Orquídea mariposa

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Por Reinaldo Spitaletta

La mariposa, para vivir más tiempo, le pidió a la luna que la convirtiera en flor. La luna le dijo: “Si estás hecha para la fugacidad, ¿por qué quieres cambiar tu condición?”. El vuelo tembloroso de la mariposa, plateado y sutil, enamoró a la luna y, convencida por la súplica, dijo: “una belleza como la tuya merece durar más de un instante”, y la luna, lanzando un rayo blanco, la transmutó en orquídea. En una orquídea mariposa, de flores dulces, con perfumes que evocan selvas húmedas. Para recordar el favor de la luna, la mariposa da flores blancas. También, según su estado de ánimo (porque habrán de saber que estas orquídeas mariposa sienten y uno puede comunicarse con ellas), aparecen flores amarillas y rojas y lilas. Lo más bello, es que en noches de luna, algunas mariposas se acercan a la orquídea para besarla. Ella recuerda que en otra vida fue mariposa y les sonríe. Entonces vuelan hacia la luna y le renuevan su petición. Mañana habrá nuevas orquídeas mariposa.

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Ulalume en llamas

Ulalume luminosa labia delicada

Perfume de flores galas ninfeas

Reposa la luna de tus aretes

Sobre soles sibilantes alados

Ulalume lima la luna

Limpia la lama ama la lana

Ovejas ascienden por sus alas

De terciopelo luminoso

Ulalume malea las olas

Sube a la flama de mis lienzos

Y se ufana de su cuerpo limpio

Lúcido y sin lentejas para comprar almas.

 

(Reinaldo Spitaletta)

 

Resultado de imagen para ulalume mujerPintura de Christian Schloe

Muchacha de bar

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Muchacha de alunado rostro

mapamundi

en la mirada

va y viene sin regreso

entre vasos rotos

vino en el suelo

una mano

que acaricia el paso

irreversible

muchacha de tiempo muerto

caliente espalda

mano caliente

que se posa

en su solar

como un pájaro herido.

 

(Reinaldo Spitaletta)

Luna de octubre con agitación juvenil

(Crónica de un cantante de barrio con muchachas sollozantes)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Debo confesar que, a falta del cine argentino, cuya distribución sabotearon los norteamericanos en los tiempos de la Segunda Guerra y parte de la Posguerra, en un bloqueo que en modo principal iba contra la exportación de carne, el cine mexicano entró con liberalidad a todos los países de América Latina. En los sesentas, en las salas de proyección, era común una cartelera con películas de lucha libre (como las del Enmascarado de Plata), humor (Clavillazo, Tintán, Cantinflas, Resortes, etc.) y de pistolones y rancheras.

 

La radio molía (a diferencia de las gramolas de las cantinas, que hacían sonar tango) canciones de Pedro Infante, Javier Solís, Antonio Aguilar, José Alfredo Jiménez, Miguel Aceves Mejía y otros charros y machotes. Quizá entre ellos, el que ya era un ícono continental, en particular no solo por su buena voz, sino por su actuación en cerca de sesenta películas, era Infante, cuya leyenda creció con su muerte en un accidente de aviación en 1957. ¡Ah!, el artista era piloto y se le conocía en ese medio como el Capitán Cruz.

 

Muchos años después, cuando estudiábamos en la Universidad de Antioquia y agitábamos a Medellín con manifestaciones, mítines y convocatorias a la movilización social, conocí a Milcio, un negociante en pájaros de bellos cantos, y que en reuniones políticas que terminaban con cervezas y otros etílicos, le daba por cantar mexicanerías. Y su pieza de combate era Luna de octubre (en rigor, un vals), que además se la solicitaban otros compañeros (y compañeras, como la activista Sandra White, que, junto con su marido Alfonso Calderón, pereció en 1985 en Armero).

 

Con él, a veces, en noches de viernes íbamos algunas heladerías de la 45, en Manrique, donde ya campeaban desde hacía tiempos el tango y la Casa Gardeliana. En algunos establecimientos había en ocasiones concursos de canto y presentaciones de intérpretes de baladas. Y en una de esas noches, ya atravesados por los efectos del alcohol, a Milcio le dio por hacer una versión de su tema preferido. Era un tipo de bigote a lo Infante, pulido y muy negro, y dueño de una voz bien timbrada, aunque a veces desafinaba.

 

Comenzó a cantar Luna de octubre y yo a hacerle una segunda voz: “De las lunas la de octubre es más hermosa porque en ella se refleja la quietud…”. Se le oía bien, o eso creíamos, y de las otras mesas comenzaron a mirar, al principio con cierta manera del fastidio, pero al tiempo que avanzábamos en la canción, las mesas callaban y la atención crecía. “… de dos almas que han querido ser dichosas al arrullo de su plena juventud”. No sé de dónde surgió un muchacho con una guitarra. Y de inmediato se sumó a la presentación improvisada.

