Eszter, envejecida y sin herencia

(Una novela de Sándor Márai sobre el despojo y las artimañas de un canalla)

 

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Representación de La herencia de Eszter

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Hay canallas encantadores, con capacidad de seducción y atributos histriónicos que los conducen a que, por su facilidad para la palabra que enamora, sus víctimas terminen queriéndoles, o, por lo menos, suavizando —y hasta disculpándoles— las maniobras de asalto y atropellamiento. Se refinan en el discurso y son poseedores de una inusitada facultad de engaño. Artistas del embaucamiento (condición que los hace parecer a ciertos políticos), como los estafadores, quedan al final de cuentas bien parados y, además, sin remordimientos ni actos de contrición.

 

La impostura y la mentira —que bien concebidas y ejecutadas pueden hacer parte de mecanismos de la creación artística— las llevan en la sangre. No hay manera de desmontarles su argumentación (que puede usar sofismas y otras truculencias) y sus intenciones perversas, a las que disfrazan de buenas acciones o de derecho, casi siempre se imponen. Este tipo de canalla no es un seductor al estilo don Juan o Casanova. Es un tremendo vividor, que se acomoda a las circunstancias —sentido de oportunidad— y tiene tal poder de convencimiento, que a la larga su conejillo o rata de laboratorio elegida no tiene más opción que caer en sus invisibles garras y reconocer la enorme habilidad contra la cual no hay posibilidades de ejercer repulsa.

 

Una historia sobre un canalla y una mujer más o menos inocentona, es la que propone Sándor Márai en La herencia de Eszter. Es una narración en primera persona, contada por la víctima de un hombre que la deja en la inopia tanto material como de vida interior, y ante tanta complacencia de ella puede haber algún lector que reviente de rabia frente a la presunta pusilanimidad de la protagonista que después de muchos años, y ya casi en el final de sus días, escribió una memoria, a modo de confesión y de constancia. Y otro lector, en contraste, pudiera ver, más bien, a una mujer sin fuerzas para contrariar a un ser dotado de habilidades infinitas, prestidigitador, de verbo fácil, artista circense y un desprendido que vive al día, como si estuviera ejerciendo el carpe diem que cantó el poeta latino.

 

En cualquier caso, en esta obra hay una narradora-protagonista, una mujer fina y con educación, miembro de una familia tradicional, de clase media, a la que acosan los recuerdos cuando ha llegado a un recorrido largo por la existencia. Y dentro de esa memoria, que ella escribe cuando ya no le queda más nada en la vida, cuando la soledad y la vejez la asedian, aparecerá de entrada un personaje, la contraparte, Lajos, que tras veinte años de ausencias retorna para despojar a Ester de todos sus bienes, tal como se dice en las primeras cuatro líneas de una novela corta, que en ocasiones puede enardecer al lector, pero, en otras, lo pone a pensar en la personalidad de un tipo para el que no hay códigos morales y sí muchas ganas de sobrevivir, en particular a costa de otros.

 

El destino, o una especie de resignación ante lo que puede evitarse pero no se hace nada por remediarlo, está presente en los acontecimientos. Es posible que en Eszter actúen como expresión inconsciente la dominación de las mujeres, su obediencia y pasividad ante los comportamientos (y, por qué no, desmanes) masculinos. Debajo de la relación entre Eszter y Lajos está la familia, la presencia-ausencia de los padres de la mujer, la hermana de esta que en últimas es la que se va a matrimoniar con Lajos, la casa y un jardín de almendros. Sí, un jardín que, por momentos, por alguna imagen evocativa, puede recordar el de un drama de Chejov (El jardín de los cerezos).

 

En la novela estará, como en el medio, como una representación de una mujer solitaria, vieja y en decadencia, Nunu, que es la que, al principio, cuando Lajos anuncia mediante un telegrama que volverá tras veinte años de ausencia, dice que hay que guardar bajo llave los cubiertos de plata de la casa. La telaraña que se teje con Lajos está armada con Vilma, la hermana de Eszter, que se ha casado con el hombre que, en secreto, quería en rigor a la dama que está contando la historia.

