Mano a mano

Lo empezó a matar a las cinco. La tarde entraba por la puerta hasta el mostrador. No había ningún cliente en la cantina, de dieciséis metros cuadrados. De un tocadiscos salía la voz de Gardel, con mucho scratch la grabación: “Los favores recibidos creo habértelos pagado…”. Ella sacó de su cartera la navaja, la abrió despacio, e increpó al sujeto, de delantal blanco-sucio: “¡Me has traicionado con esa perra!”. El hombre la miró, impasible, no había en él ningún estado de alteración. Frío. No parecía creer en las palabras de la mujer, y menos en la navaja abierta, cuya hoja refulgía. Había en el aire una como leve vibración, como un sutil aleteo.

-Sí, me traicionaste, perro, hijueputa. Y eso no lo perdono-, continuó ella, la cara descomponiéndose, la mano armada de un temblor furioso. El hombre, sin embargo, no se inmutó. Sirvió una copa de aguardiente y se la bebió de un trago, sin mueca alguna. Y sin pasante.

-Tomate uno, querida, y dejá de joder-, le dijo y fue hasta la vitrina, tomó otra copa y le sirvió un trago. La mujer lo bebió con lentitud pero no guardó la navaja. La blandió, alta. “Perro traidor”, dijo y en ese preciso instante le propinó el primer navajazo en el vientre. El hombre no hizo nada por evitarlo. Ni lanzó ningún ay. Había en su rostro, eso sí, una sombra de incredulidad. Se tomó momentáneamente el estómago. No pareció prestarle atención al ataque.

Apuró otro trago. “Y si alguna deuda chica sin querer se te ha olvidado…”. La mujer, perpleja por un segundo, sintió la voz del cantor y el fondo de guitarras. “En la cuenta del otario que tenés se la cargás”. “Mano a mano vamos a quedar éste y yo”, pensó. El hombre, de espaldas a ella, miró las estanterías, ahí, en ellas, había invertido su trabajo de años, botellas de cerveza, de aguardiente, de gaseosas… La música seguía sonando. Iba a servirse otra copa, cuando sintió una suerte de rasguño en la espalda. Miró de reojo y la vio, sonriente, impávida, segura, con unos ojos de sangre. La mujer no cesaba de observarlo, con una mueca de burla y con unas crecientes ganas de continuar su agresión. Él pareció ignorarla. En ésas estaba cuando entró un cliente.

-Hola, don Jesús, ¿cómo va la vida?

-La vida va bien, pero ya voy a tener que cerrar-, mintió.

-¿Por qué, hombre? Dame un aguardiente, que no me demoro.

-Claro que sí, hombre. Pero voy a cerrar porque tengo una urgencia.

El cliente observó a la mujer. Sonrió. Pero su sonrisa se apagó cuando la vio con la navaja en la mano. Inicialmente, creyó que la estaría usando para arreglarse las uñas. Su impresión cambió cuando detalló en la cara de ella.

En sus ojos había odio, un centelleante rencor que enfrió al súbito visitante.

-Sabe qué, don Jesús: no me sirva nada. Después vuelvo.

En ese momento, la mujer supo que nada ni nadie la detendrían en su intención. Todo la ayudaba. Era jueves. No habría mucha clientela. Y a todo el que entrara ella lo iba a mirar con desprecio, con ojos de basilisco, lo fulminaría con esos ojos que ahora volvían a ver a su enemigo amado.

-¿Querés escuchar otra cosa?-, le preguntó él.

Ella vaciló. No esperaba que tras el ataque él sería tan gentil. “Claro, es que no sabe cómo disimular, como hacer para bajarme esta putería”, pensó.

-Poné lo que te dé la puta gana-. Y entonces arremetió contra el hombre, que se quedó quieto, sin intentar impedir la agresión. La navaja cortó otra vez la carne. “Voy a cerrar la puerta”, pensó él. “Esto está tomando otro camino”. No se interesó más por la música. La miró con unos ojos en los que la incredulidad se iba degradando hasta tomar un color de asombro. “Me matará”, pensó mientras aseguraba la puerta. Luego, sirvió más aguardiente para dos. La mujer se descontroló. Por qué no reaccionaba, no se dolía, no alegaba, no la cogía a puñetazos, él que era más alto que ella, más fuerte, un hombre, qué era lo que estaba pasando, ¿si sería un infiel, un traidor, un engañador? Estaba vacilando. Miró la navaja, el brillo de la hoja la alejó de su posible apaciguamiento.

