Borges el antifútbol

“El fútbol es popular porque la estupidez es popular”, dijo el escritor argentino.

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El día en que Maradona marcó dos goles legendarios (uno con la “mano de Dios” y el otro el Gol del Siglo), ya Jorge Luis Borges se hallaba en la eternidad. Era el 22 de junio de 1986, y el escritor y poeta argentino había muerto una semana antes, tras haber odiado el fútbol y diciendo, por los días previos a su fallecimiento en Ginebra, que no sabía quién diablos era Maradona.

 

Durante su vida, de erudiciones e intelectualidades de alto coturno, el autor de El Aleph condenó un deporte que él calificó de estúpido y no acorde con la inteligencia inglesa, a la que se debe, en una suerte de descalabro (según la mirada de Borges), la invención del fútbol moderno. “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”, declaró el escritor.

 

Borges no entendía cómo un deporte “innoble, desagradable, agresivo y meramente comercial” había llegado a ser una disciplina con tantos adeptos en el orbe. Tal vez no aspiraba a apreciar en esa práctica una demostración de esteticismo, de “buenas maneras”, de racionalidad, pero tampoco creía que fuese de seres inteligentes volverse fanáticos.

 

Es posible que su animadversión se fundamentara en el excesivo paroxismo que el fútbol causaba (todavía es así) en su país, en una mixtura de nacionalismo y religiosidad. En la Argentina, la pasión y la naturaleza irracional del hincha, puede provocar catástrofes y enceguecimientos colectivos. Para él, fútbol y nacionalismo eran la cara de una misma historia: “El nacionalismo sólo permite afirmaciones y toda doctrina que descarte la duda, la negación, es una forma de fanatismo y estupidez”, escribió alguna vez.

 

A diferencia del ensayista y poeta, hubo otros intelectuales, no solo en su país, sino en el resto del mundo, a los que el fútbol les causaba una gran emoción e, incluso, veían en él, cuando había en el juego demostraciones de belleza, una manifestación del arte. Como sucedió, por ejemplo, con el Brasil del Mundial del 70, en México, luminosa constelación que asombró a los aficionados de todas partes. André Maurois, en un discurso pronunciado en 1949 en gracia de un aniversario del fútbol en Francia, dijo, entre otros tópicos, que “¡cuántas faltas comete la inteligencia porque el cuerpo no está bien enseñado!”, en una cita socrática, para rematar con su célebre frase: “el fútbol es la inteligencia en movimiento”.

 

Entre la pléyade de escritores y poetas que han apreciado al fútbol están Rafael Alberti, Miguel Hernández, Eduardo Galeano, Albert Camus, Osvaldo Soriano, Augusto Roa Bastos, Mario Benedetti, Camilo José Cela, con un adjunto de decenas de intelectuales, entre cineastas, filósofos, artistas plásticos e historiadores.

 

Volviendo a Borges, el mismo que el día del partido inaugural del Mundial de Fútbol de 1978, en Argentina, programó una conferencia sobre la inmortalidad, a él le parecía el fútbol una variante del tedio. Jamás practicó este deporte ni ningún otro (solo le gustaba el ajedrez). “Detesto el fútbol, es un juego brutal que no requiere un coraje especial porque nadie se juega la vida…”. Y así como el estadio Monumental se llenó en el partido inaugural entre Argentina y Hungría, la biblioteca que albergó a Borges en su conferencia también se atiborró de concurrentes.

 

César Luis Menotti, el técnico de la Argentina campeona del Mundial del 78, entrevistó a Borges para una revista literaria, poco tiempo después de haber conseguido el palmarés con el elenco gaucho. El escritor era una de las figuras admiradas por el entrenador. Cuando el autor de Ficciones estaba frente a Menotti, le espetó estas palabras: “Usted debe de ser muy famoso…”. El otro no sabía qué decir. Quiso articular algunas palabras. No le salieron. Y Borges finalizó la jugada: “Porque mi empleada me pidió un autógrafo suyo”.

