Cuadra con manga y tendera bonita

(Recuerdo de un barrio con tejares, casas de maestros y un Júpiter mordedor)

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El barrio uniforme, construido por el Instituto de Crédito Territorial, tenía una cuadra larga en la que estaban la tienda de doña Leticia, la casa del director de una escuela, otra donde había un perro peludo llamado Júpiter, la de un muchacho que imitaba muy bien el dialecto costeño y la de un negrito al que apodaban Gurre. Era asfaltada y por ahí pasaban los buses. Más allá, se extendía la de los maestros, al frente de una inmensa manga, la del Carmen, en la que había una escuelita.

 

Los entejados de asbesto (después se descubrió que es un material cancerígeno) y las paredes de ladrillos bien pulidos, pintados, le daban al barrio un aspecto de limpieza y orden. Más allá, comenzaban los cañadulzales, había tejares y si se continuaba caminando, se podía topar con los charcos de quebradas como El Hato. Había una frontera entre lo campestre y lo urbano. Unas lindes con mangos y ciruelos y naranjos. Y hacia el noroccidente, un barrio de calles sin asfalto, Pénjamo, que luego supimos que era de gente pesada y de carácter cerrero. Había en él huraños que, se decía, manejaban bien el puñal. Por allá íbamos poco. Aunque lo atravesábamos para ir a los charcos y exuberantes mangas de La Taza.

 

El Carmelo, así se llamaba (todavía ese es su nombre), era entonces un barrio nuevo, junto a los filtros del acueducto (que jamás funcionaban) y unas fincas, como las del padre Agudelo. Limitaba con La Antigua, donde estaba el convento de Las Clarisas, y con Briceño, un barrio alargado y con casas de teja española y ventanales de madera.

 

En ciertas noches, íbamos los que en casa no teníamos la televisora, a otras, sobre todo a mirar “Dimensión desconocida” y “Lassie”. A veces cobraban la entrada a diez centavos. Lo más atractivo de aquella cuadra, además de la señora bonita de la tienda, era una muchacha de nombre extraño: Rebeca, la hija del director de una céntrica escuelita a la que íbamos los domingos a ver por la televisión las carreras de caballo y no sé qué otro programa de la tarde.

 

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En la manga cercana, la de la escuela del Carmen, jugábamos partidazos. Recuerdo a Nené y a Dinamita, a Negrumina y Gonzalito, y a uno, creo que le decían Rigo, que no jugaba bien, pero que, además de balón, tenía un rifle de copas. Durante la semana, incluidos sábados y domingos, la cancha se llenaba de nosotros, de gritos y golazos. Aquellas jornadas de juego incansable, a veces era con balones de vejiga y tripa, otras con pelotas de caucho, en todo caso, eran una fiesta. Se jugaba de pantalón cortito, tenis escolares y muchas ganas. En la cuadra frente a la manga, vivió uno que fue mi profesor en tercero de primaria, don Alfonso Monsalve, al que apodábamos el Cucho.

 

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El DIM a principios de la década del 60

 

Aparte de aquellos partidos de gloria, había incursiones a fincas para el asalto frutal. No siempre era una acción limpia y sin obstáculos. Porque no faltaban los mayordomos que salían, escopeta en mano, a impedir la intentona de la intrépida escuadra infantil. O soltaban perros bravos, como pasaba en otras propiedades más lejanas del barrio, como Salento y la de los Muelas. Me marcó, quizá, aquella cuadra, porque, habitando en ella, sucedió la primera vez que fui al estadio de fútbol en Medellín. Era un largo paseo de domingo, a veces a pie, otras en bus, para apreciar partidos que eran como una parte de la fantasía. Y de aquellos jubilosos días me quedaron sonando jugadores como Ramacciotti, Fito Ávila, José Vicente Grecco y el Canocho Echeverri. Por esos tiempos vi un partido de excepción cuando el DIM le ganó 6-1 a Millonarios. Tres goles de John Jaramillo, uno de ellos de taquito.

 

En aquella cuadra, y más que en ella, en el barrio, comencé a no ir a clases. Las cambiaba por idas a los tejares a ver confeccionar ladrillos y tejas, o por caminadas con fines de hurto de mangos e inmersiones en charcos. Una vez, en una “mamada” o “capada” de clase, sin culpa descalabré a un compañero. Estábamos apedreando un árbol de mangos y el muchacho se atravesó en la trayectoria. Sangró a montones. Su mamá, tras enterarse, fue a mi casa a “poner la queja”. Y un grupo de vecinos, incluido en él mi papá, se sumó a la búsqueda del agresor (habían difundido la versión de que había sido en una pelea). Me interné por los cañaverales hasta que, al atardecer, me di por vencido.