-Me has traicionado, me has traicionado-. Rompió en llanto, un llanto quebrado. El hombre le ofreció la copa. La apuró de una. Y el brillo de la navaja la atrajo, otra vez.

-Dejate, mija. Voy a poner un bolerito.

Las guitarras de Los Panchos colmaron el recinto. “Una copa más te brindo al despedirnos, una copa más que nos hará olvidar…”. La mujer se estremeció.

Sentía en los labios el sabor acre del guaro, una especie de candela en el estómago, un acaloramiento en las mejillas. Entonces arremetió de nuevo. El hombre tampoco se dolió esta vez, pero ya la sangre le manchaba el delantal… “una copa más, tal vez un poco amarga…”, alguien tocaba a la puerta, tas, tas, tas, don Jesús, don Jesús, por qué tenés la tienda cerrada, abrí que esa música suena lindo… Él, sin embargo, no contestó, subió el volumen a la canción y miró a la mujer. Tenía una falda roja, las piernas aún atractivas, el pecho firme. La cara era la de una fiera, con ojos brillantes, enrojecida por la ira, por los celos y, a estas alturas, por el aguardiente.

-Brindemos-, señaló el hombre, mientras servía dos copas. Una vacilación pareció atravesar a la mujer, no alcanzaba a entender por qué ese hombre, su hombre de tantas horas de pasión, se dejaba cortar, no se defendía, no oponía resistencia, qué era aquello tan aterrador. Comenzó a asustarse con su obra.

-¡Tas, tas, tas!… Abrí, hombre, que queremos un traguito y escuchar música.

-No, no, es que estoy muy indispuesto. Y ya de todos modos me voy a ir a casa. Mañana, con mucho gusto, tomamos hasta el amanecer.

No hubo insistencias. La mujer salió de sus vacilaciones, su cara retomó el color de la rabia y la navaja penetró otra vez en el vientre del cantinero. Pero él, qué vaina, no hacía nada por evitarlo, solo se tocaba la parte herida, en silencio, sin dolerse, y eso ya no la desconcertaba a ella, que siguió atacando, dos, tres veces más, por qué mi hiciste eso, por qué, pedazo de hijueputa, que no me merecés, por qué, por qué, y él sin palabras, sin ayes, apenas viendo cómo el delantal era cada vez más rojo, rojo húmedo.

Tuvo, sin embargo, el valor, o quién sabe qué, tal vez una iluminación, de decirle que se tomara otra copa, y entonces ella trastabilló, y él aprovechó para servirlas, una copa más, quizá la última. Bebieron. Tras el trago, ella escupió.

-¡Tas, tas, tas!

-¿Quién es?, preguntó el hombre.

-¡La policía! ¿Qué es lo que pasa ahí?

-Nada, aquí no pasa nada. Es un asunto íntimo, nada grave, y nada que le importe a nadie-, contestó la mujer.

-Bueno, entonces no se vayan a matar.

-Oíste, hijueputa, pues sí que te quiero matar-, dijo ella, el odio en la voz, susurrada apenas. Otro navajazo acompañó las palabras. El hombre, como en veces pasadas, nada hacía por su defensa. Miró con tristeza la botella de aguardiente, las copas vacías, la grabadora, los estantes, las cajas de cerveza, como haciendo un reconocimiento del espacio. Había en él una actitud de derrota. No quería luchar. No quería tomar ese cuchillo sobre la pocetica, no quería cogerlo para apuñalarla, no quería. Sirvió dos tragos.

La mujer lo miraba, ya con aire indiferente, como el cazador cuando se ha acostumbrado a lo cazado. Ella sabía que lo tenía atrapado. Que él estaba condenado a soportarla, a tenerla ahí, castigadora, vengadora. Él se lo había buscado, por traidor, y eso ella no lo perdonaba, ni riesgos. “Una copa más, tal vez un poco amarga, por nuestro gran cariño que nunca volverá, una copa más”, sonó la música dentro de ellos.

Entonces volvió a atacar. Una, dos, tres veces. Y el hombre, nada, no se defendía, no se lamentaba. Apenas la miraba, ahora con ojos de burla, que desaforaron más a la mujer. Una, dos, tres. Y él, nada de nada. De pronto, el hombre comenzó a reír, se reía con risa de loco, con una risa que no correspondía a la de un moribundo. La mujer, enardecida, continuó sus arremetidas. Cuatro, cinco, seis. Y él reía, y la risa de él la desquiciaba, parecía hundirse ella en su sangre. Eran las nueve de la noche cuando le dio el último navajazo, ese sí, en el corazón.

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