Particular historia con fascismo de fondo

(Sobre una película maestra del director italiano Ettore Scola)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

El fascismo, una negación del hombre, un intento por masificarlo y despojarlo de su individualidad, es todavía una persistencia política en muchos lugares del mundo. El 6 de mayo de 1938, unos meses antes de la Conferencia de Múnich, en la que los alemanes hitlerianos mostraron sus fieros colmillos para apoderarse de Europa ante la pusilanimidad de Inglaterra y Francia, y con la anuencia de Italia, un desfile militar paraliza a Roma: Hitler y Mussolini pasan revista a la inmensa tropa.

 

La voz de un locutor radial va narrando las incidencias de la parada. Las imágenes son documentales y, de pronto, el espectador se traslada a un condominio, de los muchos que florecieron durante el fascismo, para encontrarse con una historia de soledades y tedios, de un hombre y una mujer que nunca antes se han visto, pese a habitar en la misma edificación. Una jornada particular, de Ettore Scola, una de sus obras maestras, cuando para otros es la más excelsa obra de su filmografía, es una lectura crítica del fascismo y de cómo penetró en las mentes de hombres y mujeres en aquella Italia de preguerra.

 

Antonietta, una mujer cuarentona, representada por Sofía Loren, se levanta para ir despertando a sus seis hijos y a su marido, que irán al desfile militar presidido por Mussolini en honor a la visita del Führer, que ha llegado la víspera y ha sido recibido por el Duce y el rey Víctor Manuel III. Hay una rápida caracterización de cada uno de los chicos y del esposo de una mujer que ya en su cara muestra las señales de un ama de casa sin otros horizontes que los de la cría de sus muchachos y la de los oficios domésticos.

 

Con un baño ligero, de lavado de cara y pare de contar, todos se alistan, mientras la “mamma” conversa con cada uno acerca del matoneo que al “gordito”  le hacen en la escuela; o de las posibles masturbaciones del mayor; o de las fotos pornográficas que ya circulan en la clandestinidad como muestra de una adolescencia impaciente, y aun de las posibilidades de un séptimo vástago, con lo que ganarían un premio especial concedido por el Estado. En un departamento que luce chico para tanta gente, comienza a desarrollarse lo que será una jornada de sorpresas y descubrimientos.

 

Cuando todos se marchan al desfile, Antonietta queda en compañía de Rosamunda, un pajarraco que le “habla” y que, de pronto, cuando ella le va a dar el alpiste matinal, vuela de la jaula, sale por una ventana (las ventanas son clave en esta película) y se instala enfrente del apartamento, en otro piso. Al otro lado, habita un hombre solo, cuyas primeras imágenes lo muestran a una mesa, con una pistola en la misma, escribiendo en sobres de cartas, en una actitud que transmite angustia y la posibilidad de un hecho impredecible.

 

Antonietta toca a su puerta y a partir de este instante el filme comenzará a subir en intensidad y en interés. Si el único aparente interés de la señora es recuperar el ave, la conexión entre ella y él irá subiendo de temperatura. El hombre, llamado Gabriele (interpretado por Marcello Mastroianni), que todavía no le ha dicho que es un locutor radial, le ofrece un libro que ella ve en el rebujado apartamento, Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas. Con Rosamunda, la señora torna a su vivienda, a la que, poco después, tocará Gabriele con el fin (o pretexto) de llevarle el librito que ella “olvidó”.

 

En esta instancia, surge un tercero en discordia, Cecilia, la portera del condominio, que le da a Antonietta información no solicitada sobre el inquilino del sexto piso, al que califica de antifascista y subversivo. En el apartamento de la familia Tiberio, se inicia una exploración del mundo de ambos protagonistas. La portera ha sintonizado la radio en la transmisión del desfile militar, que se escucha en todo el edificio, a esa hora sin habitantes, pues, la mayoría, según mostraron imágenes del comienzo del filme, se ha ido a la demostración de plácemes a Hitler.

 

Los diálogos en el apartamento de los Tiberio van descifrando intencionalidades, pasados, maneras de pensar y, sobre todo, el acercamiento con rigideces y distancias de Gabriele y Antonietta, con el trasfondo de la radio que narra los detalles del desfile y transmite arengas, discursos e himnos. Y así, con una lámpara colgante que servirá para que el visitante se demore más de lo indicado reparando un desperfecto, con una imagen del Duce hecha con botones por la señora, y, en particular con un álbum sobre Mussolini que el ama de casa colecciona con recortes de prensa, el filme alcanzará alturas estéticas y políticas de inmensa tensión.