 

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Sándor Márai

 

Después de la muerte de Vilma, y también de los padres, Nunu, pariente lejana, va a ser la única y verdadera familia de Eszter. La que estará ahí hasta el final, en medio de una tormenta que se desatará cuando Lajos y sus acompañantes, con sus hijos (en particular Eva, una chica que hace parte del tablado de su padre) y otra mujer, llegan de visita a la casa que ante todo está en los intereses de un hombre que, como se dijo, vive al día. Si bien no es un sibarita en el sentido estricto, está muy próximo. Es, de otra forma, como una especie de lo que en estos breñales y montañas se conoce como un “trabajador de calle”, un rebuscador sin escrúpulos y sin mandamientos. Sin cargos de conciencia.

 

El mundo de Eszter, con la presencia de Lajos en su vieja casa con jardín, es de paradojas. Y de acongojada monotonía. Está entre el odio y la admiración. Oscila entre el asco y la sumisión hacia un sujeto que, como ella bien lo sabe, es un mentiroso y un impostor. Bueno, es, ante todo, un artista, un mago, uno que se la ha jugado en la cuerda floja de la existencia, un simulador y, de todos modos, un fracasado en medio de su apariencia de seductor con las palabras.

 

En esta exquisita novela de Márai, construida con precisión y conocimiento en particular de la sicología femenina, el personaje central no se altera con los sucesos que va llegando, porque, quizá, es, a lo trágico griego, como si contra el destino no pudiera forjarse ninguna fuerza opositora. Lajos, que es alegría y vitalidad, está contrapuesto a Eszter, una mujer sin fuerzas suficientes para luchar por su estabilidad emocional y material. Ella, en medio de los descubrimientos que va haciendo (cartas, la falsificación de un anillo legendario, las maniobras de Lajos para quedarse con el patrimonio de ella, en fin), no puede resistirse. Y solo le queda declarar que ese hombre que ha vuelto tras tantos años, es un genio, con sus tretas y todo.

 

La obra abunda en recursos literarios de alta relojería y justos para crear, más que atmósferas y cartografías, la conexión entre los personajes, tanto muertos como vivos. No interesan las descripciones del mundo de afuera. Y la trama está tejida para dar a entender, como lo dirá Ester, que “los amores sin esperanza no terminan nunca”. Son amores dolorosos. Aplazados. Sin culminación feliz, pero que siguen latentes, como una herida que no cicatriza y sangra hacia adentro.

 

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“La vida no ofrece soluciones a medias”.

 

Hay una manera de ir contando, con la voz a veces dolida de la narradora, con el deseo de postergación de las acciones, y por eso se acude, entonces, a los flashbacks. La novela es como una gran representación, con farsas, tramoyas, parlamentos, y todo para dar a entender que hay un hombre sin hígado al que no le va a importar que una mujer que se acerca a la vejez, como Eszter, y otra que ya es una anciana, vayan a vivir sus últimos días en un asilo de damas solitarias.

 

Lajos, un experto en particulares puestas en escena, va demoliendo en la última parte a una mujer que ya parece no tener norte, ni estar dispuesta a resistir o, al menos, a mantenerse erguida frente a un asedio, un estado de sitio como el que las palabras de su contradictor le van haciendo hasta derrotarla. “El amor es cosa de mujeres. Solo destacáis en eso. Y en eso fracasaste tú, y contigo fracasó todo lo que pudo haber sido, todos nuestros deberes, el sentido entero de nuestras vidas. No es verdad que los hombres sean responsables de su amor”. Es la voz de Lajos, que, poco a poco, va dejando exánime a una dama sin carácter.

 

Es probable (como ocurrió en una reciente tertulia sobre la novela de marras) que haya lectores que reaccionen con furia (como es posible que así hayan cuestionado con enojo a Emma Bovary, por ejemplo) con la actitud pasiva de Eszter la solterona, pero, a su vez, no faltará el que la emprenda contra el farsante Lajos, un tipo que, pese a todo, pertenece más al mundo de la razón que de las emociones.

 

Lajos es un experto en mentiras. Su vida ha sido así, un ir y venir, sin pensar en futuros. No es un hombre del mañana. Es del ahora. Un pragmático. ¿Es Lajos un hombre cruel? ¿Un cínico? ¿Un individuo aborrecible? ¿Es alguien a quien solo le interesa su bienestar por lo menos en el “ya”, en el presente? Sándor Márai nos proporciona en esta historia con trazos de melancolía elementos para auscultar partes oscuras e ignotas del ser humano y todo el ensamblaje de la novela lo pone en boca de una mujer derrotada por sí misma y por las astucias (y las “cartas maravillosas”) de un hombre que sabe crear turbulencias y tempestades de las que siempre va a salir incólume.

