Lámparas de todas las maravillas

(Recorrido con mención de cuentos orientales y juegos de la noche)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

La luz, en la simbología de antiguos pueblos, es un camino hacia el reconocimiento de la denominada verdad (cualquier asunto que tal concepto signifique), hacia la superación trascendental del mundo terreno, a espacios más íntimos en los que el alma (el hálito de la vida) se reconozca como lo esencial en el hombre. Es una metáfora de sabiduría. La luz está ligada al saber, como las tinieblas a la ignorancia.

 

No es gratuito que los primeros dioses sean identificados como el sol y la luna. El hombre siempre ha necesitado un arma contra las oscuridades, contra las cuales la luz se encuentra en perpetua lucha. Y tal vez como resultado de la búsqueda de la claridad, tras esas palabras mágicas pronunciadas por la deidad oriental (“hágase la luz”), el hombre inventó la lámpara.

 

Me parece que más sonora (y luminosa) que la palabra lámpara, lo es lucerna, voz latina para designar todo utensilio dispuesto para dar lumbre. En los tiempos de mucho antes, como decir en los homéricos, no había aún lámparas, pero estaban las teas, de cera y aceite, para iluminar esas largas noches de los primitivos.

 

Después, y quizá con la participación necesaria de los alfareros, también sirvió para dar origen a otra luz. Las lámparas, con su milagroso poder, también pueden generar crepúsculos y albas. Permiten una breve evocación del día en medio de las sombras, y a su alrededor no solo pueden revolotear las polillas, sino que se reúnen los hombres para hablar, o para estar en silencio, o solo para observar cómo fluye la luz.

 

En la antigüedad, las lámparas estuvieron enlazadas a los rituales y ceremonias religiosas. Con luz se adora la luz. Quizá fueron los hebreos los primeros en enseñar a otros pueblos el uso de las lámparas en las festividades y oficios del culto. Entre los griegos y romanos, se manufacturaban lámparas con las figuras de los dioses, a fin de tenerlos no solo bien iluminados sino muy cerca.

 

En los oficios cristianos las lucernas (o las candelas) cumplen un papel protagónico, a veces en forma de cirio, de veladora, de lámpara votiva. En las iglesias católicas es normal ver una lamparita que representa la “luz eterna”; esa que se dedica a la memoria de los que se han ido a otros mundos, donde a lo mejor estén repletos de luz. O de innúmeras sombras, pese a aquello de “brille para ellos la luz perpetua”. De igual modo, los musulmanes albergan en sus mezquitas preciosas lámparas, para tener un puente de luz entre los fieles y el Paraíso.

 

Había antes gentes, un tanto extrañas, cuyo oficio era cambiar lámparas viejas por nuevas, porque, en una de aquellas, era probable hallar a un genio que las pudiera redimir de sus miserias. Valga recordar, entonces, a ese “pobre diablo” oriental, hijo del sastre Mustafá, al cual un hechicero africano condujo a regiones de misterio y maravilla, donde pudo acceder a la revelación: en el centro de la tierra había dos talismanes de desmesurado poder: una lámpara vieja y un anillo. El resto de la historia, como se sabe, está repleta de asombros, que se renuevan en cada lectura de Las mil y una noches.

 

Hay lámparas que se hallan incrustadas en la nostalgia, como aquella que alumbraba las noches de una casa de abuelos, cuando, en medio de arpegios de guitarra, la  Coleman arrojaba sus haces lumínicos en las caras de los circunstantes, y de los que cantaban canciones de náufragos y de ebrios. Era una lámpara de caperuza, cuya luz blanca hacía palidecer las tapias y les posibilitaba a las tías la lectura de novelas románticas.

 

Ahora, en algunas calles de la ciudad, en particular en la atiborrada de chécheres del viaducto del metro, hay artesanos que reparan lámparas Coleman, en lo que parece ser un extemporáneo oficio, un enlace con tiempos de arqueología. Volverlas a ver es un pasaje para emprender vuelo hacia viejos días en los que aún la imaginación era “la loca de la casa”.