 

A Milcio se le veía concentrado, a veces cerraba los ojos y seguía diciendo: “Corazón, que has sentido el calor de una linda mujer en las noches de octubre. Corazón, que has sabido sufrir y has sabido querer desafiando el dolor…”. Había muchachas que suspiraban al sentir las caricias de la voz del émulo de Infante. De alguna mesa enviaban cortesías de aguardiente y cerveza. La guitarra hacía arpegios y el guitarrista adornaba el acompañamiento con armonías más propias de la bossa nova que de la ranchera. Sonaba bien.

 

La luna de octubre se regaba por aquel ámbito oloroso a alcoholes y a perfumes de mujer. Afuera, algún viandante se detenía y curioseaba. La voz de Milcio era ya una imponencia en el café. “Hoy que empieza la vida tan solo al pensar que tu amor se descubre, el castigo de ayer que me diste tan cruel parece que murió”. El cantante no hacía juegos de manos ni dramatizaba en exceso. Solo entrecerraba los ojos y le ponía a su presentación espontánea mucho sentimiento. Mucho corazón.

 

Me callé para que fuera él el dueño de aquel escenario de taburetes y botellas. “Si me voy no perturbes jamás la risueña ilusión de mis sueños dorados”. La audiencia estaba como hipnotizada. Vi a una rubia que no pestañeaba con sus ojos fijos en la cara del cantante aficionado. Había comunión entre él y los circunstantes. “Si me voy nunca pienses jamás que es con el único fin de estar lejos de ti”. De pronto, la canción transitaba de un momento feliz a otro de tristuras y dolores. La muchacha lagrimeaba, el guitarrista se sumía muy en serio en sus cuerdas.

 

Y advenía el momento cumbre, el desenlace, la pieza entrando en tierra derecha, a punto de llegar a la meta. “Viviré con la eterna pasión que sentí desde el día en que te vi, desde el día en que soñé que serías para mí”. Y ahí la voz de Milcio ponía más sentimiento, más expresividades. Un aterrizaje limpio, mientras la muchacha sollozaba.

 

Los aplausos inundaron la heladería. Milcio abrió los ojos y sonrió. Se tomó una copa y varios concurrentes se acercaron a felicitarlo. El tipo parecía la reencarnación del artista mexicano. Le dije que había cantado muy bien, sin desafines y que había perturbado a más de una dama…

 

Pasaron los años, los caminos se bifurcaron y no volví a saber nada del Infante de barrio. En octubre, cuando hay plenilunio, miro hacia las montañas del oriente de Medellín, por el Pandeazúcar, para ver nacer la luna (“luna de acuñar monedas”, diría algún escritor brasileño) y la voz de Milcio, también la del piloto muerto, llega con su cadencia evocativa de días de juventud y no queda duda: “De las lunas la de octubre es más hermosa…”.

 

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Fotograma de una de las películas de Pedro Infante.

En esta noche de luna y de recuerdos

(Un tango luminoso con brujas sobre escobas de neón)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Que un tango le propine a uno un golpe de sentimentalidad y lo ponga en plena adolescencia, edad en la que no hay pasado, ni memoria de alguna pena de amor o de un desprendimiento de corazón herido, digo que un tango te refriegue el alma y te enrute a cavilar sobre lo poético, sin saberse entonces cuáles eran las esencias de tal categoría, sí es una rareza. Una extemporaneidad. Porque el tango, se ha dicho y comprobado, bueno, sobre todo el tango-canción, es para aquellos que son dueños de un repertorio amplio de recuerdos y desazones existenciales.

 

Me pasó en la pubertad —que no es edad de tango— cuando en algún piano de bar, o quizá en una emisora, escuché: “acércate a mí y oirás mi corazón contento latir como un brujo reloj…”, que me fue desnivelando la sesera y despertándome la atención por palabras que sonaban con eufonía y tenían un misterio que no me podía explicar: “la noche es azul, convida a soñar, ya el cielo ha encendido su faro mejor”.

 

¡Huy!, en esta cara de la luna, metáfora luminosa, mejor dicho, en esta parte de la interpretación, creo que era Alfredo Rojas con la orquesta de José García y sus Zorros Grises (eso lo supe después), sentía luz plateada en los bolsillos de atrás, en los cuadernos de colegio, en esa ensoñación que me producía aquello de “el cielo ha encendido su faro mejor”. Tremendo verso. Deseaba entonces la noche, porque traía en sus lomos oscuros no solo luciérnagas (ah, claro, mamá cantaba, y ya ese acto, en rigor, era un recuerdo infantil con luciérnagas curiosas) sino una luna de barrio, la que, cuando se paseaba de calle en calle, nos permitía jugar fútbol en la nocturnidad.