 

Enrique Amorim, escritor uruguayo, autor, por ejemplo, de una novela alucinante como La Carreta, casado con una prima de Borges, fue con este a un partido entre Uruguay y Argentina. A ninguno de los dos les interesaba el fútbol. Durante el encuentro, ambos hablaban de literatura y otros temas. Al terminar el primer tiempo, salieron (creían que ya había finalizado el cotejo). “Bueno, le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay –le dijo Borges— para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz”. Y Amorim respondió: “Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para quedar, también, bien con usted”. No se enteraron del resultado y ambos trascendieron el apasionamiento y las rivalidades de un partido.

 

Como se sabe, con su amigo Adolfo Bioy Casares Borges escribió el libro Cuentos de H. Bustos Domecq, en el que al alimón crearon personajes como Isidro Parodi y el prologuista Gervasio Montenegro, el de la “fatigada elegancia”. Uno de los relatos, con el título Esse est percipi (“ser es ser percibido”, que sintetiza la filosofía de Georges Berkeley) es sobre fútbol. Es todo un cuestionamiento a ese deporte, a su parafernalia efectista, a sus complots y engañifas. Es un precursor de la realidad de corrupciones que luego se volverán paisaje con la FIFA.

 

En el cuento (con estructura de crónica), Honorio Bustos Domecq asiste con asombro a las revelaciones sobre partidos arreglados y otras patrañas, con la complicidad de la publicidad y los medios de comunicación. En la brevedad del relato hay una suerte de drama acerca de las puestas en escena sobre las triquiñuelas y el apoderamiento del mundo por un deporte como el fútbol.

 

En el Mundial del 86, hubo un partido adobado por asuntos históricos. La Guerra de las Malvinas, entre Argentina e Inglaterra, ocurrida cuatro años antes, fue un suceso que hirió el orgullo y patriotismo de los argentinos. Y aquel encuentro estaba lleno de expectativas y se respiraba un ambiente de vindicta. El 22 de junio, en el Estadio Azteca, hubo dos hechos descomunales: uno, el primer gol de la selección gaucha, anotado por el genio Maradona, con la mano; y el otro, pocos minutos después, el mismo número diez, desde la mitad de la cancha dejó regados ingleses, abatidos por la inteligencia y habilidad de uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol. Y marcó el segundo: el Gol del Siglo.

 

Ocho días antes, en Ginebra, Suiza, había muerto Jorge Luis Borges, a quien semanas antes muchos periodistas le preguntaban por Maradona. Y él, siempre dueño de un extraordinario humor negro, les contestaba que no tenía ni idea de quién se trataba. Prefería el gran escritor el juego de soñar infinitos mundos, de poetizarlos y alcanzar con las palabras el grado de divinidad que, a veces, algún futbolista también logra.

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“La lectura debe ser una de las formas de felicidad, ¡Sigan buscando la suya!”: Borges

Mañas y agresiones en el fútbol

(Una nota con toques testiculares, escupitajos y un cuento de Fontanarrosa)

 

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

El fútbol, al que algún académico francés denominó, no sin razón (son muy racionales los galos), “la inteligencia en movimiento”, está lleno de gracias y bonituras (como, por ejemplo, un gol de chilena de Marco van Basten; el de Maradona contra Inglaterra…), y de apasionamientos que pueden lindar con la desaparición de la racionalidad; y, en los últimos decenios, cuando se tornó no solo un vasto espectáculo de masas sino en un negocio de altos réditos, el fútbol se trastocó en una cueva de ladrones, como los de la Fifa.

 

El fútbol, del cual despotricaba Borges y al que adoraba Camus, que anunció que todo lo que aprendió sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol, es una convivencia simultánea entre el ingenio y la trampa; la fantasía (la misma que hoy escasea) y las colecciones de mañas. El finado Umberto Eco, que no era un amante de futbolerías, declaró que él no odiaba el fútbol, sino a los apasionados de esta especie de religión (para Vázquez Montalbán era una “religión benévola”): a los fanáticos.

 

Despreciado durante muchos lustros por intelectuales, que veían en esa práctica un ejercicio de alienación, “el nuevo opio del pueblo”, un estupefaciente más para embobar multitudes, también logró la adhesión de escritores, poetas y otros artistas. Tal vez uno de los cuentos más hermosos sobre el tema lo escribió Roberto Fontanarrosa (un sufrido hincha de Rosario Central): Viejo con árbol, y desde luego en cualquier antología del género deben aparecer los de Osvaldo Soriano, alguno de Benedetti y varios de Camilo José Cela. Hay más.

