Chocolate, una historia con corazón

Por Reinaldo Spitaletta

 

(Para aquella chica remota que me mandaba chocolates de adolescencia)

 

Late el chocolate como un corazón recién enamorado. Bebida de dioses aztecas, de conquistadores españoles, de reyes indígenas. Para conversar, para la celebración de la encendida palabra. Para un despertar feliz. Sí, ahí está el chocolate, transmisor de energías y emociones. Ligado a nuestra historia de viajes y tierras, de pianos sobre mulas, de mulas dirigidas por arrieros sin brújula pero con gran sentido de orientación.

Chocolate, palabra con encanto. Y con historia. Procedente del náhuatl, el xocolatl, bebida espumosa preparada a base de cacao, proporcionó fuerzas a los aztecas y mayas, los alistó para la guerra, para la paz, para el amor, que es otro modo del sacrificio. Dicen que su dios, Quetzalcoatl, antes de expulsar al hombre del paraíso le ofreció el árbol de cacao como una manera eficaz de la sobrevivencia. Así lo creían los aztecas, que mezclaban la bebida con condimento picante, achiote y vainilla. Y un poco de miel. Brebaje del furor, de la vida en ascenso.

El primer europeo que probó el chocolate fue Cristóbal Colón, en 1502, en su cuarto viaje, en la isla de Pinos, Honduras, en un agasajo, un gesto de nobleza y amistad, de tribus aztecas. “¡Albricias!, he conocido una bebida que puede cambiar la historia”, se cree que pensó el genovés, porque una muestra significativa les llevó a los Reyes Católicos. No les gustó. Para sus paladares mediterráneos resultaba amargo. Sin embargo, ya tenían inoculado el sabor exótico de un producto de tierras lejanas, que, más tarde, se extendería por Europa para ampliar la escala de sabores. Y de olores.

El chocolate está hecho para los sentidos, para la delicadeza y el placer. Su palabra evoca un poco a la infancia, una aventura de cinematógrafo, un envío amoroso, un presente de amistad. Adquirió categoría de símbolo. Te doy un chocolate y es como decir “te quiero”. Me envías un bombón y es como si me mandaras besos y abrazos. Esas frases se las escuché a algunas muchachas.

Quién pudiera saber qué imaginó, por ejemplo, Hernán Cortés, que al probarlo en las tierras mexicanas, se enamoró de esa bebida pasional y la llevó a la corte de Carlos V. Lo que sí se sabe con certeza es lo que dijo el conquistador: “cuando uno lo bebe, puede viajar toda una jornada sin cansarse y sin tener necesidad de alimentarse”.

Y allá, en esa vasta España, en ese imperio en el cual jamás se ocultaba el sol, el chocolate tomó otro estatus: alimento, pero, al mismo tiempo, juego para el gusto. Una revolución para las papilas. Con canela de la India, con azúcar de todas partes, era una fiesta excitante. Ya no era posible detenerlo en un solo lugar. Y se extendió con su capacidad asombrosa para que gustara en todas las latitudes. Bueno, aunque no en todas. Se cuenta que, en tiempos de la Colonia, un obispo de Chiapas, México, prohibió su uso en las iglesias.

Resulta que las damas españolas, para hacer más aguantables los sermones y largas homilías, se hacían servir chocolate por sus criados y lo degustaban durante la ceremonia. El acontecimiento sacó de casillas al prelado que amenazó con excomunión a quienes siguieran tomando chocolate en la iglesia. Él, por supuesto, lo siguió bebiendo en su casa cural, ni más faltaba.

Chocolate, bebida de compañía, propiciadora de tertulias. De a poco su forma se modificó. Y se convirtió en bombones, chocolatinas, pasteles, helados y todo lo que la imaginación alcanza a crear con ese aporte ancestral de una cultura americana. Golosina para adornar comedores, para derretir paladares, para servir a manteles. El Rey Sol, en Francia, supo de sus favores.

Y así, de Viena a Londres, de Suiza a París, el chocolate, en sus presentaciones diversas, conquistó la sociedad, la envolvió en su poder renovador, en sus olores de exquisitez. ¡Quién puede resistirse! Y de allá, de las Europas, tornó a América, donde ya era parte de la cultura, de la dieta cotidiana.

Las mañanas todavía tienen esa música de olletas y molinillos, de espumosas tazas hirvientes, de mamás que llaman a la mesa, de familia que se mira a los ojos mientras las bebe en un bello ritual de la memoria.

Chocolate. Para que ella te ame más. Para que tú la quieras más. Por eso, hay en la imaginación tantos corazones de chocolate. Escucha sus latidos y sabrás más sobre el amor. Y sobre su ausencia.

 

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