Aquel fútbol-arte del Mundial 70

(Crónica con Pelé, muchachos en una sala de barrio y un hechizado televisor)

 

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Por Reinaldo Spitaletta

 

Un remoto recuerdo de adolescencia me lleva a vislumbrar unas imágenes en blanco y negro de un partido entre Brasil y Uruguay, en el Mundial México 70, entre una muchachería que, reunida en torno a un televisor, no dejaba de gritar con asombro ante las jugadas de maravilla del rey Pelé. En una casa de la carrera 50, en el barrio El Congolo, cuando terminaba cada faena del scratch, nos íbamos a jugar en la plazoleta del bar Florida y a revivir las jugadas de aquellos cracks de entonces.

 

Una de las jugadas más espectaculares de Pelé fue una en que, tras un inteligente amague al arquero uruguayo Ladislao Mazurkiewicz, sin tocar la esférica, amenazó con irse por un lado y tomó por el otro. El cancerbero quedó regado, desconcertado, y el número 10 de Brasil pateó al arco. Salió desviado por milímetros. Quizá hubiera sido uno de los goles más bellos de la historia.

 

En la sala de una casa de sastres, que por cortesía nos dejaban entrar a ver los partidos en un receptor en blanco y negro, cada encuentro era una perplejidad. Vimos una tarde a Brasil contra Perú, dos equipos que tenían un poder ofensivo demoledor, además de una exquisita técnica. Eran los cuartos de final de la Copa del Mundo que llegó a ser la más vistosa, la del fútbol-arte, la de las jugadas de ensueño, una fantasía que para los muchachos de entonces se erigía como paradigma de la llamada “inteligencia en movimiento”, como denominó al fútbol un académico francés.

 

Y de pronto, en ese cotejo de toma y dame, un avance de Pelé, por la derecha, eludiendo rivales y luego disparando al arco. El palo le negó la anotación. Después, una devolución a Rivelino: empalma desde la raya de las dieciocho un tiro con el borde externo, que pega en el paral y se convierte en un golazo. Varias llegadas de Perú fueron sofocadas por el Gato Félix, portero brasileño, hasta cuando Tostao, en un avance por la izquierda, pateó y metió la bola por un ángulo imposible. Después, un golazo peruano, y la riposta brasileña con Pelé, Jairzinho, Tostao, Rivelino, Gerson, una corte de malabaristas y cerebros del fútbol.

 

Gol de Teófilo Cubillas y el marcador se apretó a 3-2, con una antesala de exquisiteces de ambos bandos. Y llegó la puntilla con un soberbio gol de Jairzinho, tras varios toques entre Tostao, Pelé y luego un pase al vacío por la izquierda que el número 7, tras una finta de antología sobre el arquero, anota el cuarto gol de Brasil. Era una locura. La muchachada creía estar dentro de la cancha y había abrazos y muchos signos de admiración flotando en aquella sala de barrio.

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Pelé le amaga a Mazurkiewickz en el que pudo ser un gol histórico.

Aquel Mundial, con solo dieciséis equipos en contienda, era una sensación inédita para los pelados de entonces, o, mejor dicho, para los de ese barrio de calles destapadas y algunas casas sin repellar, con solares y baldíos, con mangas muy cerca y con las calles convertidas en estadios. Cada uno, tras ver las gestas de aquellos oncenos formidables, quería imitarlas en el fútbol callejero o en los picados que se realizaban en desniveladas canchas muy cercanas a la quebrada La García. Se aprendían malabares, se aplicaban distintos regates, cada uno creía ser Pelé o Rivelino o Cubillas o Gigi Riva, en fin, que abundaron los talentos en aquella asamblea de deidades del fútbol.

 

En la agitada salita, por otro lado, que convocó a casi toda la gallada de aquella cuadra, en la que estaba la tienda de doña Marta y habitaban muchachas bellas como las Flórez, las Sánchez, las hijas de don Fabio, en fin, las miradas de asombro ante una pantalla eran como del otro mundo. Sentados en el piso encementado, mientras los adultos lo hacían en taburetes, no había posibilidad para el aquietamiento. Se brincaba, se alzaban los brazos, se pronunciaban palabras de júbilo por tantas jugadas geniales de los bandos en disputa.

 

Claro que la selección de nuestros amores era la de Brasil, la más completa, la del rey y su corte de estrellas que hacían del fútbol una obra plástica, de tremendas pinceladas, de imposibles gambetas y entendimientos inauditos entre todos. Jugaban de memoria. Cuando recibía alguno el balón ya sabía dónde ponerlo, incluso sin mirar. Era un mecanismo de relojería, de sutilezas, de imaginación desbordada.

 

Y en ese mismo espacio, cuyos asistentes aumentaron, se vio la gran final, la contienda entre Brasil e Italia, cuyo marcador se abrió por un cabezazo celestial del rey Pelé ante un pase de Rivelino. Era como si cada uno de los televidentes hubiera hecho el gol. La locura. Pelé había realizado un movimiento en sostenido y durante fracciones de segundo se suspendió en el aire para, después, sacar una descarga incontenible. Al rato, empató Italia, tras un error en la mitad del campo de Brasil y Roberto Boninsegna anotó.

 

Llegó un golazo de Gerson, con un tiro cruzado desde fuera del área. La apoteosis en la sala de los sastres era incontenible. Y después, Jairzinho hizo el tercero, tras habilitación de Pelé. Pero faltaba una joya del juego colectivo. Desde su campo partió Brasil, con toques y gambetas, hasta llegar la bola a Pelé que, en una maniobra cerebral, dejó dispuesto a Carlos Alberto para el 4-1. Una demostración de sapiencia, habilidad y genio era aquel Brasil.

 

El recuerdo luminoso de aquellas jornadas en que a través de un televisor un grupo de muchachos alimentó sus ganas de jugar, de intentar practicar lo visto en aquel fascinante Mundial de Fútbol, llega ahora, muchos años después, cuando ya los partidos de barrio quedaron muy lejos. Tras las peripecias del partido televisado siempre aparecía un balón o una pelota de “carey” para ir a patear ilusiones en los estadios de la imaginación.

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El arquero de Inglaterra, Gordon Banks, le tapa a Pelé un cabezazo.

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