 

Bueno, pero de lo que debo escribir hoy es de las mañas en la práctica sacrosanta del fútbol (hay feligreses, oficiantes, rituales, himnos, oraciones…), que en las mangas o potreros de barriada todavía se acerca a las alturas de la estética y la ingeniosidad. Tal vez, la entrada en el mundo de las plusvalías y las exorbitantes transacciones capitalistas, ha hecho que el fútbol se parezca, además del trillado corito de “pan y circo”, a una máquina infernal de hacer dinero, lo que, de suyo, admite la compra de árbitros, o de rivales, y, como ha sucedido, la proliferación de  amenazas, extorsiones, “vacunas”, que cualquiera le vende el alma al diablo o se deja seducir por los maletines repletos de dólares.

 

Se podría decir, como una especie de convención, que las mañas son propias del fútbol; las que se practican en las canchas, las que tienen que ver con cierta picardía, con engañifas que no maltratan y alguna teatralidad. Un pisoncillo a un rival en el momento en que va a saltar, un empujón con levedades, un agarrón medio sutil a la camiseta, y otras muchas que parecen un catálogo de candideces, son parte inevitable del juego. Las que ya van teniendo vestuario de matonerías, de truculencias que pueden dañar al contrario, que trascienden la disputa limpia (la empañan), se convierten en modos de ablandamiento. O de la intimidación.

 

Al fenomenal puntero derecho argentino Oreste Corbatta, un capo uruguayo, al que había burlado a placer con sus dotes de mago de la gambeta, lo pateó y, cuando el talentoso estaba en el piso, se acercó y simulando que le pedía disculpas lo puñeteó y le tumbó dos dientes. Algunos defensas quiebra-huesos amenazaban en pleno juego a los delanteros con fracturarlos. “Si no me dejás el balón, te destrozo la pierna”, le decía muy cerca a las orejas cualquier limitado pateta a un jugador liso y ágil.

 

Múltiples tretas se dan en las canchas, desde simular faltas, los “piscinazos” en el área, escupir al contrario, insultarlo con la madre o la esposa (“me comí a tu madre”, “tu madre es una puta barata”, …), hasta llevar tintas y pinturas color sangre, o chuzar con agujas hipodérmicas a algún rival, o untarse los dedos de mentolín o sustancias alcanforadas para refregar en los ojos del arquero contrario y, así, un extenso catálogo de desdorosas actitudes.

 

Pero, digamos, que no todo se queda en lo verbal, en la agresión de palabras y palabrotas, que hoy, sobre todo en Europa, se acude al racismo (a Dani Alves le arrojaron un banano como para decirle mico, pero él lo peló y se lo comió antes de cobrar un tiro de esquina; hace años, en Medellín, a Falcioni, arquero del América, le lanzaban naranjas, que él mondaba y se las engullía para furia de la tribuna). Es célebre, por lo vulgarota, la agresión que Michel González, del Real Madrid, le hizo al Pibe Valderrama: le tocó los genitales. Dos veces lo provocó con sus “caricias”. Y en la tercera, al cobro de un tiro de esquina, el volante creativo colombiano le dijo: “Eche, loco, ¿tú eres marica o qué?”.

 

No es poco común el que un jugador le hurgue el orto a un contrario. Hay expertos en la maniobra, que creen que están haciendo un tacto de próstata o procedimiento similar. Sucedió con el futbolista uruguayo Cavani, cuando Jara, un chileno, en una rápida tocata, le introdujo el dedo por el culo. El árbitro solo vio la reacción del charrúa, al que expulsó. Materazzi, uno de los matones del fútbol, capaz de romper tibias y peronés, insultó durante todo el partido entre Italia y Francia, a la estrella Zidane, que no resistió más la provocación (insultos a su madre) y le propinó un cabezazo en el pecho.

