Parque del Periodista, reencuentro con el centro

(Crónica con cervezas, galería de arte y conversación al aire libre)

 

Resultado de imagen para murales parque del periodista medellín

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

La que fue, hace años, la desolada plazoleta del Guanábano, con caserones como los que habitó Luis López de Mesa (hoy sede de la Academia de Historia de Antioquia), es hoy, con el busto de un cubano al que acusan de haber creado el periodismo en Colombia, el Parque del Periodista, en el que se han celebrado misas con ánimos de exorcismo y paganas trabas de marihuana y alcohol.

 

En el vértice que forman Girardot y Maracaibo, dos históricas calles del centro de Medellín, se yergue la placita con retretes de calle, una escultura que conmemora una masacre sucedida en Villatina, el celebérrimo bar El Guanábano, licoreras, ventas de empanadas, una vieja farmacia, residencias de paso, bares y comederos de ocasión.

 

El origen nominal de El Parque del Periodista se remonta a 1971, cuando gremios de reporteros se movilizaron para que ahí, en ese lugar que entonces estaba muy lejos del mundanal ruido, se rindiera homenaje al cubano Manuel del Socorro Rodríguez de la Victoria (1758-1819), que en tiempos de la colonia fue bibliotecario, periodista, miembro de una tertulia e informante del rey Fernando VII. Y desde entonces, a la plazoleta, que no es parque, se le denomina así.

 

En los albores de la década del noventa, en pleno furor de los carteles de la mafia, que aterrorizaron por varios años a los habitantes de Medellín, el parque del Periodista va a cambiar de usos, y de una solitaria plazoleta en zona residencial se metamorfoseará en un espacio de estudiantes, punkeros, bohemios de diversa índole, artistas y habitantes de la noche.

 

Cuando La Arteria, un cafetín situado en La Playa entre Girardot y El Palo, se convirtió desde los ochenta en el templo de universitarios, poetas, exnadaístas, aprendices de escritor, y otros aventureros de la nocturnidad, el sector era un hervidero de la muchachada. También de veteranos nostálgicos que se aferraban al uso de una ciudad para conversar. La avenida sobre la quebrada Santa Elena se colmaba en las jardineras, en las raíces de las ceibas, en las aceras. Olía a cerveza, a mochilas y libros.

Pero lo que denominan en tono filosófico el “progreso” acabó con la casa republicana en cuyo garaje estuvo La Arteria y hasta ahí llegó la existencia de uno de los bares más emblemáticos que tuvo el centro de la ciudad. La migración se dirigió hacia Girardot con Maracaibo, parte de lo que hoy se identifica como la Zona Fucsia. Y allí, en un local donde antes funcionó El Pollo Farsante, cuatro bohemios profesionales (Juan Fernando el ‘Mono’ Upegui, José Ignacio Mesa, Gloria la ‘Mona’ Uribe y John Jaramillo) fundaron El Guanábano. Era 1990.

 

Entre los ochenta y parte de los noventa, y antes que la mafia declarara “estado de sitio”  y “toque de queda” en el centro de Medellín, la bohemia se esparcía por algunos otros bares del sector, como el de Don Lao, al frente del teatro Sinfonía, El Jurídico (en Córdoba con La Playa), El Pergamino (en la esquina de Maracaibo con Córdoba), La Boa (de Iván Zuluaga, en Maracaibo con El Palo) y, claro, La Arteria (de Guillermo Suárez).

 

La apertura de El Guanábano fue una suerte de conmoción en la plazoleta. La larga noche estaba atiborrada de músicas, tragos, humos, conversa, y de una flexible diversidad de gustos, modas, apariencias, modos de ser. El Parque del Periodista mutó de una soledad antañosa a una dinámica urbana con múltiples presencias. Es una zona frenética, convergencia de rastas y metaleros, de salseros y roqueros clásicos. Un lugar multicultural, con cabida para todos.

 

En el pedestal circular de la escultura Los niños de Villatina, de Édgar Gamboa, lo mismo que a sus alrededores, los circunstantes se congregan en sus parlas eternas, quizá sin saber muchos de ellos que el monumento es un homenaje a los niños masacrados por policías el 15 de noviembre de 1992, y a lo mejor ni les importa el busto del cubano Manuel del Socorro, personaje al que un periodista de estos tiempos (Carlos Bueno) calificó de “inane, inocuo y prescindible”.