 

El retorno a casa fue muy comentado en el vecindario. Papá pagó los gastos médicos del lapidado compañero. Y quedaron en evidencia mi mala puntería y mi “faltadera” a la escuela… Ah, Júpiter, que ya me había perseguido varias veces cuando me desplazaba a la manga futbolera, un día me cazó y mordió una pierna. La dentellada no impidió que jugara, pero me quedó una especie de amargor por la agresión del perro. Siguió acosándome con sus ladridos y correndillas.

 

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El tal Rigo, que era malísimo para el fútbol —lo salvaba que era dueño de un balón— un día decidió que, por mis burlas a su condición de limitado con la pelota, me iba a disparar con su arma mata-pájaros. Nunca acertó, pero era una amenaza latente, porque qué tal un copazo en un ojo. En aquella cuadra y barrio no duramos ni un año. Hubo mudanza. Y atrás quedaron Elkin, Hernán, Rebeca, doña Leticia y su tienda, los goles de potrero y las excursiones a fincas y tejares. También las noches de tv en una sala de vecindario y las burlas a una viejita, Carola, que tenía un enorme solar con ciruelos y la muchachada, además de robar sus frutos, le gritaba ofensas a la anciana, que respondía con uno que otro risible hijueputazo.

 

Aventura con leche en polvo

Una noche, varios pelados de aquella cuadra-barrio, nos metimos a la escuela del Carmen, tras forzar las puertas. Había apilados muchos bultos de leche en polvo. Abrimos varios y llenamos recipientes. En la huida, quedó un largo camino blanco en el piso. La pilatuna nos hizo durar la risa de estruendo por varios días. El Carmelo, de pronto, quedó atrás. Ahora es un recuerdo añejo, con olor a mangos y a barro cocido, con alaridos de gol y, en la distancia, la cara bonita de la tendera que flota en la memoria.

 

No supe más de Rebeca ni de su padre Francisco, el director de escuela. No volví a ver a la mayoría de muchachos de entonces. Parte de la infancia en El Carmelo se invirtió en mangas y quebradas. A veces, me llega la imagen de un viejo sordo que no sabe adónde ir en una ciudad que está inundada y a punto de desaparecer bajo las feroces aguas. Se oyen sirenas, pitos de carros y se ve gente corriendo. En una sala, los muchachos, sentados en el piso, respiran fuerte y un suspenso angustioso se desparrama al frente de una pantalla de televisor.

 

22-VIII-2019

 

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La Dimensión Desconocida, una vieja serie de TV, que reunía a vecinos en las salas de las casas.

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El balón náufrago y otras futbolerías

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Por Reinaldo Spitaletta

El balón tiene el poder intrínseco de la seducción. Y cuando es acariciado por un pie artístico; cuando se vuelve el corazón de los que disputarán con él un cotejo; cuando es parte de la imaginación de un colectivo que —insisto— no lo patea sino que le declara su amor, entonces no hay nada más arrebatador sobre la tierra que un partido de fútbol en el que estás involucrado como ser activo (como espectador es menos interesante), como elemento protagónico de los que se divierten y juegan solo por eso: sin otro aliciente que el júbilo y la efervescencia de adrenalina. Por acrecentar las emociones. Se gana, se pierde, pero en un partido de calle o manga o potrero barrial nadie estará derrotado.

El balón, suprema deidad de los que ofician el ritual de los pases y las gambetas, de las atajadas y los goles, es el único imprescindible en la lid futbolera. Y por ello, su falta, un accidente (cuando lo estalla un carro, por ejemplo), una herida, un despojo, puede causar la más honda de las tristezas entre los contrincantes, sobre todo si no hay uno que lo releve, otro que, ante la ausencia forzada, mantenga la posibilidad de la alegría plural.

Aquellos partidos de hace tiempos en la calle, cuando el mundo era todavía un paisaje de sueños y vivencias sin preocupaciones, tenían la “dinámica de lo impensado”, pero, a su vez, de la alegría en los pies y la cabeza. Era una hermandad que rivalizaba de buenos modos —aunque no siempre— y se proponía exponer lo mejor del juego en equipo, de la clase y la técnica, de la dignidad de ir por el triunfo, de manera leal, y con las ganas siempre vivas de hacer piruetas, malabares, fintas, paredes, y, claro, goles.