 

Y hablando de auténticos “asesinos” en la cancha, el bárbaro Andoni Goikoetxea, del Atlético de Bilbao, lesionó, tras un patadón de infamia, a Diego Armando Maradona, que jugaba para el Barcelona. Más de tres meses duró la incapacidad del argentino. Se dijo de todo. Por ejemplo, que el Real Madrid había pagado al jugador vasco para que destrozara al genio de Villa Fiorito.

 

El fútbol, ayer como hoy, pero tal vez más en estos tiempos, ha utilizado distintos repertorios de agresiones y provocaciones. “Vos no le has ganado a nadie”, solían decir ciertos jugadores de un equipo muy triunfador a sus rivales, sobre todo si eran jóvenes promesas. Así como han usufructuado las simulaciones dramáticas, en especial frente a árbitros blandengues. O recargados.

 

Las mafias de apostadores, los intereses creados en torno a equipos que mueven millonadas de euros o dólares, la compraventa de partidos, y otros factores de inmoralidad y despropósitos a granel, oscurecen el “deporte más popular del mundo”. Y más que los fanáticos (sinónimo de irracionalidad), más que incluso los artistas del balón (Garrincha los llamaba, incluyéndose él, payasos), el fútbol se contaminó por la “cultura” deleznable de las trampas, practicada por “cosa-nostras” universales.

 

El fútbol, manipulador y manipulable, que cuando está bien jugado, claro, asciende a los cielos de la estética, iguala en las graderías al rico y al pobre, al ilustrado y al analfabeto. Pero, en incontables ocasiones, esa equiparación es por lo bajo. Como ocurre con las embriagueces. Y, como en el hermoso relato de Fontanarrosa, todos los aficionados caen en aquella emocionalidad que no permite —ni admite— frenos éticos ni morales: “¡Qué pitaste, árbitro hijo de mil putas!”.

 

A veces, con tantas desenfrenadas maniobras en contra de la lealtad y los principios de convivencia, todo parece indicar que a Albert Camus le tocaron días inmaculados, porque, hoy, no es posible aprender de moral y de los deberes de los hombres en el fútbol.

 

El jugador chileno Gonzalo Jara provoca con un tacto rectal a Edison Cavani, de uruguay.

 

Fútbol y literatura (con referencias a Pasolini y Borges)

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Pasolini, poeta, director de cine y gambeteador.

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Qué tiempos estos en que hablar de árboles (o de troncos) se puede constituir en un crimen. Pero no hay remedio. Voy a hablar de fútbol y literatura. El mejor fútbol, ese que aún no está contaminado por las mafias y las transnacionales, es aquel que se juega (¿se juega todavía?) en los potreros, en el barrio, en las mangas donde la imaginación es todavía la reina, o la loca de la casa. Como en El sueño del pibe, un tango futbolero.

 

Es en esos territorios del asombro que suda donde aún se practica “la lealtad humana al aire libre” -la frase es de Gramsci-, y donde la fraternidad y la solidaridad aún no han sido feriadas. La literatura tiene temas eternos: la soledad, las incertidumbres ante el mundo, la muerte, el amor, la guerra… Es el canto (alegre, elegíaco, misterioso, compungido…) a la condición humana. A sus debilidades y miserias.

 

El fútbol, siendo como es una especie de religión universal (o de estupefaciente, dicen otros), todavía no alcanza a dar obras maestras en novela. Uno pudiera decir que en algunas, como Megafón o la guerra, de Leopoldo Marechal, hay escenas futboleras, un estadio donde juegan el superclásico argentino Boca-River. No es, sin embargo, una novela de fútbol. Aunque el colombiano Andrés Salcedo escribió una: El día en que el fútbol murió.

 

En cuento, en cambio, sí hay verdaderas joyas, dignas de estar en cualquier antología del género. No voy a hacer un inútil catálogo de supermercado. Se me ocurre mencionar tal vez al mejor narrador en estas lides. Osvaldo Soriano, cuya más lograda novela -para mi gusto- no es de fútbol sino de boxeo (Cuarteles de invierno), nos dejó una muestra preciosa de su arte como escritor de cuentos de fútbol.

 

Quién que es amante del fútbol no se estremece, por ejemplo, con la lectura de El penal más largo del mundo, o con ese humor letal de Gallardo Pérez, referí, y con Maradona sí, Galtieri no, un cuento ambientado en Las Malvinas en momentos en que el astro está marcando dos goles históricos, el de la mano de Dios y el mejor hasta hoy en los mundiales, precisamente contra Inglaterra.

