reflexionar desde nuestra perspectiva, nos mostró la luz, con sus conjuros nos reveló el mundo. Y rompió las cadenas.

 

Poesía es nombrar la tierra. O renombrarla. Darle otra manera de la respiración. Sirve, si vamos a ser utilitaristas, para encontrarnos con nosotros mismos. O, como lo hizo un peruano universal, para que no siguieran creyendo los potentados de otras coordenadas que América era aún un conglomerado de salvajes por redimir. O por civilizar.

 

Y en este punto surgen la figura y la voz de César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892-París, 1938), aquel que quería morir en París con aguacero “un día del cual tengo ya el recuerdo”. Poeta del dolor y de las tristezas de un continente, pero, a su vez, del enaltecimiento del hombre, de aquel que es víctima, de ese otro al que le han quitado la palabra. Y la tierra.

 

La palabra de Vallejo logra resucitar cadáveres, le da un poder de resucitación a la masa, y, de otra parte, otorga a nuestra lengua nuevas sonoridades, incorpora nuevas palabras, como sucede, digamos, en su libro Trilce: “Rumbé sin novedad por la veteada calle / que yo me sé. Todo sin novedad, / de veras. Y fondeé hacia cosas así, / y fui pasado”.

 

Poeta de las cárceles y de la libertad, Vallejo nos golpea con su sentido de lo humano y de lo divino: “hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… ¡Yo no sé!”.

 

La poesía lo es cuando renueva, cuando penetra en la sangre, cuando es capaz de hacer llover sangre hacia el cielo (¡ay, Miguel Hernández!), cuando es capaz de decir -como el inca- que el hombre es tierra que anda. Como nos hemos vuelto necrófilos hay que decir por qué diablos estamos escribiendo hoy sobre Vallejo. Puede ser porque aquel era un poeta que prosaba versos, o por un aniversario de su muerte, que no es muerte. Se murió en París un viernes santo, con un aguacero de palabras. O porque repasando estanterías he sacado otra vez un vetusto libro suyo y lo he abierto en cualquier página y su luz me ha conmovido y deslumbrado.

 

Cuentan que el médico de Vallejo, cuando el poeta estaba en sus postrimerías, dijo: “Este hombre se está muriendo y yo no sé de qué”. Se murió tal vez de mestizaje, de cierta melancolía o de acordarse sin remedio de haber nacido un día en que Dios estuvo enfermo. En realidad, de qué mueren los poetas. No falta el que lo consuma la tristeza tras haberle cantado a una humanidad autodestructiva. O el que se extingue tras ver caer tantos hombres en la guerra. Vallejo se murió de dolores, de dolores ajenos (como Discépolo, poeta de tango), porque sabía que -desgraciadamente- “el dolor crece en el mundo a cada rato”.

 

O como él lo escribiera de modo perturbador: (el dolor) “crece a treinta minutos por segundo, paso a paso, y la naturaleza del dolor es el dolor dos veces…”. El poeta, dotado de antenas, más sensible que el mortal humano, sabe que hay dolor en el pecho, en la cartera, en el vaso y la solapa y la carnicería. Y en la aritmética.

 

Presumía que había dolores en los tratados comerciales y en las transacciones bursátiles. Y hasta en el avaro que se deja crecer la panza, pero también las arcas. “Jamás, señor ministro de salud, fue la salud más mortal”: Que ni que estuviera hablando con algún ministril colombiano. Aquí la salud está cada vez más enferma. Gajes del nada poético neoliberalismo.

 

César Vallejo sufría solamente: “Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente. Si no me llamara César Vallejo, también sufriría este mismo dolor”.

 

Vallejo supo de pobrezas y marginaciones, de adoloridas infancias, de subversiones poéticas. Ya en Europa sobrevivió con el periodismo y vivió, hacia adentro, de la poesía. “Todos los días amanezco a ciegas, a trabajar para vivir”.

 

La ventaja de los poetas es que se mueren para seguir viviendo, como el cadáver de Vallejo: todos los hombres de la tierra lo rodearon y el “cadáver triste, emocionado” se abrazó el primer hombre y echó a andar. ¿Vallejo nos sigue inventando? ¡Yo no sé!.

 

César Vallejo, poeta peruano y universal