 

En una de las esquinas del parque, en el cuarto piso de un edificio marcado con la placa 53-09, ha comenzado a funcionar una galería de arte (925 Art Gallery), con una exposición colectiva titulada Reencuentro con el Centro. Su creador y doliente es Luis Alberto Duque. “Tenemos la misión de apoyar y proyectar el arte de los artistas emergentes de Medellín. Tendremos exposiciones, estudios para artistas, charlas, encuentros con extranjeros”, dice.

 

Por ahora, en la nueva galería hay obras de Juan Fernando Ospina, Male Correa, Philip Anselmo, Sebastián el Donchi, Ita Yosara Gallego, Javier Berrío, Daniel Paniagua y Jorge Zapata.

 

Una nueva dimensión que le nace al parque, en medio de su multiplicidad cultural, en la que aparecen comediantes, poetas, habladores profesionales, fotógrafos, historiadores, travestis, vendedores ambulantes, médicos, artesanos y los que persiguen sueños.

 

El Parque del Periodista, repudiado tal vez por aquellos que no conciben la conjunción de la diversidad en un espacio abierto, expresa hoy una de las formas de ser de un centro que aspira a albergar en su seno de cemento y vehículos todas las maneras de la cultura y la convivencia social.

 

(Nota escrita para el diario El Mundo, de Medellín)

 

Resultado de imagen para parque del periodista

Anuncios

La Boa que yo conocí

(Un bar de bohemias ochenteras y un tanguero señor de la noche)

Resultado de imagen para bar la boa medellin

Iván Zuluaga, dueño de la vieja Boa

 

Por Reinaldo Spitaletta

A principios de la década del ochenta, cuando frecuentaba más que todo La Arteria, un bar de la avenida La Playa de Medellín, conocí La Boa, de Iván Zuluaga, en la calle Maracaibo, entre El Palo y Girardot. Había en la pared una foto-afiche de una mujer añosa tocada con un pañuelo rojo, medio sonriente ella y creo tener la imagen de que le faltaban dientes. En una mesa estaba el poeta Alberto Escobar, el de Los sinónimos de la angustia, con otros contertulios, entre ellos Aldemar Betancur, jefe de relaciones públicas del Colombo Americano.

 

Yo era un reportero incipiente, que además escribía crónicas urbanas en un suplemento literario. Me parece que fui a dar a aquel lugar, no de noche, sino al atardecer, porque debía hablar con Betancur no sé sobre qué tema cultural del Colombo. Y esa, La Boa, era parte de su oficina. El dueño era un señor narigón, a veces seriote, pero, en otras, según las circunstancias, simpático. Lo primero que me dijo, tras saludar y presentarnos, fue que en aquel bar el escritor Manuel Mejía Vallejo, años atrás, había escrito parte de su novela Aire de tango.

 

No recuerdo qué era lo que Aldemar, un tipo de voz abaritonada, que escribía poemas y leía entonces libros de Cesare Pavese, como el de Lavorare Stanca (Aldemar lo pronunció en italiano) quería promover. No sé quién recitó entonces unos pocos versos de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos / esta muerte que nos acompaña / desde el alba a la noche, insomne, /sorda, como un viejo remordimiento / o un absurdo defecto…”.

 

En todo caso, días después, Aldemar me regaló un libro de Pavese, La playa, y tengo un confuso recuerdo en el aquel me está hablando de gaviotas ciegas. El asunto es que me comenzó a gustar La Boa, porque sentía un aire distinto, una especie de hermandad, conectada con las palabras y, como lo supe después, con el tango. Seguí yendo, a veces solo a tomar café en la tarde. Y de a poco su dueño y yo nos bordamos una amistad en la que, de por medio, estaba la voz de Roberto Goyeneche. Con Gabriel Restrepo, un escultor con el que solíamos practicar la bohemia en distintos bares de Medellín, nos volvimos asiduos de La Boa. Yo le llevaba, a veces, casetes con grabaciones del Polaco. En muchas ocasiones, encontré a Iván, la cabeza contra el mostrador, escuchando en un acto reverencial Naranjo en flor, La última curda o Niebla del Riachuelo. Creo que lloraba.