 

Se expresa una inteligente crítica al fascismo, del cual se van desgranando los principios o postulados, de acuerdo con las imágenes y frases del álbum. Un hombre debe ser marido, padre y soldado, se dice. Las mujeres deben obedecer, no están hechas para el pensamiento ni las palabras. Antonietta padece una obnubilación por el Duce e, incluso, recuerda una vez que él pasó junto a ella en un caballo y la mujer estuvo a punto del desmayo. A veces, por las ventanas ella ve pasar los aviones y deja ver una rara fascinación por esa fuerza. “La fascinación por el aviador”, dice Gabriele.

 

El filme, lleno de símbolos, sobre todo de aprehensiones suscitadas por el fascismo en los ciudadanos, la grisitud y monotonía de las viviendas, va enhebrando aspectos no solo de los significados de un régimen que ante todo anula al sujeto y privilegia la masa, o, en otra perspectiva, la masificación y el patrioterismo, sino las vidas melancólicas de un hombre y una mujer, ambos víctimas del sistema. Ella, constreñida a su condición de esclava doméstica. Él, un locutor que ha sido despedido de la radio oficial por ser homosexual, una vedada inclinación, que puede considerarse antifascista. Además, lo han multado por reír al aire.

 

El inicio acelerado, aunque con pausas, de una relación entre ambos personajes, que tiene magníficas escenas en la terraza de ropas y después, de nuevo, en el departamento de los Tiberio y en el del exlocutor, está atravesado por la presencia súbita de la portera, bigotuda y fascista, que, aunque no sea muy evidente, también padece soledades y una suerte de destierro interior. Tal vez por su fealdad. El hecho de saber que el otro, que ese hombre atractivo y que le ha prestado atenciones distintas a Antonietta, hace que la señora continué con las artes de la seducción. Y el acto amatorio se consuma, sin evidencias estridentes, a punta de sugeridos acercamientos y un apasionamiento tenaz de la reprimida ama de casa.

 

El día avanza, avanza el desfile, avanzan las relaciones entre los dos novísimos amantes, imposibles amantes. Y cuando ya los ausentes comienzan a llegar, cuando desde la ventana se observa a los muchachos, a los adultos, a los que regresan de la demostración militar, Antonietta, también a través del cuarto de máquinas del edificio, pasa de nuevo a su casa a disponerse al recibimiento. Es una mujer que, al menos, ya logró leer páginas de un libro, el de Dumas. Es un ama de casa sin ilustración alguna.

 

La película, que alcanza altísimas cotas de humanidad, pero, a su vez, de hondos cuestionamientos a un régimen de totalitarismos, machista y apabullador de la condición femenina, entra en su fase final. Otra vez, la vida cotidiana de la familia, la comida, la señora que ha olvidado las cucharas para la sopa, todos conversando en la mesa, y ella ida, sin ganas de más nada. Ni siquiera de tener un séptimo polluelo, pese a las insinuaciones y manoseos de su marido, un hombre que trabaja en África Oriental.

 

Desde la ventana, Antonietta observa los movimientos que suceden en el departamento de Gabriele. La noche está encima. Ella lava los platos. Él, según lo puede ver el espectador, hace maletas, mientras dos hombres de gabán y sombrero, lo esperan en la puerta. Las luces se van apagando. Antonieta, en orden, va moviendo interruptores hasta llegar a la cama matrimonial. Entre tanto, se cierra la puerta del apartamento de Gabriele, que va rumbo al confinamiento. Eso de ser homosexual no lo admite el fascismo. La particular jornada ha terminado.

 

Una jornada particular (1977), que, en efecto, es una obra maestra, sucede casi toda en interiores, con planos y contraplanos, con la fuerza interior y sicológica de los primeros planos, con la gran actuación de dos “monstruos” de la pantalla grande. Y la dirección de un artista, Ettore Scola, que se convirtió en un clásico del cine italiano y mundial.

 

(Nota: a propósito de una proyección del cineclub Huellas de Cine, del Centro de Historia de Bello)

 

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Sofía Loren y Marcello Mastroianni, en Una jornada particular, de Ettore Scola.