 

Ese gol, que causó conmoción planetaria, hubiera dejado sin aliento al gran Pier Paolo Pasolini, que muchos años antes, cuando declaró que “el goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año”, escribió que el sueño de cada jugador es partir de la mitad del campo, gambetearlos a todos y marcar el gol. Pero esa cosa sublime nunca sucede. Es un sueño. Lástima que el escritor, poeta y cineasta italiano no haya visto tal obra maestra de la estrella argentina. Su asesinato en 1975 se lo impidió.

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En el libro El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano, quizá el mejor escrito que allí aparece -qué pena con el maestro uruguayo- es el de Soriano, titulado Gol de Di Filippo, una reconstrucción de un golazo del delantero del San Lorenzo, en un supermercado donde antes quedó el estadio del equipo de Almagro.

 

En Colombia, donde con certeza se han escrito muchos cuentos de fútbol, hay uno muy conmovedor en Los cuentos de Juana, de Álvaro Cepeda Samudio, pero el de mayor factura literaria, creo, es el titulado Gol olímpico, de Óscar Castro, que narra un partido de calle en el barrio Manchester, de Bello.

 

Durante mucho tiempo, el fútbol no fue asunto de intelectuales. Se había decretado, sin razón, una especie de dicotomía barbarie-civilización, en la cual, desde luego, el fútbol estaba en la primera categoría. Ya de él, de ese deporte de multitudes, habían denostado, entre otros, Rudyard Kipling. Y más tarde, el admirado Borges había producido, con su distinguido humor negro, una tempestad en Buenos Aires. Para él era una de las “maneras del tedio”, una cosa insulsa de ingleses, un juego sin estética. Una estupidez. Sus artes provocadoras lo llevaron a programar su conferencia La inmortalidad el día y la hora que Argentina jugó su primer partido del Mundial de 1978. En los Cuentos de Bustos Domeq, que Borges escribió con su amigo Bioy Casares, hay uno en el que el fútbol tiene presencia. Se llama Esse est percipi (“ser es ser percibido”).

 

Bueno, en asuntos de escritura futbolística les ha ido mejor a los poetas. Miguel Hernández con su Elegía al guardameta, en honor a Lolo, aquel portero trágico de Orihuela que se mató al golpearse contra un vertical. Y Rafael Alberti con su sentida oda al arquero húngaro Franz Platko, del Barcelona.

 

Pero el más bello poema a un futbolista lo escribió Vinicius de Moraes, nada menos que a Manuel Dos Santos, Garrincha: El ángel de las piernas tuertas. Claro que no le fue mal a Horacio Ferrer, poeta uruguayo, autor de célebres letras de tango (Balada para un loco, Chiquilín de Bachín, etc.) con su muy histriónica Balada para Pelé, el fenomenal negro que era “medio Marçeau, medio Chaplin”.

 

Horacio Quiroga, también uruguayo, maestro del cuento en América y una de las vidas más trágicas de la literatura, escribió Suicidio en la cancha, basado en el caso real de un futbolista del Nacional de Montevideo que una noche se mató de un tiro en la mitad del campo de juego.

 

Y aunque Albert Camus no escribió relatos sobre este deporte, así haya reminiscencias en La Caída y La Peste, dejó una bella página, Lo que le debo al fútbol, en la que dice, entre tantas cosas, que lo que más sabía acerca de moral y de las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol. Eran tiempos en que ese deporte no estaba atravesado por los intereses monetarios de corporaciones y otros capos.

 

“La inteligencia en movimiento”, que decía André Maurois para referirse al fútbol, ha inspirado a escritores como Cela, Verdú, Sábato, Roa Bastos, Juan Villoro, Benedetti, y al sufrido hincha de Rosario Central, el gran Fontanarrosa, entre otros. El fútbol sigue causando locura en el orbe y dejando ganancias a granel a los verdaderos dueños del balón. Pero este es otro cuento, no tan imaginativo.

 

 Garrincha, el ángel de las piernas torcidas.