La Chispa, un bar de la revolución

“La calle se ha hundido como la nariz de un sifilítico”
Vladimir Maiakovski

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Por Reinaldo Spitaletta
Era para conspiradores y obreros. No porque su dueño lo hubiera pensado así, sino porque muy cerca del bar estaban las sedes de los comunistas, de los del Moir (Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario), de algunos sindicatos de trabajadores, como el de Vicuña y la Compañía de Empaques de Medellín. Era muy pequeño para albergar tantas discusiones; revoluciones verbales, de ateos y creyentes que se hacinaban en un cuartito de dos puertas, con seis mesas y un orinal doble. Se llamaba La Chispa, como el periódico de los revolucionarios rusos (Iskra), cuyo nombre se desprendió de un verso de Maiakovski: “De la chispa nacerá la llama”.

Su dueño, don Óscar, de frente amplia, bigotito delgado y sonrisa perpetua, era un gozón con todo lo que se refería a teorías revolucionarias, manifestaciones obreras, clichés políticos y discusiones de fútbol. Parecía siempre contento con la clientela, que abigarraba el bar sin ornamentos. Comencé a ir a fines de los setentas, untado de universidad y de clase obrera, en días luminosos en que la ciudad vivía agitaciones, huelgas, marchas estudiantiles y de trabajadores, un ambiente de críticas al poder y optimismo popular. Los paisajes del bar éramos nosotros, en aquella esquina inevitable de Cundinamarca con Perú.

Llegábamos casi siempre al final de la tarde, sobre todo jueves y viernes, para arreglar el país con nuestras verbas, alrededor de tintos, aguardientes y cervezas. La mezcla de concurrentes era atractiva, porque unos olían a fábrica, a trabajo, mejor dicho, a plusvalía; y otros, a libros y salones de clase. En el cafetín a veces flotaba la efigie de Lenin, que había discusiones sobre su ¿Qué hacer? y otros textos; en otras, la del barbudo Marx, que se volvía Manifiesto Comunista, unas veces; y en otras El capital, del cual casi ninguno de los que por allí hablaba del magno libro, había leído más de dos o tres capítulos, o a lo sumo, el primer tomo.

En La Chispa, el mundo se ponía patas arriba, porque entonces se giraba en torno a la China de Mao, que el hombre ya había muerto para aquellos días, pero estaba presente en asuntos del arte y la literatura, en el foro de Yenán, en las Cinco tesis filosóficas (un librito rojo, de pequeño formato), no faltaba el que ponía como ejemplo de tesón la Gran Marcha, ni al que le parecían de maravilla los poemas del “gran timonel” chino. Se discutía alrededor de la posición de la Unión Soviética, para esos días ya catalogada como socialimperialista por el Moir (algunos decían “la Moir”), y que para los del Partido Comunista (conocidos entonces como mamertos) era su faro y guía. Y por ahí, de pronto, alguno se refería al Partido del Trabajo de Albania y su líder Enver Hoxha. “Pero si Albania es un país atrasado. No produce ni siquiera huevos”, opinaba cualquiera, en medio del tintineo de las copas.

No recuerdo si alguna vez, allí, en ese espacio sideral (a veces, el cosmos se ponía en escena) se habló de literatura europea o de América Latina. Todo era sobre sindicatos, huelgas, tribunales de arbitramento, tácticas políticas del partido de los obreros. Nada de novelas, aunque sí había referencias, por ejemplo, a Julius Fucik, periodista checo que escribió el Reportaje al pie del patíbulo, y al Acorazado Potemkin, la emblemática película de Eisenstein. Don Óscar, que era rápido y atento en el servicio, poco se metía en estas discusiones, pero las escuchaba y daba la impresión de disfrutarlas. “Qué buena gente es mi clientela”, le oí decir.

Una noche, a nuestra mesa, como en otras veces, se acercó uno de tantos vendedores ambulantes de Marlboro. Hablábamos quizá de la situación del país, un tema recurrente, cuando el muchacho de los cigarrillos, en un movimiento veloz, me sacó del bolsillo de la camisa lo que allí había (el carné de la Universidad de Antioquia, tal vez un billete de baja denominación y otros papeles). Salió corriendo por Cundinamarca. Y nosotros, John Ospina, José la Pasta y yo, detrás de él. Dobló por la calle Zea, y unos cincuenta metros después, la Pasta (un extrabajador de la Fábrica de Licores de Antioquia y habitante del barrio Caycedo) lo agarró de la camisa, lo tiró al piso y ya estaba con agilidad de gato recuperando mis pertenencias. Después, lo requisamos y no sé cuánto dinero portaba. Se lo quitamos. La caja de cigarrillos estaba vacía.

En aquel bar de miniatura, me sucedió una noche un episodio que nunca pude explicarme. Era ya casi la media noche, cuando entré al orinal. Y, de súbito, comencé a sentir voces de mujeres: “Cómo estás de bueno, querido, querés que te acariciemos por todas partes”. Parecían brotar de la pared. Miré con atención y no había agujeros ni nada por donde pudiera filtrarse con tanta claridad lo que estaba escuchando: “Papi, te la vamos a chupar, relajate pues”. No estaba tan ebrio como para estar sufriendo un delirio sobre lo que decían, por turnos, varias voces femeninas. Esperé un rato más y de pronto el silencio se las tragó. Volví a la mesa y conté lo ocurrido. Todos rieron, se burlaron, estás enloqueciendo, dijeron, ya es hora de que no te tomés un trago más. En el local contiguo, sobre Perú, quedaba una tipografía.