 

Había una convocación a los arcanos de la noche y uno imaginaba vuelos de brujas enamoradizas con escobas de neón. Después se decía “si un beso te doy, pecado no ha de ser; culpable es la noche que incita a querer”. Era (es)  un tango con claroscuros, con sugerencias de caricias e invitaciones a alguna aventura iniciática: “me tienta el amor, acércate ya, que el credo de un sueño nos revivirá”. Canciones oníricas si las hay, esta es una de ellas.

 

Y de pronto, había una transición, o, más que este efecto, un salto, un cambio de clima: “corre, corre barcarola, por mi río de ilusión. Que en el canto de las olas surgirá mi confesión”; y a veces, en particular la palabra barcarola, me volvía a canciones domésticas, en el caso concreto de unas que interpretaba mamá mientras cocinaba el desayuno o cuando se estaba tomando un café cantante. Eran músicas de mares de otros mapas con marineros y naufragios, como una que relataba cómo “la mar brava” se tragó a unos navegantes.

 

Después, el tango con su armonía tornaba por sus cauces, serenaba el espíritu y comunicaba experiencias distintas. Uno se sentía arrobado, quizá como si la noche tuviera nuevas modos de la seducción: “soy una estrella en el mar que hoy detiene su andar para hundirse en tus ojos. Y en el embrujo de tus labios muy rojos, por llegar a tu alma mi destino daré”. Y aquí, en este punto, me imaginaba muchachas con cuerpos de sirena, y no sé por qué aparecían en el aire bocas flotantes y ojos de constelaciones. Embriaguez de palabras. Eso sentía.

 

Y lo que venía era todavía más contundente, como si se tratara de una inevitabilidad: “soy una estrella en el mar, que se pierde al azar sin amor ni fortuna. Y en los abismos de esta noche de luna, solo quiero vivir de rodilla a tus pies para amarte y morir”. Era una declaración categórica, sin reversa, una especie de desafío que no se podía eludir.

 

Uno quería, tal vez en una representación de muchachas imaginarias con caritas de luna, mientras escuchaba el incesante tictac de un “brujo reloj”, encender un fuego, el fuego mejor bajo un cielo de estrellas, para ir entrenando el amor que tardaba. Y el tango seguía ahí, tocándonos con sus fascinaciones.

 

El tiempo, otro material de tango, pasó. Y llegaron en gramolas y radios otras versiones de esta pieza (compuesta en 1943 por José García y Héctor Marcó), como la cantada por Jorge Maciel con Osvaldo Pugliese, y la de Carlitos Roldán con el acompañamiento de Francisco Canaro. Esta noche de luna es un tango con extrañas vibraciones que desde días (o noches) de hace tiempos nos persigue y nos encuentra de vez en cuando para mostrarnos que en el cielo de la nostalgia hay siempre un faro mejor para iluminarnos la memoria.

 

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Obra de John Atkinson Grimshaw (1836-1893)

Tango con fantasma y oscuridad

 

(La agridulce tristeza de La noche que te fuiste)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Cuando Eva de los Ángeles, una adolescente de cara pálida, pelinegra y cuerpo de bailarina del paraíso, se marchó del barrio, a mí el mundo se me transformó en tinieblas. Y no solo se fue de aquella calle en diagonal, que desembocaba a una plazoleta de asfalto a medio pegar, en una barriada que tenía en cada esquina un café de tangos, sino del país. Nunca más la volví a ver y en aquellos días en que su ausencia me pesaba en el pecho y en lugares inexplorados más allá de la anatomía, una o dos baladas de Leonardo Favio me alteraron los lagrimales.

 

Bello era entonces una acumulación de cantinas en las que obreros y comerciantes, además de vagos y camajanes, se dedicaban a gastar mesas metálicas y taburetes de tijera, también de metal, y a echarles monedas a las gramolas iluminadas para sonsacar músicas de desesperanzas y amores desmoronados. En uno de esos aparatos, creo, fue donde primero escuché, tiempo después de que la muchacha ya era un recuerdo, un tango de desilusión que comenzaba (y sigue comenzando, claro) así: “A veces, cuando en sueños tu imagen aparece, radiante y fugaz como un rayo de sol…”, que al principio no le presté nada de sesera ni de entendimientos, pero me quedó sonando con palpitaciones.

