Profesores de los días felices (2)

 

Don Alfonso o el Cucho de la melancolía

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

No teníamos ni idea de que estaban bombardeando a Marquetalia, llamada por Álvaro Gómez (que ni siquiera sabíamos que era hijo de Laureano, un promotor de la Violencia en Colombia) República Independiente. Y, claro, tampoco habíamos escuchado mencionar al hijo del tal por cual. Nada conocíamos de los Beatles que ya eran sensación universal, porque nuestro mundo, estrecho y sin pretensiones, se reducía a ir a la escuela a pie, jugar balón en cualquiera de la infinitud de potreros que había en Bello, hacer barquitos de papel en tiempos de aguaceros y tal vez soñar con ir a la Luna.

 

Al maestro de tercero de primaria lo bautizamos el Cucho. No sé de dónde provenía la palabra, pero fue la primera vez que la escuché. Don Alfonso, que siempre daba clase vestido de traje entero, tenía negros y lisos y abundantes los cabellos. Iba afeitado pero se notaba que, de haberse dejado crecer la barba, la tendría muy espesa. Los zapatos jamás tenían brillo. Y no parecía tener mando sobre la muchachada, porque siempre susurrábamos, reíamos, cuchicheábamos, de vez en cuando tirábamos pedacitos de tiza a otros, éramos un grupo recocha, que en aquel salón con ventanas altas a la calle y al patio de recreo había como cuarenta y tal cantidad ya daba dimensiones de infierno para un profesor, que, según pensé años después, no le gustaba la enseñanza.

 

No supe nunca de dónde procedía, porque en Bello todos llegaban de otras partes. Pero sí que le habían adjudicado una casa en el barrio El Carmelo, construido por el Instituto de Crédito Territorial. Y esto lo supe, más que por alguna pesquisa personal, por los buenos oficios de mamá, que siempre era amiga de maestros y maestras, les llevaba frutas, floreros, galletas en lata y luego me enteré de que era para que no me cogieran inquina, que a veces “su muchachito” protagonizaba duelos a golpes con los condiscípulos y hacía otras pilatunas.

 

No recuerdo ninguna enseñanza particular de don Alfonso, que a lo mejor era un ser al que ya nada le importaba, o tendría decepciones a granel. No sé. Lo recuerdo y solo veo sus trajes grises, sus camisas azul celeste y una cara de aburrimiento permanente, que por eso, digo, nos poníamos el salón de ruana. “¡Ahí viene el Cucho!”, se oía decir cuando él salía no sé si a orinar, o por tiza, o por algún mapa, y se armaba la de “Dios es Cristo”, con combates con tapas de gaseosa, con los borradores de pizarra que eran almohadillas sucias, con hojas de cuaderno arrugadas para que tuvieran efecto de proyectil. Cuando trasponía la puerta ancha y alta del aula, volvíamos a la normalidad, con risas contenidas y alguno a punto de moquear o tirarse un pedo.

 

El Cucho no parecía interesado en contar historias, ni enseñar geografía, aunque sí le prestaba atención a las operaciones aritméticas, que, creo, era lo que mejor nos dictaba. No tengo memoria de si alguna vez soltó alguna risa y tampoco sonrisas; su cara nos parecía vieja y amarga y a veces sus mejillas brillaban. Daba la impresión de cansarse con las jornadas a mañana y tarde, siempre con los mismos párvulos, los mismos disturbios, la obligación de tener que transmitir algún conocimiento y no gustarle la vaina de pararse delante un tablero negro a mirar a un auditorio de tarados. Eso pudo haber pensado.

 

Si los dos años anteriores, con maestras, doña Rosa y doña Angélica, fueron de una simpatía y alegría proverbiales, con canciones colombianas, como una que hablaba de una “canoíta de mi río”; con una tonada de maravillas que lo hacía a uno transformarse en un pirata (“Soy pirata y navego en los mares / donde todos respetan mi voz…”) con imaginario parche en un ojo y pata de palo, en fin, las clases del Cucho eran un recorrido por la tristeza. Nunca nos cantó nada ni nos pidió hacerlo.