 

(De las notas del Seminario de Literatura Europea siglo XX)

 

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Una novela en la que su autor expone su sapiencia acerca del mundo femenino.

 

 

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El parricida que ascendió a los cielos

(La leyenda de San Julián el Hospitalario o una escritura con sangre)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El relato, basado en una leyenda medieval, revive la tragedia de Edipo. La predestinación. De cómo es imposible salvarse de un vaticinio, sobre todo cuando ha sido imprecado por los dioses. La Leyenda Áurea, en boga en el siglo XIII, aunque data de tiempo más remoto, es un modo de la hagiografía, de las vidas de santos, casi todos ellos con existencia criminal y poco paradigmática. Flaubert, en su cuento La leyenda de San Julián el Hospitalario, recrea su estrategia escritural basada en la obsesión por la exactitud en las palabras y despliega el conocimiento sobre historias del medievo, las cruzadas, los viajes, la geografía y las armas, sin decir todavía asuntos acerca de la arquitectura y los vestuarios.

 

El parricida Julián, que intenta huir de su destino ineludible, es un ser, que antes de convertirse, en una demostración final de desprendimiento, ha sido un sanguinario que goza con el apabullamiento de animales, los mismos que, en un momento — epifanía de la rebelión—  se volverán contra él, como si fueran parte de una conciencia que remite a las culpas y a la búsqueda de arrepentimientos.

 

La historia, en tres partes, es una mezcla de surrealismo, de aspectos fantásticos, combinados con apariciones que parecen ejercicios de magia. El inicio del relato introduce al lector en un castillo, con sus partes especificadas y nombradas, como una exhibición de arquitectura, como una manera de ir caracterizando la familia de Julián, sus modos de vida, su categoría social. Después, surgirán, a veces como en un clima de ensoñación, o, en otras, como en una suerte de pesadilla, con gritos y sangre y gemidos, caballeros y ejércitos, ciervos y halcones, jabalíes y flechas. En aquel castillo del principio hay, en su sala de armas, “venablos de los garamantas”, “hondas de los amalecitas”, “chafarotes de los sarracenos” y “cotas de malla de los normandos”. Una variedad de culturas y geografías, como de elementos ofensivos para eliminar al otro. O, al menos, para intimidarlo o mantenerlo lejos.

 

En el relato hay predicciones, anunciaciones, lenguajes profetizantes. Un anciano le dirá a la madre que su hijo, el recién nacido, será un santo. Y ella escuchará voces angelicales y verá huesos de mártir rodeados de cocuyos, en una especie de visión fantástica, que, en esencia, es la que se nota en el resto de un relato que reconstruye asuntos de la medievalidad, con elementos adivinatorios y los señalamientos de un destino: “Ah, ah, ¡tu hijo… ¡mucha sangre!… ¡mucha gloria!… ¡siempre bienaventurado!…”, le dice un mendigo fugaz al papá de Julián.

 

Cuando el joven Julián aprende las artes de la montería, su personalidad cobrará nuevas ansiedades y disfrutes. Amaestrará halcones y adiestrará lebreles. Y gozará con la sangre y la muerte de animales: garzas, milanos, cornejas, buitres, osos, lobos, jabalíes, machos cabríos, terminarán despedazados por el ardor frenético del cazador. Julián goza con la muerte y la sangre. Extermina por el placer de hacerlo, sin sentimientos de pesar ni nada parecido. Hasta cuando un ciervo negro, al que Julián ya le había matado el cervatillo y a su madre, tras tener en su frente una herida causada por el venablo del enjundioso cazador, le dirá: “¡maldito, maldito, maldito! ¡Un día, corazón feroz, asesinarás a tu padre y a tu madre!”.

 

En esta narración, que integra el libro Tres cuentos (los otros dos son Un alma de Dios y Herodías), Flaubert hace gala de sus destrezas para nombrarlo todo, para dar cuenta no solo de caracteres, sino, además, de la cultura, de las cosas en entornos específicos. Hay ciervos negros y rubios, diversas cornamentas, armaduras especializadas y animales de monte, como zorros, osos, chacales, hienas, víboras y puerco espines.