 

Por esos días, el mostrador estaba junto a la única ventana, que daba a la calle, y que era parte del bar. Después, Iván lo trasladó a la parte de atrás, cerca del único orinal, cubierto por una celosía de colgaduras cafés y negras. A veces, Gabriel y yo, junto con otros “patos” del Centro, íbamos primero a La Arteria, de Guillermo Suárez, y más tarde visitábamos La Boa, en la que muchas veces encontrábamos ebrio o a punto de una magnífica borrachera a su dueño, que era por lo demás un conversador agradable.

 

No sé cuándo, en una noche aguardentera, me habló de que, cuando estuvo de aventura en el Bajo Cauca, había fundado un pueblo, un caserío, y ponía voz de importancia y no sé si evocaba a viejos colonos de Antioquia o a antiguos conquistadores. “Lo bauticé Muribá”, me dijo y agregó que teníamos que ir por allá, donde además había dejado amores. Era, según sus coordenadas, cerca de Puerto Bélgica. Nunca fuimos.

 

Las noches de la Boa estaban atiborradas de Goyeneche y conversación. El paisaje de sus mesas, con sillas rústicas de madera gruesa, albergaba poetas y vagabundos. Que, en esencia, puede ser lo mismo. Iban escritores y tipos que posaban de saberlo todo. Sin embargo, que me haya tocado, nunca hubo un malentendido que hubiera terminado a puñetazos. Porque creo que a taburetazos, por lo pesado de ellos, era un imposible. Ah, claro, también iba uno que otro plomo. O tipo “pesado”. Gajes de bar. Y de la bohemia.

 

No era un bar de atracciones locativas. Paredes con uno que otro cuadro (por aquellos días no estaban ni Gardel ni Goyeneche; después, aparecieron en su decoración), y a veces algunos artistas colgaban allí muestras. Cuando yo iba solo, me sentaba al mostrador a conversar con Iván, y ahí iba armándose un círculo en torno a literaturas y la ciudad. Pasaba como en La Arteria: los circunstantes eran su mejor adorno, porque había palabras de un lado a otro. Y de vez en cuando, alguien tocaba la guitarra.

 

En aquellos ochentas, en que todavía no se había instaurado a fondo el terror mafioso en la ciudad, La Boa era una sede de poetas, de algunos nadaístas extemporáneos, de conversadores profesionales y por allí, claro, pasaba a cantarnos sus Spirituals el Negro Billy. Aldemar Betancur, que tuvo fama de tacañerías para el licor, a veces leía en su mesa poemas suyos o a recordar los tiempos en que iba a Lovaina, ya en decadencia, a buscar muchachas para que le oyeran su parla de voz de locutor.

 

Iván, en todo caso, era el alma de La Boa, con sus tangos e historias de desamores familiares y noviecitas adolescentes. Una de ellas, según nos contó cuando ya el hombre no podía con el alcohol ni con la vida, lo había “tumbado” no recuerdo ya en qué pueblo, dónde él le puso un almacén. Al final de sus días, dormía en el café, en el que armaba un cambuche junto al orinal.

 

En otras jornadas, iban ajedrecistas, como Fernando López, con el que, en ocasiones, a medianoche, él en la esquina de Girardot y yo enfrente de La Boa, nos desafiábamos: cada uno cantaba (gritaba) un tango, en turnos ininterrumpidos. Casi siempre, terminábamos a dúo con el vals Bajo un cielo de estrellas. Iván solo se reía, pensando quizá que estaba en presencia de dos orates.

 

Durante espaciados meses y años, me alejé de La Boa, pero cuando aparecía, Iván siempre tenía listo un abrazo y un trago de bienvenida. Y, por supuesto, los tangos de Goyeneche. A veces recordábamos los días de antes y su voz se entrecortaba con sollozos. Iván había envejecido, como la calle Maracaibo, como todos los que por allí fuimos asiduos. Y llegó la muerte y tuvo sus ojos, los ojos tristes del dueño de La Boa. Murió en septiembre de 2011.

 

Después (“¿qué importa del después? Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado…”) poco volví a La Boa. Supe que la ventanita de arrabal ya no está. Y que son otros los circunstantes. Pero la voz de un poeta vuelve siempre, abriendo memorias: “Oh querida esperanza, / también ese día sabremos nosotros / que eres la vida y eres la nada”

 

En diciembre de 2014, ya La Boa tenía otros dueños. Aquí, en la ventanita, con varios contertulios.