 

En esas noches oscuras cantadas por algún místico, una lámpara puede ser como una revelación, como un cachito de luna asomado por una ventana de nubes. ¿Qué sería, por ejemplo, de un parque sin lucernas, sin un sitio para el hospedaje de los abrazos, sin una generosa fronda? Hay lámparas que jamás se encienden, o porque se tornaron vano adorno doméstico, o porque se les agotó la luz. O porque no hay quien las prenda. En el teatro, en la iglesia, en la taberna, las lámparas son parte de la utilería y los ambientes. Algunas de ellas pertenecen a la fascinación que producen las simples cosas.

 

En un cuento de Felisberto Hernández, en que un lector en una sala antigua lee relatos en voz alta, una mujer va todos los días a un puente en el que piensa suicidarse, pero cada vez surgen obstáculos. Los oyentes ríen y al final, cuando la luz natural se ha ido, y casi todos los circunstantes también, nadie encendía las lámparas, y entonces el mundo se llenaba de tristeza y expectativa.

 

Un día, en una calle que ya es recuerdo aparecieron luminarias, amarillenta la luz, casi como las de las pálidas luciérnagas, que nos revelaron que en esa extensión de asfalto y aceras, se podía jugar al futbolito de la noche. Aquellas lámparas urbanas nos acrecentaron las jornadas de juegos en la barriada, con gritos y correndillas inacabables.

 

 

A veces se piensa, como algún poeta de crepúsculos y arreboles, que sería bueno poder cambiar la vida de uno por una lámpara vieja. Puede que así no se gane el pan, pero sí la luz. Lo cual ya es bastante decir en un mundo  de incertidumbre en el que siguen predominando las sombras.

 

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“Cambio mi vida por lámparas viejas”, decía León de Greiff en el Relato de Sergio Stepansky.

 

 

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El color de las sombras

Por Reinaldo Spitaletta

Usted me dirá, y no sin razón, que las sombras son la negación del color. Yo en cambio le contaré cómo hay un lugar en la ciudad donde las sombras son puro color. Sucede en un barrio marginal, en la casa de don Luis Ángel Cartagena. Lo conocí en mis tiempos de reportero buscando temas insólitos para un periódico de pacotilla. Llegué hasta él porque, usted sabe, claro, los vecinos, una conversación en bus, una pista en un cafetín del Centro, y así.

Llegué en medio de dudas. Podía ser, como tantas otras veces, una falsa alarma, o un farsante. Me invitó a pasar, después de haber tocado tres veces una puerta vetusta, de la que ya no se sabía su color. Me dieron buena espina su cara de vietnamita y su barriga de hombre bondadoso. Advirtió que poco le gustaba la publicidad, que podía ser peligroso que en otros barrios se enteraran de su pieza oscura en la que no se sabe por qué artes inexplicables, la sombra era capaz de ponerse roja, o verde, o solferina, según los pensamientos del visitante. O de sus deseos.

—Lo malo es que no puede tomar fotos—, dijo, con un gesto de seriedad. Tenía una camisa de cuadros azul marino y verde oliva.

Entramos al cuarto, la puerta se cerró sin que nadie la empujara. Un escalofrío me recorrió por la espalda, creí ver una sombra que se escabullía por entre unas cortinas color crema. Don Luis apagó la bombilla y las tinieblas nos envolvieron. “Cómo diablos va a haber sombra si no hay luz”, pensé. De inmediato noté rayitos luminosos que se filtraban por el techo. —Debe de haber goteras, —me dije.

A una orden suya, me instalé en la mitad del cuarto. De pronto, vi mi sombra, larga como las que dan los ocasos, y era anaranjada.

—Piense un color, un color que le guste.

Y ahora la sombra era roja. El fenómeno, inexplicable para mí, contradecía las leyes físicas. “La quiero azul”, y azul se puso. “Y ahora color arrebol” y mi sombra era un arrebol. Pensé en el color de los días de lluvia, y así fue. Mejor dicho, subí en grado de dificultad cromática y el insondable misterio respondía a mi petición.

No publiqué el reportaje. Don Luis quedó muy agradecido. Y yo también, porque quién que es realista se iba a creer esa manifestación insólita de las sombras de colores.