 

El autor da una lección de cómo hay que conocer los mundos que entran en la narración, los imaginarios y las maneras de ser de un tiempo concreto.  El creador de Madame Bovary , supo que “el artista tiene que elevarlo todo, es como una bomba, hay en él un gran tubo que desciende a las entrañas de las cosas, a las capas profundas, aspira y hace brotar al sol en surtidores altísimos lo que bajo tierra era plano y no se veía”, según le dice en una carta a su amante Louise  Colet.

 

Flaubert, que escribía y rescribía sus frases con obcecamiento cuasi enfermizo, que vivió una epopeya en su lucha con las palabras, por conquistarlas y domarlas, vierte en San Julián su genio para ir tejiendo la narración, a distintas velocidades, con elementos de alta tensión que se dosifican con solvencia, sin aspavientos. El personaje, al que lo perseguirá la fatalidad, es emocional, airado, uno que se deja conducir por las ansiedades y las ganas a veces de matar animales y, en otras, de querer asesinar gente. Julián da la impresión vampiresca de gozar con la sangre. Es un género de sádico al que sus víctimas, los animales, después pondrán en cintura y lo atormentarán con sus voces y augurios.

 

¿Cuándo decide Julián ser otro y por qué? ¿Qué lo lleva en un momento de su existencia desfogada a servirle al prójimo? En el Medievo hubo, además de pestes que asolaron a Europa, enfermedades como la lepra, que era quizá le peor de todas, porque el que la padecía sufría no solo las consecuencias de la patología, sino la discriminación de la sociedad. El leproso se torna, en las leyendas de aquellos tiempos, un símbolo del perdón y la conversión. Le sucedió, por ejemplo, a Francisco de Asís cuando todavía era un mundano, un rumbero y un joven hecho solo para lo sensorial, la lujuria y la fiesta.

 

Y a Julián el Hospitalario le acaecerá toda una faena de revelación con un leproso lleno de pústulas y de apariencia horrorosa. Con toda la cauda de peripecias que se presenta en el relato flaubertiano, el final puede causar otro perfil sorpresivo del asombro en el lector.

 

Y en este punto es cuando lo gótico, aquel estilo que prioriza la luz mediante los ventanales de vidrio, porque Dios es luminosidad, se vuelve una revelación, que en San Julián, en el cuento, vendrá después como una ráfaga de luz para los que quieran seguir leyendo el relato más allá de su final. Las obras de arte tienen esa facultad: siguen inquietando tras su apreciación, luego de haberlas abrazado, de sentirlas y pensarlas. De leerlas y escucharlas. El fin, pudiera anunciarse la paradoja, es un principio.

 

No faltará quien, tras la lectura de la leyenda, quiera ir a Ruán (donde nació Flaubert, en la Alta Normandía) y admirar la catedral gótica de aquella ciudad, construida a la manera de la de Nuestra Señora de París. Y embeberse en sus vitrales. El arte del vitral, su artesanía, que es medieval, aparte de ser una metáfora de lo luminoso, de dar claridad a las inmensas iglesias católicas, cuenta una historia. Es narración. Son modos de llegar al feligrés (y aun a los que entran a un templo solo por apreciar sus obras artísticas, el silencio, las disposiciones espaciales…) con las imágenes. No todo el mundo sabía leer en aquellos días. Y las iconografías eran un recurso para transmitir las historias bíblicas, la historia sagrada.

 

“Llamamos gótico a cierta manera de concebir el espacio arquitectónico, de alzar la silueta de una iglesia, de presentar a un personaje, de inclinar los párpados sobre una mirada y los labios para una sonrisa”, dice Georges Duby en su texto Europa en la edad media. El gótico, es, ante todo, un hallazgo francés. Y en San Julián el Hospitalario, Flaubert incorpora alegorías, arquitecturas, metáforas de ese estilo que hizo que Dios fuera una reivindicación de las claridades.

 

A Julián lo perseguirá hasta su conversión, que fue una unión de amor entre él y un leproso irradiador de energías cósmicas, la voz de un ciervo negro que lo conducirá hacia el parricidio. Sin remedio. Sin reversa.

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La catedral de Ruán, serie de Claude Monet