En el bar, todas las voces todas, o bueno, casi todas, hablaban de la revolución que ya parecía adivinarse en el horizonte. Había alegría y fraternidad. Y aunque hubo altercados en torno a apreciaciones sobre marxismo, o acerca de estilos de trabajo de ciertos dirigentes y militantes, no hubo jamás puñetazos ni otras violencias. La última vez que estuve ahí fue en 1983. Dejé de pasar por el lugar durante varios años y no supe cuándo se acabó el bar de las noches comunistas, ni qué se hizo don Óscar. Tampoco volví a ver a muchos de los que allí eran asiduos.

Tenía un bello nombre aquel café obrero, en el que esperábamos incendiar la pradera. Recordaba el del clandestino periódico revolucionario de los rusos, fundado por Lenin en 1900. Si el romanticismo había muerto muchos años atrás, en La Chispa renació, en noches de aguardiente y discursos proletarios. Por entonces, el presente era nuestro y el futuro también.

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Profesores de los días felices (5)

 

Don Alirio Tinto: una encíclica y el Manifiesto Comunista

 

Por Reinaldo Spitaletta

 

Antes de cumplir los doce años, supe que existía el Manifiesto Comunista y que la Iglesia tenía una doctrina social. Las clases de religión, que de todo tenían menos de dogmas, o por lo menos de credos, las dictaba un señor de bigote delgado y ojos enrojecidos, que fumaba Pielroja y a veces sacaba paquetes de Lucky Strike y que, por tomar tinto a toda hora, lo llamaron los pelados de la Preparatoria Marco Fidel Suárez, Alirio Tinto.

 

Atrás, como en un pasado remoto, había quedado el Catecismo del padre Gaspar Astete, que había que recitar de memoria, y a veces, por molestar o salirnos de la solemnidad, alguno cambiaba palabrejas, y así el “somos cristianos por la gracia de Dios”, podía tornarse en “sos un marrano por la grasa de Dios” y otras infantiladas. El caso es que don Alirio, de pelo negro peinado hacia atrás y una actitud de parecer importarle poco la existencia, con cierto desdén hacia el mundo, llegaba a veces y hablaba de León XIII y su encíclica de fines del siglo XIX, Rerum Novarum, que buscaba que la Iglesia, según él, tuviera en cuenta el trabajo, los obreros, el capital, y decía que era una posición inteligente para salirle al paso a otra doctrina, el marxismo, que estaba organizando trabajadores y promoviendo sindicatos. No entendíamos casi nada sobre sindicatos, y entonces él explicaba algo al respecto y mencionaba centrales obreras.

 

Discurría sobre el trabajo, la lucha de los obreros en el siglo XIX por los tres ochos (ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho de educación), las clases sociales y no sé qué otros temas, relacionados, eso sí, con protestas y descontentos, aunque no recuerdo si nos refirió aspectos de la revolución cubana y el Che Guevara, que entonces estaban en boga. Don Alirio tenía un aire como de pertenecer a otra época, quizá le hubiera gustado ser un mosquetero o haber vivido en los tiempos de la revolución rusa. Son suposiciones de ahora, porque entonces, pese a que sus clases eran atractivas, uno estaba menos interesado en revueltas y guerras de religión, que en esperar a que sonara la campana para ir corriendo al patio de recreo.

 

Por aquellos días, también de agitaciones en Colombia, tres soldados de a caballo pasaron por enfrente de la escuela. Varios muchachos estábamos arriba, en la parte alta de las escaleras de la entrada principal, cuando uno de los estudiantes dijo: “Qué negrito tan querido”. Se refería a uno de los cuadrúpedos. El que lo montaba saltó, subió las gradas en segundos y propinó un puño al chico. Me quedé pasmado. “¿Quién es el negro creído, ah?”, se preguntaba el colérico uniformado, al tiempo que tornaba a montarse en la bestia, aunque la bestia era él.

 

El año del quinto elemental, en el que profesores como Darío García, alias Fosforito, nos entusiasmaba con experimentos de ciencias naturales, y Hernando Zapata, alias Corchete, nos hipnotizaba con números y operaciones aritméticas, al tiempo que Castor Rave, sin alias alguno, nos miraba con ojos de basilisco por alguna pilatuna en el aula, don Alirio Aguirre comentaba sobre una nave espacial americana que se había chocado en Venus. Ah, fueron los días (lo supe después) en que John Lennon dijo que los Beatles eran más populares que Jesucristo y en China se iniciaba la Revolución Cultural. Eran los tiempos de coleccionar cromos o caramelos, algunos de estrellas del cine, y otros de estrellas del fútbol. Ese año, los pataduras de Inglaterra fueron los campeones del mundo.

 

Don Alirio, caricolorado y siempre echando bocanadas de humo, vivía a pocas cuadras de la escuela. A veces, se le veía en el balcón de su casa, en Bello, con el infaltable pocillo de café negro. Gracias a sus parlas de clase, leí más tarde el Manifiesto, de Marx y Engels, al que a un poeta colombiano su lectura le extinguió la angustia existencial, y me conmovió su comienzo, tan memorable como el de la Divina Comedia, la Odisea, La Metamorfosis, Moby Dick, El viejo y el mar, Cien Años de Soledad, La Vorágine o el Quijote.

 

El profesor de religión nos inculcó (o por lo menos a mí), tal vez sin proponérselo, el interés por las gestas y movimientos sociales. Creo que gozaba de la facultad del desparpajo y su luz era más luminosa que la que emitían los fósforos cuando prendía sus cigarrillos en clase.