 

El Cucho era alto (o nos parecía) y tenía una joroba leve, al principio, que después, al fin de año, ya era más pronunciada. Tal vez la cogió de tanto mirar al piso, en lo que pudo haber sido un mecanismo de defensa contra la melancolía. Bueno, eso dice uno ahora, después de tanto consumir almanaques. No se le escucharon gritos en clase y tenía la apariencia de ser alguien que estaba acostumbrado a soportar pesares.

 

La palabreja con la que lo apodábamos se volvió popular mucho tiempo después en Antioquia para referirse a “alguien de edad”, a un vejestorio. A aquel que los días le habían horadado la frente y la mirada. Hubo momentos en que era una especie de despectivo con los mayores. Y también una expresión cariñosa cuando del padre se trataba. Según el tono, como es sabido.

 

Don Alfonso Monsalve pasó por nuestras vidas, por las de un grupo diverso en el que había muchachos que iban a clase sin zapatos, como una exhalación, un viento que se va y no vuelve. No hubo marcas. No logró -creo- despertarnos afectos. Un ser que pudo haber pertenecido a las apatías y al mundo plomizo de la indiferencia. Unos años después lo volví a ver, atravesando una calle, y su giba había crecido. Miraba al suelo como si buscara el tiempo perdido con unos pelados inquietos, que lo veían a él como un rey de burlas.

 

¡Ah!, cuando terminamos el tercero de primaria, hacía un año habían asesinado a John Kennedy (mamá lloró ese crimen, no supe por qué) y todavía en la escuela daban pan y leche de la Alianza para el Progreso.

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Profesores de los días felices (1)

Maestro de tormentas y arco iris

Por Reinaldo Spitaletta

 

Había un patio de recreo y salones a su alrededor, en una cuadrícula en la que los corredores, con salientes de teja española, daba la forma a la escuela. Todos eran grupos de quinto de primaria.  Eran días en que el mundo hablaba de alunizajes, la Unión Soviética y China estaban en tensión y Estados Unidos ocupaba Vietnam. Supe después que en ese año, el papa Pablo VI abolió el Índice de Libros Prohibidos, cuando nosotros apenas habíamos leído cartillas, textos de geografía e historia patria, cuentos de los hermanos Grimm y algunos libritos de español y literatura.

 

Bello era entonces un pueblo con fábricas textileras y un taller de ferrocarriles, cuyas sirenas parecían haber producido en los moradores reflejos condicionados. Cambios de turno laborales. El pito del medio día. Y solo una rutina rota por las idas a cine los domingos y los partidos de fútbol en las mangas, que abundaban. La escuela, sus turnos, eran a mañana y tarde, porque quizá el mundo era muy pequeño y todavía no había tantos estudiantes como para establecer dos jornadas.

 

También, los de esa escuela preparatoria, a cuya entrada se subía por unas escaleras dobles en forma de pirámide trunca, teníamos reflejos condicionados por la campana. Ella anunciaba el momento tan anhelado que era el recreo. O los cambios de salón de clase. Uno iba de aula en aula, como un vagabundo escolar con su cartapacio, a escuchar las enseñanzas de los maestros, así que estaba la sala de ciencias naturales, la de matemáticas (era el único salón fuera de ese paisaje de maravilla que era el patio), la de religión, la de español, y demás.

 

Creo, si el recuerdo no es una suerte de traición, que me gustaba mucho la hora de español y literatura. Era un encuentro con palabras que me recordaban a mamá (no aquel lugar común de mi mamá me mima…), porque ella siempre estaba recitando poemas sobre mares y lunas, y cantando canciones de muy lejos, y contando historias a la hora del desayuno y al anochecer. Sí, me parece que el profesor era una especie de sucursal de mamá, porque él, que aunque era joven uno lo veía viejo (tal vez nos adelantaba por ocho años), tenía una manera de recibir a los discípulos con recitaciones de Diego Fallon e Ismael Enrique Arciniegas, y nos ponía luego a leer en voz alta, al frente, la cartilla en la que había historias como las de Los tres deseos y un relato que contaba las maneras de dar limosnas.