A los que nos tocó el momento de las prohibiciones del fútbol callejero, de la estigmatización de parte de señoras muy enojadas y policías muy perseguidores, los partidos de calle siempre tuvieron el aire de la clandestinidad y el atractivo de lo no permitido. Las damas —pobrecillas ellas, jamás jugaron al fútbol— porque les chocaba (con razón) los pelotazos contra puertas y ventanas y, quizá, la algarabía de la muchachada. Y los tombos porque estaban tal vez cumpliendo alguna absurda proscripción leguleya.

Y nada ni nadie pudo evitar los partidazos en el asfalto, con porterías de piedras, en los que siempre había discusiones sobre si fue o no fue gol, y se armaban tremendos alegatos que le ponían pimienta al “picado”. Desde unas cuadras se escuchaban los gritos de “¡zonas, llegó la chota!”, que en buen romance significaba que los agentes estaban arribando en una patrulla, casi siempre una camioneta destartalada. A veces, nos correteaban, sin alcanzarnos jamás. Y no faltaba la pifia. Alguien olvidaba el balón y, sin remedio, los tombos lo decomisaban. Entonces, nos contaban después, las señoras salían a celebrar con aplausos y risotadas. Poco les duraba el festejo.

Había otros encuentros en mangas, que eran, en la imaginación de todos, una suerte de Maracaná. Lo que quiero narrar es que en ciertos potreros había muy cerca, como decir casi en la raya final, una quebrada caudalosa. Y era toda una epopeya mantener con vida el balón (¿sabían que el balón tiene vida propia?). Cuando caía al agua, había carrerones por la orilla esperando que se posara en algún remanso o que la corriente lo condujera hacia la ribera. No faltaba el osado que se metiera a salvar de las aguas la pelota, que revivía la leyenda de Moisés.

No poder recuperar un balón del naufragio era de las tristezas más hondas que nos invadía. No era que sobraran los balones entre los jugadores. A veces, había que recoger monedas entre todos para ajustar la plata para comprar otro. Y los tiempos no eran de abundancia. Una vez, en una manga adyacente a la quebrada La García, disputábamos un desafío (o “selección”) entre los del Congolo y una patota de La Cumbre. El partido, tras dos horas de juego, iba empatado. Y no sé quién hizo un chute fenomenal que el balón se fue aguas abajo y nadie pudo alcanzarlo. Aunque el honor quedó intacto, sí queríamos doblegar a los contrarios (y seguro, ellos a nosotros).

Mucho tiempo después, cuando ya éramos “rodillones”, jugábamos en una canchita que daba a la calle de Barranquilla, cerca de la Universidad de Antioquia. El día que estrenábamos un balón de marca, una belleza, alguien sacó un taponazo que lo mandó hasta la otra calzada. Cuando íbamos a buscarlo, un camión se detuvo, se bajó un sujeto que recogió la pelota y se montó de nuevo al carro con nuestro tesoro. No teníamos repuesto. Quedamos iniciados.

Hubo en una plazoleta en el barrio el Congolo, de Bello, que usábamos como “estadio”, con picados que se prolongaban horas eternas, sin cansancio, sin aburrición. Se jugaba con pelotas de plástico (que también se les decía de “carey”). Una noche, en un compromiso de alta temperatura y ardentía, el balón se entró a la casa de doña Lola, rompió un florero y no sé qué otros estrago hizo. La señora, con calma y sin vacilación, lo tomó entre sus manos y lo fue “pedaciando” a punta de cuchillo. Nos tiró los restos y cerró la puerta con satisfacción del “deber cumplido”. Nadie se atrevió a apedrear la casa.

Hace poco, mi hijo me puso un mensaje, en el que contaba que el río Medellín estaba crecido, con sus turbulencias color pantano y lo único que se veía en la corriente feroz era un balón verde fosforescente, que viajaba sin control en las tormentosas aguas. ¿A quién se le había ido? ¿Qué partido quedó inconcluso? ¿Qué niño todavía estaría llorando la terrible pérdida? Quizá por esa misiva de whatsapp, estoy ahora escribiendo estas líneas.

Perder un balón en aquellos días felices era tan trágico como cuando a un chico se le caía la crema del cono y, ante la mirada de los espectadores, algunos a punto de reír, el pelao se quebraba en llanto, mientras la mamá le decía que no llorés, mijito, vení vamos a comprar otro. A veces, no teníamos en caso de desaparición de la maravillosa pelota, con qué conseguir otra de manera inmediata. Y, en serio, no faltaba el nudo en la garganta y una frustración parecida a la de la derrota.

En aquellos días, creo, un balón era la más alta forma de la felicidad. Y su pérdida, una desgracia que, mínimo, nos hacía soltar, más que un lagrimón, un doloroso hijueputazo.

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