Cara de Letrina

Por Reinaldo Spitaletta

Uno lo ve venir y de inmediato dan ganas de eludirlo. Camina como chencha; a veces, como un cerdito ancho y esponjoso, que tarda en sus movimientos y quisiera, en lugar de movención, permanecer en quietud olisqueando pantanos y aguamasas. No es que uno tenga aprensiones y no se atreva a esperar que pase, que transcurra y se pierda en la distancia, sino que su rostro siempre da la impresión de estar esperando que viertan sobre él toda la porquería del mundo. Cuando ya uno lo tiene a pocos metros, le advierte en su cara insana mohos y amarilleces, como si fuera un depósito de cochinadas que jamás se limpia. Él parece no percatarse de cómo los otros se apartan cuando camina hacia ellos. O puede ser, también, quién quita, que se haga el bobo, el elevado, el inocente, porque, así, puede no sufrir tanto, si es que sufre.

No sé si él presiente, o escucha, no lo creo, porque se trata más de un susurro, una murmuración, cuando lo pillan en su venir, que todos dicen con guasa: “viene Cara de Letrina”; hay sonrisitas, disimulos, una patética mascarada que se disuelve cuando el hombre (¿sí será un hombre?) comienza a alejarse.

Aunque, de veras, uno no sabe si se está yendo o viniendo. Y es probable que, por eso, se dé cuenta de nuestras burlas y desdenes. No nos gusta. Porque, hace años, cuando fue alcalde de esta población en la que hay asnos de dos patas, no atendió los ruegos, las peticiones y demostraciones de protesta de los habitantes, casi todos sometidos a una falta continua de agua, que eran apenas aguas turnadas, que llegaban en la alta noche, o a punto de alborear, por una o dos horas, y había en las tuberías domésticas un ruido como de monstruo que escupe, de prolongado ronquido de canillas. El martirio de la sequía causada por el desgreño duró hasta que llegaron otros burgomaestres, que también se robaron los fondos del acueducto, pero alguno, nadie recuerda cuál, hizo un contrato con los del pueblo vecino, y a estos corrales, en los que hace años habitaron vacas y caballos, nos llegó agua limpia. Porque en los tiempos de Cara de Letrina por los tubos viajaban gusarapos, lombrices, pantano, hierbas muertas y otros sedimentos.

De aquellas calendas desvergonzadas, nos quedaron a muchos mártires de por aquí, no solo eternos daños de estómago, parásitos y ganas de defecar a cada momento, sino una sensación de náuseas y picazones anales. Las mangas y baldíos de entonces abundaban en excrementos al lado de las higuerillas que proporcionaban hojas para la limpieza tras los depósitos de abono, que atraían moscas, moscardones, cucarrones verdes y a uno que otro perro vagabundo.

Cara de Letrina se burlaba de nuestros gritos (“¡abajo el alcalde que huele a mierda!”) y articulaba frasecitas como que él carecía de olfato y que todo, en consecuencia, le daba igual. Imaginábamos cuando, abierto de piernas, apuntaba su tiro de heces al fondo del excusado de su despacho. “Ah, qué bueno sería obrar en su cara”, se oía decir en corrillos, en esquinas, en las agazapadas sombras. Era un deseo general, una especie de ansias de venganza, que no llegaba.

Era (es todavía) narigón, con arrugas pronunciadas al lado de su apéndice nasal, pelilamido, y por eso alguno, gozón de cafetería, lo bautizó como “pelitriste”. No pegó el apelativo, porque ya se había extendido el otro, que daba cuenta no solo de la forma del rostro del granuja, sino de su hedor a marranera. El tipo estaba bien dotado para que habitara chiqueros. Para los lugareños era inconcebible que estuviera, o, mejor dicho, medrara en un despacho con tapete rojo y escritorio con vidrio encima. ¡Cómo un puerco de estos es habitante del palacio de gobierno!, pensaban los parroquianos, que luego lo decían en las tardes de los cafés del parque.

El parque tenía almendros y en la mitad un piñón. En este, los perros callejeros alzaban la patita y meaban en abundancia. Cuando Cara de Letrina pasaba por allí, los canes corrían con desenfreno, muertos del susto. O tal vez del asco, no se supo. Como una manera de la ofensa, o del desquite, algunos conspiradores (así les decía el alcalde) se tapaban la nariz cuando lo veían venir.

Cuando lo cambiaron del puesto, y sus ínfulas se desmoronaron, el sujeto intentaba sonreírle a algunos moradores, pero nadie le devolvía la cortesía. Y más bien, lo ignoraban o escupían al piso. El hombre (bueno, no hay certeza de que lo sea) aumentó de peso. La barriga le creció. La nariz también. (“Por mentiroso”, decía la voz popular) Y perdió agilidad en la caminada. Engordó para los lados. A veces, el botón de la camisa que daba a la altura del ombligo, no encajaba en el ojal y entonces la abertura dejaba ver el mantequero.

Cara de Letrina no parece un ser infeliz. Va por ahí diciendo que los de este pueblo miserable (el calificativo es suyo) son unos desagradecidos. Nadie —agrega— le reconoce las magnas obras que hizo en estos breñales, como el trazado de un puente sobre una quebrada seca, en la que durante años se vertió la porquería de piaras que pertenecían, preciso, a su padre. “Este pueblo no me merece”, se le oyó decir una noche, en medio de la borrachera. No se sabe quién le mandó dos o tres cagajones de los caballos que esperaban a sus dueños en las afueras de un bar de mala muerte, que impactaron en su muy particular fisonomía.

No se distingue a ciencia cierta quién fue el autor del sobrenombre, pero todo el mundo sostiene que ha sido uno de los aciertos más significativos del ingenio de este lugar en el que ya hay agua e inodoros modernos. Da la impresión, a veces, que al pretencioso exburgomaestre nadie lo determina. Y esto ocurre sobre todo en las fiestas patronales de la Virgen del Chorro, a la que se atribuye el milagro de que en este pueblo el agua ya no haya que hervirla, porque ni siquiera hervida, como se decía antes, servía para trapear o echarla a las letrinas para que corrieran los desechos.

Ahí viene Cara de Letrina. Y hemos acordado los que aquí estamos, los conspiradores, corrernos al mismo tiempo, como haciéndole el quite, para que sienta cuánto desprecio sentimos por su arrogancia perdida… Se opina con insistencia por estos pagos que el tipo —que con su presencia ofende a los marranos— debía habitar en un pozo séptico.

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