 

La pieza, que seguro antes había oído sin que nada me transmitiera, tal vez porque no había sufrido una desgarradura sentimental, tenía en todo caso —así la sentía— un amargura permanente, una desazón que subía a los labios a modo de acíbar. “Siento que tus manos entibian las mías trémulas y frías… ¡y hablas de tu amor!”, y la cara bella y de palideces pronunciadas de Eva tornaba a la memoria para desbalancearme los sentimientos. “Entonces lentamente mi espíritu adormeces, arrullo sutil de una vieja canción”. No sé si fue por aquel tiempo cuando escuché en la radio una composición que la cantaba un baladista de moda: “Este día sin sol es todo mío, golpea en mi ventana tanto frío… una vieja canción en mi guitarra”, y aunque en rigor nada tenía que ver con el tango de esquina nocturna, también me evocó los días en que desde el frente de la casa de la ida, yo me quedaba alelado con ella en el balcón.

 

No sé cuánto tiempo se quedó dentro de mis padeceres la no-presencia de aquella muchacha a la que un día le mandé dos proletarias flores de sanjoaquín y unas rosas amarillas que crecían en el solar de mi casa, acompañadas con una barrita de chocolate dulce. Las llevó una chica que, ahora que lo analizo, tenía celos del presente enamoradizo. A lo mejor pensó por qué no eran esas declaraciones indirectas de amor para ella. Se le notaba cierta desidia para llevarlas, pero solo lo hizo porque le di un beso en la mejilla y otra chocolatina.

 

Después, Eva de los Ángeles desde su balcón de enrejado oscuro, me parlaba sobre sus tareas de colegio y acerca de las canciones que más le gustaban, todas de la denominada Nueva Ola y del Club del Clan. Y más que sus gustos juveniles, lo que más me interesaba era estar junto a ella, sentir su perfume nuevo de piel de lozanías y quedarme callado, solo viéndola con sus facciones pulidas, la sutilidad en las manos que no sé por qué me daban la impresión de ser de pianista. No duraron nuestros días lo suficiente para un enamoramiento de prolongaciones, pero sí para que su ida me dejara un vacío, tal vez el primero de aquellos días en los que todavía los dolores de amor no eran una desventura con cataclismo existencial.

 

El tango con el oscuro título de La noche que te fuiste se me fue entrando, casi sin darme cuenta, como una inoculación de microorganismos, y entonces, en un momento que ya no sé cuál fue, la voz del cantor con sus melancólicas frases me hizo ver de nuevo a Eva de los Ángeles, en la distancia, pero tan cerca que ya no era posible no experimentar un desgarramiento. Después supe que la música era de Osmar Maderna y la letra de José María Contursi, y sin duda la primera versión que escuché en desaparecidos cafetines de mi barriada, y de otras vecinas, era la de Floreal Ruiz con la orquesta de Aníbal Troilo.

 

“La noche que te fuiste (más triste que ninguna) palideció la luna y se tornó más gris la soledad…”, en esos versos ya había una declaración dolorosa, una imagen de desdichado vacío… “La lluvia castigando mi angustia en el cristal y el viento murmurando: ya no vendrá jamás”. Lo que sigue es para ocasionar una depresión de profundidades a lo Edgar Allan Poe: “La noche que te fuiste nevó sobre mi hastío, y un hálito de frío las cosas envolvió… Mis sueños y mi juventud cayeron muertos con tu adiós”. Un tramo irresistible. Un momento cumbre para agudizar la desolación. “La noche que te fuiste se fue mi corazón…”.

 

Sí, ese tango, con fantasmas y oscuridades, me persiguió por las calles, los bares, las encrucijadas, y entonces la imagen de la muchacha ida reaparece cada vez que el disco gira con sus vibraciones de misterio. Tiempo después, cuando ya el Polaco Goyeneche era mi intérprete de tango predilecto, su versión de La noche que te fuiste me causó (me sigue causando) una demolición interna, además porque canta la estrofa que en aquellos años ninguno cantó: “Más fuerte que tu olvido, / el tiempo y la distancia, / se ensaña, tenaz con mi desolación, / el remordimiento de todo el pasado / ¡todo mi pasado trágico y burlón…”.

 

Y remata con una tristeza jubilosa: “Por eso cuando en sueños tu imagen se agiganta / y entonas sutil esa vieja canción, / yo vuelvo a ser entonces el de aquellos días, / radiante y feliz como un rayo de sol”. En esta parte, que no deja de entristecer, hay una suerte de retorno con luminosidades a un tiempo que ya no es, pero que la canción lo mantiene vivo en la ilusión.

 

Eva de los Ángeles, ni aquellas calles con plazoleta gris y los cafés con pianolas, jamás volverán. Solo ese tango inevitable hace que los relojes retrocedan y causen una dulce pena que puede llevar sin remedio a que brote un lagrimón, por lo demás, dulce también.

Pintura de Teresa Ahedo, 1987