 

“No estamos en el hipódromo”, nos increpaba a los que, entonando la lectura, corríamos para acabar más ligero. Y luego él mismo leía lo que acabábamos de mal leer y lo hacía con pausas, ritmo, musicalidad. De las tareas que recuerdo, había una que era aprender de memoria un poema, para decirlo a todos, delante del tablero. No sé adónde encontré un poema de un chileno, Antonio Bórquez Solar, sobre el arco iris, y ese fue el elegido por mí. Quizá me incliné por esos versos debido a que, siendo más niño, caramba, me gustaba perseguir el arco iris y pretendía siempre ir hasta su nacimiento, porque, decía no sé quién, que allí había una zona encantada.

 

El profesor, que tenía una bella voz (nunca nos gritaba), ya había hecho durante el curso demostraciones de sus modos de decir poemas. Ya nos había metido a Guillermo Valencia y sus camellos, ¡uf!, así como a Gabriela Mistral y una poesía que volví a leer años después, y que me parecía de un ritmo sobrecogedor: setenta balcones y ninguna flor. Bueno, el caso es que me aprendí la del chileno y salí al frente, me paré con seguridad, y comencé, en una desbocada carrera, a recitar: “Los colores del arco iris / de los cielos siete son / como siete en la semana / son los días que hizo Dios / como siete son las notas de la pauta  del cantor…”. Cada verso era aumento de la aceleración. No sé si el auditorio reía, pero miré al profesor y estaba serio, pendiente de cada palabra, lo que me condujo a incrementar la velocidad: “De un topacio es su amarillo / y su rojo es de rubí, / su violeta es de amatista / y su azul es de zafir”. Digo que a mí me sonaba bien esa composición, y cada que pronunciaba una palabra veía colores por doquier. Y en el poema salía el sol después de la lluvia y había risas y fulgores, y al final la tormenta había pasado. Sí, la tormenta que me parecía que yo encarnaba. “En la próxima vez, no corrás tanto, Spitaletta. Hacé pausas y entendé mejor el sentido del poema”, me dijo algo así. Yo veía a algunos compañeros muertos de la risa, y después, un osado me dijo que era porque al recitar movía una mano como una hélice.

 

No sé en qué mes de ese lejano año el profesor me llevó para que leyera una crónica de Azorín que describía una tormenta y su después. Ese escrito me produjo una sensación como si fuera un bautismo, una epifanía, un descubrimiento. No sé qué. Las palabras me atraían, me enamoraban, y quise saber quién era el escritor, qué había publicado. El tiempo pasó, el año lectivo se acabó, pero Azorín y el profesor se quedaron en mi memoria, mente y corazón. Tiempo después, nos mudamos a un barrio, El Congolo, y a la vuelta de mi casa, vivía el profesor. Su padre era policía, con pistolera blanca y kepis verde con visera negra. También conocí la hermana del profesor, que todos los días pasaba, por las mañanas, por el frente con su uniforme de cuadritos rojinegros y su cara de virgen del amanecer. Se llamaba (se debe llamar todavía) Olimpia, y digo que el tal nombre también me sedujo, aparte de las piernas y modo de caminar de la pelada.

 

Muchos años después, en una ceremonia en la que presentaba mi novela El último puerto de la tía Verania, en la Biblioteca Marco Fidel Suárez, dentro de los asistentes estaba el profesor, que me sonreía. No pude resistir el manifestarle en público que su manera de dar las clases de español me llevaron a amar las palabras, las historias, los poemas y a descubrir un escritor que ya hace años no leo. “Profesor Álvaro Sánchez, muchas gracias por su pasión de enseñar”, le dije. Y después fui a abrazarlo. Me pareció que en aquel lugar había un arco iris.